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Archivo de la etiqueta: criticas-y-opiniones

Postales desde el filo de la vida / Miedo

Postal con música. Clica sobre la imagen. ¡Pare!, què volen matar la terra…

Pare, digueu-me què
li han fet al riu
que ja no
canta.
Rellisca
com un barb
mort sota un pam
d’escuma
blanca.

Pare
que el riu ja no és el riu.
Pare
abans que torni
l’estiu
amagui tot el que és viu.

Pare
digueu-me què
li han fet
al bosc
que no hi ha arbres.
A l’hivern
no tindrem foc
ni a l’estiu
lloc
per aturar-se.

Pare
que el bosc ja no és el
bosc.
Pare
abans de que no es faci fosc
ompliu de vida el
rebost.

Sense llenya i sense peixos, pare,
ens caldrà cremar la
barca,
llaurar el blat entre les enrunes, pare
i tancar amb tres panys la
casa
i deia vostè…

Pare
si no hi ha pins
no es fan
pinyons
ni cucs, ni ocells.

Pare
on no hi ha flors
no es fan
abelles,
cera, ni mel.

Pare
que el camp ja no és el
camp.
Pare
demà del cel plourà sang.
El vent ho canta
plorant.

Pare
ja són aquí…
Monstres de carn
amb cucs de
ferro.

Pare
no, no tingueu por,
i digueu que no,
que jo us
espero.

Pare
que estan matant la terra.
Pare
deixeu de
plorar
que ens han declarat la guerra.

(J.M. Serrat)

 

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Cuento de Navidad. El sueño de creer en la magia de nuestros corazones. III capítulo.

Un cuento de David Creus. Relato con música. Clica sobre la imagen.

 

… Salí del bar pensando que debía mentener en silencio mi locura. Posiblemente, sería motivo de risa, de sarcasmo, si hacía algún comentario. Quién podía creer que José, el carpintero, me guiñaba el ojo, o se movía por el pesebre.

Recuerdo que aquel día me fije en todos los San José de los pesebres que me encontraba, mientras paseaba por mi pueblo, observando los belenes que encontraba en el camino. Ninguno me hizo sentir nada como el José del bar de Montse.

Aquella noche sí que me costo dormir. Deseaba que el reloj avanzase veloz para regresar al bar de Montse. Me levanté más temprano de lo habitual, me apresuré a vestirme y corrí hacia el bar.

Montse, al comprobar mi excitación, me preguntó si me ocurría algo. “Nada”, le dije. Los viejos sabios reían de mí, entre dientes y con falso disimulo. Pensé que tenían razón, y volví apresurado a mi esquina, a mi rutina, a saborear mi cortado, perdiéndome en la lectura del periódico. Al pasar unos minutos, mi presencia volvería a pasar desapercibida y podría volver a dirigir mi mirada al pesebre, pensé.

José no se encontraba donde lo deje. María permanecía en su sitio, así como todas las figuras del pesebre; a José lo encontré fuera del poblado, como si observara la llegada de los Reyes Magos. Pensé, de nuevo, que aquello me estaba afectando mucho.

No me atreví a tocar su figura y, sin darme cuenta, le había dado vida en mi cabeza, sintiendo un miedo atroz a que fuera obsesivo.

Era del todo imposible que una figura de pesebre se moviera, y aún menos posible era que José se encontrara al cuidado del poblado para tener todo preparado una vez llegado el día esperado.

Solo era un sueño. Quise desconectar del pesebre sin buscar ninguna lógica a lo que mi cabeza me transmitía, haciéndome sentir una magia que tal vez aquel año necesitaba.

La situación empezaba a ser obsesiva, afectaba a mi cordura. Volví a mi periódico saboreando mi cortado, anhelando la normalidad.

De repente, oí una voz gruesa que pronunciaba mi nombre; no fui capaz de asociar la voz a ninguno de los amigos del ríncón que nos encontrábamos en el bar. No hice excesivo caso. De nuevo, escuché mi nombre. Aumentó mi preocupación. ¡Locura!. Inconscientemente, dirigí la mirada al pesebre; fue entonces cuando descubrí que mi locura era ya absoluta.

