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Instrucciones para amar (el quiosco del CR)

Publicado por Daniel Najnsztejn, de Buenos Aires (Argentina), en su blog, muy recomendable, La venganza del señor equis

Instrucciones para amar (de Julio Cortázar)

Pósese justo frente a la persona que se quiere amar. Mírela a los ojos, sonría delicadamente, no exagere.Haga lento el abrir y cerrar de ojos: baje lentamente los párpados, súbalos de igual forma. Así durante todo el procedimiento. Tome lentamente su cara y acérquela a la propia; inmediatamente verá la fusión de labios. Con suavidad, abra la boca y mezcle las lenguas, manteniendo las manos sobre la cara. Luego de algunos segundos sentirá una reacción química que liberará energía calórica, pero no se precipite, prosiga con las instrucciones.Tranquilamente aparte las manos de la cara del ser amado, deslizándolas suavemente por los hombros hacia abajo, hasta llegar a la espalda. Abrazar fuerte. Continúe con los procedimientos anteriores, verá que no experimentará ninguna dificultad para realizar estos pasos al mismo tiempo. Relaje las piernas y los brazos, sosténgase de pie sobre la persona que se quiere amar, verá que es el mejor soporte posible. Apague o disminuya la luz, el ambiente será más tranquilo. Aproxímese a una cama, preferentemente hecha sólo de sábanas. No se preocupe por las almohadas, sus propios torsos cumplirán esa función perfectamente. No se apresure, póngase, despacio, en posición horizontal, guíe al amado a ponerse en la misma posición, de manera que los dos queden acostados y de costado, mirándose una vez más. No deje nunca de abrazar. En silencio, recuéstese sobre el torso ajeno y déjese reposar un buen rato. La oscuridad le dará una sensación muy pacífica de la realidad y limitando la visión y el oído, podrá disfrutar de los sentidos que suelen dejarse relegados: el tacto, el olor, el gusto. Mantenga el abrazo, pero no se quede dormido, el sueño bien podrá experimentarse despierto. Admirar todo lo que guste, deleitarse con las más inocentes excusas, detener el tiempo mientras se ve a la persona amada hacer algo tan simple como hablar, fruncir el ceño o jugar infantil y tiernamente con un peluche. Agregue dulzura a gusto.Añada sonrisas, payasadas y bromas (las lágrimas no hacen mal si están medidas en proporción y están bien batidas con amor), regalos insignificantes como un beso en un momento inesperado o un papel escrito a las apuradas. Pueden ser valorados más que una joya.

Consejo: las caricias y besos extras a lo largo de todo el procedimiento producirá un mejor efecto y mejor resultado. No olvide las miradas. Secreto: Esta receta es especial para noches de lluvia; el sonido de las gotas rompiendo el silencio conforma una atmósfera imperdible.

 

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¿Para qué sirve un banco? ¿Para qué sirve un colchón?

Con gesto inquieto, aunque sin el pensamiento coagulado ni la voz cuarteada, en el terreno de la preocupación sin alcanzar una sensación de desplome absoluto, me explicaba ayer un buen amigo que posee unos ahorros en un banco que ahora todos debemos salvar con dinero público, un capital que, “gracias” a  “extrañas” coincidencias, parece salir de los no ya recortados sino maltrechos ámbitos públicos de la sanidad y la educación.

Al tiempo que mi amigo me hablaba de sus ahorros, el informativo del mediodía de la televisión –uno cualquiera-, informaba de que ese banco no puede hundirse pues recibe la consideración de sistémico que, dicho así, y en las actuales circunstancias, suena a enfermedad. El presentador de las noticias hablaba también de cifras mareantes, tanto como mareado está nuestro bolsillo por inanición salarial, y de gestores con indemnizaciones y jubilaciones con las que se podría costear el presupuesto de un pueblo de ciertas dimensiones durante uno o dos años, o se podrían salvar decenas de pupitres o de camas de hospital, por poner sólo un ejemplo.  

¿Traspasarás esos ahorros a otro banco?, le pregunté. No, me respondió con firmeza, sin desviar la mirada. ¿Invertirás en bolsa, acaso?. Tampoco. Me miró como si me hubiera vuelto loco. ¿Acaso comprarás un coche nuevo?. O, ¿irás de compras a Ikea?… No di ni una en la diana.

¿Qué se puede hacer con unos ahorros depositados en un banco de presente sombrío y futuro incierto?, por mucho que nos digan que es “enfermizamente” sistémico.

