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LO QUE LA LUNA ESCONDE

Viendo mi abatimiento, en cierta ocasión, el viejo de la imprenta me explicó que había conocido a una mujer que, en plena guerra, decidió abrir una floristería. Una sandez, pensé yo para mis adentros. Como siempre, el viejo de la imprenta me leyó el gesto y el pensamiento y me amonestó.

Aquella mujer, que para algunos podía pasar por loca, abrió aquella floristería porque el mundo necesitaba en ese momento, más que nunca, flores.

Ahora, en que el dolor, la angustia, la incertidumbre, la zozobra nos acosan, el mundo necesita bella historias. Historias de amor, de superación, de batallas contra las vanidades.

Hasta ahora, – lo confieso-, nunca me había planteado con la suficiente profusión el asunto. ¿Qué poder ejerce la luna sobre nosotros? ¿Qué tiene que ver la luna con nuestro corazón, nuestro destino?

Mi admirado García Lorca escribió:
 

“cuando sale la luna
se pierden las campanas
y aparecen las sendas
impenetrables.
Cuando sale la luna,
el mar cubre la tierra
y el corazón se siente
isla en el infinito.
Nadie come naranjas
bajo la luna llena.
Es preciso comer
fruta verde y helada.
Cuando sale la luna
de cien rostros iguales,
la moneda de plata
solloza en el bolsillo”

 

El escritor Jordi Planes Rovira nos trae una de esas bellas y necesarias historias de amor, superación y coraje: “Lo que la luna esconde”, primera novela de Jordi Planes – publicada por Quarentena Ediciones y que he tenido el inmenso honor, placer y orgullo de editar-, y en la que aborda de manera magistral quiénes somos, qué queremos, qué amamos, qué nos conviene y qué debemos rechazar, en un mundo de vanidades y traiciones.

Pronto, muy pronto, en todas las librerías, “Lo que la luna esconde”.

Y yo que pensaba que lo sabía todo y ahora sé que apenas sé nada. Dicho y escrito desde el corazón, porque no sabemos -ni queremos- decirlo y escribirlo de otra manera.

 

 
 

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El Quiosco / Deja de ser un gusano

No es una novedad. La periodista de Badalona Mercè Roura nos sorprende una vez más por el acierto en sus análisis, por su forma de ver las cosas, por su mordacidad. ¡Deja de ser un gusano!. Lo haremos, Mercè.

 

Cambiar es difícil. Para hacerlo es necesario superar el miedo y cerrar los ojos antes de lanzarse sin red al vacío. Aunque no es algo que hagan solo los valientes, lo hacen también los hartos. Los que tras levantarse mañana tras mañana, se sienten embudos… ven que nada les llena. La cara se les queda mate y la boca les hace mueca. Tal vez tienen una vida de manual pero cuando caminan por la calle sueñan, visualizan otro recorrido y notan en su pecho una chispa de felicidad, aplacada inmediatamente por un choque frontal contra la cotidiano. Una punzada fugaz, diminuta, pero suficiente para recordarles que existe un mundo distinto. Hace falta estar muy cansado de estar cansado para dar un vuelco a la vida y dejarse llevar. Hace falta ser valiente para soltarse de la cuerda que te ata a la rutina cómoda y gris, una especie de cordón umbilical asido a la mediocridad y el miedo. A veces no damos el salto porque nos gusta más el puro ejercicio de soñar que lo soñado, nos gusta el riesgo calculado, el peligro mínimo para que luego todo vuelva a su cauce… pero los límites cada vez se alejan… y nuestras ansias cada vez son más omnívoras. A veces la ansiedad de soñar sin tocar su sueño se hace insoportable…

Pasar por el camino de siempre es fácil, no mutar es la opción más llevadera. No supone sobresalto, no conlleva riesgo ni sonrojo. Para cambiar es necesario un esfuerzo titánico, un continuo devenir de emociones y pequeños pánicos… levantarse del sofá y abrir la puerta a la vida. Y lo que hay tras la puerta asusta… aunque revitaliza, rejuvenece… ilusiona. Sólo cabe decidir si esa ilusión inmensa compensa el riesgo de salir del nuestro mundo habitual, cómodo y clorofórmico, para dar el paso.

