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Archivo de la categoría: críticas y opiniones

Encontrarás cuervos (ayer, hoy, mañana)

Por Goyo Martínez, de su próximo libro “Encontrarás Cuervos” (título provisional), la segunda parte de “El Espía de Madrid”.

Y clavaré en la puerta de la Iglesia mis ideas, mis sueños, mis pensamientos.

Y que me busque el cura. Le saludaré y le pediré que hable con Dios a propósito de mí, de nosotros.

Y le diré que necesitamos un cura que introduzca en la liturgia la lengua del pueblo.

Y si acaso pone tierra de por medio, horadando una estrecha fractura de cemento por la que deambular, replicaré sus palabras: cómo puede invocar a Dios quién promueve un desastre moral en nombre de un credo que entona como una sordida letanía la vieja cantinela de la ética y las exigencias de la moral.

Y marcharé, dejando mis ideas, mis sueños y mis pensamientos clavados con firmeza en su puerta.

Y a Dios no tendré otro remedio que decirle que le declaro la guerra mientras quienes deben llorar, no lloren y sus lágrimas de sincera y cristiana contrición no se purguen y no laven la mancha inferida.

 

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Libro: EL ESPIA DE MADRID, BARCELONA 1936. 9788415239376 – LITERATURA NEGRA y POLICIACA

Libro: EL ESPIA DE MADRID, BARCELONA 1936. 9788415239376 – LITERATURA NEGRA y POLICIACA.

 

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Buenas ideas para un verano en crisis (crítica literaria de un doctor en lengua y literatura)

Por Adolfo Caparrós, doctor y profesor de lengua y literatura

 

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El infame Cardenal

Ilustración: goyo martínez (clica sobre la imagen para escuchar la música de este relato)

Julio de 1936, en un rascacielos de la calle de Muntaner de Barcelona. Cinco y media de la tarde. (El espía de Madrid).

El consejero de Gobernación se levantó de su sillón y pidió calma con ostensibles gestos de las manos.

            —¡Caballeros, serenidad! Creo yo que al señor Nelo le asiste… parte de la razón. Analicemos la situación actual: los pequeños conflictos obreros existentes en Barcelona se van solucionando satisfactoriamente. Yo personalmente he mediado en el conflicto de los barcos de la Trasmediterránea y les puedo asegurar que los correos saldrán prestos a su destino. El conflicto de los buques de Transatlántica también está en vías de solución. La huelga del ramo mercantil de Lérida se resolverá en breve. Cierto es que ha habido pequeños incidentes… los cuales, sin embargo, no permiten extraer tan grave conclusión. Juzgar los atentados del día 2 de julio como «pequeños incidentes» era, como poco, temerario, pensó Nelo.

            —Por otra parte —añadió el consejero— debo manifestarles que durante el viaje que ayer realicé a Madrid, para reunirme con el ministro de la Gobernación, observé una situación de absoluta tranquilidad y así me lo expresó él. Tanto es así que dedicamos la jornada de trabajo a ultimar algunos detalles referentes al traspaso de los servicios de orden público. ¡En fin, señores, no veo motivos para tanta preocupación!

            Nelo juzgó que era el momento para volver a intervenir.

            —Primo de Rivera —empezó a decir— supo utilizar a su favor una situación de caos en la política española. Los continuos enfrentamientos entre facciones, las animosidades personales e ideológicas impidieron una reacción contra su levantamiento.

            —Y el rey de España lo apoyó desde el primer momento —añadió Escofet.

            —Y la burguesía catalana, no lo olviden —apuntó Casanellas.

            —Y, por supuesto, el estamento militar —siguió Nelo—. Recuerden que estaba pendiente el expediente Picasso, que pretendía exigir responsabilidades a los militares tras los desastres del norte de África y que fue convenientemente aparcado por Primo.

            —Vamos, vamos, señor Nelo, no se dan las mismas circunstancias —sugirió Ramón Nogués—. La república está más consolidada y cuenta con más apoyos que la monarquía parlamentaria de 1923. Es muy distinta la deriva política de la nación.

            —De eso se trata, precisamente —replicó el agente—. Con los actos de estos días pretenden crear las condiciones para un alzamiento militar, señores. Y tengan muy presente que hoy las consecuencias de ese alzamiento serían mucho más dramáticas que las de 1923. Partidos y sindicatos están mejor organizados, y la sociedad civil se opondría, sin duda, incluso por las armas.    

