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Archivos diarios: 24/09/2013

PAN DE CENTENO

El viejo de la imprenta y yo regresamos a Alcalá. Teniamos asuntos pendientes allí que no podían aguardar. Vimos nacer a Cervantes; a los Grifos, pintando sus murales, y a los jóvenes Hyppolytus, estudiando. También salvamos de su martirio a los Santos Niños e invitamos a judíos, cristianos y musulmanes a estrechar sus manos.

Rechazamos a reyes, príncipes, infantes y a los poderosos arzobispos porque la ciudad es su gente, sencilla y humilde, agrícola y comercial, y compartimos aula con Quevedo, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Fray Luis de León y San Ignacio de Loyola.

Luego de monumental ajetreo, antes que anocheciese, dimos con el mesón que se encuentra camino de la casa situada a los pies de la puerta de Santiago que durante siglos se ha alquilado, también para nosotros, como si fuéramos los alumnos aventajados del Buscón.

Fue allí donde encontramos la quintaesencia de Alcalá, de la región, del país, del mundo. Era una fémina entrada en años, los mejores años, que conservaba a la niña que fue, a la adolescente que le siguió, a la mujer en que se convirtió y a la adorable viejecita que un día sería. Sencillamente hermosa, rotundamente atenta y culta.

La vimos amasar el pan desnuda de accidentes y fantasmas, amorosa, recibiendo el silbo delgado, deleite del oído del alma que llegaba hasta la boca de su cueva y mostraba sus secretos más ocultos de los que nunca se le había dejado hablar.

Decía la mujer que la habían bautizado nueve golondrinas, en reflejos de colores. Dimos fe de ello. Era hija de una tierra heredada y recordada para escapar de otras vidas pasadas con un disfraz novicio de camelia y la clara conciencia de los peces.

Era la suya una de aquellas historias que llenan el corazón, porque tienen mucho sentido; una historia en la que sus protagonistas se rendirían si quisieran. Pero no lo hacen, siguen adelante porque aún hay por lo que luchar.

Nos mostró cómo amasaba el pan sin enfado, porque enfadarse con la masa era de tontos. Era pan de centeno, moreno como ella; consistente y resistente, como ella, y puro, como ella.

¡ Nada bueno promete ese pan!, susurré al oído al viejo. “Dale su tiempo”, me replicó él.

La mujer dejó que aquella masa, seca y dura, resistente y peleona, inflexible incluso, fermentara sóla, esquinada. Pese a su tozudez, se esponjó sin que la masa madre perdiera la fuerza de convicción de quien la amasó. No hizo falta una palabra más alta que otra. De tanto en cuando, la hija de las nueve golondrinas le susurraba palabras de amor para convencerle de que no era sólo un pan. Era mucho más que eso. Alimento del alma y del espíritu.

Tras un ligero revolcón en piñones, mujer y pan pidieron unos minutos de silencio para pensar en sus cosas. Luego de ese necesario tiempo de ensimismamiento, se sonrieron.Y entre sonrisas, todas sinceras, la mujer nos ofreció el pan sin ofrecer resistencia al corte para mostrarnos su alma, agujereada, pura.

Siempre recordaremos que el pan que ella cocía era de centeno. Un pan más oscuro, quizás más amargo, pero un pan hulmilde, bello no por lo que contenía sino por lo que sugería, un pan para cualquier momento.

A Cristina Penalva, con todo el amor que soy capaz de imaginar, y la imaginación vuela sin fronteras.

Imagen con música: Hans Zimmer – Chevaliers de Sangreal

 

 

 

 

 

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