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LOS SECRETOS DE LA TABLA PERIÓDICA ( PORQUÉ SÉ…)

El desorden sobre la vieja mesa de madera de la vieja biblioteca del viejo de la imprenta era monumental. Se apilaban libros sobre libros, notas sobre notas, dibujos sobre dibujos, extrañas fórmulas matemáticas sobre aún más extrañas fórmulas químicas. Sin lugar a dudas, seguía trabajando en su sueño. Ya no se trataba sólo de averiguar adónde van los besos que no damos, que nos quedamos. Era también una investigación sobre el amor que guardamos, la sonrisa que no exhibimos o el gesto amable que disimulamos.

Con mi genio en reposo -sólo así se podía afrontar la situación-, me senté frente a su vieja mesa mientras su vieja voz recitaba al señor Boyle. Algo me decía que el qúimico escéptico le había llevado al mayor descubrimiento de su historia. Quizás no era el más deslumbrante descubrimiento ni la mayor ni mejor historia jamás antes conocida o contada, pero era su historia y, creedme, vale la pena conocerla.

” Ciertos cuerpos primitivos y simples que no están formados por otros cuerpos, ni unos de otros, y que son los ingredientes de que se componen inmediatamente y en que se resuelven en último término todos los cuerpos perfectamente mixtos“, escribió en una ocasión el señor Boyle.

– ¿ Y, adónde quieres llegar ?, querido viejo – le pregunté luego de mis intentos por descodificar aquellas palabras que se manifestaban como un galimatías. Casi como la vida misma. Intuía que aquel mensaje tenía algo que ver con la eterna lucha humana por descubrirse y encontrarse. Lo que no podía advertir es la magnitud de su hallazgo.

– ¡ Ay, mi querido, joven e ingenuo amigo ! Los seres humanos siempre hemos estado tentados por encontrar una explicación a la complejidad de la materia que nos rodea. Al principio, pensamos que los elementos de toda materia se reducían al agua, la tierra, el fuego y el aire…

– ¿ Y no es así?

– ¡ En absoluto ! ¡ Si te oyesen los señores Döbereiner, Chancourtois, Newland, Meyer y Mendeleïev te abofetearían y luego pedirían tu cabeza!

Por momentos, temblé. Me imaginé reducido a un elemento en un tubo de ensayo a punto de convertirse en una partícula para dar vida al trabajo de un grupo de científicos con pinta de locos científicos.

– ¡ No somos sólo cloro, bromo, yodo o calcio…! – proclamó el viejo con el mismo estrépito que me sugirió el momento en que Moisés abrió las aguas del mar Rojo.

– ¡ Te equivocas… nuevamente ! – matizó, reduciendo la voz -. Un fuerte viento del este que sopló nocturno fue el causante del retroceso de las aguas del mar Rojo de la forma descrita por la Biblia y el Corán, y no Moisés… Aunque al sufrido Moisés también se le ha de reconocer su valentía y decisión bíblicas.

Luego del matiz, ciertamente esclarecedor, retomamos el asunto pendiente. Porque la vida con el viejo, afortunadamente, es un constante asunto pendiente, aunque ya no urgente. – Si no estamos rodeados sólo de agua, tierra, fuego o aire. Si no somos sólo cloro, bromo, yodo o calcio. ¿ Qué hay más ? ¿Qué somos? ¿ Qué más nos rodea ? ¿De qué estamos hechos?… El viejo interrumpió mi torrencial interrogatorio.

– ¡ El secreto está aquí, amigo mío ! – aseveró entre la exclamación y la emoción, apuntando con el dedo a la tabla periódica como si todos fuéramos fruto de siglos de ensayos reducidos a una secuencia alfanumérica de elementos químicos, átomos, lantánidos y actínidos.

No me sorprendí. Era la misma tabla periódica que, de pequeño, me había causado múltiples dolores de cabeza en la etapa en que sólo soñaba con palabras.

– ¡ La tabla periódica no es sólo la tabla periódica ! – vociferó, gesticulando como un poseso como si hubiera de vender su trabajo porque su vida dependía de ello. Pensé por momentos que había descubierto el elemento 121 de la tabla. Pensé caprichosamente en el 121 porque desconocía a ciencia cierta si la tabla ya contaba con 120 o, como señalaban otras fuentes, quizás ya nos encontrábamos en el 125.

El viejo me arrastró hasta una vieja pizarra en la que se acumulaban sin un aparente orden papelitos con fórmulas, números, letras, flechas… Me sugirió la pared de un criminólogo enloquecido, y momentáneamente derrotado, por una conspiración criminal en la que todo estaba por descifrar, del primero al último asesinato.