Era la figura de José la que me llamaba. No pude más y pregunté a Montse si ella también oía la voz. “No”, respondió, por supuesto. Como hipnotizado, me acerque al pesebre. José me pidió que soñara, que escuchara su voz, solo yo lo escucharía.

Por un instante olvidé dónde estaba y le pedí una prueba de que no estaba loco. Su respuesta me dejó aún más perplejo. No se le ocurrió otra cosa que lo cogiera y lo pusiera sobre la mesa de los viejos sabios del rincón del bar…

 

 

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Como dos niños bailando alrededor de una mesa

¿ Qué sería de nosotros sin las letras?. ¡Pensadlo!. Imaginaos analfabetos… sin libros, sin conversaciones, sin discurso, sin canciones con letra… prácticamente animales. Letras que forman palabras; palabras que forman mensajes; mensajes que nos hablan de quiénes somos, qué queremos, qué sentimos… sentimientos que nos devuelven a las letras. Y letras que vuelven a hacernos sentir vivos.

Muchas veces hablamos y escribimos y no decimos nada, nada realmente importante. Y en demasiadas ocasiones oímos pero no escuchamos. El ser humano, más veces de las debidas, no otorga la importancia necesaria a las letras, las palabras, las oraciones… Somos y somos gracias, en gran medida, a las letras.

Nos lo dice en esta acertada reflexión Sombras del Bosque Nora, desde un lugar de la bella provincia de Jaén. Clica sobre la imagen de Sombras del Bosque, cinco letras.

Hay veces que te sientes con ganas de escribir, de coger un papel y llenarlo de letras,  pensamientos,historias o simplemente una reflexión. Las letras se convierten en algo más que letras, se llenan de vida y bailan como dos niños alrededor de una mesa:  juegan, ríen, lloran…

La mente se dispara y los dedos no saben cuando parar; dedos y mente se separan por un momento, enrredándose entre ellos, ansiosos por expresar. Arransan con todo sin apenas dejarte pensar, transmitiendo sentimientos: alegría, tristeza, amor, desamor, realidades o simplemente un sueño, estado de ánimo o cualquier historia basada en ciencia ficción. Las letras son algo más que vocales y consonantes. Por ellas transmitimos y, a través de ellas, sentimos.

Os habéis preguntado alguna vez todo lo que mueven las letras hechas palabras o leidas?… Pensadlo por un momento, ¡es fantástico!. Hoy las letras lo son todo.

Vivimos en imparable mundo de tecnologías: el ordenador, el móvil, etc… A través de ellas somos capaces de hacer llegar a las personas cómo nos sentimos. Somos capaces de transmitir y dar calor a las personas que lo necesitan, reirnos, compartir y también, emocionarnos.

Las letras son sentimientos….

Os voy a contar lo que me ha pasado hoy: estaba sentada disfrutando de un café y, a unos metros de mí, destacaba un chico que escribía un mensaje en su teléfono móvil. Su rostro reflejaba su estado de ánimo; sonreía mientras tecleaba afanoso su mensaje; sonreía igual que si estuviese hablando a través del telefono con la persona a quien escribía.

Entonces, una persona sentada a mi lado ha dicho: ¿qué le pasa a ese chico que está sonriendo sólo y haciendo gesto mientras escribe?… Yo he respondido: “¿no te das cuenta?, ha recibido un mensaje que transmitía alegría.

Era sencillo de ver, de advertir. Esa persona ha añadido: ¡qué tontería más grande!. Tras un elocuente silencio, he sentenciado: ¿tontería?, ¡no!.

Hoy las letras forman parte de nuestras vidas, forman parte de nuestro día a día y esas letras hacen tener cerca y sentir cerca a las personas que, en un momento dado, no las tienes a tu lado y quizás necesites tener. Por eso, al leerlas se sonríe, se transmite, etc… Y dejan ver, aunque sea con un leve gesto, lo que estás leyendo o escribiendo.

Hoy mis letras son reflexión, no de poesía, pero son algo más que eso. Son letras.

