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NECESITO UN BESO

Decía el señor De Musset, “El beso es el contacto de dos epidermis y la fusión de dos fantasías”.

El viejo de la imprenta ha partido, nuevamente. Es de culo inquieto. Anda trabajando en un sueño. Lo hace desde que se preguntó – y de eso hace ya muchísimos años- adónde van los besos que no damos, que guardamos. La pregunta que encierra ese sueño le ha llevado a Luarca. Dicen los luarqueses que es el pueblo más bonito de España. No sé si es el más bonito de todo el país, pero realmente sí que es hermoso. No me importaría vivir allí el resto de mis vidas. Por cierto, tengo siete vidas y aún me faltan tres y media por gastar.

Luarca, cuna de Severo Ochoa, Fernán Coronas, Nené Losada, Margarita Salas y Miguel -del mismo apellido que el nombre de la villa-, es un pueblecito enamorado del mar, el río y la montaña, situado a 92 kilómetros de la nada y del todo. Luarca no es sólo esa hilera de casas, ninguna reñida con la otra, y perfectamente alineadas frente al Cantábrico, el mar que todo lo puede. Es, también, sus quince parroquias establecidas entre dos ríos que lo delimitan por la costa, como trazados con tiralíneas, y que penetran hasta dos lugares de montañas que en su origen fueron sólo colinas y donde habitan los vaqueiros de alzada, grupo humano -según dicen- depositarios de una cultura y folklore ancestrales.

El viejo me ha escrito a propósito de Luarca y de Cambaral. Al abrir la carta, manuscrita por supuesto, me pregunté qué había de los besos.

“Mi querido y joven amigo;

Me encanta este lugar nacido de la contracción de una expresión y en el que el alcalde aún promulga sus bandos, a la antigua usanza. Este año, sin ir más lejos, dictó el correspondiente bando para la instalación de las oportunas casetas de baño en las playas de Luarca, la primera, la segunda y la tercera. Hasta en eso son extremadamente pulcros los luarqueses, que hacen las cosas como se hacían en provincias, bien y sin prisas.

¡ Fíjate !, todas las casetas de baño son desmontables y su ubicación se circunscribe sólo al verano, porque las casetas de baño sólo son y han de ser para el verano. Sus dimensiones máximas son las máximas que deben permitir las casetas de baño, incluidos aleros u otros elementos sobresalientes. Un par de centímetros más allá, ya no son casetas de baño. La altura también es proporcional al resto de dimensiones, de modo que ningún vecino riña por llegar al cielo, puesto que el cielo parece estar aquí, sin necesidad de despegar del suelo. Su tipología armoniza con el entorno, de manera que siempre sean casetas de baño, y es condición “sine qua non” sus colores tradicionales, como mínimo en el frente. Cada uno y una ha de cuidar de su caseta de baño pues, de lo contrario, no es digno de su caseta.

Te preguntarás qué hay de los besos. Si es así, y sé que es así, reclamo tu atención sobre Cambaral. Dice la leyenda convertida en historia, o quizás sea la historia que ya es leyenda, que desde Argel y Tingitania subió hasta estos bellos parajes de agua y peñascos una flota de piratas berberiscos que atemorizaron a los lugareños, desde Avilés hasta Navía. Los enormes barcos de la flota del Rey (de turno) de España nada podían hacer frente a los navíos berberiscos, más pequeños, ágiles y ligeros.

Mandaba la flota un moro llamado Cambaral, famoso por su extrema crueldad y su extremo ingenio, según me cuenta – como si estuviera aquí, desde el cielo- el muy irónico, culto y singular señor Arrieta Gallastegui – Miguel -, pluma de equilibrada y risueña prosa, gastrónomo raro que disfrutaba más con el sabor de las palabras que con los tientos del tenedor, y hombre de mucha inteligencia y bonhomía. Te recomiendo encarecidamente su muy popular Recetario de cocina tradicional asturiana.

