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Archivo de la categoría: Crónica íntima de las víctimas del terrorismo

Sapere Aude

Un niño de seis años escribió una vez:

¿ A ellos les gusta morir?. A nosotros, no. Y si a ellos no les gusta, a nosotros, tampoco. Y, entonces, ¿ por qué lo hacen?. Por ninguna razón. Y entonces, ¿ por qué no lo hacemos nosotros? Porque no somos malos. Y si ellos dijesen nosotros tampoco somos malos, ¿les gustaría? ¿A que no les gustaría? Pues, no nos lo hagáis, ¡vale! Parad de hacernos daño”.

Al leerlo, Roberto tomó una servilleta de papel y anotó:

Dame tu voz, escucharé

Dame tu dolor, gritaré

Dame tu mano, te guiaré

Dame tu sueño, soñaré

Siento. Vida. Felicidad. Amaré…

Estas palabras fueron escritas en pleno apogeo de la canalla actividad de los terroristas de ETA pero también pueden ser, son y deben ser un canto a la paz desde los ojos, las manos y el alma de la inocencia, la mejor, que proporciona un niño, un grito contra cualquier clase de terrorismo y violencia, física, verbal o psicológica, en cualquier parte del mundo.

A punto de cumplirse el 12º aniversario del asesinato del profesor Ernest Lluch a manos de los salvajes de ETA, el Café Romantic quiere recuperar este breve relato del libro “Pido la Palabra: crónica íntima de las víctimas del terrorismo” (Lectio/Cossetània, 2008), en homenaje a todos aquellos que se dedican a luchar por la paz, con cualquier gesto, con cualquier palabra o incluso con su silencio, y en especial Robert Manrique, amigo y alma máter en España de la defensa de las víctimas de una de las peores lacras de la humanidad, el terrorismo.

Con música, “En los mapas del cielo el sol siempre es amarillo
y la lluvia o las nubes no pueden velar tanto brillo.
ni los árboles nunca podrán ocultar el camino
de su luz hacia el bosque profundo de nuestro destino…”

Junio de 1999…

Lluch se abigarró entre el público, como un ciudadano más. Roberto lo invitó a subir al entarimado, pero (el profesor) rehusó cualquier tipo de protagonismo. Era el momento de las víctimas y su discreta presencia, el mejor homenaje que podía tributarles. Roberto leyó a Lluch. Sabía que era inteligente y erudito. Abierto y enciclopedista. Pero lo que desconocía era su generosa generosidad y su humana humanidad. Le habían hablado de su valentía intelectual. Del hombre de las luces que incitaba, cuando no provocaba, a pensar, a hablar, a comprometerse con los problemas de nuestro tiempo. También sabía de su fidelidad a una máxima kantiana que le había guiado en la vida, sapere aude.

La razón de las gentes de bien -pensó Roberto. Lluch perseguía el mismo sueño que él. Un país, un mundo abierto y dialogante, donde lo humano no fuera ajeno. Era el vigía del diálogo que nunca dormía soñando la paz.

Al concluir el homenaje, Roberto se acercó al profesor y le tendió la mano. El emocional saludo almacenó todo el dolor y toda la solidaridad que cabía en la tierra. Sin mediar palabra, de inmediato comprendió lo extraordinario del ser.

– Què us cal? (¿ Qué os hace falta?) -preguntó, sin más, Lluch a Roberto. No hicieron falta presentaciones grandilocuentes. Una vez más, Lluch se dejó llevar por su interés desinteresado, por su curiosidad, por su compromiso con lo humano.

– Su apoyo. Sólo su apoyo -le contestó Roberto.

– Tenéis no sólo mi apoyo. Tenéis mi afecto, mi corazón…- le respondió, seguro, el profesor.

