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UN MERCADO DE OCASIÓN Y MILES DE MUNDOS EN LA ENTREPIERNA DE UNA MUJER

Plaza de Catalunya, esquina Portal del Ángel. Barcelona (aunque podría haber ocurrido en cualquier punto de este sorprendente país).

El mundo al revés, o yo boca abajo. Se ha instalado un nuevo mercado de trastos y otras cosas de ocasión. Una parada promete zapatos para todos. Otra, ofrece mosaicos y vidrieras. Hay un vitral de la Virgen adorando al niño junto a otro más llamativo de Homer Simpson y su hijo Bart. La caseta contigua ofrece zuecos, de todos los colores y formas posibles, todos supuestamente artesanos. Los hay del Barça, del Madrid y del Milán; también descuellan unos zuecos con la imagen del Cristo de Dalí, otros con la Sagrada Familia totalmente construida… No sé si rezar, escupir, maldecir, enamorarme o comer un sándwich…  No sé, la cuestión es sentir algo en el estómago y en el alma que distraigan mi rabiosa mirada y mi colérico pensamiento.

Un universo de romanticismo industrial, hojalata, óxido, obras de diversa y dudosa factura y texturas de todo tipo se abre ante mí, de improviso. Sigo buscando entre miles de objetos, unos más que otros absurdos. Es una experiencia cuasi surrealista que no tenía anotada en mi agenda. Veo cosas nuevas y viejas, lindas y feas, horrorosamente feas. Una señora me ofrece una cartera, o unas gafas, o un juego de pañuelos, o unos calcetines, o unos calzoncillos… tiene de todo y lo que no tiene, promete conseguirlo en un pispás. 

Ahora que recuerdo, necesito un adaptador para enchufar el cargador de mi ordenador. Lo encuentro. Ojeo el producto. Parece original, nuevo. ¡Maldita sea!, “made in Taiwan”. El vendedor me atiende con un evidente ánimo comercial, no exento de un punto de ironía.

            – Este adaptador es universal, te va a funcionar con todo!.

Y le replico:- ¿Me adaptaré al mundo sólo con esto? El vendedor asiente. Creo que me convencería de que tiene un teléfono para hablar con Dios y lograría vendérmelo con tal de ganar unos euros. ¡Vaya con el pequeño trasto, lo que es capaz de lograr!, pienso. Pago entre sonrisas y sigo paseando por el bizarro mundo que allí se ha montado. 

En una parada, una mujer de personalidad y físico estirados, de unos cincuenta años,  emperifollada y emperejilada con sus mejores oropeles, como si fuera a misa de domingo, ojea una mano de cerámica azul para guardar sus anillos, luego un cenicero en forma de cangrejo para las colillas de los cigarrillos que, posiblemente, no fuma, y más tarde un espejo de estilo mejicano para peinar sus cabellos entre lilas y canosos. La vendedora, muy salerosa ella, le intenta colocar también una copa de cristal presuntamente de Bohemia y un vestido de noche con un toque de ola francesa de Cristiano Di-Or. También le podría ofrecer un sofá azul turquesa para sus siestas, una butaca aterciopelada para sus lecturas, una silla Emmanuelle para sus momentos más sensuales, una olla rota, quizás para que no cocine más sus recetas de compota y sirva de adorno en su alacena de su horriblemente decorado comedor de estilo modernista. De la parada también cuelga una cabeza de asno, quizás para alejar los espantos. 

A su lado, en otra parada de venta de camisetas xerografiadas, me llama la atención una joven de piel pálida mal disimulada con al menos siete capas de maquillaje, quizás para que no le queme el sol, pelo teñido hasta la confusión y etiópicamente anoréxica. Más que la chica lo que me llama la atención es su camiseta, de un amarillo limón con un lema en grandes letras negras que vende: “las putas insistimos que los políticos no son hijos nuestros”.

Le pregunto si tiene camisetas con lemas como «Yo odio a Belén Esteban» o «Yo también quiero ser el juez Garzón». No, no tiene. Me ofrece, en cambio, otras con mensajes más o menos originales, más o menos acertados, algunos grouchonianos, siempre reivindicativos: «La esclavitud no se abolió; se cambió a 8 horas diarias». «Vive de tus padres hasta que puedas vivir de tus hijos». «No te tomes la vida en serio; no saldrás vivo de ella». «El alcohol y la maría producen amnesia y otras cosas que no recuerdo». «Hay un mundo mejor, pero es carísimo». «Tengo el cerebro comunicado con el culo. Cada vez que pienso la cago». «Soy vegetariana por eso fumo marihuana». «Mi libertad es infinita y la libertad de los otros comienza donde acaba la mía».«Bienaventurados los borrachos, porque verán a Dios dos veces…». Las tiene en rojo con letras blancas, en blanco con letras rojas, en negro con letras anaranjadas, en naranja con letras negras y una A circulada… todas a diez euros la pieza.

Su causa –me cuenta-, la anarquía, total y absoluta. Me intenta colocar una de sus camisetas mientras tararea una canción que habla de un mundo donde hay caras extrañas, de una belleza un poco despojada, de pieles de ébano de padres indígenas y ojos esmeralda.

Con un acento salpicado de italiano, español y lenguaje 0kupa, me dice que todo es una porquería y que si compra una de sus camisetas, a diez euros la pieza, el mundo será menos puerco y estaré comprando un pedazo de anarquía.

Me marcho a la francesa. « ¡Otro día será, guapa!». «¡Vaffanculo!», murmura. « ¡Ya estoy jodido!», replico.

Encuentro por fin la parada que buscaba. El mundo al revés, o yo boca abajo. Vas tú o voy yo, le digo a mi sombra. ¡Uno de los dos podía ahorrárselo!, contesta. Una caterva de mujeres de distintos aspectos y edades atesta la parada. Están como locas revolviendo ropa. El desconcierto crece y adensa, como un carnaval de pasiones desatadas. Dos muchachitas quinceañeras se sonríen. Al parecer, han encontrado lo que buscaba. Una le muestra una sonrisa de conejo, mostrando tímidamente los incisivos. La otra le responde con una sonrisa de perro, poniendo al descubierto los caninos. Una tercera se las mira y patalea de una manera muy cómica al no encontrar lo que busca. Tras la parada, una mujer oronda y dicharachera pregona con berreos sus ofertas. «¡Reina!, es tela de la buena, del mismísimo Domínguez!», grita a una mujer con un top en las manos y que no acaba de decidirse. La potencial compradora le replica que va de farol. La vendedora le dice ¿quién, yo?. Se entabla entre ambas la misma conversación que tendrían un cangrejo y un alacrán. «¡Digo yo!.  ¡Digo sí!.  ¡Digo no!. Digo ¡Ah!». No acaban de ponerse de acuerdo. 