¿ Cómo hacer frente a Cambaral y su flotilla ?, que hizo que pareciese el más grande despliegue marino conocido en la correspondiente historia naval. Esa era la pregunta que el Señor de Luarca se hacía día tras día, siempre atusándose los pelos de su cabeza y de su barba, siempre desordenados ante tanta tropelía bereber.

Hastiado dicho Señor del acecho moro, decidió acometer a Cambaral y sus berberiscos con sus mismas armas, de modo que embarcó a sus más aguerridos guerreros en sencillas barcas de pesca, convenientemente disimuladas entre sus aparejos y artes, y se hicieron a la mar, a pocas millas de Luarca, donde aguadaron al moro como pacíficos pescadores.

Y en eso que aparecieron los temibles y temidos berberiscos que vieron en los disimulados hombres del faenar una presa fácil. Craso error el de Cambaral y los suyos, que se vieron desbordados por los disfrazados y aguerridos pescadores. Dice el señor Gallestegui que el combate fue largo y cruento y concluyó como concluyen estas cosas, con un ganador y un vencido.

Cambaral fue hecho prisionero, cargado de cadenas y conducido a la fortaleza de la Atalaya, donde fue recluido sin ni siquiera curarle las heridas.

Y en eso, la hija del Señor, ahora repeinado y festejando el triunfo con los suyos, pidió… ¡no!, rogó a su padre permiso para curar las heridas de Cambaral. Dicen que dicha joven era bella doncella de espíritu generoso y gran corazón.

Sea como fuere, la muchacha obtuvo el permiso y se dirigió a las mazmorras, sin inquietud ni temor. Había allí poca luz, pero, según parece, no hacía falta más, pues fue verse, o quizás sólo intuirse entre las sombras, para que surgiera entre ambos el amor, el amor más puro, sin rencores ni rencillas políticas, territoriales, étnicas, religiosas.

Quizá fuera por las heridas, o quizá a pesar de las mismas, lo cierto es que las atenciones de la muchacha hicieron sentir al moro Cambaral todo lo que sus violentas andanzas habían ocultado: era huérfano de corazón y que podía hallar descanso y sosiego a tanta tropelía en el amor que se le ofrecía.

Por su parte, pues de lo contrario nunca hubiera progresado esta historia, la hija del Señor, que nunca había sentido las punzadas del amor noble, curó las heridas casi con veneración, pero también con una congoja que la atenazaba, pues conociendo bien a su padre, sabía cuál iba a ser el destino de Cambaral y, por ende, más que probablemente, el suyo.

En la penumbra, y entre señales de heridas ya cerradas, otras entreabiertas y algunas aún por abrir, se declararon su amor mutuo. También se hicieron promesas grandilocuentes con las que los noveles amantes adornaban la adversidad del destino aún por venir pero, no por ello, desconocido.

En eso que Cambaral curó sus heridas, las físicas por supuesto, y desplegó nuevamente su ingenio y audacia con el fin de planificar la fuga de ambos. Narra al respecto el señor Gallastegui: “Fue una huida alocada, sin posibilidades de éxito, prácticamente, pero los ojos de los amantes no venían sino el momento en el que su amor podría al fin desplegarse, herirse con sus besos, consumarse en su pasión. No veían otra cosa que esa determinación cuando bajaban hacia el puerto desde la fortaleza, escondiéndose en las esquinas, corriendo atropelladamente y buscando, ya en los muelles, el barco de Cambaral, que, rápido y ágil como era, hacia ella misma les dirigiría”.

Sin embargo, – ¡ maldita sea con los peros !-, el Señor de Luarca, que había sido avisado de la fuga, ya esperaba con sus tropas a los amantes en el puerto. Dicen que allí acabaron sus sueños. Yo, particularmente, soy de la opinión que allí, en ese instante eterno, comenzaron sus sueños.

Cambaral abrazó a la hija del Señor ante sus propias narices. Los amantes se miraron, como si estuvieran diciéndose cosas que no se pueden decir, se besaron, como si fuera el último beso. Al respecto, el señor Gallestegui opina dos cosas: amor que nace a oscuras, oscuro muere, y ya nunca los labios volverán a soñar).

