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Mi hermanito de la luna

– Dime querido viejo, ¿cómo se creó la luna?.

El viejo de la imprenta solía poner más expresión con un simple levantar de cejas que  hablando. Y tenía una peculiar manera de cruzar las manos cuando hablaba.

– He oído que se creó a partir de la tierra… Y he oído que en ella habitan seres que son los responsables de las pasiones y los instintos, de los deseos y las ilusiones.

– ¿Un refugio, quizá? – cuestioné.

– No, mi querido, joven e ingenuo amigo; la luna pasó de ser refugio de inferiores a elemento esencial para el equilibrio de nuestra naturaleza y condición.

Una vez más, el viejo de la imprenta me enseñó un camino; no sabemos lo que la luna esconde, pero sabemos que algo esconde.

(Relato introductorio adaptado de la novela “Lo que la luna esconde”, “opera prima” narrativa del gran escritor y profesor de Vilassar de Mar (Barcelona), Jordi Planes Rovira).

Tania Soares (Tanu), de Verín (Galicia), y residente en Luna (R.D. de Congo) -según reza en su Facebook-, nos trae una preciosa historia a propósito de la luna y de los seres humanos -pues todos somos iguales y todos somos diferentes, y he aquí nuestra grandeza-, en una adaptación del limpio, inocente y sincero relato de una niña que habla del autismo de su hermanito.

Hoy con la excepcional música de Maurice Jarre en el “triunfo del profesor Keating en El Club de los Poetas Muertos”

 

Este hermanito que siempre mira al cielo, cuando vamos de compras… incluso en coche, le encanta mirar al cielo. Mi hermanito nació como todo el mundo, pero también viene un poco de la luna; pues claro, a él le gusta lo que brilla, como la luna. Le gusta todo lo que es redondo y se parece a la luna… Además, le gusta subir las escaleras, pero no bajarlas, siempre prefiere subir. Y nunca deja de subir; sube, y sube… como queriendo siempre alcanzar la luna, la luna de donde viene. Me gustaría ser un hada para hechizarle…

 

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Con el cielo como techo

Hay ocasiones en que el viejo de la imprenta y yo dormimos con el cielo como techo. Y, entonces, como si emocionalmente siempre estuviera en la luna, me cuenta sus recuerdos. Son recuerdos que traen el eco de un patio sembrado de pilistras y un mostrador rezumante de aromas florales donde reinaban cantes y bailes anunciados en un bautizo, prolongados en la primera comunión, fermentados en bodas de cuatro lunas, asentados en fiestas sin motivo aparente y que no se apagaban ni siquiera con el funeral del viejo.

Luego, me habla de la fuerza de Titán, la luna de Saturno. Océanos de metano espaciados entre sí por cientos de años, con una fuerza de gravedad tan bajita que, cuando se evapora y llueve, forman gorditas gotas que caen muy, muy despacio. Es, entonces, cuando todo flota y tiene su gracia, espaciado entre sí por eternos instantes.

– Me encanta tu fuerza, querido viejo.

– Es como la de la cuerda de un barco, que la tensas y te acerca a una nueva orilla.

Desde Muro (Mallorca), Ventafocs nos habla de lo que nunca nos puede faltar en la vida.  Música, heaven.

Foto: Per molt alta que sigui una montanya mai podrà tapar la Lluna

 

Mi tejado y mi casa se han quemado; ya nada me priva de ver la luna que brilla… y desde entonces, por muy alta que sea la montaña, ya nunca podrá taparla.

 

 

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¿Verdá, madre?

Son las cosas que recuerdo, actas notariales de lo vivido, que he alojado en un lugar de la memoria a buen recaudo. Los viejos y pequeños libros con los poemas de Machado y Lorca, los dibujos a tinta china y los geométricos, algunas mandalas, fotos con los de la clase, la primera chica que me gustó, que no era mi novia, era mi amiga amiga. Y paisajes: caminos de lápiz marrón, bosques de difuminados verdes, el mar, siempre azul. Nunca había nubes grises y sí casitas con chimeneas y pájaros.

Un poema de Guillermo Háskel, Buenos Aires (Argentina). Siete palabras que lo dicen todoCon música y mucho gusto.

El mar

parece

el cielo

¿verdá

madre?

 

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Tocarem els estels (Tocaremos las estrellas)

Y, por fin, descubrió el mar y su olor de azul turquesa del cielo, y el mar luminoso en contraste con la abigarrada ciudad, protegida por montañas ya míticas. Y pudo tocar la estrellas mientras cuatro músicos tocaban en las mismas verjas del parque. Tocaban canciones de amor.

De Santi Fornell (Balsareny, Barcelona). Un cuento con música sobre las estrellas pues hacen falta ya que, en estos tiempos agitados, aún queremos y debemos ver y utilizar las estrellas para que nos guien en el camino.

Versió original (en català)

Cada nit dibuixarem un estel nou. Sortirem per mirar el cel mentre va enfosquint la seva llum, mirarem que mai falti cap ni un dels estels que ahir hi havien, i si un no hi és, el pintarem nosaltres.

I així, mica en mica, també posarem noms a tots aquells que inventem en el nostre dibuix: un serà el que et digui que t’estima, l’altre serà el que et recordi que ets especial, el de més enllà et dirà que mai la soledat serà asseguda al teu costat… I així, mica en mica, anirem omplint aquesta negror que fa un temps era tan i tan fosca, i que d’ençà que tu i jo la pintem d’estels cada cop és més i més brillant.