De súbito, el viejo reorganizó aquel fantástico caos. Lo hizo como un autómata, como el mismísimo Houdini. Pensé incluso que sacaría una paloma blanca de donde no era posible esconder al animal. Ordenó los elementos 75, 31, 57, 92, 7, 4, 16 y 8. En un principio, yo sólo vi renio, galio, lantano, uranio, nitrógeno, berilio, azufre y oxígeno. El viejo pataleó.

– ¡ Debes verlo !

– ¿ El qué?

– Las palabras y los números encierran un mensaje… De eso, en el fondo, es de lo que estamos hechos.

Repasé con suma atención la secuencia, situando cifras y letras a derecha y a izquierda, de arriba a abajo…  Sumé, resté. Incluso, dividí y multipliqué. El viejo se desesperaba. Yo sudaba. A punto estuve de reconocer la derrota cuando vi un beso en aquella extraña serie. ¡ Un beso ! ¿Cómo era posible ?

El renio, el galio y el lantano escondían el verbo regalar; el uranio y el nitrógeno, el primero de los números naturales, y el berilio, el azufre y el oxígeno, una de las más bonitas palabras que conozco: beso. Sólo se trataba de combinar adecuadamente las sílabas de cada elemento, con sus números y letras.

– ¡ Eso es! ¡ Regala un beso ! Acerté. Me sentí del mismo modo de que se sentía el viejo, profundamente ufanos, como si hubiéramos llevado a cabo el mayor de los descubrimientos de la humanidad.

Saltamos. Bailamos. Gritamos como locos de alegría… Luego, nos relajamos y nos aplicamos a nuevos descubrimientos en la otrora anodida tabla periódica.  Y dimos con otro revelador secreto: la combinación de (li)tio, (be)rilio, (ra)dio y (te)luro es una suerte de liberación. ¡ Libérate !

El Café Romantic presenta esta noche, y por deferencia de Mila Miguélez, una nueva voz: Elen AranFouérè, una autota chilena cuyo interés va más allá de la ficción de la novela y que se mueve con ganas y soltura en otros ámbitos: astronomía, ciencias, filosofía, arte en general…, y poesía por supuesto. Y en ella hemos hallado una poderosa química entre los elementos y el amor. 

Introducción inspirada en la inquietud, sabiduría y sensibilidad de Pau Glez. Imagen con música: Sarah Brightman & Andrea Bocelli – Time To Say Goodbye (Con Te Partiro)

Porqué sé…
que mueres de ganas, por verme
que sientes tanto susto, como placer
que te estremece suponerme cerca
que no se puede engañar el alma
que estás agotado de tanto deber
Porqué sé…
que han temblado tus respuestas
que el silencio es un escudo para tu piel
que mientras menos quieres pensarme,
más me piensas y no sabes que es
que cada noche me tienes en tu piel
Porqué sé…

 

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NECESITO UN BESO

Decía el señor De Musset, “El beso es el contacto de dos epidermis y la fusión de dos fantasías”.

El viejo de la imprenta ha partido, nuevamente. Es de culo inquieto. Anda trabajando en un sueño. Lo hace desde que se preguntó – y de eso hace ya muchísimos años- adónde van los besos que no damos, que guardamos. La pregunta que encierra ese sueño le ha llevado a Luarca. Dicen los luarqueses que es el pueblo más bonito de España. No sé si es el más bonito de todo el país, pero realmente sí que es hermoso. No me importaría vivir allí el resto de mis vidas. Por cierto, tengo siete vidas y aún me faltan tres y media por gastar.

Luarca, cuna de Severo Ochoa, Fernán Coronas, Nené Losada, Margarita Salas y Miguel -del mismo apellido que el nombre de la villa-, es un pueblecito enamorado del mar, el río y la montaña, situado a 92 kilómetros de la nada y del todo. Luarca no es sólo esa hilera de casas, ninguna reñida con la otra, y perfectamente alineadas frente al Cantábrico, el mar que todo lo puede. Es, también, sus quince parroquias establecidas entre dos ríos que lo delimitan por la costa, como trazados con tiralíneas, y que penetran hasta dos lugares de montañas que en su origen fueron sólo colinas y donde habitan los vaqueiros de alzada, grupo humano -según dicen- depositarios de una cultura y folklore ancestrales.

El viejo me ha escrito a propósito de Luarca y de Cambaral. Al abrir la carta, manuscrita por supuesto, me pregunté qué había de los besos.