Y en eso que el Señor de Luarca, loco de ira, incapaz de soportar aquel beso que para él era blasfemia, de un solo tajo, cortó ambas cabezas, las cuales fueron a refugiarse, en su beso final, a las frías aguas del puerto, justo donde años después se levantaría el llamado Puente del Beso. ¡ Ay !, mi querido y joven amigo; miro el fondo del puerto de Luarca, y algo me dice que debo seguir trabajando en el sueño: ¿ adónde van los besos que no damos, que guardamos ?.

Tuyo, siempre, el viejo de la imprenta “. El Café Romantic presenta hoy un precioso poema sobre el beso y sus cosas de David Escudero Vigara, de Madrid, revelado en nuestra barra por nuestra querida Mila Miguélez, de A Coruña.

Imagen con música: Kiss me – The Cramberries 

 

Necesito un beso
De alguien que me quiera
Necesito un beso
De alguien que me entienda
Preferiblemente
Con la boca dulce
Con los labios tiernos
Que sus ojos brillen
Que ilumine el cielo
Que atraiga a las musas
Que despierte el coraje
Y me devuelva la vida
Necesito un beso
Para seguir soñando
Que después de todo
Aún sigo enamorado.

– David Escudero Vigara –

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Rendirse

Tenía el viejo de la imprenta un porqué para vivir y, por ello, estaba habilitado y capacitado para enfrentarse a todos los cómos. Su patria estaba en sus zapatos y sus manos y sus palabras eran su ejército. Conversaba siempre con el hombre que iba con él.

– ¿Sabes qué se suele decir, sea cual sea la verdad? – me preguntó sin más el viejo, que había alcanzado una extraña perfección fruto de una pulida colección de errores. Él siempre decía que parecía mucho pero que era poco, como yo.

– ¿Qué se suele decir?, querido viejo- interrogué, con su venia.

– Que la gente ve lo que quiere ver. Hay personas que pueden dar un paso atrás y descubrir que les faltaba ver las cosas con más perspectiva. Otras personas se dan cuenta de que la vida les está pasando factura. Otras pueden ver lo que estaba ahí desde el principio…

Hizo un silencio. Respiró. Respiró aún más. Redujo la voz y sentenció:

– Y luego están esas personas, aquellas que huyen lo más lejos posible para no tener que verse a sí mismos.

Le formulé la pregunta obvia. No cabía otra.

– ¿Y en cuanto a ti?

– ¡Ahora ya lo veo todo claro!.

Yo también, mi querido viejo. Gracias. Tuyo, siempre.

Mar Mateo medita y muchas cosas crecen dentro de ella: silencio, serenidad, felicidad, sensibilidad. Y aquello que brota de su meditación trata de incorporarlo en su vida. Y lo comparte, porque todo lo que se comparte crece. Inspirado por Mar Mateo, un fragmento de un bonito cuento llamado “rendirse”. Música: “Bohemian Rhapsody by Queen”

 

Está meridianamente prohibido rendirse, a menos que tomemos aire, un respirar hondo, y seguir para hacerlo en tus brazos. La vida tiene que ser necesariamente la prolongación de los juegos de cuando éramos niños, donde lo principal era el dado, para ver adónde vamos y no ser la ficha que otros manipulan, ni cuando matamos a otros y contamos veinte, para ser los primeros en la terminada partida. Si tienes que firmar algún armisticio, el más necesario, siempre es con uno mismo; las guerras civiles nunca fueron sanas y te predisponen a rendirte ante otros; conserva tus acuerdos de paz pues tú mejor aliado viaja contigo, tú conciencia. Así, los brazos en los que te abandones serán siempre aquellos que te sujetan, como un ancla, que permiten el vaivén de las olas para sentirte nuevamente un niño, mientras te acunan. Un no merece ser nunca un rendido, un sojuzgado en los juegos de otros…

