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Hobbits, Hogwarts y un bol de arroz (desde la barra del café)

Alabado sea el Señor. Estos días, en las redes sociales, por doquier, han surgido ingentes cantidades de profesores y catedráticos de Economía y, quién sabe si un futuro Premio Nobel en la materia. ¡Salvamos estamos!.

Yo, lo confieso, no sé nada más de economía que aquello que leo en la prensa y que escucho en televisión o en radio. A duras penas, entiendo la economía local y la de mi casa y, aún así, tengo una grave percepción de andar como los  Hobbits camino de Mordor, junto a un engendro que, constantemente, me quiere engañar; ora zanahoria, ora palo.

Ha habido estos días políticos y políticas, que hasta hace poco bebían de las fuentes del poder y de la gobernabilidad, que, ante los ataques “fantasmas” que sufren las economías del sur de Europa, y en especial la nuestra, ahora  proclaman que la política debe tomar las riendas. La pregunta es, pues, inevitable: ¿qué han hecho hasta ahora los políticos?, con independencia de su ideología.

Y es más, llaman a que la política democrática debe recuperar su lugar por encima, y no por debajo (no dicen por detrás) de los mercados, arguyendo, entre otras cosas, que la semana pasada ese ingenio tan llamativo como temible llamado “Tea-Party” se ha impuesto. La pregunta vuelve a ser inevitable: ¿ qué ha hecho hasta ahora la política democrática?.

Insisto en que no entiendo de este monumental lío en que se ha convertido la política y la economía pero, cuando quien escribe alza la voz reclamando que dejemos de mirar al otrora ombligo del mundo que era Estados Unidos y nos dediquemos a lo nuestro, y recibe “palos” de esos “nuevos profesores y catedráticos de la economía”, no puedo sino proclamar mi más absoluta perplejidad.

(Un inciso: bien estarían esas opiniones si quedaran en el terreno de lo que son, opiniones, pero hay quien las lleva al terreno de la descalificación con giros y expresiones que denotan menosprecio, lo cual las deslegitiman por completo).

La pregunta, tercera e inevitable que se plantea, en mi modesto modo de ver, es ¿acaso EEUU vendrá a salvarnos?. ¿Acaso lo hará Alemania?. ¿Es que no tenemos bastante con nuestros problemas?. Viendo el panorama, asomó la cabeza al mundo y no sé enfocar el horizonte y quiero y deseo imaginar una vida que fluya ajena a ese maldito mundo que no nos permite disfrutar de las pequeñas cosas, las nuestras: el primer café de la mañana; el vino del mediodía; una buena comida;
una buena compañía; un atardecer solo o con quien amamos…

La situación nos aboca a un purgatorio en que las almas parecen haber renunciado a la evolución tal vez porque, atisbando el futuro, prefiero el pasado: ¿será la peseta ese futuro que pasó?; recordáis: un café, 20 duros; ahora, un café, 1’20 euros. No hace falta traducirlo. Algunos de esos “nuevos profesores y catedráticos de economía” de les redes sociales dirán que la vida ha  evolucionado y los precios han subido. De acuerdo, pero una objeción: ¡en tan solo diez años!.

Escuchaba el otro día una parodia harto elocuente de la situación a propósito del incremento del precio de la  gasolina: hasta ahora, las gasolineras eran eso, gasolineras; sin embargo llevan camino de convertirse en exclusivas áreas de servicio donde podremos escuchar una charla entre dos amigas del tipo:

–      ¡Jo, qué chachi esta gasolinera-gabbana”.

–      ¡Es una mole, María Isabel!. No sé que regalarle a mi novio: estoy entre un Rolex o llenarle el depósito del “buga”!.

Me siento abatido, aunque no batido. ¿En manos de quienes estamos?, dado que parecer ser que Dios, de quien nos hemos olvidado según la Curia eclesiástica española y vaticana, ha hecho las maletas. Dicen que estamos en manos de una cuadrilla de especuladores que “juegan” a gobernar y se agrupan en inventos llamados agencias de calificación, que son algo así como el castillo de Hogwarts de magia y hechicería, donde lo que se ve no existe y, sin embargo, se está viendo. Pero mucho me temo que, como aquel que ya sabéis y cuyo nombre no se puede pronunciar, la política está detrás de esas agencias.

A día de hoy, en el zulo en que se ha convertido España y nuestro entorno, hay quienes han sabido nadar y guardar la ropa. Como hormiguitas, China, Alemania, India, Brasil y unos pocos más que se pueden contar con los dedos de una mano están en crisis, pero no en abismo. Han ahorrado; quizás, aquí radique su secreto. Han mirado por ellos mismos y ahora no son tan permeables a las opiniones y
fluctuaciones globales. Quizás, también sea otro de los secretos.

Estaremos de acuerdo en que China o India, y en especial el primero, no son ejemplo dedemocracia, esa política democrática que, al parecer, ni está ni se le espera.  Pero, en cuestión económica, según mi modesto modo de entender, a falta de un saber más profundo, constituyen un ejemplo de cómo llevar las riendas en materia de política económica. ¿ Nos vendrán a salvar los chinos, mal nos pese?. Quizás. ¿Los americanos?, lo dudo.

