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Derrocharé abrazos…

Todos podemos pedir un deseo al año, al soplar las velas en nuestro cumpleaños. Algunos pedimos más: con los ojos, mirando y rogando al cielo, en las fuentes, al ver una estrella fugaz… y de vez en cuando alguno de nuestros deseos se cumple. ¿Y qué pasa entonces? ¿Es tan bueno como esperábamos? disfrutamos de nuestra felicidad o nos damos cuenta de que tenemos una larga lista de deseos esperando a ser deseados.

El viejo de la imprenta se encongió de hombros. No esperaba una pregunta así: dime, querido viejo, ¿piensas que los deseos son los dulces del destino?

– Mi querido amigo, no puedo decir no que no estoy en desacuerdo contigo.

Me encogí de hombros. No esperaba una respuesta así. Gracias, viejo, tus deseos son los míos.

Cristina Penalva, desde Alcalá de Henares, nos habla de deseos, de intenciones, de gestos, muchas veces imperceptibles, pequeños, sencillos, sí, pero son las que nos hacen seres humanos, únicos e irrepetibles. Música: BSO Armageddon, para recordar de donde venimos y adónde debemos ir.

 

Y yo, que llevaba contados los abrazos…

hoy me derrocharé en abrazos: le daré abrazos al conductor del autobús, a la cajera del supermercado, a la señora del estanco y de la panadería; al primer jubilado que me encuentre sentado en la plaza de la Luz, al camarero que me sirva el café sin leche, al primer niño que sonría…y al que pase triste; a un amante, creo que hoy abrazaré, incluso, a la mujer del puesto de las castañas, y a la antipática de la farmacia, para… no dejar de abrazarte.

 

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Sorbo a sorbo

John Keats, el delicado romántico inglés, escribió un día, “verdad es belleza y belleza es verdad”. Ciertamente, aspiramos a ellas. Emprendo un viaje para buscar inspiración y humanidad, para que nunca me olvide de cómo viven, piensan, siente, ríen, lloran… las personas. Para que nunca me olvide de que mi ciudad y mi país son muy pequeños comparados con el planeta y que hay que tener mundo para conocer a los seres humanos.

Como quiera que escribir es una forma, una de las mejores que conozco, de estar en el mundo, Cristina Jiménez-Buil, de Madrid, lo hace porque es un mundo, como vosotros y vosotras. Cristina da para recibir y recibe para dar, y lo hace con música.

Sorbo a sorbo, aquel café siguió inspirándola en el análisis de su actitud. Cuando era pequeña buscaba un beso, una caricia, un abrazo… Sin embargo,  aprendió a contentarse con un “¡qué buena eres, qué bien lo haces!”. Ella hubiera cambiado un buen café por un beso cariñoso, su plato preferido por un abrazo. ¿Mi marido, mis amigos… se sentirán igual?, ¿quizá me he centrado en el  “buen hacer” para escudarme y no tener que demostrar mis sentimientos? ¡Qué sutiles podemos llegar a ser!. Me creía “doña Sacrificada” y resulta que soy “doña Exigencias”, culpando a los demás de mis carencias emocionales, obligándoles a un reconocimiento por mi obsesión de hacer, por mi obsesión de dar.

 

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ABRÁZAME FUERTE

Estabais donde no teníais que estar. Y yo pasé, pasé sin querer pasar.

Busco un rostro humano entre la multitud, un gesto de solidaridad en un barullo de cuerpos que se cruzan y tropiezan, de gente que busca su tren con una expresión de desvalimiento en el rostro y la torpeza de la urgencia en el cuerpo. Y casi sin querer lo encuentro. Y bebo de su sonrisa / sonrisa cálida / calidez en el alma / el alma repleta.

Vengo del insomnio y camino por la oscuridad de la vida, abigarrada parodia de vida. Y en la noche, avanzo por el pasillo hasta la oscuridad total, entre objetos solo contorneados. Sin embargo, estoy tranquilo de saberme en la íntima y serena certeza de sentirme en el hogar.

Un relato de Maria del Carmen Escriñà, de Madrid

 

Abrázame fuerte, 

que el mundo no me llegue,

y que las voces se amortigüen;

Que reine el amor…

… flotando en el silencio

 

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A quien corresponda

Como decía Arthur Miller, “la vida es como una nuez. No -siempre- puede cascarse entre almohadones de plumas”.

Carta de Ruth Román, de Cornellà (Barcelona), con música.

¿Sabéis?, hay días en los que nada parece tener sentido, hoy es uno de ellos. Ha comenzado un nuevo año, ¿y qué? ¿Cambiará algo en nuestras vidas? ¿Qué debemos hacer, poner buenas caras cuando cada vez falta más gente? De acuerdo, pero todo seguirá igual. A mí las navidades me dijeron algo durante un tiempo, pero desde luego cada vez me dicen menos. Ahora no tengo nada que ver con ese “espíritu romántico” y con esa “blanca navidad”, las fechas las marcamos nosotros y la felicidad… ¡ay!, ¡la felicidad!, ella sí que es efímera.

La felicidad llega en cualquier momento y se va sin más, sin poder evitarlo. Realmente, lo único importante es poseerla el mayor tiempo posible y, sobre todo, procurar disfrutarla puesto que esos momentos son los únicos que van a quedar cuando todo reste abajo. Yo no he vivido muchos de esos momentos, creo que nadie los ha vivido con frecuencia pero sí con intensidad, la calidad vale más que la cantidad; es más alentador un “te quiero” a tiempo que un sinfín de “te quieros” monótonos y rutinarios.

Creo que la vida vale la pena por ellos y por “aquellas pequeñas cosas que nos dejó un tiempo de rosas en un rincón, en un papel o en un cajón”, a pesar de que a veces pensemos que el tiempo y la ausencia las mató. Pero también es cierto que la vida nos juega, a menudo, malas pasadas que nos hacen caer en un mar de incertidumbre y absurda desesperación o abatimiento. Si hay algo que tendríamos que aprender es a prepararnos para esos momentos felices, para que cuando entren en nuestras vidas todo sea propicio para que perduren, como una golondrina que prepara su nido para que cuando lleguen los pequeños pajarillos todo fluya correctamente para que crezcan y consigan volar libres.

Debemos tener nuestro corazón abierto y, sobre todo, tenemos que prestar atención para no dejar pasar esa rápida y esquiva felicidad que puede llegar en cualquier momento y de cualquier forma, mediante una canción, una carta, una sonrisa, una lágrima, una mirada, un beso, un amor, un amigo…, por todo eso no podemos permitir que nuestras armaduras sean las culpables de la frialdad ante todas esas sensaciones; las armaduras son las ideas que a veces utilizamos a modo de escudo y que nos encierran en “el baúl de los recuerdos”.

Es necesario eliminar cualquier rencor, borrar las ideas demasiado fijas que nos encierran en vasijas impermeables de barro que nos cobijan de una lluvia que si pudiésemos sentir en nuestro cuerpo nos sorprendería con un abanico de sensaciones nuevas que arrancarían de nosotros una sonrisa, una lágrima o simplemente rabia. Ya que tenemos la suerte de estar vivos, en mejores o peores condiciones, abramos nuestro corazón y dejemos que sienta todo, aunque eso nos confunda y nos duela. Tarde o temprano acabaremos arrepintiéndonos de lo que no llegamos a hacer y no de lo que hicimos mal, así que vivamos con intensidad, pues el mañana no existe.

Sed felices, lo que la vida o el azar os permita.

Un abrazo

Ruth Román

 

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