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Archivo de la etiqueta: femme fatale

Pensadores anónimos, I capítulo

Por Joan Salvador Vergés, escritor y editor

-Hola. Me llamo Juan y suelo pensar.

Así es como empiezo siempre mi intervención ante el grupo de Pensadores Anónimos de mi parroquia… Aunque, ahora que lo pienso, menudo anonimato es este si te obligan a decir tu nombre y a contar tu historia, ¿no?

Vaya, lo estoy volviendo a hacer, maldita sea: estoy pensando.

-¡Hola, Juan! –me responde el grupo en un coro sin atisbo de emoción y, casi, sin reconocimiento.

-Llevo seis semanas sin comunicar mis pensamientos a nadie…

-¡Bien, Juan! ¡Enhorabuena!

-Aunque aún no soy capaz de impedir que las ideas fluyan por mi cabeza… y eso que me esfuerzo.

-¡Te apoyamos, Juan, no desfallezcas!

-Ayer, por ejemplo, mientras iba en el autobús urbano camino del trabajo vi que unos obreros trataban de levantar una pesada losa de concreto que tapaba una zanja, en la calle…

… Y pensé: si utilizara una palanca un solo obrero la levantaría, y a punto estuve de decírselo a mi compañero de asiento. Pero recordé lo que habíamos hablado aquí, me llevé la mano al bolsillo de la chaqueta y saqué el Libro.

(Continuará)

 

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Regala flores, IV capítulo (novelas por entregas)

Regala flores es una novela corta de Alfonso Carrasco (Clica sobre el botón para escuchar la música elegida para este relato)

 

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Disidencia

Por Joan Salvador Vergés, Barcelona. Escritor, coautor de El Espía de Madrid, Barcelona 1936. Un breve relato con su música.

 

 

 

 

 

 

 

Pensar es disentir. La articulación de pensamientos es un proceso tan íntimo y
personal que por fuerza ha de resultar único, de modo que lo que yo pienso nada tiene que ver con lo que tú piensas, aunque cuando nos comuniquemos procuraremos ponernos de acuerdo.

Ocurre que somos animales gregarios y necesitamos sentir que formamos parte de una comunidad, que compartimos ideales y sensaciones, pero, sobre todo, emociones. Por eso la sociedad castiga al disidente.

Pensar con inteligencia es disidir. Es alejarse del pensamiento común, de la
unificación, de la manada, aunque debas enfrentarte a la soledad. ¿Cuándo fue
la última vez que conjugamos el verbo disidir? Yo disido; tú disides; él
diside. ¡Qué hermosa palabra el pretérito: disidí!

 

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Misterio eres tú

Por Juan Jiménez Cárdenas, de La Rinconada (Sevilla)

Con música, si lo deseas (clica sobre la imagen)

Como la noche es más o menos oscura, así es tu interior,

lleno de misterio, porque misterio eres tu vida mía;

quien te conoce, quien sabe porqué de tu actitud,

porque hoy eres feliz y mañana no,

porque la desgracia se ceba en ti,

según tu cara y tu forma de sonreír,

y es que, como la noche, guardas un misterio,

porque misterio eres tú en este mundo de soledad y tristeza;

levanta la cabeza mirando hacia adelante,

que si hay soledad y tristeza,

tú tienes fuerza para combatir, todas ellas.

 

 

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Querido Federico (desde la barra del café)

Querido Federico;

Siento el retraso en escribirte, pero he estado fuera los últimos 43 años, por voluntad propia. Me reconfortaron tus últimas palabras en las que me hablabas de tus impresiones y paisajes. Detecto que la fantasía ha derramado su fuego espiritual sobre la naturaleza exterior agrandando las cosas pequeñas, aquellas a las que apenas prestamos importancia y que hacen de nosotros seres, sino imprescindibles, sí importantes.

No te puedes imaginar, amigo Federico, cómo están las cosas por aquí. ¡Si Dios no lo remedia!. La desazón me envuelve hasta el embargo y se diría que me he vuelto cómodamente insensible. Por lo que se refiere a los hombres cabría decir que aún viven, o mejor dicho, sobreviven, pero también cabría puntualizar que se les ha borrado de la humanidad. A la memoria acuden, como una plañidera letanía, las palabras del amigo Antonio, ¿recuerdas?: “los buenos momentos terminan enseguida; los malos se prolongan hasta la eternidad”.

Abundan los días de jondura de silencio y la pena, con mayor frecuencia de la debida, tizna cada vez más cuando estalla. ¡Ay!, querido Federico si estuvieses aquí. Seguimos teniendo un problema con Dios.