 

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La ignorancia es atrevida ( a Jiménez Losantos, ese gran difamador profesional)

Uno de los mayores males que ha sufrido y sufre el ámbito de las víctimas del terrorismo en este país es la politización de las asociaciones que dicen velar por los intereses de esas víctimas y la manipulación del asunto que llevan a cabo partidistas e interesadas voces que pregonan sus ofertas de cantamañanas frente a un micrófono, caso de Federico Jiménez Losantos, quien se ha erigido en una especie de héroe que haya de salvar España de quienes no piensan como él.  
Con ocasión del reciente encuentro de Roberto Manrique, una de las víctimas del atentado de Hipercor de Barcelona, con uno de los etarras que el 19 de junio de 1987 puso la bomba en los almacenes, Rafael Caride Simón, Jiménez Losantos, difamador profesional de oficio, dijo que Manrique sufría de síndrome de estocolmo.
Una vez más, Jiménez Losantos – y otros como él de la caverna mediática derechona, fascista incluso- han pretendido presentar un gesto de enorme trascendencia como un “espectáculo grotesco”.
Al concertar la cita con el etarra, no buscaba Roberto Manrique – y lo sé de buena tinta-, la popularidad, una maldita popularidad que le arrastra desde que un día “muriera” el sencillo carnicero de Hipercor que era y naciera el “Manrique víctima” que decidió ayudar a otros como él, aún sacrificando horas de familia y descanso – y su esposa y sus hijos pueden dar fe de ello-.
A personas como Losantos les pasa, sin embargo, que la envidia es mala, muy mala y que, como dice Sara Bosch, posiblemente la psicológa de urgencias y de víctimas del terrorismo que más sabe en España, la “ignorancia es atrevida”. Malévola, diría yo.
No le hacía falta a Roberto Manrique más páginas y fotografías en los diarios, no. Cuando fue al encuentro del etarra Caride Simón, a quien no dio la mano, símbolo inequívoco de su actitud, buscaba respuestas y, sobre todo, abrir una profunda vía para que nunca más esos canallas de ETA vuelvan a matar. Por él, y por otras víctimas.
La ignorancia es atrevida, por Sara Bosch, compañera inseparable de fatigas de Roberto Manrique durante más de 20 años en la difícil tarea de atender a las víctimas del terrorismo.
La primera vez que vi cara a cara a una víctima del terrorismo fue hace 20 años. Reconozco y recuerdo el impacto que me produjo cuando me enseñó el injerto que le vestía la piel. La que le quemaron un 19 de junio de 1987 en los almacenes Hipercor. A lo largo de este tiempo, le he visto muchos gestos. Ante mí y ante otros. Ante políticos, periodistas, médicos forenses, policías, niños, actores, estudiantes y jueces. Ante su mujer y sus hijos. Ante tantas y tantas otras víctimas del terrorismo. Gestos alabados y criticados. Gestos de alguien que convirtieron la palabra terrorismo marcada a fuego, en la decisión diaria de hacer algo, lo que fuera, por unirla a la palabra Dignidad.
Cuando conocí  a Roberto Manrique, me habló de dignidad. Y de justicia. Y mientras una psicóloga como yo, recién licenciada, le ofrecía mi solidaridad para ayudarles, el tiempo me reservaba descubrir otras caras, demasiadas, marcadas como sólo el terrorismo puede hacer.
Y de tantos y tantos gestos, en aeropuertos y trenes compartidos, en hospitales y en púlpitos, en tanatorios y homenajes; de tantas palabras dichas y tantos silencios por cada atentado…reconozco y recuerdo el impacto de una frase en plena calle, de un gesto nuevo que sólo le vi una vez: ”Sara, he rebut una carta de caride”. Y como, al igual que el valor en la mili, la experiencia se me debe suponer, puedo asegurarle al sr. Jiménez Losantos  y a otros que parecen opinar igual, que no vi ningún signo, como asegura, de Síndrome de Estocolmo o de ganas de venganza en él. Porque nunca existieron. Como nunca existieron en otra de las víctimas que también quiso participar en este “espectáculo grotesco” del que habla Don Federico. Serían otros. Pero no esos. Y con todo el respeto que se merecen todos los que han pedido lo mismo…ellos sabrán.
Llevo 20 años oyendo a otros que no son Víctimas del terrorismo hablar sobre lo que ellos sienten. Sobre lo que necesitan. Sobre lo que piensan. A opinar por ellos y en nombre de ellos. A tantos que no tienen ni idea de lo que cuesta conseguir tal distinción o que alardean y abusan de tenerla por representarles. Pero mi estrado está en un despacho con tres sillas y una mesa. Y nunca fue mi trabajo otro distinto del que mi profesión me propone. Pero hoy, como psicóloga, me permito contestar a quienes se atreven a hacer patología de un derecho inalienable: al uso de su libertad. Al derecho a su intimidad para no relatar los detalles de lo que hablaron con el asesino, aunque eso desgraciadamente no satisfaga el morbo público. Que de eso, saben bien.
Roberto Manrique se ha ganado la maldita fama de ser una víctima conocida. Pero no hay medalla que no devolviera, ni artículo escrito ni programa al que acuda que no borrara de un golpe si con ello pudiera volver a Hipercor ese día y coger el micrófono que cambió la voz de Serrat por los rugidos del infierno. Y sé que no se limitaría, simplemente, a no cambiarle el turno a un compañero por librarse de su mala suerte.
Sé porqué Roberto fue a verle. Y sé por qué ese hecho ha trascendido tánto. Como también sé que ese día, el etarra miraba al suelo cuando quien no fue más que un objetivo para él le habló con el gesto del ave fénix que emergió de las cenizas. No buscaba respuestas. Probablemente, lo que pretendía tuvo mucho que ver con la palabra Dignidad. Con la palabra Justicia. Con qué si no.
Ser Víctima del terrorismo es una circunstancia. Una sangrante circunstancia. No les convierte en seres con pensamientos unánimes, con igual opinión. Cómo pueden creerse eso. Y si realmente quieren apoyarles, empiecen por entender, respetar y defender su individualidad en sus actos personales. Que todos los que fueron, como él, en un acto de propia voluntad, lo que menos merecen es que se dude de su salud mental. Perdida sin más entre objetivos terroristas y simples objetivos de un interés político. Objetivos al fin. Como si de eso, no hubieran tenido también ya suficiente. Por una vez, hablen con prudencia los tentados de titulares. Vengan de donde vengan. No habrá mejor homenaje.
Es fácil. No hace falta recurrir a manuales diagnósticos de trastornos mentales. Basta con consultar en Wikipedia para diagnosticar el verdadero Síndrome de Estocolmo de Roberto Manrique.
Cuando los delincuentes se presentan como benefactores, en la víctima puede nacer una relación de complicidad como agradecimiento y acabar ayudando a sus captores en alcanzar sus fines.
La diferencia es que, Roberto sigue llamándole terrorista, que su complicidad y agradecimiento fue impedir que se le acercara un metro y que si, como los de otros, su gesto y síndrome lejos de perjudicar, acaba ayudándonos a todos, a las víctimas que hablaron con el asesino y a las que no irían jamás..gràcies, company.
 