No oblidis mai, encara que passi el temps, encara que pensis que jo no hi soc, sempre que surtis a mirar la nit i vegis els estels, recorda que jo, sempre hi seré. Avui, desprès de pintar-los, els tocarem, pujarem als nuvolets dels somnis, els que tu cada nit fas venir fins al teu cap, i allà al damunt d’ells ens endinsarem fins on res no sigui diferent… Vens ?

Cada noche dibujaremos una estrella nueva. Saldremos para mirar el cielo mientras va oscureciendo su luz, miraremos que nunca falte ni una de las estrellas que ayer existían y, si acaso una falta, la pintaremos nosotros.

Y así, poco a poco, también pondremos nombres a todos aquellos que inventamos en nuestro dibujo: uno será el que te diga que te quiere; el otro será el que te recuerde que eres especial; el de más allá te dirá que nunca la soledad se sentará a tu lado… Y así, poco a poco, iremos llenando esta negrura que hace un tiempo era tan y tan oscura, y que desde que tú y yo la pintamos de estrellas cada vez es más y más brillante.

No olvides nunca, aunque pase el tiempo, aunque pienses que yo no estoy, siempre que salgas a mirar la noche y veas las estrellas, recuerda que yo siempre estaré. Hoy, después de pintarlas, las tocaremos, subiremos a las nubes de los sueños, las que tú cada noche haces venir a tu cabeza, y allá encima de ellas nos adentraremos donde nada sea diferente… ¿ Vienes ?

 

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Muere la muerte (dulce muerte)

La muerte siempre está segura de su victoria, lívida muerte cobarde. No escogemos la muerte, es ella la que viene a por nosotros. Forma parte de la vida. La nuestra es, y siempre será, una historia en que la muerte no nos es ajena. Como tampoco lo es el sacrificio, la fe, la misericordia. Somos hombres y mujeres, nada más, actuamos de acuerdo a lo que creemos mejor. Nos equivocamos, acertamos, pecamos, rogamos perdón… Que Dios, o quien sea, se apiade de nosotros. Pero la muerte también nos recuerda lo resistente que es el espíritu humano cuando quiere serlo. Por eso, llega un momento en que nuestra historia ya no es una cuestión de vida o muerte, sino de algo mucho más importante. Quiero vivir de la misma manera que sueño morir: una tarde en que no haya una sola nube en el cielo, y con el corazón bien abierto. Entonces la muerte ya no tendrá la última palabra.

Un relato en forma de poesía de Ruth Román, de Cornellà (Barcelona). Un relato con su inmortal melodía.

 

Llama la muerte a tu puerta,

sin avisar, con una crueldad consumida,

sin un futuro presente,

sin un pasado ausente.

 

Lucharé contigo hasta morir,

quizá hasta que la muerte muera,

quizá hasta que la vida me consuma,

tal vez de miedo, incluso de locura.

 

Deja la llama encendida,

no consientas que la muerte sea eterna,

la luz pervive aunque la vida muera,

la muerte vence pero no perdura.

 

Y si el vivir no es más que la mar sin calma,

no olvides que la orilla siempre resta,

poco a poco, lentamente

la mirada se diluye en un instante.

 

No es morir lo que me asusta,

es reír sin una causa,

es llorar sin un lamento,

es gritar sin un te quiero.

 

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Ya no tengo miedo

Quiero hablar sin rodeos y sentir sin miedo. Las angustias tienen que salir por algún sitio. Si retengo mis miedos, se me desgarran las entrañas y me dan ganas de arrancarme la piel a tiras. Me enfrento a mis miedos. Es el único método posible que conozco de vencerlos. Aún arrastrando heridas, aún en zonas prisioneras del tiempo, aún en la extrema aridez de la memoria, aún sumergido en un edad olvidada, aún cuando la muerte está segura de su victoria, ya no tengo miedo al cuento de la vida.

Alma Ballesteros ha pintado un cielo, de noche y de día, y nos pide que nos acerquemos, sin miedo. Un relato, como siempre, con música. French Kiss, Iwant you

Acércate, no tengas miedo, mi alma se llena del color del sol y de un cielo a rebosar de estrellas para pintar con tus versos y los míos un paisaje de sueños.

Me entregué al hada de los relatos de esperanza, y su regalo fue dos alas de amor a la vida, vistiendo la sutil seda de la amistad plena.

 

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El velador de los sueños

Por Goyo Martínez, escrito en Roses (Girona), en 2008. Relato con música (clica sobre la imagen… si lo deseas)

Serás también cual polvo enamorado

donde quiera que yazgas y reposes.

Ahora, duerme, descansa del camino.

Vigilamos tu sueño tus amigos.

Adaptación del texto original del poeta vasco Vidal de Nicolás. Cada año, coincidiendo con el aniversario de su asesinato a manos de ETA, en marzo de 2001, el Mosso d’Esquadra Santos Santamaría recibe una estrofa de un poema. En una ocasión recibió éste de Vidal de Nicolás (Portugalete, 20.04.1991).

Publicado en “Pido la palabra; crónica íntima de las víctimas del terrorismo”. Ediciones Lectio/Cossetània, noviembre de 2008.

 

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