“Mi querido y joven amigo;

Me encanta este lugar nacido de la contracción de una expresión y en el que el alcalde aún promulga sus bandos, a la antigua usanza. Este año, sin ir más lejos, dictó el correspondiente bando para la instalación de las oportunas casetas de baño en las playas de Luarca, la primera, la segunda y la tercera. Hasta en eso son extremadamente pulcros los luarqueses, que hacen las cosas como se hacían en provincias, bien y sin prisas.

¡ Fíjate !, todas las casetas de baño son desmontables y su ubicación se circunscribe sólo al verano, porque las casetas de baño sólo son y han de ser para el verano. Sus dimensiones máximas son las máximas que deben permitir las casetas de baño, incluidos aleros u otros elementos sobresalientes. Un par de centímetros más allá, ya no son casetas de baño. La altura también es proporcional al resto de dimensiones, de modo que ningún vecino riña por llegar al cielo, puesto que el cielo parece estar aquí, sin necesidad de despegar del suelo. Su tipología armoniza con el entorno, de manera que siempre sean casetas de baño, y es condición “sine qua non” sus colores tradicionales, como mínimo en el frente. Cada uno y una ha de cuidar de su caseta de baño pues, de lo contrario, no es digno de su caseta.

Te preguntarás qué hay de los besos. Si es así, y sé que es así, reclamo tu atención sobre Cambaral. Dice la leyenda convertida en historia, o quizás sea la historia que ya es leyenda, que desde Argel y Tingitania subió hasta estos bellos parajes de agua y peñascos una flota de piratas berberiscos que atemorizaron a los lugareños, desde Avilés hasta Navía. Los enormes barcos de la flota del Rey (de turno) de España nada podían hacer frente a los navíos berberiscos, más pequeños, ágiles y ligeros.

Mandaba la flota un moro llamado Cambaral, famoso por su extrema crueldad y su extremo ingenio, según me cuenta – como si estuviera aquí, desde el cielo- el muy irónico, culto y singular señor Arrieta Gallastegui – Miguel -, pluma de equilibrada y risueña prosa, gastrónomo raro que disfrutaba más con el sabor de las palabras que con los tientos del tenedor, y hombre de mucha inteligencia y bonhomía. Te recomiendo encarecidamente su muy popular Recetario de cocina tradicional asturiana.

¿ Cómo hacer frente a Cambaral y su flotilla ?, que hizo que pareciese el más grande despliegue marino conocido en la correspondiente historia naval. Esa era la pregunta que el Señor de Luarca se hacía día tras día, siempre atusándose los pelos de su cabeza y de su barba, siempre desordenados ante tanta tropelía bereber.

Hastiado dicho Señor del acecho moro, decidió acometer a Cambaral y sus berberiscos con sus mismas armas, de modo que embarcó a sus más aguerridos guerreros en sencillas barcas de pesca, convenientemente disimuladas entre sus aparejos y artes, y se hicieron a la mar, a pocas millas de Luarca, donde aguadaron al moro como pacíficos pescadores.

Y en eso que aparecieron los temibles y temidos berberiscos que vieron en los disimulados hombres del faenar una presa fácil. Craso error el de Cambaral y los suyos, que se vieron desbordados por los disfrazados y aguerridos pescadores. Dice el señor Gallestegui que el combate fue largo y cruento y concluyó como concluyen estas cosas, con un ganador y un vencido.

Cambaral fue hecho prisionero, cargado de cadenas y conducido a la fortaleza de la Atalaya, donde fue recluido sin ni siquiera curarle las heridas.

Y en eso, la hija del Señor, ahora repeinado y festejando el triunfo con los suyos, pidió… ¡no!, rogó a su padre permiso para curar las heridas de Cambaral. Dicen que dicha joven era bella doncella de espíritu generoso y gran corazón.

Sea como fuere, la muchacha obtuvo el permiso y se dirigió a las mazmorras, sin inquietud ni temor. Había allí poca luz, pero, según parece, no hacía falta más, pues fue verse, o quizás sólo intuirse entre las sombras, para que surgiera entre ambos el amor, el amor más puro, sin rencores ni rencillas políticas, territoriales, étnicas, religiosas.

Quizá fuera por las heridas, o quizá a pesar de las mismas, lo cierto es que las atenciones de la muchacha hicieron sentir al moro Cambaral todo lo que sus violentas andanzas habían ocultado: era huérfano de corazón y que podía hallar descanso y sosiego a tanta tropelía en el amor que se le ofrecía.