 

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Y le llamaron “hogar”

Me dijo una vez el viejo de la imprenta que lo que veía no existía y, sin embargo, lo estaba viendo. Incluso, lo podía sentir. Era un lejano reino donde no había un rey sino dos. Uno que no sabía lo que tenía, el otro condenado a recordar lo que había perdido. Y había un gigante intrépido, y un duende al que le gustaba jugar a su sombra. Había incluso un encantador con su flauta y un mago que sabía cuál era la mejor manera para amansar fieras salvajes. Y un bello principe y una bella princesa que no sabían que sus destinos estaban llamados a cruzarse. Y había también otros en aquel remoto lugar semejante al lugar que conocimos de niños, donde se contaban y escribían cuentos y leyendas. El brillo de la luna siempre iluminaba sus ojos.

Y el viejo de la imprenta, mi querido viejo, sentenció:

– Es posible que nunca vuelva a pronunciarse el verdadero nombre de ese reino, pero ni la memoria ni el tiempo lo podrán borrar nunca puesto que todas sus encantadoras criaturas lo llamaban hogar.

Hoy, aquí y ahora, este hogar en el Cafe Romantic corresponde a todos y todas que, de una manera u otra, habéis contribuido a crear, imaginar, soñar, repartir felicidad, escribir, pintar, saludar, gritar – aún en el silencio-… para hacer más llevadero el año que se va.

Por y para vosotros y vosotras, una almazuela tejida con las gotas de los mejores sentimientos dichos, escritos, soñados e imaginados por Yolanda Torrent, Alfons Carrasco, María del Pino, Pau Glez., Catalina Cerdó (Ventafocs), Mila Miguélez, Andrés Ruiz Fernández, David Creus, La Dama se Esconde, María José Fresneda, Pilu “Lleida” Bijoux, Rafael Rodríguez… y otros muchos que habéis merecido ese reino llamado hogar.

Feliz 2013 !. Música: Kiss me (Cramberries)

 

Nos beberemos las horas y buscaremos un camino de retos, aventuras, deseos y amistad / Infusió, espècies, un glop de llet, un pessic de xocolata negre, aroma de canyella i cardamom, música suau, notes de silenci, serenitat, pau… instant intens, únic. La vida està feta d’instants… /  He llegado cinco minutos antes de la hora. El paso acelerado y el ansia me han traído de manera precipitada. Me sudan las manos y el corazón me palpita con fuerza. Siento calor a pesar del frío que hace a mi alrededor… / Casi se me acaba la fe, casi se me escapa el amor, casi se me quiebra la inocencia; casi se me agota toda la fuerza para luchar un día más, casi me rendí… Hasta que pensé en ti / Hay una luz, allá en lo lejos; hay un camino por recorrer. Dime si quieres venir conmigo, dame tu mano, dame tu amor. Escucha mi voz, no apagues la llama de este deseo… /  “La palabra clave no es «precio» ni «coste». Es fácil. Hazlo fácil. Que se entienda fácil. Que se compre fácil. Que se explique fácil, y sobre todo, que se entienda fácilmente.” / Se nos va un año en el que lloramos, reímos, compartimos disfrutamos, aprendimos, caímos, pero nos volvimos a levantar, son momentos que nunca olvidaremos.

 

 

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Hazme tu huella

Tenía el libro entre sus manos. Lo entreabrió, rozó la cubierta y el suave papel de sus páginas y sintió habitar en él. Escuchó una música que nunca se ha de olvidar. Y se puso a rebuscar entre sus recuerdos la última vez que fue feliz, que sonrió junto a alguien. ¿Dónde están los buenos recuerdos?, se preguntó para sus adentros. Y el recuerdo le llevó a un parque, en un banco, donde alguien se sentó a su lado y le dijo “buenos días, princesa”.

Con el amor como motivo, como no podía ser de otra manera, La Dama se Esconde Ruiz Mora, la escritora de Murcia, nos deleita con una breve e intensa historia de alguien que sueña su compañía.

