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ENTRE LA TIERRA Y EL CIELO… (EL ÁRBOL DE LA FIEBRE)

La emocionada carta apenas sí delata su posición exacta. De eso hace ya unos días. Lleva fecha de julio de 1721. ¿ Ha enloquecido ? ¡Pobre viejo ! Me cuenta que se halla en un lugar donde habita lo último de lo que la vida nos puede sustraer. ¿Dónde te encuentras ? ¿ Y que eso último que se resiste a la sustracción de la vida ?

Descifro que se halla en un lugar en el que viven negros que se saben negros porque han conocido al único blanco que les ha visitado cuasi desde 1880. Dicen los textos que el último blanco que habitó aquella tierra fue Livingstone, o alguno de sus misioneros. Sin duda, se trata de una isla de entre una docena de islas sin salida al mar que trato de ubicar en el Valle del Rift, esa monumental fractura geológica que no sólo se extiende de Yibuti a Mozambique sino que, ambicioso, sin más permiso que el propio, tomó el mar Rojo y el río Jordán.

Lo imagino rodeado de elefantes, rinocerontes, jirafas, cebras, primates y antílopes en una tierra en la que dicen que no hay nada pero está todo, que aún se mueve con leña de carbón y que aún lucha contra el limo depositado en lechos de ríos y corrientes. Por las coordenadas lingüísticas que disemina por su carta lo sitúo en el sureste africano, posiblemente entre el lago Niassa y el Gran Río Limpopo, apenas unos pocos miles de kilómetros que se pueden recorrer en treinta segundos, si uno quiere.

Parafrasea a nuestro querido James (William), de quien hemos heredado el libre albedrío, para decirme que el humanista – y él lo es- es perfactamente consistente al mover cielo y tierra para ganar un prosélito, si su naturaleza es lo suficientemente entusiasta para intentarlo. Es condición sine qua non.

Pero, – y me pregunto yo-,  ¿ cómo se puede puede ser entusiasta de una visión de las cosas que uno sabe que ha hecho en parte él mismo, y que podrían alterarse dentro de un momento? ¿ Cómo puede haber alguna devoción heroica al ideal de la verdad en condiciones tan mezquinas? El viejo es la pregunta y la respuesta.

” Mi querido y joven amigo; Imagino que, en estos precisos instantes, te estarás haciendo algunas preguntas. Es precioso aún hacerse preguntas, cuando todo se diluye a nuestro alrededor. Yo, aún tengo muchas preguntas y tan pocas respuestas frente a esa modernidad líquida que vislumbró nuestro querido Bauman y que corre el riesgo de convertirse -si no es que ya lo ha hecho-, en un torrente que todo lo arrastra y en el que apenas sí queda nada sólido a lo que agarrarse. ¡ Ay !, mi querido amigo, ya no somos sólidos. Ni siquiera líquidas. Somos gaseosos, materia cada vez más etérea.

Sin embargo, aún tenemos a lo que aferrarnos en ese caótico tránsito hacia un destino claro que aún no tenemos. Aún nos queda el señor Ledger, y el señor Kipling, de cuya mano he encontrado lo que buscaba y que sólo el entusiasta humanista podía hallar: el árbol de la fiebre.

Pensarás que he enloquecido, pero hoy, por estos días, me encuentro en el camino de los incas, es 1721 y estoy con el gran Charles Ledger en el preciso momento en que, por encargo de la condesa de Chinchón, entrega a los holandeses las semillas perfectas para su más gran empresa: “la conquista de los gustos”.

Y te preguntarás que es aquello último que se resiste a la sustracción de la vida. Ledger, al despedirse, me ha revelado lo que precisamente fue así, lo que precisamente así será y que nunca nos sustraerán: la capacidad de soñar, y de lograr. Y así, arrastrado por esta dulce fiebre, aquí me encuentro, a cobijo de una enorme acacia, tan grande como tú yo, unos veinte metros de altura, y cuyo corteza acaricio, suave, amarilla, polvo. De vez en cuando, las fuertes espinas blancas de los nodos pinchan para recordarme quién soy, de dónde vengo, adónde voy…, en mi traviesa intención de hallar su milagro. ¿ Sabías que es uno de los pocos árboles en que la fotosíntesis tiene lugar en la corteza ?

¡ Un momento !, creo haber divisado al señor Kipling. ¡ Es él !. Ojalá estuvieras aquí, conmigo, en este estado de inflorescencias esféricas de color crema perfumado y cuya vida tiene algo que ver con los elefantes, las capas freáticas, la falla Albertina y una suerte de senescencia síncrona.

Somos -me dice el señor Kipling- de una materia quebrada en su génesis y que se expande como procesos tectónicos en bordes divergentes que, finalmente, colisionan. Habitamos en largas zanjas con laderas de gran pendiente para fragmentarnos de nuevo y crear otras grietas de las que emergemos verticales, generando grandes escalones donde pretendemos establecernos como sólidos bloques que parten la corriente del agua, a la cual también pertenecemos, y que intentan combatir al graben de la vida para evitar que se hunda poco a poco por efecto de las fuerzas internas.

El señor Kipling me ha entregado un mensaje. Reza, lacónico, “precisamente fue así… ¿ Cómo empezó el miedo ? “. Le veo alejarse mientras averigua cómo el dromedario obtuvo su joroba, quién pintó las manchas al leopardo, por qué el rinoceronte tiene arrugas en la piel, cuál fue el principio del armadillo y por qué el gato va a su aire. Me grita que piensa llegar hasta el mar para averiguar por qué la ballena tiene la garganta pequeña  y los cangrejos juegan con la marea y, más allá, le preguntará al canguro por su cantinela.

¡ Sigo sus pasos ! Me ha prometido un encuentro con nuestro querido Gaarder (Jostein). Tengo cincuenta preguntas para él… Ya te contaré”

El Café Romantic presenta un breve relato del poeta José Pejó Vernis, que lo dice todo, absolutamente todo, de la maravillosa aventura del ser humano que despliega todas las gestiones imaginables e inimaginables para el logro de las cosas. 

