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En tu mentira halle mi verdad

La convivencia social necesita, para funcionar correctamente, cierta cantidad de mentirijillas, por buena educación, por prudencia… que faciliten la vida. Todos practicamos cierto grado de impostura. Pero, no por ello, somos hipócritas. Los hay, sin embargo, que son mitómanos empedernidos que se inventan a sí mismos cada día con el agravante, o atenuante, de creerse sus propias mentiras. Hay quienes se crean inconscientemente un personaje público tan falso que, cuando se les escapa una verdad, se ruborizan y se delatan. Y es que los hombres son raras criaturas capaces de pensar una cosa, sentir otra, desear algo distinto, decir otra cosa y hacer algo diferente a todo lo anterior.

Una verdad, en 33 palabras y con música, de Sandra Pérez García (@sandradespacho, en Twitter), de Madrid.

 

Aprendimos a mentir y a hacer coincidir la verdad punto por punto con la mentira. Así, ya eran irreconocibles una de la otra. Sin embargo, el mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos.

 

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El meu gos (mi perro)

Os hablaré de mi perro, aquel que nunca pedía nada más a cambio que una sincera caricia, aquel que siempre estaba a mi lado, aquel fiel compañero que hubiera dado su vida por mí, aquel que veía la vida desde otro lado, aquel me hablaba, aquel que movía el rabo a su antojo, aquel que quería a los niños y a las gentes de buena voluntad, aquel que sufría cuando yo padecía. Así era mi perro…

Publicado por Oriol López en el bloc Des de la Mediterrània (versió original en català).

El fragmento siguiente está extraído del cuento La revuelta de la azotea, que forma parte de los 31 cuentos que reúne Crónicas de la verdad oculta (1979), de Pere Calders (1912-1994). Este perro tendrá un papel fundamental como desencadenante de La revuelta de la azotea. Aprovecho para recomendar este libro que he releído varias veces, ya cada nueva lectura he podido apreciar interesantes detalles que me habían pasado desapercibidos en lecturas anteriores. Unas historias que insertan elementos fantásticos y sorprendentes dentro de situaciones aparentemente cotidianas, con una genial análisis de la psicología de los personajes y un particular sentido del humor.

El fragment següent està extret del conte La revolta del terrat, que forma part dels 31 contes que aplega Cròniques de la veritat oculta (1979), de Pere Calders (1912-1994). Aquest gos tindrà un paper fonamental com a desencadenant de La revolta del terrat. Aprofito per recomanar aquest llibre, que he rellegit diversos cops, i a cada nova lectura hi he pogut apreciar interessants detalls que m’havien passat desapercebuts en lectures anteriors. Unes històries que insereixen elements fantàstics i sorprenents dins de situacions aparentment quotidianes, amb una genial anàlisi de la psicologia dels personatges i un particular sentit de l’humor.

Imagen con música

 

Era un gos notable per moltes circumstàncies, d’un intel·lecte que, tard o d’hora, tothom que feia la seva coneixença acabava per envejar-li. Era serè, mesurat, no formava mai cap judici sense sospesar les coses des de punts de vista oposats i quan prenia un determini el guiava sempre la justícia. Mai no m’havia suggerit res que suposés obrar torçadament o que m’induís a error. Però, difícil com és trobar cap cosa sense tara, el meu gos tenia una salut delicada, patia del pit i era precís tenir-ne cura. L’habitació que ens va correspondre estava bé. A mi m’agradava, però el gos s’hi va entusiasmar resoltament. Em va donar a entendre que en un estatge d’aquesta mena s’inclinaria a prendre’s la vida amb més calma i a dedicar-se conscientment a les coses que perduren.

Era un perro notable por muchas circunstancias, de un intelecto que, tarde o temprano, todo el mundo que lo conocía acababa por envidiarle. Era sereno, medido, no formaba nunca ningún juicio sin sopesar las cosas desde puntos de vista opuestos y cuando tomaba una decisión lo guiaba siempre la justicia. Nunca me había sugerido nada que supusiera obrar torcidamente o que me indujera a error. Pero, difícil como es encontrar nada sin defecto, mi perro tenía una salud delicada, sufría del pecho y era preciso su atento cuidado. La habitación que nos correspondió estaba bien. A mí me gustaba, pero el perro se entusiasmó de manera decidida. Me dio a entender que en una morada de este tipo se inclinaría a tomarse la vida con más calma y a dedicarse conscientemente a las cosas que perduran.

