RSS

Archivo de la etiqueta: barcelona

UN MERCADO DE OCASIÓN Y MILES DE MUNDOS EN LA ENTREPIERNA DE UNA MUJER

Plaza de Catalunya, esquina Portal del Ángel. Barcelona (aunque podría haber ocurrido en cualquier punto de este sorprendente país).

El mundo al revés, o yo boca abajo. Se ha instalado un nuevo mercado de trastos y otras cosas de ocasión. Una parada promete zapatos para todos. Otra, ofrece mosaicos y vidrieras. Hay un vitral de la Virgen adorando al niño junto a otro más llamativo de Homer Simpson y su hijo Bart. La caseta contigua ofrece zuecos, de todos los colores y formas posibles, todos supuestamente artesanos. Los hay del Barça, del Madrid y del Milán; también descuellan unos zuecos con la imagen del Cristo de Dalí, otros con la Sagrada Familia totalmente construida… No sé si rezar, escupir, maldecir, enamorarme o comer un sándwich…  No sé, la cuestión es sentir algo en el estómago y en el alma que distraigan mi rabiosa mirada y mi colérico pensamiento.

Un universo de romanticismo industrial, hojalata, óxido, obras de diversa y dudosa factura y texturas de todo tipo se abre ante mí, de improviso. Sigo buscando entre miles de objetos, unos más que otros absurdos. Es una experiencia cuasi surrealista que no tenía anotada en mi agenda. Veo cosas nuevas y viejas, lindas y feas, horrorosamente feas. Una señora me ofrece una cartera, o unas gafas, o un juego de pañuelos, o unos calcetines, o unos calzoncillos… tiene de todo y lo que no tiene, promete conseguirlo en un pispás. 

Ahora que recuerdo, necesito un adaptador para enchufar el cargador de mi ordenador. Lo encuentro. Ojeo el producto. Parece original, nuevo. ¡Maldita sea!, “made in Taiwan”. El vendedor me atiende con un evidente ánimo comercial, no exento de un punto de ironía.

            – Este adaptador es universal, te va a funcionar con todo!.

Y le replico:- ¿Me adaptaré al mundo sólo con esto? El vendedor asiente. Creo que me convencería de que tiene un teléfono para hablar con Dios y lograría vendérmelo con tal de ganar unos euros. ¡Vaya con el pequeño trasto, lo que es capaz de lograr!, pienso. Pago entre sonrisas y sigo paseando por el bizarro mundo que allí se ha montado. 

En una parada, una mujer de personalidad y físico estirados, de unos cincuenta años,  emperifollada y emperejilada con sus mejores oropeles, como si fuera a misa de domingo, ojea una mano de cerámica azul para guardar sus anillos, luego un cenicero en forma de cangrejo para las colillas de los cigarrillos que, posiblemente, no fuma, y más tarde un espejo de estilo mejicano para peinar sus cabellos entre lilas y canosos. La vendedora, muy salerosa ella, le intenta colocar también una copa de cristal presuntamente de Bohemia y un vestido de noche con un toque de ola francesa de Cristiano Di-Or. También le podría ofrecer un sofá azul turquesa para sus siestas, una butaca aterciopelada para sus lecturas, una silla Emmanuelle para sus momentos más sensuales, una olla rota, quizás para que no cocine más sus recetas de compota y sirva de adorno en su alacena de su horriblemente decorado comedor de estilo modernista. De la parada también cuelga una cabeza de asno, quizás para alejar los espantos. 

A su lado, en otra parada de venta de camisetas xerografiadas, me llama la atención una joven de piel pálida mal disimulada con al menos siete capas de maquillaje, quizás para que no le queme el sol, pelo teñido hasta la confusión y etiópicamente anoréxica. Más que la chica lo que me llama la atención es su camiseta, de un amarillo limón con un lema en grandes letras negras que vende: “las putas insistimos que los políticos no son hijos nuestros”.

Le pregunto si tiene camisetas con lemas como «Yo odio a Belén Esteban» o «Yo también quiero ser el juez Garzón». No, no tiene. Me ofrece, en cambio, otras con mensajes más o menos originales, más o menos acertados, algunos grouchonianos, siempre reivindicativos: «La esclavitud no se abolió; se cambió a 8 horas diarias». «Vive de tus padres hasta que puedas vivir de tus hijos». «No te tomes la vida en serio; no saldrás vivo de ella». «El alcohol y la maría producen amnesia y otras cosas que no recuerdo». «Hay un mundo mejor, pero es carísimo». «Tengo el cerebro comunicado con el culo. Cada vez que pienso la cago». «Soy vegetariana por eso fumo marihuana». «Mi libertad es infinita y la libertad de los otros comienza donde acaba la mía».«Bienaventurados los borrachos, porque verán a Dios dos veces…». Las tiene en rojo con letras blancas, en blanco con letras rojas, en negro con letras anaranjadas, en naranja con letras negras y una A circulada… todas a diez euros la pieza.