            Hubo quien se mostró de acuerdo con las tesis de Nelo; otros recelaron de lo que juzgaban bienintencionados pero equivocados vaticinios. Ya todos los reunidos estaban en pie y hablaban al mismo tiempo, discutiendo de forma desordenada, como en una sesión del Parlamento de aquellos días.

            —¡Orden, caballeros! —gritó con voz atronadora el comisario Escofet—. ¡Mal haremos si entre nosotros no hay unidad!

            Escofet alertó entonces de la inminente huelga anunciada por el Sindicato Único del Transporte y la persistencia de los paros en fábricas de tanta significación, por su simbolismo y por el número de trabajadores, como Uralita, Riviere y Asland.

            —¡Una huelga del ramo de los transportes sería una hecatombe social! —observó el diputado Ruiz Ponseti.

            —¡No se alarme! —apuntó el consejero de Gobernación—. Eso no ocurrirá. Ya trabajamos para pacificar el asunto.

            Sin embargo, ese día, a esas horas, los poderosos sindicatos del sector aún mantenían su oficio de huelga y no parecía que tuvieran la intención de retirarlo, pues la patronal se había levantado de la mesa de negociaciones tras calificar de inadmisibles las
demandas obreras. 

            Se hizo un temeroso silencio en la terraza, como si todos los presentes imaginaran una ciudad absolutamente paralizada, sin abastecimiento, sin autobuses, sin el metropolitano…

            —¡Caballeros, les ruego que se calmen! ¡No sean ustedes como los de Madrid, tan catastrofistas! —volvió a apuntar el señor España apelando al espíritu del dichoso oasis catalán.

            Nelo irrumpió en ese instante con un factor que, hasta ese momento, no había aparecido en el encuentro.

            —¡Caballeros! ¿Y la Iglesia?

            —¿Qué ocurre con esa gentuza? —preguntó el diputado Fronjosá. 

            —¡Les recuerdo que, oficialmente, España ya no es católica… y está partida en dos! —respondió el agente.

            —¡Ni falta que hace! —le replicó el diputado Nogués.

            —Mucho me temo que aquellas palabras del cardenal Segura al proclamarse la República recobran hoy su vigencia. Y ya sabemos que cuando la Iglesia advierte, sus palabras no tienen descuento y su amenaza es tan real como cierta…

            —¿Y qué dijo el infame cardenal? —preguntó de nuevo el señor Fronjosá. Nelo le refrescó la memoria.

            —«Cuando los enemigos del reinado de Jesucristo avanzan resueltamente, ningún católico puede permanecer inactivo…»

            —¡Sandeces! Mientras quienes deben llorar no lloren y sus lágrimas de sincera y cristiana contrición no purguen y laven la mancha inferida por años, por siglos de expolio y barbarie en nombre de Dios…, ¡que callen! —dijo el diputado, con el mismo tono y la arrogancia que solía usar en la tribuna del congreso.

            —¡Disculpe, diputado! No se ofenda usted, pero creo que no es la persona más indicada para… He oído por ahí que le llaman el cazador de monjas… —le espetó Nelo, pensando en la monumental trifulca que inició el diputado Fronjosá días atrás al interpelar al Parlamento por las razones por las cuales la Generalitat aún no había cambiado de nombre la Casa de la Caritat ni había prescindido de las monjas, de los sacerdotes y de las señoras caritativas, soliviantando con ello a gran parte de la sociedad barcelonesa—. Se trata precisamente de eso, señor Fronjosá, de no excitar los ánimos con discursos incendiarios.

 

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Las cinco resmas de papel ( a unas horas del Alzamiento fascista en Barcelona, el 18-J-1936)

RELATO CON MÚSICA. EL ESPÍA DE MADRID SE INSPIRÓ EN ESTA MÚSICA CUANDO SE REDACTARON ESTOS EPISODIOS. CLICA SOBRE LA IMAGEN Y APARACERÁ LA MÚSICA EN OTRA VENTANA.

El 17 de julio de 1936, el agente Nelo, que había llegado a Barcelona días antes para investigar el asesinato de un industrial y el intento de homicidio de un coronel republicano, encontró en un piso alquilado por un hombre que vestía con aires de marqués un telegrama que rezaba: “mañana recibirán las cinco resmas de papel”. Las horas siguientes fueron tensas, muy tensas en la capital catalana. En el resto de España había ruidos de sables y trompetas de ejecución, pero solo eran rumores. Se había enamorado pese a que el amor ya le iba jugado unas cuantas malas pasadas y debía tomar una decisión…  El Espía de Madrid, que contribuyó a derrocar el Alzamiento fascista en Barcelona,  vivió esas horas así:

” Estaba asomado al balcón, y fumaba el quinto pitillo cuando llegó.