Con música: “Love Theme From Romeo & Juliet”

He dejado mis caricias en
tu puerta.
Las minusculas huellas
de mi alma se descuelgan

entre tu cintura y mi cadera.

Suave, lenta, adormilada y
mágica, tu mano desvela
mis versos; mis palabras,
mi aliento entre tu espalda.
Soy ascua, soy veneno, la historia que buscas            

entre tus sábanas…

hazme la huella de tus noches,
el amanecer de tu calma,
luna de tus deseos,
un rayo de luz cuando
me abrazas.

 

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LO QUE LA LUNA ESCONDE

Viendo mi abatimiento, en cierta ocasión, el viejo de la imprenta me explicó que había conocido a una mujer que, en plena guerra, decidió abrir una floristería. Una sandez, pensé yo para mis adentros. Como siempre, el viejo de la imprenta me leyó el gesto y el pensamiento y me amonestó.

Aquella mujer, que para algunos podía pasar por loca, abrió aquella floristería porque el mundo necesitaba en ese momento, más que nunca, flores.

Ahora, en que el dolor, la angustia, la incertidumbre, la zozobra nos acosan, el mundo necesita bella historias. Historias de amor, de superación, de batallas contra las vanidades.

Hasta ahora, – lo confieso-, nunca me había planteado con la suficiente profusión el asunto. ¿Qué poder ejerce la luna sobre nosotros? ¿Qué tiene que ver la luna con nuestro corazón, nuestro destino?

Mi admirado García Lorca escribió:
 

“cuando sale la luna
se pierden las campanas
y aparecen las sendas
impenetrables.
Cuando sale la luna,
el mar cubre la tierra
y el corazón se siente
isla en el infinito.
Nadie come naranjas
bajo la luna llena.
Es preciso comer
fruta verde y helada.
Cuando sale la luna
de cien rostros iguales,
la moneda de plata
solloza en el bolsillo”

 

El escritor Jordi Planes Rovira nos trae una de esas bellas y necesarias historias de amor, superación y coraje: “Lo que la luna esconde”, primera novela de Jordi Planes – publicada por Quarentena Ediciones y que he tenido el inmenso honor, placer y orgullo de editar-, y en la que aborda de manera magistral quiénes somos, qué queremos, qué amamos, qué nos conviene y qué debemos rechazar, en un mundo de vanidades y traiciones.

Pronto, muy pronto, en todas las librerías, “Lo que la luna esconde”.

Y yo que pensaba que lo sabía todo y ahora sé que apenas sé nada. Dicho y escrito desde el corazón, porque no sabemos -ni queremos- decirlo y escribirlo de otra manera.

 

 
 

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(El mal de) la sílaba central

Dice el cuento que me han contado para que os lo cuente, que hasta la choza de un viejo maestro llegaron los ancianos del Consejo de un antiguo pueblo. Según me cuentan, iban, azarosos, a consultar al sabio sobre un problema que amenazaba a todos los que habitaban la vieja ciudadela junto al río. Contó el cuentista que desde hacía muchos años, y pese a todos los esfuerzos del Consejo, los habitantes de ese lugar discutían, polemizaban, disputaban, rivalizaban… hasta el daño. Tanto era así que educaban a sus hijos en el odio perpetuo al vecino, y al hijo del vecino, y a los hijos de éstos.

Los ancianos del Consejo expusieron al sabio:

– Siempre hubo algunas personas que se apartaban de la senda, pero hace unos diez años comenzó a agravarse la situación y, desde entonces, ha empeorado mes tras mes.

El sabio les pregunto:

– ¿Qué pasó hace diez años?

Ellos respondieron sin advertir.

– Nada significativo. Por lo menos nada malo. Hace diez años terminamos de construir entre todos el puente sobre el río. Pero eso sólo trajo bienestar y progreso al pueblo.