Su causa –me cuenta-, la anarquía, total y absoluta. Me intenta colocar una de sus camisetas mientras tararea una canción que habla de un mundo donde hay caras extrañas, de una belleza un poco despojada, de pieles de ébano de padres indígenas y ojos esmeralda.

Con un acento salpicado de italiano, español y lenguaje 0kupa, me dice que todo es una porquería y que si compra una de sus camisetas, a diez euros la pieza, el mundo será menos puerco y estaré comprando un pedazo de anarquía.

Me marcho a la francesa. « ¡Otro día será, guapa!». «¡Vaffanculo!», murmura. « ¡Ya estoy jodido!», replico.

Encuentro por fin la parada que buscaba. El mundo al revés, o yo boca abajo. Vas tú o voy yo, le digo a mi sombra. ¡Uno de los dos podía ahorrárselo!, contesta. Una caterva de mujeres de distintos aspectos y edades atesta la parada. Están como locas revolviendo ropa. El desconcierto crece y adensa, como un carnaval de pasiones desatadas. Dos muchachitas quinceañeras se sonríen. Al parecer, han encontrado lo que buscaba. Una le muestra una sonrisa de conejo, mostrando tímidamente los incisivos. La otra le responde con una sonrisa de perro, poniendo al descubierto los caninos. Una tercera se las mira y patalea de una manera muy cómica al no encontrar lo que busca. Tras la parada, una mujer oronda y dicharachera pregona con berreos sus ofertas. «¡Reina!, es tela de la buena, del mismísimo Domínguez!», grita a una mujer con un top en las manos y que no acaba de decidirse. La potencial compradora le replica que va de farol. La vendedora le dice ¿quién, yo?. Se entabla entre ambas la misma conversación que tendrían un cangrejo y un alacrán. «¡Digo yo!.  ¡Digo sí!.  ¡Digo no!. Digo ¡Ah!». No acaban de ponerse de acuerdo. 

Todas las mujeres allí apostadas son como pequeñas hormigas de brea. Se mueven de arriba abajo, de izquierda a derecha como si fueran a ahogarse en una gota de agua. Nerviosas, con prisas, estorbándose las unas a las otras para llegar primero a ninguna parte. Hormigas obreras, una ínfima parte de la ínfima parte, que se creen parte entera. Sin rumbo y sin fin, perdiendo el sentido común de la existencia, abrazando el sentido individual de la disconformidad. Hormigas sin hormiguero, sin propósito cierto y sin reina.

Yo, solo con mi soledad, frente a ellas, locas de atas,  me siento como un extraño en un cuento de lobos, bandoleros y contrabandistas. Quizás deba comprar un manual de cómo encajar en la ciudad. Sospecho que me he vuelto cómodamente insensible, un año más, un año menos, a mitad de camino de casi todo, como un San Bernardo, que se lo traga todo mientras la estupidez se reproduce como las hormigas y un montón de chorizos, hijos e hijas de una sociedad chopped, pregonan ofertas de cantamañanas.

Entre sus locas e inquietas cabecitas emerge un cartel que, por lo visto, sólo llama mi atención. ¡Me siento un bicho raro!: «por la compra de tres bragas, regalamos un libro», reza el anuncio.

«¡Que caigan rayos, truenos y centellas!». Observo con el rostro cuarteado, la mente escindida, la palabra acartonada, el pensamiento coagulado. Azorín, Machado, Unamuno, Lorca, García Márquez, Cela, Gala, Marsé… ¡por Dios!, Borges, Neruda, Whitman, Dickens… por unas bragas. No puedo, ni quiero imaginar, en la entrepierna de una mujer todos los campos de Castilla, toda la crónica de una muerte anunciada, ni todas las putas tristes, ni toda la casa de Bernarda Alba, ni todo el manuscrito carmesí, ni los veinte poemas de amor y una canción desesperada, ni a Pascual Duarte y toda su familia, o a  Oliver Twist, a Pepe Carvalho, o al Pijoaparte… Miles de mundos en unas bragas».