Todas las mujeres allí apostadas son como pequeñas hormigas de brea. Se mueven de arriba abajo, de izquierda a derecha como si fueran a ahogarse en una gota de agua. Nerviosas, con prisas, estorbándose las unas a las otras para llegar primero a ninguna parte. Hormigas obreras, una ínfima parte de la ínfima parte, que se creen parte entera. Sin rumbo y sin fin, perdiendo el sentido común de la existencia, abrazando el sentido individual de la disconformidad. Hormigas sin hormiguero, sin propósito cierto y sin reina.

Yo, solo con mi soledad, frente a ellas, locas de atas,  me siento como un extraño en un cuento de lobos, bandoleros y contrabandistas. Quizás deba comprar un manual de cómo encajar en la ciudad. Sospecho que me he vuelto cómodamente insensible, un año más, un año menos, a mitad de camino de casi todo, como un San Bernardo, que se lo traga todo mientras la estupidez se reproduce como las hormigas y un montón de chorizos, hijos e hijas de una sociedad chopped, pregonan ofertas de cantamañanas.

Entre sus locas e inquietas cabecitas emerge un cartel que, por lo visto, sólo llama mi atención. ¡Me siento un bicho raro!: «por la compra de tres bragas, regalamos un libro», reza el anuncio.

«¡Que caigan rayos, truenos y centellas!». Observo con el rostro cuarteado, la mente escindida, la palabra acartonada, el pensamiento coagulado. Azorín, Machado, Unamuno, Lorca, García Márquez, Cela, Gala, Marsé… ¡por Dios!, Borges, Neruda, Whitman, Dickens… por unas bragas. No puedo, ni quiero imaginar, en la entrepierna de una mujer todos los campos de Castilla, toda la crónica de una muerte anunciada, ni todas las putas tristes, ni toda la casa de Bernarda Alba, ni todo el manuscrito carmesí, ni los veinte poemas de amor y una canción desesperada, ni a Pascual Duarte y toda su familia, o a  Oliver Twist, a Pepe Carvalho, o al Pijoaparte… Miles de mundos en unas bragas».

Agoto todas las posibilidades de experimentar los cientos de estados de ánimo que podía manifestar y luego quiero romper a llorar. Solo parezco un hombre desesperado y el resto, un cuento chino. Siento que doy asco. Dios me desafía, me llama estúpido y debo responderle. Entrego la crónica y me voy a la francesa. Hoy como ayer, mañana, posiblemente, como hoy.

Fragmento de “La Biblia 2.0. Tomando un gin tonic con Dios”

Con música, con mucho gusto. Phill Collins – One More Night

 

 

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EL LEGADO

Ayer durante la cena me hablaba el viejo de la imprenta de la existencia de un Reloj del Apocalipsis o Reloj del Juicio Final. Por lo visto, tras la II Guerra Mundial, y asustados por el alarmante auge del armamento nuclear, la junta directiva del Boletín de Científicos Atómicos de la Universidad de Chicago – siempre la Universidad de Chicago-, creó este reloj simbólico para representar el riesgo permanente de desaparición de la raza humana.

El viejo me contó que, según estos científicos, los humanos estamos siempre a minutos de la media noche, hora que utilizan para representar el apocalipsis. En 1947, año de nacimiento del reloj, colocaron sus manecillas en las 23:53 horas, es decir a siete minutos para el final.

Sin embargo, calculé mentalmente y caí en la cuenta de algo que me pareció injusto: mientras en Chicago, el fin llegaría a las 23:53 h. del 19 de agosto, aquí lo haría a las 06:53h., en Tokio, a las 13:53h. y en la Polinesia francesa ya sería incluso 21 de agosto.

No calculé la hora en Londres. Primero, porque no me importaba demasiado, aunque esa no es una razón de peso. Y, segundo, porque los británicos siempre van a la suya en cuestión de horarios, sentidos, direcciones…, lo cual detesto. Y aún detestó más su arrogancia de que son ellos los que poseen la verdad de lo correcto y nosotros, los equivocados.

En definitiva, el fin alcanzaría a unos cenando, a otros despertándonos, a otros comiendo y a los de más allá, poniéndose el pijama porque alguien, caprichoso, quiso que el ser humano nunca vaya a la misma hora.

El viejo, que a medida que pasan los minutos, las horas, los días, las semanas, los meses y los años ganan en curiosidad – quizás sea por eso que se mantiene viejo-, me explicó que, en cada número del Boletín de la dichosa Universidad de Chicago, y en función de los acontecimientos, las manecillas se actualizan, pudiendo atrasarse o avanzar hacia el fatídico final, como si el hombre tuviese una suerte de poder universal para decidir sobre su destino. ¡ Ilusos !, pensé. El viejo me dio la razón.

En un primer momento, el movimiento del reloj dependía del riesgo nuclear, pero con el tiempo se empezaron a tener en cuenta otras circunstancias como los avances tecnológicos, el cambio climático, los movimientos geopolíticos, etc.

– Dicen – detalló mi querido viejo- que el momento en el que hemos estado más cerca del Juicio Final fue en 1953, cuando EEUU y la Unión Soviética empezaron a realizar pruebas con su armamento nuclear. Nos quedamos a 2 minutos. Por el contrario, la vez que más lejos hemos estado fue precisamente cuando esas mismas potencias, en 1991, firmaron los tratados de desarme que daban por finalizada la Guerra Fría. Estuvimos a 17 minutos.

– Y, ¿ cuándo se actualizó por última vez ?

– El 11 de enero de 2012, que nos dejó a 5 minutos del fin de la Humanidad.

