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Descartes no era tonto (de cuando alquilar era de idiotas)

Como Descartes, sigo con mi viaje tratando de encontrarme a mí mismo. Hacia 1623, Cartesius vendió todo lo que poseía, enfrentándose a su padre y al mundo. En un principio, no sabía qué hacer con tanto dinero y decidió acudir a un banco de la época y abrió una cuenta corriente. También buscó un fondo de inversión pero no encontró ninguno de su agrado. Y finalmente decidió gastar parte del dinero que había conseguido en un largo viaje a Italia. Pudo comprar otras fincas, pero no.

En 1950, en España, más del 50% de la población vivía de alquiler. Y en esas que, a finales de esa década, apareció un ministro, cuyo nombre no importa aquí pues da lo mismo la época, el régimen e incluso la religión cuando uno ostenta un cargo ministerial, y proclamó que el país debía ser de propietarios, no de proletarios.

La frase marcó un progresivo y sostenido cambio de mentalidad hasta que alquilar una vivienda devino una opción perdedora. Sólo un tonto alquilaba cuando comprar un piso era más barato.

Los bancos abrieron la caja y mediante métodos persuasivos convencieron a la gente de la calle que comprar era casi obligatorio. Los banqueros se presentaban como los hombres de los sueños y ponían en tu mano una ingente cantidad de dinero y te decían que no habría problema, que el piso subiría de precio, que nunca perdería su valor. Para entonces, Descartes ya viajaba por Italia tras marchar a la francesa de su país. Luego, Cartesius, como yo, hizo un largo viaje de 10 años por medio mundo en busca de una verdad que nunca encontró, aunque ya le daba lo mismo. Vivía de alquiler.

Hoy, tres siglos y unos cuantos años después, la verdad sigue oculta y los mismos actores, con otras caras, han llevado a miles de familias a la bancarrota en un proceso de pérdida de la vivienda, deshaucios y deudas de por vida. O todo a la vez. Y de ahí, a la depresión pues la línea entre un cierto bienestar, pues no se trata de rodearse de lujos innecesarios, y la pobreza y la angustia se ha evidenciado delgada, muy delgada. Ya casi no hay línea.

Como Descartes, durante su largo viaje, encontramos ahora que la gente ha tomado conciencia del problema, pero el problema es que en su mayoría no sabe cómo reaccionar. Del cabreo generalizado se ha pasado a una depresión que adensa.

No fue casualidad que la ciudadanía se lanzara voraz a la compra de viviendas, alimentando mitos que se convirtieron en monstruos que acabaron por engullirse a quienes les había dado el sustento y el hombro donde apoyarse. Hoy, aquella frase de aquel ministro cuyo nombre sigue sin importar es un mensaje lapidario en torno al cual asistimos plañideros.

Ya no se trata de si queremos un país de propietarios o proletarios. El asunto es más grave y los banqueros parece que no están ni se les espera. Hoy, la sociedad se mira en el espejo y debe tolerar, -pues no hay otro remedio-, el desalojo de viviendas en las que viven niños, o ancianos.

Descartes también vivió en los Países Bajos y cambió constantemente de vivienda. Y quizás no lo hizo, como apunta la historia, para ocultar su paredero. E incluso muerto, cambió de “residencia” en varias ocasiones.

 

 

 

 
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Publicado por en 05/04/2012 en la barra del café

 

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El quiosco / “Sí, nosotras parimos, nosotras decidimos”

Suscribo la opinión: las mujeres no son del género estúpido, ni seres incapaces de decidir sobre sus vidas y sus cuerpos ni se debe confundir con lo que dicen los poderes públicos con lo que se grita en los púlpitos.

NIEVES Ibeas, Presidenta de Chunta Aragonesista.

Artículo en El Periódico de Aragón, 3 de febrero de 2012

 

 

Menos de dos meses después de la llegada del PP al gobierno central, estamos asistiendo a un retroceso democrático y de derechos muy preocupante, y el ejemplo más claro es la contrarreforma de Gallardón, actual ministro de Justicia, de la legislación vigente sobre la interrupción voluntaria del embarazo (IVE). O el PP cree que las mujeres somos del género estúpido, seres incapaces de decidir sobre nuestras vidas y sobre nuestros cuerpos- o en democracia sigue confundiendo los poderes públicos con los púlpitos. Es totalmente inaceptable que los partidos políticos (y, en este caso, gobiernos) se presten al juego de ciertos sectores religiosos y antiabortistas por encima de derechos que ha costado mucho conseguir.