Agoto todas las posibilidades de experimentar los cientos de estados de ánimo que podía manifestar y luego quiero romper a llorar. Solo parezco un hombre desesperado y el resto, un cuento chino. Siento que doy asco. Dios me desafía, me llama estúpido y debo responderle. Entrego la crónica y me voy a la francesa. Hoy como ayer, mañana, posiblemente, como hoy.

Fragmento de “La Biblia 2.0. Tomando un gin tonic con Dios”

Con música, con mucho gusto. Phill Collins – One More Night

 

Anuncios
 

Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

EL LEGADO

Ayer durante la cena me hablaba el viejo de la imprenta de la existencia de un Reloj del Apocalipsis o Reloj del Juicio Final. Por lo visto, tras la II Guerra Mundial, y asustados por el alarmante auge del armamento nuclear, la junta directiva del Boletín de Científicos Atómicos de la Universidad de Chicago – siempre la Universidad de Chicago-, creó este reloj simbólico para representar el riesgo permanente de desaparición de la raza humana.

El viejo me contó que, según estos científicos, los humanos estamos siempre a minutos de la media noche, hora que utilizan para representar el apocalipsis. En 1947, año de nacimiento del reloj, colocaron sus manecillas en las 23:53 horas, es decir a siete minutos para el final.

Sin embargo, calculé mentalmente y caí en la cuenta de algo que me pareció injusto: mientras en Chicago, el fin llegaría a las 23:53 h. del 19 de agosto, aquí lo haría a las 06:53h., en Tokio, a las 13:53h. y en la Polinesia francesa ya sería incluso 21 de agosto.

No calculé la hora en Londres. Primero, porque no me importaba demasiado, aunque esa no es una razón de peso. Y, segundo, porque los británicos siempre van a la suya en cuestión de horarios, sentidos, direcciones…, lo cual detesto. Y aún detestó más su arrogancia de que son ellos los que poseen la verdad de lo correcto y nosotros, los equivocados.

En definitiva, el fin alcanzaría a unos cenando, a otros despertándonos, a otros comiendo y a los de más allá, poniéndose el pijama porque alguien, caprichoso, quiso que el ser humano nunca vaya a la misma hora.

El viejo, que a medida que pasan los minutos, las horas, los días, las semanas, los meses y los años ganan en curiosidad – quizás sea por eso que se mantiene viejo-, me explicó que, en cada número del Boletín de la dichosa Universidad de Chicago, y en función de los acontecimientos, las manecillas se actualizan, pudiendo atrasarse o avanzar hacia el fatídico final, como si el hombre tuviese una suerte de poder universal para decidir sobre su destino. ¡ Ilusos !, pensé. El viejo me dio la razón.

En un primer momento, el movimiento del reloj dependía del riesgo nuclear, pero con el tiempo se empezaron a tener en cuenta otras circunstancias como los avances tecnológicos, el cambio climático, los movimientos geopolíticos, etc.

– Dicen – detalló mi querido viejo- que el momento en el que hemos estado más cerca del Juicio Final fue en 1953, cuando EEUU y la Unión Soviética empezaron a realizar pruebas con su armamento nuclear. Nos quedamos a 2 minutos. Por el contrario, la vez que más lejos hemos estado fue precisamente cuando esas mismas potencias, en 1991, firmaron los tratados de desarme que daban por finalizada la Guerra Fría. Estuvimos a 17 minutos.

– Y, ¿ cuándo se actualizó por última vez ?

– El 11 de enero de 2012, que nos dejó a 5 minutos del fin de la Humanidad.

Entonces, ambos reflexionamos en voz alta: si los científicos atómicos de la Universidad de Chicago hubieran leído los periódicos de los últimos días, semanas, meses… hubieran tenido que sacar números especiales de su Boletín cada día, adelantando y retrasando varios minutos las agujas reloj acercándolo al fatídico momento.

Ayer, sin ir más lejos, porque si lo hacíamos el reloj podría volverse loco, conocíamos que Egipto, por enésima vez, está al borde de la guerra civil – si es que no lo está ya, al menos en la hora de la Polinesia francesa-; que nos acechan los “lobos solitarios”, los yihadistas que combatieron en Siria y que han regresado sin otra ambición que matar porque si no, son como chimeneas en verano; que un soldado americano se puede pasar la vida en prisión por revelar secretos – un nuevo ejemplo de la estúpida democracia estadounidense-; que el nieto del Rey de España, Pablo -no citamos aquí su apellido porque la criatura no tiene la culpa de tener el padre que tiene- aún está enfadado porque su primo, el indomable Froilán – ¡ vaya familia !- le intentó ensartar con un pincho moruno, y que, trescientos años después, España y Gran Bretaña aún andan a la greña por un peñasco – con nuestras disculpas y respetos a los gribaltareños-.