No todos los que soñamos con cambiar lo hacemos. Algunos se conforman con el sueño, se excitan con él y luego vuelven a su vida calculada. Algunos cruzan la línea para dejar de ser gusanos y convertirse en mariposas. El proceso es duro. Es una gestación larga, que requiere esfuerzo, intensidad… arrojo. El gusano mutante a menudo se mira en el espejo y se pregunta despavorido cómo ha sido capaz de estar en el proceso, siendo gusano… cómo osa pensar que podrá ser mariposa. Siente que quizás un enorme castigo caerá sobre sus espaldas por la soberbia de aspirar a brillar, lucirse… soltarse en el cielo y mostrar las alas. Y si no lo consigue, cómo va a contar a los demás gusanos que jamás sueñan que el intento salió mal. Le llamaran gusano loco, le mirarán con recelo… y peor aún… se mirará a si mismo con amargura.

Sin embargo, el gusano mira en el fondo de sus ojos y ve una chispa, un fogonazo brillante que le recuerda que por encima de todo, aunque al final no pueda… quiere… y que esa pasión es tan intensa que no puede resistir dejarse llevar. No puede cerrar la puerta y pasar el resto de su vida pensando que no será mariposa con cara de gusano asqueado y triste. Sentado en un rincón, pensando que se consume sin haber nacido.

Vuelve a la tarea y continua mutando. Al cabo de unos días entre el amasijo de capas que cubre su cuerpo, se dibujan unas alas. Son extremadamente finas, aún sin color, sin fuerza… pero le confirman que, ahora ya lo sabe, dentro de sí hay una mariposa.

Entonces se da cuenta de que lo que sería realmente una locura es no haberlo intentado. Sin importar que nunca le salieran las alas…

 
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Publicado por en 15/09/2012 en el quiosco, la barra del café

 

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La ignorancia es atrevida ( a Jiménez Losantos, ese gran difamador profesional)

