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RATÓN BLANCO

En algún lugar de la región de Auvernia, Francia. Primavera de 1944.

El día echó el cierre y fue, nuevamente, benévolo con ella. Quizás algún ángel de la buena fortuna había escrito su destino en una página del libro de su vida. Quizás ese ángel fuera su querido y añorado Henry. Luchaba con denuedo, casi hasta la extenuación, por la libertad y por volver a abrazar y besar a Henry.

Era más que un recuerdo que ni siquiera las más de cincuenta horas que llevaba sobre la bicicleta tenían la osadía de borrar. Aquellas eternas noches de blanco satén del verano del 39, brindando por la vida junto al amor de su vida desde la atalaya que habían forjado con respeto y trabajo en la principal colina que dominaba la bahía de Marsella. ¡ Cuánta felicidad ! Juraron que nada ni nadie truncarían su dicha. ¿ Nada ? ¿ Nadie ?

Apostó la bicicleta sobre el tronco con negruras de tizón de un gran árbol que comenzaba a vestir sus desnudas ramas tras abandonarse al invierno, en presencia trágica, agigantada por su propio tamaño y la duración sobrehumana de su vida, abigarrada parodia de vida.

Forcejeó para mantener los ojos abiertos mientras la voz y la imagen de Henry pugnaban con sombras de ramas retorcidas en una atmósfera de una melancolía casi insoportable que amenazaba como un eterno otoño que avanzaba con lenta opulencia.

Alzó por unos instantes la vista e intentó descibrar el incierto camino que quedaba por recorrer y que se presentaba como una bóveda de cañón de opaca realidad, como una larga y asfixiante pesadilla hecha realidad, como si hubiera de apresar con redes todo el agua del mar, la misma que había bañado sus desnudos cuerpos en su querida y añorada Marsella.

Trataba de construir una vida no enteramente feliz, ahora tejida con pedazos de distintas telas que se iban integrando en pretendido armioso vestido, pero vida al fin y al cabo. Y a fe que lo lograría. Se lo había prometido a ella misma, a Henry y a la libertad.

Una patrulla de carretera de malditos bastardos en sidecar alteró el momento. El mismo gran árbol de presencia trágica fue su refugio y garantía de supervivencia. La motocicleta de esos hijos de belcebú que trataban de apropiarse del mundo, entregando su alma si era menester, dejó un confuso rastro en el incierto camino.

¡ Que Dios se apiade de su alma pues corazón no tienen !, suplicó para el enemigo.

Quizás fuera por su cansancio. Tal vez por el miedo. El caso es que en la nube de polvo que levantó la motocicleta de los dos soldados de la Gestapo le pareció ver la silueta de un hombre. Se parecía a la de Henry, aunque también podía ser la de Job.

De todas las historias conocidas en que la fe triunfa sobre el infortunio no existía ninguna acerca de Job, pensó. ¿ Quién iba a querer ver sufrir a alguien que le importa ?  ¿ Hasta dónde hay que llegar para demostrar la fe ? Se preguntó qué pasó por la cabeza de Job mientras veía como perdía todo lo que amaba.

Le consoló pensar que recordaba cosas que un día habían sino cotidianas, algunas incluso banales: campos de trigo, la lluvia, unas sandalias, una escoba en una esquina, su rebaño en el campo, sus hijos sentados a la mesa… También ¡ Marsella!, y Henry acariciándola en libertad

. Dio gracias por todo ello.

Torrencial como lo era en todo, montó de nuevo en su bicicleta y abordó el camino sin miedo. No había nacido para ser presa. En realidad, susurró a medida que el pedaleo ganaba en potencia y velocidad, ¿ quién ha nacido para ser cautivo ?.

Ella podía ser otra cosa. Pero eso, no… Pedaleó veintiuna horas más, casi sin detenerse, a través de campos y montañas con un objetivo fijado en la mente como si lo hubiera grabado a hierro incandescente: la restitución de los códigos.  Podía parecer una banalidad, pensaría Job, pera era tanto como salvar al mundo del yugo de la bestia enemiga que prentendía avanzar en lenta opulencia como un otoño que anunciaba un eterno invierno.

En Londres daban casi por perdida la misión. Sin embargo, y cuando recogían cabizbajos los bártulos y se disponían a desconectar la radio, las ondas temblaron de nuevo tras días de silencio: ” Comrades, that the freedom advances”. Era la voz de Ratón Blanco, exclamaron de un júbilo que se contagió de inmediato al otro lado del Atlántico.

– What do you know of Henry? – preguntó ella desde la Auvernia francesa. “We meet in Paris“, fue la escueta respuesta de Londres… 

Imagen con música.

En memoria de Nancy Wake, apodada por la Gestapo como “Ratón Blanco”.

Nancy Wake, nació en Wellington, Nueva Zelanda en 1912, hija de Charles Augustus y Rosieur Ella Wake, siendo la menor de seis hijos. Sus padres se mudaron a Sidney, Australia, en 1914, cuando Nancy tenía 20 meses de edad. Creció y se educó en Sidney.

Nancy era mucho más joven que sus hermanos y era muy independiente. Rebelde por naturaleza lo que manifestaba abiertamente en rechazo a la extrema religiosidad de su madre. A los 16 años de edad, salió de la casa paterna para conocer el mundo. Primero viajó a Inglaterra y luego a París donde residió desde 1930.

Trabajó como periodista rodeándose de gente joven y cosmopolita. Fue una glamorosa vida de fiestas y viajes, que disfrutó intensamente. Al mismo tiempo, fue testigo del ascenso de Hitler, el nacionalsocialismo y el antisemitismo. En Viena fue testigo del encadenamiento de judíos en una plaza, experiencia la llevó a la firme determinación de luchar en la Resistencia Francesa.