Y, por si fuera poco, políticos, obispos y arzobispos no dejan de hablar de la vida de los demás, de cómo deben llevarla, de cómo deben vivirla, como si la suya fuera la única vida posible.

No queremos ser pájaros de mal agüero ni tampoco pretendemos dar la razón a los mayas, pero anoche nos pareció oír los cuartos – toc, toc, toc, toc…- que anuncian un nuevo fin. Sin embargo, hicimos una llamada a los científicos de la Universidad de Chicago, a eso de las 23:53h, para comunicarles que Alemania ha creado un “tercer sexo”, que han descubierto un astro extrasolar del tamaño de la tierra y cuyo año solo dura ocho horas y media, y que el Gobierno de España – ¡ canallas !- se gastará más de 214.000 euros para restaurar la fachada del Valle de los Caídos -sus caídos-, según un contrato que adjudicó el pasado 18 de julio, día del Alzamiento de los bastardos franquistas… Con noticias como éstas, era necesario retocar la hora del reloj, les dijimos a los científicos estadounidenses.

El Café Romantic presenta un breve relato de Luisjo Goméz, de Barcelona, extraído de su libro “El legado del Valle”, escrito a cuatro manos con Jordi Badía. La obra relata las investigaciones de Arnau Miró en torno a la muerte del único familiar vivo que le quedaba, su tía María. La mujer ha muerto en extrañas circunstancias en su casa de la Vall de Boí (Lleida) donde guardaba un objeto que podría cambiar la historia de Occidente para siempre. Las ansias por destruir este misterioso objeto, han provocado centenares de muertes a lo largo del último milenio, siempre con la pretensión de conseguir que la humanidad no llegue a conocer nunca lo que ellos llaman “Legado”.

Imagen con música: U2 – With Or Without You

“Me senté sobre los restos de muralla que, callada, parecía evocar grandiosas epopeyas. Por vez primera sentí cómo entre las juntas de sus piedras rebosaban aún sangre y leyenda: el eco de una lejana historia olvidada en el tiempo que llamaba con insistencia mi atención, para regresar de un silencio secular… Tanta sangre, tanta sangre…Demasiada religión en el mundo para que los hombre se maten entre sí; no la suficiente para que se amen…”

 

Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

” ESCRIVIVIR “

 

– ¿Adónde vas tan intranquilo?, mi querido y joven amigo.

– ¡ Al gramático !

– ¿ Y, eso… ?

– ¡ Me duele la vida… no encuentro palabras !

– ¡ Pero… !

– No hay peros que valgan; ¿ no vas tú al médico cuando te duele algo?

– ¡ No siempre !… Tú deberías ser tu propio gramático.

– ¿ Alguna idea ?

– ¿ Para qué escribes ?

– Para mantenerme cuerdo en el fino alambre de la vida;  para que la muerte no tenga la última palabra, y mantener vivos a los muertos; para descubrir que no me he convertido en la persona equivocada; para saber si estoy hecho de palabras; para expresar que, a veces, no hay palabras; para vivir la vida de las palabras tras darles vida; para apagar el fuego del odio y avivar el afecto del mundo; para curar, tanto como la medicina; para endulzar los momentos, como el azucarillo; para repetirme a mí mismo, como si a través de algún conjuro, las palabras, a la vez tan cargadas y tan extrañas, pudieran revelarse a sí mismas; para congraciarme con la vida, como chocolate que seduce, goloso, dulce, antidepresivo…

– ¡ Ya brotan ! –

– ¿ El qué ?

– Las ideas. ¡ Ya fluye !

– ¿Qué fluye ?

– ¡La inspiración !

– ¡ Piensa !

– ¿ En qué ?

– ¡ En nada !

– ¡ Cierra los ojos !

– ¿ Para qué ?

– ¡ Para ver !… ¿ Qué ves ?

– ¡ Sueños !

– ¿ Y qué sueñas ?

– ¡ Palabras, palabras que vuelan !

– ¿ Adónde vas ?

– A escribir para vivir: escrivivir.

¿ Y el gramático ?