El PP y sus aliados de turno quieren decidir por nosotras si queremos ser madres o no, o en qué momento queremos serlo, para regocijo de la Iglesia Católica y de sus más radicales tentáculos, que mueven buena parte de los hilos del gobierno de Rajoy. ¿Cómo se sigue sometiendo un partido político a los intereses de una institución religiosa, sea la que sea, que pretende actuar como un poder público en vez de limitar su discurso a su comunidad de creyentes?

CHA niega la legitimidad de ningún partido político ni, por supuesto, de ninguna confesión religiosa para decidir sobre la vida de las mujeres y sobre sus propios cuerpos. Y yo, personalmente, como ciudadana y como mujer, siento vergüenza de lo que estoy viendo y viviendo a estas alturas de la vida, cuando ya creía superado este falso debate, más propio de la España de hace cuarenta años, cuando las familias pudientes enviaban a sus hijas a abortar a Londres, que de la de 2012.

El argumento sobre la supuesta defensa de la vida me indigna, como indigna a muchas otras mujeres, y constituye un auténtico insulto al enorme esfuerzo realizado desde hace décadas por los movimientos feministas. No es casualidad que los derechos de las mujeres sean cuestionados periódicamente, y, cómo no, en época de crisis. Fue preciso mucho trabajo para que las mujeres tuvieran reconocido el derecho a decidir su maternidad en muchos países, y en el Estado español se les ha negado reiteradamente la mayoría de edad (tengan la edad que tengan) y su propia condición de ciudadanas de primera porque, al final, siempre parece que hace falta la supervisión patriarcal para recibir asistencia sanitaria pública en una IVE.

El discurso de incapacidad de las jóvenes para decidir tampoco se sostiene. Si tienen edad para poder ser madres, ¿por qué no van a tener derecho a poder decidir seguir adelante o no con su embarazo? ¿O acaso es más grave la decisión de interrumpir un embarazo no deseado que la de proseguirlo? En absoluto, y todo lo que se está diciendo en contra de una legislación sobre la IVE es pura hipocresía.

Es la hipocresía de la derecha más recalcitrante y retrógrada que existe seguramente en Europa, que ya ha comenzado a llenarnos de una moralina insoportable con sus consignas, para convertir en moral todo aquello que les interese controlar, incluidas las vidas de sus ciudadanos.

Lo progresista para esta derecha no es trabajar para evitar las guerras, denunciar y combatir los genocidios, colaborar en proyectos de desarrollo que acaben con la hambruna de tantos niños y niñas que mueren por pura miseria, o con las violaciones sistemáticas de mujeres. No, ahí el PP no ve ningún debate “moral”, ni tampoco lo ve en la pobreza escandalosa de millones de personas que carecen de lo mínimo para sobrevivir, ni en los escándalos de aprovechamiento de los cargos públicos en beneficio personal- La derecha habla de moral en otros casos, como cuando se trata del derecho de las mujeres a decidir en nombre de la más pura hipocresía pretendiendo que la democracia se convierta en la plasmación de una doctrina confesional, sea la que sea. Para CHA es aberrante y totalmente injustificable que alguien, por muy ministro o presidente del Gobierno que sea, se atreva a intentar hacer pasar por el aro de sus planteamientos religiosos a la mitad de la población.

Las reivindicaciones feministas renuevan su vigencia más que nunca: “nosotras parimos, nosotras decidimos”

 
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Publicado por en 03/02/2012 en el quiosco

 

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“La mujer de estrechas caderas, senos pequeños, firmes y turgentes y redondas nalgas” (via goyomartinez9)

Cuando una bella mujer, con los cabellos suficientemente largos para decir que es sexy pero lo suficientemente cortos para afirmar que es más inteligente que la mayoría, se cruza en el camino de un hombre al que el amor ha burlado en varias ocasiones, se nublan los pensamientos…

"La mujer de estrechas caderas, senos pequeños, firmes y turgentes y redondas nalgas" Relato con música. De mi particular tocadiscos. Clica sobre la imagen El agente Nelo detuvo su mirada en el sospechoso círculo que formaban el general Burriel y los oficiales López Belda, Unzúe y Lacasa, que departían con distinguidas personas de distintos orígenes y linajes entre carcajadas, como si se mofaran de la concurrencia. Junto a ellos, un grupito de mujeres jóvenes los miraban y escondían sus sonrisas con un gesto de la mano.            … Read More

via goyomartinez9

 
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Publicado por en 14/07/2011 en El espía de Madrid

 

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“La mujer de estrechas caderas, senos pequeños, firmes y turgentes y redondas nalgas”

Relato con música. De mi particular tocadiscos. Clica sobre la imagen

El agente Nelo detuvo su mirada en el sospechoso círculo que formaban el general Burriel y los oficiales López Belda, Unzúe y Lacasa, que departían con distinguidas personas de distintos orígenes y linajes entre carcajadas, como si se mofaran de la concurrencia.
Junto a ellos, un grupito de mujeres jóvenes los miraban y escondían sus sonrisas con un gesto de la mano.

