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Calor (a García Lorca)

Siempre me gustó ir al sur, es como caminar cuesta abajo por la cuesta de la vida, la cuesta que me lleva a tu morada. El tiempo me arrastra hacia la sierra, ¡hogar!. Ahora sopla el viento y en los vértices del tiempo, anidan estos sentimientos. Ni una página en blanco más en el libro de la vida, una vida que duele al punto de las lágrimas, lágrimas que manan de la propia vida.

Hoy, a esta hora, hace 76 años, la sangre de García Lorca se mezclaba con la seca tierra en una fosa común de intolerancia, odio, ignorancia cavada por intolerantes e ignorantes, aquellos cuya alargada sombra aún planea sobre nosotros. Imagen con vídeo en tributo a quienes dieron su vida por la libertad frente al odio, la ira y la intolerancia que supuso el Alzamiento de 1936 y el franquismo que se impusieron por la (sin)razón de las armas.

Querido Federico, puedo oír y tocar lo que nadie oye ni siente; recibo mensajes de pájaros, del viento, de los árboles, de un perro o de una gallina. Y, al llegar, soy un hombre del sur y no quiero saber nada del tiempo que transcurrió al cruzarse nuestros caminos, en el silencio, el silencio de la cuesta, la cuesta de la vida, cuesta abajo, vida arriba.

En la cuesta, polvo, sol, fatiga y hambre. Solo soy un pobre hombre, con la casa a cuestas. He dormido en cualquier esquina. A veces, clandestinamente, en un zaguán. Todo lo que tengo lo llevo conmigo: unas hojas de papel y un lápiz. Tu espíritu me arrastra; horizonte.

Miro el horizonte sin que mis ojos vean; mi corazón siente y no palpita. ¡Suspiro corto!, eternidad que me sume en un éxtasis perpetuo. Luego de la cuesta, cuesta que me lleva a tu morada, la sierra del sur, hogar, tallo deseos en una noche de verano que suena a canción otoñal.

Bajo la piel reseca, ríos sólidos de sangre, tu sangre, mi sangre, empapan mi espíritu. Te siento. Y contra el cielo impasible, soy firme roca que parte el agua del embravecido río de la vida.

Ya escucho tu alma a través del tiempo. Te siento sin prisas. Encuentro la calma. Me rindo sin miedo. La cuesta me ha llevado hacia ti, abajo. Es un fin; ¡punto de partida!. Una hoja en blanco donde puedo escribir lo que quiero.

Querido Federico: siento el retraso en escribirte, pero he estado fuera los últimos cuarenta años, por voluntad propia. Me han reconfortado tus últimas palabras en las que me hablabas de tus impresiones y paisajes. Detecto que la fantasía ha derramado su fuego espiritual sobre la naturaleza exterior agrandando las cosas pequeñas, aquellas a las que apenas prestamos importancia y que hacen de nosotros seres, sino imprescindibles, sí importantes.

No te puedes imaginar, amigo Federico, cómo están las cosas por aquí. ¡Si Dios no lo remedia! La desazón me envuelve hasta el embargo y se diría que me he vuelto cómodamente insensible. Por lo que se refiere a los hombres cabría decir que aún viven, o mejor dicho, sobreviven, pero también cabría puntualizar que se les ha borrado de la humanidad. A la memoria acuden, como una plañidera letanía, las palabras del amigo Antonio, ¿recuerdas?: “los buenos momentos terminan enseguida; los malos se prolongan hasta la eternidad”.

Abundan los días de jondura de silencio y la pena, con mayor frecuencia de la debida, tizna cada vez más cuando estalla. ¡Ay!, querido Federico si estuvieses aquí. Seguimos teniendo un problema con Dios.

He recibido con inmensa alegría tus últimas palabras en las que me invitas a sentirme abatido pero nunca batido. Cuesta abajo, vida empinada, veo cómo pasan cosas, cosas casi siempre interpretadas con tristeza y retratadas con amargura, e intento sobreponerme a las adversidades de la vida, una realidad compleja, dramática, repleta de baches y curvas imprevistas que altera nuestro guión de sopetón.

Observo en mi alma, y en la tuya, algo que sobrepuja a todo lo existente. Un algo que, en la mayor parte de las horas, está dormido. Sin embargo, cuando recordamos o sufrimos, como es el caso, una amable lejanía despierta.

Quiero seguir tu camino y ver poesía en todas las cosas, en lo hermoso y en lo feo, en lo repugnante y en lo deleitable. Me cuesta, sin embargo, descubrirla. Ya me advertiste de que era difícil alcanzar ese descubrimiento pero intento no desfallecer.

