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¡Adiós, muralla!

Hubo un tiempo en que el viejo de la imprenta no estuvo. Decidió emprender un viaje a ninguna parte y lo hizo sólo. Lo necesitaba. Yo, naturalmente, lo respeté. Me sentí vacío. Me sentí descalzo, sin vestido de esperanza, sin sandalias de aventura, solamente una túnica de soledad. Y en las costuras, un billete a un futuro incierto y una maleta vacía. Pero cuando la desazón más profunda adensaba y me desbordaba aparecía él. Siempre estaba, de una manera u otra, aún cuando yo no lo viese. Y me escribió. Era el mejor regalo que podía recibir; ilusionado como un niño cuando abre sus regalos de Reyes.

“Llevo una hora y media sentado en nuestro lugar preferido simplemente imaginándote, preguntándome qué estarás pensando ahora mismo, lo que debes estar sintiendo; tus preguntas de siempre, ¿adónde ir? ¿retroceder, parar y temblar o hacer el camino?. Si estás pensando en mí, detente, envía una mirada  hacia el cielo y concéntrate en lo que te está pasando, no en lo que dejas atrás. Estoy en tu pasado, tu presente y tu futuro, no necesitas buscarme, estoy aquí ahora mismo. Si sientes miedo por lo que va a pasar a continuación, no lo tengas, olvida el miedo y la vergüenza. Visita otros lugares. Sé valiente y acepta los desafíos, fortalecen la mente y el corazón y te preparan para la felicidad. No pierdas el tiempo con recuerdos. Concéntrate profundamente en tu próxima acción, disfruta el presente cada momento porque puede que vuelvas a tener uno igual y, si alguna vez alzas la vista y te sientes perdido, sólo tómate un respiro y empieza otra vez. Regresa sobre tus pasos y ve al lugar más puro de tu corazón, donde reside la esperanza, encontrarás tu camino otra vez.

Tu viejo, que te quiere”.

El Presidente Kennedy apuntó en Washington en junio de 1963: “Ningún reto se halla más allá de la capacidad creadora de la especie humana”. Recientemente, Amin Maalouf avanzó: “situaciones sin precedentes requieren soluciones sin precedentes”. Y la presidenta de Brasil Dilma Rousseff sentenció no hace mucho: “para convertir nuestros sueños en realidad debemos superar las líneas de lo posible”.

Un relato inspirado por Cristina Penalva, de Alcalá de Henares, y con apuntes de La Dama se Esconde Ruiz Mora (Murcia) y El Café Romantic (Barcelona).

Música (en la imagen): Coles corner,  Richard Hawley

 

¿ Nos vemos mañana en la muralla a las doce de la noche… ? ¿Nos encontraremos en el camino?. En la muralla estoy sentada, con el cielo como techo. Siento que vuelve el pasado, acude el futuro y se encuentran en el presente. ¿ En verdad la sociedad está enferma o somos todos y cada uno de nosotros los que estamos desorientados y damos palos de ciego de forma totalmente incoherente?…

He tomado la decisión de decidir. La mayor decisión. Permitidme que corrija a Aristóteles. Debemos inventar el futuro; hay que buscar permanentemente nuevos caminos, para transformar los “imposibles” de hoy en “posibles” mañana. Ningún reto se halla más allá de la capacidad creadora de la especie humana.

El futuro es el único sitio al que puedes ir y lo imposible sólo tarda un poco más. ¡Adiós, muralla!.

 

 

 

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Fue(casi)sinquerer -un sueño-

Olvidad por un momento cómo es el mundo real. Olvidad lo que sabéis que sabéis. A veces, hay que creer en lo que no está exactamente ahí: un sueño de días y noches  mejores, una fantasía de cuento donde la vida es ordenada y coherente y los cuentos son cada vez más emocionantes y terminan siempre bien, sin complicaciones. Tuve un sueño que no fue del todo un sueño.

Hoy, hace 49 años, un hombre tuvo un sueño, un sueño con el que aún soñamos, y debemos soñar, porque medio siglo no nos ha hecho mejores, todo lo que cabía esperar. Aún no somos libres, ¡al fin!. El 28 de agosto de 1963, Martin Luther King soñó que los valles fuesen cumbres, y las colinas y montañas, llanos; los sitios más escarpados, nivelados, y los torcidos, enderezados. Aún lo sueño.

Del particular tocadiscos del Cafe Romantic, ¡dreams!.

 

Estabais donde no teníais que estar. Y yo pasé, pasé (casi ) sin querer pasar.

