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EL ANCLAJE

Le oí respirar y me calmé. Era como si nos habláramos sin palabras. Me pregunto cómo y cuándo aprendimos ese lenguaje secreto. Sólo sé que en algún momento, en los silencios, le oía. Y ahora sólo me quedan las palabras, esas palabras inútiles cuando lo único que quiero es seguir siempre tu senda, tus pasos, tus huellas. 

El viejo de la imprenta había llegado extenuado, casi exánime, luego de su último viaje en su bagaje de cosas que ver y descubrir antes de morir: la ascensión al Himalaya, para tocar el cielo sin salir de la tierra, en busca de la montaña desnuda, a través de los bosques montanos. Fueron siete días que evocaron siete años. Y a fe que respiró. Lo hizo profundamente. Luego penso alto, sintió hondo y habló claro. No había nadie más pero todos le oyeron. 

Estaba abatido, pero no batido. Eso nunca.

– ¿ Te duele ? – pregunté. El viejo puso cara de no saber si le preguntaba por la vida o por sus heridas recientes.

– El dolor solo hay que aguantarlo, esperar a que se vaya por si solo y a que la herida que lo ha causado cicatrice, no hay soluciones ni respuestas sencillas, solo hay que respirar hondo y esperar a que se calme – me respondió con un hilo de voz, pero respuesta al fin y al cabo.

– ¡Respira, querido viejo! ¡Respira!

Luego, me hizo tomar un libro de una vieja estantería. Un libro tan viejo como él, una estantería tan vieja como el libro. No lo abrí por una página al azar. Es como si el libro hubiera tomado vida y me llevara a una página determinada, de las miles que tenía, todas ellas en blanco, obra de un autor tan joven como el viejo, la estantería y el propio libro. Leí:

” Cuando nacemos se produce, de la nada, la primera inspiración. No olvides nunca que ese acto al que no concedemos valor alguno, es fuente de vida. Ese  movimiento de vaivén respiratorio nos acompañará has el último instante de nuestras vidas,  cuando haremos la expiración final que muchos lo llaman el último suspiro. 

Ese tráfico de absorción y expulsión del aire tomando parte de las sustancias que lo componen es calcado al movimiento de las olas del mar al llegar a la playa – se produce, se eleva, se libera y finalmente se diluye en la arena –, y así sucesivamente durante toda la vida.

Respira, es tu gran anclaje. Y el anclaje es aquel lugar adonde nos dirigiremos cuando estemos perdidos. En cualquier momento, en todo lo que hacemos, decimos, sentimos… cuando paramos aceptamos, discernimos y soltamos, aparecen pensamientos, emociones, ilusiones, reacciones etc. Desde allí, iremos directamente a nuestro anclaje.

Como la respiración, ese anclaje nunca nos fallará, a menos que quieras que te falle. Recuerda: somos naturaleza en constante vaivén: se produce, se eleva, se libera, se diluye y así sucesivamente.

Como la respiración, nacemos de un silencio interior y se diluye en el mismo silencio, convirtiéndose en una acto auténtico y natural, el cual, en cualquier momento, lugar, situación y acción, nos devolverá al puerto de anclaje. Si tienes tiempo para respirar, tienes tiempo para vivir y debes vivir hasta el último suspiro de vida. ¡Toma aire! “

Respira hondo, querido viejo. Yo lo hago contigo.

Un cuento que nace de la inspiración del sociólogo y escritor Vicenç Alujas y de las historias del viejo de la imprenta sobre un acto tan sencillamente complejo como es respirar, vivir. Música de Noa, “Beautiful that way”, qué bello es vivir.

 

 

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Cuando hablar y cuando callar (el quiosco del CR)

Por Mercè Roura, periodista

No me gustan los prejuicios. Ni los clichés. Ni todo aquello que ya se supone que tiene que ser de una forma concreta. Me molesta mucho la gente que va por la vida dando lecciones de ética, los amargados que esperan agazapados a que te equivoques para saltarte a la yugular… esperando que tu desgracia sea su gloria…

No soporto que algunos se crean en posesión de la verdad absoluta, por muy maltrechos que estén en la vida, por mucho que les cueste arrastrar su peso… por pesada que sea su cruz.

No me gusta la gente que se victimiza, se regodea en ese sentimiento y se queda sin hacer nada. Adoro a la gente que se ríe de sí misma, que se como a bocados la vida y siempre piensa en el siguiente paso. Gente que se levanta cuando cae y piensa cómo superarse.