Cuan admirable es el espíritu que recibe una emoción y la interpreta de muchas maneras, todas distintas y contrarias y ninguna contrapuesta. Pasamos por el mundo y, cuando llegue a la puerta de la ruta solitaria, espero poder copar todas las emociones existentes: virtud, pecado, pureza, negrura.

Querido Federico, es, sin embargo esa realidad de la que te hablo, lo que trastoca los planes personales e impide ese descubrimiento a través del incógnito a la par que maravilloso viaje a las profundidades de nuestro interior.

Camino cuesta abajo. Qué razón tienes, amigo Federico; debemos interpretar las cosas siempre escanciando nuestra alma sobre ellas, buscando un algo espiritual donde no existe, proporcionando a las formas el encanto de nuestros sentimientos y ser uno y ser mil para sentir las cosas en todos sus matices. Ahora soy capaz de verlo, abajo de la cuesta que me ha llevado a tu alta morada: veo lagos donde hay charcas y charcos donde hay pantanos; veo montañas donde hay colinas y cerros donde hay montañas cuando la vista no es capaz de alcanzar el horizonte… y almas antiguas que pasaron por plazas solitarias.

Tus últimas palabras son acicate para el alma y el corazón: hay que ser religiosos y profanos. Reunir el misticismo de una severa catedral gótica con la maravilla de la Grecia o la Roma pagana. Verlo todo, y sentirlo todo. En la eternidad, ya gozaremos del premio de no haber tenido horizontes.

Busco en tus palabras la humildad y la sinceridad para ponerlas en práctica en un mundo que nos es hostil. Quiero desplegar amor y misericordia para todos y recibir en pago tan solo un respeto. Ciertamente, poco más nos queda que soñar. ¡Desdichado del que no sueñe, pues nunca verá la luz!.

Nos hallamos ante un momento de la historia en que se presenta como un friso continuo de ventanas que se abren y se cierran y en el que aparecen paisajes y personajes, en una suerte de trampantojo creada, quizás por Dios y el diablo al unísono. ¿ Habrán generado una amistad desconocida para nosotros?.

¿ En qué creer?, querido Federico. Las ilusiones forman parte del pasado y, quizás, del futuro pero hoy solo son frustraciones. Si este es nuestro futuro, quizás prefiera un pasado.

La política, amigo mío, ha dejado de ser un noble arte. Recuerdas a Rimbaud: “Regresaré, con miembros de hierro, la piel ensombrecida, la mirada furiosa: por mi máscara, me juzgarán de una raza fuerte. Tendré oro: seré ocioso y brutal. Las mujeres cuidarán a esos feroces lisiados reflujo de las tierras cálidas. Intervendré en política. ¡Salvado!.”

Querido Federico, cada día muero un poco más contigo y ¡vivo!. El hombre que viste camisa vieja, maldito bastardo, ha llamado al viajero para que venga a buscarte. En esta noche de verano que suena a canción otoñal, tu muerte, hostia de la comunión de unos que se decían españoles y que dieron vida a una cruzada de plomo, sangre e ira, me da vida.

Se oye el sonido de un alfiler cayendo en la medianoche de la nada, y en la nada encuentro todo. Las palabras han descargado las armas; muerte y luego, más muerte. La jondura del silencio se ha hecho pero inquietas voces acuden a mí. Escucho el sonido de tu silencio, nuestro silencio. Grito en carne viva frente al rostro del demonio.

Demonio de corte fascista / fascista llaga / llaga en el gesto / gesto adusto / adusta garantía / garantía de eficacia / maldita eficacia / eficacia amargada / amargada dolencia / dolencia intestinal / intestino severo / severo en el alma / el alma torcida / torcida en el espíritu.

Mueres; muero un poco más contigo y vuelvo a vivir. El silencio estalla de tanto callar. El obispo reparte maldiciones al paso del cortejo fúnebre que nada lleva. Y en la nada, todo. Los huesos para la tierra, tu alma fértil para nosotros. Lo que veo no existe y, sin embargo, lo estoy viendo.

Y la pena también tizna cuando estalla. Y estalla el silencio cuando mueres para que yo viva. Y hablo. Y me enfrento a vientos en varias direcciones y tormentas de diferente intensidad. Reinvento sobre tu recuerdo el entorno, a cada paso; me hundo y me levanto. Bienaventurados los que están en el fondo del pozo porque ya no caerán más abajo.