Autor: Pere Calders.

 

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El niños raro (2n capítulo)

¿Para qué sirven una planta, una semilla y una conversación con una mujer, quizás imaginaria, y que parece sacada de un cuento de hadas?. Donde radica la energía de cada uno. Por Rocío Sánchez Rivas, Sevilla. Con su música, por supuesto.

Del primer capítulo

La mujer acercó la mano y le mostró una semilla luminosa, parecida a una especie de luciérnaga, y le susurró al oído: -Toma este fruto de la vida, la verdad y la justicia, siémbralo donde otras personas no puedan dañarlo hasta que crezca, cuando dé su fruto cómelo y de ti emanará una gran sabiduría. El niño respondió: -Soy un niño raro, eso dicen todos de mí, no creo que sea posible poder cambiar eso. -Carlos, a veces es bueno ser “raro” o diferente para poder ser sabio, tu destino está escrito.

El niño se quedó pensativo, sin decir nada más se guardó la semilla y se arrodilló ante la mujer diciéndole: -Gracias, lo haré. Ella con una dulce sonrisa se alejó de él con música en cada uno de sus movimientos.

 

Segunda parte

Al llegar a su casa, Carlos pudo recordar que había podido hablar con esa mujer, y se alegró al comprobar que había hablado tan fácilmente con alguien. Se metió la mano en el bolsillo y sacó la semilla. Debía buscar el lugar apropiado para sembrarla sin ser visto por nadie. Al día siguiente lo haría. Esa noche durmió profundamente. En sus sueños vio de nuevo a la mujer señalando una casa abandonada cerca del pueblo. Él conocía ese lugar. ¡Sí!, sembraría allí la semilla.

Al amanecer, antes de que los habitantes de Esmeralda despertaran, fue a la casa abandonada, salto la verja y vio el lugar exacto donde tenía que sembrar la semilla, en un rincón donde no había ningún yerbajo.

Todos los días,  Carlos se dirigía a la casa para ver como crecía la planta. Siempre iba junto a su fiel amigo Rufo, que lo acompañaba con gusto moviendo el rabo donde quisiera ir, y agradecía cualquier caricia que su amo le regalara. En pocas semanas, de la pequeña semilla creció una planta de un color verde intenso, con débiles ramitas, de las cuales colgaban unos frutos parecido a las uvas negras, pero de inferior tamaño, con una textura blanda y esponjosa. No sabía cuándo tenía que comerlo, pero su instinto le decía que esperara. Pasaron varios días y volvió a soñar. Ya era la hora.

Miró a la planta delgada, pero repleta de frutos, cogió uno y se lo comió. El cuerpo le quemaba por dentro, quiso escupirla pero ya era tarde, el fruto germinaba en su ser, lo notaba, sentía su sangre hirviendo en las venas, el cuerpo lo tenía completamente entumecido. ¿Era todo producto de su imaginación? No, no, era insoportable, moriría. Pero no fue así, poco a poco se sentía mejor, aún respiraba jadeante, pero era otra persona, eso pensaba.

Al saltar la verja, de regreso a casa se cruzó con dos niños del pueblo, los que siempre se burlaban de él. El más alto le dijo:

-Hola niño raro. ¿Sabes decir hola, o eres tan torpe que no sabes pronunciar esa palabra?

Carlos, sin entender como salían esas palabras de su propia boca, le contestó:

-¿Cómo quieres que te diga hola, si tu saludo no será verdadero, sincero?. Es una burla hacia mi persona, que ni siquiera os habéis molestado en conocer.

Ahora era él quien había dejado sin palabras a los dos niños. Se alejó de ellos con gran satisfacción por lo que acababa de hacer.

Desde aquel día Carlos era otra persona, hablaba con todo el mundo, reía, hacía una vida normal como cualquier niño de su edad. Sus padres no daban crédito al cambio repentino de su hijo, se enorgullecían al ver lo sociable que se había vuelto con sus vecinos. El profesor de la escuela decía que sin duda Carlos, tenía un futuro brillante y estaba dotado con una gran inteligencia para poder ser en la vida lo que se propusiera.