Le di unas cuantas vueltas al asunto de los ahorros de mi amigo mientras buscaba la solución removiendo el rissotto del menú de 10 euros que me había servido un novel, solícito y joven camarero, ávido sin duda por quedar bien con los jefes, en este caso unas estupendas personas.

De repente, y tras dar cuenta de una butifarra de Lleida, mi amigo, que sabe latín, mucho latín, me anunció sus planes para con esos ahorros: se compraría una caja fuerte y allí los depositaría para hacer uso de ellos cuando quisiera o conviniera.

Luego, entre la severidad que exige las circunstancias, y el buen humor que debe imperar para evitar el desplome total, sopesó en voz alta la posibilidad de recurrir a un viejo hábito: el colchón.

Yo, que a duras penas puedo alcanzar a comprender y cuadrar mi economía doméstica, me pregunté entonces, – porque sigo teniendo muchas preguntas y pocas respuestas y daría todo lo que sé por la mitad de lo que desconozco-, ¿para qué sirve un banco?. Y aún más, ¿para qué sirve un colchón?.

Inevitablemente, y con el rissotto ya frío, me invadió una sensación de desamparo. ¿De qué y quién viven los bancos?. No somos nosotros, con nuestras nóminas, transacciones, créditos, tarjetas, impuestos… quienes sustentamos un sistema que antes decía ser “amigo” nuestro.

Cierro los ojos para intentar ver. Es decir, y que alguien me corrija si lo entiendo mal: van a salvar un banco con un dinero público –mientras no digan lo contrario- rescatado de unos ámbitos que sustentan el estado del Bienestar para que luego ese mismo banco lo utilice para sanearse y comunique a sus clientes que no dispone de fondos para conceder créditos, ayudas, etc…, que permitan a empresas y/o familias salir adelante.

Es ese mismo banco que seguirá nutriéndose de nosotros, vosotros y ellos y que dentro de unos meses, y tiempo al tiempo, publicará su cuenta de resultados y anunciará beneficios.

Yo, a partir de ahora, y con vuestro permiso, confiaré más en mi colchón.

PD: le pregunté a mi amigo si no había pensado en otro viejo recurso para guardar sus ahorros: el calcetín. Desechó la propuesta porque, según me argumentó, algo ya huele muy mal en todo este asunto.

 

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Espiral de latidos

Como un poeta, soy un viajero, un trashumante hacedor de palabras, que lo mismo construyo un paisaje que distintas rutas hacia una búsqueda interior. Miro al mundo,  desde las ciudades del altiplano o las montañas. Evoco el recuerdo y convoco al mar, al amor, a los amigos y a todos los mundos posibles. Rose Kennedy dijo una vez, “los pájaros cantan tras la tormenta, ¿por qué no va a poder la gente deleitarse con la poca luz que les quede?.
Alma Ballesteros, Murcia, se ha situado en la línea curva que genera el mundo y que hace que la vida se aleje progresivamente del centro de las cosas para que gire alrededor de él, hasta alcanzar el vértice del tiempo. Sencillamente, precioso. Y con música.
Una espiral de latidos,
de esperanzas,
de suspiros.
Una espiral de ensueños,
sin fe,
desatando la duda en un minuto.
Una espiral de arena,
de olas de margaritas,
un sí y no de horas,
un no y un sí de años,
un te quiero abrazado al látigo…
de amoríos.
Una espiral sin línea de fuga,
sin paisaje,
sin la perspectiva nueva en un corazón mínimo,
un despertarse siempre con el hilo del pasado…
cosido al índice de un mañana.
Una espiral de trabajo que no llega,
un cerrar los ojos y al abrirlos…
siempre en el mimo punto de partida.
“Reflexiones a lo alto del alma”, ALMA.
 

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En la estación (te espero)