Me provocan desazón, angustia y bastante asco aquellos que se creen con la razón siempre y no admiten opiniones contrarias. Me da lástima que no se admitan matices y que muchos se esfuercen cada día más en generar un mundo de contrastes, de blancos y negros, de buenos y malos, de extremos.

No me gustan los que gritan, aunque alguna vez el grito sea necesario… nunca es la única respuesta. Se puede luchar por mejorar el mundo desde cualquier rincón, bajo el sol o a cubierto de una lluvia densa. Como criado o como señor, sin que ninguna de estas dos realidades se superen entre sí. Se puede cambiar el mundo en un despacho, con un libro, con una pancarta o con un tweet. Se puede cambiar el mundo empezando por ser mejor con nuestro limitado entorno y respetar las miradas y las palabras. No hacen falta grandes actos. Se puede cambiar el mundo pensando cómo cambiarlo… hacer la revolución desde un pequeño cuarto oscuro. En la cima o en el valle.

No me gusta la gente que juzga sin conocer, aunque admiro profundamente a aquellos que se guían por la intuición.

No me gusta la gente que otorga porque calla verdades aunque a veces sean básicos los silencios…

No me gusta la gente que dice “no me gusta” por eso ahora, me callo.

 
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Publicado por en 13/05/2012 en el quiosco

 

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Se busca líder (El quiosco del Café)

Un líder es, a mi juicio, aquel capaz de convertir una visión en realidad. A la espera de semejante y romántico milagro, no queremos gobiernos e instituciones con más marionetas, sino líderes que, de verdad, quieran gobernarnos. Líderes capaces de velar por nuestro sueño y que no conviertan las ciudades y pueblos en lugares donde nunca se duerme porque sus pobres necesitan todas las horas del día para conseguir su magro sustento. Líder es también aquel que, cuando cae un chaparrón, le presta el paraguas al prójimo o le dice la palabra adecuada, en el momento justo y el lugar acertado. Un artículo de la periodista Mercè Roura sobre una búsqueda, hoy en día más que necesaria, ¡urgente!.

 

El líder es alguien que escucha. No le asustan las ideas nuevas, es más, está dispuesto a abrir su mente a nuevos enfoques para encontrar otras soluciones que le puedan pasar por alto. El líder es alguien que sabe que si las cosas se hacen cada día de la misma forma es imposible ser creativo y alcanzar retos. El líder no grita porque no le hace falta. No causa temor, infunde respeto.

El líder se rodea de personas más inteligentes que él porque sabe que eso suma esfuerzo y talento. Sabe que debe adaptarse como un camaleón. Que hay momentos para integrarse en el paisaje y momentos para sobresalir. Es alguien con ideas claras y métodos claros pero dispuesto a hacer concesiones. Sabe sus límites pero está dispuesto a superarlos.

El líder es cauto y racionaliza pero al mismo tiempo valora las emociones y cómo sus actos afectan a las personas.

El líder sabe cuando hablar y cuando callar y siempre da la cara, aunque sea para recibir incomprensión o quejas.

El líder es sencillo, pero brilla.

El líder está dispuesto a tomar decisiones arriesgadas que no gusten… si las cree justas, incluso a riesgo de perder votos o prebendas. Sabe que quizá su liderazgo será valorado por la historia, no por sus contemporáneos.

El líder también tiene miedo, a veces mucho, pero se lo traga.Sabe cómo canalizarlo, como transformarlo en trabajo, en esfuerzo. Su miedo no es el de un cordero que espera manso su turno en el matadero, es el de una madre cinco minutos antes de dar a luz, cuando la ilusión y las ganas vencen al dolor y la incertidumbre.

Un líder usa las palabras, nunca de las come. No se cree mejor que nadie pero se respeta a sí mismo.

Se equivoca y lo admite. Fracasa y se levanta. Sabe que puede, piensa que puede. El líder no es ni duro ni blando, es resistente pero flexible.

El líder tranquiliza, actuá de bálsamo, hace de guía.

Se busca líder.

Razón : un pueblo demócrata y desesperado

Abstenerse aspirantes con ánimo de lucro.

