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A ti (y lo digo todo)

El valor de las cosas no está en el tiempo que duren, sino en la intensidad con que sucedan. Por eso existen momentos inolvidables, cosas inexplicables y personas incomparables. Incluso en Facebook. Es así de sencillo aunque nos empeñamos en complicarlo todo.

Un relato de Cristina Jiménez-Buil (Madrid)

Relato con música

 

A ti, que sin saber quien era un buen dìa decidiste añadirme en tu lista de contactos…

A ti, que sabes que tengo defectos y errores…

A ti, que sin importarte quién soy, cómo soy ni de dónde vengo, me abriste tu corazón y me brindaste lo mas preciado que un ser humano pueda dar, “su amistad”…

A ti, que sin saber si estoy triste o feliz, me envias tus mensajes, los cuales muchas veces me hacen sonreír en momentos en los que quiero llorar…

A ti, que me llamas “amiga”, que me envías etiquetas, imágenes, besos, abrazos y mensajes…

A ti, quiero decirte “gracias”; gracias por estar en mi vida.

 

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Nervios en la parada

La cosa fue, más o menos, de la siguiente manera: sábado por la mañana. Era el sábado, 10 de diciembre, pero podría haber sido cualquier sábado, cualquier día porque la imaginación tiene la bendita virtud de no conocer de fechas, ni calendarios, ni estaciones. Frente al ordenador, ordené unas cuantas ideas. De repente, porque la imaginación es capricho, me vino a la cabeza cuatro formas de parar el mundo: besa despacio, ríe alto, más allá incluso, ama intensamente y perdona rápido, aún más. A ello, se sumó aquello que dijo Sócrates y que aderezo con un giro hacia la profundidad: “habla, y escribe, para que yo te vea”. A través de Facebook, recibí un mensaje. Lo más importante no era lo qué decía sino quién lo decía y desde dónde lo decía: Córdoba. ¿ Qué tiene Córdoba que no tenga otra ciudad”, me pregunté. Sólo un alma cordobesa de excelsa pluma lo puede transmitir, me dije.

De ahí surgió esta breve narración, a modo de imaginación, dedicada a la Córdoba de María del Pino. Cabe señalar que me ayudo los compases inigualables de Paco de Lucía y su “entre dos aguas” que, aún sin ser cordobés, es universal y en sus manos y sus cuerdas atesora un profundo sentimiento, “jonda” alegría con la que (casi) pude sobrevolar el cielo corbobés, el cielo de Andalucía.

 Debe ser difícil alejarse hoy en día del mundo. O, quizás, sea posible quedarse donde uno está para alejarse de todo, en una ciudad que me incluya, donde los caprichos son maravillosos pretextos para soñar otros mundos posibles, donde el amor ya no es la agonía de la ausencia sino el deseo de la compañía para calentar las ho…ras de soledad y eliminar la sensación de quietud excesiva, ligado a una hora del día, la que quieras, y a una estación, la que imagines. Estoy en Córdoba, no sobre Córdoba.

Veinticuatro horas después, porque la imaginación tiene esa bendita virtud de transcurrir y discurrir, María del Pino, desde Córdoba, me escribía un precioso relato -dedicatoria incluida-, que daba un extraordinario sentido a dos cosas aparentemente inconexas hasta crear un algo especial. Recordáis aquello de que “quien tiene un amigo, tiene un tesoro”, frase legendaria que, últimamente, dicha de esta manera, apenas se emplea.

Y es que el tiempo es así de extraño, a cambio de todo lo que nos arrebata nos concede algo: a veces es un amigo, a veces es un mejor entendimiento de nosotros mismos, a veces sólo es un día perfecto. En veinticuatro horas se dieron las tres beatitudes.