 

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El espía de quien se burló el amor

Clica sobre la imagen para ver las imágenes en las que se inspiró esta historia y escuchar la banda sonora original de la novela, compuesta por el grupo A Media Luz, Mariela Redondo & Javier Cardona.   

¿Puede un espía llorar, sentir, emocionarse y, al mismo tiempo, defender un proyecto, unos ideales en los que cree, aunque discrepe de cómo se gobierna?. ¿Puede un espía enamorarse?. Es más, ¿puede burlarse el amor de un espía?.

En esta entrevista, los autores de “El Espía de Madrid, Barcelona 1936”, desnudamos al protagonista principal de la novela, el agente Nelo, y su universo, donde entran en colisión ideas, creencias, amor, ira, derrota, victoria e incluso Dios.

¿Que por qué volvemos a la España de 1936?

En realidad no volvemos porque nunca estuvimos. Ahí está la clave: la curiosidad. Explicarnos cómo unos acontecimientos, dramáticos como pocos en nuestra historia, marcaron la vida de varias generaciones y aún hoy influyen en la convivencia entre españoles. ¿Por qué Barcelona? Porque en aquellos tumultuosos tiempos era conocida en los medios de comunicación de Madrid como «el oasis catalán». Te preguntas entonces cómo sería tu ciudad para merecer este apelativo. Y te pones a investigar. Huimos a propósito del historicismo para centrarnos en la cotidianidad, así que nuestra búsqueda fue en hemerotecas. Y nos sorprendió lo que encontramos.

Barcelona, por ejemplo, ajena al estado de alerta dictado por el Gobierno, a la crispación política y al ruido de sables, todavía celebraba los primeros días de julio de 1936 verbenas populares y toda clase de actos sociales, desde bailes de salón a competiciones de tenis para señoritas, además de una olimpiada que era réplica de la que se celebraba en el Berlín de Hitler. La gente, como hoy, se iba a la playa los fines de semana, así que en las carreteras había atascos y el ferrocarril de la costa iba lleno a rebosar. Por supuesto, había conflictividad social y los sindicatos se mostraban muy activos, y aunque los ánimos se iban caldeando, existía la voluntad de no exacerbar las cosas, de no llegar a las manos, por decirlo coloquialmente. Tolerancia. Claro que esto no convenía a la reacción, a las fuerzas tradicionalistas descontentas con la República que, una y otra vez, mediante discursos incendiarios, atentados y manifestaciones se empeñaban en crear las condiciones que justificaran una intervención militar. Este es el ambiente que hemos querido describir: cómo vivían su vida los ciudadanos de a pie. Y lo curioso es que, leídos cientos de artículos, crónicas y reportajes, uno llega a la conclusión de que nuestros abuelos, o los abuelos de nuestros padres, tenían una capacidad envidiable de asimilar la adversidad.

Clica sobre la imagen para ver y escuchar el álbum del espía.

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Del protagonista de esta historia, el agente Nelo, no podemos revelar su verdadera identidad; ni siquiera nosotros la conocemos.

Casi siempre es Nelo, pero unas veces es Carlos, otras Antonio o Roberto, o Eduardo… y cuando opera en Barcelona se presenta como el respetable viajante de comercio y hombre de negocios Francisco Bravo. La discreción es su sello de identidad. En una ocasión le preguntamos de dónde era; nos dijo: «De todos los sitios y de ninguna parte». Unas veces lo hemos localizado en Sevilla, otras en Zaragoza, aunque sabemos que tiene su residencia habitual en el madrileño barrio de Argüelles y que en Barcelona se aloja como huésped en una casa de dos hermanas septuagenarias, una viuda y la otra solterona, situada en la céntrica calle de Aribau. Es tan celoso de sí mismo que no se conoce su vida familiar, ni aun la amorosa. Dice, quien le conoce bien, que en una ocasión el amor se burló de él, tanto que decidió enterrarlo; aunque, en estas cosas del corazón, uno nunca está seguro de haber cavado una fosa suficientemente profunda.