            —¡Lo tengo! —gritó su compañero al entrar.

            Tiró la colilla al suelo y, al igual que con las demás, la aplastó con la puntera del zapato hasta que dejó de humear.

            —¿El telegrama?

            —¡Sí! ¿Y adivina qué frase aparece?

            Estremera dio a Nelo un papel con el texto del mensaje, que decía, textualmente: «Mañana recibirán cinco resmas papel».

            —Las malditas resmas —rezongó el agente.

            —Y documentación. Vuelven a aparecer aquellos códigos, ¿recuerdas?

            —Sí, lo he estado revisando todo —respondió Nelo, y señaló las cajas de cartón que se amontonaban junto a su mesa, en el suelo, y las hojas sueltas que había encima de ella.

            —También he encontrado un maletín, y dentro había una cantidad indecente de dinero, en francos franceses, sobre todo, y la conocida fórmula «corretaje Jeanne G.». Nelo, ¿me escuchas?

            —Sí, sí, claro. Ahora lo entiendo —murmuró, pero fue como si hablara para sí, y no como respuesta a lo que su compañero le decía.

            Tomó entonces una nota manuscrita de la mesa, en la que él mismo había anotado todas aquellas claves. Y leyó:

            —«Cobrar los efectos, consejero, laureado». Éstos van a por el consejero de Gobernación y a por el general Llano de la Encomienda. Y lo del corretaje es el pago por los servicios prestados. En el fondo, no era tan complicado el código. Así que lo de las resmas de papel se refería, estoy convencido, al asalto final. Hay que prepararse, tengo que comunicárselo a Escofet.

            —Escúchame, dentro del maletín también he encontrado esto.

            Y le mostró un panfleto en el que se explicaba que el consulado de Francia en Barcelona ponía a disposición de sus nacionales, en especial a aquellos que habían acudido a la Olimpiada Popular, el transatlántico Djenne, que los llevaría de vuelta a Marsella. Avisaban las autoridades francesas que a los interesados se les entregaría en el consulado el pasaje tras mostrar el pasaporte.

            —¿Te das cuenta?

            —Perfectamente.

            —Tenemos la oportunidad de detenerla. A Vera Dannichesky.

            —A Jeanne Georgel.

            —¿Y sabes qué ocurrirá?

            —Que si haces bien tu trabajo, la detendrás, la juzgarán y la fusilarán. Hay pruebas suficientes, ¿no?

            —¿Y no te importa? —gritó Estremera, que sujetaba a Nelo por los hombros y lo sacudía.

            —¡Qué más da!

            La mirada que el agente Nelo dirigió a su compañero fue feroz. Con un gesto instintivo, una sacudida bastante violenta, se deshizo de la sujeción de Estremera y ordenó:

            —Vuelve al piso y espérala allí. Tarde o temprano aparecerá, aunque sólo sea para recuperar lo que es suyo. Al fin y al cabo está en esto por dinero.

            —¿Y cuando la tengamos?

            —Actúa según tu criterio.

            No había convencimiento en aquellas palabras. De hecho, estaban desprovistas de toda emoción.

            —¡Ésa era nuestra misión desde el principio! ¿No es así? —Estremera alzó aún más la voz—. Buscar al enlace de los rebeldes, detenerlo y llevarlo ante la justicia. ¡Pues cumplámosla!

            —Hazlo —la voz del agente Nelo permanecía neutra, como si aquello no fuera con él.

            —¿O prefieres fracasar? ¿Decepcionar al capitán Abasolo?

            —¿Qué más quieres de mí, Gonzalo? No puedo decirte lo que tienes que hacer. Seguramente tendrás instrucciones del capitán que yo desconozco, así que cumple con ellas. Así podrás volver a Madrid como un héroe.

            Se sacó la petaca de tabaco. Apenas quedaba para cuatro o cinco cigarrillos y desistió de liarse uno.

            —¡Mierda, Nelo! ¡No quiero hacerlo! No me gusta sentirme culpable por nada, y tú lo consigues.

            Tanta frialdad en la mirada, aquellas palabras comedidas, los gestos pausados, cuando él sudaba por la excitación del momento, le ardían las mejillas y el corazón le latía a un ritmo frenético… Gonzalo Estremera sintió el deseo de golpear a su amigo, hacer que reaccionara, que se enfadara con él.