 
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Publicado por en 19/04/2012 en el quiosco, la barra del café

 

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El niños raro (2n capítulo)

¿Para qué sirven una planta, una semilla y una conversación con una mujer, quizás imaginaria, y que parece sacada de un cuento de hadas?. Donde radica la energía de cada uno. Por Rocío Sánchez Rivas, Sevilla. Con su música, por supuesto.

Del primer capítulo

La mujer acercó la mano y le mostró una semilla luminosa, parecida a una especie de luciérnaga, y le susurró al oído: -Toma este fruto de la vida, la verdad y la justicia, siémbralo donde otras personas no puedan dañarlo hasta que crezca, cuando dé su fruto cómelo y de ti emanará una gran sabiduría. El niño respondió: -Soy un niño raro, eso dicen todos de mí, no creo que sea posible poder cambiar eso. -Carlos, a veces es bueno ser “raro” o diferente para poder ser sabio, tu destino está escrito.

El niño se quedó pensativo, sin decir nada más se guardó la semilla y se arrodilló ante la mujer diciéndole: -Gracias, lo haré. Ella con una dulce sonrisa se alejó de él con música en cada uno de sus movimientos.

 

Segunda parte

Al llegar a su casa, Carlos pudo recordar que había podido hablar con esa mujer, y se alegró al comprobar que había hablado tan fácilmente con alguien. Se metió la mano en el bolsillo y sacó la semilla. Debía buscar el lugar apropiado para sembrarla sin ser visto por nadie. Al día siguiente lo haría. Esa noche durmió profundamente. En sus sueños vio de nuevo a la mujer señalando una casa abandonada cerca del pueblo. Él conocía ese lugar. ¡Sí!, sembraría allí la semilla.

Al amanecer, antes de que los habitantes de Esmeralda despertaran, fue a la casa abandonada, salto la verja y vio el lugar exacto donde tenía que sembrar la semilla, en un rincón donde no había ningún yerbajo.

Todos los días,  Carlos se dirigía a la casa para ver como crecía la planta. Siempre iba junto a su fiel amigo Rufo, que lo acompañaba con gusto moviendo el rabo donde quisiera ir, y agradecía cualquier caricia que su amo le regalara. En pocas semanas, de la pequeña semilla creció una planta de un color verde intenso, con débiles ramitas, de las cuales colgaban unos frutos parecido a las uvas negras, pero de inferior tamaño, con una textura blanda y esponjosa. No sabía cuándo tenía que comerlo, pero su instinto le decía que esperara. Pasaron varios días y volvió a soñar. Ya era la hora.

Miró a la planta delgada, pero repleta de frutos, cogió uno y se lo comió. El cuerpo le quemaba por dentro, quiso escupirla pero ya era tarde, el fruto germinaba en su ser, lo notaba, sentía su sangre hirviendo en las venas, el cuerpo lo tenía completamente entumecido. ¿Era todo producto de su imaginación? No, no, era insoportable, moriría. Pero no fue así, poco a poco se sentía mejor, aún respiraba jadeante, pero era otra persona, eso pensaba.

Al saltar la verja, de regreso a casa se cruzó con dos niños del pueblo, los que siempre se burlaban de él. El más alto le dijo:

-Hola niño raro. ¿Sabes decir hola, o eres tan torpe que no sabes pronunciar esa palabra?

Carlos, sin entender como salían esas palabras de su propia boca, le contestó:

-¿Cómo quieres que te diga hola, si tu saludo no será verdadero, sincero?. Es una burla hacia mi persona, que ni siquiera os habéis molestado en conocer.

Ahora era él quien había dejado sin palabras a los dos niños. Se alejó de ellos con gran satisfacción por lo que acababa de hacer.

Desde aquel día Carlos era otra persona, hablaba con todo el mundo, reía, hacía una vida normal como cualquier niño de su edad. Sus padres no daban crédito al cambio repentino de su hijo, se enorgullecían al ver lo sociable que se había vuelto con sus vecinos. El profesor de la escuela decía que sin duda Carlos, tenía un futuro brillante y estaba dotado con una gran inteligencia para poder ser en la vida lo que se propusiera.

Pasaron los años y fue el sucesor del Alcalde de Esmeralda. Era muy apreciado en el pueblo por su cercanía y amabilidad hacia las personas.

