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Y uno que aprende y aprende, y nunca deja de aprender

– Disculpa, querido viejo, ¿has visto mi alma?

– ¿Para qué la quieres?, mi joven amigo.

– Para ganar el mundo entero.

– ¿ Y de qué te sirve ganar el mundo enterno si has perdido tu alma?

– Para poner orden al deplorable reparto de este mundo que se ha convertido en una obra de teatro.

– Cuidado con lo que deseas, ¡puede convertirse en realidad!.

– Sabes qué, viejo: mis propios asuntos siempre me aburren mortalmente. Prefiero los de los demás.

– Yo de ti sería tú mismo; los demás puestos ya están ocupados.

– ¿Estás seguro de ello?

– Recuerda que el mundo ha sido hecho por locos para cuerdos. Las cosas de que uno está absolutamente seguro nunca son ciertas.

– ¿Qué debo hacer, pues? – pregunté, creyendo conocer el valor de todo. En realidad me di cuenta de que conocía el precio de todo pero el valor de nada.

– Bate el hierro mientras está caliente. Hazte amigo siempre de cada instante, de cada palabra, de cada minuto, de la alegría de vivir y preocupate menos de las llagas de la vida. La vida es también una llaga, y las llagas, llagas son, como los sueños.

– ¡Cierto!, querido viejo, nada envejece tan rápido como la felicidad.

– Recuerda que el que vive más de una vida debe morir más de una muerte.

Luego de la conversación, ensimismado regresé a mis asuntos mundanos, mis letras, nuevamente convencido de que todo lo que se hace a menudo, es un placer. Ese era el secreto de mi existencia. Sí, me sentía sumido en una alcantarilla pero, aún así, lograba mirar al cielo. El viejo irrumpió por unos momentos en mis pensamientos. No me molestó. Tenía venia hasta para eso.

– No voy a dejar de hablarte sólo porque no me escuches.

Y quién decía que no le escuchaba. Pero él siempre tenía una vía de escape para todo. Advirtiendo el placer que sentía yo en aquel momento de embelesamiento, me dijo:

– Me gusta escucharme a mí mismo. Es uno de mis mayores placeres. A menudo mantengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una palabra de lo que digo.

Gracias, querido, sea como fuere, la vida vivida es un placer.

Que yo sepa, nunca se han visto cara a cara pero Tania Soares, desde la “Luna de Verín”, es como si conociera de toda la vida al viejo de la imprenta. Y es que la vida es un continuo aprendizaje, y nunca deberíamos dejar de aprender. Y si acaso lo hacemos, desaprender, también es un aprendizaje. (Introducción del relato basada en el pensamiento de Oscar Wilde y del viejo de la imprenta).

En  la imagen, Our last summer,una deliciosa melodía de la película “Mamma Mia”

Despues de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una mano y encadenar un alma.

Y uno aprende que el amor no significa recortarse y una compañía no significa seguridad.

Y uno empieza a aprender que los besos no son contratos y los regalos no son promesas.

Y uno empieza a aceptar sus derrotas con la cabeza alta y los ojos abiertos.

Y uno aprende a construir todos sus caminos en el hoy, porque el terreno de mañana es demasiado inseguro para planes y los futuros, se caen en la mitad.

Y después de un tiempo, uno aprende que, si es demasiado, hasta el calorcito del sol quema. Así que uno planta su propio jardín y decora su propia alma, en lugar de esperar que alguien le traiga flores.

Y uno aprende que realmente puede aguantar, que uno realmente es fuerte, que uno realmente vale.

Y uno aprende y aprende, y con cada adiós uno aprende.

 

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El niños raro (2n capítulo)

¿Para qué sirven una planta, una semilla y una conversación con una mujer, quizás imaginaria, y que parece sacada de un cuento de hadas?. Donde radica la energía de cada uno. Por Rocío Sánchez Rivas, Sevilla. Con su música, por supuesto.