El sabio asintió con la cabeza y sentándose en un raído sillón junto a la ventana empezó a barruntar:

– Por supuesto que no hay nada de malo en el bienestar….Y mucho menos en el progreso. Sin embargo…

Los ancianos del consejo callaron y se acercaron un poco más para escuchar las palabras del sabio.

– El mal no está en el bienestar sino en comparar mi bienestar con el vecino. El mal no está en el progreso, pero sí en querer ser el que más ha progresado. No hay nada de malo en las cosas buenas para todos, pero sí en competir por ellas. Vuestro pueblo padece el mal de la sílaba central- sentenció el anciano.

– ¿La sílaba central?, ¿Cuál es ese devastador mal? ¿Cómo podríamos curarlo?

– Debéis ocuparos de enseñar a cada uno de los habitantes del pueblo que el verbo competir es un verbo que enferma, intoxica y mata. La solución es que todos aprendan a hacer un cambio de sílaba. Enseñarles que sólo con reemplazar en la palabra “competir” la sílaba central “per”, por la más que significativa sílaba “par”, crearemos una nueva palabra: “compartir”. Una vez que todos hayan aprendido el significado de este verbo, la competencia no tendrá sentido y, sin ella, el odio y el deseo de dañar a otros quedarán sepultados para siempre.

Dice el cuento que me han contado para que os lo cuente que todos deberíamos esforzarnos por cambiar la palabra “competir” por la palabra “compartir”. Es sólo una sílaba. Un cambio de sílaba para un cambio de vida.

Un nuevo relato breve del Café Romantic. Pequeñas palabras, casi musitadas, pequeños gestos, casi imperceptibles, para sumar, nunca restar. Con música para compartir.

Dice la canción que en septiembre del 77, en Port  Elizabeth, aún el buen tiempo, no había nada nuevo bajo el sol. En la habitación 619 de la policía, yacía muerto Biko, ¿por qué Biko? Siempre biko.

Trataba de dormir Biko y sólo podía soñar en rojo el mundo exterior que era blanco y negro. Biko apagó una vela pero no pudo sofocar el incendio cuando comenzó a propagarse.

-¿Com(pi)tes?

-No, com(par)to

-¿Dis(pu)tas?

-No, dis(fru)to.

-¿Pro(hi)bes?

-No, pro(di)go.

-¿Pre(sio)nas?

-No, pre(ven)go.

-¿Im(po)nes?

-No, im(par)to.

-¿De(mo)ras?

-No, de(ba)to.

Sin demora, comparto sin competir, disfruto sin disputar, prodigo sin prohibir, prevengo sin presionar, imparto sin imponer y debato sin demorar.  
 

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Existo, luego amo

Su estómago era una madeja de hebras ardiendo al rojo vivo. El cuerpo se le aflojó como si en alguna parte hubiera estallado una válvula capaz de liberar dos toneladas de aire y volvió a su asiento con las piernas blandas como gelatina y un pensamiento en la mente. Entonces, decidió dar todo lo que era y tenía por bailar con ella; sentir en su cuerpo sus caricias, su aliento. Es amor.

Un nuevo relato sobre el amor servido por Andrés Ruiz Fernández (Aloevera), desde Córdoba. Con música, como siempre, y mucho azúcar.

 

Sentado en la penumbra del lado oriente o poniente del planeta, creo que eso es irrelevante. Lo importante es que existo. Existo, pienso y siento. Siento un cosquilleo en el corazón, creo que a eso lo llaman amor. Y lo sentimos por un padre; ¡ah!, también por la maravillosa madre.

Pero nada es comparable al amor que siento por ti. Sí, por ti… ¿Qué por qué te amo? Habría un sin fin de respuestas a esa pregunta. Más el amor surge sin importar un por qué… simplemente se ama. Y así te amo a ti.

¿Desde cuándo…? No lo sé, llegó de improviso, sin ser invitado. Sólo sé que existe y es fuente inagotable de energía y vitalidad. Corre por mis venas, llega al corazón y sale en cristalina carcajada dibujando felicidad.

 

 

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