Entonces, ambos reflexionamos en voz alta: si los científicos atómicos de la Universidad de Chicago hubieran leído los periódicos de los últimos días, semanas, meses… hubieran tenido que sacar números especiales de su Boletín cada día, adelantando y retrasando varios minutos las agujas reloj acercándolo al fatídico momento.

Ayer, sin ir más lejos, porque si lo hacíamos el reloj podría volverse loco, conocíamos que Egipto, por enésima vez, está al borde de la guerra civil – si es que no lo está ya, al menos en la hora de la Polinesia francesa-; que nos acechan los “lobos solitarios”, los yihadistas que combatieron en Siria y que han regresado sin otra ambición que matar porque si no, son como chimeneas en verano; que un soldado americano se puede pasar la vida en prisión por revelar secretos – un nuevo ejemplo de la estúpida democracia estadounidense-; que el nieto del Rey de España, Pablo -no citamos aquí su apellido porque la criatura no tiene la culpa de tener el padre que tiene- aún está enfadado porque su primo, el indomable Froilán – ¡ vaya familia !- le intentó ensartar con un pincho moruno, y que, trescientos años después, España y Gran Bretaña aún andan a la greña por un peñasco – con nuestras disculpas y respetos a los gribaltareños-.

Y, por si fuera poco, políticos, obispos y arzobispos no dejan de hablar de la vida de los demás, de cómo deben llevarla, de cómo deben vivirla, como si la suya fuera la única vida posible.

No queremos ser pájaros de mal agüero ni tampoco pretendemos dar la razón a los mayas, pero anoche nos pareció oír los cuartos – toc, toc, toc, toc…- que anuncian un nuevo fin. Sin embargo, hicimos una llamada a los científicos de la Universidad de Chicago, a eso de las 23:53h, para comunicarles que Alemania ha creado un “tercer sexo”, que han descubierto un astro extrasolar del tamaño de la tierra y cuyo año solo dura ocho horas y media, y que el Gobierno de España – ¡ canallas !- se gastará más de 214.000 euros para restaurar la fachada del Valle de los Caídos -sus caídos-, según un contrato que adjudicó el pasado 18 de julio, día del Alzamiento de los bastardos franquistas… Con noticias como éstas, era necesario retocar la hora del reloj, les dijimos a los científicos estadounidenses.

El Café Romantic presenta un breve relato de Luisjo Goméz, de Barcelona, extraído de su libro “El legado del Valle”, escrito a cuatro manos con Jordi Badía. La obra relata las investigaciones de Arnau Miró en torno a la muerte del único familiar vivo que le quedaba, su tía María. La mujer ha muerto en extrañas circunstancias en su casa de la Vall de Boí (Lleida) donde guardaba un objeto que podría cambiar la historia de Occidente para siempre. Las ansias por destruir este misterioso objeto, han provocado centenares de muertes a lo largo del último milenio, siempre con la pretensión de conseguir que la humanidad no llegue a conocer nunca lo que ellos llaman “Legado”.

Imagen con música: U2 – With Or Without You

“Me senté sobre los restos de muralla que, callada, parecía evocar grandiosas epopeyas. Por vez primera sentí cómo entre las juntas de sus piedras rebosaban aún sangre y leyenda: el eco de una lejana historia olvidada en el tiempo que llamaba con insistencia mi atención, para regresar de un silencio secular… Tanta sangre, tanta sangre…Demasiada religión en el mundo para que los hombre se maten entre sí; no la suficiente para que se amen…”

 

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LA MALDITA LÍNEA (dos que antes fue uno)

– ¿ Dónde estamos? – le pregunté al viejo de la imprenta luego de una larga caminata por el puerto de mi paciencia. A veces navego a la deriva por ese puerto pero, por fortuna, el límite de mi paciencia está lejano y no lo he alcanzado nunca, ni espero hacerlo. Dicen que la paciencia es una virtud, que las cosas buenas les pasan a los que esperan. Por supuesto, también dicen que aquel que duda está perdido. Llegados a aquel punto, yo esperaba del viejo una buena historia que narrar. Y, por supuesto, poniendo a prueba una vez más mi paciencia, no me defraudó.

El viejo me había conducido hasta un pueblo que el destino quiso situar en la frontera entre dos regiones, dos naciones, dos maneras de ver la vida, dos maneras de pensar, dos maneras de sonreír, dos maneras de llorar, dos maneras de hablar… incluso dos maneras de cocina y dos maneras de enterrar a sus muertos.

– ¡ He aquí el porqué de las cosas ! – dijo sobre aquella incomprensible dualidad, al tiempo que señalaba con el dedo una línea de pintura blanca que ni siquiera el paso del tiempo había conseguido borrar.

Nos sentamos en lo alto de una elevación natural del terreno. A mí no me pareció más que una cima, pero para los de la parte derecha del pueblo era una colina y para los de la izquierda -según la división mental que tracé-, era una montaña. En todo caso, y lejos de las disputas vecinales, se divisaba el pueblo, o los pueblos (para no herir susceptibilidades).

– ¿ Qué debió ocurrir en aquel lugar?, que un día fue un pueblo y, ahora, eran dos – me pregunté, naturalmente con cara de interrogante que el viejo advirtió. Si no hubiera puesto esa cara, a buen seguro, mi querido viejo me hubiese tachado de tonto por no hacerlo. Pero he aprendido a preguntar, aún pareciendo un tonto unos minutos, que no preguntar y ser tonto por siempre.

Su historia no se hizo esperar, colmando mi impaciencia.

– Dicen que un día, hace mucho tiempo, tanto que sólo los más viejos del lugar lo recuerdan, llegó al pueblo un hombre de traje gris y encorbatado sin más equipaje que una maleta y un par de mudas. Dicho hombre, de cuyo nombre no se acuerdan, ni tampoco quieren acordarse, acudió al hostal del pueblo cuando era un sólo pueblo, pidió una habitación cuando el hostal era un sólo hostal, comió un plato cuando sólo se servía un plato y, sin hablar con nadie, se dirigió a un extremo del pueblo, seguido entre cuchicheos por todo el asombrado pueblo, cuando era un sólo pueblo y su asombro era único.