Es un tipo bien parecido, curioso en el vestir. Tanto es así que, cuando viaja a
Barcelona suele vestirse en la sección especial a medida de la sastrería de los
hermanos Pantaleoni, en el 13 de Puertaferrisa, donde le confeccionan los
trajes como a él le gustan, elegantes, prácticos y cómodos. Cuando está de
servicio viste, impecable, traje y corbata acordes con su talle gallardo y
esbelto, pero en sus momentos de ocio, que son pocos, prescinde de normas y
etiquetas para vestir camisas y pantalones de tejidos ligeros y frescos. No
soporta los tirantes. Jamás lo había visto nadie si no con la cara
perfectamente rasurada. Es atractivo, incluso podría decirse que muy atractivo.
Su piel es cobriza, casi tostada, como si siempre estuviese dorada por el sol.
Sus ojos son marrones, oscuros, tan expresivos como tranquilos, tan cariñosos
como afilados.

Discute sobre cosas, jamás sobre emociones. Sobre emociones, dialoga. Procura
comprender el punto de vista del otro sin que ello signifique que esté de
acuerdo con su interlocutor. Siempre trata de exponer sus argumentos y, si no
gustan o no convencen, procura tener otros en la recámara, llegando a dominar
el arte de la persuasión cuando el conflicto es de razones. Rara vez deja que opine el corazón. En su oficio, no se lo puede permitir.

Nelo siempre está de parte de los vencidos, de los eternos vencidos. Es muy dado a rebelarse contra la tiranía, se diría incluso que posee una válvula de seguridad para los ataques de indignación, lo que, probablemente, le ha salvado la vida más de una vez. Por ello, sabe comportarse como un tipo normativo que rara vez se extralimita en sus funciones.

Goza de poder, pero sabe utilizarlo. Tiene potestad para hacer favores a magistrados, jueces y autoridades con mando, y la utiliza con dignidad y sumo respeto. Se contenta con la justicia posible, aquella que se imparte con rectitud, saber relativo, probidad y austeridad. Con todo, vindica, como diezmo, la cabeza de los corruptos. No entiende por qué no se puede juzgar a quien juzga, a quien dispone con arbitrariedad de la libertad de los demás.

En el terreno religioso, podríamos decir que es más agnóstico que creyente. En su opinión, ¿por qué creer en Dios si se puede ser bueno por el solo hecho de serlo? Peca, como todos, y si lo hace sabe que recibirá el perdón de Dios. Al fin y al cabo, como él dice, «es su oficio».

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Fotografía de Peter Mathius. Clica sobre la imagen y sé feliz.

¿Que si es verdad lo que narramos?

Aquí nos gustaría responder aquello de «nada es verdad ni es mentira, todo depende del cristal con que se mira». Y, puestos a responder con tópicos, «la verdad casi siempre es más extraña que la ficción». Todos los personajes que desfilan por la novela han existido, de un modo u otro. Incluso nos podríamos plantear si alguno existe en la actualidad. ¿Por qué no? Puede que alguno de esos personajes lleve consigo un pedacito de nosotros mismos o, incluso, que nosotros llevemos algún pedacito de ellos.

Por ejemplo, Querol, el «pelmazo», un reportero incisivo, inquieto, capaz de
sacarte de tus casillas, molesto como una mosca en una herida y que, en cierto
modo, encajaría en el patrón de Goyo en sus primeros años de periodista.

En todo caso, en esta novela se recrean los acontecimientos históricos y el quehacer cotidiano que vivió la ciudad de Barcelona durante los días previos al levantamiento militar. Muchos de los personajes son históricos e interpretaron en líneas generales el papel que aquí les asignamos; hemos novelado, eso sí, su proceder en el día a día. Los protagonistas, así como la trama en la que se ven inmersos, son fruto de nuestra creación y pueden responder, o no, a la realidad de entonces. Aunque, y salvando las distancias, ayer es como hoy, y hoy es como ayer, a la vista de los acontecimientos.

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Clica sobre la imagen… hambre y cebolla

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Sinergia. Esa sería la palabra que describiría el trabajo a cuatro manos que ha dado como fruto El espía de Madrid.