Sara Bosch.
Psicóloga especialista en Víctimas del terrorismo
 

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Robert Manrique, víctima del atentado de Hipercor, pide al etarra Caride Simón una segunda carta en la que implore “perdón” por el crimen

Roberto Manrique, una de las víctimas del atentado cometido por ETA en Hipercor el 19 de junio de 1987, ha emplazado públicamente a uno de los autores del crimen, Rafael Caride Simón, a “pedir perdón” de forma explícita y pública.

Caride Simón, ingresado en la prisión de Nanclares de la Oca, escribió el 27 de enero una carta dirigida a Manrique, uno de los fundadores de la AVT y de la ACVOT catalana, en la que, entre otras cosas, y desde sus “actuales circunstancias y consideraciones”, reconoce la existencia de un enfrentamiento con otros compañeros etarras, muestra una postura crítica con los que querían mantener la lucha armada y dice tener “el deber y político de implicarnos” en la resolución del conflicto, un conflicto que, dicho sea de paso, solo ha existido en la enfermiza mente de los criminales de ETA.

La historia de esta carta, filtrada por el diario El Mundo, que en un editorial la presentó como “carta trampa”, tratando como siempre de tergiversar las cosas, fue la siguiente:

el etarra Caride Simón, que tiene previsto salir de la cárcel dentro de unos 12 años, la escribió el 27 de enero; unas semanas después, a finales de marzo, un miembro del colectivo vasco Lokarri se puso en contacto con Manrique para sondearle si estaría dispuesto a recibir y leer una carta escrita por uno de los asesinos del caso Hipercor; Manrique recibe el 4 de mayo la carta, que lleva matasellos del 20 de abril.

