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Archivo de la categoría: la barra del café

Humanos

– Dime, viejo, ¿qué somos?

– Somos lo que queramos ser.

– Yo, quiero ser especial…

– ¡Ya lo eres!

– ¿Cómo?

– Eres especial porque eres corriente. Eres un hombre corriente con pensamientos corrientes que tienes la fortuna de llevar una vida corriente… ¡eso te hace especial!

Lo observé, y más aún.

– Yo, de mayor quiero ser como tú.

La respuesta no se hizo esperar.

– Sólo soy un hombre corriente con pensamientos corrientes, que ha llevado una vida corriente. No me han levantado ningún monumento y mi nombre pronto quedará en el olvido. Pero, según como se mire, he tenido éxito, como muchas otras personas en esta vida. Todo lo que he hecho y dicho lo he hecho con todo mi corazón… y eso, para mí, siempre ha sido suficiente”.

Gracias querido viejo, nunca te olvidaré, y eso para mí es suficiente.

David Creus Carrasco tuvo la inevitable sensación una mañana de enviarme un mensaje, al acabar uno de sus relatos, que decía lo siguiente: “Tú, de alguna manera, con palabras escuetas me enseñas a caminar por el camino de lo que contamos, sin necesidad de complacer al que nos lee. Aunque con la lectura de Cartas de un joven Poeta, uno se da cuenta de que la escritura sólo sale de un lugar. El corazón, con independencia de los conocimientos, el propio corazón nos enseña a caminar por ellas levantando el culo cuando caemos y caminando con paso firme cuando gozamos. La soledad del escritor se une al maravilloso amigo que cada día, frente al ordenador, late dentro nuestro”.

Humanos, de David Creus. Música de Rem “Man on the moon”, un hombre corriente.

 

Desgarramos sin piedad nuestros sueños con el convencimiento de que no somos los protagonistas de nuestras vidas.

Confundimos lucha con valentía, poder con victoria, realidad con circunstancias. Nuestra certeza nos asegura que somos lo que somos sin preguntarnos realmente si sabemos qué somos y qué hacemos aquí.

Humanos, nos vemos tan sólo como humanos. Guardianes de los latidos de nuestros corazones, nos esclavizamos con la obligación de su cuidado diario para que lata en cada despertar. Concientes de que si se detiene, nos mostrará un paisaje desolador de olvidos.

Buscamos sonrisas incansablemente, saciando nuestra sed de felicidad bebiendo en los pantanos de nuestras las lágrimas, con el deseo de deshacer ese nudo en la garganta que sólo se esfuma con el abrazo caliente de alguien querido, hasta conseguir enfriar nuestros miedos para el mañana.

Humanos, somos tan sólo humanos. En nuestro paseo por la vida recolectamos amistades y odios para combatir nuestra propia soledad. Simples tal vez simples, aunque Humanos.

 

 
 

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Somos sueños

El viejo de la imprenta sigue por estos mundos de Dios persiguiendo con ahínco y tesón sus particulares sueños, las diez cosas que hacer y ver antes de morir. Ahora, según me cuenta, anda por Lands End, algo así como el fin de la tierra, donde antaño, tanto que nadie puede recordarlo, aunque sí soñarlo, existió una una próspera comunidad que disfrutaba de un perfecto clima durante todo el año, los huertos y cultivos daban varias cosechas al año, las vacas producían crema espesa y las colmenas rebosaban de miel.

Mi querido viejo me ha escrito una carta, manuscrita, como las de antes, aquellas que se recibían en el buzón. Casi había olvidado el placer que produce abrir el sobre y leer las palabras de un amigo impresas en una hoja de papel, como las de antes.

“Mi querido joven amigo;

Piso con firmeza esta tierra perdida donde los hombres eran fuertes y las mujeres muy hermosas, serenas y nobles. Los castillos de los caballeros tenían un esplendor que disimulaba su fortaleza interna, e incluso la gente pobre vivía en granjas en medio de jardines.

No hay certezas cuando se habla de sueños, algunos se logran, pero otros tantos chisporrotean y mueren. Cuando eso sucede es tentador preguntarse por qué uno ha soñado alguna vez en la vida.

Vivimos en un mundo de sueños, de tinieblas, cautivos en una cueva de la que sólo podremos liberarnos tendiendo hacia el bien; únicamente, entonces, desistiremos de la materia y llegará a la luz.

Cierto, existen derrotas, nadie está a salvo de ellas. Pero, es mejor perder algunos combates en la lucha por nuestros sueños que ser derrotados sin siquiera saber por qué luchamos. Si dejas salir tus miedos, tendrás más espacio para vivir tus sueños.