Abismo y luego más abismo. Asesino al fantasma, el fantasma de cicatriz fascista. Y regreso, regreso junto a ti. Me disfrazo, nos disfrazamos de cordialidad. Soy católico, comunista, anarquista, libertario, tradicionalista… Solo un hombre del sur, ora maldito, ora maduro, que busca el sentido de la vida, cuesta abajo, en el filo de la vida, vida que me da tu muerte.

Trago rancio. Los fusileros, risueños, ingenuos ellos de su destino, marchan. Vaciado el cargador, vacías las almas. Almas de plomo, plomo de Dios y Lucifer. En el macadán queda por siempre tu espíritu, abajo de la cuesta.

Y en el carrusel de la vida, en tu nombre, requiebros de amor, amor de trato risueño y encantador, de distinta belleza, una belleza imperfecta, ¡perfección!.

El cielo pide paciencia. Me apunto otra derrota. La tierra de tus huesos medita por mí, tierra del sur. Y tu muerte me recuerda lo resistente que es mi espíritu (humano) cuando quiere serlo. Azucarillo y aguardiente para endulzarme el momento, momento eterno.

Y las cosas que el diablo fascista intentó enterrar encontraron la forma de aflorar. No recuerdo si pasó de verdad o imagino que pasó. ¿Has muerto?; sólo herido. Vives, y yo contigo. Una estampita. Un Cristo. ¡Agua!. Agua del sur. He bajado la cuesta para subir por la vida.

Tuyo, en la herida, Goyo Martínez.

 

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VISUAL / LA AMISTAD DE KHALIL

Un visual de letrismo con música inspirado por Cristina Jiménez-Buil (Madrid). Adele – Set Fire To The Rain (clica aquí para sentir la música y clica sobre el visual para ampliarlo

 

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Poesía de la calma

Herido, estoy herido. Sus manos de seda acarician la herida, acunan mi alma. Veo pasar la vida en un instante pero me siento tranquilo. De su alma a sus manos, de sus manos a mi cuerpo. Sus manos, con el cuidado del viejo relojero, relojero del tiempo, cura la herida, herida del alma. Y traen la calma. Y me rindo sin miedo. Y no quiero huir, huir del tiempo pasado, del tiempo que vendrá.

Un preciosa poesía de María José Fresneda (Madrid), una mujer que sabe mucho de heridas… también del alma. María José es voluntaria del Servicio de Protección Civil de Madrid (SAMUR), buena gente, extraordinarias personas. Clica sobre la imagen para escuchar y ver entre sus recuerdos, mis recuerdos.

Mientras la dama miraba
sin que sus ojos vieran,
su corazón sentía
y no palpitaba.

Un suspiro corto
casi la sumía
en un éxtasis perpetuo
sin que lo notara.

y talló deseos en un atardecer de otoño,
y escuchó a su alma a través del tiempo,
y sintió sin prisas lo que no llegaba,
y encontró la calma,
y se rindió sin miedo.

 

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Al final del camino

Siento fascinación por las tumbas, una fascinación onírica y a la vez aterradora. Obsesión, quizás. Hace un tiempo un amigo me llevó de la mano a ver la tumba de Cortázar en el cementerio de Montparnasse. En el sitio no parecía haber nada de particular, pero sobre la lápida había una nubecilla gris y el aura del lugar hacía que pudieran suceder cosas extrañas o imaginadas. ¿Qué quieren?. Era París, años 20, pero podría ser cualquier lugar de la tierra. El tiempo pasa despacio cuando sé es joven. Hay algo insólito en la quietud de las piedras.

Sirva esta introducción para presentar un relato breve que nos conduce al fascinante mundo de nuestro interior, donde buscamos lo que el ser humano lleva siglos buscando. Quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos y, quizás, qué hemos hecho para merecer esto.

Un relato tranquilamente sobrecogedor de Empar  Baños, periodista, creativa, soñadora, escritora… de Sabadell (Barcelona). Un relato con música, palabras y melodías que nacen del secreto del corazón de una mujer.

Había pasado miles de veces por aquel lugar, por aquel camino que veía llegar a su fin. Cada paso que daba se transformaba en angustia, una angustia que crecía a medida que me aproximaba a la figura contorneada que se perfilaba en el horizonte de aquel camino sinfín.

Quería huir, dar media vuelta y echar a correr. Dicen que, en sueños, las piernas jamás responden a la orden de salir corriendo. Es exactamente así. Y lo sé porque lo revivo cada noche. Hasta aquella mañana.

Recuerdo que era invierno. El frío, de manera inexorable, se colaba por el abrigo y abrazaba perverso mis huesos. Había pasado mala noche, pensando demasiado en lugar de dormir. ¿Quién puede dormir cuando no puede dormir y le da por pensar como un inevitable golpe de fiebre?.