Caride Simón le dice en su misiva: “reconozco el daño y sufrimiento que causaron en personas como usted las acciones llevadas a cabo durante nuestra militancia en ETA.  No soy insensible al dolor y sufrimiento que las mismas generaros. De ahí, mi compromiso sincero en tratar de ayudar a cerrar esas heridas y en que nadie más sufra lo que ustedes han sufrido”.

La carta concluye diciendo: “solo me resta agredecerle la oportunidad que me ha dado de tener este primer contacto y junto con esta carta le hago llegar alguno de los artículos y entrevistas que desde este centro penitenciario hemos hecho públicas y en las que entre otros temas mostramos nuestra predisposición a tratar de manera seria el tema de las víctimas, tema que como sabrá ha sido tabú entre los que hemos militado en ETA”.

Robert Manrique considera que esta carta es solo “un primer paso” y asegura que espera una segunda carta en la que el etarra, de forma explícita, “pida perdón” por los crímenes que cometió, en especial por el del atentado de Hipercor, que causó 21 muertos y 45 heridos.

A Robert Manrique – y yo personalmente suscribo sus palabras porque, entre otras cosas, he sido testigo directo de su lucha, de su sufrimiento y de su trabajo desde 1987- no le basta que este “verdadero cabrón” reconozca su daño sino que debe tener un gesto público e inequívoco con las víctimas.

A la pregunta de si perdonaría al etarra, Manrique me ha confesado que aún no lo ha pensado. Para él, y lo encuentro lógico, se trata de un asunto muy personal que debe resolver él mismo y su familia.

De lo que sí parecer seguro Manrique es que la primera carta de Caride Simón “le enfrenta a sus colegas que son más malos que él”. ¿Tendrá esa valentía el etarra de escribir la segunda carta”, me pregunto yo desde este rincón de la red social.

Manrique también ha lamentado que el diario El Mundo – qué casualidad que haya sido este diario que todo lo tergiversa el que haya filtrado la carta y qué casualidad el momento escogido para hacerlo-, haya publicado un editorial con el título de “carta trampa”.

La publicación llega a puertas del período electoral y después del anuncio de ETA del “cese definitivo” de la lucha armada, que aún está por demostrar.

Sea como sea, desde esta página, mi más sincero apoyo y reconomiento a la persona de Roberto Manrique y de todas aquellas víctimas que, lejos de partidismos e intereses políticos, sobreviven día a día y luchan desde la humildad y la sinceridad por el fin de este lacra llamada terrorismo.

 

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Un maravilloso día de otoño

Hoy, cuando el sol se ha apagado, se ha convertido en un maravilloso día de otoño, un día especial, muy especial, aunque prefiero reservarme el término de “histórico” dado los antecedentes que existen en la materia.

Hoy, medio siglo después, ETA ha anunciado el “cese definitivo” de su actividad armada, una actividad que sólo existió en la mente enfermiza de aquellos que trataron de elevar a la categoría de guerra una obsesiva ilusión que sólo ellos vieron.

Hoy, por fin, parece que se ha dado un paso sin retorno hacia la paz definitiva. Y este día es especial porque, por fin, ETA ha empleado la solución que muchos esperábamos que utilizase: “cese definitivo de la violencia”. El comunicado emitido a las 7 de esta tarde por la banda terrorista -porque terroristas siguen siendo- comporta una sustancial diferencia respecto de anuncios anteriores.

En otros comunicados, y fueron una decena, hablaron de “cese indefinido” del uso de la violencia. Hoy, han anunciado que es definitivo. Pero, ¡ojo!. Ahora se inicia un tiempo de llamamiento a la cautela y la prudencia. Un llamamiento a todos y los primeros, a los partidos para que no hagan bandera del momento.

Encuentro a faltar en el comunicado de la banda un anuncio, el de la disolución de ETA. No olvidemos que siguen siendo terroristas, animales que han despreciado la vida ajena y han llenado el espacio y el tiempo de terror, oscuridad, tristeza y muerte.