Como decía MLK, “tengo un sueño, un solo sueño, seguir soñando”

Tuyo, tu querido viejo”

Somos sueños, un breve relato de Mar Mateo. Porque la vida es un sueño, y los sueños, sueños son. Música de Cramberries, “dreams”

 

Somos sueños, sueños por cumplir, deseos acompañados de frustraciones, siempre a la espera de la vida o alguien especial que nos regalen esas carencias que nos faltan y que son fortalecidas a través de esos sueños, aunque en ocasiones somos capaces de convertirlos en realidades. Cuando no están dosificados y vivimos soñando nos olvidamos de esa única vida de la que somos propietarios.

 

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LO QUE LA LUNA ESCONDE

Viendo mi abatimiento, en cierta ocasión, el viejo de la imprenta me explicó que había conocido a una mujer que, en plena guerra, decidió abrir una floristería. Una sandez, pensé yo para mis adentros. Como siempre, el viejo de la imprenta me leyó el gesto y el pensamiento y me amonestó.

Aquella mujer, que para algunos podía pasar por loca, abrió aquella floristería porque el mundo necesitaba en ese momento, más que nunca, flores.

Ahora, en que el dolor, la angustia, la incertidumbre, la zozobra nos acosan, el mundo necesita bella historias. Historias de amor, de superación, de batallas contra las vanidades.

Hasta ahora, – lo confieso-, nunca me había planteado con la suficiente profusión el asunto. ¿Qué poder ejerce la luna sobre nosotros? ¿Qué tiene que ver la luna con nuestro corazón, nuestro destino?

Mi admirado García Lorca escribió:
 

“cuando sale la luna
se pierden las campanas
y aparecen las sendas
impenetrables.
Cuando sale la luna,
el mar cubre la tierra
y el corazón se siente
isla en el infinito.
Nadie come naranjas
bajo la luna llena.
Es preciso comer
fruta verde y helada.
Cuando sale la luna
de cien rostros iguales,
la moneda de plata
solloza en el bolsillo”

 

El escritor Jordi Planes Rovira nos trae una de esas bellas y necesarias historias de amor, superación y coraje: “Lo que la luna esconde”, primera novela de Jordi Planes – publicada por Quarentena Ediciones y que he tenido el inmenso honor, placer y orgullo de editar-, y en la que aborda de manera magistral quiénes somos, qué queremos, qué amamos, qué nos conviene y qué debemos rechazar, en un mundo de vanidades y traiciones.

Pronto, muy pronto, en todas las librerías, “Lo que la luna esconde”.

Y yo que pensaba que lo sabía todo y ahora sé que apenas sé nada. Dicho y escrito desde el corazón, porque no sabemos -ni queremos- decirlo y escribirlo de otra manera.

 

 
 

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Hay corazones en prisión

A pesar de todo, pese a ese mundo que nos atropella y nos condena hasta el hastío, la vida no deja de sorprenderme gratamente, como un crepúsculo de Turner, donde se ha excluido lo sórdido y lo feo.

Es el sistema penitenciario, y lo digo con conocimiento de causa, el gran despreciado de las políticas públicas y el gran olvidado de la sociedad. Damos la espalda a las prisiones, pensando que nunca nos puede pasar a nosotros, como en muchas otras situaciones que nos rodean, hasta permitir que las cárceles sean sólo contenedores de desechos humanos a los que acabar de aniquilar.

Allá por el siglo XVIII, el italiano Cesare de Beccaria, gran precursor de los sistemas penitenciarios más humanos, proclamó la necesidad de que la humanidad y la compasión penetrasen las puertas de hierro. Y hoy, tres siglos después, es a la inversa; la humanidad salta los muros para darnos una lección de vida y decirnos que, quizás, entre rejas hay más bondad de la que se pueda imaginar.

Un grupo de reclusos de la prisión de Quatre Camins, en la Roca del Vallés (Barcelona), se ha constituido en un colectivo que promueve y apoya causas humanitarias y sociales. Y lo hacen desde el más absoluto desinterés, sabiendo que con ello no ganarán ningún beneficio penitenciario aunque sí un cielo que un día perdieron por sus fechorías.

Pese a su cautiverio, justo a los ojos de la ley, quizás injusto a los ojos del alma, siguen siendo persona pese a que, mayoritariamente, los vemos como animales. Y, mira por donde, tienen corazón y también alma, y lo saben porque les duele.