            Sonó el timbre del teléfono. Nelo aguantó sin parpadear la mirada de Estremera, hasta que éste la desvío y se decidió entonces a responder.

            —Agente Nelo —dijo, y escuchó con atención—. De acuerdo, Julián, estaré ahí en un minuto.

            Recogió el telegrama encontrado en el piso de la avenida Catorce de Abril y se dispuso a salir. Estremera se lo impidió; se plantó ante él, desafiante: no se iría de allí si no era con el beneplácito de su compañero. Y él, su compañero, en un gesto que no esperaba, le dio un abrazo y le susurró al oído:

            —Por si no nos volvemos a ver, sabe, Gonzalo, que siempre te he tenido por un buen profesional y un mejor amigo.

Parecía que el comisario Escofet no hubiera comido en días o que temiera que alguien le arrebatara la comida antes de que entrara en
su boca, porque lo hacía con fruición, con ganas y sin ninguna concesión a la buena educación.

            —Apenas tengo tiempo para comer —se disculpó el comisario cuando vio entrar al agente Nelo—, y si no como me pongo de muy mal humor. ¿Qué le trae por aquí esta vez?

            —Esto.

            —Bien, un telegrama. Ahora explíquemelo.

            —Lo hemos intervenido en un piso alquilado por Fernando del Castillo Olivares, un conocido conspirador de la derecha más rancia, en el que daba cobijo, además, a la enlace huida.

            —Siga.

            —Léalo —se lo entregó.

            —«Mañana recibirán cinco resmas de papel». Sí, eso de las resmas me suena de algo, de haberlo leído en algún informe. Pero sigo sin entender qué pretende decirme.

            —Es una clave, que habrán mandado a todos los implicados en el levantamiento. Indica que las tropas rebeldes se
levantarán en armas contra la República.

El comisario Escofet no dio crédito a las ssopechas del agente Nelo “

 

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El Espía de Madrid, “17J 1936 el cambio que abrió miles de heridas”

El diario El Faro de Ceuta, uno de los puntos donde se inició el Alzamiento fascista de Julio de 1936, dedica en su dominical de hoy un amplio reportaje a aquellas fechas con el título “17J 1936, El cambio que abrió miles de heridas”. El diario, con ocasión de esta efemérides, ha entrevistado a los autores de El Espía de Madrid, Goyo Martínez y Joan Salvador Verges.

La entrevista lleva por título “La Barcelona de 1936 era muy canalla y romántica, a la par que convulsa y seductora”, y se inicia de la siguiente manera:

” No duda de que, si tuviera la oportunidad, retrocedería en el tiempo hasta aquellos meses previos al alzamiento del Ejército Nacional. Se trasladaría a aquella Ciudad Condal donde se vivía un ambiente cultural único. Donde la calma era el denominador común de la vida. Donde los niños vestían alpargatas que daban vergüenza, los adultos bebían absenta y las calles olían a orín. Goyo Martínez (León, 1967) es, junto a Joan Salvador (Barcelona, 1954), coautor de la novela ‘El espía de Madrid’. Una obra que nació de las 25 líneas de un breve encontrado en La Vanguardia sobre un investigador enviado desde Madrid por la Dirección General de Seguridad del Estado. Nelo, que así se llama el protagonista, sumerge al lector en una apasionante historia que tendrá continuidad en muy poco tiempo. ¿Invención o realidad? Juzguen ustedes mismos”.

Clica sobre la imagen para abrir el enlace al dominical ( reportaje y entrevista) del Faro de Ceuta.

 

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El Espía de Madrid, Andreu Martín, un micrófono y las patatas fritas

El Espía de Madrid compareció en Radio Nacional de España (Radio 4) y compartió escenario y charla con el escritor de novela negra Andreu Martín, con el presentador del programa, Toni Marín, y hablaron del libro, de la Barcelona de principios de julio de 1936, del oasis catalán que revive en estos tiempos que corren y… de patatas fritas.  Y qué tienen que ver un espía, tres escritores, un locutor de radio, Barcelona, 1936 y las patatas fritas, ¡escúchalo!.