Del primer capítulo

La mujer acercó la mano y le mostró una semilla luminosa, parecida a una especie de luciérnaga, y le susurró al oído: -Toma este fruto de la vida, la verdad y la justicia, siémbralo donde otras personas no puedan dañarlo hasta que crezca, cuando dé su fruto cómelo y de ti emanará una gran sabiduría. El niño respondió: -Soy un niño raro, eso dicen todos de mí, no creo que sea posible poder cambiar eso. -Carlos, a veces es bueno ser “raro” o diferente para poder ser sabio, tu destino está escrito.

El niño se quedó pensativo, sin decir nada más se guardó la semilla y se arrodilló ante la mujer diciéndole: -Gracias, lo haré. Ella con una dulce sonrisa se alejó de él con música en cada uno de sus movimientos.

 

Segunda parte

Al llegar a su casa, Carlos pudo recordar que había podido hablar con esa mujer, y se alegró al comprobar que había hablado tan fácilmente con alguien. Se metió la mano en el bolsillo y sacó la semilla. Debía buscar el lugar apropiado para sembrarla sin ser visto por nadie. Al día siguiente lo haría. Esa noche durmió profundamente. En sus sueños vio de nuevo a la mujer señalando una casa abandonada cerca del pueblo. Él conocía ese lugar. ¡Sí!, sembraría allí la semilla.

Al amanecer, antes de que los habitantes de Esmeralda despertaran, fue a la casa abandonada, salto la verja y vio el lugar exacto donde tenía que sembrar la semilla, en un rincón donde no había ningún yerbajo.

Todos los días,  Carlos se dirigía a la casa para ver como crecía la planta. Siempre iba junto a su fiel amigo Rufo, que lo acompañaba con gusto moviendo el rabo donde quisiera ir, y agradecía cualquier caricia que su amo le regalara. En pocas semanas, de la pequeña semilla creció una planta de un color verde intenso, con débiles ramitas, de las cuales colgaban unos frutos parecido a las uvas negras, pero de inferior tamaño, con una textura blanda y esponjosa. No sabía cuándo tenía que comerlo, pero su instinto le decía que esperara. Pasaron varios días y volvió a soñar. Ya era la hora.

Miró a la planta delgada, pero repleta de frutos, cogió uno y se lo comió. El cuerpo le quemaba por dentro, quiso escupirla pero ya era tarde, el fruto germinaba en su ser, lo notaba, sentía su sangre hirviendo en las venas, el cuerpo lo tenía completamente entumecido. ¿Era todo producto de su imaginación? No, no, era insoportable, moriría. Pero no fue así, poco a poco se sentía mejor, aún respiraba jadeante, pero era otra persona, eso pensaba.

Al saltar la verja, de regreso a casa se cruzó con dos niños del pueblo, los que siempre se burlaban de él. El más alto le dijo:

-Hola niño raro. ¿Sabes decir hola, o eres tan torpe que no sabes pronunciar esa palabra?

Carlos, sin entender como salían esas palabras de su propia boca, le contestó:

-¿Cómo quieres que te diga hola, si tu saludo no será verdadero, sincero?. Es una burla hacia mi persona, que ni siquiera os habéis molestado en conocer.

Ahora era él quien había dejado sin palabras a los dos niños. Se alejó de ellos con gran satisfacción por lo que acababa de hacer.

Desde aquel día Carlos era otra persona, hablaba con todo el mundo, reía, hacía una vida normal como cualquier niño de su edad. Sus padres no daban crédito al cambio repentino de su hijo, se enorgullecían al ver lo sociable que se había vuelto con sus vecinos. El profesor de la escuela decía que sin duda Carlos, tenía un futuro brillante y estaba dotado con una gran inteligencia para poder ser en la vida lo que se propusiera.

Pasaron los años y fue el sucesor del Alcalde de Esmeralda. Era muy apreciado en el pueblo por su cercanía y amabilidad hacia las personas.