 

 

Remuevo cielo y tierra, descubrir
la arena, el agua el barro, el humo, el fuego,
conspirar con la tinta en el papel
y sembrar, más allá del cuerpo en vilo,
el fruto irreprimible de mi imaginación,
es lo mío, lo que hago,

 

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ERES DIFERENTE

Un ambiente hippie nos dio la bienvenida en La Savina. Era una atmósfera ora trasnochada, ora vanguardista, tan falsa como auténtica. Nadie parecía tener prisa, ni siquiera el tiempo. Ni Dios. Bajo la mirada estimulante de un sol más alto, portador de renovada luz y compromiso de días hermosos, metimos nuestra pasión en la maleta con la intención de lanzarnos a la piscina sin saber si había agua, viviendo del caos y de los errores, como dos adolescentes perennes, con carilla de traviesos y ojo cantarines, inconformistas y perfeccionistas hasta la neurosis.

En la breve ciudad de Sant Francesc, luminosos fragmentos de cielo se colaban en casas y casuchas a través de patios, balcones, terrazas y sencillos jardines. Todos parecían iguales, todos eran diferentes, como pequeños paréntesis en los que el tiempo se detenía y la vida desconectaba de la terca rutina. Un manto de luz dorada y de sosiego lo cubría todo, invitando a una saludable desgana a cualquier hora del día.

El viejo de la imprenta, mi querido viejo, me había prometido que un atardecer me llevaría a Formentera. Y lo cumplió. Siempre cumple lo que promete. Era la primera vez que yo pisaba aquel antojadizo pedazo de tierra, una caprichosa isla de trigo, tan cercana como lejana, sola y compañera, hacia el mediodía, un inciso en el mar.

Cumplimos con el ritual, bendito rito, de andar la isla en bicicleta, por soleados caminos de arena y rocas limpias e inocentes, donde los dunares parecían retozar con pinos, sabinas y matorrales, hasta alcanzar una plaza con cuatro casitas y más arriba, unos molinos.

 – ¿Oyes? – preguntó el viejo.

– ¿El qué? – repliqué.

– ¡Te está hablando!

– ¿Quién? – insistí, mirando a uno y otro lado de la plaza, donde parecía no haber nada, aunque yo intuía que en aquella aparente nada galbana estaba todo.

– ¡Presta atención! – reclamó el viejo como un maestro de los de antaño, regañón ante el alumno, pollito indefenso.

Barrí de nuevo con la mirada la plaza que, en cada ojeada me parecía más infinita, hasta que mis ojos dieron con una placa embutida en una pared de una de las cuatro casas, en la calle de los Molinos de la Miranda.

– ¿ Y, ahora. Lo oyes?

Guardé silencio para poder oírlo mejor. Percibí susurros de ocho vientos que invitaban a moler el poco grano que aguardaba en los molinos, entre campos de piedra y migas de tierra agradecida, higueras de sombra dormina y un horizonte austero de algún pino.

El viejo interrumpió sin venia alguna mis pensamientos.

– Son los hombres, con la escasa tierra, rodeados de grandes mares, más que fieles terrenales, velas que el viento lleva – expuso, recitando al poeta Villangómez. Era él quien me susurraba entre vientos en nombre de hombres fieles a sí mismos de una generación sacrificada y truncada por la guerra, que cantaron a la tierra con un canto que nunca se acababa en ellos mismos.

Las letras de la placa embutida en la pared de una de las cuatro casitas de la plaza tomaron vida y se incrustaron en mi alma. Como ellos, evoqué a la vida como una mujer, una belleza perseguida de tierra, agua y luz en constante lucha contra desarraigo terrenal y el paso del tiempo.

Luego, al amparo de la placidez de un atardecer de verano, en el protegido retiro de una playa insultantemente virgen, de una arena insultantemente fulgente, agotamos el último de los primeros días de nuestras vidas antes de arremangarnos para los ensayos de nuestras renovadas vidas. Conversamos animadamente, resguardados ya del sol mientras los pensamientos fluían al compás de la naturaleza. La brisa, caprichosa, envolvió el momento. Había palabras, ideas que brotaban sosegadamente. No había prisa.

De repente, al unísono, miramos al cielo y descubrimos el vuelo de la gaviota. Saboreamos la libertad del animal como si fuera la propia. Sin decirlo, nos dijimos que todo es consecuencia de la constancia y de la profundidad con que se vive en cada momento. Lo traducimos y lo hacemos nuestro.

En un acto de continuidad, regresamos a la conversación mientras el ave, eterno pasajero circunstancial, desaparecía en el alto azul llevando al viento un alma transparente, un carácter fluido. Escrutamos el mar.

– ¿ Qué sería de este mar sin sus posidonias ? – pregunté, mientras hacía mía la profundidad de la pradera marina, zócalo, ventana y puerta a la llanura exigua y áspera que es como una piedra toscamente cortada que siempre llora, vertiendo al eléctrico azul lágrimas de agua acumuladas de una vida de lluvia, sudor y humedad.

– Quizás, debieras preguntarte qué somos. Y, qué somos sin estos pequeños momentos – contrarrestó el viejo.

– Le seguí, sabedor de que no sólo tenía la pregunta sino, y lo que era más importante, tenía la respuesta. ¿ Qué somos ?

– Somos una gran gota en el limo del tiempo detenida en un torrente de la memoria que nos arrastra y refleja lo que somos, frente a un fugaz espejo que hace que nuestro rostro se desmigaje en ínfimas facciones.

Gracias, querido viejo. Contaré a todos que hemos estado más cerca de la tierra que del cielo, y que el cielo estaba en la isla de los hombres que son como velas terrenales que el viento lleva.

(Inspirado en la obra del gran poeta ibicenco Marià Villangómez, miembro de la llamada “generación sacrificada”, término acuñado por Joan Fuster, y que aludía a los poetas herederos de la tradición noucentista que vio truncada su obra por la maldita Guerra Civil española).

El Café Romantic presenta hoy un relato de la excelente periodista y escritora de Badalona Mercè Roura. Todos parecemos diferentes, todos parecemos iguales, y en esa semejanza radica la diferencia. Música: el excelente tema final de Cinema Paradiso, musicalizado por Ennio Morricone.