Busco un rostro humano entre la multitud, un gesto de solidaridad en un barullo de cuerpos que se cruzan y tropiezan, de gente que busca su tren con una expresión de desvalimiento en el rostro y la torpeza de la urgencia en el cuerpo. Y casi sin querer lo encuentro. Y bebo de su sonrisa / sonrisa cálida / calidez en el alma / el alma repleta.

Vengo del insomnio y camino por la oscuridad de la vida, abigarrada parodia de vida. Y en la noche, avanzo por el pasillo hasta la oscuridad total, entre objetos solo contorneados. Sin embargo, estoy tranquilo de saberme en la íntima y serena certeza de sentirme en el hogar.

Estabais donde no teníais que estar. Y yo pasé, pasé (casi) sin querer pasar.

Un hogar de tierra no ingrata / muera el ingrato; de lumbre continua / eterna paz; de mentes siempre tranquilas / tranquilas las almas; de sobradas fuerzas / salud; de prudencia, sencilla / sencillez humilde / humildad anónima; de amigos / todos iguales; de noches libres de tristeza; de miradas cómplices y sonrisas amigas de hombres y mujeres; de sueños que acorten la fría noche.

Y aquí, en este hogar, refugio del alma, me contentaré con mi suerte, sin temer ni anhelar el postrer día pues encontraré gestos y miradas apasionadas. Oiré pasos, sombras que vienen hacia mí. ¡Vete diablo!. Y escucharé voces conocidas, amigas.

Estabais donde no teníais que estar. Y yo pasé, pasé (casi) sin querer pasar.

Y por azar, descubro un mundo, un mundo posible; está aquí y en vosotros. Quizás no sea el mejor de los mundos, pero es y será el hogar, donde viven y sobreviven seres únicos, irrepetibles.

El tiempo es así de extraño, extraño el azar,  ¡azar bendito! A cambio de todo lo que nos arrebata nos concede algo: a veces es un amigo, a veces sólo es un día perfecto. Casi sin querer, bajo la mirada estimulante de un sol más alto, portador de renovada luz y de días hermosos, hallo otra alegría de vivir, otra manera de sentir.

Estabais donde no teníais que estar. Y yo pasé, pasé (casi) sin querer pasar.

Luminosos fragmentos de cielo se cuelan en los edificios a través de patios, balcones, terrazas, huertos sencillos o jardines urbanos. Pequeños paréntesis / paréntesis deliciosos / delicioso destino. El tiempo se detiene, la vida desconecta por un instante de la terca rutina, y un manto de luz dorada y de bullicio lo cubre todo, invitando a una saludable desgana en las horas de ocio.

Y ahora que el horizonte anuncia la llegada de un tiempo mejor ya no quiero escapar lejos para vivir otros momentos, otrora especiales. Estáis ahí, a la vuelta de la esquina. Atrás queda el recuerdo vago y desenfocado de una zona de sombras que  asombraba y que se asomaba al lado oscuro de la vida, el enigma del azar. Pasaba un tren y debía cogerlo. El destino no podía hallarme dos veces.

Estabais donde no teníais que estar. Y yo pasé, pasé (casi) sin querer pasar.

Y recuerdo que había una vez, en un lejano reino, no uno, sino dos amigos. Uno que sabía lo que tenía. El otro, que tenía y lo que tenía lo retenía a base amor y fe. Y había gigantes intrépidos y duendes a los que les gustaba jugar a su sombra. Había incluso un mago que sabía cuál era la mejor manera de amansar fieras salvajes. Y un bello príncipe y una bella princesa que no sabían que sus destinos estaban llamados a cruzarse. Y había también otros en aquel remoto lugar semejante al que conocimos de  niños, donde se contaban y escribían cuentos y leyendas.

Y es posible que nunca vuelva a pronunciarse el verdadero nombre de ese reino y que la memoria y el tiempo casi lo olviden, puesto que todas sus encantadoras criaturas sólo lo llamaban hogar… Y tocaré el cielo con mis manos, casi sin querer, caprichoso azar.  

Estabais donde no teníais que estar. Y yo pasé, pasé (casi) sin querer pasar.  

- ¿Un sueño?
- Un sueño por el que luchar.
- ¿Un proyecto?
- Un proyecto que realizar.
- ¿Un lugar?
- Un lugar adonde ir.
- ¿Alguien?
- Alguien a quien amar. 
Que nunca te falte un sueño por el que luchar, 
un proyecto que realizar, 
un lugar adonde ir 
y alguien a quien amar. 
 