Veamos: además de periodista, Goyo es experto en derecho y criminología y durante muchos años ha llevado las crónicas de tribunales para la agencia EFE. Así que no es extraño que un buen día se propusiera contar la historia de la cárcel Modelo de Barcelona; la conocía bien. Quería, además, novelar la vida de un tipo, un preso, que llegó a cogerle cariño a sus muros.

Pero eso de novelar no lo enseñaban en la facultad, así que se puso en contacto
con Joan Salvador, que ya había escrito algunos libros de ficción y se
ganaba la vida como editor. La historia que Goyo le contó a Joan, mientras caminaban por las calles de Barcelona, era buena. Fue ya a punto de
despedirse –después de horas de charla- cuando el periodista le explicó al
novelista que tenía otro relato: un espía de Madrid en misión en la Barcelona
de 1936 para descubrir a un enlace que, se sospechaba, ponía en contacto a
civiles de la trama fascista con militares dispuestos a alzarse en armas. Si la
primera idea era buena, esta otra era excepcional. Así que se animaron el uno
al otro y se pusieron manos a la obra. Bien, en verdad quien llevó la parte
dura de esta primera fase de creación de El espía de Madrid fue Goyo.
Tiene una capacidad de trabajo impresionante. El otro, Joan, es más
vago; en fin, más que vago, lento, porque es muy detallista, le gusta que todas
las piezas encajen, que el lenguaje sea preciso y claro, y que la historia
apasione. Desde que surgió la idea hasta que la dieron por terminada
transcurrieron casi tres años. Al final, con todo, valió la pena.

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Clica sobre la imagen… amo los mundos sutiles

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¿Continuidad? Lo cierto es que cuando creas personajes y procuras dotarlos de un alma te cuesta acabar con ellos.

En las últimas páginas del libro, resuelta la misión que lo llevó a Barcelona y sofocado el levantamiento en esta ciudad, el agente Nelo suelta unas frases enigmáticas: «No es el final. Ni siquiera es el comienzo del final. Es, tal vez, el fin del comienzo». Él se refiere, claro, al inicio de la Guerra Civil. Nosotros vemos en ellas una posibilidad.

Ayuda, cuando construyes un personaje, imaginártelo en las situaciones más dispares. Y a Nelo lo hemos imaginado ya involucrado en una truculenta historia, con asesinatos incluidos, acaecida en una iglesia de Barcelona en la que, según las primeras noticias, se han encontrado tres cadáveres: el de un joven circundado y crucificado boca abajo; el de un ciudadano de aspecto alemán que ha sido decapitado, y el de un hombre que vestía un hábito con un extraño símbolo en un puño y que ha sido ensartado como un animal de granja, al parecer con un cuchillo curvo. ¡Cómo no íbamos a seguir
su pista!.

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Clica sobre la imagen. Video promocional de “El Espía de Madrid”. Montaje: Alfonso Carrasco

EL ESPÍA DE MADRID. Barcelona, 1936

Goyo Martínez | Joan Salvador Vergés

SINGULAR – FICCIÓN

 

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Cuento de Navidad. El sueño de creer en la magia de nuestros corazones. I capítulo

Los cuentos no conocen de estaciones, ni de épocas ni de horas. Tanto da que sea verano o invierno, que sea día o noche, las tres de la tarde o las tres de la madrugada. Así con los cuento: un maravilloso refugio de pasiones y emociones, de deseos y esperanzas, de almas y corazones. He aquí un cuento de Navidad, “El sueño de creer en la magia de nuestros corazones”, de David Creus (Mollet del Vallès). ¿ Por qué no soñar con la Navidad en el paso del verano al otoño?.

Cuento con música. Moonlight Sonata. Clica sobre la imagen del autor.

 

 

 

 

 

 

 

 

EL SUEÑO DE CREER EN LA MAGIA DE NUESTRO CORAZONES

Preámbulo

Era Navidad, fechas entrañables, donde las emociones toman protagonismo, para bien o para mal. Días de reencuentros familiares, de regalos, de esfuerzos económicos y luchas sin cuartel para comprender a los seres humanos más oscuros y miedosos. En algunos casos no se olvida la tristeza por los recuerdos de quien echas de menos por su pérdida o por su lejanía.