– ¿ Qué gramático ?…

Como dice el señor Millás: “Estamos hechos, sobre todo, de palabras. Cuando nacemos, alguien toma en sus brazos ese trozo de carne fresca y comienza a amasarlo con palabras. Somos niños o niñas, altos o bajos, feos o guapos, porque nos cuecen en una salsa de adjetivos, pronombres, verbos, adverbios y preposiciones. Un hombre hecho, incluso a medio hacer, es el hijo de, el novio de, el padre de, el amigo de, del mismo modo que es ingeniero o médico o mendigo, además de español, inglés o lituano. Por eso, conviene conocer el funcionamiento de las palabras con la precisión con la que conocemos el de los pulmones”

El Café Romantic os ofrece un breve relato por obra e inspiración de Juan M. Molina Blázquez, de Totana (Murcia), que sabe que el que no sabe, y no sabe que no sabe, es un idiota, un ignorante o un distraído, y también sabe que el que sabe, y sabe que sabe y lo emplea con sabiduría, es el inteligente. Imagen con música.

 

 

 

 

 

 

 

Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

9 DE AGOSTO… Y OTROS 364 DÍAS

He recibido una postal del viejo de la imprenta con decenas de firmas que me felicitan por mi aniversario: Carlos Enrique, Joan, otro Joan, y también un Juan; Cristina, José María y Josep Maria; Manel y don Andrés; Estrella, Mar y Marta;  Anna y Ana y doblemente Ana; Menchu, Luis, el escritor, y Luis, el jurista; Mercè y Mercedes; Alfons y Alfonso; Pau, y Pablo; Carmen, Mary y María; Cati y Mila, y más juanes…

Lo confieso: me embarga la emoción. El cuerpo se me ha aflojado como si en alguna parte estallara una válvula capaz de liberar dos toneladas de aire. Estaba en pie y he vuelto a mi silla, frente al ordenador, con las piernas blandas como gelatina y un pensamiento en la mente, al tiempo reconfortante e inquieto: ¿ un año más, o un año menos ?

La postal lleva varias fechas de un mismo 9 de agosto: 1173, 1483, 1892, 1936… y también apuntes de otras fechas para olvidar: 1939, 1945, 2002…

“Fíjate – me dice el viejo en la postal- a donde hemos llegado desde que se alzó la torre de Pisa, se abrió la Capilla Sixtina, el señor Edison patentó el telégrafo y el señor Owens, negro con el tizón, dejó a los nazis con cara de bobos con sus cuatro oros en Berlín. Fíjate a donde hemos llegado desde que Franco y su caterva de desalmados formaron el segundo gobierno del horror, los americanos lanzaron su segunda bomba atómica y, por fin, dieron descanso eterno en el lugar que merecía a la señora Baartman tras una vida de escarnio circense para regocijo de racistas ingleses y franceses de años de oprobio racista. Era una esclava pero siempre será una señora. Un inciso, y a los guionistas americanos me dirijo: quién les ha concedido la licencia para etiquetar a su presidente de turno como el “líder del mundo libre” en todas sus películas y series de televisión. Me río yo del presidente de turno americano y de su mundo libre.

Mi querido y joven amigo, en este 9 de agosto ¿quién decide cuando acaba lo viejo y empieza lo nuevo ? No es un día del calendario, ni un cumpleaños, ni un año nuevo. No es hoy, únicamente. Lo fue ayer, lo será mañana. Lo es un acontecimiento, grande o pequeño. Algo que nos cambia, que nos da esperanzas. Una nueva forma de vivir y de contemplar el mundo. Lo importante, querido mío, es saber que siempre se puede volver a empezar. Aunque también es importante recordar que, entre todo lo malo del pasado, un pasado que nunca estará lo suficientemente lejos como para olvidar, siempre hay cosas a las que merece la pena aferrarse.

Hoy, el señor Gaarder (Jostein) me ha presentado al señor Andersen, un serio noruego serio, – y también un serio noruego -, de unos cuarenta años, estatura media y pelo rubio, como la mayoría de escandinavos. No obstante, un par de rasgos dirían que no es de esta tierra: ojos marrones y un semblante decaído, abatido diría yo. Me he tomado el tiempo de pensar que el tal señor Andersen quizás pertenecen a esa rara categoría de seres humanos que arrastran una triste existencia terrenal por la brevedad de la vida y la falta de espíritu.

La conjetura ha cobrado realidad cuando me he enterado de que es biólogo evolutivo. Si uno, como el señor Andersen, tiene cierta predisposición a la tristeza y otros catorce sinónimos que se me ocurren, una ciencia como la biología evolutiva tiene que ser poco recofortante; jodida, diría yo.