En las fiestas regionales organizó un evento de entrega de premios a la mejor cosecha del año, y estaba dando un discurso de agradecimiento cuando, a lo lejos pudo ver esa luz de antaño que le había cambiado la vida, en el mismo lugar donde la había visto por primera vez. Sentía gran curiosidad, quería volver a ver a la mujer de extraña belleza que tanto le había regalado. Al terminar su discurso se encaminó hacia el viejo olmo, en el mismo sitio, con el mismo aspecto, en todos esos años no había envejecido. Y allí estaba ella. Ahora la veía aún más radiante, desprendía luz por su rostro, por su ropa. Carlos dijo:

-Gracias buena mujer por haber hecho de mí lo que soy, el fruto mágico me dio todo lo que me faltaba en la vida.

Ella respondió:

-El fruto que comiste era la llave de la puerta cerrada en tu interior, lo que eres ahora salió de ti, te ayudé a tener confianza en ti mismo y que aflorara la persona con gran sabiduría que estaba oculta dentro de tu ser.

Carlos lo comprendió. Todos esos años había estado equivocado, pensaba que el fruto le había dado vida y sabiduría, pero no era así, era él quien tenía la sabiduría pero necesitaba un estímulo para sacarla a la luz.

Y la mujer siguió alejándose con música en sus pasos.

FIN

 

 

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El niño raro (Ir capítulo)

Decía Marie Curie, que no era diferente sino especial: “en la vida no hay cosas que temer, sólo hay cosas que comprender”. Y esas cosas comienzan en uno mismo. Abre bien los ojos. Haz trabajar la cabeza, Controla el corazón. No cierres nunca la boca. Gritan bien fuerte, cuando sea necesario. Da todo de ti mismo.

Un cuento por entregas de Rocío Sánchez Rivas, de Sevilla, que nos habla del camino que todos debemos emprender para comprender y realizar. Un relato con música, por supuesto; come away with me lyrics.

En un pueblo llamado Esmeralda, habitado por un centenar de habitantes, vivía Carlos, un niño solitario y callado que apenas había pronunciado más de diez palabras a lo largo de sus pocos años de vida. Su único entretenimiento, y a quien dedicaba toda su atención, era Rufo, un San Bernardo que le habían regalado por su noveno cumpleaños.

En Esmeralda todos los vecinos lo conocían por “el niño raro”, apodo que  gustaba a los padres de Carlos, aunque ellos también pensaran que lo era. Pero un buen día, Carlos sorprendió a todo el pueblo con un acontecimiento inesperado. Al anochecer, el “niño raro” salió de casa para dar de comer a Rufo y observó un destello de luz que provenía de un olmo situado a quinientos metros de su casa.

La curiosidad pudo con él y se acercó al árbol para ver qué era esa luz brillante. El perro le siguió y, juntos, se adentraron en el bosque hacia el viejo olmo. A medida que se acercaba escuchaba susurros dulces y melódicos cómo una canción de un idioma no conocido. La luz era cegadora y no pudo ver nada. De momento, notó que alguien o algo tiraba de él, pero sin ser agarrado. Era como una fuerza incalculable que lo adentró en una ceguera total. Se desvaneció un minuto, quizás una semana, o un año, no lo sabía con exactitud, estaba aturdido.

En su ceguera blanca vio una sombra tenue que transmitía esa melodía pacificadora. Carlos estaba aterrado y fascinado a la vez, brotó de su garganta una palabra:

-¡Ayúdame!.

La voz le contestó en el idioma de la música que eso era precisamente lo que quería hacer, venía para ayudarlo.

Se acercó a él. Carlos pudo ver el rostro y la silueta borrosa de lo que parecía un boceto de mujer con rasgos extraños. Tenía ojos de gato, la nariz minúscula, la boca grande, el cabello largo y blanquecino a la altura de los tobillos. Entre las telas que cubrían su cuerpo se apreciaba su delgadez y fragilidad, como el tallo de una flor.

Carlos se preguntaba, ¿quién será esta mujer de extraña belleza? ¿Es realidad lo que estoy viviendo, o sólo es un sueño? Ha dicho que quiere ayudarme, que para eso ha venido, pero, ¿qué puede hacer ella por mí?

La mujer acercó la mano y le mostró una semilla luminosa, parecida a una luciérnaga, y le susurró al oído:

-Toma este fruto de la vida, la verdad y la justicia, siémbralo donde otras personas no puedan dañarlo hasta que crezca. Cuando dé su fruto, cómelo y de ti emanará una gran sabiduría.