El otro día, sin ir más lejos, un joven, al que se le atribuye una personalidad paranoide,  segó las vidas de decenas de personas humanas en un país al norte nuestro, Noruega, para más señas, en nombre de una ¿nueva? ideología que algunos han denominado pseudo-cristiana, a la par que islamófoba.

El autor de tamaña brutalidad podría pasar el resto de sus días en un psiquátrico en lugar de una cárcel ordinaria, pero la cuestión que se plantea, por inquietante, és si dicho criminal es un loco muy cuerdo que sabía lo qué hacía y lo qué quería. Recuerdas las palabras del amigo Miguel: “un loco es aquel que ha perdido todo, menos la razón, un tipo de razón unidimensional, exclusivista”.

Dicen las crónicas, para mayor pesadumbre, que el autor de unos crímenes que ni el mismo diablo habría planificado, aunque lo imagino satisfecho por el el botín con el que su “siervo” le ha colmado, que le mueven razones antimarxistas contrarias a la mezcla de razas y culturas, muy cercanas al sempiterno fascismo.

¿Abocados estamos a una ideología de muerte y destrucción a la vista de los acontecimientos?. Espero tus palabras siempre iluminadoras y repletas de esperanza, aún el pesar de la desazón, la melancolía, la tristeza y, si me permites, la sinrazón.

PD: ¿recuerdas que, en mi última carta te hable de la construcción de un ingenio ferroviario a una velocidad inimaginable?. ¿Recuerdas que te explique que dicho ingenio circulará bajo tierra, como si lo hubiera proyectado el diablo, a tocar de la obra del amigo Antoni?. Pues, a mis oídos ha llegado que, justo en la dovela que cruca subterráneamente la monumental Sagrada Familia ideada por el amigo Antoni, se ha marcado el hito con la cifra 999 aunque, desde el aire, desde donde según dicen se ven las cosas mejor, se puede observar la marca 666. ¿Quiere ello decir que el diablo ha intervenido en el asunto?.

Esperando con deseo tu respuesta, recibe un cordial y cómplice abrazo de éste que te escribe; recibe adjunto, la música con la que deleitar estas letras. “porque así lo he decidido”

tuyo, siempre, Goyo Martínez

 

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El infame Cardenal

Ilustración: goyo martínez (clica sobre la imagen para escuchar la música de este relato)

Julio de 1936, en un rascacielos de la calle de Muntaner de Barcelona. Cinco y media de la tarde. (El espía de Madrid).

El consejero de Gobernación se levantó de su sillón y pidió calma con ostensibles gestos de las manos.

            —¡Caballeros, serenidad! Creo yo que al señor Nelo le asiste… parte de la razón. Analicemos la situación actual: los pequeños conflictos obreros existentes en Barcelona se van solucionando satisfactoriamente. Yo personalmente he mediado en el conflicto de los barcos de la Trasmediterránea y les puedo asegurar que los correos saldrán prestos a su destino. El conflicto de los buques de Transatlántica también está en vías de solución. La huelga del ramo mercantil de Lérida se resolverá en breve. Cierto es que ha habido pequeños incidentes… los cuales, sin embargo, no permiten extraer tan grave conclusión. Juzgar los atentados del día 2 de julio como «pequeños incidentes» era, como poco, temerario, pensó Nelo.

            —Por otra parte —añadió el consejero— debo manifestarles que durante el viaje que ayer realicé a Madrid, para reunirme con el ministro de la Gobernación, observé una situación de absoluta tranquilidad y así me lo expresó él. Tanto es así que dedicamos la jornada de trabajo a ultimar algunos detalles referentes al traspaso de los servicios de orden público. ¡En fin, señores, no veo motivos para tanta preocupación!

            Nelo juzgó que era el momento para volver a intervenir.

            —Primo de Rivera —empezó a decir— supo utilizar a su favor una situación de caos en la política española. Los continuos enfrentamientos entre facciones, las animosidades personales e ideológicas impidieron una reacción contra su levantamiento.

            —Y el rey de España lo apoyó desde el primer momento —añadió Escofet.

            —Y la burguesía catalana, no lo olviden —apuntó Casanellas.

            —Y, por supuesto, el estamento militar —siguió Nelo—. Recuerden que estaba pendiente el expediente Picasso, que pretendía exigir responsabilidades a los militares tras los desastres del norte de África y que fue convenientemente aparcado por Primo.

            —Vamos, vamos, señor Nelo, no se dan las mismas circunstancias —sugirió Ramón Nogués—. La república está más consolidada y cuenta con más apoyos que la monarquía parlamentaria de 1923. Es muy distinta la deriva política de la nación.