            «¡Quizá saben algo que los demás desconocemos! —pensó Nelo—. ¡Nada de quizá, seguro que saben algo!», concluyó.
A todo esto, los generales San Pedro Aymat y Legorburu seguían a lo suyo, como si nada sucediera o fuera a ocurrir.

            Vio entonces que una de aquellas jóvenes dejaba el grupito y se acercaba al de los militares. Todo de lo más natural, como si quisiera preguntar algo o llamar su atención. Pero le resultó sospechoso que tomara del brazo al general Burriel con demasiada familiaridad y se lo llevara a un rincón para hablar a solas con él. Tuvo que moverse para seguir la escena, pero pudo ver con claridad que la joven mujer entregaba al oficial una cuartilla de papel de color azul, cuidadosamente doblada, que Burriel ojeó mientras miraba a un lado y a otro. A continuación, se lo devolvió a la dama.

            Volvió junto al general Llano de la Encomienda para preguntarle si conocía a aquella mujer. Negó con la cabeza. Tampoco el coronel Moracho ni el mismo Escofet, que charlaban animadamente unos pasos atrás, conocían a la mujer.

            Cuando se giró de nuevo hacia el punto donde se había encontrado con Burriel, había desaparecido. La buscó entre
el gentío y en los alrededores. Salió a la terraza que daba a la calle a grandes zancadas y alcanzó a verla cuando abandonaba el Club Marítimo en dirección a un automóvil en el que aguardaba un hombre, de quien sólo pudo advertir su gorra de oficial.

            Al acceder al interior del coche, la mujer giró la vista y puso sus ojos sobre Nelo.

            Duró un instante, pero el agente alcanzó a leer su rostro. Ciertamente era una mujer de raro encanto, de belleza lánguida. Destacaba su cutis mate y afelpado, su cabello dorado y sus grandes ojos azul pálido. Nelo quedó atrapado en esos ojos que parecían transmitir pasión y drama, que denunciaban un oscuro pasado y un futuro inminente y, de algún modo, trágico, ¿o qué reflejaba si no la languidez de aquella media sonrisa apenas insinuada? Lucía un elegante vestido de soirée, de estival inspiración parisina, en marrón y rojo, de una tela vaporosa y líneas sueltas, vagas, exquisitamente femeninas, y un no menos elegante sombrero en forma de turbante. Bajo ese vestido se adivinaban unas estrechas caderas, unos senos pequeños, firmes y turgentes, y unas redondas nalgas.

            La joven mujer también quedó atrapada en la conquistadora y expresiva mirada y el porte esbelto y gallardo
de Nelo. Jamás recordaría cómo iba vestido aquel hombre, si era civil o militar, si señor o criado, pero nunca olvidaría su cara. Prendada, presintió que no tardarían en volver a encontrarse. 

            Nelo regresó al club y, con temerario arrojo, se aproximó al general Fernández Burriel. La mujer le serviría de excusa para interrogar al militar. Fingiéndose ebrio, casi a trompicones y con voz pastosa, interrumpió la conversación que en ese momento
mantenía el general con sus subordinados, apoyó la mano derecha en el hombro del militar y, de tú a tú, el agente soltó, con algún balbuceo:

            —Dígame que no es su hija, mariscal.

            —¡Joven, usted está borracho!

            —No demasiado, no lo suficiente para no saber admirar una belleza cuando la tengo delante. No será su amante, ¿verdad?

            —¡Caballero! ¿Por quién me toma?

            Burriel se sentía acosado y reaccionó de forma irascible, no tanto por la intromisión de un borracho, dedujo Nelo, como por las indiscretas preguntas que le dirigía. Los otros mandos que lo acompañaban se erigieron en barrera frente a Nelo y lo apartaron a empellones.

            Nelo volvió a fingir, esta vez que recobraba la compostura, y, con la cabeza gacha, se acercó al general y le pidió disculpas. El general las aceptó para zanjar el asunto; tampoco le interesaba llamar la atención, pensó Nelo. Vio en los ojos del general
inquietud y tensión, y comprobó que era incapaz de sostener su mirada. Nelo optó por no insistir, aunque tomó buena nota de la reacción del oficial.

Así lo vivió El espía de Madrid hace 75 años en el Club Marítimo de Barcelona

De “El Espía de Madrid, Barcelona 1936”.

 

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