Por su parte, pues de lo contrario nunca hubiera progresado esta historia, la hija del Señor, que nunca había sentido las punzadas del amor noble, curó las heridas casi con veneración, pero también con una congoja que la atenazaba, pues conociendo bien a su padre, sabía cuál iba a ser el destino de Cambaral y, por ende, más que probablemente, el suyo.

En la penumbra, y entre señales de heridas ya cerradas, otras entreabiertas y algunas aún por abrir, se declararon su amor mutuo. También se hicieron promesas grandilocuentes con las que los noveles amantes adornaban la adversidad del destino aún por venir pero, no por ello, desconocido.

En eso que Cambaral curó sus heridas, las físicas por supuesto, y desplegó nuevamente su ingenio y audacia con el fin de planificar la fuga de ambos. Narra al respecto el señor Gallastegui: “Fue una huida alocada, sin posibilidades de éxito, prácticamente, pero los ojos de los amantes no venían sino el momento en el que su amor podría al fin desplegarse, herirse con sus besos, consumarse en su pasión. No veían otra cosa que esa determinación cuando bajaban hacia el puerto desde la fortaleza, escondiéndose en las esquinas, corriendo atropelladamente y buscando, ya en los muelles, el barco de Cambaral, que, rápido y ágil como era, hacia ella misma les dirigiría”.

Sin embargo, – ¡ maldita sea con los peros !-, el Señor de Luarca, que había sido avisado de la fuga, ya esperaba con sus tropas a los amantes en el puerto. Dicen que allí acabaron sus sueños. Yo, particularmente, soy de la opinión que allí, en ese instante eterno, comenzaron sus sueños.

Cambaral abrazó a la hija del Señor ante sus propias narices. Los amantes se miraron, como si estuvieran diciéndose cosas que no se pueden decir, se besaron, como si fuera el último beso. Al respecto, el señor Gallestegui opina dos cosas: amor que nace a oscuras, oscuro muere, y ya nunca los labios volverán a soñar).

Y en eso que el Señor de Luarca, loco de ira, incapaz de soportar aquel beso que para él era blasfemia, de un solo tajo, cortó ambas cabezas, las cuales fueron a refugiarse, en su beso final, a las frías aguas del puerto, justo donde años después se levantaría el llamado Puente del Beso. ¡ Ay !, mi querido y joven amigo; miro el fondo del puerto de Luarca, y algo me dice que debo seguir trabajando en el sueño: ¿ adónde van los besos que no damos, que guardamos ?.

Tuyo, siempre, el viejo de la imprenta “. El Café Romantic presenta hoy un precioso poema sobre el beso y sus cosas de David Escudero Vigara, de Madrid, revelado en nuestra barra por nuestra querida Mila Miguélez, de A Coruña.

Imagen con música: Kiss me – The Cramberries 

 

Necesito un beso
De alguien que me quiera
Necesito un beso
De alguien que me entienda
Preferiblemente
Con la boca dulce
Con los labios tiernos
Que sus ojos brillen
Que ilumine el cielo
Que atraiga a las musas
Que despierte el coraje
Y me devuelva la vida
Necesito un beso
Para seguir soñando
Que después de todo
Aún sigo enamorado.

– David Escudero Vigara –

 

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Sorbo a sorbo

John Keats, el delicado romántico inglés, escribió un día, “verdad es belleza y belleza es verdad”. Ciertamente, aspiramos a ellas. Emprendo un viaje para buscar inspiración y humanidad, para que nunca me olvide de cómo viven, piensan, siente, ríen, lloran… las personas. Para que nunca me olvide de que mi ciudad y mi país son muy pequeños comparados con el planeta y que hay que tener mundo para conocer a los seres humanos.

Como quiera que escribir es una forma, una de las mejores que conozco, de estar en el mundo, Cristina Jiménez-Buil, de Madrid, lo hace porque es un mundo, como vosotros y vosotras. Cristina da para recibir y recibe para dar, y lo hace con música.

Sorbo a sorbo, aquel café siguió inspirándola en el análisis de su actitud. Cuando era pequeña buscaba un beso, una caricia, un abrazo… Sin embargo,  aprendió a contentarse con un “¡qué buena eres, qué bien lo haces!”. Ella hubiera cambiado un buen café por un beso cariñoso, su plato preferido por un abrazo. ¿Mi marido, mis amigos… se sentirán igual?, ¿quizá me he centrado en el  “buen hacer” para escudarme y no tener que demostrar mis sentimientos? ¡Qué sutiles podemos llegar a ser!. Me creía “doña Sacrificada” y resulta que soy “doña Exigencias”, culpando a los demás de mis carencias emocionales, obligándoles a un reconocimiento por mi obsesión de hacer, por mi obsesión de dar.