            —De eso se trata, precisamente —replicó el agente—. Con los actos de estos días pretenden crear las condiciones para un alzamiento militar, señores. Y tengan muy presente que hoy las consecuencias de ese alzamiento serían mucho más dramáticas que las de 1923. Partidos y sindicatos están mejor organizados, y la sociedad civil se opondría, sin duda, incluso por las armas.    

            Hubo quien se mostró de acuerdo con las tesis de Nelo; otros recelaron de lo que juzgaban bienintencionados pero equivocados vaticinios. Ya todos los reunidos estaban en pie y hablaban al mismo tiempo, discutiendo de forma desordenada, como en una sesión del Parlamento de aquellos días.

            —¡Orden, caballeros! —gritó con voz atronadora el comisario Escofet—. ¡Mal haremos si entre nosotros no hay unidad!

            Escofet alertó entonces de la inminente huelga anunciada por el Sindicato Único del Transporte y la persistencia de los paros en fábricas de tanta significación, por su simbolismo y por el número de trabajadores, como Uralita, Riviere y Asland.

            —¡Una huelga del ramo de los transportes sería una hecatombe social! —observó el diputado Ruiz Ponseti.

            —¡No se alarme! —apuntó el consejero de Gobernación—. Eso no ocurrirá. Ya trabajamos para pacificar el asunto.

            Sin embargo, ese día, a esas horas, los poderosos sindicatos del sector aún mantenían su oficio de huelga y no parecía que tuvieran la intención de retirarlo, pues la patronal se había levantado de la mesa de negociaciones tras calificar de inadmisibles las
demandas obreras. 

            Se hizo un temeroso silencio en la terraza, como si todos los presentes imaginaran una ciudad absolutamente paralizada, sin abastecimiento, sin autobuses, sin el metropolitano…

            —¡Caballeros, les ruego que se calmen! ¡No sean ustedes como los de Madrid, tan catastrofistas! —volvió a apuntar el señor España apelando al espíritu del dichoso oasis catalán.

            Nelo irrumpió en ese instante con un factor que, hasta ese momento, no había aparecido en el encuentro.

            —¡Caballeros! ¿Y la Iglesia?

            —¿Qué ocurre con esa gentuza? —preguntó el diputado Fronjosá. 

            —¡Les recuerdo que, oficialmente, España ya no es católica… y está partida en dos! —respondió el agente.

            —¡Ni falta que hace! —le replicó el diputado Nogués.

            —Mucho me temo que aquellas palabras del cardenal Segura al proclamarse la República recobran hoy su vigencia. Y ya sabemos que cuando la Iglesia advierte, sus palabras no tienen descuento y su amenaza es tan real como cierta…

            —¿Y qué dijo el infame cardenal? —preguntó de nuevo el señor Fronjosá. Nelo le refrescó la memoria.

            —«Cuando los enemigos del reinado de Jesucristo avanzan resueltamente, ningún católico puede permanecer inactivo…»

            —¡Sandeces! Mientras quienes deben llorar no lloren y sus lágrimas de sincera y cristiana contrición no purguen y laven la mancha inferida por años, por siglos de expolio y barbarie en nombre de Dios…, ¡que callen! —dijo el diputado, con el mismo tono y la arrogancia que solía usar en la tribuna del congreso.

            —¡Disculpe, diputado! No se ofenda usted, pero creo que no es la persona más indicada para… He oído por ahí que le llaman el cazador de monjas… —le espetó Nelo, pensando en la monumental trifulca que inició el diputado Fronjosá días atrás al interpelar al Parlamento por las razones por las cuales la Generalitat aún no había cambiado de nombre la Casa de la Caritat ni había prescindido de las monjas, de los sacerdotes y de las señoras caritativas, soliviantando con ello a gran parte de la sociedad barcelonesa—. Se trata precisamente de eso, señor Fronjosá, de no excitar los ánimos con discursos incendiarios.

 

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Adolf Hitler, desesperado, busca a Goyo Martínez, Joan Salvador y al espía de Madrid

La cúpula del III Reich se ha reunido en el búnker con el mismísimo Adolf Hitler. Los subordinados del Führer le revelan la verdad: qué y a quién han estado buscando hasta es momento que ha hecho falta movilizar a medio ejército alemán. Hitler entra en un estado entre la desesperación y la ira. ¿Quizá un Un fantasma?. ¿Cómo?. ¿ Quién?. ¿ Cuándo?.

Su lugarteniente le aclara la situación: no era un espía, “era un libro”. La cólera del Hitler sube enteros. El Führer reclama la presencia ante sí de los autores del libro, Goyo Martínez y Joan Salvador Vergés; el III Reich se desmorona. En esa tesitura, Hitler toma una decisión, la última decisión…

Clica sobre la imagen para visionar este momento para la historia.

(Por gentileza de Alfonso Carrasco. Solo hay una palabra: gracias)

 

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