Uno de los mayores males que ha sufrido y sufre el ámbito de las víctimas del terrorismo en este país es la politización de las asociaciones que dicen velar por los intereses de esas víctimas y la manipulación del asunto que llevan a cabo partidistas e interesadas voces que pregonan sus ofertas de cantamañanas frente a un micrófono, caso de Federico Jiménez Losantos, quien se ha erigido en una especie de héroe que haya de salvar España de quienes no piensan como él.  
Con ocasión del reciente encuentro de Roberto Manrique, una de las víctimas del atentado de Hipercor de Barcelona, con uno de los etarras que el 19 de junio de 1987 puso la bomba en los almacenes, Rafael Caride Simón, Jiménez Losantos, difamador profesional de oficio, dijo que Manrique sufría de síndrome de estocolmo.
Una vez más, Jiménez Losantos – y otros como él de la caverna mediática derechona, fascista incluso- han pretendido presentar un gesto de enorme trascendencia como un “espectáculo grotesco”.
Al concertar la cita con el etarra, no buscaba Roberto Manrique – y lo sé de buena tinta-, la popularidad, una maldita popularidad que le arrastra desde que un día “muriera” el sencillo carnicero de Hipercor que era y naciera el “Manrique víctima” que decidió ayudar a otros como él, aún sacrificando horas de familia y descanso – y su esposa y sus hijos pueden dar fe de ello-.
A personas como Losantos les pasa, sin embargo, que la envidia es mala, muy mala y que, como dice Sara Bosch, posiblemente la psicológa de urgencias y de víctimas del terrorismo que más sabe en España, la “ignorancia es atrevida”. Malévola, diría yo.
No le hacía falta a Roberto Manrique más páginas y fotografías en los diarios, no. Cuando fue al encuentro del etarra Caride Simón, a quien no dio la mano, símbolo inequívoco de su actitud, buscaba respuestas y, sobre todo, abrir una profunda vía para que nunca más esos canallas de ETA vuelvan a matar. Por él, y por otras víctimas.
La ignorancia es atrevida, por Sara Bosch, compañera inseparable de fatigas de Roberto Manrique durante más de 20 años en la difícil tarea de atender a las víctimas del terrorismo.
La primera vez que vi cara a cara a una víctima del terrorismo fue hace 20 años. Reconozco y recuerdo el impacto que me produjo cuando me enseñó el injerto que le vestía la piel. La que le quemaron un 19 de junio de 1987 en los almacenes Hipercor. A lo largo de este tiempo, le he visto muchos gestos. Ante mí y ante otros. Ante políticos, periodistas, médicos forenses, policías, niños, actores, estudiantes y jueces. Ante su mujer y sus hijos. Ante tantas y tantas otras víctimas del terrorismo. Gestos alabados y criticados. Gestos de alguien que convirtieron la palabra terrorismo marcada a fuego, en la decisión diaria de hacer algo, lo que fuera, por unirla a la palabra Dignidad.
Cuando conocí  a Roberto Manrique, me habló de dignidad. Y de justicia. Y mientras una psicóloga como yo, recién licenciada, le ofrecía mi solidaridad para ayudarles, el tiempo me reservaba descubrir otras caras, demasiadas, marcadas como sólo el terrorismo puede hacer.
Y de tantos y tantos gestos, en aeropuertos y trenes compartidos, en hospitales y en púlpitos, en tanatorios y homenajes; de tantas palabras dichas y tantos silencios por cada atentado…reconozco y recuerdo el impacto de una frase en plena calle, de un gesto nuevo que sólo le vi una vez: ”Sara, he rebut una carta de caride”. Y como, al igual que el valor en la mili, la experiencia se me debe suponer, puedo asegurarle al sr. Jiménez Losantos  y a otros que parecen opinar igual, que no vi ningún signo, como asegura, de Síndrome de Estocolmo o de ganas de venganza en él. Porque nunca existieron. Como nunca existieron en otra de las víctimas que también quiso participar en este “espectáculo grotesco” del que habla Don Federico. Serían otros. Pero no esos. Y con todo el respeto que se merecen todos los que han pedido lo mismo…ellos sabrán.
Llevo 20 años oyendo a otros que no son Víctimas del terrorismo hablar sobre lo que ellos sienten. Sobre lo que necesitan. Sobre lo que piensan. A opinar por ellos y en nombre de ellos. A tantos que no tienen ni idea de lo que cuesta conseguir tal distinción o que alardean y abusan de tenerla por representarles. Pero mi estrado está en un despacho con tres sillas y una mesa. Y nunca fue mi trabajo otro distinto del que mi profesión me propone. Pero hoy, como psicóloga, me permito contestar a quienes se atreven a hacer patología de un derecho inalienable: al uso de su libertad. Al derecho a su intimidad para no relatar los detalles de lo que hablaron con el asesino, aunque eso desgraciadamente no satisfaga el morbo público. Que de eso, saben bien.
Roberto Manrique se ha ganado la maldita fama de ser una víctima conocida. Pero no hay medalla que no devolviera, ni artículo escrito ni programa al que acuda que no borrara de un golpe si con ello pudiera volver a Hipercor ese día y coger el micrófono que cambió la voz de Serrat por los rugidos del infierno. Y sé que no se limitaría, simplemente, a no cambiarle el turno a un compañero por librarse de su mala suerte.
Sé porqué Roberto fue a verle. Y sé por qué ese hecho ha trascendido tánto. Como también sé que ese día, el etarra miraba al suelo cuando quien no fue más que un objetivo para él le habló con el gesto del ave fénix que emergió de las cenizas. No buscaba respuestas. Probablemente, lo que pretendía tuvo mucho que ver con la palabra Dignidad. Con la palabra Justicia. Con qué si no.
Ser Víctima del terrorismo es una circunstancia. Una sangrante circunstancia. No les convierte en seres con pensamientos unánimes, con igual opinión. Cómo pueden creerse eso. Y si realmente quieren apoyarles, empiecen por entender, respetar y defender su individualidad en sus actos personales. Que todos los que fueron, como él, en un acto de propia voluntad, lo que menos merecen es que se dude de su salud mental. Perdida sin más entre objetivos terroristas y simples objetivos de un interés político. Objetivos al fin. Como si de eso, no hubieran tenido también ya suficiente. Por una vez, hablen con prudencia los tentados de titulares. Vengan de donde vengan. No habrá mejor homenaje.
Es fácil. No hace falta recurrir a manuales diagnósticos de trastornos mentales. Basta con consultar en Wikipedia para diagnosticar el verdadero Síndrome de Estocolmo de Roberto Manrique.
Cuando los delincuentes se presentan como benefactores, en la víctima puede nacer una relación de complicidad como agradecimiento y acabar ayudando a sus captores en alcanzar sus fines.
La diferencia es que, Roberto sigue llamándole terrorista, que su complicidad y agradecimiento fue impedir que se le acercara un metro y que si, como los de otros, su gesto y síndrome lejos de perjudicar, acaba ayudándonos a todos, a las víctimas que hablaron con el asesino y a las que no irían jamás..gràcies, company.
 