En las fiestas regionales organizó un evento de entrega de premios a la mejor cosecha del año, y estaba dando un discurso de agradecimiento cuando, a lo lejos pudo ver esa luz de antaño que le había cambiado la vida, en el mismo lugar donde la había visto por primera vez. Sentía gran curiosidad, quería volver a ver a la mujer de extraña belleza que tanto le había regalado. Al terminar su discurso se encaminó hacia el viejo olmo, en el mismo sitio, con el mismo aspecto, en todos esos años no había envejecido. Y allí estaba ella. Ahora la veía aún más radiante, desprendía luz por su rostro, por su ropa. Carlos dijo:

-Gracias buena mujer por haber hecho de mí lo que soy, el fruto mágico me dio todo lo que me faltaba en la vida.

Ella respondió:

-El fruto que comiste era la llave de la puerta cerrada en tu interior, lo que eres ahora salió de ti, te ayudé a tener confianza en ti mismo y que aflorara la persona con gran sabiduría que estaba oculta dentro de tu ser.

Carlos lo comprendió. Todos esos años había estado equivocado, pensaba que el fruto le había dado vida y sabiduría, pero no era así, era él quien tenía la sabiduría pero necesitaba un estímulo para sacarla a la luz.

Y la mujer siguió alejándose con música en sus pasos.

FIN

 

 

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Cuento de Navidad. El sueño de creer en la magia de nuestros corazones. III capítulo.

Un cuento de David Creus. Relato con música. Clica sobre la imagen.

 

… Salí del bar pensando que debía mentener en silencio mi locura. Posiblemente, sería motivo de risa, de sarcasmo, si hacía algún comentario. Quién podía creer que José, el carpintero, me guiñaba el ojo, o se movía por el pesebre.

Recuerdo que aquel día me fije en todos los San José de los pesebres que me encontraba, mientras paseaba por mi pueblo, observando los belenes que encontraba en el camino. Ninguno me hizo sentir nada como el José del bar de Montse.

Aquella noche sí que me costo dormir. Deseaba que el reloj avanzase veloz para regresar al bar de Montse. Me levanté más temprano de lo habitual, me apresuré a vestirme y corrí hacia el bar.

Montse, al comprobar mi excitación, me preguntó si me ocurría algo. “Nada”, le dije. Los viejos sabios reían de mí, entre dientes y con falso disimulo. Pensé que tenían razón, y volví apresurado a mi esquina, a mi rutina, a saborear mi cortado, perdiéndome en la lectura del periódico. Al pasar unos minutos, mi presencia volvería a pasar desapercibida y podría volver a dirigir mi mirada al pesebre, pensé.

José no se encontraba donde lo deje. María permanecía en su sitio, así como todas las figuras del pesebre; a José lo encontré fuera del poblado, como si observara la llegada de los Reyes Magos. Pensé, de nuevo, que aquello me estaba afectando mucho.

No me atreví a tocar su figura y, sin darme cuenta, le había dado vida en mi cabeza, sintiendo un miedo atroz a que fuera obsesivo.

Era del todo imposible que una figura de pesebre se moviera, y aún menos posible era que José se encontrara al cuidado del poblado para tener todo preparado una vez llegado el día esperado.

Solo era un sueño. Quise desconectar del pesebre sin buscar ninguna lógica a lo que mi cabeza me transmitía, haciéndome sentir una magia que tal vez aquel año necesitaba.

La situación empezaba a ser obsesiva, afectaba a mi cordura. Volví a mi periódico saboreando mi cortado, anhelando la normalidad.

De repente, oí una voz gruesa que pronunciaba mi nombre; no fui capaz de asociar la voz a ninguno de los amigos del ríncón que nos encontrábamos en el bar. No hice excesivo caso. De nuevo, escuché mi nombre. Aumentó mi preocupación. ¡Locura!. Inconscientemente, dirigí la mirada al pesebre; fue entonces cuando descubrí que mi locura era ya absoluta.