Me calcé las botas y empecé a caminar por el bosque situado junto a la residencia de estudiantes. Caminé y caminé, creyendo hacer camino. El tiempo discurría, no transcurría. Cuando quise darme cuenta, ni siquiera sabía dónde estaba en el camino, infinito.

Al levantar la vista, helada me quedé. Estaba frente al camino de mis pesadillas, aquél que no me dejaba huir. Todo era exactamente igual, como un postal que me enviaran día tras día, sin remitente, con idéntica imagen infinita, sin mensaje aparente.

Sentí pavor, el mismo horror de aquella noche, de todas las noches. Un detalle, el detalle, se repetía escalofriante en aquella escena onírica: aquella figura aterradora que durante años me venía a buscar en sueños y que jamás había dejado de esperarme al final del camino, que jamás dejaría de esperarme.

 

 

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El espía de quien se burló el amor

Clica sobre la imagen para ver las imágenes en las que se inspiró esta historia y escuchar la banda sonora original de la novela, compuesta por el grupo A Media Luz, Mariela Redondo & Javier Cardona.   

¿Puede un espía llorar, sentir, emocionarse y, al mismo tiempo, defender un proyecto, unos ideales en los que cree, aunque discrepe de cómo se gobierna?. ¿Puede un espía enamorarse?. Es más, ¿puede burlarse el amor de un espía?.

En esta entrevista, los autores de “El Espía de Madrid, Barcelona 1936”, desnudamos al protagonista principal de la novela, el agente Nelo, y su universo, donde entran en colisión ideas, creencias, amor, ira, derrota, victoria e incluso Dios.

¿Que por qué volvemos a la España de 1936?

En realidad no volvemos porque nunca estuvimos. Ahí está la clave: la curiosidad. Explicarnos cómo unos acontecimientos, dramáticos como pocos en nuestra historia, marcaron la vida de varias generaciones y aún hoy influyen en la convivencia entre españoles. ¿Por qué Barcelona? Porque en aquellos tumultuosos tiempos era conocida en los medios de comunicación de Madrid como «el oasis catalán». Te preguntas entonces cómo sería tu ciudad para merecer este apelativo. Y te pones a investigar. Huimos a propósito del historicismo para centrarnos en la cotidianidad, así que nuestra búsqueda fue en hemerotecas. Y nos sorprendió lo que encontramos.

Barcelona, por ejemplo, ajena al estado de alerta dictado por el Gobierno, a la crispación política y al ruido de sables, todavía celebraba los primeros días de julio de 1936 verbenas populares y toda clase de actos sociales, desde bailes de salón a competiciones de tenis para señoritas, además de una olimpiada que era réplica de la que se celebraba en el Berlín de Hitler. La gente, como hoy, se iba a la playa los fines de semana, así que en las carreteras había atascos y el ferrocarril de la costa iba lleno a rebosar. Por supuesto, había conflictividad social y los sindicatos se mostraban muy activos, y aunque los ánimos se iban caldeando, existía la voluntad de no exacerbar las cosas, de no llegar a las manos, por decirlo coloquialmente. Tolerancia. Claro que esto no convenía a la reacción, a las fuerzas tradicionalistas descontentas con la República que, una y otra vez, mediante discursos incendiarios, atentados y manifestaciones se empeñaban en crear las condiciones que justificaran una intervención militar. Este es el ambiente que hemos querido describir: cómo vivían su vida los ciudadanos de a pie. Y lo curioso es que, leídos cientos de artículos, crónicas y reportajes, uno llega a la conclusión de que nuestros abuelos, o los abuelos de nuestros padres, tenían una capacidad envidiable de asimilar la adversidad.

Clica sobre la imagen para ver y escuchar el álbum del espía.

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Del protagonista de esta historia, el agente Nelo, no podemos revelar su verdadera identidad; ni siquiera nosotros la conocemos.

Casi siempre es Nelo, pero unas veces es Carlos, otras Antonio o Roberto, o Eduardo… y cuando opera en Barcelona se presenta como el respetable viajante de comercio y hombre de negocios Francisco Bravo. La discreción es su sello de identidad. En una ocasión le preguntamos de dónde era; nos dijo: «De todos los sitios y de ninguna parte». Unas veces lo hemos localizado en Sevilla, otras en Zaragoza, aunque sabemos que tiene su residencia habitual en el madrileño barrio de Argüelles y que en Barcelona se aloja como huésped en una casa de dos hermanas septuagenarias, una viuda y la otra solterona, situada en la céntrica calle de Aribau. Es tan celoso de sí mismo que no se conoce su vida familiar, ni aun la amorosa. Dice, quien le conoce bien, que en una ocasión el amor se burló de él, tanto que decidió enterrarlo; aunque, en estas cosas del corazón, uno nunca está seguro de haber cavado una fosa suficientemente profunda.