¿Quién era el hombre del traje gris y corbata?, se preguntaron los lugareños, cuando el lugar era sólo uno. Y, ¿ por qué había ido allí?, cuando allí aún era un tranquilo y pacífico singular…(Cabe detallar que aquellos lugareños apenas sí habían visto hasta entonces una corbata, prenda que asociaban con un lugar llamado ciudad donde, según tenían entendido, se dedicaban a la política y otras pamplinas similares)

Sin abrir la boca, la única que tenía, el hombre del traje gris y encorbatado se encontró con dos hombres con aspecto de trabajadores de un organismo al que llamaban ministerio y que iban dotados de una máquina de pintura, como aquellas que se emplean para marcar las líneas horizontales de las carreteras.

El hombre del traje gris y corbata, en nombre de las órdenes que había recibido de aquel lugar llamado ciudad, hizo unas comprobaciones métricas, analizó un plano, oteó el horizonte y ordenó a los dos operarios que iniciasen la marca de la línea…

Se pasaron toda la tarde trazando esa línea. Al final del día, aún en crepúsculo, observaron satisfechos el trabajo realizado. La línea había partido en el pueblo en dos. Era visible. Siempre lo sería. Partidos quedaron el ayuntamiento, la escuela, la iglesia, el cementerio, la calle mayor, el parque central, el campo de fútbol, la balsa que luego fue piscina, la pista de la petanca y hasta el banco de toda la vida donde dos simpáticos y corrosivos viejos, como aquellos de nuestros añorados Teleñecos, siempre se sentaban para mofarse de ellos mismos y de todos los demás…

– Y, ahora, mi querido y joven amigo, deberías preguntarme qué ocurrió a partir de entonces, – formuló el viejo mientras yo, para mis adentros, imaginaba ya el rocambolesco escenario que aquella (in)significante línea de pintura blanca había dibujado. ¿ Qué ocurrió, querido viejo?, pregunté, para su satisfacción, y también la mía.

– ¡ Pues que ya nada fue igual en el pueblo que antes fue un sólo pueblo… !, – anunció con voz pausada, cada vez más apagada, como si también a él le hubieran partido en dos.

El descontento, como el desconcierto, adensaron. Algunos querían cruzar la línea, a la que muchos llamaron abismo y unos cuantos, el llano.

Algunos – prosiguió el viejo- quisieron cruzar esa línea a la que muchos llamaron abismo y unos cuantos, el llano. Pero, ¿ por qué querrían cruzar esa línea?, nos preguntamos el viejo y yo con la mirada, en un mundo donde casi nada sucedía por casualidades angelicales.

El entusiasmo una vez se trazó la línea no dio paso a una reflexión crítica sobre la peligrosa, por absurda, situación en la que se adentraban. “Démosle un voto de confianza”, se decían con rostros entre la esperanza y la palidez. “Sólo quiero llevar mi vida y ser feliz con mi familia”, respondían los que no quisieron traspasar nunca la línea y les importaba un carajo si estaba o no allí.

En la plaza que un día, en época de los tatarabuelos fue la de la iglesia y en época de los bisabuelos la mayor, unos se encontraban porque se citaban y otros no se citaban porque ya se encontraban. Era, popularmente, la plaza de la Liberación porque un día los jóvenes de ambos lados de la línea, en un acuerdo sin precedentes y, posiblemente, sin consiguientes, leyeron en Internet que todos los pueblos debían tener su plaza de la liberación. No obstante, para unos era la plaza de la Independencia, aunque en el callejero figuraba como la plaça del sis d’octubre. Para los otros, era la plaza de la Autonomía. Allí, todos mantenían acaloradas discusiones sobre el modelo de estado a construir; mejor dicho, a reconstruir. Era su forma de matar las horas ya muertas, pocas, pues necesitaban todas las horas de la jornada para ganarse el pan. Eran sólo destellos de filosofía política, barata, pero filosofía al fin y al cabo; política, al fin y al cabo. Los recelos eran inevitables. Las religiones, por fortuna, las llevaban en el corazón. Los de este lado de la línea se quejaban con la garganta. Los del otro lado, con el diafragma. Había quien, en el desespero, pataleaba de forma cómica para vencer el estrés de la situación. « ¿Y ahora a quién le suplicó?», se quejaba el párroco.

“,Y aún, hoy en día, es difícil entrever quién tiene el poder en sus manos”, le dijo un viejo al otro, sentados en el mismo banco de siempre, que ahora eran dos.

– ¿Recuerdas?… Vivimos en una esfera de extremos y rarezas. De hecho, ni siquiera es realmente una esfera, sino un planeta salvaje, jaspeado de volcanes activos, sacudido por terremotos mortales e inundado por diluvios desastrosos. Pero, ¿sabes cuál de estas catástrofes ha sido la más devastadora?… la línea.

Y hasta la Fiesta Mayor quedó partida en dos.

Este relato nace de la mente de algunos clientes del Café en un día en que nos pusimos a imaginar como sería la vida de un pueblo que el azar ha situado justo en la línea fronteriza entre dos países, dos naciones, dos gobiernos… en disputa. Con el deseo de cada uno, desde su libertad, pertenezca al pueblo que le vio nacer, crecer o al que desee pertenecer sin líneas que limiten su lengua, sus hábitos, sus costumbres, sus creencias…En el Café Romantic soñamos con  lugares sin fronteras donde dar largos paseos acompañados por el rumor de las olas y la brisa marina, como en una playa infinita. Lugares donde durante esos largos paseos sea posible vivir algún espejismo en sus llanuras de arena, sin líneas. Lugares perfectos donde pasear, olvidarse del mundo, soñar y conocer gentes sin que importe si son blancas, negras, judías o musulmanas. Nos basta con saber que son seres humanos. Imagen con música, ” I Have a Dream”.

 

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” ESCRIVIVIR “

 

– ¿Adónde vas tan intranquilo?, mi querido y joven amigo.

– ¡ Al gramático !

– ¿ Y, eso… ?

– ¡ Me duele la vida… no encuentro palabras !

– ¡ Pero… !

– No hay peros que valgan; ¿ no vas tú al médico cuando te duele algo?

– ¡ No siempre !… Tú deberías ser tu propio gramático.

– ¿ Alguna idea ?