El tren de las 8:35 ha llegado a su hora. Nunca llega a su hora. Quizás iba Dios en él. Esperaré. Qué importa, llevo media vida esperando. Dicen que las cosas buenas les pasa a los que esperan. La cuestión es ¿cuánto hay que esperar?. Espero que alguien me diga cosas que necesito escuchar. ¡Dios, ¿estás ahí?. ¿Merece la pena esperar?. ¿Qué derecho tenemos a esperar algo de los demás?.
Una poesía, con música, de Antonio Moya Garrido, de Murcia, sobre la espera, sobre saber esperar, sobre si debemos esperar.
Llegas sin esperanzas, con los trenes,
porque tal vez ignores en qué momento… ocurrirá la huida.
Traerás algo de hiel bajo tu pecho,
algo de almendra amarga en tu jornada.
Yo no te lo reprocho.
Vine pronto a esperarte a esta estación repleta de vaivenes
y sé que te han llovido dolores y ciudades para ser precavida.
Yo no te lo reprocho. Te espero.
Vine pronto a esperarte…
Todo se mezcla, todo:
viajeros, equipajes, vagones, golondrinas,
cafés, mozos, diarios, rostros, megafonía…, todo, todo se mezcla.
Yo no te lo reprocho. Te espero. Vine pronto a esperarte.
Tal vez me veas distinto cuando bajes y pises las flores amarillas;
he sido fatigado por tristezas,
por abismos que al alma se ceñían,
por ruiseñores que apagaron su canto.
Tal vez me veas distinto
porque dejé escapar las primaveras,
y voy con la tez pálida por falta de caricias.
Pero es mayo.
Yo no te lo reprocho. Te espero. Vine pronto a esperarte. En la estación, espero.
Estoy. Vine a esperarte.
Y en los largos cigarros de la espera
quisiera que llegases más ligera
sin ser cuestión de horarios ni de brújulas;
quisiera que arribases más liviana,
más sola de prejuicios, olvidándolo todo:
todo lo que se impuso a tu mirada,
todo lo que ignoraste en los laureles…
Y así, cuando me encuentres,
cuando dejes hermético el vagón
y sientan tu pisada los difuntos,
quiero que juegues a participarnos,
a cambiarnos palabras y apetitos,
a anochecernos bajo el sol de mayo.
Piénsame aquí: te espero.
Solo, con lo que llevo: te espero. Solo, con lo que traigo.
Yo no te lo reprocho. Te espero. Vine pronto a esperarte. En la estación, espero. Sol de mayo.
 

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Nunca subestimes a una rata (El quiosco)

A propósito de cómo, por qué, quién y dónde se gestó la actual crisis que no sólo es económica sino también de valores, sociales, culturales, de fe. Por la periodista badalonina Mercè Roura, que siempre da en el clavo.

 

Ahora ya poco importa, pero debemos saber que la crisis se inventó en un despacho lujoso, con buenas vistas. La crearon tres mentes brillantes y poderosas cuyos nombres no sabemos ni sabremos nunca. No salen en los periódicos, no tienen cuenta en twitter ni forman parte de ningún gobierno. Fueron tres hombres con corbata y móvil caro.El que llevaba la voz cantante dijo : “Tenemos que controlar el mundo, se nos escapa de las manos, es demasiado libre. Tenemos que crear miedo.”

El primero de los hombres poderosos propuso crear un virus letal. El de la voz cantante le miró con un destello de asco en el gesto y dijo que aquello ya lo habían intentado antes y no funcionaba porque siempre encontraban la manera de sobrevivir, “son como ratas, recuerda”.El segundo propuso impulsar una nueva religión a través de las redes sociales y captar adeptos que propaguen el mensaje de pánico hasta generalizarlo. “No servirá” dijo el más poderoso, “el hombre se ha convertido en un dios y ya no le teme. Lo que hay que hacer es generar una crisis económica.” Los dos primeros hombres poderosos se asustaron, una muestra inequívoca de que la propuesta era buena. Uno de los dos le advirtió de que una crisis económica es incontrolable y que nunca podrían llegar a saber de sus consecuencias hasta que todo hubiera terminado.

Después de horas, la propuesta de la crisis se dio por acertada. Se aflojaron las corbatas y empezaron a tomar medidas. Al final de la reunión, cuando el hombre de la voz cantante apagaba la luz al salir, “vamos a entrar en recesión pronto, hay que ser precavidos” comentó mientras sonreía, el primero le preguntó :¿No crees que sobresestimas el miedo?

“Amigo, le contestó el hombre más poderoso, cuando alguien tiene miedo se aferra a lo básico para sobrevivir y acepta que le des sólo migajas para salvar a los suyos. Un hombre asustado es un hombre sin sueños, sin más motivación que su supervivencia, sin ilusión. Créeme, una rata con sueños es capaz de todo, de crear un imperio, de cambiar el mundo. No subestimes a una rata nunca motivada que se levanta cada día a las seis de la mañana con una idea en la cabeza … Lo sé porque yo un día hace mucho fui rata. “

 
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Publicado por en 05/04/2012 en el quiosco, la barra del café

 

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El niño raro (Ir capítulo)

Decía Marie Curie, que no era diferente sino especial: “en la vida no hay cosas que temer, sólo hay cosas que comprender”. Y esas cosas comienzan en uno mismo. Abre bien los ojos. Haz trabajar la cabeza, Controla el corazón. No cierres nunca la boca. Gritan bien fuerte, cuando sea necesario. Da todo de ti mismo.