Soy diferente. Y tú también. No te escondas, ni intentes ocultar que tus ojos llevan escrito que buscan y necesitan algo que otros no desean o han renunciado a tener. Lo has sabido siempre. Desde que tenías cuatro años y rasguños en las rodillas. Desde que decidiste mirar a la luna y no al dedo. Cuando te detenías a mirar por la ventana y podías imaginar un mundo donde otros sólo veían árboles. Y suplicabas ver sólo árboles y no podías, porque querías ser “normal”, corriente, pasar desapercibido, que nadie te señalara con el dedo ni cuestionara tu esencia. A veces, durante unos días, te ponías la sonrisa facilona y mirabas sin ver, tocabas sin notar y la gente te dejaba tranquilo. Lo conseguías, pero duraba poco, muy poco… Era una placidez extraña y cargada de angustia ante lo inevitable. Un repique en tu cabeza te despertaba del sueño de los conformes y sentías como un viento imparable te tambaleaba los pies y agitaba el pecho. Tu alma irreverente y loca se ponía en vigilia… Tus ojos adquirían ese brillo especial que te permite verlo todo bajo otro prisma y devorar con avidez pequeños detalles que los demás no ven o deciden ignorar. Tu carga se soltaba, el amarre que te asía al mundo de la resignación se aflojaba… Te acercabas a la ventana y veías un horizonte ancho y eterno. Y pensabas como justificarte por poder contemplar lo que se dibujaba ante ti. Y aquello dolía porque no se podía ocultar. Aún pasa, se te escribe en las pupilas y se nota. Lo notan incluso los que jamás podrán compartirlo y, sobre todo, los que alguna vez lo han sentido y deciden ahogarlo para no sufrir lo que tu sufrías entonces. Son los que más criticaban desde sus caparazones y vidas asépticas…

Han pasado años y caras agrias. Han pasado años y muchos momentos infinitos. A veces, durante este tiempo, sólo has visto árboles, cierto. Tu brillo se ha apagado y te has integrado en una masa amorfa que sueña dentro de marcos, como las fotos, que vive en pequeñas parcelas, bucea en aguas estancadas y asume riesgos diminutos y demasiado calculados. Otras veces, te has forzado para no pensar, no sucumbir, no imaginar. Aunque la venda cae, siempre. El corazón se acelera y no puedes evitarlo. Ese mundo te llama, pronuncia tu nombre con fuerza, a gritos… Es una llamada profunda que no viene de fuera, sino de dentro. Es imposible hacerla callar. Es imposible no escucharla. Y descubres que ese mundo que has visto siempre, eres tú. Lo llevas metido en la entrañas desde que naciste. Eres tú y tus posibilidades infinitas… De ser distinto y no ser la copia de nada. De surcar mil realidades, sobrevolar mil océanos y de hacer un ridículo clamoroso y repetirlo una y otra vez. De existir sin pedir perdón por superar límites, por borrar fronteras y derribar muros. Por regresar al punto de partida y desear más. Por no atarse a ideas que no tengan alas…

Y no estás solo. Hay muchos, más de los que crees e imaginas. De hecho, todos podrían ser como tú, si se atrevieran a escuchar. Los que no te soportan y te señalan… Esos aún más.

Duele, a veces, pero es un precio a pagar por vivir sin guantes, sin filtros ni profilácticos para diluir emociones. Es lo que ocurre si te dejas tocar por la vida. Duele, pero la intensidad de sus goces es inmensa.

Eres diferente. No puedes evitarlo y ya no quieres evitarlo.

Eres diferente. Asume y disfruta.

 

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EL PUENTE MENAI

– Cuenta la leyenda que a principios del siglo XIX, cuando la humanidad era aún humanidad, o lo prentendía ser, un chico y una chica que vivían en lados opuestos del río pensaron construir un puente… – me contó el viejo de la imprenta a su regreso de su viaje al pueblo de “La iglesia de Santa María en el hueco del avellano blanco cerca de un torbellino rápido y la iglesia de San Tisilo cerca de la gruta roja”. El viejo lo deletreó en su original galés: “Hlan-vair-puhl-güin-guihl-go-gue-ra-juern-drob-uhl-hlan-ti-si-lio-go-go-goj“. Y luego, en inglés: “Llan-vire-pooll-guin-gill-go-ger-u-queern-drob-ooll-llandus-ilio-gogo-goch”, no sin antes explicarme que el nombre fue decidido en 1860 por el consejo del pueblo con el obsesivo, aunque maravilloso, privilegio de tener el nombre más largo de una estación ferroviaria de Gran Bretaña. Incluso detalló que el toponimo original del sitio es Llanfair Pwllgwyngyll, que representa 16 letras en el alfabeto galés y 19, en inglés.

– ¿ Y lograron construir el puente ? – pregunté, sin estar seguro de querer saber el final, temeroso de que lo que parecía el inicio de una bella historia de amor acabase en una tragedia sin comedia ni romance alguno. Detesto los tristes finales. Nunca debió decirle Rick a Ilsa que siempre nos quedaría París.

– Escrito estaba – sentenció el viejo, interrumpiendo mi pensamiento, leyendo nuevamente mi mente- Ella tenía que marchar y él debía ayudarla a huir con su marido. Pero siempre les quedaría París, siempre les quedaría el amor…

– ¿ Y qué fue del chico y la chica que vivían a ambos lados del río ? ¿ Y qué fue del puente ?

El viejo decidió jugar con mi impaciencia. Jugó a conciencia, pero sin malicia.

– Mi querido y joven amigo, sabías que entramos en el mundo solos y nos marchamos solos.

Le seguí el juego.

– ¿Y todo lo que ocurre entre medias?

Movió su ficha, hábilmente, como siempre, con sus palabras.

– Nos debemos a nosotros mismos encontrar algo de compañía. Necesitamos ayuda, necesitamos apoyo. Si no, estamos solos. Desconocidos, incomunicados de los demás. Y olvidamos lo conectados que estamos. Así que en vez de eso, elegimos el amor. Elegimos la vida, y por un momento nos sentimos un poco menos solos.

