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Derrocharé abrazos…

Todos podemos pedir un deseo al año, al soplar las velas en nuestro cumpleaños. Algunos pedimos más: con los ojos, mirando y rogando al cielo, en las fuentes, al ver una estrella fugaz… y de vez en cuando alguno de nuestros deseos se cumple. ¿Y qué pasa entonces? ¿Es tan bueno como esperábamos? disfrutamos de nuestra felicidad o nos damos cuenta de que tenemos una larga lista de deseos esperando a ser deseados.

El viejo de la imprenta se encongió de hombros. No esperaba una pregunta así: dime, querido viejo, ¿piensas que los deseos son los dulces del destino?

– Mi querido amigo, no puedo decir no que no estoy en desacuerdo contigo.

Me encogí de hombros. No esperaba una respuesta así. Gracias, viejo, tus deseos son los míos.

Cristina Penalva, desde Alcalá de Henares, nos habla de deseos, de intenciones, de gestos, muchas veces imperceptibles, pequeños, sencillos, sí, pero son las que nos hacen seres humanos, únicos e irrepetibles. Música: BSO Armageddon, para recordar de donde venimos y adónde debemos ir.

 

Y yo, que llevaba contados los abrazos…

hoy me derrocharé en abrazos: le daré abrazos al conductor del autobús, a la cajera del supermercado, a la señora del estanco y de la panadería; al primer jubilado que me encuentre sentado en la plaza de la Luz, al camarero que me sirva el café sin leche, al primer niño que sonría…y al que pase triste; a un amante, creo que hoy abrazaré, incluso, a la mujer del puesto de las castañas, y a la antipática de la farmacia, para… no dejar de abrazarte.

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Una esquina, un vaso y mi querido amigo Sebastián

En una ocasión, paseando junto al viejo de la imprenta por las románticas y canallas callejuelas de la vieja Barcelona, nos acercamos a un hombre que no era un hombre a los ojos del mundo; no era más que una sombra de alguien que un día fue alguien en ese mundo que nos condena y nos atropella hasta el hastío. Cabría decir que, incluso, había sido borrado de la humanidad. El viejo depositó unas monedas en su vaso, tan antiguo, quebrado y ajado como su rostro y sus ropas.

El hombre que era sombra se lo quedó mirando con unos ojos que parecía salirse de sus cuencas. Y el viejo le devolvió la mirada con unas palabras que nunca olvidaré:

– ¿Sabes, viejo lobo?. Eres el hombre más encantador de la tierra, pero soy el  único que lo sabe. Desde entonces, siempre que este mundo me lo ha permitido, he robado  tiempo al tiempo para cruzar mi mirada con el hombre que era sombra y regalarle unas monedas y unas palabras.

Siempre tuyo, querido viejo.

David Creus, de Mollet, nos propone “cuatro letras”, necesarias, acertadas y sinceras, para leer en este puente. Porque todos, alguna vez, hemos sido vagabundos, de una manera u otra. Hoy, con la música del Bolero de Ravel.

 

Me levanto temprano, me visto de tristeza y me propongo salir a comprar el periódico visitando a Sebastián, mi maravilloso vagabundo. Muy a muy pesar, no acepta más que mi compañía un ratito.

Recorro durante unos instantes el caminito alegre de mi propia alma, completamente desposeída de la lógica que la sociedad nos marca. Él no es consciente del servicio que me ofrece. Cuando salgo de nuestras gratuitas conversaciones de amistad, consigo ver en mí una triste mejor persona.

Recorremos juntos un trocito de alegre camino sentados en su esquina. En ese momento es cuando me invade la tristeza hacia la visión que me llega sobre el mundo en el que vivo. Observo sin querer hacerlo, la indiferencia del ser humano, incluso del que deja una moneda en el vaso de Sebastián.

En sus caras ves reflejada la prisa. Sus pensamientos están alejados de todo aquello que no sea lo que tienen que hacer próximamente. A algunos, incluso esa prisa les hacen fallar lo que podría ser el mejor tiro de sus vidas. Y la moneda queda en el suelo y no en el vaso. El tiempo ni tan solo les permite mirar a la cara a Sebastián, y no digamos ya recoger la moneda y dársela en mano, o acaso en el vaso.