Es un tipo bien parecido, curioso en el vestir. Tanto es así que, cuando viaja a
Barcelona suele vestirse en la sección especial a medida de la sastrería de los
hermanos Pantaleoni, en el 13 de Puertaferrisa, donde le confeccionan los
trajes como a él le gustan, elegantes, prácticos y cómodos. Cuando está de
servicio viste, impecable, traje y corbata acordes con su talle gallardo y
esbelto, pero en sus momentos de ocio, que son pocos, prescinde de normas y
etiquetas para vestir camisas y pantalones de tejidos ligeros y frescos. No
soporta los tirantes. Jamás lo había visto nadie si no con la cara
perfectamente rasurada. Es atractivo, incluso podría decirse que muy atractivo.
Su piel es cobriza, casi tostada, como si siempre estuviese dorada por el sol.
Sus ojos son marrones, oscuros, tan expresivos como tranquilos, tan cariñosos
como afilados.

Discute sobre cosas, jamás sobre emociones. Sobre emociones, dialoga. Procura
comprender el punto de vista del otro sin que ello signifique que esté de
acuerdo con su interlocutor. Siempre trata de exponer sus argumentos y, si no
gustan o no convencen, procura tener otros en la recámara, llegando a dominar
el arte de la persuasión cuando el conflicto es de razones. Rara vez deja que opine el corazón. En su oficio, no se lo puede permitir.

Nelo siempre está de parte de los vencidos, de los eternos vencidos. Es muy dado a rebelarse contra la tiranía, se diría incluso que posee una válvula de seguridad para los ataques de indignación, lo que, probablemente, le ha salvado la vida más de una vez. Por ello, sabe comportarse como un tipo normativo que rara vez se extralimita en sus funciones.

Goza de poder, pero sabe utilizarlo. Tiene potestad para hacer favores a magistrados, jueces y autoridades con mando, y la utiliza con dignidad y sumo respeto. Se contenta con la justicia posible, aquella que se imparte con rectitud, saber relativo, probidad y austeridad. Con todo, vindica, como diezmo, la cabeza de los corruptos. No entiende por qué no se puede juzgar a quien juzga, a quien dispone con arbitrariedad de la libertad de los demás.

En el terreno religioso, podríamos decir que es más agnóstico que creyente. En su opinión, ¿por qué creer en Dios si se puede ser bueno por el solo hecho de serlo? Peca, como todos, y si lo hace sabe que recibirá el perdón de Dios. Al fin y al cabo, como él dice, «es su oficio».

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Fotografía de Peter Mathius. Clica sobre la imagen y sé feliz.

¿Que si es verdad lo que narramos?

Aquí nos gustaría responder aquello de «nada es verdad ni es mentira, todo depende del cristal con que se mira». Y, puestos a responder con tópicos, «la verdad casi siempre es más extraña que la ficción». Todos los personajes que desfilan por la novela han existido, de un modo u otro. Incluso nos podríamos plantear si alguno existe en la actualidad. ¿Por qué no? Puede que alguno de esos personajes lleve consigo un pedacito de nosotros mismos o, incluso, que nosotros llevemos algún pedacito de ellos.

Por ejemplo, Querol, el «pelmazo», un reportero incisivo, inquieto, capaz de
sacarte de tus casillas, molesto como una mosca en una herida y que, en cierto
modo, encajaría en el patrón de Goyo en sus primeros años de periodista.

En todo caso, en esta novela se recrean los acontecimientos históricos y el quehacer cotidiano que vivió la ciudad de Barcelona durante los días previos al levantamiento militar. Muchos de los personajes son históricos e interpretaron en líneas generales el papel que aquí les asignamos; hemos novelado, eso sí, su proceder en el día a día. Los protagonistas, así como la trama en la que se ven inmersos, son fruto de nuestra creación y pueden responder, o no, a la realidad de entonces. Aunque, y salvando las distancias, ayer es como hoy, y hoy es como ayer, a la vista de los acontecimientos.

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Clica sobre la imagen… hambre y cebolla

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Sinergia. Esa sería la palabra que describiría el trabajo a cuatro manos que ha dado como fruto El espía de Madrid.