La breve disertación, que sugería siglos de pensamiento, merecía una reflexión detenida y metódica. Entre nosotros habló el silencio. El viejo sabía perfectamente que en mi cabeza daban vueltas Rick, Ilsa, París, el puente proyectado en la imaginación del chico y la chica que vivían a ambos lados del río,  e incluso nuestro buen amigo Alfred (Tennyson), quien, pese a todo, pese a Rosa Baring y su rechazo, decidió que era mejor haber amado y perdido que jamás haber amado.

– Posiblemente te preguntes qué ocurrió con el chico y la chica que vivían a ambos lados del río y que proyectaron en su mente el puente, mientras Ilsa sube al avión mientras Rick piensa en París y Alfred, quien sabe que es mejor haber amado y perdido que jamás haber amado, conoce a Emily y escribe su princesa.

¡ Demonios de viejo ! Por mucho que lo intento, me resulta imposible tener secretos con él. ¿ Cómo diablos logra vivir en mi mente ?

– Y haces bien en hacerte esa pregunta, seguro como estoy de tu temor a un triste final… ¡pero, no temas!

Suspiré, aunque no las tenía todas conmigo.

– Cuenta la leyenda que el chico y la chica que vivían en lados opuestos del río se enamoraron y construyeron el puente para poder quedar en el medio y así compartir el que sería su primer beso. Desde ese día fue conocido como “el puente del beso”.

El cuerpo se me aflojó como si en alguna parte hubiera estallado una válvula capaz de liberar dos toneladas de aire. Pero ahí no acababa todo. Había más. Con el viejo, siempre había algo más. Le rogué que no destrozara ese delicioso final.

– ¿ Y ahora me pedirás que no maltrate este final feliz ?

– ¡En efecto!

– Te lo contaré durante el viaje.

– ¿Qué viaje? ¿Adónde vamos?

– A Formentera.

– ¿ Y qué hay en Formentera?

– He oído decir que allí la luna se ve de otra manera…

Subí al avión mientras mi imaginación aún caminaba por el puente, en la noche, distraído con el brillo de cúpulas doradas que no existían pero que aparecían por doquier, como si mis ojos fueran los ojos de Haddock que me transportaban a través de espejos donde, cerrando los ojos, mi oído podía discernir el golpe de unos postigos al cerrarse, el ruido de unos tacones subiendo o bajando las escaleras de piedra del puente, fragmentos de una conversación susurrada, el repiqueteo de la lluvia sobre unos toldos de lona, y siempre, siempre, el sonido romántico y felizmente triste de unas campanas.

– Disculpa, querido viejo: ¿ me llevarás alguna vez a ese puente?

– ¡ Ya estás sobre él !

 

El Café Romantic presenta un breve, intenso y excelente fragmento de amor del libro “Lo que la luna esconde”, del escritor, coach y creador de vidas imaginarias e imaginadas Jordi Planes Rovira, de Vilassar de Mar (Barcelona), y del que he tenido el inmenso placer de ser su coordinador editorial. La pieza musical escogido en esta ocasión, como siempre de la particular discoteca del café, es digna de todos los sentidos: Born to die, Lana del Rey.

foto la luna

“Pensé en mis relaciones, en las amistades y en los vínculos que había podido generar a lo largo de mi vida. Miré el móvil, como si intuyera una llamada. Quizás presentía las ondas que más tarde recibiría, quizás mi agudeza se estaba desarrollando de la misma manera que la desarrollan los animales para captar cosas que nosotros o reaccionar antes de lo que nosotros lo hacemos. Quizás nuestra visión cartesiana y nuestra medida del espacio y del tiempo nos han distorsionado la realidad y somos incapaces de comprender la diversidad de causas que confluyen en cada acto…

… Sonó el teléfono. Era Chantal, una amiga con quien compartí momentos especiales y experiencias que quedaron en mi memoria como queda el recuerdo de un amor. Llevaba mucho tiempo sin saber de ella, demasiado…

… Chantal besó el teléfono y su beso recorrió el espacio para estrellarse en mis labios con todo su ardor, estremeciendo mi ser y liberando mi imaginación hacia los deseos más íntimos. El recuerdo de unas vacaciones que compartimos en Formentera, días sin preocupaciones ni limitaciones, donde la práctica del tantra nos dio la oportunidad de fundirnos en la intimidad y en el conocimiento personal, trajeron a mi memoria anécdotas y una cascada de experiencias que me ayudaron a ser más yo mismo…

…Estacioné el coche unos metros antes, en un reservado del hotel y nada más apagar el motor, vi el reflejo de su rostro en el cristal. Chantal aguardaba en el exterior y toda su calidez esperaba mi abrazo. Baje del coche y cruzamos nuestra mirada, sus ojos verdes, enormes y arropados por unas pestañas preciosas, parecían adentrarse en mi sin remedio ni medida. Sus labios esbozaron una preciosa sonrisa y fue esa sonrisa, saludo y preludio de un abrazo intenso que volvió a unir nuestros cuerpos. No importó que estuviésemos vestidos. Me transmitió un calor que hacía tiempo había olvidado y que despertó mis más íntimos deseos.

Un afectuoso hola acompañó su mirada y sus  finos labios, cálidos y brillantes, buscaron los míos. No los evité. Acaricié su cara, con suavidad, con delicadeza, sin prisas, observándola, mimándola con la mirada. En ese instante, habló el silencio…

 

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EN-CRUCI-JADA

Hay momentos en que me saturo y no sé hacia dónde tirar.

– ¡Debes detenerte! – acostumbra a sugerirme mi amigo, el viejo de la imprenta.

– ¿ Y para qué? -suelo preguntarle yo.

– Para pensar y decidir.

No parecía un mal plan. Lo puse en práctica. No tenía nada a perder, acaso el tiempo, y sí mucho a ganar. La primera vez que lo hice me detuve, pensé y decidí tomar una decisión. Elegí un camino, sin saber que descartaba otros, quizás mejores, pero era mi camino. También pensé en buscar un consejero, pues necesitaba un consejo. Mi cerebro (estrecho) tiene, a veces, la acentuada manía de eliminar lo que no le encaja. Le di un par de vueltas a la idea en mi cabeza antes de rechazarla. Busqué soluciones sin enjuiciarlas, unas absurdas y disparatadas, incluso descabelladas, pero tomé una de ellas. Pensé en el problema desde diferentes lugares y luego desde distintas emociones.