Era la figura de José la que me llamaba. No pude más y pregunté a Montse si ella también oía la voz. “No”, respondió, por supuesto. Como hipnotizado, me acerque al pesebre. José me pidió que soñara, que escuchara su voz, solo yo lo escucharía.

Por un instante olvidé dónde estaba y le pedí una prueba de que no estaba loco. Su respuesta me dejó aún más perplejo. No se le ocurrió otra cosa que lo cogiera y lo pusiera sobre la mesa de los viejos sabios del rincón del bar…

 

 

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Con Mucho Gusto (al calor de una taza de café)

(Relato con música. Clica sobre la imagen).

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Dijo Honoré de Balzac, una de las mentes y plumas más influyentes del movimiento del realismo, que la barra de un café era el “parlamento del pueblo”. Ciertamente, los cafés han sido desde sus inicios el refugio ideal donde estimular el espíritu y elevar la conversación a la categoría de arte. Y ha sido en estos pequeños universos donde la mano del hombre ha engendrado buena parte de lo mejor de la literatura y la música universales, al calor de una buena taza de café, o incluso de las más bravías bebidas espirituosas, del humo del tabaco que le daba al local un halo aún más misterioso y de los acordes de un pianista o un violinista que, posiblemente, pensaban más en su estómago que en su música. Como dijo Unamuno, era el café el lugar donde se encontraba gente porque se había citado y otros que no se citaban porque ya se encontraban. 

Lugares de leyenda por excelencia, los cafés han alumbrado las más increíbles transacciones humanas que han dado pie a las más asombrosas historias llevadas al papel, para nuestra fortuna. En un café puedes – o podías- encontrar a un hombre que decía necesitar contenedores. Pero su anuncio, quizá proclamado a gritos al entrar en el local, no significaba que necesitara contenedores. A lo sumo, los contenedores los necesitaba un amigo de un amigo de un amigo suyo.

Explica Julio Camba en su Rana viajera: “yo tengo en Bilbao un amigo que se compró a sí mismo trescientas toneladas de brea. No se trata de un bilbaíno, sino de un madrileño. A poco de llegar al café del bulevar, este chico dijo que necesitaba brea. En Maxim’s hubiese pedido whisky;  pero en el café del bulevar se le desarrollaron apetitos de más importancia. Quería brea, muchas toneladas de brea, y, cuanto antes, mejor. Pasaron días, y  los deseos de mi amigo fueron satisfechos. Mi amigo tuvo brea en gran abundancia; pero como, en realidad, él no necesitaba la brea para nada, al verse lleno de ella se puso a ofrecerla.

—¿Quién quiere brea? —dijo, entrando en el café del bulevar—. Yo puedo venderla en excelentes condiciones.

—¿Vende usted brea? —le preguntó un señor—. Pues yo le compro a usted trescientas toneladas.

Sentados a una mesa de mármol desgastado por el tiempo, en la que quizás hubiera algún mensaje del tipo “yo me enamoré aquí y aún no sé porqué y de quién”, los dos hombres convinieron el precio y sellaron el pacto en una servilleta de papel. Pero el comprador no compraba por su cuenta, sino por cuenta de un señor a quien, quince días antes, le había oído decir que quería brea. Y este señor resultó ser precisamente mi amigo, el cual siendo  vendedor de sí propio no pudo robarse gran cosa y sólo perdió la comisión.

A su lado, posiblemente, había quien brindaba por el Papa Clemente VIII por declarar, allá por mil quinientos y pico, la inocencia del café. ¡Qué sabio este Clemente!, gritaría cuando el santo probó aquella,hasta entonces,poción del demonio, la bautizó y declacó al café “bebida ciertamente cristiana”. Y se le uniría otro que daría las gracias públicas a quien trajo el café a Europa, aunque ni sabría cómo se llamaba ni a qué se dedicaba (según los entendidos en la materia, aunque no es asunto aún pacífico, fue el comerciante veneciano Pietro Della Valles). Quizás alguno también cogería un disgusto de muy padre y señor mío al saber que, según la historia, fueron los Borbones quienes introdujeron el café en España.