Él, pausado y poseído por el frío que aún no ha desparecido de la noche, saca sus manos de los bolsillos y se las frota, acompañando el gesto de leves soplidos de calor, un calor que busca en su interior, quizás yermo.

Con ese automático movimiento, empieza a articular sus dedos. Le miro, y observo cómo recoge con una tristeza desgarradora ese tiro errado por aquel ser humano deshumanizado. Y ni tan solo, mirando sus ojos en ese instante, soy capaz de definir lo que siente Sebastián. Las palabras en este caso no me sirven.

Tal vez por eso debo comprender el porqué de mi amigo Sebastián, -nunca Sebas, que si no se enfada-, porque siempre, y pese a todo, será Sebastián. No acepta agradecimientos de nadie. Mientras el mundo se vista con la ropa de la indiferencia, la palabra agradecimiento la tiene borrada de su manual de vida.

Vive en una rutina de soledad espiritual en la que ningún bondadoso llamado dios, se atreve a llamar a su puerta. En su lucha, quiere reencontrarse con un perdón que lleva buscando desde el día que un llamado amigo se quedó con todo por lo que él había luchado. Simplemente por aceptar la palabra confianza como verdadera.

Flemático en movimientos y algo cansado por el mal dormir, mira una y otra vez a su compañero y salvador, su vaso de los deseos, donde los transeúntes tienen la opción de depositar sus monedas del desahogo emocional, para con ellas justificar la buena obra del día.

En ese momento es cuando recojo mi tristeza. Me levanto, le miro a los ojos, me acerco para abrazarles sin que desee ser abrazado, como si yo, hablara con mi conciencia. Pasados unos segundos, Sebastián me deja la frase que quiere transmitir a quien desee escucharlo, y yo la transmito a trabes de mi Facebook. Deseando ver cada día, más “me gusta”. En cada uno de ellos veo una moneda más en los vasos de los muchos Sebastián que hay repartidos por el mundo.

Es en ese momento cuando regreso al verdadero mundo de los mortales afortunados. Y colgada nuestra frase, espero que alguien se acuerde durante el día que una moneda más en el bolsillo o menos, no hace un paraíso. Pero repartidas entre todos, podemos llenar el mundo, de pequeños paraísos de paz.

Porque cada uno de nosotros, como me dice una y otra vez Sebastián, deberíamos ser capaces de cubrir nuestras necesidades básicas, con simplemente amar y poseer aquello que nos es estrictamente necesario. El resto de posesiones, tal vez nos serviría para cubrir lo necesario de los demás.

Llegan tiempos solidarios, tristemente solidarios. Grito, tristemente porque mucho me temo que solo en fechas como la que vivimos ahora, es cuando aquellos que fallaron el tiro en el vaso de Sebastián desean detenerse para aliviar sus culpas con algún acto solidario que les ofrezca el perdón.

Un perdón con el que podrán subsistir un año más con sus conciencias limpias. Ese acto bondadoso lo publicitaran a los cuatro vientos para que el resto de los mortales podamos saber lo buenas personas que son. Y en menor escala, serán nuestros vecinos en el barrio o en cualquier tertulia, los que nos harán saber su magnificas colaboraciones con los más desprotegidos.

Si eso lo hiciéramos durante el año, y escondidos de etiquetas morales que regalaran descansos emocionales, tal vez Sebastián dormiría caliente mas días al año. Solo cuando el dolor y la pena afecta a uno, somos capaces de ver lo débiles que somos ante la naturaleza, del simple hecho de vivir. Un hecho de por si maravilloso que en ocasiones hacemos exclusivo.