Veamos: además de periodista, Goyo es experto en derecho y criminología y durante muchos años ha llevado las crónicas de tribunales para la agencia EFE. Así que no es extraño que un buen día se propusiera contar la historia de la cárcel Modelo de Barcelona; la conocía bien. Quería, además, novelar la vida de un tipo, un preso, que llegó a cogerle cariño a sus muros.

Pero eso de novelar no lo enseñaban en la facultad, así que se puso en contacto
con Joan Salvador, que ya había escrito algunos libros de ficción y se
ganaba la vida como editor. La historia que Goyo le contó a Joan, mientras caminaban por las calles de Barcelona, era buena. Fue ya a punto de
despedirse –después de horas de charla- cuando el periodista le explicó al
novelista que tenía otro relato: un espía de Madrid en misión en la Barcelona
de 1936 para descubrir a un enlace que, se sospechaba, ponía en contacto a
civiles de la trama fascista con militares dispuestos a alzarse en armas. Si la
primera idea era buena, esta otra era excepcional. Así que se animaron el uno
al otro y se pusieron manos a la obra. Bien, en verdad quien llevó la parte
dura de esta primera fase de creación de El espía de Madrid fue Goyo.
Tiene una capacidad de trabajo impresionante. El otro, Joan, es más
vago; en fin, más que vago, lento, porque es muy detallista, le gusta que todas
las piezas encajen, que el lenguaje sea preciso y claro, y que la historia
apasione. Desde que surgió la idea hasta que la dieron por terminada
transcurrieron casi tres años. Al final, con todo, valió la pena.

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Clica sobre la imagen… amo los mundos sutiles

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¿Continuidad? Lo cierto es que cuando creas personajes y procuras dotarlos de un alma te cuesta acabar con ellos.

En las últimas páginas del libro, resuelta la misión que lo llevó a Barcelona y sofocado el levantamiento en esta ciudad, el agente Nelo suelta unas frases enigmáticas: «No es el final. Ni siquiera es el comienzo del final. Es, tal vez, el fin del comienzo». Él se refiere, claro, al inicio de la Guerra Civil. Nosotros vemos en ellas una posibilidad.

Ayuda, cuando construyes un personaje, imaginártelo en las situaciones más dispares. Y a Nelo lo hemos imaginado ya involucrado en una truculenta historia, con asesinatos incluidos, acaecida en una iglesia de Barcelona en la que, según las primeras noticias, se han encontrado tres cadáveres: el de un joven circundado y crucificado boca abajo; el de un ciudadano de aspecto alemán que ha sido decapitado, y el de un hombre que vestía un hábito con un extraño símbolo en un puño y que ha sido ensartado como un animal de granja, al parecer con un cuchillo curvo. ¡Cómo no íbamos a seguir
su pista!.

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Clica sobre la imagen. Video promocional de “El Espía de Madrid”. Montaje: Alfonso Carrasco

EL ESPÍA DE MADRID. Barcelona, 1936

Goyo Martínez | Joan Salvador Vergés

SINGULAR – FICCIÓN

 

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Regala flores, IV capítulo (novelas por entregas)

Regala flores es una novela corta de Alfonso Carrasco (Clica sobre el botón para escuchar la música elegida para este relato)

 

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Disidencia

Por Joan Salvador Vergés, Barcelona. Escritor, coautor de El Espía de Madrid, Barcelona 1936. Un breve relato con su música.

 

 

 

 

 

 

 

Pensar es disentir. La articulación de pensamientos es un proceso tan íntimo y
personal que por fuerza ha de resultar único, de modo que lo que yo pienso nada tiene que ver con lo que tú piensas, aunque cuando nos comuniquemos procuraremos ponernos de acuerdo.

Ocurre que somos animales gregarios y necesitamos sentir que formamos parte de una comunidad, que compartimos ideales y sensaciones, pero, sobre todo, emociones. Por eso la sociedad castiga al disidente.

Pensar con inteligencia es disidir. Es alejarse del pensamiento común, de la
unificación, de la manada, aunque debas enfrentarte a la soledad. ¿Cuándo fue
la última vez que conjugamos el verbo disidir? Yo disido; tú disides; él
diside. ¡Qué hermosa palabra el pretérito: disidí!

 

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Hoy como ayer, ayer como hoy (El espía de Madrid)

El agente Nelo, el protagonista de El Espía de Madrid (ed. Singular/Medialive), personaje que existió en la vida real y que viajó a Barcelona a principios de julio de 1936 para investigar unos crímenes y acabó contribuyendo al derrocamiento del alzamiento fascista, poseía unas pocas pero escogidas inversiones en bolsa de las
que llevaba cuenta a diario.