Lo sé, mi querido amigo. Quizás ha sido un error. Quizás no deberíamos haber llegado hasta aquí… Pero henos aquí, partícipes de una gran historia, de aquellas que realmente importan, llenas de oscuridad y de constantes riesgos y peligros. Ésas de las que no quieres saber el final, porque ¿ quien nos garantiza que va a acabar bien ?

Pero al final, todo es pasajero. Como una sombra, incluso la oscuridad se acaba para dar paso a un nuevo día. Y cuando el sol brilla, brilla aún más radiante si cabe. La tuya, como la de Carmen, Luis, José María, Ana… -en cualquiera de las lenguas que por fortuna viven-, son historias que llenan el corazón, porque tienen mucho sentido aún cuando con tus 146 años eres demasiado pequeño para entenderlas. Te aseguro que los protagonistas de estas historias se rendirían si quisieran. Pero no lo hacen: siguen adelante, porque todos luchan por algo. Incluso, el abatido señor Andersen…

Felicidades, querido amigo”

Desde el Café Romantic, y con el corazón -porque no sé hacerlo ni decirlo de otra manera-, gracias a todas y todos. Imagen con música. ¿ Bailamos ?

 

Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

Hay tres pianos de cola que buscan quien los toque en Alcalá

Decía Balzac que los cafés eran el parlamento del pueblo. Y si lo decía Balzac, es que así debía ser, pues no se trataba de llevarle la contraria a quien hizo de la competencia con el registro civil un arte, en una comedia muy humana.

El viejo de la imprenta y yo nos pusimos en marcha. Y nos tomamos la vida con humor, y el humor muy en serio. No había urgencias. Deseo, sí. Durante el camino, el viejo me preguntó:

– ¿Oyes?

– ¿El qué?, no oigo nada – respondí, porque de preguntar y responder se trataba el asunto.

– ¡Exacto, nada! – aclaró el viejo, pues de eso también se trataba.

Hicimos las cosas como se hacían en provincias, bien y sin prisas, tanto que incluso nos fiábamos del aire que no veíamos. No éramos lo que teníamos, éramos que lo seríamos. Parecidos pero distintos. No nos preocupaba demasiado lo que dijeran de nosotros; ni siquiera Dios ha logrado caerle bien a todo el mundo. Sonreímos.

– Los caminos del Señor son inescrutables – observé.

– Yo, cada vez, entiendo menos al Señor – sentenció el viejo.

Nos miramos con cara de asentimiento; la historia, nuestra historia, quizás, ha sido escrita a cuatro manos, en un extraño acuerdo, por Dios y el diablo. Ya se sabe que la mejor treta del diablo es convencernos de que no existe y nos dio por discutir a Paulo (Coelho): sí, las decisiones de Dios son misteriosas, pero no, no siempre a nuestro favor.

Y es así que alcanzamos un destino incierto. Dos mil años de historia a nuestros pies. Caminábamos sólos entre la impronta y huella de carpetanos, romanos, musulmanes, judíos y cristianos, descburiendo suntuosas y humildes construcciones, bellos rincones en un excelente entramado urbano medieval, crisol de tres culturas, de tres religiones.

Nos llamó la atención, porque de sorprenderse iba el asunto, un cartel en un café que evocaba aquellos parlamentos del pueblo de Balzac: “tres pianos de cola buscan quien los toque”.

El café cobraba vida en una antigua casa protegida, en la calle del Empecinado, a tan sólo unos metros de la Catedral Magistral y a 6 minutos, ni uno más ni uno menos, de la Plaza Cervantes, según pudimos comprobar.

Distintos ambientes, del más íntimo al más distentido, nos saludaron. Como dejó escrito Unamuno, en esta Ciudad de Dios, del saber, siempre daremos con este lugar, en el que se encontraban gentes porque se citaban, y otros que se citaban porque no se encontraban.

Había uno, al que llamaban Desperdicios, que llevaba un cartel que rezaba, “por favor no me pregunten por mi hermano”. Otros debatían de “sangre y arena”. A su lado, y en una servilleta, un tipo de con aspecto de negociante de los años cincuenta trataba de vender tres toneladas de brea a quien se sentaba a su lado, en una silla en la que no había nadie. Era, ciertamente, un café parlante.