Pasaron los años y fue el sucesor del Alcalde de Esmeralda. Era muy apreciado en el pueblo por su cercanía y amabilidad hacia las personas.

En las fiestas regionales organizó un evento de entrega de premios a la mejor cosecha del año, y estaba dando un discurso de agradecimiento cuando, a lo lejos pudo ver esa luz de antaño que le había cambiado la vida, en el mismo lugar donde la había visto por primera vez. Sentía gran curiosidad, quería volver a ver a la mujer de extraña belleza que tanto le había regalado. Al terminar su discurso se encaminó hacia el viejo olmo, en el mismo sitio, con el mismo aspecto, en todos esos años no había envejecido. Y allí estaba ella. Ahora la veía aún más radiante, desprendía luz por su rostro, por su ropa. Carlos dijo:

-Gracias buena mujer por haber hecho de mí lo que soy, el fruto mágico me dio todo lo que me faltaba en la vida.

Ella respondió:

-El fruto que comiste era la llave de la puerta cerrada en tu interior, lo que eres ahora salió de ti, te ayudé a tener confianza en ti mismo y que aflorara la persona con gran sabiduría que estaba oculta dentro de tu ser.

Carlos lo comprendió. Todos esos años había estado equivocado, pensaba que el fruto le había dado vida y sabiduría, pero no era así, era él quien tenía la sabiduría pero necesitaba un estímulo para sacarla a la luz.

Y la mujer siguió alejándose con música en sus pasos.

FIN

 

 

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A ti (y lo digo todo)

El valor de las cosas no está en el tiempo que duren, sino en la intensidad con que sucedan. Por eso existen momentos inolvidables, cosas inexplicables y personas incomparables. Incluso en Facebook. Es así de sencillo aunque nos empeñamos en complicarlo todo.

Un relato de Cristina Jiménez-Buil (Madrid)

Relato con música

 

A ti, que sin saber quien era un buen dìa decidiste añadirme en tu lista de contactos…

A ti, que sabes que tengo defectos y errores…

A ti, que sin importarte quién soy, cómo soy ni de dónde vengo, me abriste tu corazón y me brindaste lo mas preciado que un ser humano pueda dar, “su amistad”…

A ti, que sin saber si estoy triste o feliz, me envias tus mensajes, los cuales muchas veces me hacen sonreír en momentos en los que quiero llorar…

A ti, que me llamas “amiga”, que me envías etiquetas, imágenes, besos, abrazos y mensajes…

A ti, quiero decirte “gracias”; gracias por estar en mi vida.

 

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Mi verbo

Existen verbos en nuestro cada vez menos extenso lenguaje que siempre habrían de estar en la punta de nuestra lengua. Amar, sentir, querer, soñar, discernir, crear, imaginar, meditar, seducir,  cautivar, atraer, encantar, rondar, fantasear, idealizar, entender, disidir, cortejar, cautivar, arrebatar, maravillar, ensimismar, volver, perdonar, indultar, concebir… son verbos que no solemos emplear en nuestra conversación cotidiana. El vértigo de la vida cotidiana y de las nuevas tecnologías han reducido nuestro habla a unos cuantos términos que devienen casi automatismos que no van más allá de la simple expresión de un compromiso a corto plazo que rara vez es sinónimo de un deseo: ¡te respondo con un correo electrónico!; ¡ok!; ¡ a las seis!. ¡te veo!. ¡te hace unas birras!. ¡El twitter se ha blokeado!… ¡Ay!, si Machado o Lorca levantasen la cabeza.

¡Reivindicar!. Qué verbo tan bonito y qué verbo tan desgastado, tan distorsionado. Reivindicar no siempre es – ni ha de ser- sinónimo de una actitud beligerante, ni una exigencia, sí una reclamación de lo que es y debe ser nuestro: el amor, el sueño, el deseo, la justicia, la paz, el sosiego, la vida, en definitiva. Cómo me gusta la quinta forma del imperativo afirmativo de este verbo: “reivindicad”, reivindicad que queréis ser felices y alegres, que queréis amar y desear, que queréis sonreír y disfrutar, que queréis, incluso, ser niños y jugar.

Un relato sobre un verbo que lleva a un mundo posible inspirado por Maite Arbonés, de Lleida. Un relato “nunca confuso” con música:

Reivindico el derecho de amar,

el derecho de amarte y desearte,

el derecho de ser amado.