 

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Canción de amor

Es difícil medir el valor de la vida de una persona. Para unos cuantos, la vida no tiene significado alguno, pero para quien ha vivido, para quien vive y para quien ha decidido vivir, – porque el hecho de estar despierto no significa estar vivo-, la vida se mide por la fe, por el amor y por los seres que deja atrás, los que encuentra y los que hallará.

Una canción de amor de María del Pino, de Córdoba, de su tercera novela “Don Fernando, la eterna unión”.

Una canción de amor

es lo que te voy a cantar

sin prejuicios ni dolor

para que me puedas, al fin, amar.

Así que ven y no me des más palabras de oro

que es por ti a quien Dios imploro.

De tus finos labios no pido más versos

sino, con creces, infinidad de besos.

Ámame con la suavidad de la noche

Y vivimos juntos un pasional derroche.

 

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Juego de amor

Hay situaciones, momentos, palabras… que no merecen mayores explicaciones. Y es que, como decía Unamuno, “hay lágrimas que refrescan y desahogan y lágrimas que encienden y sofocan más”.

Un relato sobre ese bello, aunque tortuoso, camino que todos emprendemos para encontrar el amor de la profa. Elizabeth Vargas, San Juan de Puerto Rico, escrito en la soledad de la madrugada, donde afloran los mejores sentimientos, las mejores palabras. Con música, por swpuesto.  Escena de Nmpqtbpqtb.

sube y baja

 

(Versión original)

Sube y baja, sube y baja… No podía parar de mecerse  y entre carcajadas era evidente su felicidad. Era un capuyo  que empezaba a crecer. A distancia se escuchaba la risa, era pícara y tierna a la vez.

Y seguía en el sube y baja. Sí, la niña jugaba. La inocencia era su dueña cuando le robaste ese primer beso y te amó. Poco a poco te entregó su corazón, el alma, sus sueños y su ser. Contigo vivió los momentos más hermosos y también instantes muy dolorosos.

Hoy la vida los lleva por senderos de incertidumbre, no hay un rumbo definido. Los océanos se imponen cual barrera entre los dos. A pesar de la distancia, el recuerdo sigue latente, fue tuya y se entregó a ti con gran pasión. Junto a ti creció, aprendió lo que es el amor y lo que es el perdón. Hoy no sabe si estás, si te fuiste y tampoco puede percibir si volverás.

El parque está solo, la niña vuelve a mecerse en el sube y baja.  No ve otra alternativa. Sigue jugando, pero las lágrimas aún corren por su rostro y se escucha un sollozo. En su interior no quisiera abandonar esa ilusión que la llevó al cielo y luego al infierno, pues le costó su inocencia. No hay respuesta y la niña desconoce si tiene tu querer o si todo fue un juego de amor.

 

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Tejiendo la vida en texto plano

La vida auténtica está dentro de cada uno de nosotros; con cada decisión, con cada experiencia, aspiramos a ser auténticos. Muchas veces nos quedamos a medio camino de todo y, quizás por ello, somos únicos, a veces geniales, extraordinarios en todo caso. Incluso cuando empleamos únicamente el texto plano y un máximo de 140 caracteres.

Este relato, en forma de diálogo, nace de una conversación de apenas tres minutos a través de Twitter con Sandra Pérez García, más conocida en la red como Sandradespacho, politóloga y socióloga, especialista en comunicación y gestión política, de Madrid. Clica sobre la imagen para disfrutar la música de este relato breve, intenso.

 

 

 

 

 

 

–  Si vas a engañarme, al menos miénteme bien. Lo contrario, encima, es insultarme.

–  ¿ Te sientes culpable?.

– Yo, rápidamente, me siento culpable, tan rápido como se me pasa…

– Érase una una vez una mujer sensacional, franca, con un indudable atractivo a quien la vida…

–  Se negaba a dar unas mínimas pautas de normalidad…

–  Porque, para ella, la normalidad no existía. Todo, en cada instante, en cada latido, era un extraordinario acontecimiento. ¡ Vivía !…

–  Más o menos como quería. O como creía querer…

– Pues en su creencia anidaban sentimientos que la conducían a los vértices de la vida, una vida, ora de sonrisas…

–  Ora de carcajadas. El resto de las circunstancias le eran del todo ajenas…

–  Su liberación era el epílogo de cada capítulo de esta casi siempre triste y
estremecedora trama que es la vida…

–  Sin darle más vueltas, ya tenía que tomar la última y definitiva decisión de si
entregaba el resto a esa liberación…

– Se saturó y no supo hacia dónde tirar. Ante el bloqueo se detuvo un momento, pensó y decidió. Se decididó a tomar una decisión.