En primavera, estos presos, anónimos todos ellos, impulsaron una campaña de donación de sangre que fue un éxito. En junio, promovieron una campaña de recogida de firmas para salvar el Ártico. Hoy, sin ir más lejos, han contribuido a otra iniciativa de recogida de tapones de plástico para pagar el tratamiento que precisa Enrique.

Enrique, de 8 años, no es un niño como otro cualquier que pueda celebrar goles, darse un chapuzón en una piscina o en la playa, jugar con la Nintendo, pasear por la montaña o, ni siquiera, hacer los deberes. Sufre una grave encefalopatía a la que se suma la epilepsia y un severo retraso. Y Enrique tiene un precio: 10.000 euros, que son los que cuesta el tratamiento para intentar su curación.

Pese a todo, Enrique, según definición de su madre, Merche Vázquez, es un luchador, y lucha desde los nueve meses. Hace unos días, acudió con su madre a la prisión para dar las gracias a esos reclusos que se han sumado a la causa para recoger tapones y con ellos “fabricar” el dinero que necesita sino para curarse, sí para mejorar.

Ese día, explicó su madre, se encontraba bien. Sólo había sufrido dos crisis. Hay jornadas en las que puede llegar a padecer hasta dieciocho. Y Merche lo quiere tal y como es.

Con la ayuda de dos educadores del centro penitenciario, Amparo y Javier, comenzaron a colgar carteles de apoyo a la causa de Enrique por toda la prisión y esos mismos presos a los que muchas veces damos la espalda han logrado recoger montañas de tapones de plástico. Y no sólo eso; han recaudado 265 euros para que el niño se pueda curar, Fernando, un interno que hace de jardinero, le entregó un ramo de flores y recibió además una saca de cartas de reclusos en las que le expresaban sus mejores deseos.

“El coraje de tu madre demuestra como te quiere. No sabes el tesoro que tienes. Quiérela siempre como ella te quiere a ti”, decía una de las cartas. Merche Vázquez no pudo reprimir unas lágrimas, lágrima que emanan de su propia vida, una vida que duele al punto de las lágrimas.

Hoy, en Vilanova del Vallés (Barcelona), promovido por la Fundación Don Caballo, donde Enrique lleva a cabo terapia con caballos una vez por semana, se celebra un festival que lleva por nombre “Taps de l’esperança” (tapones de la esperanza), con el fin de recaudar aún más tapones que se conviertan en euros para darle al nño la oportunidad de ser niño mediante un costoso tratamiento que sus padres han encontrado en París y para el que precisan 50 toneladas de tapones ( de los que ya llevan recogidas 20) para sumar esos 10.000 euros, el precio de la vida de Enrique.

El Café Romantic se suma a la iniciativa por Enrique y aplaude el gesto de los presos de Quatre Camins, esos mismos a los que, muchas veces, ninguneamos.

Enviarles vuestro apoyo: solidaridadconenrique@gmail.com

Cartel con música: “Alegría”.

 

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El Quiosco / Deja de ser un gusano

No es una novedad. La periodista de Badalona Mercè Roura nos sorprende una vez más por el acierto en sus análisis, por su forma de ver las cosas, por su mordacidad. ¡Deja de ser un gusano!. Lo haremos, Mercè.

 

Cambiar es difícil. Para hacerlo es necesario superar el miedo y cerrar los ojos antes de lanzarse sin red al vacío. Aunque no es algo que hagan solo los valientes, lo hacen también los hartos. Los que tras levantarse mañana tras mañana, se sienten embudos… ven que nada les llena. La cara se les queda mate y la boca les hace mueca. Tal vez tienen una vida de manual pero cuando caminan por la calle sueñan, visualizan otro recorrido y notan en su pecho una chispa de felicidad, aplacada inmediatamente por un choque frontal contra la cotidiano. Una punzada fugaz, diminuta, pero suficiente para recordarles que existe un mundo distinto. Hace falta estar muy cansado de estar cansado para dar un vuelco a la vida y dejarse llevar. Hace falta ser valiente para soltarse de la cuerda que te ata a la rutina cómoda y gris, una especie de cordón umbilical asido a la mediocridad y el miedo. A veces no damos el salto porque nos gusta más el puro ejercicio de soñar que lo soñado, nos gusta el riesgo calculado, el peligro mínimo para que luego todo vuelva a su cauce… pero los límites cada vez se alejan… y nuestras ansias cada vez son más omnívoras. A veces la ansiedad de soñar sin tocar su sueño se hace insoportable…

Pasar por el camino de siempre es fácil, no mutar es la opción más llevadera. No supone sobresalto, no conlleva riesgo ni sonrojo. Para cambiar es necesario un esfuerzo titánico, un continuo devenir de emociones y pequeños pánicos… levantarse del sofá y abrir la puerta a la vida. Y lo que hay tras la puerta asusta… aunque revitaliza, rejuvenece… ilusiona. Sólo cabe decidir si esa ilusión inmensa compensa el riesgo de salir del nuestro mundo habitual, cómodo y clorofórmico, para dar el paso.