– ¿ Para qué escribes ?

– Para mantenerme cuerdo en el fino alambre de la vida;  para que la muerte no tenga la última palabra, y mantener vivos a los muertos; para descubrir que no me he convertido en la persona equivocada; para saber si estoy hecho de palabras; para expresar que, a veces, no hay palabras; para vivir la vida de las palabras tras darles vida; para apagar el fuego del odio y avivar el afecto del mundo; para curar, tanto como la medicina; para endulzar los momentos, como el azucarillo; para repetirme a mí mismo, como si a través de algún conjuro, las palabras, a la vez tan cargadas y tan extrañas, pudieran revelarse a sí mismas; para congraciarme con la vida, como chocolate que seduce, goloso, dulce, antidepresivo…

– ¡ Ya brotan ! –

– ¿ El qué ?

– Las ideas. ¡ Ya fluye !

– ¿Qué fluye ?

– ¡La inspiración !

– ¡ Piensa !

– ¿ En qué ?

– ¡ En nada !

– ¡ Cierra los ojos !

– ¿ Para qué ?

– ¡ Para ver !… ¿ Qué ves ?

– ¡ Sueños !

– ¿ Y qué sueñas ?

– ¡ Palabras, palabras que vuelan !

– ¿ Adónde vas ?

– A escribir para vivir: escrivivir.

¿ Y el gramático ?

– ¿ Qué gramático ?…

Como dice el señor Millás: “Estamos hechos, sobre todo, de palabras. Cuando nacemos, alguien toma en sus brazos ese trozo de carne fresca y comienza a amasarlo con palabras. Somos niños o niñas, altos o bajos, feos o guapos, porque nos cuecen en una salsa de adjetivos, pronombres, verbos, adverbios y preposiciones. Un hombre hecho, incluso a medio hacer, es el hijo de, el novio de, el padre de, el amigo de, del mismo modo que es ingeniero o médico o mendigo, además de español, inglés o lituano. Por eso, conviene conocer el funcionamiento de las palabras con la precisión con la que conocemos el de los pulmones”

El Café Romantic os ofrece un breve relato por obra e inspiración de Juan M. Molina Blázquez, de Totana (Murcia), que sabe que el que no sabe, y no sabe que no sabe, es un idiota, un ignorante o un distraído, y también sabe que el que sabe, y sabe que sabe y lo emplea con sabiduría, es el inteligente. Imagen con música.

 

 

 

 

 

 

 

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9 DE AGOSTO… Y OTROS 364 DÍAS

He recibido una postal del viejo de la imprenta con decenas de firmas que me felicitan por mi aniversario: Carlos Enrique, Joan, otro Joan, y también un Juan; Cristina, José María y Josep Maria; Manel y don Andrés; Estrella, Mar y Marta;  Anna y Ana y doblemente Ana; Menchu, Luis, el escritor, y Luis, el jurista; Mercè y Mercedes; Alfons y Alfonso; Pau, y Pablo; Carmen, Mary y María; Cati y Mila, y más juanes…

Lo confieso: me embarga la emoción. El cuerpo se me ha aflojado como si en alguna parte estallara una válvula capaz de liberar dos toneladas de aire. Estaba en pie y he vuelto a mi silla, frente al ordenador, con las piernas blandas como gelatina y un pensamiento en la mente, al tiempo reconfortante e inquieto: ¿ un año más, o un año menos ?

La postal lleva varias fechas de un mismo 9 de agosto: 1173, 1483, 1892, 1936… y también apuntes de otras fechas para olvidar: 1939, 1945, 2002…

“Fíjate – me dice el viejo en la postal- a donde hemos llegado desde que se alzó la torre de Pisa, se abrió la Capilla Sixtina, el señor Edison patentó el telégrafo y el señor Owens, negro con el tizón, dejó a los nazis con cara de bobos con sus cuatro oros en Berlín. Fíjate a donde hemos llegado desde que Franco y su caterva de desalmados formaron el segundo gobierno del horror, los americanos lanzaron su segunda bomba atómica y, por fin, dieron descanso eterno en el lugar que merecía a la señora Baartman tras una vida de escarnio circense para regocijo de racistas ingleses y franceses de años de oprobio racista. Era una esclava pero siempre será una señora. Un inciso, y a los guionistas americanos me dirijo: quién les ha concedido la licencia para etiquetar a su presidente de turno como el “líder del mundo libre” en todas sus películas y series de televisión. Me río yo del presidente de turno americano y de su mundo libre.

Mi querido y joven amigo, en este 9 de agosto ¿quién decide cuando acaba lo viejo y empieza lo nuevo ? No es un día del calendario, ni un cumpleaños, ni un año nuevo. No es hoy, únicamente. Lo fue ayer, lo será mañana. Lo es un acontecimiento, grande o pequeño. Algo que nos cambia, que nos da esperanzas. Una nueva forma de vivir y de contemplar el mundo. Lo importante, querido mío, es saber que siempre se puede volver a empezar. Aunque también es importante recordar que, entre todo lo malo del pasado, un pasado que nunca estará lo suficientemente lejos como para olvidar, siempre hay cosas a las que merece la pena aferrarse.

Hoy, el señor Gaarder (Jostein) me ha presentado al señor Andersen, un serio noruego serio, – y también un serio noruego -, de unos cuarenta años, estatura media y pelo rubio, como la mayoría de escandinavos. No obstante, un par de rasgos dirían que no es de esta tierra: ojos marrones y un semblante decaído, abatido diría yo. Me he tomado el tiempo de pensar que el tal señor Andersen quizás pertenecen a esa rara categoría de seres humanos que arrastran una triste existencia terrenal por la brevedad de la vida y la falta de espíritu.

La conjetura ha cobrado realidad cuando me he enterado de que es biólogo evolutivo. Si uno, como el señor Andersen, tiene cierta predisposición a la tristeza y otros catorce sinónimos que se me ocurren, una ciencia como la biología evolutiva tiene que ser poco recofortante; jodida, diría yo.

Lo sé, mi querido amigo. Quizás ha sido un error. Quizás no deberíamos haber llegado hasta aquí… Pero henos aquí, partícipes de una gran historia, de aquellas que realmente importan, llenas de oscuridad y de constantes riesgos y peligros. Ésas de las que no quieres saber el final, porque ¿ quien nos garantiza que va a acabar bien ?