– Solo soy.

 

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Una princesa, un hada, un caballero, un ogro, un sapo y el cuento del final aún por escribir

Ella se sentó ante él porque tenía algo que decirle. Si no, no lo hubiese hecho. A su alrededor, en el mundo, caminaban en silencio. Solo se oía el tintineo de servicios de té y café, y frases a media voz. Aquella historia parecía casi imposible. Por momentos, podía más el corazón que la cabeza. No se oyó, pero lo pensó; era, posiblemente, un te quiero. Entonces, se dijeron cosas que necesitaban escuchar. Vieron la vida como a todos nos gustaría verla, como un cuadro que excluye lo feo y lo sórdido. Érase una vez un reino… donde sonaba música callada y soledad sonora.

Un precioso cuento en forma de carta que nos habla de las desventuras del amor, inspirado por Cristina Miquel (Barcelona). Una carta con una canción de amor, clica sobre la imagen de Cristina.

Érase una vez una princesa que había perdido la ilusión del amor verdadero. Ella andaba triste, pensando que era un cuento de hadas, que era irreal…..

Muchos sapos y algún ogro hubo en su vida, y las ilusiones se le esfumaban. En uno de esos días, un sapo, un feo sapo, hundió sus ilusiones. Un simple paje escuchó la noticia. Él, presuroso, le escribió, le dijo que sí existía, que pronto aparecería en su vida, que no renunciara, que besara a mil sapos…..alguno sería su caballero.

Pasó el tiempo; ellos siguieron escribiéndose, apoyándose, consolándose….

Un buen día, la princesa le dijo al paje : “quiero conocerte”. Él dijo, sí. Claro que tenía ganas de conocer a semejante princesa, qué gran honor.

Y así ocurrió. Ella llegó en su carroza, y al ver la sonrisa del paje, ella creyó ver a un caballero, al más gentil de todos. Hablaron, rieron, se conocieron, se relajaron…. El paje seguía siendo un paje, pero para ella, ya era el mayor de todos los caballeros, su caballero.

Pasaba el tiempo, muy poco tiempo, pero parecía que se conocían de toda la vida. Andaba por allí un hada, una de esas que sólo inspiran bondad, simpatía, cariño, afecto… Ella era el ingrediente que faltaba. Pareciese que hubiera esparcido por el aire unos polvos mágicos. De repente, el paje, que a partir de ahora lo llamaremos caballero, se dio cuenta que la princesa, se habia convertido en cenicienta. Ya no se veía digna de su caballero, pues ya lo amaba con toda su alma.

Fue entonces, cuando el caballero decidió hablarle a la princesa. Le dijo que ella es mucho más que una princesa, es un ser humano, un alma sincera, que merece ser feliz. El caballero tenía miedo, pues no la amaba……todavía no. Pero también sabía que huir de quien te ama, nunca es bueno.

Así, con los miedos del caballero, y las ilusiones de la princesa, llegó el primer beso. Ese beso que ella temía dar y no recibir y él temía ofrecer y no poder mantener.

Hablaron, rieron, soñaron, se comprendieron, se encontraron.

Ella lo amaba con locura, él tan solo la quería, aunque lo suficiente para besarla, pero se sentía desdichado, muy desdichado. Él deseaba poder ofrecer más de lo que recibía, pero no podía; el miedo le atenazaba. Ese caballero tan solo quería amarla con locura… pero no sabía si lo conseguiría, no lo sabia.

Hablaron y hablaron; rieron y rieron; soñaron y soñaron, y decidieron arriesgarse.

Ella arriesgaba mucho, pues para ella era su caballero……Él arriesgaba, pero solo le importaba una cosa, tan solo una: no amarla.

Y este es el cuento de un hada excepcional, una princesa enamorada y un caballero deseoso de enamorarse. Los cuentos suelen tener un final feliz: “… y fueron felices y comieron perdices…”. Este, en cambio, no tiene final, pues nadie aún lo ha escrito. Tan solo hay una frase que escribió el caballero: “deseo enamorarme de ti, princesa”.

Para Cristina M.

 

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