Como diría Sebastián ahora: querido David, algunos dicen que Dios creó al hombre y la mujer. Pero permíteme que yo, me quede con la teoría de Darwin sobre la evolución para creer en ese hombre y en esa mujer. Y mirando de entenderla un poquito, te diría, que en esa teoría lo peor es cuando el hombre se pone de pie y se da cuenta de que tiene cerebro. Porque, por muchos intentos que se han hecho a lo largo de la existencia humana por comprenderlo, el día en el que se enseñaba para qué sirve ese cerebro acudieron muy pocos alumnos.

Feliz puente a todos, y a ti sobre todo Sebastián, por favor cuídate estos días.

 

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Luceros en la noche

El caracol, indefenso y ligero, humilde criatura donde las haya; con su casa a cuestas, su morada, que va construyendo con su propia saliva a medida que va creciendo. Mientras quede un caracol sobre la faz de la tierra, mientras haya un pino en el pinar, mientras haya una gota en el río… ¡es un sueño!.

¡Ay!, los sueños, ese mundo tan extraño, misterioso a la par que apasionante y toda una pesadilla en demasiadas ocasiones. Desde Córdoba, José Arjona nos dice que son como luceros en la noche que persigue el hombre y que si quiere seguir siendo hombre, siempre deberá perseguir. Con música, “notebook”.

 

Benditos los sueños que en algunas ocasiones tenemos, los cuales no distinguimos de los demás sueños. Son como luceros en la noche, que nos iluminan el verdadero camino. Si el hombre supiera distinguirlos, sería más sabio, justo y certero en su camino.

 

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Historia de un profesor -no cualquiera- / 3r capítulo (el brillo de sus ojos)

Por Elizabeth Vargas, San Juan de Puerto Rico

Amante de la literatura, 1a parte
Cada letra en sus sueños, 2a parte

 

Las semanas fueron eternas, pero ya estaba de vuelta.

¿Habría leído el poema? ¿Le habrá conmovido? ¿Sentiría lo que le quería transmitir?

Xiomara navegaba entre un mar de preguntas sin respuestas, mientras aguardaba la llegada del profesor Barrientos. Su ausencia esos días todavía era un misterio.  Faltaban 10 minutos para iniciar la clase, su mentor debía estar por llegar y ella no podía esperar un segundo más para verlo y confirmar que estaba bien.  Como una niña enamorada sabía que la magia de escucharlo en clases volvería a su corazón.

Sin embargo, ese día no fue como los demás.  El profesor Barrientos llegó callado, con la mirada pérdida en el horizonte, no tenía el brillo de sus ojos. Hizo su mayor esfuerzo por impartir el curso y cumplir con su responsabilidad, pero le faltaba la pasión que le caracterizaba.

Cada estudiante tuvo la oportunidad de ir al frente y leer su poema.  Barrientos hizo un pequeño análisis de las inspiraciones de sus alumnos y permitió que los demás también compartieran sus impresiones. Xiomara estaba ansiosa porque llegara su turno. Lo que dijeran sus compañeros no le preocupaba, solamente quería ver la reacción del profesor al escuchar su poesía. Una fuerte emoción la invadía y a la vez sentía una tristeza muy profunda.  Era como si su alma se hubiera conectado a la de Barrientos y estuviera sintiendo el dolor que reflejaba en su mirada.

-Xiomara es su turno – dijo el profesor mientras miraba el reloj.

Mi poema se llama: Sólo sueño

“…Ya no quiero despertar

Si a tu lado no voy a estar

Prefiero delirar

No me niegues la oportunidad

Déjame soñar”.

El tono de la lectura se volvió más intenso, al finalizar su poema Xiomara había transmitido toda la pasión que experimentó al escribir esas letras. El profesor Barrientos se paralizó, respiró profundo y se dirigió a la clase.

-Terminamos por hoy, en la próxima clase evaluamos el poema de Xiomara.

Todos estaban sorpendidos, los ojos del profesor estaban llenos de lágrimas. Los estudiantes salieron aún conmovidos por la escena. El salón se vació. En medio del silencio Barrientos se desplomó, comenzó a sollozar, un grito desgarrador se podía escuchar en los pasillos de la Universidad. Xiomara permanecía fuera justo al lado de la puerta. Estaba consternada por lo que sus oidos escuchaban y su alma se deshizo con el llanto de su amor platónico.