– Haz las cosas que te salen del corazón. Quizás te equivoques pero estarás satisfecho -me aconsejó el viejo, pues precisaba de consejo.

– Y tú, querido viejo, ¿ cómo lo haces?

El viejo evocó entonces a un viejo profesor que tuvo cuando la vida aún era vida y era aquello que te iba sucediendo mientras te empeñabas en hacer otros planes y no como ahora, en que es aquello que te sucede mientras estás conectado a Internet.

Ante la misma encrucijada en la que yo me suelo encontrar, en una ocasión en que debía tomar una decisión, el viejo profesor del viejo de la imprenta le hizo anotar los pro y los contras de cada alternativa y les asignó un número, del uno al diez, dependiendo de la importancia que para él tenían las ventajas e inconvenientes. Sumó, restó y encontró la mejor solución. La opción más correcta, desde la lógica, era la A pero su corazón optó por la B.

El viejo, a instancias del otro viejo, hizo una análisis racional de la cuestión pero también dejó que opinase su corazón.

– ¿ Y qué decidiste? -pregunté yo ante el silencio del viejo de la imprenta, un silencio que me exaspera. Él lo sabe, pero lo ejecuta a propósito para que escuche los sonidos del silencio.

– ¡Ay!, mi querido y joven amigo. Decidir es una tarea colosal. Las emociones tienen fama de enturbiar la razón, pero sin ellas no podríamos decidir. Imaginé que tenía 90 años, que la muerte estaba cercana para tomar la gran decisión, la decisión de mi vida. Todo el orgullo, el miedo al fracaso o al ridículo, todo frente a la muerte se desvaneció… El siguiente paso fue ejecutar la decisión.

Gracias, querido viejo. Como dijo nuestro querido Óscar (Wilde),  el aplazamiento es el asesino de la oportunidad.

A Sison Pujol, de Barcelona, le gustan las encrucijadas y lo relata de forma tan sencilla como maravillosa. Hoy, con la excelente música de Passenger, “Let Her Go”

La palabra encrucijada puede referirse al lugar donde se cruzan caminos o a la situación que ofrece varias posibilidades.

Me gustan las encrucijadas; te fuerzan a decidir, escoger, tomar partido.

Me gustan porque me recuerdan que siempre hay más de un camino y que “el camino” no tiene fin.

Incluso me gusta equivocarme de camino, me permite descubrir, aprender y crecer inesperadamente.

Me gusta particularmente esta encrucijada.

 

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SE HACE SABER, DONDE EL VERBO ES HABER

– Ganamos y perdemos; subimos y bajamos; nacemos y morimos… Si la historia es tan simple, ¿por qué nos preocupamos tanto?, le pregunté a mi amigo, el viejo de la imprenta, quien se había abandonado a los placeres más sencillos de la vida. Se celebraba y se cantaba a sí mismo en una tarde de verano tan ociosa como necesaria y útil bajo un árbol, a refugio de un sol desafiante, mientras contemplaba la naturaleza tal como Dios – o vaya usted a saber quién- la había planteado, sin endiabladas aplicaciones informáticas.

– Como decía el capitán, ¡ la vida es lo poco que nos sobra de la muerte! – proclamó, mientras masticaba una hoja de menta, quizás para tener un aliento más fresco.

A veces pienso que tomo al viejo demasiado en serio. O será que me tomo a mí mismo excesivamente en serio.

– ¡Es lo segundo! – dijo él, leyéndome de nuevo el pensamiento. Imposible tener secretos con él.

– ¿Crees que me conoces? – le pregunté, desafiándolo.

– Cuando conozco a alguien no me importa si es blanco o negro, alto o bajo, feo o guapo, judío o musulmán… Me basta con saber que es un ser humano.

– Y yo, según tu viejo juicio, ¿qué soy?

– ¡Un milagro!, como toda pulgada cúbica en el espacio.

– ¿ Y qué debo hacer?

– ¡No abandonar!

– ¿El qué?

– Las ansias.

Dicho así sonaba ambiguo. Pero él sabía que yo pensaba que lo que había dicho me parecía confuso. Y me abrió puertas y disipó silencios e inceridumbres, más allá de la nada.

– Las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.

– ¿Cómo?

– ¡Mira!

– ¿Hacia adónde?

– Tan lejos como puedas.

– ¿ Y qué hay allí?

– Un espacio ilimitado.

– ¿Algún límite habrá?

– ¡Ay!, mi querido y joven amigo. No hay principios ni fines. No hay, nunca lo hubo, nunca lo habrá, otro principio que el de ahora, ni más juventud o vejez que las de ahora, Y nunca habrá otra perfección que la de ahora, ni más cielo o infierno que éstos de ahora.

¡Gracias, querido viejo!. Ahora lo veo, ahora lo sé: la vida son las vacaciones de la muerte. Pienso convertir cada día en el más importante de mi vida. Cada día, naceré nuevamente y averiguaré para qué.

Hay quienes siguen pensando, gracias a Dios, -o vaya usted a saber quién-, que, pese a todo, las palabras y las ideas pueden cambiar el mundo. Es un secreto a voces que os quiero contar: no leemos y escribimos poesía porque es bonita. Leemos y escribimos poesía porque pertenecemos a la raza humana; y la raza humana está llena de pasión. La medicina, el derecho, el comercio, la ingeniería… son carreras nobles y necesarias para dignificar la vida humana. Pero la poesía, la belleza, el romanticismo, el amor son cosas que nos mantienen vivos. Y una de esas personas, gracias a la vida, es José Pejó Vernís, un moderno poeta con el sabor de los antiguos poetas, desde Alcalá de Henares. Música para la ocasión, “Everybody Hurts”, de REM.

Se hace saber,

Donde el verbo es haber.

