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Archivo de la etiqueta: Desesperación

¿Para qué sirve un banco? ¿Para qué sirve un colchón?

Con gesto inquieto, aunque sin el pensamiento coagulado ni la voz cuarteada, en el terreno de la preocupación sin alcanzar una sensación de desplome absoluto, me explicaba ayer un buen amigo que posee unos ahorros en un banco que ahora todos debemos salvar con dinero público, un capital que, “gracias” a  “extrañas” coincidencias, parece salir de los no ya recortados sino maltrechos ámbitos públicos de la sanidad y la educación.

Al tiempo que mi amigo me hablaba de sus ahorros, el informativo del mediodía de la televisión –uno cualquiera-, informaba de que ese banco no puede hundirse pues recibe la consideración de sistémico que, dicho así, y en las actuales circunstancias, suena a enfermedad. El presentador de las noticias hablaba también de cifras mareantes, tanto como mareado está nuestro bolsillo por inanición salarial, y de gestores con indemnizaciones y jubilaciones con las que se podría costear el presupuesto de un pueblo de ciertas dimensiones durante uno o dos años, o se podrían salvar decenas de pupitres o de camas de hospital, por poner sólo un ejemplo.  

¿Traspasarás esos ahorros a otro banco?, le pregunté. No, me respondió con firmeza, sin desviar la mirada. ¿Invertirás en bolsa, acaso?. Tampoco. Me miró como si me hubiera vuelto loco. ¿Acaso comprarás un coche nuevo?. O, ¿irás de compras a Ikea?… No di ni una en la diana.

¿Qué se puede hacer con unos ahorros depositados en un banco de presente sombrío y futuro incierto?, por mucho que nos digan que es “enfermizamente” sistémico.

Le di unas cuantas vueltas al asunto de los ahorros de mi amigo mientras buscaba la solución removiendo el rissotto del menú de 10 euros que me había servido un novel, solícito y joven camarero, ávido sin duda por quedar bien con los jefes, en este caso unas estupendas personas.

De repente, y tras dar cuenta de una butifarra de Lleida, mi amigo, que sabe latín, mucho latín, me anunció sus planes para con esos ahorros: se compraría una caja fuerte y allí los depositaría para hacer uso de ellos cuando quisiera o conviniera.

Luego, entre la severidad que exige las circunstancias, y el buen humor que debe imperar para evitar el desplome total, sopesó en voz alta la posibilidad de recurrir a un viejo hábito: el colchón.

Yo, que a duras penas puedo alcanzar a comprender y cuadrar mi economía doméstica, me pregunté entonces, – porque sigo teniendo muchas preguntas y pocas respuestas y daría todo lo que sé por la mitad de lo que desconozco-, ¿para qué sirve un banco?. Y aún más, ¿para qué sirve un colchón?.

Inevitablemente, y con el rissotto ya frío, me invadió una sensación de desamparo. ¿De qué y quién viven los bancos?. No somos nosotros, con nuestras nóminas, transacciones, créditos, tarjetas, impuestos… quienes sustentamos un sistema que antes decía ser “amigo” nuestro.

Cierro los ojos para intentar ver. Es decir, y que alguien me corrija si lo entiendo mal: van a salvar un banco con un dinero público –mientras no digan lo contrario- rescatado de unos ámbitos que sustentan el estado del Bienestar para que luego ese mismo banco lo utilice para sanearse y comunique a sus clientes que no dispone de fondos para conceder créditos, ayudas, etc…, que permitan a empresas y/o familias salir adelante.

Es ese mismo banco que seguirá nutriéndose de nosotros, vosotros y ellos y que dentro de unos meses, y tiempo al tiempo, publicará su cuenta de resultados y anunciará beneficios.

Yo, a partir de ahora, y con vuestro permiso, confiaré más en mi colchón.

PD: le pregunté a mi amigo si no había pensado en otro viejo recurso para guardar sus ahorros: el calcetín. Desechó la propuesta porque, según me argumentó, algo ya huele muy mal en todo este asunto.

 

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Una princesa, un hada, un caballero, un ogro, un sapo y el cuento del final aún por escribir

Ella se sentó ante él porque tenía algo que decirle. Si no, no lo hubiese hecho. A su alrededor, en el mundo, caminaban en silencio. Solo se oía el tintineo de servicios de té y café, y frases a media voz. Aquella historia parecía casi imposible. Por momentos, podía más el corazón que la cabeza. No se oyó, pero lo pensó; era, posiblemente, un te quiero. Entonces, se dijeron cosas que necesitaban escuchar. Vieron la vida como a todos nos gustaría verla, como un cuadro que excluye lo feo y lo sórdido. Érase una vez un reino… donde sonaba música callada y soledad sonora.