Sara Bosch.
Psicóloga especialista en Víctimas del terrorismo
 

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El Quiosco del Café / Sobre el miedo y la estupidez

Un muy siempre acertado artículo de Mercè Roura, la periodista de un lugar llamado mundo.

Tenemos miedo. De quedarnos a medias y de pasarnos. De pasar de largo y de esperar demasiado ese tren, lleve dónde lleve. Nos asusta qué dirán de nosotros y nos da pánico también que no digan nada. Nos aterra el silencio… y el ruido. Nos asusta perder y a veces nos asusta más ganar porque no nos han educado para manejar la victoria. Nos asusta querer pero también sentirnos atados por ese sentimiento. Nos provoca terror sucumbir y dejarnos llevar y fluir y sentir, soñar e ilusionarnos.

Nos espanta hablar y ser esclavizados por nuestras palabras. Nos asusta callar para siempre.

Le tenemos a menudo más miedo a la risa que al llanto, porque nos han enseñado a esperar lo peor. Nos asusta ser el que baila y el que se esconde en un rincón cuando suena la música.

Nos asusta el dolor pero nos provoca pánico estar sanos… por si la salud no dura.

Somos máquinas de generar temores, angustias… de levantar muros y derribar puentes. Nos paralizamos, nos encogemos, nos hacemos diminutos hasta que no nos pertenecemos a nosotros mismos… nos asustamos de ver nuestro rostro. Notamos una punzada en la espalda que nos avisa de que pisamos terreno desconocido… nos aterra arriesgar y cambiar lo cotidiano. Y el miedo nos hace estúpidos, aburridos, grises… Nos cansa, nos nubla, llena nuestro equipaje de rocas enormes y pesadas, nos desgasta las ganas, nos vacía y nos deja en un rincón…condenados a vivir sin pasión y con la cabeza gacha.

El miedo nos subsidia. Nos rebaja. El miedo es adictivo, narcótico… lo devora todo, lo invade todo… lo suprime todo hasta jibarizarnos, nos transforma en una versión ridícula de nosotros mismos… en nuestra caricatura, en un lastre para seguir.

Tenemos miedo a envejecer y miedo a no llegar nunca a hacerlo. Tenemos miedo a morir y a vivir. Y sobre todo, tenemos un miedo atroz a ser felices… por si dejamos de serlo.

 
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Publicado por en 08/07/2012 en el quiosco, la barra del café

 

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Y EL ETARRA SE ARREPINTIÓ… UNA FECHA PARA LA HISTORIA Y UN VIAJE DEFINITIVO

Robert Manrique, a quien la maldita bomba colocada por ETA en el Hipercor de Barcelona el 19 de junio de 1987 le estalló bajo los pies, hizo ayer el viaje definitivo de su vida como víctima. Se encontró cara a cara en la cárcel de Zaballa (Álava) con el jefe del comando que puso el artefacto, Rafael Caride Simón. Y valió la pena, según las propias palabras de Manrique al salir de la cárcel.