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Instrucciones para amar (el quiosco del CR)

Publicado por Daniel Najnsztejn, de Buenos Aires (Argentina), en su blog, muy recomendable, La venganza del señor equis

Instrucciones para amar (de Julio Cortázar)

Pósese justo frente a la persona que se quiere amar. Mírela a los ojos, sonría delicadamente, no exagere.Haga lento el abrir y cerrar de ojos: baje lentamente los párpados, súbalos de igual forma. Así durante todo el procedimiento. Tome lentamente su cara y acérquela a la propia; inmediatamente verá la fusión de labios. Con suavidad, abra la boca y mezcle las lenguas, manteniendo las manos sobre la cara. Luego de algunos segundos sentirá una reacción química que liberará energía calórica, pero no se precipite, prosiga con las instrucciones.Tranquilamente aparte las manos de la cara del ser amado, deslizándolas suavemente por los hombros hacia abajo, hasta llegar a la espalda. Abrazar fuerte. Continúe con los procedimientos anteriores, verá que no experimentará ninguna dificultad para realizar estos pasos al mismo tiempo. Relaje las piernas y los brazos, sosténgase de pie sobre la persona que se quiere amar, verá que es el mejor soporte posible. Apague o disminuya la luz, el ambiente será más tranquilo. Aproxímese a una cama, preferentemente hecha sólo de sábanas. No se preocupe por las almohadas, sus propios torsos cumplirán esa función perfectamente. No se apresure, póngase, despacio, en posición horizontal, guíe al amado a ponerse en la misma posición, de manera que los dos queden acostados y de costado, mirándose una vez más. No deje nunca de abrazar. En silencio, recuéstese sobre el torso ajeno y déjese reposar un buen rato. La oscuridad le dará una sensación muy pacífica de la realidad y limitando la visión y el oído, podrá disfrutar de los sentidos que suelen dejarse relegados: el tacto, el olor, el gusto. Mantenga el abrazo, pero no se quede dormido, el sueño bien podrá experimentarse despierto. Admirar todo lo que guste, deleitarse con las más inocentes excusas, detener el tiempo mientras se ve a la persona amada hacer algo tan simple como hablar, fruncir el ceño o jugar infantil y tiernamente con un peluche. Agregue dulzura a gusto.Añada sonrisas, payasadas y bromas (las lágrimas no hacen mal si están medidas en proporción y están bien batidas con amor), regalos insignificantes como un beso en un momento inesperado o un papel escrito a las apuradas. Pueden ser valorados más que una joya.

Consejo: las caricias y besos extras a lo largo de todo el procedimiento producirá un mejor efecto y mejor resultado. No olvide las miradas. Secreto: Esta receta es especial para noches de lluvia; el sonido de las gotas rompiendo el silencio conforma una atmósfera imperdible.

 

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6 de abril

En una ocasión un viejo librero que sabía latín, mucho latín, me dijo:

– en algún momento todos tenemos algo que debemos hacer, el engranaje gira. A veces un giro te lleva a donde quieres, a veces te lleva incluso más lejos. De cualquier modo, tienes que respetar la máquina.

Y yo le respondí:

– El tiempo es así de extraño, a cambio de todo lo que nos arrebata nos concede algo: a veces es un amigo, a veces es un mejor entendimiento de nosotros mismos, a veces sólo es un día perfecto.

Ese día pudo ser, puede ser el 6 de abril, porque siempre habrá un día en alguna página del libro de tu vida. Un relato breve e intenso (y con música), como la vida misma, de Sebastián Agulló (Málaga).

“… Pero, ¿qué es la libertad? ¿No es acaso una fantasía, un ideal, una utopía? Dicho concepto es un fósil filosófico, un objeto que no deja de manosearse para darle la forma humanizada deseada; pulir un diamante usando palillos de madera. Es seis de abril, “tu día”, y los pájaros siguen cantando, la tierra sigue girando, las gentes siguen haciendo su vida; no hay qué celebrar, puesto que, ¿en realidad?, todo mantiene su curso natural: no eres especial, no eres imprescindible. Sólo eres una pieza más de un puzle con infinitas piezas que jamás termina de completarse…”

 

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Una bonita historia de amor

Busco rostros humanos entre la multitud, calidez en la sonrisa, un gesto de solidaridad en el barullo de cuerpos que se cruzan y tropiezan, de gente que busca su tren con una expresión de desvalimiento en el rostro y la torpeza de la urgencia en el cuerpo. Vuelvo sobre mis pasos. Pasado y futuro parecen fundirse en un presente donde las emociones forman parte del pasado y quizás del futuro, pero hoy sólo son frustraciones, la mayor parte de las veces. ¿Cuál es la razón de mi existencia?. ¿El tren que perdí?. ¿El tren que vendrá?. En ocasiones pienso que la única razón de nuestra existencia es la piel de la planta de los pies, que no debemos descuidar nunca, siempre en difícil equilibrio, siempre temblando, como un eterno funámbulo sobre alambre demasiado y perpetuamente tenso.