Hablan de su propio sufrimiento, ellos que han causado a lo largo de su historia casi mil muertos y miles de heridos; ellos que han segado la vida de grandes y pequeños, inocentes todos ellos; ellos que han tiznado de rojo las páginas de la historia de nuestros país desde 1968.

No hablan, sin embargo, de esas víctimas a las cuales nunca deberemos olvidar y que, por siempre, sus rostros y sonrisas deben estar presentes en todos y cada uno de nuestros actos cuando recordemos este maravilloso día de otoño, 20 de octubre de 2011.

El “cese definitivo” de la actividad armada ha sido posible no tanto por la Conferencia de Paz celebrada en San Sebastián, – bienvenida sea-, sino porque la propia organización terrorista ha visto, por fin, su derrota, su fracaso. Y porque también hubo un tiempo en que la justicia y la policía, empujados por fin por la política, aunaron esfuerzos como nunca para debilitar a los terroristas.

Hoy, es un maravilloso día de otoño esperando durante medio siglo. Hoy nace una oportunidad para la historia. Tiempo habrá para hablar de día histórico.

Yo, que como periodista y cronista he informado de la barbarie terrorista y he sentido como propio el dolor de las víctimas, quiero rendirles un sincero homenaje porque ellas y sus familias son y deben ser siempre las verdaderas protagonistas de esta historia.

Por mi amigo Roberto Manrique, que puede vivir para contarlo, y por tantos otros que perdieron la vida por la culpa ajena, la culpa de unos terroristas que cuando no actuaron se sintieron como chimeneas en verano. Nada. Y a los terroristas: nadie habéis sido; nadie sois, y nadie seréis.

 

 

 

 

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Cuando la política asoma, la humanidad se exilia… (a la figura de Robert Manrique)

Hace 24 años que lo conozco y nunca deja de sorprenderme, como una puesta de sol. Es inagotable y agotador. Amigo de sus amigos. Fiel. De emociones inusitadas, puede actuar por placer, por curiosidad, por necesidad o por el extremo deseo de conocer nuevos mundos, nuevas vidas. Sabe que hay otros mundo, pero están en este. Y también sabe que hay otras vidas, pero están tí, en cada uno de nosotros. Y el dicho popular, que es muy sabio, cobra vigencia: lo que cuenta no son los años de vida, sino la vida de esos años.

Describir a Robert Manrique con unas cuantas líneas es como intentar descubrir el universo a partir de una sola estrella. Podría decir de él que es un tipo delicioso y fuerte a la vez. Que cae cien, mil veces y se levanta cien y mil veces. De mil y un matices. Pero si me quedo con una palabra para definirlo es humanidad, entendida como la sensibilidad y la bondad hacia los semejantes.

Estos días, con ocasión de la presentación en varias ciudades de la novela El Espía de Madrid (Ed. Singular), le he dicho ven y él ha venido. No ha hecho falta decírselo dos veces. Lo ha dejado todo para acompañarme (a mí y a mi compañero coautor, Joan Salvador Vergés). Y aún hoy en día, 24 años despúés, no deja de emocionarme y de sorprenderme por su manera de emocionarse y sorprenderse.

Él me descubrió otro mundo, un mundo posible; quizás no sea el mejor de los mundos, ese que hoy en día buscamos todos, sino un mundo factible. Donde viven y sobreviven seres únicos, irrepetibles.

“Nos rodean excelentes personas, auténticos tesoros escondidos de sensibilidad humana y de sabiduría acumulada…”, ha dicho de Manrique y de ellos la ex consellera Montserrat Tura (prólogo del libro Pido la Palabra, ed. Lectio). Hablo de las víctimas del terrorismo. Con ellas he aprendido a reír y a llorar; a ver nuevas luces de esperanza y a sufrir.

“La felicidad une, el dolor reúne”, qué fantástica frase me enseñó Robert Manrique cuando, durante dos años, los que necesité para escribir “Pido la palabra”, ví la botella; no estaba medio vacía, sino medio llena. Él, a base de esfuerzo, la intenta llenar cada día un poco más. Y así, desde hace 24 años, con frío y con calor, con una maleta o un hatillo, a pie, por carretera o por avión. Parece que nunca está pero siempre se le percibe. La falta noria del destino quiso que, un 19 de junio de 1987, se asomara al infierno. Unos malnacidos, los terroristas de ETA, que dicen luchar por la libertad de un pueblo cuando en realidad lo atenaza con el miedo, cambiaron su vida; la de él y otras 21 personas que murieron y otras 44 que resultaron heridas en el atentado de Hipercor. Todos ellos inocentes.