Hay piedras de alfayate en las fachadas,
cortes de duro paño, al fin, sillares,
que trajean las calles de Nahar.
El sol, como alma rubia, centellea
sobre losas graníticas, al paso
que recauda el impuesto de la luz.
Parece, el estudiante, que discute
con el viejo ciprés; después, lo deja
a solas, meditando, meditando.
No lejos de allí, campa El Adefesio,
a las faldas de La Estación de Renfe:
Pintor Lucas Padilla, exactamente.
Es un lugar sin número, un enigma,
una ecuación que nunca se ha resuelto,
que no tiene principio ni final,
un ojal del tamaño irreductible
de un agujero blanco, es una sede
germinal: la cultura, es el teatro,
donde el verbo es haber.

Se hace saber.

 

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MENSAJE EN UNA BOTELLA

Un día que por siempre archivé en un lugar seguro de mi memoria, el viejo de la imprenta y yo paseábamos bajo una franja de claridad que precedía al anochecer por un lugar lleno de magia y con una fuerza que parecía salir del fondo de la tierra, del mismo sitio que surgieron las negras rocas que dan forma al singular paraje que una suerte de incierto destino nos ofrecía allí, donde los Pirineos por fin se rinden al mar.

Nos detuvimos sin intención de desandar el camino. Simplemente nos paramos a contemplar el mundo que se abría ante nosotros, lejos del otro mundo que nos atropella y nos condena hasta el hastío y donde todo es una danza imposible. Y no se trata de un elegante baile a ritmo lento. No es un vals. Es, más bien, un disparatado “ska” al que no hemos sido invitados y que debemos bailar para encontrar la salida que nunca encontramos del laberíntico entramado de la nada en que todo se diluye a nuestro alrededor.

De repente, arrojada del destino,emergió del mar una botella que contenía una carta. ¿Será una carta de amor?, pregunté, de modo retórico, aunque sabía perfectamente que para el viejo no se trataba sólo de una interrogación que admitiría un sí o un no, sino de un quaesitum, que merecía una respuesta más elaborada.

– ¡ Naturalmente! – aseguró el viejo- Este es el mar de los antiguos, en el que aún se arrojan botellas con mensajes como los que Garret siempre escribía a Catherine.

El hecho me sorprendió, y más en una época en que todos los mensajes son cadenas alfanuméricas que viajan a través de complejos sistemas de comunicación electrónicos y enigmáticos protocolos de computadoras que se valen de embrollados hilos conductores o de anónimas señales espaciales controladas por artefactos que gravitan en órbitas geoestacionarias y en las que pugnan en danzas aún más imposibles bandas de frecuencias ascendentes y descendentes y otra suerte de indescifrables mecanismos. ¡Máquinas del Diablo!, como las denomina el viejo.

La botella pudo haber termino en cualquier lugar, y el lugar escogido por el destino, huérfano de electrones y campos electromagnéticos, fue aquel en el que nos encontrábamos, y al que acudimos para descubrir el mar y su color azul turquesa, un mar luminoso protegido por montañas míticas, en contraste con la abigarrada ciudad y su ferocidad.

Tan sólo se trataba de una pequeña botella de vidrio con su pequeño corcho y, en su interior, una hoja de papel envuelta en una delicada porción de cinta roja y convenientemente asegurada entre arena y pequeñas piedras para su incierto viaje.

Decidido, el viejo rescató la botella cuando el vidrio topó con las primeras rocas que trazan la frontera entre el mar y la tierra, siempre bañadas, siempre a la intemperie, privilegiadas ellas por oleajes, vientos, soles y lluvias.

El viejo extrajo la carta del interior de la botella y la liberó de su cinta con el cuidado del cirujano. El mensaje decía:

¿Sabes?, a veces una simple melodía me desmadeja el alma…
Algo, entre nota y nota, sale en tu busca…
Y te encuentra intentando poner orden a sentimientos que ya nunca volverán a ocupar su lugar…
Hilvanando sueños a pequeñas puntadas…
Sueños desproporcionados, sujetándose a las hebras de un hilo…
¿Sabes?…
A veces, entre nota y nota, me escondo para no tener que regresar…

Tuya, Fina Tur

El viejo, aún con más decisión, me instó a tomar la libreta que siempre viaja conmigo, de papel envejecido, y la pluma de plumín de oro grabado que un día me regaló y que es tan imprescindible en mi vida como mi propio corazón. “Escribe”, dijo con voz de cordial mando. Obecedí sin rechistar.

Como dijo el poeta que cada día de su vida escribió una carta de amor, con la punta de tus dedos pulsas el mundo, y le arrancas auroras, triunfos, colores, alegrías. Es tu música; la vida es lo que tú tocas…

El viejo me concedió la licencia de proseguir.

Tú no eres alguien más, eres todo y más. Eres el amor que pasa, pero eres el amor, aquel que sólo tiene intimidad en la habitación de los silencios. Y allá donde esté, quizás en una paraíso maravilloso, sólo faltará una cosa: tú.

Quise concluir la carta con ese rotundo pronombre personal, directo, íntimo, pasional. El viejo, sin embargo, aún tenía cosas que decir.

No hay luces que eclipsen el alma, sólo son los miedos que la ciegan. Y aunque creas verme en el cielo, siempre estoy a los pies de tu alma. Ves cosas donde los demás ven oscuridad; creas emociones con una simple hoja en blanco, y cuando miras ves el mar o las montañas. Más allá también me encontrarás, desnudo esperando tu desnudez.

Tuyo, el viejo que te extraña.

A continuación, el viejo envolvió su carta, nuestra carta, junto al mensaje de Fina y, con el mismo cuidado del cirujano, la anudó con la delicada cinta roja de origen, la introdujo en la pequeña botella de vidrio, convenientemente protegida por el pequeño corcho para su viaje, y la arrojó al mar.

– ¿Y ahora qué?, querido viejo.

– El destino dirá, mi querido y joven amigo.Como dijo el viejo de la imprenta: en algún momento todos tenemos algo que debemos hacer, el engranaje gira. A veces un giro te lleva a donde quieres, a veces te lleva incluso más lejos…pero lo que nunca debe faltar es el amor.

El Café Romantic presenta “mensaje en una botella”, un romance imaginado e imaginario por obra e inspiración de Fina Tur, de Ibiza (Islas Baleares). Música para la ocasión: fantástica pieza a piano de Yiruma, Kiss The Rain.