Para nuestro desafortunado infortunio, son pocos los cafés que, hoy en día, desempeñan tan noble labor de difusión de nuevas ideas, de recuperación de viejos pensamientos y de catalalizador de tertulias, unas más afortunadas que otras. Pero, donde hubo fuego aún hay brasas.

Ligera guía de los cafés con mayor solera de la Europa más cercana.

Café de la Ópera de Barcelona, desde 1929

Cafe Opera Barcelona

Este  local inicia su actividad restauradora a finales del siglo XVIII como  Tasca-hostal punto de salida de los carruajes hacia pueblos de la  comarca y otras ciudades como Zaragoza ,Madrid ,etc.

Con  la llegada del ferrocarril ,la difusión del tranvia y la inaguración en  1837 de lo que hoy conocemos como “Gran Teatro del Liceo”,modifica su  actividad .Y así , a mediados del siglo XIX , se convierte en una  afamada Chocolatería. De corte y estilo vienés. Con las típicas paredes  de madera repujada adornadas con cristales y pinturas de corte clásico.  Actualmente se conservan los espejos (colección única) y algunos  vestigios de la decoración ,bajo los ornamentos actuales.

Algunos años más tarde ,surge un  nuevo cambio de orientación. Ahora como Café-Restaurante conocido con  el sobrenombre de “La Mallorquina” .Uno de los locales más elegantes de  la ciudad. Punto de encuentro de la aristocracia y alta burguesía  barcelonesa.

A finales del  año 1928 ,los antepasados de la actual propiedad adquieren el  establecimiento y siguiendo la tendencia de la época se reforma en  estilo “Modernista” aunque con ciertos matices neoclásicos. Inaugurado  a principios de 1929.Y ya,como “Cafè de l´Òpera” no ha cesado su  actividad desde entonces ni siquiera durante la Guerra Civil ( en vida  de su propietario ). Hoy ,el local recientemente restaurado por el  arquitecto Antoni Moragas, forma parte del patrimonio histórico de la  ciudad.

Sin embargo, la auténtica historia del “Cafè de l´Òpera” no la hace su emblemática  antiguedad ,sino los clientes que como usted y durante generaciones,  han escrito una página de la vida social y política barcelonesa.Desde  el Rey Alfonso XIII a los anarquistas desde políticos a sindicalistas,  desde intelectuales a ”bohemios”, pintores, escritores, personajes de  la farándula pasando por músicos, cantantes, etc. En una palabra,  personas de diferentes paises y culturas. Tres libros de firmas y  cientos de anecdotas son notarios de la vida del Café.

Café Gijón de Madrid, 123 años de historia

El Café nace cuando el asturiano originario de Gijón Gumersindo Gómez adquiere el local ubicado en el paseo de Recoletos, número 21. El 15 de mayo de 1888 se inaugura y abre de forma modesta entre las calles de Prim y Almirante. Gumersindo había ganado dinero trabajando en la ciudad de La Habana, posteriormente regresó a Madrid y el dinero lo invirtió en un modesto local en propiedad, no muy amplio para lo que era el estilo de la época. Con ello abriría lo que será el café de tertulia del siglo XX. Han existido diversos personajes en la vida del Café. Muchos de ellos son entrañables cuando al pasar de los años se les recuerda.