Cumplió lo prometido. No estrechó la mano del animal etarra, porque una cosa es escuchar y hablar con quien ha intentado matarte y otra muy distinta es llevar una cita de esta naturaleza al terreno de la confraternización. Es como, en una primera cita, pretender el beso de una chica. Demasiado. El etarra no se merecía – ni nunca merecerá- un gesto humano de tamaño calado, por mucho que se arrepiente.

Roberto Manrique, que no ha recibido ninguna llamada de la clase política, – tampoco le hace falta-, ni de las “actuales” asociaciones de las víctimas terrorismo, tampoco lo necesita pues únicamente se dedican a esparcir la discordia al haberse convertido en “políticos” cuando sólo debería haber espacio en ese terreno para la humanidad, no iba sólo. Llevaba el mensaje de un puñado de víctimas, tantas como las 46 que sufrieron las devastadoras e irracionales consecuencias de aquel 19 de junio de 1987 (21 muertos y 45 heridos). Tantas como las más de 600 víctimas directas o indirectas que residen en Catalunya. Tantas como las miles que se distribuyen a lo largo del territorio nacional.

Al salir de la cárcel, un lugar que nunca deberían abandonar los etarras, Manrique dijo estar “tocado”. No era para menos. Pero a Robert le bastó las innumerables veces que Caride le expresó su “profundo malestar, sentir y arrepentimiento” por lo que hizo.

Si lo dice Robert, que de psicología humana entiende mucho, y eso que no ha estudiado, yo también lo creo. Creo que el arrepentimiento de Caride es sincero. Ello, sin embargo, no le debe otorgar ningún beneficio ni perdón de nadie, ni de Dios, en el que el etarra dice no creer, ni del Diablo… que lo engendró.

“He visto a un hombre roto, destrozado. En algunos momentos no podía mirarme a la cara, y era cuando se refería a Hipercor. Pero en las frases claves relacionadas con el arrepentimiento y el lamento, entonces sí, entonces me ha mirado a la cara sin pestañear. Y he visto a un hombre sincero”, explicó Robert.

Como quiera que Robert es así, – inagotable y agotador (dicho cariñosamente)-,, ya ha dicho que volvería a acudir a la cárcel las veces que haga falta, a acompañar a otras víctimas, a las que ha invitado a estar cara a cara con los terroristas, porque a él, el encuentro le ha sido beneficioso.

De hecho, la hermana de Gregorio Ordoñez, asesinado por ETA, ya ha pedido entrevistarse con el etarra

La cuestión es abrir la fractura más honda posible en el seno no sólo del colectivo de presos etarras sino en la propia organización criminal pues sigo sin creer en el abandono definitivo de las armas que han proclamado, como si lo hubiera hecho la serpiente.

25º aniversario de Hipercor

El próximo 19 de junio se conmemorará el 25º aniversario de la matanza de Hipercor. Y Robert, que aún es socio de la Asociación de Víctimas del Terrorismo en Catalunya, la cual fundó, no ha sido invitado al acto. Pero ni quiero ni debo dar más importancia a esta increíble y lamentable actitud de la ACVOT, cuyos dirigentes no merecen mayor comentario – y lugar en el pensamiento-, que éste.

Yo proclamo abiertamente mi amistad y mi profunda admiración por Robert. He tenido la fortuna de “vivir” su vida desde aquel 19 de junio de 1987 y de plasmarla en un libro Pido la palabra: crónica íntima de las víctimas del terrorismo (Ed. Lectio)”, y de él me quedo con dos frases que he aprendido durante todos estos fructíferos años:

“La felicidad une, pero el dolor reúne” y “las pistolas, ni de chocolate”. Porque nunca debemos permitir que se olvide aquel 19 de junio en Barcelona ni otras tantas fechas del calendario teñidas de rojo.