Y parece que es hoy cuando hace 75 años sucedió lo siguiente:

Nelo llegó antes de tiempo a su cita en el monumental balneario y casino de San Sebastián, en el paseo Marítimo. Comprobó que nadie le esperaba y se ubicó en la terraza, en un rincón de temperatura ideal, en la zona de pérgolas del patio mexicano, donde podía sentir el olor y el color del mar.

Solicitó un aperitivo y le sirvieron un vermú a base de Martini Rossi, aceitunas rellenas y pastelitos de jamón. Una notable orquestina creada por cuatro alumnos del Conservatorio de Música, todos ellos vecinos y amigos de la barriada de Gracia, amenizaba el momento con una selección de dulces y suaves melodías de Broadway para ganarse unas pesetas extraordinarias.

Tomó un diario y abrió el ejemplar por la página de la vida económica. Se confirmaron sus sospechas.

—¡Maldita sea! —exclamó.

La semana bursátil se había caracterizado por una languidez y una paralización generales. A partir del primero de julio la mayoría de valores cortaron el cupón acentuando la nota de parálisis, e incluso de depresión, en las últimas sesiones. «¡Mal asunto, muy malo!», se dijo. Hasta las obligaciones de empresas puramente industriales, las únicas que hasta la fecha venían ofreciendo cierta resistencia a la caída, comenzaban a debilitarse.

Nelo profirió más expresiones maledicentes a medida que avanzaba en la lectura de la prensa. Mientras la bolsa se desplomaba, y con ella sus inversiones y sus ilusiones, los movimientos al alza eran claros, e incluso preocupantes, en los precios de los mercados centrales de frutas y verduras y en los del pescado.

—¡Doscientas pesetas cien kilogramos de manzanas! —soltó.

La semana anterior costaban ciento veinticinco, recordó. En realidad, los tomates, los melocotones, las judías finas nacionales, las coles y otras verduras de consumo diario se habían encarecido de manera sobresaliente en los últimos siete días.

Desvió la mirada del diario y la clavó en una aceituna rellena, que se llevó a la boca, y la acompañó con un trago de vermut, el principal valor de que disponía en ese instante. «¡Quizá mañana, ni esa aceituna será posible!», pensó.

En el plano internacional, Nelo leyó en las «Crónicas de Inglaterra», que el diario traía en su edición dominical, que los ingleses habían creado un extraordinario sistema que habría de revolucionar los mercados de economía de todo el mundo: la finanza. «¡Qué tipos más espabilados estos británicos!», se dijo, alabando el ingenio inglés para las cuestiones monetarias. La finanza, interpretó el agente, permitía el transporte de mercancías de un lado a otro del globo sin pasar por Londres. Lo que sí seguía pasando por la capital británica era el dinero de la operación.

 

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Buenas ideas para un verano en crisis (crítica literaria de un doctor en lengua y literatura)

Por Adolfo Caparrós, doctor y profesor de lengua y literatura

 

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El infame Cardenal

Ilustración: goyo martínez (clica sobre la imagen para escuchar la música de este relato)

Julio de 1936, en un rascacielos de la calle de Muntaner de Barcelona. Cinco y media de la tarde. (El espía de Madrid).

El consejero de Gobernación se levantó de su sillón y pidió calma con ostensibles gestos de las manos.

            —¡Caballeros, serenidad! Creo yo que al señor Nelo le asiste… parte de la razón. Analicemos la situación actual: los pequeños conflictos obreros existentes en Barcelona se van solucionando satisfactoriamente. Yo personalmente he mediado en el conflicto de los barcos de la Trasmediterránea y les puedo asegurar que los correos saldrán prestos a su destino. El conflicto de los buques de Transatlántica también está en vías de solución. La huelga del ramo mercantil de Lérida se resolverá en breve. Cierto es que ha habido pequeños incidentes… los cuales, sin embargo, no permiten extraer tan grave conclusión. Juzgar los atentados del día 2 de julio como «pequeños incidentes» era, como poco, temerario, pensó Nelo.

            —Por otra parte —añadió el consejero— debo manifestarles que durante el viaje que ayer realicé a Madrid, para reunirme con el ministro de la Gobernación, observé una situación de absoluta tranquilidad y así me lo expresó él. Tanto es así que dedicamos la jornada de trabajo a ultimar algunos detalles referentes al traspaso de los servicios de orden público. ¡En fin, señores, no veo motivos para tanta preocupación!

            Nelo juzgó que era el momento para volver a intervenir.

            —Primo de Rivera —empezó a decir— supo utilizar a su favor una situación de caos en la política española. Los continuos enfrentamientos entre facciones, las animosidades personales e ideológicas impidieron una reacción contra su levantamiento.