[Continuará…]

 

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El tejedor de sentires

En el mediodía de su vida, había llegado más lejos que en sus sueños de adolescente, unos sueños que eran tan poderosos, que ni siquiera cumplirlos podía superar lo que le hacía sentir. ¿Y qué sentía ahora que los había cumplido?. Una necesidad. La necesidad de escribir. Y decidió contar las cosas como las sentía, poniendo las palabras al servicio de las emociones, reivindicando pequeños códigos de escritura propios, los suyos, los de su época, romántica y rebelde, siempre hasta encontrar la propia. Y escribía para dar las gracias a alguien que, con unas simples palabras tejidas sobre un puñado de mensajes, la había arrancado de las fauces de la tristeza.

Desde una oscuridad romántica, nocturna, de lágrimas de rímel y un negro no necesariamente riguroso, Cylthia CG (México) ha escrito estas cinco líneas para decirnos que recibió un regalo en forma de palabras tan poderosas que vencieron a su tristeza y la llevaron hasta su infancia. Nos dice además Cylthia que tan bonito e imprescindible es escribir como compartir, dedicar las palabras a alguien cuando las necesita y menos lo espera y dar las gracias, sobre todo en este mundo que nos condena hasta el hastío… Porque la vida son palabras y música.

 

Esta noche tenía los instantes llenos de lágrimas tristes. Entré a leerte y montarme en tus letras para irme lejos, aunque fuera un breve momento.Y me encontré con semejante regalo. ¡Mira, lo he abierto como una niña!. Mis lágrimas se han convertido en remanso dulce, gracias a tus letras, querido tejedor de sentires.

 

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Tras el muro / 2º capítulo

Tras el muro, de Alfons Carrasco, 2º capítulo

1r capítulo

Fui a dar a una habitación contigua, cayendo sobre una tullida cama que había pegada a la pared. Quedé un momento aturdido, no sabía qué había pasado ni cómo había pasado, pero lo cierto es que ya no estaba en el tugurio de antes, estaba en otro lugar; ni rastro de mis perseguidores ni del local atestado de gente en el que acababa de entrar. Me eché las manos a la cara, intenté pensar un momento:

—¿Qué coño me ha pasado, he atravesado la pared? Pero, ¿dónde cojones estoy? —me dije a mí mismo con una cara de incredulidad que, imagino, tenía en esos momentos.

No tenía tiempo para pararme a pensar, por lo que me levanté de aquella extraña cama y me acerqué hacia la puerta de la habitación. No se veía ni escuchaba ningún sonido, por lo que pensé que no había nadie en aquella casa; anduve a través de un pequeño pasillo, atravesando algunas habitaciones que había a ambos lados y llegué a un pequeño comedor. Por suerte, aquella casa estaba vacía en esos momentos, así que me dirigí rápidamente hacia la puerta de la calle e intenté abrir, pero, como imaginaba, estaba cerrada. Deduje que sus moradores habían salido y, como es lógico, la puerta estaba cerrada con la llave. Miré una de las ventanas que daban a la calle, pero al ser una planta baja, a pie de calle, había una reja que impedía mi salida. El nerviosismo empezaba a apoderarse de mí, notaba que el sudor me invadía nuevamente y se me aceleraba el pulso. Tenía que pensar; miré a mi alrededor y vi una escalera que subía al piso superior, entonces deduje que allí cualquier ventana o balcón me serían útiles para salir.