 

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“La mujer de estrechas caderas, senos pequeños, firmes y turgentes y redondas nalgas”

Relato con música. De mi particular tocadiscos. Clica sobre la imagen

El agente Nelo detuvo su mirada en el sospechoso círculo que formaban el general Burriel y los oficiales López Belda, Unzúe y Lacasa, que departían con distinguidas personas de distintos orígenes y linajes entre carcajadas, como si se mofaran de la concurrencia.
Junto a ellos, un grupito de mujeres jóvenes los miraban y escondían sus sonrisas con un gesto de la mano.

            «¡Quizá saben algo que los demás desconocemos! —pensó Nelo—. ¡Nada de quizá, seguro que saben algo!», concluyó.
A todo esto, los generales San Pedro Aymat y Legorburu seguían a lo suyo, como si nada sucediera o fuera a ocurrir.

            Vio entonces que una de aquellas jóvenes dejaba el grupito y se acercaba al de los militares. Todo de lo más natural, como si quisiera preguntar algo o llamar su atención. Pero le resultó sospechoso que tomara del brazo al general Burriel con demasiada familiaridad y se lo llevara a un rincón para hablar a solas con él. Tuvo que moverse para seguir la escena, pero pudo ver con claridad que la joven mujer entregaba al oficial una cuartilla de papel de color azul, cuidadosamente doblada, que Burriel ojeó mientras miraba a un lado y a otro. A continuación, se lo devolvió a la dama.

            Volvió junto al general Llano de la Encomienda para preguntarle si conocía a aquella mujer. Negó con la cabeza. Tampoco el coronel Moracho ni el mismo Escofet, que charlaban animadamente unos pasos atrás, conocían a la mujer.

            Cuando se giró de nuevo hacia el punto donde se había encontrado con Burriel, había desaparecido. La buscó entre
el gentío y en los alrededores. Salió a la terraza que daba a la calle a grandes zancadas y alcanzó a verla cuando abandonaba el Club Marítimo en dirección a un automóvil en el que aguardaba un hombre, de quien sólo pudo advertir su gorra de oficial.

            Al acceder al interior del coche, la mujer giró la vista y puso sus ojos sobre Nelo.

            Duró un instante, pero el agente alcanzó a leer su rostro. Ciertamente era una mujer de raro encanto, de belleza lánguida. Destacaba su cutis mate y afelpado, su cabello dorado y sus grandes ojos azul pálido. Nelo quedó atrapado en esos ojos que parecían transmitir pasión y drama, que denunciaban un oscuro pasado y un futuro inminente y, de algún modo, trágico, ¿o qué reflejaba si no la languidez de aquella media sonrisa apenas insinuada? Lucía un elegante vestido de soirée, de estival inspiración parisina, en marrón y rojo, de una tela vaporosa y líneas sueltas, vagas, exquisitamente femeninas, y un no menos elegante sombrero en forma de turbante. Bajo ese vestido se adivinaban unas estrechas caderas, unos senos pequeños, firmes y turgentes, y unas redondas nalgas.

            La joven mujer también quedó atrapada en la conquistadora y expresiva mirada y el porte esbelto y gallardo
de Nelo. Jamás recordaría cómo iba vestido aquel hombre, si era civil o militar, si señor o criado, pero nunca olvidaría su cara. Prendada, presintió que no tardarían en volver a encontrarse. 

            Nelo regresó al club y, con temerario arrojo, se aproximó al general Fernández Burriel. La mujer le serviría de excusa para interrogar al militar. Fingiéndose ebrio, casi a trompicones y con voz pastosa, interrumpió la conversación que en ese momento
mantenía el general con sus subordinados, apoyó la mano derecha en el hombro del militar y, de tú a tú, el agente soltó, con algún balbuceo:

            —Dígame que no es su hija, mariscal.

            —¡Joven, usted está borracho!

            —No demasiado, no lo suficiente para no saber admirar una belleza cuando la tengo delante. No será su amante, ¿verdad?

            —¡Caballero! ¿Por quién me toma?

            Burriel se sentía acosado y reaccionó de forma irascible, no tanto por la intromisión de un borracho, dedujo Nelo, como por las indiscretas preguntas que le dirigía. Los otros mandos que lo acompañaban se erigieron en barrera frente a Nelo y lo apartaron a empellones.

            Nelo volvió a fingir, esta vez que recobraba la compostura, y, con la cabeza gacha, se acercó al general y le pidió disculpas. El general las aceptó para zanjar el asunto; tampoco le interesaba llamar la atención, pensó Nelo. Vio en los ojos del general
inquietud y tensión, y comprobó que era incapaz de sostener su mirada. Nelo optó por no insistir, aunque tomó buena nota de la reacción del oficial.

