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DECÁLOGO DE PENSAMIENTOS CASI ÚTILES PARA MALOS MOMENTOS

En una ocasión, para mi fortuna, el viejo de la imprenta me sorprendió intentando gritar ante un espejo. Quería gritar y no podía. Maldije a aquel que se manifestaba en el espejo. Me pareció ver la silueta de alguien que se insinuaba más que enseñaba, perdido en su búsqueda de un territorio propio.

Era la silueta de alguien que se ahogaba de sed, que agotaba todas las posibilidades de experimentar los cientos de estados de ánimo que podía  manifestar y luego rompía a llorar. Me vi el espejo y me dije: solo soy un hombre de barba rala y ojos tristes y el resto, un cuento chino, cuando no una tragedia griega. Sentí miedo, un miedo indefinido, infinito. Sospeché que comenzaba a metamorfomearme.

– Disculpa, querido viejo, ¿ son iguales todos los espejos ?

Como si el asunto no fuera con él, como si la cosa fuera la más sencilla del mundo, el viejo me invitó a mirarme otra vez en el espejo. El pánico adensó. Por momentos, sentí que hablaba a mi sombra, al negativo de mi mismo. O peor aún, a un fantasma. El viejo acercó una vela encendida y espetó, ¿ qué ves ?

En ese momento callé. Aún con el cuerpo empapado de temor, reuní el coraje suficiente y estudié mi propio rostro frente al espejo que parecía romperse, como si fuera otra persona. Por fin, observé trazos de lo que no quería ser, visos que difuminaban la figura que sólo se atrevía a insinuarse.

El viejo apagó la vela. ¿ Qué ves ? Dime si es una persona o un monstruo.

– Persona -, susurré.

– ¿ Sólo una apocada persona que susurra o una persona que le grita a la vida, y la celebra ?

– ¡ Una persona ! – exclamé, casi vaciándome.

– Dime si es alguien sincero o toda una mentira.

Medité la respuesta. El viejo encendió de nuevo la vela. Vi a alguien que no era sincero incluso cuando decía que no lo era. Alguien que no podía ser lo que era, alguien que, incluso, no podía decir que estuviese en desacuerdo con el otro… Nuevamente, apagó la vela. ¿ Dime qué ves ? ¡ Lo vi !.

– Alguien que quiere dejar su huella con profunda sinceridad, que quiere cruzar barreras y le recuerde así la humanidad. Alguien que promete sinceridad, aunque no imparcialidad.

A continuación, el viejo encendió todas las luces posibles de la casa. Iba como un loco de aquí para allá, encendiéndolas y apagándolas. Dime, ¿ lleva una sonrisa en la cara o una simple curva ? Miré al del espejo para ver qué hacía y comprobé que llevaba una sonrisa, como el escocés que descubrió que una sonrisa es más barata que la electricidad y da más luz.

Luego, ya en calma, con la casa a oscuras y la vela humeante, el viejo me presentó a la figura del espejo que parecía cobrar vida para saltar de él y gritarle al mundo su presencia.

– ¡ Hola !, mi querido joven. Soy tú, y estoy encantado de conocerte, – dijo la figura a modo de jovial saludo. Llevaba puesta una sonrisa de gigante. No era una sonrisa pintada ni retocada con uno de esos mentirosos programas informáticos. Era, simple y genuinamente, sincera. Tampoco era un rostro pactado ni había impostura en su postura. Le estreché la mano y me respondió: ” el agua para hervir necesita vapor y yo, para vivir, te necesito a ti…”

El Café Romantic presenta un original decálogo de la rica y profusa imaginación de Mercè Roura, la periodista de Badalona. Imagen con música: Un nuevo día brillará, Luz Casal.

Todo se hunde, pero es sólo en tu cabeza. Allí habitan los grandes peligros y las grandes ocasiones para todo. Tú mandas, tú diriges tus pensamientos… Tú escoges si vas a ser la protagonista o a mirar tu vida desde la platea. Eres lo que piensas que eres. Piensa bien.