No quiero ser la estación término sino un andén desde el cual emprender un nuevo viaje. Recuerdo que de la mano de mi abuelo, un sabio analfabeto siempre postrado en su sillita de mimbre tejiendo nidos de pájaros, conocí la primera estación. Cada tarde de verano, cuando el verano aún era verano, nos sentábamos en la sala de espera. Veíamos pasar los trenes locales y los que se detenían para cargar las sacas del correo o las encomiendas. El reloj de la sala siempre llamaba mi atención: una aguja larga, una corta y una delgada que no cesaba de andar. Aprendí el funcionamiento y volvía a casa con el nuevo conocimiento, como si fuera algo maravilloso. Para mí lo era. Ya no tenía que preguntar.

Cada visita a la estación era una fiesta. Los horarios de los trenes me cautivaron. ¿Cómo sabían que debían llegar, quién les avisaba?  Los veía con vida propia. También aprendí que no era así. Que había muchas señales, muchas personas, muchos contratiempos. La sala amarilla, como la llamábamos, servía de aula. Y recuerdo también que el abuelo llegaba algunas tardes con la merienda caliente. La casa no estaba cerca de la estación, pero él, con su asma a cuestas, llegaba con su mejor sonrisa y una pequeña canasta con el termo, algunas galletitas y casi siempre con un buen trozo de pastel de manzanas, tibio. Siempre me prometí que le llevaría un poco de luz al abuelo para sus ratos en la sillita de mimbre. Alguna vez, solo alguna vez, lo cumplí. Ahora me arrepiento.

Los trenes indiferentes a mis inquietudes pasaban siempre con el mismo rumbo. Hacia la derecha, al interior del país. Hacia la izquierda, a la capital. Arriba, abajo, delante, atrás, la hora, los horarios, invierno, verano, luz y sombra. Ya estaba al tanto de todo. Crecí y ya entonces ya pude ir solo a ver los trenes. Fue cuando la sonrisa y los ojos claros dieron la bienvenida al mundo de los adultos. Tenía nueve años y toda la energía del mundo, creo. El abuelo se fue cinco años después. El andén me esperaba todas las mañanas. Subía al tren, y luego de ocho o nueve horas, otro tren me dejaba en el mismo lugar. Me quedaba en la sala de espera, sin esperar a nadie. Estar allí era recuperar un pedazo de mi infancia, un pedazo de mi familia.

Subo al tren. El tiempo se detiene y no importa porque se ha desarticulado; porque todo, presente,pasado y futuro, está ocurriendo o siendo a la vez. Puedo rozar incluso la textura del tiempo. La locomotora diésel arrastra cuatro vagones de época. El traqueteo de las viejas máquinas deviene un ameno acontecimiento que me devuelve nostalgia, sensaciones y perspectivas de tiempos lejanos. Anclo en la memoria un trayecto inolvidable y unos paisajes espléndidos. Es un lugar donde donde las aguas turquesas no han sido pintadas ni el cielo ha sido saturado de color… nada ha sido objeto del Photoshop. Los lagos agitan las aguas de la memoria. Hasta las piedras lloran. Toscamente talladas, vierten lágrimas acumuladas por la lluvia y la humedad ambiental.

Existe un recorrido nostálgico que te transporta en el tiempo y que resulta imprescindible para los amantes del ferrocarril y de la naturaleza en su estado más atractivo y excepcional. Se trata de un viaje inolvidable por las tierras de Lleida hasta llegar a los lagos del Pirineo. saliendo del Segriá, atravesando La Noguera y el Montsec y llegando al Pallars Jussá.

El tren regresa a hábitat natural con ocasión de la Semana Santa y vuelve a recorrer los viejos caminos de hierro. De abril a septiembre, de Lleida al Pallars Jussà, pasando por la Noguera y el Montsec, el convoy torna a sus orígenes cifrados en febrero de 1924.