Clica sobre la imagen de María para sentir la melodía: mar antiguo  

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De María del Pino para Goyo Martínez (gracias María). De su blog personal, http://maria-009m.blogspot.com/

“Nervios en la parada”

 Para ti, Goyo:

          Un día, se encontraba sentada leyendo su libro favorito, en la parada del autobús, una muchacha de larga melena morena, ojos verdes y tez clara. Mientras redactaba en el móvil un mensaje para su amiga, se le acercó un hombre de aspecto amable, le dio los buenos días y se sentó a su lado.
          Ella comenzó a temblar, olvidándose así de la amiga, del mensaje, de su nombre y de media vida. ¡Lo conocía! Por gracia del destino, era su escritor favorito. Lo seguía con ahínco desde su Blog. «¿Cómo podía haber ocurrido semejante milagro?», se preguntó. Guardó el móvil y metió la mano en el bolso para buscar la novela que siempre llevaba consigo. Sin embargo, no encontraba el dichoso y preciado libro. Se puso aún más nerviosa, quizás, más que eso… ¡ATACADA!.
         Durante diez minutos se estuvo preguntando una y mil veces en si hablarle o no… pues no tener el libro la cohibía demasiado.
         –¿Hace mucho que pasó el último? –preguntó él mirando el reloj.
        Con la mirada al frente, la jovencita tan sólo zarandeó la cabeza hacia los lados, negando.
        Transcurrieron diez minutos más y, habiendo pasado ya dos autobuses, él la volvió a mirar con gracia y alegría.
        –¿Paran muchos más números aquí?
        Ésta simplemente pudo negar con la cabeza a la vez que su cuerpo se heló ante la tensión. Tal era el respeto que le tenía, que ni se atrevió a hablar. ¿Qué podría pensar de ella si lo asaltaba por las buenas? ¿Que era una niña estúpida que tartamudeaba? ¿Una alocada fan? O peor… ¿alguien que le quería sacar los cuartos?… ¿Los traseros y los delanteros? No, no le hablaría, pues con lo nerviosa que estaba, se decía a si misma que era capaz de decir alguna burrada.
        A los cinco minutos, le comenzaron a sudar las manos. Tan notable era su intranquilidad, que él comenzó a mirarla mientras escribía una nota en su cuaderno de cuero negro.
        –Perdona, ¿te encuentras bien? –indagó el escritor con amabilidad al ver el nerviosismo en la muchacha.
       Con un movimiento seco de cabeza dijo que sí, haciendo que él virase su vista al frente tras una risilla. Justo en ese instante aparece, a los lejos, su autobús. Es el último número y el último que pasaba en el día. Dio un respingo y se le cayó de las piernas el libro de “El Espía de Madrid” al suelo. Él lo miró, se lo recogió y sonrió afablemente, como esperando a que ese momento llegara.
        –¡Anda! ¡Pero si estaba ahí! –exclamó la joven inquieta al ver su tremendo despiste–. ¿Sería tan amable de firmármelo, por favor? Es que… soy admiradora. ¡Me encanta!
         Goyo Martínez, al fin, agarró el libro entre sus manos esbozando una agradable y amplia sonrisa. Escribió lo más rápido que pudo, se lo entregó y se despidió con dos besos. Acto seguido, ella se montó en el bus justo en el último aviso del impaciente conductor.
         Una vez dentro, abrió el libro y apreció que junto a la típica firma especial que siempre hacía con el corazón, se encontraba la nota que momentos antes él escribía.
        Esta decía:
       “Llevo un rato mirándote leer mi libro y me he acercado curiosamente cuando paraste y cogiste el móvil. Me gustaría, sino es mucho pedir, saber tu opinión de éste cuando lo acabes. Por favor, búscame en Facebook.
                                              Siempre tuyo, tuyo siempre. Goyo Martínez”.

 

 

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Al amigo que nunca conocí (Barcelona-Madrid-Barcelona)

Tengo un amiga que una día encontró en un cajón una carta de su primo, y que siempre echaría de menos, carta que ha inspirado algunos de los relatos de este blog, y de mi última vida.

Y en esa carta le dijo todo lo que no le había dicho. “Estas son las cosas que nunca te dije. Siempre te he querido. Mi amistad sigue viva aún cuando te has ido, aún cuando no has venido. Cometería los mismos errores, es decir, salvo uno, nunca te diré adiós”. 

Los gatos tienen siete vidas y yo ya estoy en la sexta… Y esa amiga tiene un primo en Florida (EEUU) de quien aún espera una carta. 

Sirva esta introducción para presentar un original relato de Basilio Molinero, de Madrid. Son unas breves e intensas palabras dedicadas a un amigo con el que nunca compartió un café y al que nunca abrazó y que siempre será su amigo.