El diablo quiso atraparlo en su infierno pero él se resistió y regreso para explicarlo. Pero, pese a todo, la suya, como la de muchas víctimas de la barbarie terrorista, no es una vida triste. Que nadie se lleve a engaño. Las víctimas, con Robert a la cabeza, no necesitan consuelo sino solidaridad, comprensión, reconocimiento, aliento… y sobre todo, mantenerlas alejadas de la política.

Cuántas veces habré destestado con toda mi rabia frases y gestos como “este muerto es nuestro” o “aquel muerto es de ellos”. Quiénes son ellos o quiénes somos nosotros para reclamar la patria sobre un muerte a manos del terrorismo, sea del color o de la religión que sea. No soy víctima del terrorismo, pero cada día muero un poco cuando escucho y veo discusiones de políticos que, a la postre, no son más que figuras decorativas transitorias que pasan fugazmente por un tablero de ajedrez y cuyos verdaderos jugadores aún no conocemos. Ya lo decía El espía de Madrid: “hay dos clases de hombres que hay que evitar como la peste: los políticos y los filósofos que pregonan sus ofertas de cantamañanas”.

Y llegados a este punto, parece que no hemos aprendido nada. A medida que crecemos, somos un poco más idiotas cada día. Somos animales que tropezamos mil veces en la misma piedra. ¿ De qué sirve la experiencia, la historia, la memoria?.

Alguien tenía que decirlo

El 26 de junio de 2003, Robert Manrique, hastiado del cariz que había tomado la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) en Madrid, en la que definitivamente la política entró por la puerta para echar por la ventana al humanismo, funda, junto a otros compañeros de fatiga, la Asociación Catalana de Organizaciones de Víctimas Terroristas (ACVOT); pero quién le iba a decir a él que, 6 años después, los amigos de la cena se convertirían en los enemigos del desayuno.

Los actuales dirigentes de la ACVOT abrieron las puertas de par en par a la política y, con cajas destempladas, sin ni siquiera un “gracias por sus servicios”, expulsaron a Robert Manrique, dejando la asociación huérfana de alma y espíritu. Ahora dicen ellos, esos dirigentes que se las dan de sabios en este complejo mundo de las víctimas del terrorismo, que fue Robert Manrique quien se fue, entre algunas sombras de sospecha. Mentira. Difamación. Calumnia.

Han olvidado en la cúpula de la ACVOT aquella máxima que les inspiró: “no olvidéis nunca que somos los custodios de la dignidad de las víctimas. Que nunca nos ha movido ni nos moverá un sentimiento de venganza, sino de justicia. Que debemos aprender a convivir con ello y que debemos trabajar, además, para que no vuelva a ocurrir. Y que, pese a la persistente sinfonía de muerte, no debemos desfallecer”.

Hoy, la política, la barata y maldita política, la que tiene mil nombres, como los ladrones, se ha apropiado de un universo que debería ser patrimonio único y exclusivo de lo humano y del humanismo. Las ilusiones y esperanzas forman parte del pasado y quizás del presente, hoy sólo son frustraciones.

Y mientras, hoy en día – porque la maldita crisis también se ha cebado con el universo de las víctimas-, y  por 85 míseros euros al mes, aunque el dinero es lo de menos porque lo haría gratis, aquel joven aprendiz de carnicero que murió el 19 de junio de 1987 en Hipercor para renacer como nueva víctima del terrorismo, sigue dando lo mejor de sí por el bienestar de todas las víctimas, sean azules o rojas, nacionales o extranjeras, jóvenes o viejas, y, lo más importante, siempre ajeno a la política. Y no ceja en el empeño. De noche o de día; a dos teléfonos si es necesario; en tren, en coche o a pie. En Vic o en Madrid o en Almería. Donde haga falta.

Dijo el poeta, cuando sabía certero que la muerte lo acechaba: “ante todo soy hombre del mundo y hermano de todos”.

 

 

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