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Porque un día dejé de serlo, vuelvo a ser

En un plácido atardecer de agosto, en el protegido retiro de su playa, agotando el último de los primeros días de su vida antes de arremangarse para los ensayos de su nueva vida, ella conversa animadamente con ella. Resguardada ya del sol, los pensamientos fluyen al compás de la naturaleza. La brisa, caprichosa, envuelve el momento. Hay palabras, ideas que brotan sosegadamente. No hay prisa.

De repente, mira al cielo y descubre el vuelo de la gaviota. Saborea la libertad del animal como si fuera la propia. Todo es consecuencia de la constancia y de la profundidad con que se vive en cada momento. Lo traduce. Lo hace suyo. En un acto de continuidad, ella regresa a su conversación con ella mientras el ave, eterno pasajero circunstancial, desaparece en el alto azul llevando al viento un alma transparente, un carácter fluido.

Porque existen cosas que sólo puede hacer uno mismo, un breve relato que surge de la inspiración y del profundo pensamiento de Maite Arbonés (Lleida), en un estilo muy personal en que los ojos clavan las frases dichas y escritas como alfileres, dulces alfileres. Con música y mucho amor, porque la vida es como una caja de bombones…

– ¿Duermes?

– No sin un sueño.

– ¿Te levantas?

– No sin un motivo.

– ¿Vives?

– No por nadie que no esté dispuesto a vivir por mí.

– ¿Y tu ayer, y tu mañana?

– Ningún día se parece a otro.

– ¿Parece que…?

– Nadie se parece a mí.

– ¿Quién te hará feliz?

– Sólo hay una persona capaz de hacerme feliz para toda la vida.

– ¿Quién es?.

– Yo mismo, yo misma.

Porque un día dejé de serlo, vuelvo a ser.

 

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La madre que no publicaba sus silencios

Hay un día trágico en la vida de un niño cuando descubre que los padres pueden morir. El pensamiento le rondó durante meses a la hora de dormir y hubo momentos en que, por no poder soportar la idea, lloró sin consuelo. Entonces los padres le prometieron algo que no estaba en sus manos, que no dependía de su voluntad: morirían de viejos, muy viejos, y le acompañarían casi durante toda su vida. En la mente del niño la idea maduró como maduran los dientes: todo tiene un final. Cerró los ojos y se vio niño, cuando sus padres le explicaron recuerdos de hacía 30 años. Dice el sabio refranero popular: Dios no podía estar en todas partes a la vez. Por eso creó a las madres.

Un relato, con música, de La Sociedad de los Poetas Muertos, en homenaje al genial Walt Whitman, desde Valparaíso (Chile)

 

Su madre lo guardaba todo. Cuando hubo que enterrarla y vaciar la casa, empezaron a salir de los armarios y cajones muchos objetos, actas notariales de lo vivido por el hijo: patucos azules de punto, el cirio del bautizo, algún diente de leche, el reloj de la primera comunión, una agenda con los teléfonos de los primeros amigos, y alguna amiga, un caleidoscopio, la cartilla de la mili y muchas fotos: con su tía misionera, con el amigo en la noria, en la playa, con su padre, el primer coche. También aparecieron los libros de texto garabateados y los primeros problemas: un tren sale de la estación… y otro lo hace, el inevitable principio de Arquímedes, los verbos irregulares, los poemas de Espronceda. No faltaban los primeros dibujos a tinta china, geométricos, las fotos con los de la clase, la primera chica que le gustó, que no era su novia, era su amiga. Y algunos paisajes: caminos de lápiz marrón, bosques de difuminados verdes, el mar, siempre azul. Nunca había nubes grises y sí casitas con chimeneas, pájaros y una mujer que le miraba con los ojos de una madre.

 

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Poesía de la calma

Herido, estoy herido. Sus manos de seda acarician la herida, acunan mi alma. Veo pasar la vida en un instante pero me siento tranquilo. De su alma a sus manos, de sus manos a mi cuerpo. Sus manos, con el cuidado del viejo relojero, relojero del tiempo, cura la herida, herida del alma. Y traen la calma. Y me rindo sin miedo. Y no quiero huir, huir del tiempo pasado, del tiempo que vendrá.

Un preciosa poesía de María José Fresneda (Madrid), una mujer que sabe mucho de heridas… también del alma. María José es voluntaria del Servicio de Protección Civil de Madrid (SAMUR), buena gente, extraordinarias personas. Clica sobre la imagen para escuchar y ver entre sus recuerdos, mis recuerdos.

Mientras la dama miraba
sin que sus ojos vieran,
su corazón sentía
y no palpitaba.

Un suspiro corto
casi la sumía
en un éxtasis perpetuo
sin que lo notara.

y talló deseos en un atardecer de otoño,
y escuchó a su alma a través del tiempo,
y sintió sin prisas lo que no llegaba,
y encontró la calma,
y se rindió sin miedo.

 

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