 

 

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ASUNTOS PERROS (muy humanos)

El viejo de la imprenta tiene un perro fiel, el más fiel que nunca he conocido. Es un Terrier, descendiente de otros perros originarios de las Islas Británicas, y como ellos, decidido, enérgico e inquieto, inteligente y valoroso. Y también cariñoso, lo que no es incompatible con su decisión, energía, inquietud, inteligencia y valor. Lo bautizó con el nombre de Ripol, en homenaje al fraile de la abadía de Montserrat que tuvo la decisión y la energía de enfrentarse al mismísimo diablo, encarnado en Heinrich Himmler, cuando el todopoderoso Reichsführer de las escuadras de la muerte, en su dislate megalomaníaco, intentó arrebatar al mundo el Santo Grial, del que nunca se ha sabido nada, y es preferible que así sea por los siglos de los siglos.

Ripol siempre está junto al viejo y, por simpatía, a mí. Y nos defiende de posibles furtivas miradas, gestos, palabras y compañías. Nada a nuestro alrededor debe ocurrir sin la aprobación de Ripol que, según mi querido viejo, está dotado de un sexto sentido. Curioso asunto el de los sentidos en los perros, le observé en cierta ocasión. Él asintió, sin oponer objeción alguna al cavilar que los humanos somos incapaces de desarrollar los sentidos de los que dicen que disponemos. Ambos albergamos dudas al respecto de asunto que, ni siquiera en este avanzado – o quizás atrasado- siglo, no es pacífico. Dice la historia, que solemos confundir con leyenda, que son cinco, pero los investigadores que abanderan la materia no se ponen totalmente de acuerdo en cuanto a su número y clasificación.

– ¡Son cinco! – le dije un día, intentando zanjar el asunto.

– ¡Son decenas, centenares, quizás miles! – replicó, eternizando el conflicto.

Incluso le preguntamos a Ripol que, naturalmente, dio la razón al viejo, mirándome inquisitivamente, lo que no era irreconciliable con su afecto hacia mí. ¿Por qué un asunto “perro” habría de entorpecer nuestra amistad?

La conclusión fue que existen, al menos, decenas de sentidos que se suman a los cinco ya consabidos, y todos tienen su correspondencia antagónica. A saber: el de la vida y el de la muerte; el religioso y el ateo; el político y el apolítico; el de la felicidad y el de la desgracia… Y todos ellos nos conducen a una serie de otros subsentidos, me apuntó el viejo: la equilibriocepción, algo así como la habilidad de orientarse espacialmente en base a un sincretismo entre balance y aceleración gracias a un fluido llamado endolinfa que se aloja en nuestros oídos; la termocecpción, que nos permite percibir la temperatura del entorno, tanto la ambiental como la social -apunté yo-; la interocepción, que, para que nos entendamos, es la representación de cómo se siente cada órgano de nuestro cuerpo a sí mismo; la propiocepción, que según dicen es un mecanismo de retroalimentación: cuando un músculo o tendón se estira, sus moléculas se separan levemente. Unos órganos especiales captan esa separación e informan al cerebro mediante señales eléctricas. El cerebro así puede actualizar el estado del mapa mental que tiene del cuerpo; la nocicepción, o dicho de manera más sencilla la percepción de lo nocivo, y, por fin, la  magnetocepción, una suerte de habilidad para percibir los campos magnéticos del planeta para orientarse espacialmente.

¡Por Dios!, exclamé. Que razón tenía Tristan, dos cosas me admiran: la inteligencia de las bestias, como Ripol, y la bestialidad de los hombres. Vivimos permanentemente en conflicto, aún no sabemos desarrollar nuestros sentidos con fines filantrópicos y ya pretendemos abrazar el planeta y otras cosas que suenan a esotéricas con un sinfín de teorías que ya originan nuevos conflictos.

– Recuérdame que cuando muera, me reencarne en perro – apuntó el viejo. Yo, naturalmente, lo apunté y lo archivé en un lugar seguro de mi memoria para encontrarlo el día que hiciese falta que espero y deseo que sea de aquí a, pongamos, 150 años.

En una ocasión, el viejo de la imprenta hubo de ser ingresado en un hospital, muy a su pesar, y también al mío. Yo, siempre que pude, le hice compañía de sol a sol en una huérfana habitación de un desagradable color de morgue. ¿Por qué no pintan las paredes de las habitaciones de los hospitales de rosa; o de un verde agradable; o de un azul cielo; o de un rojo que estimule y acelere el metabolismo; o de un amarillo brillante, inspirador; o de un apetitoso naranja…? Hasta Ripol daría su aprobación. El viejo y yo discutimos horas sobre el asunto del sentido de los colores, la coloropercepción, y siempre alcanzamos la misma conclusión, había consenso. Para nosotros, era un asunto pacífico.

Cada día, a la salida del hospital, una vez el viejo ya dormía, Ripol me esperaba a la puerta del recinto para que le diese cuenta del estado del viejo. “Todo bien, querido Ripol”, le informaba yo a modo de parte médico habitual. Esas cuatro palabras bastaban para su tranquilidad que, sin embargo, no ocultaban la cara de su disgusto por no poder acceder a las instalaciones.

Con una serie de acentuados y continuos ladridos se quejaba de los hombres y de sus estúpidas normas. ¡Normas a él!, el perro más leal, limpio, afectuoso y decidido de cuantos perros podían habitar en aquel lugar. ¡Cierto, Ripol!, le respondía yo a modo de consuelo mientras miraba con enojo al vigilante de turno del hospital. ¿Quién es más bestia?, preguntó con esa mirada de amargura por no poder ver a su amo, a mi amigo.

Luego, en casa, Ripol seguía las mismas rutinas, ¡benditas rutinas!, como si estuviese presente el viejo. Se acomodaba a mis pies, preferiblemente sobre una alfombra, limpia eso sí, y me pedía que le leyese, luego de su última comida del día, un alimento fresco con ingredientes naturales, una veces de pollo, otras de pavo, e incluso de atún.

Siempre me pedía que le contase historias perras. Yo, conocía algunas. En una ocasión le hablé de Bobby, un terrier como él. Le intereban todas las crónicas perrunas, pero las relacionadas con los terrier le daban un nuevo sentido a su vida, y a la mía, y a la del viejo. Bobby era un terrier de un agente de la policía de Edimburgo llamado John Gray.