Pero al final, todo es pasajero. Como una sombra, incluso la oscuridad se acaba para dar paso a un nuevo día. Y cuando el sol brilla, brilla aún más radiante si cabe. La tuya, como la de Carmen, Luis, José María, Ana… -en cualquiera de las lenguas que por fortuna viven-, son historias que llenan el corazón, porque tienen mucho sentido aún cuando con tus 146 años eres demasiado pequeño para entenderlas. Te aseguro que los protagonistas de estas historias se rendirían si quisieran. Pero no lo hacen: siguen adelante, porque todos luchan por algo. Incluso, el abatido señor Andersen…

Felicidades, querido amigo”

Desde el Café Romantic, y con el corazón -porque no sé hacerlo ni decirlo de otra manera-, gracias a todas y todos. Imagen con música. ¿ Bailamos ?

 

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La danza de los cabos

– ¿ Cómo ha ido el viaje? – le pregunté al viejo de la imprenta luego de su periplo por la costa Atlántica, en una empresa que él denominó “la danza de los cabos”. Se trataba de certificar el punto de más extremo al oeste de la península. El asunto andaba entre cabos, como si quisiera atarlos, recapitular, poner las cosas en su sitio, en su propia perspectiva.

Partió del Cabo da Roca, el que dicen que es el punto más occidental de la Europa continental, de toda Euroasia y, lógicamente, de la península ibérica y, naturalmente de la Portugal continental. Allí, donde las estribaciones de una sierra de un pueblo llegan al mar, nace y muere constantemente un acantilado de la altura de 82 hombres y medio, envuelto por una almohamadilla vegetal dispuesta un día por el Dios supremo, o vaya usted a saber quién, para resistir los embates de otro dios, el del viento, que sopla sin cesar. 

Le expedieron un certificado oficial que daba fe de su presencia en el que dicen es el punto más occidental de la Europa continental. El documento era lo de menos. El verdadero certificado se había expedido en su memoria, luego de leer al poeta Luis de Camoes cuando escribió que el Cabo da Rosa era el lugar “donde la tierra acaba y el mar comienza”.

Me explicó que descendió desde ese balcón natural a una playa con nombre de animal, donde forcejeó con las palabras hasta sacarles un nuevo sentido y desvelar al mismo tiempo el carácter ideológico que transportan, quizás una falsa conciencia.

– ¿Una playa con nombre de animal?

– Ursa, la osa.

– Los osos no suelen habitar junto al mar -observé.

– ¿Quiénes somos nosotros para decirles a los osos dónde pueden y deben habitar?.

– ¡Cierto! Disculpa, querido viejo.

El nombre, según me contó- obedece a una leyenda, porque la humanidad también está forjada de leyendas. Como si hubiera escuchado los consejos de otro viejo, de otra época, de otra imprenta, pero viejo al fin y al cabo, desobedeció las órdenes de los dioses, porque quiénes se creían ellos para impartir órdenes, y decidió no emigrar al norte con sus crías cuando los hielos que cubrían la sierra del alcantilado de 82 hombres y medio de altura comenzaron a derretirse en tiempos de la última glaciación. Los dioses, según cuenta la leyenda contada por el viejo, se enfadaron tanto que convirtieron a la desobediente osa en una gigantesca piedra y a sus crías en otras rocas más pequeñas, siempre dispuestas a su alrededor, en medio del mar. ¡Gracias, querida Ursa!.

El viaje debía durar unos diez días. Tan sólo hicieron falta siete.

– Un viaje no dura tres, cinco o diez días, dura más, muchísimo más. Dura lo que quieres que dure. Un viaje empieza en el mismo momento en que te planteas viajar. De hecho, aún estoy a medias de mi último viaje – reflexionó el viejo.

En aquel momento no supe si hablaba del recorrido que uno realiza para ir de un lugar a otro, en el estricto sentido del concepto. Pero, ¿ quién era yo para discutirle un concepto que, al fin y al cabo, siempre implica que vamos de un lugar a otro?, aún sentados en un cómodo sofá, al amparo del cálido fuego de una chimenea y de una taza de café como las de antaño, hablando de todo y de nada, tratando siempre de atar cabos de historias de batallas por la posesión de la tierra. Recordé que un día el viejo me dijo que “unos quieren dirigir el mundo, pero otros, nosotros, heredaremos la tierra”, y esas once palabras, del tamaño de 82 acantilados y medio de un altura de 82 hombres y medio, acortaron desde entonces las frías noches, noches de tristeza, contentándome siempre con mi suerte, sin aspirar a mayor dicha que no temer al postrer día.

El viejo prosiguió su viaje hacia el norte, como si persiguiera su vida, por el filo ora abrupto ora raso, tan natural como pedante, de la costa Atlántica. Al contrario que muchos viajeros, no buscó información, la información vino a él. Daba igual si tardaba horas en llegar o apenas le daba tiempo de abrir el mapa. No importaba. Lo realmente importante era el viaje que, al fin y al cabo, dura siempre hasta que recordamos nuestros recuerdos. Apenas sí cargaba una mochila como la de antiguos peregrinos, unas cuantas mudas. No llevaba cámara, la inevitable prolonganción del cuerpo del viajero de hoy. Su cámara era su memoria, tan perpetua como una fotografía.

Con un pedazo de Ursa en sus bolsillos, como manifestación de protesta ante los designios de los dioses que pretenden gobernarnos, sean quienes sean, alcanzó Finisterre, el que dicen fue el punto más occidental del mundo conocido. O así, al menos, lo pensaban los romanos. Y, ¿quiénes somos nosotros para discutir a los romanos, a nadie?.

Las palabras volvieron a forcejear en su inquieta mente. Releyó a Camoes, “donde la tierra acaba y el mar comienza”.Cierto, poeta, se dijo: “finis… terre... donde acaba la tierra”, lo que no quería decir que acabase el mundo conocido, ni tampoco los sueños. No llevaba reloj. En realidad, ¿para qué lo quería? Tampoco lo necesitaron Vespucio, Colón, Marco Polo, Bartolome Díaz y compañía y descubrieron un mundo. Había viaje.