Relato con música. I’m Yours (Live On Earth Single Video) 

Te cruzaste en mi camino, caprichos del destino, cargado de palabras y mejores intenciones. Un café nunca compartimos y ni un solo abrazo nos dimos, pero tan solo una cosa te digo, la distancia jamás será capaz de alejar lo que quiso el destino.

Eres ya parte de mi vida y de mis buenos amigos; te he colocado en un lugar mi especial de mi cofre secreto, llamémosle alma, donde tan solo caben buenas palabras, experiencias de la vida, buenos recuerdos, lágrimas de pena y alegría, y sin duda amigos, personas que llegan a ti.

Siempre tuyo, tuyo siempre. A un amigo. 

Tío Basi.

 

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Cuento de Navidad. El sueño de creer en la magia de nuestros corazones. II capítulo

Segundo capítulo del cuento de Navidad, El sueño de creer en la magia de nuestros corazones, por David Creus (Mollet del Vallès, Barcelona)

 

Para mí, la Navidad hacía años que no era alegría; no conseguía ver en ella más que tristeza, unida a la soledad que toda separación matrimonial obliga por unos hijos que echamos mucho de menos.

Cierto era que todo era luz y color. Pasaras por donde pasaras, miraba la cara de los niños y su ilusión se podía tocar con las manos. Entendía que, solo por eso, la Navidad valía la pena. Aunque me costara arrancar, ese año la deseaba celebrar de forma distinta.

Me acosté feliz. El motivo de la Navidad no era tan importante como para que yo pudiera entender que ese ambiente, en los niños, provocaba alegrías. Recorrí con la mente el rostro de aquellos niños para los cuales la Navidad no era más que una fecha, aunque sus corazones, silenciosamente, esperaran a su Papa Noel o a sus Reyes, conscientes de que a ellos no les vendrían.

En su interior lloraban mientras pensaban que se habían portado mal. Eso también existe en la Navidad.

A la mañana siguiente, al entrar en el bar percibí algo distinto. Me percaté de que Montse había colocado debajo de la estrella un pesebre con su nacimiento, sus reyes, todo tipo de animales, pastores, ángeles… No faltaba tampoco el “caganer” con su pertinente “barretina” catalana.

Ante aquel ataque de Navidad de Montse, mi sorpresa fue mayúscula. Pensé que era una lucha contra nuestros sabios y sus creencias navideñas, las cuales, y eso lo digo yo, estaban provocadas por el desgaste que sufriría su cartera como abuelos que eran.

Antes de sentarme en mi rincón, desde el cual divisaba todo el bar y me permitía esconderme en días donde necesitaba silencio, me detuve ante el pesebre. La figura de José pronto me llamó la atención: yacía caída boca abajo, posiblemente por la curiosidad de algún niño que, deseoso de tocar a sus héroes navideños, la derribó sin percatarse.

Erguí la figura de José, dejándola en la correspondiente esquina del Nacimiento, para que pudiera recibir a todo aquel que se acercara a dar ofrendas al Niño, como manda la tradición. Al hacerlo, noté como José me guiñaba un ojo en forma de agradecimiento; pensé que necesitaba mi cortado urgentemente, y me refugié en mi esquina del bar.

Pronto empezaron a llegar clientes. Todos se detenían ante el pesebre, haciendo algún que otro comentario a Montse. Aquellas palabras llevaban mi mirada de forma constante al belén, en concreto a la figura de José.

Sentí algo extraño: José, en cada mirada mía, se encontraba en un lugar distinto, sin duda fruto del movimiento de los curiosos; nuestro José recorrió el pesebre dialogando con sus pastores, con su mujer, observando a sus animales… finalizando su cotidiano día acunando a Jesús con una ternura extrema, para aislarle del frio que la noche traería.

Deducí que, aquel año, el espíritu navideño penetraba en mí con más intensidad de la previsible, más allá de lo racional. Posiblemente, la muerte de mi amigo Xapi me llenaba de una melancolía impropia de lo que estaba viendo, junto al deseo de abrazar a mi hija Idá y a mi amigo David Viñas, al que había recuperado después de algún tiempo de ausencia de su corazón.

Salí del bar pensando que debía mantener en silencio mi locura, que sería motivo de risa, de sarcasmo incluso, si hacía algún comentario al respecto…

 

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