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Volvamos a ser niños…

– ¿En qué piensas, viejo?,- le pregunté al viejo de la imprenta mientras descifrábamos los confines del valle que le vio nacer.

Como siempre, en un gesto que apenas sí duraba unos segundos pero que sugería una conciencia de eternidad, el viejo hundió su mirada en el infinito. Ya, brazos en jarra, de espaldas a mí, pronunció sentencia:

– Los niños de hoy leen en el ordenador y en esas máquinas que deshumanizan,  pero yo abría un armario y tenía los libros que almacenaba mi padre, y la soledad de una familia del campo que se fue a vivir a la gran ciudad.

Seguimos por el camino de la sierpe, que se parecía al camino de la vida, y que nos recordó que algo repta entre el follaje y que en un tiempo pasado, cuando niños, vivimos algo indefinible que se resistía al olvido y que nos era imprescindible, para nuestra fortuna.

La Dama se esconde (Ruiz Mora), Carlos García Ros y el Café Romantic os proponen volver a la niñez para hollar de nuevo el camino que nos es tan imprescindible como – a veces- imposible de evocar. Con música, la vie en rose…

 

Volvamos a ser niños… En la inocencia del invierno, pisoteo las huellas del verano, compañeros de viaje que no interesan, almas en pena vagando por el conformismo; me quejo de mí, ¿adónde andarán ellos?.

Y como consuelo de muchos es pena de tontos, pues paso de agilizar su postura y ralentizar la mía, me sumerjo en la infinidad del frío y prefiero seguir andando, hasta donde el infinito no es infinito ni yo pieza suya, sino independencia que alcanza el punto que desea, aunque muera al segundo siguiente de hallar el orgasmo.

 

 

 

 

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Donde el tiempo se detuvo

Conocí un camino, el camino de la sierpe, que me recordaba que algo reptaba entre el follaje y que en un tiempo pasado, cuando niños, vivimos algo indefinible que ahora nos es tan imprescindible como imposible de evocar. Y, como picoteados al azar, en el gran cesto de la memoria, se nos antojaba los recuerdos que le brindaba.

Tan sólo en un puñado de palabras, Aida Glez., desde Zaragoza, nos sumerge en una edad casi olvidada, donde el tiempo se detuvo. Es la magia del recuerdo y de la tranquilidad en estado puro, cuando el abuelo, con su rostro que siempre nos parecía anclado en el pasado, nos narraba cuentos de lobos y románticos bandoleros. Con música, por supuesto.

 

Detuvo el tiempo donde el silencio olía a leña mojada y las tardes sonaban a esquilas y cantos de grillos. Podía oír y tocar lo que nadie oía y sentía. Podía recibir mensajes de los pájaros, del viento, de los árboles, de un perro o de una gallina.

 

 

 

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