Contempló el faro de Finisterre desde todos los ángulos y posiciones tratando de certificar si desde arriba se ven mejor las cosas desde abajo. ¡Sí!, concluyó. No me extrañó viniendo de alguien como el viejo, capaz de comenzar la casa por el tejado pues desde lo alto de la casa, de la montaña, se puede volar mejor. 

Subió a lo alto del faro, de una altura de diez hombres y medio, y se cobijó del viento que no cesaba, como impertinentemente proyectado por su insidioso dios desde el cabo da Roca, en el balcón que descansa sobre la repisa de la chimenea. Sobre él, a una altura de 84 hombres y medio sobre el nivel del mar, se alzaba caprichosa la linterna poligonal de la torre que proyectaba una luz tan limpia y extensa que incluso le permitía leer los “mundus novus” que describió Vespucio.

Captó rincones y detalles con la cámara de su memoria. Comió cuando tenía hambre, bebió cuando tenía sed y durmió cuando tenía sueño. No importaba el lugar ni el momento. ¿Quién era yo para discutirle cuándo comer y beber y dónde dormir?

Bajó de la torre alzada sobre la altura de diez hombres y medio que a su vez magnificaba el pilar de 84 hombres y medio de aquel magnífico pedazo de tierra y descansó sobre las piedras del Santo, donde unos peregrinos enviados por Santiago, o vaya usted a saber quién, le señalaron el camino del cabo Touriñán, más al norte aún.

Sentía fatiga, sí, pero el viaje, como la vida, era el viaje. No permitiría que el día acabara sin haber crecido un poco más, sin haber sido feliz, un poco más, sin haber aumentado sus sueños, un poco más, venciendo al desaliento, siempre un poco más.

En el último día de su viaje que no acabaría nunca, alcanzó Touriñán, el que dicen es el punto más occidental de Galicia y de la España peninsular. ¿Quiénes somos nosotros para discutir a cartógrafos, lugareños, gallegos, portugueses, vespucios, finisterranos, poetas y otros navegantes?

Descubrió un cabo de otro cabo, una sucesión de cabos, que rivalizaban por ganar espacio al mar, casi mil infinitos metros, en una danza posiblemente imposible entre coídos y una también infinita franja estrecha de tierra, todo lo infinita que su limpia mente era capaz de imaginar. ¿Quién soy yo para discutir qué y hasta dónde puede imaginar? En realidad, ¿quiénes somos nosotros para discutir los sueños de los demás?

A una altura sobre el nivel del mar de 54 hombres y medio, releyó a Camoes y buscó el origen de Touriñán, el origen de las cosas. No lo encontró, pero él le dio el sentido. Allí también acababa una tierra y comenzaba un mar.

Sus palabras en su mente forcejearon de nuevo entre el sentido de las penedías que formaban pétreas barras que, a capricho, la marea cubre o deja al descubierto, como los sueños, que allí eran una verdad absoluta. Con su cuerpo aquí y su mente aún allá, en el agreste paisaje de retamo espinoso de la memoria, le pregunté si alcanzó el sueño.

– Querido amigo, no hay certezas cuando se habla de sueños; algunos se logran, pero otros tantos chisporrotean y mueren. Cuando eso sucede es tentador preguntarse por qué uno ha soñado alguna vez en la vida.

Regresó, pero no lo hizo triste tras aquel viaje de siete días que nunca acabaría. Descargó las fotografías de la cámara de su memoria, les dio un sutil toque de contraste y brillo y continuó el viaje mientras las imprimía en el aire y las guardaba en el álbum de su imaginación, que también era la mía, la vuestra.

– ¿ Y cómo fue el viaje? – le pregunté, sintiendo que fue algo muy especial.

El viejo siguió hablando del viaje, y en cada recuerdo volvía a viajar.

– Querido viejo, yo quiero viajar contigo.

– Descuida, mi joven amigo, los viajes duran mientras sigamos vivos. O mientras recordemos nuestros recuerdos.

– ¿Y adónde vamos?

– Hoy, haremos el viaje a ninguna parte.

– ¡Suena bien!.

El Café Romantic presenta una propuesta literaria a partir de los modos de pensar, hacer, viajar, soñar, luchar, vivir… de Pilu Lleida, naturalmente de Lleida, (reflexiones 2.0) y Empar Baños, a quien siempre acompaña su madre en su viaje, y el viejo de la imprenta

Imagen con música, “Braveheart Soundtrack – ‘Freedom’ The Excecution Bannoburn”

 

 

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82 KILÓMETROS

Imagen con música

El viejo de la imprenta tenía una madre, como todos. De hecho, y aún los años transcurridos -que ni él mismo recuerda-, aún la tiene, aunque físicamente no está entre nosotros. Pero eso, por ley de vida, ya no importa.

Suele hablar de ella, pero no con pena. Simplemente habla de ella. De cómo le dejó, del sufrimiento lentísimo que fue consumiéndola. De sus cosas habla y también de sus gustos, de lo que amaba y no amaba, de lo que hacía, decía y sentía.

De ella hablamos, pero nunca con pena. Poco a poco, es tan suya, tan nuestra, que no hace falta ni que hablemos de ella para recordarla. Poco a poco se ha convertido en un gesto, una palabra, un gusto, una mirada que fluye sin decirlo ni pensarlo.

Siempre le escribe para que la muerte nunca tenga la última palabra. Y echa la carta al buzón sabiendo que le llegará. El hecho, por extraño que parezca, es que nunca le devuelven  ninguna carta. Llegué a barruntar que había sobornado al cartero. Pero, no. Un día hablé con él para aclarar el misterio y me negó rotundamente la cuestión. Quizá, el cartero tiene hilo directo con el cielo, algún código postal allá en el infinito azul, conjeturé.

El viejo nunca permitió que su madre -ni su padre- acabara en un asilo, aquel lugar adonde van las personas cuando la vida ha terminado con ellos antes de que ellos hayan terminado su vida.

Un día me hizo el honor de acompañarle al sagrado lugar donde vivía su madre, su hogar. En aquel sitio, tampoco le faltaba el humor. Presumía de que su madre, a sus noventa y pico, era la que mejor se conservaba del camposanto.