  • Según se entra a la derecha hay un puesto de venta de tabaco que desde 1976 hasta 2005 regentó el «cerillero» Alfonso González Pintor (1933-2006). En 2004 se colocó una placa en su honor a la entrada del local: “Aquí vendió tabaco y vio pasar la vida Alfonso, cerillero y anarquista“.
  • Otra de las personas es Timotea Conde, denominada por muchos como madame Pimentón denominada como la musa del Gijón.[17] Se trata de una cantante frustrada que acaba cantando por los cafés cantantes del Madrid de la época.[1]
  • Ignacio María de San Pedro apodado “Don Cristobalía” se dedicó a vender versos delirantes y a subirse a las mesas del Gijón, así como del Pombo a reclamar el cambio del nombre de America, por el de Cristobalía (origen de su apodo).
  • Manolo Pilares y el gallego Ramón Cid Tesouro, ambos amigos y conocidos tertulianos que durante el transcurso de la guerra civil se encontraron un buen día en frentes opuestos. Mantuvieron posteriormente su amistad en la Transición.

Café Boulevard de Bilbao, desde 1871

Inaugurado en 1871 por la familia Pérez Yarza, este histórico café, situado junto al Teatro Arriaga, es el más antiguo de Bilbao. Tras diversas reformas, su estructura actual consta de dos plantas y tiene más de 500 metros cuadrados útiles en su totalidad. Su decoración “art deco” data de 1929 y es de enorme riqueza ornamental, a base de pan de oro, estucos, mármoles, vidrieras plomadas, alabastros y bronces de factura original, así como dos pequeños frescos de Manuel Losada. Famoso por sus tertulias, sigue siendo sede de numerosas actividades socio-culturales, como “las tertulias poéticas de los martes”. Abierto todos los días del año, además de las infusiones típicas, tiene servicio de desayunos, platos combinados y pintxos.

Café-restaurant Le Procope, París

El Procope, llamado así por que su fundador, en 1686, fue el italiano Francesco Procopio (quien, por cierto, alcanzó cierta fama por ser de los primeros en servir helados a su elegante clientela), se convirtió en emblema de la creación literaria y del pensamiento ilustrado  gracias a las frecuentes visitas de Voltaire, Diderot, Montesquieu y otros que,  con sus ideas, adelantaron la Revolución Francesa.

Café Florian, Venecia, desde 1720

Se le considera uno de los cafés más viejos de Europa. Data de 1720 y su fundador, Floriano Francesconi, eligió esta ubicación basándose en el aire comercial que tenía la plaza de San Marcos, donde llegaban todos las naves y siempre existía ese  ambiente. Sigue conservando el aire místico y la ostentosidad en su decoración que tanta fama le dio. Por esta café pasaron escritores como lord Byron, Marcel Proust o Charles Dickens.

Café Greco, Roma, 1760

Es el más antiguo y una de las joyas de Roma. Fundado por un emigrante griego en 1760 es famoso por sus salones, pensados para un particular aislamiento de sus huéspedes. Sus mesas de mármol , las sillas de cuero, los numerosos espejos, sus paredes pintadas, proporcionan a este lugar una atmósfera que parece retenida a lo largo de los siglos. Por aquí pasaron músicos como Listz, Bizet o Wagner y se desarrollaron tertulias literarias protagonizadas por Göethe.

L’Alban Chambon- Café Metropole, Bruselas.

Ubicado en el corazón de la capital belga, el café del hotel, para muchos uno de los más elegante de Europa, ha visto pasar a personajes como John F. Kennedy, Arthur Rubinstein o Albert Einstein.

A Brasileria, Lisboa, desde 1905

Situado en el antiguo y romántico barrio del Chiado, le arrulla el embrujo del fado y el rumor del mar y, aún más, se puede respirar el halo que dejó Fernando Pessoa, un enamorado del lugar e inmortalizado en bronce.

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Café Frauenhuber, Viena, el café de Mozart y Beethoven

Sus camareros todavía se dirigirán a usted con el “gnädiger Herr” (distinguido señor) y el “gnädige Frau” (distinguida señora). Entre sus paredes estarcidas, sobre sus mesas y sillas, en el aire… aún flota aquellos días muy lejanos en que Mozart y Beethoven interpretaban para la clientela. La última representación pública de Mozart tuvo lugar en este Café el 4 de marzo de 1791.

 

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