Los camareros se apresuraban a servir, sobre todo, Chartreuse, anises y cafés, por supuesto. A nosotros se dirigió una mujer cuyo rostro adulto permitía adivinar a la niña, a la adolescente, a la joven que todavía llevaba dentro y a la vieja que será. Sin duda había sido, era y sería una niña con piel apergaminada, de aquellas que robaban rosas en jardines de ricos para regalarlas a los amores y a los afligidos. Le pusimos nombre a aquel rostro: Cristina.

Pronto descubrimos que Cristina, como aquel café, se alejaba de todo convencionalismo, una persona única dada a la tertulia, al intercambio de ideas y de idiomas, si se terciara. Nos invitó a colorida jaima árabe, al estilo de un moderno “chill out”, mientras un joven de gafitas redondas y aspecto despistado trataba de reparar una imaginaria bicicleta en un reservado a modo de taller social.

No se veía a nadie ni mohíno ni desorientado, de modo que de allí no surgiría por fortuna una novela de zombis falangistas ni un poemario de naturaleza pornográfica y asonantada que abordase asuntos como la lucha de clases y la pesca. 

Había otro que giraba a nuestro alrededor sin moverse del sitio que le dio por llamar al lugar “nouveau boulevard”, magnífico nombre sin duda, pero a ver quién se atrevía a pronunciarlo tres gintonics después.

A Cristina le dio por pedir un cóctel a un camarero que ejecutaba las suertes clásicas del oficio con conocimiento, pureza y pericia. El secreto del local no estaba tanto en su nombre o decoración, sino en el talento de quien oficiaba tras la barra. Acompañamos a Cristina en la sugerencia: tres dry martini, un plateado prodigio.

Hubo una segunda ronda… Cristina evocó a la gran Dorothy Parker:

– Me encantan los dry martini, pero nunca más de dos. Con tres voy bajo la mesa.  Con cuatro bajo el anfitrión.

De pronto, la noche se tornó silencio, de luna, de plegarias y velas, desconocida y mágica Alcalá…

– ¡Hoy, soy yo, a mi manera, sólo yo, y voy a sentirme bien para honrar la vida…! -proclamó la mujer de aspecto pizpireta, que no tendría más de 59 años ni menos de 59 años. No importaba. En todo caso, hacía 39 años que tenía 20 años, le dijo el viejo, lisonjero, sincero.

Y luego, dentro de otros 59 años, adónde iremos, preguntamos a Cristina.

– A la playa de mi infancia – respondió, segura.

– ¿ Y qué hay allí?

Nos habló de su admirado José Luis (Sampedro). Allí habrá una ambición, la de morir como un río en el mar, notando la sal. Y con nosotros vendrá Gibran porque, efectivamente, debe haber algo extrañamente sagrado en la sal: está en nuestras lágrimas y en el mar.

Los tres pianos de cola ya habían encontrado quien los tocara, en Alcalá. Gracias Cristina, nos encontramos en el camino.

Un relato del Café Romantic, con textos e inspiración de Cristina Penalva y del Café Continental de Alcalá de Henares. Música de “The John Durban theme”.

 

 

 

 

 

 

 

 

Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

¡ SOY MUJER !

Seguiamos en los bosques, viviendo sin prisas, intensamente, sorbiendo todo su jugo a la vida. El viejo de la imprenta evocó a una mujer. Que yo sepa conoció a un millar de mujeres y amó a una y, por eso mismo, – decía-, sabía más de mujeres que el que ha conocido a mil.

– Dime, querido viejo, ¿qué es la mujer?

Con arte declamatorio y gesto rebelado, defendió su teoría:

– La humanidad posee dos alas: una es la mujer, la otra el hombre. Hasta que las dos alas no estén igualmente desarrolladas, la humanidad no podrá volar.

Acto seguido, se encogió y se encerró en sí mismo; no quería volar. Yo me senté a su lado, a esperar el desarrollo del ala.

Ha habido grandes hombres en la historia que han emocionado, pero también  mujeres, como María Zambrano, Chavela Vargas, Nina Simone… y otras muchas que han tenido el valor de decir ‘estoy emocionada y voy a contarlo, aunque sea mujer. No va a pararme nadie’. Y no se han callado y han dado un paso adelante. Han sido mujeres de bandera que han ayudado a las que han ido detrás a abrirse  camino.

Clara Campoamor, política española, defensora de los derechos de la mujer y principal impulsora del sufragio femenino en España, logrado en 1931, y ejercido por primera vez por las mujeres en las elecciones de 1933, fue una de esas mujeres. 