-Te pongas como te pongas, mañana vas a tener que levantarte y plantar cara, mejor que esa cara esté en buenas condiciones. Mejor que te vean radiante. Que sepan que te recompones cada día. Que eres resistente. Cuanto mayor sea la tragedia, mayor la sonrisa. Hazlo por ellos pero, sobre todo, hazlo por ti. Estás mal ahora, pero no estás sólo

-No te avergüences. Acabas de pegar un grito horrible, pero no eres esa persona con cara de caimán en la que te has convertido mientras te enfurecías. Ni tampoco esa que todo lo traga después de una tarde plácida. No eres una hiena, has tenido un mal momento. Si quieres, puedes poner el contador a cero desde ahora. No vivas del pasado más que para aprender de él, no dejes que te atormente. No te obsesiones con el futuro. Vive el presente. Tú vida empieza ahora… Después del grito… Y la próxima vez que vayas a transformarte, si puedes, avisa.

-Equivocarse es maravilloso. Tu imperfección te hace perfecto para cometer errores. Estás diseñado para ello porque es necesario y básico para vivir. Fastidiarla es la única manera de saber escoger entre el grano y la paja. No hay fórmulas de éxito, no hay caminos correctos. Equivócate sin complejos, no dejes de hacer nada por miedo, vergüenza o sentido del ridículo.

-Porque… ¿Crees que has hecho el ridículo? ¿ante quién? ¿te esconderías en los confines del mundo? ¿te sientes feo, absurdo, desgraciada, cansada, revuelta, indigno? No lo piensa nadie más que tú y si lo hacen es su problema. La ridiculez está en tu mente, has aprendido a creer en ella… Haz el ridículo. Hazlo cada día hasta que se te olvide si lo haces o no y pierdas el sentido… Hasta que no sepas donde está la cordura o la sensatez. Hazlo como ejercicio, no importa cuanto tiempo dure el experimento mientras te seas siempre fiel.

-Ilusionarse es una droga. Tenla en vena siempre. Sé adicto a las ganas y al entusiasmo. Es el material para fabricarlo todo. Tal vez hoy has visto cosas que te han puesto los pelos de punta y has tragado injusticia y desidia, por eso vas a necesitar una ración extra de pasión para mañana. Para llegar más lejos, para mejorar esta versión de ti que aún tiene miedos, pero que busca justicia. Muévete, haz, no te quedes quieto que te oxidas. A medida que andes, el camino se irá dibujando ante ti.

Vas a tener que correr riesgos. El mayor de ellos pero el más necesario ser tu mismo. Y eso encandilará a muchos y levantará ampollas en otros. Sigue, eres lo más auténtico que tienes para vender. Lo único. Asegúrate de que sabes quién eres y qué quieres. Busca lo que te hace distinto. Y lánzate.

Sé honesto. No vendas humo. Vende tus ganas, tu talento. Que no te pillen intentando ser quién no eres, ni soñando con cabeza ajena. Si no te gusta tu circunstancia cámbiala. Si de momento, no puedes, píntale las paredes de colores vivos a la celda, que parezca un campo de oportunidades.

Aférrate a los tesoros que posees. Agarra lo bueno de la vida y siéntete afortunado. ¿Amas? ¡Menuda suerte! Eso es lo más grande. Hazlo con toda la intensidad de que seas capaz, pero siéntete libre. El amor es libertad y al mismo tiempo entrega. Recuerda, tú no mendigas amor. Nunca. No te quedas con las migajas, te comes el pastel porque te lo mereces todo. Y lo das todo. Quiérete mucho.

Perdónales, pobrecillos. No saben, no pueden porque no quieren. A menudo no llegan porque su rencor es una barrera. Merecen más compasión que desprecio. Tú si puedes, olvida. Lo más seguro si quieren fastidiarte es que vivan pendientes de ti… Libérales ignorando sus miradas.

 

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¿Para qué sirven las palabras?

“Estamos hechos, sobre todo, de palabras”, escribió un día Millás. Empleamos la mayor parte de nuestro tiempo hablando, aunque no siempre sabemos emplear este tiempo.  

Alguien dijo “lo que dices, recibes.” La palabra que pronunciamos en cada momento tiene el poder de cambiar las circunstancias. Con la palabra podemos dar felicidad o herir a alguien. Con la palabras podemos exaltar o difamar. Con la palabra podemos construir o destruir. 

Y buscamos el secreto de las palabras porque estamos hechos de ellas. Como decía Millás, “si el mundo estuviese hecho de harina, querríamos conocer los secretos de la harina; si de huevo, los secretos del huevo; si de plastilina, los de la plastilina. Nosotros estamos hechos, sobre todo, de palabras”, desde que nacemos, en que nos toman en brazos y nos comienzan a amasar con palabras, hasta que morimos, en que las palabras, aún inconscientes, son sedan hacia un eterno y pacífico viaje.