Y emplazo a los profesores a que incluyan esta fecha en sus clases y pregunten al alumnado actual si saben qué ocurrió el 19 de junio de 1987 en Barcelona. Una fecha para la historia y un viaje definitivo, 15 de junio de 2012.

 

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EL VIAJE DEFINITIVO (DE ROBERT MANRIQUE)

No es ni será su último viaje pues aún, y desde la paz, debe librar muchas batallas. Sí, quizás, será su viaje más definitivo. Un viaje que se inició por culpa de la mano y del plomo ajeno hace 25 años cuando tres personas que nada tienen que ver con el sentido común, con la humanidad, en definitiva tres animales, decidieron colocar en nombre del diablo un coche bomba en unos grandes almacenes de Barcelona, causando la muerte de 21 personas y heridas a otras 45, una de las mayores matanzas perpetradas por ETA, la de Hipercor.

Hoy, mi amigo, y sí digo mi amigo Robert Manrique, está en Vitoria. Hablamos. Está instalado en el hotel después de un viaje en tren durante el cual ni el traqueteo de las máquinas habrá despistado su atención. Aunque la procesión va por dentro, pues humano es, percibo la misma entereza y serenidad de siempre, aquella que incluso muestra antes de un partidito de tenis en el club de toda la vida, allí en el Valle de Hebrón de Barcelona, con los amigos.

Robert no va a Vitoria a pasar unos días de descanso. Ni tampoco a ver la ciudad, la cual ya conoce. Ni a tomarse unas cervezas. Va a entrevistarse con uno de los tres animales que perpetraron el atentado de Hipercor, Rafael Carido Simón.

Hace aproximadamente un año, el tal Caride –no merece el calificativo de señor- le escribió una carta en la que reconocía el daño causado por él y los de su calaña. No había disculpas públicas. Tampoco un reconocimiento explícito del perdón y de querer abandonar las armas. No sabemos aún si la letra del etarra desprende sinceridad o sólo es un gesto con el fin de lograr una amnistía, algún beneficio que le libre antes de la cárcel antes de lo estipulado.

El caso es que Robert ha llegado este mediodía, jueves, 15 de junio de 2012, a Vitoria para verse con el animal de Caride mañana viernes, en una prisión próxima a la capital alavesa.

– ¿Le estrecharás la mano?, le pregunto.

– ¡No!, por supuesto, me contesta, tajante.

Robert es así. Es capaz de enviarte a la mierda, y perdón la expresión, con una sonrisa en los labios. Desde que una maldita bomba de ETA le envío al infierno, del que regresó ¡gracias a Dios! para contarlo, le convirtió en el Roberto persona, hombre, en Roberto Víctima, la persona se ha transformado. ¿ Y quién no iba a sufrir semejante transformación?.

Y no le estrechará la mano porque el salvaje Caride Simón no la merece. Y por respeto a decenas de víctimas del terrorismo que no merecen un gesto de tamaña cualidad humana.

– ¿ Y cuál será la primera pregunta qué le harás?, cuestiono a mi amigo Robert.

En realidad hay muchas preguntas hoy en día por responder respecto de un conflicto armado surgido sólo en la mente enfermiza de unos cuantos –algunos de los cuales, como Caride Simón, que ni siquiera son vascos-.

– Le preguntaré –me cuenta- qué pinta un gallego como él, en una banda de asesinos que dice hablar en nombre del País Vasco, en un atentado cometido en Barcelona contra gente de toda España por un comando formado por un palentino, una Navarra y un gallego.

Buena pregunta, Robert, le respondo. Yo, confieso, aún no he podido entender la cuestión 25 años después. Si alguien es capaz de responderla con un mínimo sentido común, que lo haga y yo reconoceré mi ignorancia, mi estupidez.

Robert ha ido sólo a Vitoria. Ni una llamada de un político. No le hace falta, afirma. Quizás, mañana, cuando se cumplan 25 años del atentado de Hipercor, o cuando salga de la prisión alavesa tras verse con el animal, todos quieran hacerse la foto con él. “Cínicos, Hipócritas”, les diré yo.