Somos nosotros mismos nuestros propios salvadores. Con decisión y firmeza, lo que ha faltado hasta ahora en la clase política catalana y española, se debe dar el puñetazo en la mesa para hacernos el hueco que tanto costó encontrar y que
ahora perdemos a marchas forzadas. Razones y recursos no nos faltan: somos una extraordinaria área de exportación de ricos productos; no nos falta industria (aunque la mayoría esté en manos de capitales extranjeros, aunque no debemos olvidar que el suelo es nuestro); tenemos un excelente sector turístico; cultura; arte; buenas comunicaciones; puertos; gente emprendedora, pese a todo…

¿Por qué no comenzamos por potenciar lo nuestro para evitar que, al final, lo nuestro sea lo de otros?. No hay varitas mágicas, se trata de una cuestión de fe.

Solo de ese modo, creo yo, podremos asomar la cabeza por el ventanuco al que han reducido (y lo hemos permitido) nuestra casa para plantar cara a los mercados financieros, al menos los más próximos, dominados, a la vista de los acontecimientos, por meros especuladores que rayan en la prevaricación, el fraude y la estafa.

Mientras nosotros derrochábamos, en China o la India, se bastaban con un bol de arroz… Y reitero, – porque sé que se alzaran voces por la mención china-: estoy absolutamente en desacuerdo, hasta el punto del odio, con su sistema político,criminal y dictatorial. Pero también debemos recordar a aquellos que siguen mirando a los Estados Unidos que, por poner algún ejemplo, existen estados donde rige la pena de muerte y donde la homosexualidad aún es considerada una enfermedad.

Conclusión: señores políticos, señoras políticas, es la hora de la gente que, aún anónima, en las páginas del libro de la vida deja su impronta de un carácter único, a veces genial; como decía mi amigo Groucho  “jamas aceptaría pertenecer a un club que me admitiera como socio (con música, os lo digo)

 

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Hoy como ayer, ayer como hoy (El espía de Madrid)

El agente Nelo, el protagonista de El Espía de Madrid (ed. Singular/Medialive), personaje que existió en la vida real y que viajó a Barcelona a principios de julio de 1936 para investigar unos crímenes y acabó contribuyendo al derrocamiento del alzamiento fascista, poseía unas pocas pero escogidas inversiones en bolsa de las
que llevaba cuenta a diario.

Y parece que es hoy cuando hace 75 años sucedió lo siguiente:

Nelo llegó antes de tiempo a su cita en el monumental balneario y casino de San Sebastián, en el paseo Marítimo. Comprobó que nadie le esperaba y se ubicó en la terraza, en un rincón de temperatura ideal, en la zona de pérgolas del patio mexicano, donde podía sentir el olor y el color del mar.

Solicitó un aperitivo y le sirvieron un vermú a base de Martini Rossi, aceitunas rellenas y pastelitos de jamón. Una notable orquestina creada por cuatro alumnos del Conservatorio de Música, todos ellos vecinos y amigos de la barriada de Gracia, amenizaba el momento con una selección de dulces y suaves melodías de Broadway para ganarse unas pesetas extraordinarias.

Tomó un diario y abrió el ejemplar por la página de la vida económica. Se confirmaron sus sospechas.

—¡Maldita sea! —exclamó.

La semana bursátil se había caracterizado por una languidez y una paralización generales. A partir del primero de julio la mayoría de valores cortaron el cupón acentuando la nota de parálisis, e incluso de depresión, en las últimas sesiones. «¡Mal asunto, muy malo!», se dijo. Hasta las obligaciones de empresas puramente industriales, las únicas que hasta la fecha venían ofreciendo cierta resistencia a la caída, comenzaban a debilitarse.

Nelo profirió más expresiones maledicentes a medida que avanzaba en la lectura de la prensa. Mientras la bolsa se desplomaba, y con ella sus inversiones y sus ilusiones, los movimientos al alza eran claros, e incluso preocupantes, en los precios de los mercados centrales de frutas y verduras y en los del pescado.

—¡Doscientas pesetas cien kilogramos de manzanas! —soltó.

La semana anterior costaban ciento veinticinco, recordó. En realidad, los tomates, los melocotones, las judías finas nacionales, las coles y otras verduras de consumo diario se habían encarecido de manera sobresaliente en los últimos siete días.

Desvió la mirada del diario y la clavó en una aceituna rellena, que se llevó a la boca, y la acompañó con un trago de vermut, el principal valor de que disponía en ese instante. «¡Quizá mañana, ni esa aceituna será posible!», pensó.

En el plano internacional, Nelo leyó en las «Crónicas de Inglaterra», que el diario traía en su edición dominical, que los ingleses habían creado un extraordinario sistema que habría de revolucionar los mercados de economía de todo el mundo: la finanza. «¡Qué tipos más espabilados estos británicos!», se dijo, alabando el ingenio inglés para las cuestiones monetarias. La finanza, interpretó el agente, permitía el transporte de mercancías de un lado a otro del globo sin pasar por Londres. Lo que sí seguía pasando por la capital británica era el dinero de la operación.

 

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