El cuento

Entre en el bar de Montse como cada mañana. Pronto noté en su interior la Navidad: sus paredes verdes tomaban el colorido de luces parpadeantes, rodeándose de una gran estrella rodeada por la inseparable bandera catalana que identificaba a Montse entre su clientela, como una enamorada de su lengua y su tierra, aunque sin fanatismos ni ideologías separatistas algunas.

Aquella mañana, el tema de conversación no podía ser otro que la Navidad, año tras año, en estas fechas, solo parecía existir el mismo asunto.

En una mesa, a la izquierda del bar, se encontraba la mesa de sabios, como yo les llamaba. Siempre sentados en las mismas sillas, casi en las mismas posiciones, mientras arreglaban el mundo: el señor Juan y el señor José; entre los dos
sumaban mas de un siglo de vida y vivencias de las cuales disfrutábamos los
clientes.

Indignados, comentaban el lado consumista de las Navidades. Sus nietos eran diana de sus críticas, culpando de ello a padres, profesores y a la sociedad de los valores que estaban insertando en sus mentes.

Montse, con su deseo de ser contradictoria con el mundo, defendia una Navidad que nacía de las emociones y el corazón, entendiendo el consumismo como una forma social esencial para sobrevivir en este mundo llamado avanzado.

Yo, convencido de que no se les convencería, repasé con la mirada la decoración del bar y anclé la mirada en la estrella, silenciado mi parecer sobre la Navidad.

Entendía aquella conversación como generacional, y de difícil acuerdo entre unos y otros. Aquella mañana, no me sentía con fuerzas para dialogar con nadie. Sólo deseaba escucharme a mí mismo, quizás leer el periódico, y terminar así el día.

Para mí, la Navidad hacía años que no era alegría; no conseguía ver en ella más que tristeza, unida a la soledad que toda separación matrimonial obliga por unos hijos que echamos mucho de menos.

 

 

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Seis razones

Todo el mundo tiene un punto de apoyo, una última línea de defensa contra la mutilación y el dolor de este mundo. El problema de los puntos de apoyo es que llegas a depender de ellos, da igual si los has utilizado intencionadamente o no. La persona que ejerce de apoyo ha de pensar en sus propias necesidades y, aunque no quieras que se marche, no significa que no deba seguir su camino y tú, el tuyo. Sonia Galdeano, de Gijón, y Mayca Saavedra, de Barcelona, saben algo al respecto.

Dos imágenes, dos melodías. Una vida repleta, tuya.

No vivas dando tantas explicaciones. Tus amigos no las necesitan, tus enemigos no las creen y los estúpidos no las entienden. Eres dueño de tu vida, y tienes derecho a decidir por ti: qué hacer y qué decir, en el momento que quieras. Si te equivocas, aprenderás de esa “mala” experiencia… Si te sale bien, le sacarás provecho y lo disfrutarás.  Lo importante es que nunca dejes de ser tú mismo por conformar a los demás. Tu vida es única y solo tuya, disfrútala a tu manera. 

 

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Disidencia

Por Joan Salvador Vergés, Barcelona. Escritor, coautor de El Espía de Madrid, Barcelona 1936. Un breve relato con su música.

 

 

 

 

 

 

 

Pensar es disentir. La articulación de pensamientos es un proceso tan íntimo y
personal que por fuerza ha de resultar único, de modo que lo que yo pienso nada tiene que ver con lo que tú piensas, aunque cuando nos comuniquemos procuraremos ponernos de acuerdo.

Ocurre que somos animales gregarios y necesitamos sentir que formamos parte de una comunidad, que compartimos ideales y sensaciones, pero, sobre todo, emociones. Por eso la sociedad castiga al disidente.

Pensar con inteligencia es disidir. Es alejarse del pensamiento común, de la
unificación, de la manada, aunque debas enfrentarte a la soledad. ¿Cuándo fue
la última vez que conjugamos el verbo disidir? Yo disido; tú disides; él
diside. ¡Qué hermosa palabra el pretérito: disidí!

 

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