Así lo vivió El espía de Madrid hace 75 años en el Club Marítimo de Barcelona

De “El Espía de Madrid, Barcelona 1936”.

 

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“Vestía un ridículo pijama de rayas en popelín y blandía una olla de aluminio compacto”

Relato con música. Otra pieza imprescindible en el álbum de “El espía de Madrid”

(Clica sobre la imagen para escuchar y ver)

 

“Nelo echó una mirada más por el hueco de la escalera, hacia abajo,  hacia arriba. Se colocó frente a la puerta del primero segunda.

La puerta del  piso era tan vieja como la escalera. La cerradura, sin embargo, no. Era  prácticamente nueva, sólida y habilitada para llaves dentadas. Extrajo un  llavero en piel de ocho mosquetones. De él colgaban unas llaves nada corrientes  y unos ganchos a modo de ganzúas. Seleccionó una de las ganzúas y procedió a  manipular el mecanismo del cierre de la puerta. Lo hizo con suma cautela,
aunque no pudo evitar los continuos e inevitables clics. Ante la resistencia  que ofrecía la cerradura, forzó los movimientos.

De súbito, la puerta del piso de enfrente se abrió. Nelo se giró y se topó de bruces con un hombre enjuto, con un bigote fino y largo, ligeramente apaisado, para disimular la  asimetría del labio superior y su mandíbula inferior alargada y de marcada
osamenta. Vestía un ridículo pijama de rayas en popelín.

El vecino blandía en  su mano derecha una olla de aluminio compacto con la que parecía dispuesto a  golpear a Nelo. En un santiamén, sin que al vecino le diese tiempo a  reaccionar, el agente desenfundó. Nelo no tenía la intención de disparar. Sólo
quería asustarlo.

El vecino  se quedó inmóvil, aturdido y alelado por el miedo. Sin dejar de apuntarle, Nelo emitió  un sonido para imponer el silencio llevándose el dedo índice de su mano  izquierda a los labios. Hizo un gesto felino y arrebató al vecino la cacerola  que aún mantenía brazo en alto. El vecino seguía inmóvil, y Nelo le ordenó que  siguiera en silencio.

            —¡No dispare por Dios! —musitó implorando, ya con las rodillas hincadas en el suelo. 

            Nelo apartó su arma.

El cuerpo del vecino se aflojó; aún temblado ostensiblemente. El agente extrajo  de su chaqueta una credencial de policía y se la mostró. El hombre se postró  aún más, suspirando. Nelo le susurró al oído que nada malo le iba a suceder si  regresaba a su domicilio sin llamar la atención.

            —¿Sabe usted quién vive en este piso? —preguntó Nelo apenas con un hilo de voz señalando la puerta  del primero segunda.

Con voz entrecortada, temblorosa, susurrando, el vecino intentó satisfacerle:

            —La casa ha estado vacía mucho tiempo, hasta hace un mes aproximadamente. No estoy muy seguro de  lo que se cuece en su interior, pero hace unos días, ya de noche, a estas  horas, observé a través de la mirilla de la puerta de mi casa a unos hombres
que trajinaban unas cajas de cartón que debían pesar lo suyo, porque las  acarreaban entre dos individuos. Recuerdo, eso sí, que tras los hombres entró  en el piso una mujer joven y elegante, creo que rubia, aunque tal vez esté  confundido porque al salir me pareció castaña. Lo que sí puedo asegurarle es  que era muy hermosa. Imagínese… —El vecino dibujó entonces en el aire las  sugerentes curvas de la linda mujer…

            —Ya imagino, señor  —le interrumpió Nelo, siempre susurrando.

            —Debieron de transcurrir unos diez o quince minutos y luego dichas personas marcharon y no…  no puedo decirle más —acabó explicando el vecino. Nelo agradeció a Melquíades  su colaboración y con un gesto le indicó que olvidara el encuentro y entrara en
su vivienda.

            —¡Descuide, señor… señor policía! Yo no lo he visto jamás y usted nunca ha estado aquí. —El vecino  tomó su olla y obedeció sin rechistar”.

Parece que pasó ayer… en realidad ocurrió hace 75 años.

De “El Espía de Madrid, Barcelona 1936”.

 

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Julia Otero recomienda El espía de Madrid

“El Espía de Madrid ingresa en un género de la literatura española que se había ido a Hollywood”.

El día del lector de Julia en la Onda

 

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