La vía transcurre por la derecha del río Segre desde Lleida hasta Balaguer. Lo realiza por vía única en un itinerario llano hasta llegar a las primeras murallas montañosas de Sant Llorenç de Montgai y Camarassa, donde el tren ya forma parte de la cuenca del río Noguera Pallaresa que le acompañará, en medio de embalses y cordilleras montañosas como el Montsec, hasta la Pobla de Segur, donde habrá completado un total de 41 túneles y 31 puentes.

Más información, http://www.trendelsllacs.cat/

 

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¿ Para qué sirve un cisne ?

Quiero ser ave de plumaje transparente y costumbres sencillas, afables. Quiero vestir siempre de blanco nuclear, quiero conservar ese pico ora dulce ora crítico, quiero arquear las alas para defender al amor, a la justicia, a la tolerancia, a la libertad. Entonaré un canto fuerte y agudo cuando mi alma esté plena y se tornará grave cuando la desdicha se apodere de mí. Quiero ser puro, casi perfecto, prudente, valiente y decidido, noble y elegante, bello y, otra vez, puro.  

Un relato de Alma Ballesteros, de Murcia, que nos señala uno de los caminos donde radica el amor, cuando se quiere amar y ser amado. Con música, por supuesto.

[cisne]

 

Y amanecerá sin ser estrella. Tampoco sol, ni luna, ni planeta ni un mísero satélite. En tu vida sólo seré ¡lo que tú quieras!.

Búscame, búscame y seremos un viaje en el invierno, una aventura sin fin y un relato de besos.

Y descansaré en tu alma mis tristezas y buscaré el mar de tus sonrisas cada día para poder ser un cisne lleno de paz y armonía.

 

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El autobús de Serrano ( ¿ para qué sirve un recuerdo?)

Y como decía Unamuno, “dejadme que siga con mis recuerdos, pues de ellos vivo, lo cual es lo mismo que vivir de esperanza, ya que quien no tiene pasado carece de futuro, y quien no ha hecho nada, no puede saber lo que va a hacer. Mi esperanza es la resurrección de mis recuerdos”.”. Un sencillo pero muy emotivo y sentido relato acerca de para qué sirve un recuerdo de las manos de Maria del Carmen Escriñá, de Madrid.

 

Me acuerdo del autobús y no del número que bajaba por Serrano cuando yo iba al colegio.

Era mi segundo colegio antes de que me mandaran interna fuera de España. Un colegio que no parecía colegio después de haber estado en las Irlandesas. Un chalet precioso que parecía una casa, con poco terreno de recreo pero lo suficiente para poder jugar. Clases espaciosas, con pocos alumnos y casi una enseñanza personalizada. Una curiosidad, era mixto, pero como no tenían permiso entonces, por lo visto, los dos únicos chicos que habían caído despistados por ahí los escondían cuando había se ejecutaba alguna inspección. Creo que han debido quedar marcados para toda su vida.

El uniforme era coqueto: falda azul marina con rayitas blancas, blusa blanca y jersey azul marino, “blazer” azul marino también, y una espantosa boina de lana trenzada azul con el borde igual que la falda. Esa boina había que ponérsela para salir cuando nos íbamos y nadie quería ponérsela. Una profesora se plantaba en la puerta y nos obligaba a calocárnosla hasta las cejas.

Era un problema porque el autobús que tomábamos para bajar por Serrano hasta Diego de León recogía antes a los alumnos del Maravillas y luego a los del Ramiro de Maeztu y, por supuesto, nadie quería estar con la gorrita puesta ante tal escenario.

¡Que autobús más divertido! Desde que nos subíamos hasta que llegábamos a la parada de destino todo eran miraditas, sonrisitas, risas tontas, papelitos que te llegaban a las manos sin saber cómo ni dónde ni de quién; “eres un bombón que le falta el papel de plata” Cuando el autobús frenaba había que agarrarse con fuerza para no acabar sentada en las rodillas de uno de aquellos chicos con carteras y ojos curiosos.

Esperábamos la hora del autobús como el acontecimiento del día, y la gorrita, nada más salir, iba en la cartera arrugada y prensada.

Me imagino que el conductor terminó en un psiquiátrico por efecto de los gritos y carreritas por el pasillo del trasto. Alguno sacaba un bocadillo y repartía trocitos entre todos, otros más atrevidos, intentaban un pellizquito con poco éxito, pues quedaban marcados para siempre jamás.

 

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