Como siempre defendemos en el Café Romantic, amanecerá y anochecerá, y lo demás está por decir y por escribir.

A propósito de la llegada del otoño, en que todo ocupa su lugar habitual, Mercè Roura (Badalona) nos propone el reto de buscar palabras porque es tiempo de decirlas y escribirlas. Sólo “paraules d’amor…”

 

Siempre he pensado que el otoño es un momento de sosiego, de calma. Un espacio de tiempo en el que se pone la pausa al desenfreno del verano y se empieza de nuevo. Se caen las hojas ya caducas, se afilan los lápices, el sol se atenúa y la lluvia barre los excesos.

En otoño el aire fresco revitaliza el pensamiento y aviva el seso, calma las ganas de gresca … sacude las molestas perezas. La máquina se pone en marcha, se abre la libreta nueva e inmaculada y se apuntan nuevas ideas, se dibuja una hoja de ruta… se busca un destino.

En otoño se sacan los cubrecamas y se cierran las ventanas. Se recoge uno pronto porque anochece antes, se busca el libro y se empieza a añorar la estufa. Todo en otoño ocupa su sitio habitual, cada bestia vuelve a su jaula. Se recuperan por el camino las mismas caras de siempre pero esta vez se miran con ganas, por desuso. En esta época se recuerda una historia en cada peldaño de la escalera, en cada palmo del camino… en cada arruga que te surca el rostro… Es un momento para pensar en lo que se ha sido y reconstruirse, buscarse de nuevo con una versión mejorada. En otoño se busca la palabra, se da la mano, se cierra el pasado y se camina sin mirar atrás. No se buscan excusas ni espejos que nos recuerden lo que fuimos porque el presente nos arrastra con fuerza. En otoño se sacude el miedo de la falda y el polvo de la risa y se empieza una nueva rutina, pero esta vez con ansia y empeño. Estamos en un mundo falto de ganas, falto de risas…

Es el mejor momento para aspirar aire limpio, llenar los pulmones y enfrentarse a las batallas pendientes. Y ganarlas con palabras y guiños. Porque aún no estamos ateridos por el frío del invierno pero ya no nos hierve la sangre alterada en verano. En otoño todo vuelve a su sitio. Los cansados se sientan donde siempre, los tristes lloran sus amarguras pendientes y los alegres bailan, mientras los inhibidos observan desde sus ventanas. Los acompañados se miran y los solos buscan miradas. Los inteligentes piensan y los listos traman. Los niños se tapan las rodillas llenas de heridas con pantalón largo y los ancianos se cubre la espalda. Los que sueñan buscan sueño y los quejosos buscan drama. Los que odian se consumen y los que aman buscan esperanza. En otoño los valientes tienden la mano y buscan palabras y los cobardes callan. Siempre callan.

Ando buscando, ahora que el otoño se cierne sobre nosotros, algunas palabras. Mi página está en blanco. No quiero perderme en páginas ya escritas ni antiguas batallas.

El otoño es tiempo de propiciar acuerdos. Tiempo de charla. Nunca tiempo de silencios, tiempo de palabras.

 

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El Quiosco / Deja de ser un gusano

No es una novedad. La periodista de Badalona Mercè Roura nos sorprende una vez más por el acierto en sus análisis, por su forma de ver las cosas, por su mordacidad. ¡Deja de ser un gusano!. Lo haremos, Mercè.

 

Cambiar es difícil. Para hacerlo es necesario superar el miedo y cerrar los ojos antes de lanzarse sin red al vacío. Aunque no es algo que hagan solo los valientes, lo hacen también los hartos. Los que tras levantarse mañana tras mañana, se sienten embudos… ven que nada les llena. La cara se les queda mate y la boca les hace mueca. Tal vez tienen una vida de manual pero cuando caminan por la calle sueñan, visualizan otro recorrido y notan en su pecho una chispa de felicidad, aplacada inmediatamente por un choque frontal contra la cotidiano. Una punzada fugaz, diminuta, pero suficiente para recordarles que existe un mundo distinto. Hace falta estar muy cansado de estar cansado para dar un vuelco a la vida y dejarse llevar. Hace falta ser valiente para soltarse de la cuerda que te ata a la rutina cómoda y gris, una especie de cordón umbilical asido a la mediocridad y el miedo. A veces no damos el salto porque nos gusta más el puro ejercicio de soñar que lo soñado, nos gusta el riesgo calculado, el peligro mínimo para que luego todo vuelva a su cauce… pero los límites cada vez se alejan… y nuestras ansias cada vez son más omnívoras. A veces la ansiedad de soñar sin tocar su sueño se hace insoportable…