En el sitio no parecía haber nada de particular, pero sobre la lápida de la madre había una nubecilla gris y el aura del lugar hacía que pudieran suceder cosas extrañas o imaginadas. Percibí que el tiempo pasaba despacio cuando uno es joven, como el viejo, como yo. Había algo insólito en la quietud de las piedras.

– ¿ Qué edad tenía? -pregunté

– Disculpa, tiene. Unos noventa y pico… las buenas personas siempre mueren jóvenes – replicó.

– ¡Cierto! – sentencié.

Nos sentamos frente a la morada de su madre, y me hizo tomar papel y lápiz. Por favor, ¡escribe!, rogó el viejo. Ni eso le podía negar a mi querido viejo.

– Madre, nunca me cansaré de decirte que eres el ejemplo a seguir. Me has enseñado los valores de la vida, de cómo es y, sobre todo, de cómo hay que vivirla. Siempre regreso al pueblo que me vio nacer, me siento en el quicio de la vieja puerta de la vieja casa, y aún siento el placer de tus tortitas. ¡Recuerdas!, acababa con chocolate hasta en los ojos.

Sé que estás a mi lado, porque te siento cada vez más cerca de mí. ¿Recuerdas la trompeta que me regalaste?. Sí, esa de la que me decías, “no soples, que no hay agujero”. Y, yo, como era tontito, soplaba para hacer sonar esa canción que tanto te gusta: ¡sonrisas y lágrimas!…

Releímos las frases escritas y dichas con el alma y con el corazón, como no podía ser de otra manera. Reímos a propósito del chocolate y de la trompeta. Un día repetiríamos esas cómicas escenas, nos dijimos.

Luego, de nuevo en la serenidad, me pidió que prosiguiera con la carta. La propuesta fue como si me entregaran el premio Nobel. No dudé ni un instante.

Reinicié la carta dirigiéndome a ella como señora, por aquello de la buena educación. Pero lo taché. Al fin y al cabo, también la había hecho mía, y le llamé ¡madre!. El viejo aplaudió el gesto.

¡Madre!, al final, que es un principio, como muy bien sabes, la vida es eso. Te escribo para que la muerte no tenga la última palabra. Nunca permitiré que la muerte esté tan segura de su victoria. Te fuiste, para volver siempre, una tarde de primavera en que no había una sola nube en el cielo, y lo hiciste con los ojos cerrados y el corazón abierto…

… Limpié la casa, cerré la puerta y dije ¡hasta luego!. Y comencé a representar el papel que se me había otorgado en esta obra trágica y cómica que es la vida,con miedo, sí, unas veces a disgusto y otras con la esperanza de recuperar algo que no sabía ni a que olía, cómo era cuando empecé, ni lo que me impulsaba a seguir adelante ni porqué. ¿Dónde está, madre, lo que me sujeta a ser feliz? ¿Qué alegría pequeña viene a llenar los minutos de hoy?…

… A veces, madre, me quedo esperando a la vida , como si la vida fuera otra cosa, sin saber que ese tiempo del futuro, no es más que este, que este tiempo es lo único que tengo, rebelde a los límites y las barreras, que soy mi piel y mi rostro, con las huellas de los años  repetidos, sin miedo a estrellarme, al error, siempre con subidas y bajadas, con buenos y dulces momentos, inundados de oportunidades, de esperanza, descubriendo quién es cada uno en cada paso, dejándome sorprender por lo inesperado, sin dejarme asustar por el cambio, por la imprevisible vida que abre las ventanas como el viento y lo cambia todo, agarrado a lo único que tengo: los minutos, las horas, los días… el proyecto de vivir, la posibilidad de cambiar y seguir caminando, agarrado a la vida con hambre de más, siempre.

Y la muerte; la muerte, ese accidente es lo de menos. ¡Madre!, si no sé adónde voy, no iré a ninguna parte. A ti te lo debo”.

El viejo aplaudió la carta. Derramó alguna lágrima, algo insólito en él. Hasta aquel día, era poco dado a expresar abiertamente sus sentimientos, incluso ante mí. Nos abrazamos. Creo que aquella fue la primera vez que lo hicimos.

Luego, nos propusimos caminar hasta reventar. Por nosotros, por ella. Fueron ocho kilómetros pero parecieron 82. No importaba. Lo logramos. Y los dedicamos, nos los dedicamos.

Muchas veces, en conferencias, sobre todo ante estudiantes, me preguntan qué hace falta para escribir, cómo se escribe, por qué escribo. Y yo, suelo responder, tomando las palabras de Pascual Serrano, que para escribir hace falta valor y, para tener valor, hace falta tener valores porque, sin valores, más vale callar. Y escribo para los demás porque si lo hiciera para mí, moriría conmigo. Escribir me mantiene cuerdo en este loco plano de la vida.

Y siempre digo y repito que lo hago, digo y escribo lo hago con el corazón pues no quiero, ni sé, hacerlo de otra manera. Y también acostumbro a decir que los recuerdos son uno de los legales más importantes del ser humano. Recordar y ser recordado es tan importante como la vida misma. Hoy persona, mañana recuerdo. Hoy recuerdo, ayer persona.

Este relato está inspirado y dedicado a Empar Baños, una de esas personas que es paradigma, un ejemplo a seguir. A sus 26 años, Empar despidió el viernes a su madre, tras una nueve años de lucha contra un cruel enfermedad. No fue un adiós, nunca lo será, como yo me dije hace más de tres años con mi padre.

Veinticuatro horas después, Empar se subía a una bicicleta y logró el reto que se había propuesto, por ella, por su madre. Ayer sábado, 27 de abril de 2103, logró completar los 82 kilómetros de una durísima carrera, como la vida misma, por el desierto de Los Monegros. Hace unas horas, Empar, a través de su teléfono móvil, nos decía en su Facebook:

“Repte aconseguit!!! Hem acabat els 82km (al final han sortit més…) al desert dels Monegros 🙂 Ja sabeu com era d’important per a mi. Mamá va por ti! Gracias x pedalear conmigo!”

Desde aquí, Empar, simplemente, un aplauso y con eso te lo quiero decir todo. Por ti, por tu madre.

 

 

 

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