No todos los que soñamos con cambiar lo hacemos. Algunos se conforman con el sueño, se excitan con él y luego vuelven a su vida calculada. Algunos cruzan la línea para dejar de ser gusanos y convertirse en mariposas. El proceso es duro. Es una gestación larga, que requiere esfuerzo, intensidad… arrojo. El gusano mutante a menudo se mira en el espejo y se pregunta despavorido cómo ha sido capaz de estar en el proceso, siendo gusano… cómo osa pensar que podrá ser mariposa. Siente que quizás un enorme castigo caerá sobre sus espaldas por la soberbia de aspirar a brillar, lucirse… soltarse en el cielo y mostrar las alas. Y si no lo consigue, cómo va a contar a los demás gusanos que jamás sueñan que el intento salió mal. Le llamaran gusano loco, le mirarán con recelo… y peor aún… se mirará a si mismo con amargura.

Sin embargo, el gusano mira en el fondo de sus ojos y ve una chispa, un fogonazo brillante que le recuerda que por encima de todo, aunque al final no pueda… quiere… y que esa pasión es tan intensa que no puede resistir dejarse llevar. No puede cerrar la puerta y pasar el resto de su vida pensando que no será mariposa con cara de gusano asqueado y triste. Sentado en un rincón, pensando que se consume sin haber nacido.

Vuelve a la tarea y continua mutando. Al cabo de unos días entre el amasijo de capas que cubre su cuerpo, se dibujan unas alas. Son extremadamente finas, aún sin color, sin fuerza… pero le confirman que, ahora ya lo sabe, dentro de sí hay una mariposa.

Entonces se da cuenta de que lo que sería realmente una locura es no haberlo intentado. Sin importar que nunca le salieran las alas…

 
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Publicado por en 15/09/2012 en el quiosco, la barra del café

 

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Donde los libros huelen a libros

Perviven lugares, para nuestra fortuna, donde las cosas se llaman por su nombre. Quizás sea el bar de la esquina cercana a nuestra casa, donde los mismos viejos de siempre, unos más veteranos que otros, hablan de todo y de nada, o juegan a los mismos juegos de siempre. Algunos, incluso discuten consigo mismo aunque la cosa no va a mayores. Y donde también se detienen, con urgencia en el cuerpo, trabajadores, unos más jóvenes que otros, para tomar el primer café de la mañana, pensando ya en la comida y en la hora, la bendita hora, de plegar.

Quizás es la frutería y verdulería situada a dos calles, donde la fruta es fruta y la verdura, también. Escuchas allí las mismas voces, conocidas y amables. La esposa que riñe al marido porque no todas las hortalizas están con las hortalizas y una mano desinterasada que escoje por ti una sandía.

Es tal vez la panadería que siempre frecuentas y esperas frecuentar, donde sabes que el pan es eso, pan. O la peluquería, donde Rosita va todos los viernes a arreglarse un cabello ya arreglado. Nunca dejará de asombrarme este mundo en que la información viaja interestelar y, sin embargo, hay cosas que, afortunadamente, no cambian y prometen no cambiar. Donde las palabras viajan de boca en boca sin necesidad de claves para descifrarlas.

Son esos lugares, negocios de sacrificados vecinos, unos más conocidos que otros, donde te obsequian con una sonrisa, una sorpresa, un simple “buenos días”, o “buenas tardes”, y donde no hay que buscar el sentido de las palabras, de los gestos y de las cosas de siempre porque, como decía Saramago, si aún hay que buscar el sentido a una rosa, a una palabra, a un libro, al pan o a la fruta, es que no aún no hemos entendido nada.

Yo, vivo cerca, muy cerca de uno de estos lugares. Un lugar donde no corro el riesgo, cada vez más extendido, de haberme convertido en la persona equivocada, en el sitio equivocado y la época equivocada. Donde frases tan maravillosas, y cada vez más desuso, como “érase una vez…” ha sido, es y seguirá siendo “una vez”.