Pasar por el camino de siempre es fácil, no mutar es la opción más llevadera. No supone sobresalto, no conlleva riesgo ni sonrojo. Para cambiar es necesario un esfuerzo titánico, un continuo devenir de emociones y pequeños pánicos… levantarse del sofá y abrir la puerta a la vida. Y lo que hay tras la puerta asusta… aunque revitaliza, rejuvenece… ilusiona. Sólo cabe decidir si esa ilusión inmensa compensa el riesgo de salir del nuestro mundo habitual, cómodo y clorofórmico, para dar el paso.

No todos los que soñamos con cambiar lo hacemos. Algunos se conforman con el sueño, se excitan con él y luego vuelven a su vida calculada. Algunos cruzan la línea para dejar de ser gusanos y convertirse en mariposas. El proceso es duro. Es una gestación larga, que requiere esfuerzo, intensidad… arrojo. El gusano mutante a menudo se mira en el espejo y se pregunta despavorido cómo ha sido capaz de estar en el proceso, siendo gusano… cómo osa pensar que podrá ser mariposa. Siente que quizás un enorme castigo caerá sobre sus espaldas por la soberbia de aspirar a brillar, lucirse… soltarse en el cielo y mostrar las alas. Y si no lo consigue, cómo va a contar a los demás gusanos que jamás sueñan que el intento salió mal. Le llamaran gusano loco, le mirarán con recelo… y peor aún… se mirará a si mismo con amargura.

Sin embargo, el gusano mira en el fondo de sus ojos y ve una chispa, un fogonazo brillante que le recuerda que por encima de todo, aunque al final no pueda… quiere… y que esa pasión es tan intensa que no puede resistir dejarse llevar. No puede cerrar la puerta y pasar el resto de su vida pensando que no será mariposa con cara de gusano asqueado y triste. Sentado en un rincón, pensando que se consume sin haber nacido.

Vuelve a la tarea y continua mutando. Al cabo de unos días entre el amasijo de capas que cubre su cuerpo, se dibujan unas alas. Son extremadamente finas, aún sin color, sin fuerza… pero le confirman que, ahora ya lo sabe, dentro de sí hay una mariposa.

Entonces se da cuenta de que lo que sería realmente una locura es no haberlo intentado. Sin importar que nunca le salieran las alas…

 
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Publicado por en 15/09/2012 en el quiosco, la barra del café

 

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El Quiosco del Café / Contra la cultura de la resignación

Por Mercè Roura, periodista, persona, mujer y humana ( de Badalona)

No nos educan para querernos. Ni en la escuela ni fuera de ella. Muchos maestros, de esos que educan personas y no se dedican solo a trasmitirles conocimientos, lo intentan. Nos explican que tenemos que respetar a todo lo ajeno, las ideas y las personas… pero esa semilla a veces no llega a germinar.

Aleccionamos a nuestros hijos con pautas, muy necesarias, y rutinas, muy básicas… pero deberíamos enseñarles a ilusionarse, a poner en marcha un mundo en el que todo depende del grado de emoción y pasión que le pongamos a las cosas… un mundo en el que el esfuerzo tiene una recompensa que dura siempre, el amor propio.

Deberían educarnos para tomarnos la vida con ganas…

Encontrar la dignidad que te da respetarte a ti mismo y mirar el camino recorrido y saber que ha sido duro, angosto, agotador… pero que ha sido nuestro. Enseñarnos a disfrutar ese trayecto y valorar lo que en él se aprende, sus lecciones más dolorosas también… las que te quedan retenidas en ese pedazo de ti que no tiene ubicación física pero que te rige la necesidad de mejorar.