Sí que lleva Robert en su pequeña maleta el alma, el corazón y las preguntas de otras víctimas que comprenden –como yo- su gesto.

Una de las peticiones más extendidas a trasladar al etarra por parte de esas víctimas, petición que hago mía, es que pida perdón pública y explícitamente a las víctimas y a toda la sociedad en general. Y si no lo hace, es que su gesto es cobarde, tan cobarde como lo que hizo aquel 19 de junio de 1987 en Hipercor. Y si lo hace y los animales que aún quedan en pide de ETA lo matan, su vida bien habrá valido un pequeño paso hacia el final de lo que nunca debió existir. Y si muere ese animal, yo no lloraré. Sí que lo haré, y lo haré de “alegría”, por los centenares de víctimas que se fueron y que aún quedan ¡por fortuna! quedan entre nosotros de los desalmados.

Se critica ahora el gesto a Robert. Se le puede criticare. Lo que nadie podrá reprocharle es el coraje, la valentía… de enfrentarse a su asesino, al asesino de muchos para decirle que es un hijo de satanás, un malnacido. Posiblemente, Robert no se lo dirá con estas palabras –yo lo haría-, pero hay que saber muchas veces leer entre líneas, lo que le ha faltado a este mundo de las asociaciones de “defensa” de las víctimas del terrorismo, donde sólo prima la política – y el dinero de las subvenciones- y que ha dejado absolutamente sólo a Robert en su viaje definitivo.

Y que conste que fue Caride Simón quien pidió el encuentro y que ha sido el ministerio del Interior, gobernado por el PP, quien lo ha autorizado.

¡ Suerte Robert, a por él que es uno y muy cobarde ¡

 

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Nunca lo hubiera imaginado: sobre la muerte de John Lennon, su asesino y El guardián entre el centeno

¿ Qué hubiera ocurrido si John Lennon no hubiese muerto trágicamente aquel 8 de diciembre de 1980?. ¿Qué relación tiene el último disco del mítico Lennon, su asesino, Mark D. Chapman, y J.D. Salinger, el excéntrico y huraño autor de El guardián entre el centeno?. ¿Planeaban los Beatles regresar a los escenarios si no hubiera fallecido Lennon?. ¿Era el asesino del Beatle un majara, un iluminado o, quizá, un autómata dirigido por alguien a quien le interesaba el magnicidio?. ¿Era Yoko Ono un impedimento para el posible regreso de la banda de Liverpool?.

Aquel 8 de diciembre, Mark David Chapman decidió acabar con la vida de Lennon, “un auténtico elemento que se atrevía a compararse con Jesucristo, y que incluso no creía en Dios”. ¿Qué tuvo que ver Dios con el crimen del Beatle?.

Ese día, Chapman compartió habitación con una prostituta, a la que despachó tras darle una propina, sin consumar el acto sexual en ningún momento. Luego, de camino al edificio Dakota, en Nueva York, adquirió un nuevo ejemplar, el enésimo, de El guardián entre el centeno y en una tienda de Virgin compró una nueva copia, la enésima, del Doble Fantasy de los Lennon.

Por un momento, Chapman soñó… luego habló el plomo y el sueño terminó mientras miles de niños pequeños jugaban en un gran campo de centeno sin nadie que los cuidara ni vigilara, excepto un adulto, al borde de un profundo precipicio, sin otra misión que agarrar a todo niño que se acercara al abismo. ¡Una locura!

Juan Manuel Escrihuela (Barcelona, 1957), uno de los mayores expertos en España en el fenómeno beatle, desvela en “El sueño ha terminado” (Quarentena Ed.) algunas de las oscuras polémicas que han envuelto la muerte de Lennon: una crónica novelada de literatura, música y crueldad que unió al beatle, Salinger y Chapman.

Os lo recomiendo porque no deja indiferente, tanto si eres o no beatlemaniaco

 

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