Es un lugar donde un libro huele a libro. ¡Ah!, esa placentera sensación que el gran mundo desconoce de tomarlo en las manos, olerlo, ojearlo y sentir que vive en tus manos. Sentir que alguien ha escrito para hablarte, de ti, de él, de nosotros, de todos.

Rosa, la librera de la librería que lleva su nombre, – así de simple, así de bonito-, me ha recibido como cada mañana, con una sonrisa y unos “buenos días”. ¡Ay! la amistad, las buenas relaciones de vecindad, la cortesía, o simplemente la correcta educación, qué grandes valores y que escasos en nuestros días.

Hace unos días, tantos que ni yo mismo lo recordaba, en sus atestadas estanterías de libros, libros de ocasión, porque un libro es un libro y aquí nada se desecha, busqué un ejemplar de “Wilt”, de Tom Sharpe. No lo encontré. Tampoco era fácil hallarlo entre tanto desorden tiernamente ordenado.

Pero Rosa, que siempre que archiva algo en la memoria recuerda dónde lo alojó, sí. Lo encontró allí arriba, en una estantería a tocar del techo, como si se insinuara un camino, aún más arriba, y donde viven ejemplares que siempre vivirán, algunos de ediciones con más de doscientos años de antigüedad.

Y he tomado el libro en mis manos, sinceramente como quien recibe un regalo de Reyes, o de cumpleaños. Y lo he olido. Y olía a libro. Y al tiempo que lo olía, lo he ojeado y sus hojas parecían hablarme, veintinueve años después de llegar a la primera librería, a las primeras manos.

Permitidme la licencia. Es la librería de Rosa uno de aquellos lugares al que iremos unos minutos con la misma urgencia con la que transitamos por la vida pero un lugar al cual siempre querremos regresar, y del cual nuestro espíritu nunca se irá.

Es esta librería un mercado de ocasión del libro donde los libros huelen a libros. Y si no lo tiene, Rosa, la librera, te lo buscará y te lo venderá a cinquenta céntimos, si es necesario, con tal de arrancarte una sonrisa y un agradecimiento.

Gracias, Rosa.

Librería Rosa está en la calle Sant Roc, 25-27 de Mollet del Vallès (Barcelona), muy cerca de todo y de todos.

Goyo Martínez, periodista y escritor (con 23 minutos de música a tan sólo un clic, sobre la imagen) 

 

 

 

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De mayor quiero ser como tú

Salió a comerse el mundo y bastante tuvo con evitar que el mundo se lo comiera a él. Y regresó, como si hubiera regresado casi en el minuto exacto que marchó, y se lo encontró todo casi como lo dejó. Con los comercios, y sus huecos, en el orden en que los dejó. Y la gente, que daba la sensación de perseverar en su conformidad, dueña de idéntica calma y resignación.

Cruzados de brazos, los muchachos conversaban de no se sabe qué sueños lejanos. A veces, ni conversaban. Los viejos jugaban al dominó concentrados en otras cosas, mientras las señoras iban y venían con sus bolsas, pocas, de la compra. Vendedores ambulantes gritaban desde sus caravanas el nombre de clientes que nunca habían existido, o que no vivían allí o el de alguna mujer que había muerto, mientras Carmen y sus amigas se abanicaban con viejos diarios.

Y todos ellos reían, ¡vaya! si reían.

Comprobó cómo, en aquel lugar, el verbo esperar continuaba instalado en el centro de la vida, definiéndola y proporcionándole un extraño sentido, también feliz, a su manera.

A partir de una conversación con su sobrina de 10 años, Pilu Bijoux, de Lleida, nos regala este breve relato sobre los sueños, que nunca se deben perder, y cómo ser feliz con lo que se tiene en la vida. Con música y mucho amor.

-Y tú, ¿cómo te imaginabas tu vida de mayor, cuando eras como yo?

-¡Hum!, pues no sé. Casada, con familia numerosa, cinco hijos como nosotros, viviendo en una casa muy grande…

-¡Qué pena…! Tu vida real no se parece en nada a lo que pensabas. Ni tienes hijos, ni estás casada y tu casa no es muy grande…

-Ya, pero aún así me siento muy feliz porqué tengo otras muchas cosas, como sobrinos como tú. Y tu, ¿cómo te ves de mayor?

-Casada con un chico tan guapo como los de los anuncios de colonias, con dos hijos gemelos como los que salen en el anuncio de “La Caixa”, y en una casa que me es igual que sea un piso o una adosada. Y profesora de Educación Física.

-¡Que te vaya bien!

 

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