Deberíamos educar a nuestros hijos para ser pastores y no rebaño. Para ser líderes y no masa. Para conformarse y adaptarse pero sin resignarse. Para que sueñen con elegir sus destinos y no con dejarse llevar y agazaparse en un reducto gris y sin estímulo. Enseñarles a quererse más… apreciando lo que ya poseen y valorando lo que les rodea… y sobre todo, enseñarles a soñar y madurar lo suficiente para soportar no siempre conseguir lo soñado… y no rendirse y continuar y caer y levantarse y al día siguiente ser capaces de buscar nuevos retos sin más ansia que superarse pero sin el agobio de competir con uno mismo… el peor juez y verdugo siempre mora en nosotros…

Deberían educarnos para levantar imperios, pero edificados en el respeto y las ganas de cambiar el mundo. Mostrarnos cómo guiar y liderar y no cómo escabullirse de las responsabilidades y esperar en una esquina a que otros abran paso.

Deberían decirnos que nunca se sabe cuántos pasos hay que dar para llegar a una cima y que después de esa cima llega otra y que lo mejor es lo que recogemos a cada palmo del sendero. Y con quién nos encontramos. Deberían enseñarnos a encontrar personas que nos estimulen, que nos forjen, que nos digan las palabras que necesitamos oír para seguir… no personas tóxicas que nos frenan porque se creen que anclarnos a nosotros les da alas a ellos.

Deberían mostrarnos lo maravillosos que podemos ser y lo mucho que podemos ofrecer y lo más que nos merecemos recibir. Así no nos conformaríamos con menos. No aceptaríamos amigos a medias, amores a medias, responsabilidades a medias… no viviríamos a medias.

Alguien debería decirnos la primera vez que caemos que es un primer paso para alcanzar la meta.

Deberían explicarnos que la ilusión es el motor de todo, el pegamento de nuestra vida. Que es la diferencia entre nacer cada día o morir un poco cada minuto que pasa.

Deberían enseñarnos que la ilusión es la materia básica para generar nuestros movimientos. El material del que se fabrica nuestra vida.

 

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A menudo me siento cobaya (El quiosco del CR9)

Por Mercè Roura, periodista de Badalona.

¡Qué tiempo tan raro vivimos! Un día nos quedamos narcotizados y dormidos mientras el lobo feroz se nos come las entrañas y al siguiente nos hemos convertido en una bestia parda y desalmada. Somos verdugo y somos reo. Hoy damos lecciones de ética y mañana nos las tenemos que tragar porque caemos presos de nuestras palabras.

Nos ha tocado esta racha maloliente y para evitar revolcarse en las heces de esta sociedad contradictoria y desencantada es bueno mantener la cabeza fría y sobre los hombros.

Me cuesta llegar a fin de mes, mucho. La presión que ejerce sobre nosotros esta crisis nos convierte en seres sujetos a espasmo. Medio dormidos, medio rabiosos, con ganas de salir del fango y respirar aire puro… con ganas eternas de partirle la cara a alguien para desahogar nuestra frustración perpetua. Cuesta sacarse esa quemazón de las entrañas y dejar de victimizarse. Cuesta no dejarse llevar por esa marea de quejas y saber qué queremos y quiénes somos, más allá de lo que otros tengan pensado que hagamos.

Lo más más difícil es centrarse y buscar un norte . Nos pasamos el día atomizados por mensajes contradictorios. Vivimos en un mundo falso, falso hasta asquear. Aún hay quien nos engatusa con vocablos pueriles y quiere hacernos creer que la sociedad está dividida entre buenos y malos, que la realidad es en blanco y negro. Estamos siendo sometidos a tanta información y a la vez, profundamente desinformados. Cuesta discernir qué creer, qué certificar… dónde está el grano y dónde la paja incendiaria. A menudo me siento cobaya, me siento experimento.

Caemos también en la trampa de pensar que este tiempo que vivimos es inédito, cuando echando vista atrás podemos darnos cuenta de que los que nos precedieron sobrevivieron a situaciones similares.

No somos los únicos, no tenemos nunca toda la razón, no somos infalibles… pero podemos ser auténticos y libres. Podemos pensar y no dejarnos llevar por falsos oradores que buscan vendernos inventos espantosos y doctrinas cortoplacistas y pestilentes, que quieren usarnos como carne de cañón y parapeto para sus fines. Podemos ser nosotros mismos y luchar por lo que queremos. Eso es mucho.

 

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