Un precioso cuento en forma de carta que nos habla de las desventuras del amor, inspirado por Cristina Miquel (Barcelona). Una carta con una canción de amor, clica sobre la imagen de Cristina.

Érase una vez una princesa que había perdido la ilusión del amor verdadero. Ella andaba triste, pensando que era un cuento de hadas, que era irreal…..

Muchos sapos y algún ogro hubo en su vida, y las ilusiones se le esfumaban. En uno de esos días, un sapo, un feo sapo, hundió sus ilusiones. Un simple paje escuchó la noticia. Él, presuroso, le escribió, le dijo que sí existía, que pronto aparecería en su vida, que no renunciara, que besara a mil sapos…..alguno sería su caballero.

Pasó el tiempo; ellos siguieron escribiéndose, apoyándose, consolándose….

Un buen día, la princesa le dijo al paje : “quiero conocerte”. Él dijo, sí. Claro que tenía ganas de conocer a semejante princesa, qué gran honor.

Y así ocurrió. Ella llegó en su carroza, y al ver la sonrisa del paje, ella creyó ver a un caballero, al más gentil de todos. Hablaron, rieron, se conocieron, se relajaron…. El paje seguía siendo un paje, pero para ella, ya era el mayor de todos los caballeros, su caballero.

Pasaba el tiempo, muy poco tiempo, pero parecía que se conocían de toda la vida. Andaba por allí un hada, una de esas que sólo inspiran bondad, simpatía, cariño, afecto… Ella era el ingrediente que faltaba. Pareciese que hubiera esparcido por el aire unos polvos mágicos. De repente, el paje, que a partir de ahora lo llamaremos caballero, se dio cuenta que la princesa, se habia convertido en cenicienta. Ya no se veía digna de su caballero, pues ya lo amaba con toda su alma.

Fue entonces, cuando el caballero decidió hablarle a la princesa. Le dijo que ella es mucho más que una princesa, es un ser humano, un alma sincera, que merece ser feliz. El caballero tenía miedo, pues no la amaba……todavía no. Pero también sabía que huir de quien te ama, nunca es bueno.

Así, con los miedos del caballero, y las ilusiones de la princesa, llegó el primer beso. Ese beso que ella temía dar y no recibir y él temía ofrecer y no poder mantener.

Hablaron, rieron, soñaron, se comprendieron, se encontraron.

Ella lo amaba con locura, él tan solo la quería, aunque lo suficiente para besarla, pero se sentía desdichado, muy desdichado. Él deseaba poder ofrecer más de lo que recibía, pero no podía; el miedo le atenazaba. Ese caballero tan solo quería amarla con locura… pero no sabía si lo conseguiría, no lo sabia.

Hablaron y hablaron; rieron y rieron; soñaron y soñaron, y decidieron arriesgarse.

Ella arriesgaba mucho, pues para ella era su caballero……Él arriesgaba, pero solo le importaba una cosa, tan solo una: no amarla.

Y este es el cuento de un hada excepcional, una princesa enamorada y un caballero deseoso de enamorarse. Los cuentos suelen tener un final feliz: “… y fueron felices y comieron perdices…”. Este, en cambio, no tiene final, pues nadie aún lo ha escrito. Tan solo hay una frase que escribió el caballero: “deseo enamorarme de ti, princesa”.

Para Cristina M.

 

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Adolf Hitler, desesperado, busca a Goyo Martínez, Joan Salvador y al espía de Madrid

La cúpula del III Reich se ha reunido en el búnker con el mismísimo Adolf Hitler. Los subordinados del Führer le revelan la verdad: qué y a quién han estado buscando hasta es momento que ha hecho falta movilizar a medio ejército alemán. Hitler entra en un estado entre la desesperación y la ira. ¿Quizá un Un fantasma?. ¿Cómo?. ¿ Quién?. ¿ Cuándo?.

Su lugarteniente le aclara la situación: no era un espía, “era un libro”. La cólera del Hitler sube enteros. El Führer reclama la presencia ante sí de los autores del libro, Goyo Martínez y Joan Salvador Vergés; el III Reich se desmorona. En esa tesitura, Hitler toma una decisión, la última decisión…

Clica sobre la imagen para visionar este momento para la historia.

(Por gentileza de Alfonso Carrasco. Solo hay una palabra: gracias)

 

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