Bobby presumía de su amo, a quien acompañaba a todas partes, y Gray alardeaba de Bobby y de sus trucos. Desgraciadamente, el agente falleció un 15 de febrero de 1858 por culpa de una repentina tuberculosis. Ripol se quejó amargamente de tan adversa circunstancia.

– ¿ Y qué fue de Bobby? – preguntó con la mirada, convencido como estaba de querer oír la historia

Bobby acudió al funeral de su amo. No se hubiese perdonado nunca ausentarse de la ceremonia del adiós, que no siempre es definitivo. Tampoco Ripol se perdonaría nunca no estar presente el día en que ocurra con el viejo de la imprenta, de aquí a 150 años en que aún estaremos los tres, según me hizo prometer Ripol.

– ¿Y qué ocurrió luego con Bobby? – insistió.

El leal perro del policía se pasó el resto de sus días, es decir los siguientes 14 años, montando guardia ante la tumba de Gray. En un principio, todos los lugareños pensaron que el “perro gesto” duraría unos días y sería tan efímero como efímera es la vida si no la vivimos. Pero pasaron los días, las semanas, los meses y los años, con sus crudos inviernos y veranos, y allí permaneció Bobby, fiel en su guardia. Solo, y muy de vez en cuando, se ausentaba unos minutos, sin perder de ojo la guardia, para beber y comer.

Con los años, el animal, más humano que perro, se convirtió en una leyenda local y se ganó el afecto de los lugareños que le dieron de comer y beber. Y hasta le construyeron un refugio junto a la tumba de su amo, de quien siempre conservó un retal de su uniforme. Hasta tal punto creció su leyenda que, en 1867, nueve años después de la marcha de Gray que, en realidad, nunca se fue, el mismísimo Bobby era el terrier de un policía de la ciudad de Edimburgo llamado John Gray. Ambos estaban siempre juntos y ya era famosa en la zona la cantidad de trucos que Bobby sabía realizar. Desafortunadamente, un 15 de Febrero de 1858, Gray muere de una tuberculosis repentina. Durante el funeral Bobby permanecería siempre presente, y seguiría al cortejo hasta el cementerio de Greyfriars Kirkyard. Lugar donde descansarían los restos de John y donde además, en un acto de fidelidad extrema, Bobby pasaría el resto de los 14 años que le quedaban de vida montando guardia sobre la tumba de su fallecido amo.

En un principio todos pensaban que Bobby permanecería solamente unos días sobre la tumba y que luego el hambre o el aburrimiento lo alejarían. No obstante, comenzarían a pasar los años e incluso los crudos inviernos de Escocia y Bobby permanecería fiel en su guardia. Solo se retiraba de vez en cuando para beber y conseguir comida, o cuando la nieve le impedía permanecer en el lugar. Con los años Bobby se fue transformando en una leyenda local y personas que admiraban su fidelidad comenzaron a alimentarlo y a suministrarle un refugio en el invierno. A tal punto creció esta fama que en 1867 el mismo Lord Provost de Edimburgo, Sir William Chambers, intervino personalmente para salvar a Bobby de la perrera y además, para evitar futuros accidentes de este tipo, declararía al fiel can como propiedad del Consejo de la Ciudad.

Bobby murió sobre la tumba de su amo en 1872, y al no poder ser enterrado en el cementerio reservado para los humanos, – noticia que amargó el momento de Rpiol-, la gente del lugar se unió para construirle una fuente con una estatua en su honor no muy lejos del cementerio. Desde entonces, y para toda la eternidad, si los hombres no lo impiden, el Bobby de piedra, aún más vivo que nunca, siempre ha mirado, mira y mirará a la tumba de Gray.

El día pasó y fue benévolo. Ripol cerró los ojos, con una sonrisa en sus labios. ¡Yo, de mayor, quiero ser como tú, Ripol!, le dije dejando descansar la historia de Bobby sobre su cuerpo.

El Café Romantic presenta “asuntos perros”, un excelente relato corto muy humano, de Rafael Rodríguez Torres, de Barcelona, que versa sobre su fiel can, sobre él, como la vida misma. Música exclusiva para esta pieza literaria: Celtic Woman, “Over The Rainbow”

Aprovecho que mi amo está durmiendo para explicar el último paseo. Supongo que no tenía ganas de pasear por sitios deshabitados -mi amo lleva unos días muy raro y rehúye la soledad-. Todo pasó en unos segundos.  Nos cruzamos con esa mujer que le hace sonreír mientras su perro y yo nos gruñimos, cada vez con más desgana, fomentando así la leyenda que nos atribuyen, esa que dice que odiamos cuando no es cierto. Simplemente se trata de que el otro perro, que por cierto se llama Otto, y yo somos inteligentes y sabemos que si no lo hacemos, mi amo y su dueña se acabarán acercando más de lo que las circunstancias deben permitir (lo olemos en su sudor).

Al cruzarnos, ella hizo algo sorprendente. Cambió el sentido de su marcha con un movimiento extraño y continuó el paseo en paralelo a nosotros. Mi amo se detuvo ante un escaparate, haciendo ella lo mismo. Se buscaron las miradas a través del reflejo del cristal y sonrieron … ¡una eternidad!

Otto, intuyendo que alguien debía hacer algo, me lanzó un gruñido que los devolvió a la realidad. Mi amo cambió el sentido del paseo y deshizo el camino andado, hacia casa. Ella siguió el suyo alejándose de nosostros. Cuando habían recorrido unos metros, los dos, a la vez, giraron la cabeza y sus miradas se cruzaron en una muda despedida, ¡hasta el próximo paseo!. Otto y yo también nos miramos e intercambiamos una sonrisa de complicidad, a nuestra manera, cómo sólo dos perros saben hacer.

Conseguimos para el golpe esta vez. Quizás la siguiente nos dejarán a los dos en casa. Tendremos que ir con cuidado. En el mp3 de mi amo, que por cierto un día se quedará sordo por el volumen que aplica, sonaba esta cancion.

Fdo. John Nieve (el pequeño bastardo de mi amo)

 

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