Un cuento por entregas de Rocío Sánchez Rivas, de Sevilla, que nos habla del camino que todos debemos emprender para comprender y realizar. Un relato con música, por supuesto; come away with me lyrics.

En un pueblo llamado Esmeralda, habitado por un centenar de habitantes, vivía Carlos, un niño solitario y callado que apenas había pronunciado más de diez palabras a lo largo de sus pocos años de vida. Su único entretenimiento, y a quien dedicaba toda su atención, era Rufo, un San Bernardo que le habían regalado por su noveno cumpleaños.

En Esmeralda todos los vecinos lo conocían por “el niño raro”, apodo que  gustaba a los padres de Carlos, aunque ellos también pensaran que lo era. Pero un buen día, Carlos sorprendió a todo el pueblo con un acontecimiento inesperado. Al anochecer, el “niño raro” salió de casa para dar de comer a Rufo y observó un destello de luz que provenía de un olmo situado a quinientos metros de su casa.

La curiosidad pudo con él y se acercó al árbol para ver qué era esa luz brillante. El perro le siguió y, juntos, se adentraron en el bosque hacia el viejo olmo. A medida que se acercaba escuchaba susurros dulces y melódicos cómo una canción de un idioma no conocido. La luz era cegadora y no pudo ver nada. De momento, notó que alguien o algo tiraba de él, pero sin ser agarrado. Era como una fuerza incalculable que lo adentró en una ceguera total. Se desvaneció un minuto, quizás una semana, o un año, no lo sabía con exactitud, estaba aturdido.

En su ceguera blanca vio una sombra tenue que transmitía esa melodía pacificadora. Carlos estaba aterrado y fascinado a la vez, brotó de su garganta una palabra:

-¡Ayúdame!.

La voz le contestó en el idioma de la música que eso era precisamente lo que quería hacer, venía para ayudarlo.

Se acercó a él. Carlos pudo ver el rostro y la silueta borrosa de lo que parecía un boceto de mujer con rasgos extraños. Tenía ojos de gato, la nariz minúscula, la boca grande, el cabello largo y blanquecino a la altura de los tobillos. Entre las telas que cubrían su cuerpo se apreciaba su delgadez y fragilidad, como el tallo de una flor.

Carlos se preguntaba, ¿quién será esta mujer de extraña belleza? ¿Es realidad lo que estoy viviendo, o sólo es un sueño? Ha dicho que quiere ayudarme, que para eso ha venido, pero, ¿qué puede hacer ella por mí?

La mujer acercó la mano y le mostró una semilla luminosa, parecida a una luciérnaga, y le susurró al oído:

-Toma este fruto de la vida, la verdad y la justicia, siémbralo donde otras personas no puedan dañarlo hasta que crezca. Cuando dé su fruto, cómelo y de ti emanará una gran sabiduría.

El niño respondió.

-Soy un niño raro, eso dicen todos de mí. No creo que sea posible poder cambiar eso.

Hubo replica.

-Carlos, a veces es bueno ser “raro” o diferente para poder ser sabio. Tu destino está escrito.

El niño se quedó pensativo. Sin decir nada más guardó la semilla y se arrodilló ante la mujer diciéndole, “gracias, lo haré”.

Ella con una dulce sonrisa se alejó de él al ritmo de la música en cada uno de sus movimientos.

 

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Encontrarás cuervos (ayer, hoy, mañana)

Por Goyo Martínez, de su próximo libro “Encontrarás Cuervos” (título provisional), la segunda parte de “El Espía de Madrid”.

Y clavaré en la puerta de la Iglesia mis ideas, mis sueños, mis pensamientos.

Y que me busque el cura. Le saludaré y le pediré que hable con Dios a propósito de mí, de nosotros.

Y le diré que necesitamos un cura que introduzca en la liturgia la lengua del pueblo.

Y si acaso pone tierra de por medio, horadando una estrecha fractura de cemento por la que deambular, replicaré sus palabras: cómo puede invocar a Dios quién promueve un desastre moral en nombre de un credo que entona como una sordida letanía la vieja cantinela de la ética y las exigencias de la moral.

Y marcharé, dejando mis ideas, mis sueños y mis pensamientos clavados con firmeza en su puerta.

Y a Dios no tendré otro remedio que decirle que le declaro la guerra mientras quienes deben llorar, no lloren y sus lágrimas de sincera y cristiana contrición no se purguen y no laven la mancha inferida.

 

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