En 1939 se casó en Marsella con el industrial francés Henri Fiocca, a quien consideró el amor de su vida. Juntos tuvieron una vida sofisticada, llena de fiestas, cenas y viajes. Vivían en un apartamento en Marsella, ubicado en una colina, desde donde se veía la bahía y el puerto. Seis meses después de su matrimonio, Alemania invadió Francia.

Lentamente pero con gran resolución Nancy se fue incorporando a la lucha contra el nazismo. En 1940 pasó de la simple observación a la acción decidida, uniéndose a la entonces embrionaria “Resistance”. Su trabajo inicial fue de simple correo, llevando mensajes y comida a los grupos clandestinos en el sur de Francia.

Compró una ambulancia que usó para ayudar a los refugiados que escapaban del avance alemán. Su matrimonio con un acaudalado industrial, le abrió las puertas con facilidad en los medios oficiales del gobierno colaboracionista de Vichy. Logró obtener papeles con una identidad falsa que le permitieron trabajar en la Francia ocupada.

Su misión en la “Resistance” puso en riesgo su vida y pronto se convirtió en sospechosa de actividades ilícitas y fue puesta en observación por la Gestapo. Los agentes alemanes, intervinieron su teléfono y revisaron su correspondencia. Cambió varias veces de identidad, para eludir a los agentes de la Gestapo y por ello, la apodaron “Ratón Blanco.”

En 1943, Nancy Wake encabezó la lista de los más buscados por la Gestapo, que ofreció una recompensa de 5 millones de francos para quien ayudara en su captura. La “Resistance” decidió que la vida vida de Nancy corría un serio peligro y la envió a Londres. Fue en ese momento cuando se despidió de su esposo, a quien no volvió a ver más.

La fuga no fue fácil. Tuvo que hacer numerosos intentos para cruzar los Pirineos y llegar a España. En uno de esos intentos fue capturada por las milicias francesas de Vichy e interrogada sin descanso durante cuatro días. Finalmente la soltaron sin que lograran sacarle ninguna información. Por fortuna, la Milicia no relacionó a Nancy Wake con “Ratón Blanco.” Finalmente y al sexto intento logró cruzar los Pirineos y se embarcó rumbo a  Inglaterra.

A la edad de 31 años, Nancy Wake fue una de las 39 mujeres y 430 hombres pertenecientes a la Sección Francesa del Special Operations Executive (SOE) que trabajó con los Maquís saboteando las instalaciones alemanas en la Francia Ocupada. Fue entrenada en el uso de armas y explosivos, defensa personal, uso de códigos y radio, supervivencia y paracaidismo nocturno. Oficialmente, las mujeres estaban asignadas a servicios de ambulancias, pues su identidad era mantenida en estricto secreto por la SOE.

En febrero de 1944, Nancy Wake y el Mayor John Farmer, otro miembro del SOE, fueron lanzados en paracaídas en la región de Auvergne en el centro de Francia con órdenes de localizar y organizar las bandas de Maquís, estableciendo depósitos de armas con los materiales que les lanzarían en paracaídas e instalando un transmisor para las comunicaciones con Inglaterra.

La misión principal de Nancy Wake, fue preparar el terreno para el día de la invasión aliada de Francia. Sus blancos principales fueron, instalaciones alemanas, convoyes y tropas que en número de 22 mil estaban acantonados en el área. Los Maquís eran entre 3 y 4mil en esos momentos, pero una campaña de reclutamiento elevó el número a 7mil.

En una ocasión, Nancy viajó 500 Kms en bicicleta para reemplazar los códigos de radio que fueron destruidos por un operador, para evitar que cayeran en manos de la Gestapo. Sin esos códigos no era posible comunicarse con Gran Bretaña y menos recibir pertrechos. Cubrió la distancia en 71 horas a través de campos y montañas, casi sin parar.

La zona de operaciones era un hervidero de tropas alemanas y agentes de la Gestapo tratando de desactivar los grupos de resistencia. Los enfrentamientos armados fueron muchos y sangrientos. Nancy Wake lideró el ataque a las oficinas de la Gestapo en Montuclon. Mató a un centinela con sus propias manos para evitar que diera la alarma en un ataque a una fábrica de armas y en una ocasión ejecutó a una espía alemana.

El 6 de Junio de 1944, día-D, las tropas aliadas comenzaron el desembarco y con ello, la liberación de Francia. El día 25 de Agosto de ese mismo año, París era liberada y Nancy Wake fue a Vichy para celebrar el triunfo. El día de su llegada se enteró, que el mismo día que se despidió de Henri, fue detenido y torturado para que confesara cual era el destino de su esposa. Al no divulgar el paradero de Nancy, fue ejecutado.

Después de la guerra, Nancy Wake continuó trabajando en el SOE, estuvo en el Servicio de Inteligencia del Ministerio del Aire, hasta que en 1960, se caso con un ex prisionero de guerra británico regresando a Australia. Resultó ser el soldado australiano más condecorado de la Segunda Guerra Mundial, pero no recibió ninguna condecoración del gobierno australiano. La razón de índole legal, era que fue considerada ciudadana neozelandesa y no australiana. En 1994 rechazó entregar sus condecoraciones al Museo de Australia diciendo que ella era neozelandesa y le recordó a la prensa que mantenía su pasaporte de Nueva Zelanda, a pesar de vivir fuera de su país por 80 años.

Nancy Wake murió en un hospital de Londres el 7 de agosto de 2011 poco antes de cumplir los 99 años de edad. Su cuerpo fue incinerado y sus cenizas, esparcidas en Montuclon, Francia, lugar donde realizó sus actividades en pos de la libertad.

Fuente: exordio.com

 

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