Me dirigí a una de las habitaciones, en ella había una gran cama de matrimonio flanqueada por dos mesitas de noche y un gran armario, me dirigí hacia la ventana y la abrí tras retirar unas pequeñas cortinas; miré hacia el exterior, daba a otra calle menos concurrida que la anterior, pero no veía ningún elemento al que agarrarme y por el que iniciar el descenso, pese a ello y sin pensármelo dos veces, me descolgué por la ventana y sujetándome con una mano me dejé caer hasta el suelo. Caí de pie contra el duro suelo embaldosado y un tremendo dolor me subió por la pierna, hizo que perdiera el equilibrio y caí rodando por la acera; me detuve en seco golpeándome con una de las farolas que a lado y lado iluminan la calle a esas horas en las que ya anochecía. Sin moverme empecé a notar un dolor en las plantas de los pies debido al fuerte impacto. A los pocos segundos todo empezaba a volver a la normalidad y el dolor de la pierna y la planta de los pies empezó a menguar significativamente. Miré hacia arriba y vi que la altura no era tanta, vista desde el suelo, pero lo que era cierto es que ya no tenía edad para esas cosas.

Magullado y con algo de dolor en las piernas, me puse en pie y comencé a caminar calle arriba, no había ni rastro de mis perseguidores que, imagino, aún estarían con la boca abierta y no era para menos. Aún notaba el paquete en mi entrepierna, era una suerte que con todas las carreras no se me hubiera caído. Lo abrí mientras andaba por la calle, era un monedero de color verdoso bastante grande, con varios compartimentos. Únicamente me interesaba el dinero, lo demás, como solía hacer habitualmente, lo tiraba en un cubo de basura o sencillamente lo dejaba en cualquier lugar en el suelo, para que, si alguien lo encontraba, pudiera devolverlo si quería a su dueño, aunque esto último me preocupaba poco. Estaba de suerte, en el interior había algo más de trescientos pavos, con lo que tenía asegurada la cena durante algunos días.

De nuevo me vino a la mente la pared que había atravesado aquel atardecer, aún no sabía qué es lo que había ocurrido, pero lo que recuerdo es que había atravesado la pared, pero ¿cómo? Lo más lógico era pensar que algún tipo de malformación de la pared había facilitado mi paso a la otra habitación, aunque hice una prueba; me acerqué a la pared de la calle por la que subía en dirección a la zona de bares de la ciudad y con mucho cuidado, puse la mano en ella. Nada, la pared estaba fría; noté el rugoso tacto de los tochos de obra vista de la pared sobre mi mano; sin duda no podía traspasarla, ni mucho menos.

Me dirigí al bar Scorpions, allí solía pasar las horas y, a veces, las noches enteras charlando con amigos y conocidos que, como yo, vivían la vida sin más preocupaciones; aunque esa era una noche especial, tenía algo de dinero en el bolsillo. El bar se encontraba en la primera esquina justo al dejar la gran plaza central; era un lugar divertido en el que la gente se dejaba caer de tanto en tanto y tomaba unas copas dejando las preocupaciones en la puerta, al menos eso parecía a juzgar por el ambiente que siempre reinaba.

Continuará…

 

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Seis correos; lágrimas, una vida…

En la mirada del viejo de la imprenta se reflejaban los mares que dormían en su memoria. Eran emociones abstractas, no verdades absolutas. Pequeñas historias en las que contaban todos los adornos. Poderosas, en cualquier caso. Les ponía orden, con cuidado, despacito. Algo así como lo que hacía su madre cuando decoraba la casa con sus recuerdos: en lugar de amontonarlos, los colocaba con gracia y arte.

A partir de seis breves correos electrónicos de Cylthia CG (México) a propósito de una historia de un profesor no cualquier, un trastero, azul, una amalgama de vivencias vividas expectante y anhelante de satisfacer deseos y ilusiones ansiadas, y amores que van y vienen tras recorrer 15.000 kilómetros, se han tejido estas palabras convertidas en mensajes sobre la vida, una vida como la nuestra que, ocasionalmente, puede doler al punto de las lágrimas, ora de alegría, ora de tristeza. Con la voz de Luz Casal, “entre mis recuerdos”.

Como cometa que arrastra un caudal, tanto cambia todo que puedes tejer nuevos días encima de viejas noches porque bendito el sueño que se teje de hilos del “no debí” y del “no debiste”. La vida me ha enseñado palabras sentidas que derrotan silencios que matan. Llama, ¡es la clave!.

 

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