El niño respondió.

-Soy un niño raro, eso dicen todos de mí. No creo que sea posible poder cambiar eso.

Hubo replica.

-Carlos, a veces es bueno ser “raro” o diferente para poder ser sabio. Tu destino está escrito.

El niño se quedó pensativo. Sin decir nada más guardó la semilla y se arrodilló ante la mujer diciéndole, “gracias, lo haré”.

Ella con una dulce sonrisa se alejó de él al ritmo de la música en cada uno de sus movimientos.

 

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Las palabras curan (en el quiosco del CR9)

Conocí en una ocasión a un profesional de la medicina que se relacionaba con los pacientes como personas, les dejaba hablar, les dejaba contar lo que les pasaba aunque no les pasara nada en particular. Creía que las palabras podían curar tanto como las medicinas. No se hacía amigo de ningún paciente para no sufrir en exceso pero tampoco permitía que le trataran como el doctor del chiste: “doctor, doctor, nadie me hace caso” y el doctor respondía: “el siguiente”. A cada paciente que regresaba del quirófano le saludaba con un beso, con una palabra adecuada, con una frase ocurrente: “ya tardabas”.

Por Mercè Roura, periodista de Badalona (Barcelona)

A nuestro mundo le hace falta una cura de palabras. Es urgente. Tenemos que buscar entre todos palabras sabias para tapar heridas y sustituir palos, machetes, puños y uñas. Corre prisa. Vivimos un momento de histeria colectiva, de susceptibilidad máxima. Incluso los mansos y los cautos han empezado a lanzar saliva contra los que siempre buscan brega… ajenos al zarpazo que les espera. Lo hacen porque no lo soportan más. Asco por asco, piensan, mejor vivir en el desahogo de haberle plantado cara al chulo del lugar. Cada día hay más chulo, aunque tal vez sea yo, que presa de un alto nivel de desconcierto social, me creo que son chulos cuando lo único que hacen es defenderse o auto-reafirmarse.

Cada día hay más malentendidos y roces y quejas. Quejarse de forma constructiva es bueno, pero hace falta actuar para cambiar porque si no la queja se vuelve hábito y pasa a formar parte del carácter.

Se nota al cruzar la calle. Algunos ponen cara perruna, asustan. Otros tienen las facciones mutadas por el miedo, se les ve paralizados por la angustia, tienen escrita en el rostro una noche haciendo cuentas para pagar recibos.

Los recibos crecen, los sueldos encogen. Escasea en algunos lugares y momentos el “buenos días”, el “hasta pronto”, el “suerte mañana”, el “gracias por todo”… el “estoy contigo pase lo que pase”.

Estamos siempre alerta para clavar colmillo hasta la encía, pensando en negro, repitiendo en un mantra la palabra crisis hasta que se esculpe a fuego en el día a día y nos invade.

Tal vez parezca frívolo en un momento en el que pasamos escasez y muchos pierden su hogar y sus sueños… pero las formas importan. Importan porque se dirigen a personas. Importan porque evitan trifulcas y peleas y generan diálogos.

Y sobre todo, importan las palabras porque con ellas se construyen puentes, generan empatías. Importan porque convierten a la víctima en el dueño de su destino, porque generan oportunidades.

Necesitamos palabras, muchas. Todas las que encontremos van a ser pocas porque tenemos que cambiar esta inercia de malhumor y caras agrias, porque nos merecemos otro presente y otro futuro.

Cuando la intención las acompaña, las palabras curan.

 

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Ese pequeño milagro…

Veo la vida como a mí me gustaría que fuera, como un cuadro que excluye lo feo y lo sórdido, como un crepúsculo de Turner: amor. Amor, incluso cuando escribo del dolor y del sufrimiento, y de gente enterrada viva. Y lo hago con el mimo de un pastelero. Quizas no parezca mucho, pero este es mi pequeño milagro.

Unos versos de amor de Andrés Ruiz Fernández “Martillo”, de Córdoba, un ser que ha conocido el dolor, el verdadero dolor, y que se manifiesta con la ternura y la fuerza que una tierra como Córdoba pueden dar. Un relato con música, One.

Cuando siento la brisa del amor,

ese amor verdadero,

y el calor de su corazón,

anhelo recoger tu pañuelo

para no sentir la soledad que alguién me dejó.

 

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