            —Y el rey de España lo apoyó desde el primer momento —añadió Escofet.

            —Y la burguesía catalana, no lo olviden —apuntó Casanellas.

            —Y, por supuesto, el estamento militar —siguió Nelo—. Recuerden que estaba pendiente el expediente Picasso, que pretendía exigir responsabilidades a los militares tras los desastres del norte de África y que fue convenientemente aparcado por Primo.

            —Vamos, vamos, señor Nelo, no se dan las mismas circunstancias —sugirió Ramón Nogués—. La república está más consolidada y cuenta con más apoyos que la monarquía parlamentaria de 1923. Es muy distinta la deriva política de la nación.

            —De eso se trata, precisamente —replicó el agente—. Con los actos de estos días pretenden crear las condiciones para un alzamiento militar, señores. Y tengan muy presente que hoy las consecuencias de ese alzamiento serían mucho más dramáticas que las de 1923. Partidos y sindicatos están mejor organizados, y la sociedad civil se opondría, sin duda, incluso por las armas.    

            Hubo quien se mostró de acuerdo con las tesis de Nelo; otros recelaron de lo que juzgaban bienintencionados pero equivocados vaticinios. Ya todos los reunidos estaban en pie y hablaban al mismo tiempo, discutiendo de forma desordenada, como en una sesión del Parlamento de aquellos días.

            —¡Orden, caballeros! —gritó con voz atronadora el comisario Escofet—. ¡Mal haremos si entre nosotros no hay unidad!

            Escofet alertó entonces de la inminente huelga anunciada por el Sindicato Único del Transporte y la persistencia de los paros en fábricas de tanta significación, por su simbolismo y por el número de trabajadores, como Uralita, Riviere y Asland.

            —¡Una huelga del ramo de los transportes sería una hecatombe social! —observó el diputado Ruiz Ponseti.

            —¡No se alarme! —apuntó el consejero de Gobernación—. Eso no ocurrirá. Ya trabajamos para pacificar el asunto.

            Sin embargo, ese día, a esas horas, los poderosos sindicatos del sector aún mantenían su oficio de huelga y no parecía que tuvieran la intención de retirarlo, pues la patronal se había levantado de la mesa de negociaciones tras calificar de inadmisibles las
demandas obreras. 

            Se hizo un temeroso silencio en la terraza, como si todos los presentes imaginaran una ciudad absolutamente paralizada, sin abastecimiento, sin autobuses, sin el metropolitano…

            —¡Caballeros, les ruego que se calmen! ¡No sean ustedes como los de Madrid, tan catastrofistas! —volvió a apuntar el señor España apelando al espíritu del dichoso oasis catalán.

            Nelo irrumpió en ese instante con un factor que, hasta ese momento, no había aparecido en el encuentro.

            —¡Caballeros! ¿Y la Iglesia?

            —¿Qué ocurre con esa gentuza? —preguntó el diputado Fronjosá. 

            —¡Les recuerdo que, oficialmente, España ya no es católica… y está partida en dos! —respondió el agente.

            —¡Ni falta que hace! —le replicó el diputado Nogués.

            —Mucho me temo que aquellas palabras del cardenal Segura al proclamarse la República recobran hoy su vigencia. Y ya sabemos que cuando la Iglesia advierte, sus palabras no tienen descuento y su amenaza es tan real como cierta…

            —¿Y qué dijo el infame cardenal? —preguntó de nuevo el señor Fronjosá. Nelo le refrescó la memoria.

            —«Cuando los enemigos del reinado de Jesucristo avanzan resueltamente, ningún católico puede permanecer inactivo…»

            —¡Sandeces! Mientras quienes deben llorar no lloren y sus lágrimas de sincera y cristiana contrición no purguen y laven la mancha inferida por años, por siglos de expolio y barbarie en nombre de Dios…, ¡que callen! —dijo el diputado, con el mismo tono y la arrogancia que solía usar en la tribuna del congreso.

            —¡Disculpe, diputado! No se ofenda usted, pero creo que no es la persona más indicada para… He oído por ahí que le llaman el cazador de monjas… —le espetó Nelo, pensando en la monumental trifulca que inició el diputado Fronjosá días atrás al interpelar al Parlamento por las razones por las cuales la Generalitat aún no había cambiado de nombre la Casa de la Caritat ni había prescindido de las monjas, de los sacerdotes y de las señoras caritativas, soliviantando con ello a gran parte de la sociedad barcelonesa—. Se trata precisamente de eso, señor Fronjosá, de no excitar los ánimos con discursos incendiarios.

 

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