Revindico el derecho a pensar en ti y a soñar,

el derecho a estar a tu lado, sí, el derecho a verte, a oír tu voz, a verte sonreír,

el derecho a verte alegre, el derecho a verte feliz, a mirarte.

Revindico el derecho a ver pasar las horas junto a ti, a reír y a disfrutar.

Revindico el derecho a ser un niño y a jugar,

el derecho a estar triste,

a estar alegre,

a tener corazón,

Revindico el derecho a sentir, a respirar, a tener amigos y a quererlos.

Revindico el derecho a la libertad, a la justicia, a la paz y al sosiego.

Revindico el derecho a esperarte, a soñar y a vivir.

 

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D-E-L-E-T-R-E-A MI NOMBRE

Decía Khalil Gibran, acertadamente: “debe haber algo extrañamente sagrado en la sal: está en nuestras lágrimas y en el mar”. ¿Lo sabíais?. ¡Cuantas cosas desconocemos!. O si las conocemos, las ignoramos. La felicidad se hace de pequeños momentos, como de pequeños momentos están construidas las relaciones cuando las mimas, las trabajas y les das tiempo y reposo. Lágrimas de alegría, también de tristeza. Lágrimas que manan de la propia vida. Una vida que, a veces, duele al punto de las lágrimas, lágrimas que nos devolverán al mar del tiempo.

Alma Ballesteros, desde Murcia, nos indica el lugar, nos pinta el cuadro, y nos escribe unas palabras… donde el sueño linda con la vida. Relato, como siempre, con música. Don’t go breaking my heart .

DELETREA MI NOMBRE Y HAZ QUE TU VOZ SE CONVIERTA EN MARIPOSA. DEJA POSADA TU MANO EL EL BORDE DE MI ALMA Y DIBUJEMOS CON TUS LETRAS UN MAR DE VERSOS; Y UNO A UNO, SERÁN LA SAL DE LA AMISTAD DEL TIEMPO ETERNO… 

 

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Según un estudio…

En el mismo rincón de siempre, en la misma mesa de siempre, la número uno, bajo un retrato del señor Erausquin y una foto antiquísima del café, se encuentra el señor Miquel Quintana. Es como si siempre hubiera estado ahí. Le llaman el profesor. En realidad, tiene aires de viejo profesor, viste como un viejo profesor, fuma como un viejo profesor, rezonga como un viejo profesor, piensa como un viejo profesor y habla como un viejo profesor.

El profesor Quintana me mira como a un loco patético. Me siento a su mesa. Siempre que puedo, lo hago. Charlar con él, ni que sea unos minutos, es un asunto de muchos quilates. Es hombre maduro, de rostro noble, ademanes pausados y tono firme en su voz.

Levanta ligeramente la cabeza, con la mirada segura y la barbilla un punto erguida, y me escruta por encima de sus anteojos, hábilmente sujetos en la punta de su nariz, como el maestro que está a punto de administrar la lección al alumno. A veces me recuerda a un tío mío que fue inspector de municipal de aves y gallineros, de adusta actitud y garantía de eficacia en su labor.

Según estudios elaborados por expertos de todo el mundo, se confirma que hoy es 18 de diciembre,- me anuncia cual conferenciante desde el atril del escenario más excelso.

Ya estoy más tranquilo, profesor,- le respondo como el alumno que intuía el dato pero aún no lo daba por totalmente cierto.

El profesor reduce su voz, con humildad. Piensa. Sus labios cerrados se proyectan como en un beso. Hace una pausa. Abre los brazos en gesto evangélico. Segunda pausa. Mira lejos, a través de la ventana. Seguro. Sopla ligeramente. Sonríe. La voz se torna más suave, si cabe. Muestra sorpresa en su mirada. Con energía, piensa. Tajante, dice:

Mi joven amigo, el hecho de que estemos despiertos no quiere decir necesariamente que estemos vivos. 

Daría todo lo que sé por saber la mitad de lo que conoce el profesor.

Un relato, con música, de Miquel Quintana (desde un rincón en Sant Cugat del Vallès -Barcelona- y Goyo Martínez, en otro rincón de Mollet del Vallès -Barcelona-).

 

 

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