Al defender sus ideas ante un auditorio insultantemente masculino, Campoamor proclamó aún a riesgo de la humillación y el rechazo social y político de la época:

“Defendí en Cortes Constituyentes los derechos femeninos. Deber indeclinable de mujer que no puede traicionar a su sexo, si, como yo, se juzga capaz de actuación, a virtud de un sentimiento sencillo y de una idea clara que rechazan por igual: la hipótesis de constituir un ente excepcional, fenomenal; merecedor, por excepción entre las otras, de inmiscuirse en funciones privativas del varón, y el salvoconducto de la hetaira griega, a quien se perdonara cultura e intervención a cambio de mezclar el comercio del sexo con el espíritu (…) A mi pudiéronme cargarse todos los pecados políticos imaginarios de la mujer, y pasárseme todas las cuentas del menudo rencor. Lo que no espero ocurra es que se eleve una voz, una sola, de ese campo de la izquierda, de quien hube de sufrirlo todo, por ser el único que ideológicamente me interesa, y al que aún aislada sirvo”.

Y es que la mujer sostiene la mitad del cielo, pero sin ella el cielo entero se vendría abajo.

Mila Miguélez, desde Galicia, grita que es mujer y lo ha narrado con extraordinaria sencillez. Hoy, con la música de John Lennon, “Woman”

 

Soy mujer. Serena, loca, tranquila. Apasionada, niña, valiente, querida. Soñadora, cobarde, símbolo, sabia. Muñeca, inspiración, creadora, tierna. Lo soy todo y no soy nada. Pero entre tanto desdén, entre tanta encrucijada, Soy Mujer.

 

Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

Humanos

– Dime, viejo, ¿qué somos?

– Somos lo que queramos ser.

– Yo, quiero ser especial…

– ¡Ya lo eres!

– ¿Cómo?

– Eres especial porque eres corriente. Eres un hombre corriente con pensamientos corrientes que tienes la fortuna de llevar una vida corriente… ¡eso te hace especial!

Lo observé, y más aún.

– Yo, de mayor quiero ser como tú.

La respuesta no se hizo esperar.

– Sólo soy un hombre corriente con pensamientos corrientes, que ha llevado una vida corriente. No me han levantado ningún monumento y mi nombre pronto quedará en el olvido. Pero, según como se mire, he tenido éxito, como muchas otras personas en esta vida. Todo lo que he hecho y dicho lo he hecho con todo mi corazón… y eso, para mí, siempre ha sido suficiente”.

Gracias querido viejo, nunca te olvidaré, y eso para mí es suficiente.

David Creus Carrasco tuvo la inevitable sensación una mañana de enviarme un mensaje, al acabar uno de sus relatos, que decía lo siguiente: “Tú, de alguna manera, con palabras escuetas me enseñas a caminar por el camino de lo que contamos, sin necesidad de complacer al que nos lee. Aunque con la lectura de Cartas de un joven Poeta, uno se da cuenta de que la escritura sólo sale de un lugar. El corazón, con independencia de los conocimientos, el propio corazón nos enseña a caminar por ellas levantando el culo cuando caemos y caminando con paso firme cuando gozamos. La soledad del escritor se une al maravilloso amigo que cada día, frente al ordenador, late dentro nuestro”.

Humanos, de David Creus. Música de Rem “Man on the moon”, un hombre corriente.

 

Desgarramos sin piedad nuestros sueños con el convencimiento de que no somos los protagonistas de nuestras vidas.

Confundimos lucha con valentía, poder con victoria, realidad con circunstancias. Nuestra certeza nos asegura que somos lo que somos sin preguntarnos realmente si sabemos qué somos y qué hacemos aquí.

Humanos, nos vemos tan sólo como humanos. Guardianes de los latidos de nuestros corazones, nos esclavizamos con la obligación de su cuidado diario para que lata en cada despertar. Concientes de que si se detiene, nos mostrará un paisaje desolador de olvidos.

Buscamos sonrisas incansablemente, saciando nuestra sed de felicidad bebiendo en los pantanos de nuestras las lágrimas, con el deseo de deshacer ese nudo en la garganta que sólo se esfuma con el abrazo caliente de alguien querido, hasta conseguir enfriar nuestros miedos para el mañana.

Humanos, somos tan sólo humanos. En nuestro paseo por la vida recolectamos amistades y odios para combatir nuestra propia soledad. Simples tal vez simples, aunque Humanos.

 

 
 

Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

 
A %d blogueros les gusta esto: