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El juego (2n. capítulo) / Novelasxentregas

El Juego, una novela por entregas de Alfonso Carrasco (Mollet del Vallès, Barcelona)

Del primer capítulo

Laura sirvió el café con leche a Sofía y le puso otro plato pequeño con dos donuts. Lo dejó todo sobre la barra justo entre dos personas que había apoyadas en la barra, dándose la espalda entre sí y dejando un pequeño hueco entre espalda y espalda por el que Sofía alcanzó a ponerse el azúcar, remover un poco con la cucharilla y, con mucho cuidado, llevarse la taza hasta la boca. Justo al devolver la taza a su posición inicial sobre el plato situado en la barra, uno de los dos hombre hizo un movimiento inesperado, rozando el brazo de Sofía, que derramó sobre la espalda del otro cliente parte del café con leche, al mismo tiempo que Sofía, previendo el altercado, hizo un gesto lastimoso con la cara. El hombre, al notar el calor del líquido derramado sobre parte de su espalda, se giró bruscamente.

—¡Perdón!, ¡perdón! —dijo Sofía—. Ha sido totalmente involuntario.

—¡Ostras, la americana! —dijo el hombre intentando mirarse la espalda.

—Lo siento muchísimo, el señor me ha tocado el brazo y no he podido evitarlo. Si quiere, nos acercamos a mi tienda, que está al lado mismo, y se la limpio.

—No se preocupe, tengo otra en mi despacho, estas cosas pasan —dijo amablemente el hombre.

—Por favor, insisto, vayamos a mi tienda y en cinco minutos le intento quitar la mancha. Laura —dijo dirigiéndose a la camarera que seguía haciendo cafés—, todo esto anótalo, que luego te lo pago.

Un relato con música. La bella María de mi amor.

 

Segundo capítulo

Ante la insistencia de Sofía y las miradas de parte de la clientela de la pequeña granja, el hombre se limitó a seguirla con la americana sobre su brazo y a paso ligero, en camisa y corbata, se dirigieron hacia la boutique. Los escasos cincuenta metros que separaban la granja de la boutique fueron un continuo lamento por lo sucedido por parte de Sofía, con un sinfín de disculpas por su parte.

Una vez subió la persiana automática, entraron en la tienda y se dirigieron al almacén que había en la parte posterior del local, Sofía le pidió la americana y la puso en una especie de tabla que se solía usar para el planchado.

—Le pondré este quitamanchas que es infalible y no se preocupe, si no se llega a quitar la mancha y quedar como nueva, le compraré otra igual —dijo Sofía con un tono de culpabilidad que rozaba el sufrimiento.

—No se preocupe, es sólo una mancha —respondió el hombre.

—Sí, me preocupo, yo he sido la causante de esto y he de repararlo. Mejor aún, si lo desea, cómprese otra igual, donde usted quiera y yo se la pagaré

— No, por favor, no es para tanto, de verdad. Es muy amable por su parte. Mi compañero estaría encantado con usted, él es diseñador de ropa y por lo que veo usted también debe serlo —dijo.

—¡Vaya casualidad! Por cierto, me llamo Sofía —le dijo extendiéndole la mano.

—Yo soy Jorge, abogado. Tengo un despacho en la planta veintitrés.

Jorge era delgado, moreno, con el pelo rizado y una estatura normal, ni muy alto ni muy bajo. Tenía unos ojos marrones y una mirada penetrante. Parecía inteligente y extrovertido. Pero normalmente Sofía, debido a su experiencia en la vida, nunca se fiaba de las primeras impresiones y apariencias, aunque digan que es lo más importante al conocer a alguien.

—Vaya, pues no me suena haberte visto nunca por aquí. Espero que no vayas a demandarme —dijo Sofía lanzando una fina sonrisa.

—No, por Dios, ni mucho menos, seguramente perdería yo el juicio —dijo Jorge devolviéndole la sonrisa y contagiando la misma a Sofía.

—¿Así que tu compañero es diseñador también? —volvió a preguntar Sofía intentando mantener una conversación mientras frotaba fuertemente con el quitamanchas la americana de su nuevo interlocutor.

—Sí, vivimos juntos desde hace unos tres años y nos conocimos en uno de los juicios en el que mi cliente era su demandante.

—¡Vaya casualidad! —dijo, casi gritando.

Sofía estaba alucinando, nunca se había fumado un porro, pero supuso que aquello era lo que debía pasar. Había conocido el mismo lunes a un gay, algo que para su juego le daba ventaja, pues tenía toda la semana para conocerlo e intentar que le acompañara el próximo viernes a su partida.

—¿Casualidad? —preguntó Jorge desconcertado.

—Oh, sí, sí, quiero decir… —Intentó pensar algo y rápido—. Que mira que conocer a alguien en un juicio y luego ser tu pareja —dijo casi instintivamente e intentando disimular el nerviosismo y la excitación en la que se encontraba en aquellos momentos con una forzada sonrisa.

—Pues sí, debe ser casualidad. ¿Tú estás casada? —preguntó Jorge.

—Sí, estoy felizmente casada, dede hace muchos años, demasiados creo yo.

—Aha, yo también lo estuve, pero luego me di cuenta.

—¿Te diste cuenta?

—Bueno, quiero decir, que mi mujer ya no me atraía.

—Ya. Entiendo. Y, ¿buscaste una aventura?

—No, entonces conocí a Toni, mi actual pareja.

—Ah, claro, ya entiendo. Oh, no pasa nada, yo también tengo amigos como tú. —Sofía mintió, pero estaba improvisando.

—¿Como yo? ¿A qué te refieres? —preguntó Jorge.

—Oh, quiero decir… —Se dio cuenta de su metedura de pata—. Pues eso, que tengo amigos a los que también les gustan los hombres y no pasa nada, soy una mujer de mente abierta, del siglo XXI. —Forzó una sonrisa.

Tras estar unos minutos frotando la americana, la mancha se había diluido un poco, pero ni muchos menos había desaparecido.

—Se me empieza a hacer un poco tarde —dijo Jorge mirando su reloj—. Tendría que irme hacia el despacho.

—Sí, sí, claro. Voy a hacer una cosa, a mediodía, si te va bien, pásate por aquí, tendré solventado lo de tu americana, te lo aseguro.

—De acuerdo, pero no te apures, no pasa nada.

—Por favor, y acepta mis disculpas nuevamente.

—Bueno, me marcho. No te olvides de pagar el café —dijo con otra sonrisa.

—Claro, claro, no hay problema, no me olvidaré.

Jorge salió de la tienda y se marchó por donde había venido. Sofía se quedó pensativa, en su vida lo había visto, ni siquiera le sonaba su cara, pero ahí estaba lo que buscaba y lo tenía encima de su cabeza, justo en la planta veintitrés.

Juanjo había empezado el lunes muy temprano, tenía turno de mañana y, para colmo, se había incorporado un nuevo agente, con lo que le tocaba como compañero a él, ya que era el encargado de dar formación a los recién llegados. El nuevo agente era un joven atlético y musculado, pelo rubio y de enorme altura, debía medir casi dos metros.

Las pruebas de acceso cada vez eran más duras, por los muchos aspirantes, por lo que los nuevos que llegaban al cuerpo cada vez tenían más capacidad e intelecto, aunque había excepciones algunas veces. Después de tomar un café amargo en la cafetería de la comisaría, su nuevo compañero y él se dirigieron hacia el parking, cogieron el coche asignado y salieron hacia la zona sur de la ciudad; hoy darían una vuelta por el extrarradio de la ciudad.

Dejó conducir al novato, era la táctica que se solía hacer para que los muchachos se aprendieran los entresijos de las calles, ya que como copilotos se distraían con cualquier tontería que veían y luego no recordaban las rutas.

—¿Por qué te hiciste policía? Un tipo listo como tú y con una carrera recién acabada… —le preguntó para romper el monótono silencio.

—Por tradición, señor. Mi padre fue durante muchos años capitán de policía hasta que murió.

—Vaya, así que desde que naciste, ya sabías que ibas a ser policía —dijo sin aparatar la vista de la carretera.

—Más o menos, señor —le respondió el joven.

—¿Pues sabes?, no vale la pena, muchacho.

—¿No vale la pena?, ¿por qué señor? —le inquirió.

—Porque cuando llegas aquí, al mundo real, y sales de la academia, ves que lo que has aprendido no vale para nada.

—Disculpe, pero no le entiendo, señor.

Había iniciado un sin fin de conversaciones así con todos los nuevos y las respuestas eran idénticas. Más que una conversación intrascendente, era como un rutinario examen a los nuevos.

—Mira, te vas a jugar la vida en cada intervención y cuando por fin logres meter a un desalmado en la cárcel, antes de que acabes tu jornada, habrá salido por la puerta, eso si no te pega un tiro ‘accidentalmente’ y te manda al otro barrio.

—Bueno, pero ese no es un problema mío, será de los jueces en todo caso que aplican la ley y…

—Déjate de gilipolleces —le dijo cortándole la conversación—. Los jueces están en su casa durmiendo, mientras tú ahora mismo, a las siete de la mañana, te estás jugando la vida, y ese sí es un problema tuyo. Hazme caso, chaval, no vale la pena.

—Lo tendré en cuenta señor.

—Y otra cosa, chaval.

—Dígame, señor.

—¡Deja de llamarme ‘señor’ en cada frase, es más, no me digas nunca más señor! —le dijo mirándole a los ojos.

—De acuerdo.

El coche circulaba por la avenida hacia el sur de la ciudad y, por suerte, en dirección norte es donde se aglutinaba todo el tráfico de entrada hacia el centro, con lo que la caravana de coches se hacía interminable y ellos, aunque con alguna que otra parada por los semáforos, avanzaban a buen ritmo. El nuevo agente era escrupuloso con las normas de circulación, aminoraba la marcha en exceso en todos los cedas y stops, y si el semáforo se ponía en ámbar, detenía el vehículo; incluso circulaba por el carril derecho, sin adelantar a ningún otro coche, con lo que poco a poco Juanjo se iba poniendo nervioso, algo que el silencio en el que viajaban ayudaba a aumentarlo.

De pronto la radio del coche les informaba de que había una pequeña pelea dos calles más abajo, por lo que Juanjo contestó que se aproximaban hacía allí. Puso la sirena y las luces exteriores empezaron a funcionar iluminando todo a su paso.

—Vamos a ver cómo conduces —le dijo al novato.

—De acuerdo… señor. —Fue instintivo y se dio cuenta, el muchacho, mirando a Juanjo.

—No te pongas nervioso y déjame actuar a mí —dijo Juanjo mientras se ajustaba la gorra y cogía la porra reglamentaria introduciéndosela en el cinturón.

Llegaron en menos de un minuto al lugar del altercado. Era un pequeño bar donde varias personas estaban en el exterior, alrededor de dos jóvenes que estaban enzarzados en una pelea en el suelo. Uno de ellos llevaba una especie de puño americano e intentaba darle golpes al que estaba tirado en el suelo, con sangre, que escupía lastimosamente e intentaba devolver los golpes a su adversario, pero todos ellos se perdían en el aire. Detuvieron el coche en la puerta, en mitad de la calle, y bajaron los dos del coche. El novato seguía a Juanjo y le dejó actuar.

—¡A ver!, ¿qué pasa aquí? —gritó Juanjo a la multitud, que les abrió paso instintivamente hasta que vio a los dos jóvenes en el suelo.

—Se están matando entre ellos —dijo uno de los improvisados mirones mientras los dos jóvenes seguían golpeándose.

—¡Sepáralos! —indicó Juanjo al novato, que de inmediato agarró por los hombros al joven que estaba encima del otro y lo levantó medio metro del suelo sin apenas esfuerzo.

—¿Qué coño pasa aquí? —preguntó Juanjo al joven que quedaba en el suelo.

—Nada, joder. ¡Ese hijo de puta me quería robar! —gritó el joven, mientras escupía sangre de la boca.

—¡Es un jodido maricón! ¡Un pervertido! —gritó el otro joven.

—¡Venga poneos los dos contra la pared! —gritó Juanjo mientras ayudaba a incorporarse al joven. Al mismo tiempo, el novato le quitó el puño de hierro al otro joven, lo llevó hacia la pared con el brazo retorcido y empezó a registrarlo.

Continuará…

 

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El juego (1r. capítulo) / Novelasxentregas

Una novela por entregas de Alfonso Carrasco (Mollet del Vallès, Barcelona) . Un relato con música. After Ventus

Sergio cerraba la puerta de la pequeña habitación que había en el interior de la sala en la que estaban reunidos, como cada viernes, los cuatro amigos participantes del juego. La sala, que en realidad era el garaje de su casa, no había sido elegida por casualidad, sino porque Sergio estaba separado, no tenía hijos ni novia fija, sólo amigas de fin de semana, por lo que la casa estaba siempre sola, sin alboroto de niños ni de ninguna persona que pudiera interrumpirlos en mitad de la partida. Por eso los viernes se reunían los cuatro amigos para jugar y distraerse de las tensiones de la semana; lo llevaban haciendo desde hacía varios años y nunca, bajo ninguna circunstancia, ninguno de ellos había faltado a la cita, y así esperaban seguir haciéndolo.

Cada uno de ellos tenía una vida, una familia, incluso distintos amigos, pero la noche de los viernes era suya, de los cuatro. Se reunían alrededor de la mesa y, si el juego había sido bueno, la diversión y las horas de conversación se hacían fascinantes y, además, se planificaba la jugada para la próxima semana, todo ello sin olvidar sus quehaceres diarios a lo largo de ella.

Tal vez para Sofía, eso era lo más interesante de todo, no sólo la reunión semanal y el propio juego, sino el preparativo en sí; ella trabajaba en una boutique de ropa, de alta costura, como le gustaba decir pomposamente, aunque en realidad era una franquicia de ropa de marca en el centro de la ciudad que regentaba desde hacía varios años con su socia. Estaba felizmente casada con un hombre, mayor que ella, banquero de profesión, y, aunque no tenía hijos, tampoco los echaba de menos; el futuro para ella era simplemente vivir el presente, todo lo demás ya vendría.

Realmente vestía siempre muy elegante, era atractiva y su larga melena de pelo oscuro junto a su cuerpo estilizado resaltaba una figura atrayente a la mayoría de hombres y, aunque los años no perdonan, mantenía el glamour que de joven sin duda había tenido. Sofía era una persona culta, hablaba varios idiomas con soltura y con su marido había recorrido medio mundo en cruceros de lujo, algo que acabó aborreciendo y, como algunas veces había insinuado, su boutique era un entretenimiento más que una necesidad, un punto de encuentro donde podía conocer mucha gente, y eso para el juego era muy interesante y la hacía una jugadora aventajada.

Sergio era un tipo alto, medía casi dos metros y en su juventud había aprovechado su envergadura para jugar a básquet en algunos equipos de la universidad donde estudió Económicas, trabajaba en una multinacional de alimentación como responsable del área de compras; un trabajo desquiciante según sus propias palabras, por lo que muchas veces se le notaba muy cansado y en alguna ocasión había dado una cabezadita en mitad de la partida, algo que sus compañeros de mesa le habían reprochado.

El tercer jugador se llamaba Luis, un joven de apenas treinta años, muy atractivo y con innumerables novias, tantas que en más de una ocasión había confundido el nombre y le había puesto en serios aprietos. Vestía siempre de manera informal con sus tejanos y camisas de marca y, en alguna ocasión, por motivos de trabajo estaba obligado a llevar corbata, algo que no le disgustaba, pero sí le incomodaba, sobre todo en verano; tenía una curiosa teoría sobre las corbatas y es que la mayoría de gente se las pone, no porque forme parte de su atuendo, sino simplemente porque su interlocutor también las lleva. Entró a jugar por pura casualidad, ya que era amigo y a la vez cliente de Sofía, o tal vez algo más, aunque eso nunca se ha podido probar, pero el resto de jugadores así lo pensaba. Trabajaba como agente comercial de una empresa de servicios informáticos desde hacía un par de años, justo cuando acabó la carrera, aunque sabía que ese no sería su trabajo definitivo.

Acabó la carrera de ingeniería tarde, muy tarde, ya que estuvo durante algunos años trabajando como modelo para una marca muy conocida de ropa internacional, pero cuando superó cierta edad, prescindieron de él y retomó sus estudios.

Por último, está Juanjo; en realidad se llamaba Juan José, pero ese nombre siempre le había parecido muy largo y prefería que sus amigos le llamaran simplemente Juanjo. Era policía local en la ciudad y en alguna ocasión había recibido llamadas en medio de la partida por culpa de alguna emergencia, aunque siempre se lo había montado para no tener servicio los viernes por la noche, incluso llegando a pagar las guardias a alguno de sus compañeros.

Rozaba los cincuenta años y, desde que entró como policía local, había visto de todo, desde suicidios, asesinatos, robos, engaños, y un largo etcétera de sucesos más o menos desagradables, lo típico, según comentaba él, en una ciudad como esta. Llevaba casado un montón de años, tenía dos hijos y su hijo mayor también era policía, pero por incompatibilidades estaba como policía nacional fuera de la región.

—¿Nos vamos? —preguntó Sofía dirigiéndose a Sergio.

—Sí, es un poco tarde y hoy la partida se ha alargado más de lo previsto

—le respondió mientras limpiaba el suelo con una escoba.

—¿Te ayudamos a limpiar esto? —preguntó Juanjo.

—No, no, mañana por la mañana lo acabo de limpiar todo, no os preocupéis —respondió Sergio.

—Vaya, ¿no tendrás amiguita mañana en casa? Porque, si es así, vengo a ayudarte —le dijo Luis en tono irónico, lo que dio pie a que se oyera un murmullo de risas en la sala.

—Habrá amiguita, pero será por la tarde y, tranquilo, no necesito ningún semental. Aprovecharé la mañana para limpiar el resto de lo que hemos dejado aquí, no os preocupéis —le respondió Sergio en tono burlón.

—Pues nada, que pases una buena noche —dijo Sofía haciéndolo extensivo a cada uno de los presentes.

Se dirigieron hacia la escalera que comunicaba el resto de la casa con el garaje y, justo antes de subir, Sergio les habló desde abajo:

—Recordad el juego, para la semana que viene nuestro personaje invitado ha de ser un gay, y que cojee —dijo con una amplia sonrisa, como recordándoles el reto.

—Sí, no te preocupes —le dijo Luis desde la escalera—. Cuídate muchacho.

Subieron la estrecha escalera que los condujo hasta el comedor de la casa y, uno tras otro, se pusieron sus respectivas chaquetas y salieron a la calle. No había ni un alma, pues ya eran casi las dos de la madrugada y cada uno de ellos se dirigió hacia donde tenía aparcado su coche, caminando calle abajo.

—El de la semana que viene no lo ganaré yo, seguro —dijo Sofía con resignación.

—Eso nunca se sabe, mujer. En el sitio menos esperado, surge la sorpresa.

—Intentaba consolarla Luis, pero en el fondo sabía que lo tenía difícil—. Además, estás en racha, ¿cuántos puntos llevas ya?

—Creo que con el de hoy ocho, ¿y vosotros? —preguntó deteniéndose a la altura de su nuevo coche.

—Yo llevo seis puntos —dijo orgulloso Luis.

—Pues vaya mierda, yo sólo llevo tres puntos —apuntó Juanjo—. Tengo que espabilarme, si no me quedaré muy descolgado y me volverá a tocar pagar la cena de fin de año, joder.

—Mira que tú lo tienes bien, cariño —le dijo Sofía coloquialmente—. Con tu trabajo no te resulta difícil encontrar invitados.

—El problema es que siempre voy acompañado —dijo mirándola.

—Entiendo —dijo Sofía, al tiempo que le daba al mando a distancia y las luces de los intermitentes parpadearon, dándole la bienvenida su flamante 4×4 Pathfinder de color negro.

—Vaya carro, nena —dijo Luis echándole un vistazo al coche—. ¿Te lo ha regalado tu marido?

—Sí, tiene una semana —dijo orgullosa.

—Los asientos traseros deben de ser muy cómodos —le espetó Luis con una sonrisa cómplice y un guiño de ojo dirigido a Juanjo.

—Sí, imagino que lo son; y los delanteros se pueden echar hacia atrás hasta una posición increíble —dijo Sofía subiendo al coche.

—Toma nota Luis —dijo Juanjo en tono paternal.

—Oye, si un día de te separas de tu marido, dile que yo lo quiero mucho—dijo Luis provocando unas sonrisas entre sus dos amigos.

—Venga, buenas noches y cuidaos mucho. Nos vemos la semana que viene —dijo Sofía antes de cerrar la puerta y, tras poner el coche en marcha, salió del aparcamiento en dirección a la ciudad.

Luis y Juanjo se quedaron solos en medio de la acera y empezó a llover; era la típica lluvia fina que parece que no te moja, pero que al rato se te han empapado hasta los calcetines de pisar charcos inoportunos. Se dirigían calle abajo hacia sus coches, echando un vistazo al negro cielo del que las nubes no dejaban ver ni una sola estrella.

—Va a hacer una noche de perros —dijo Luis.

—Sí, eso parece, y encima mañana tengo que trabajar —le espetó Juanjo.

—Yo dormiré hasta las diez, por lo menos. Luego me iré al gimnasio.

—Cojonudo chaval, aprovéchalo mientras puedas. Hace ya años que no piso un gimnasio.

Llegaron cada uno a su coche y, tras algunos comentarios sin sentido y algunas risas, se despidieron cordialmente; para ellos la noche del viernes ya había acabado y, hasta la próxima semana, la rutina y sus quehaceres dia rios volverían a ser la tónica de sus vidas y, muy posiblemente, ni se verían durante toda esa semana. Aunque los cuatro amigos residían en la misma ciudad, sus horarios, lugares de trabajo y ocio no coincidían casi nunca.

Pasó todo el fin de semana y, sin darse cuenta, todos empezaron a vivir el lunes con la rutina habitual; además no había ningún festivo en la semana con lo que les tocaría trabajar los cinco días. Sofía llegó a su boutique pasadas las ocho de la mañana; aunque no abría hasta las nueve, siempre llegaba la primera, pues acompañaba a su marido en el coche hasta la oficina del banco y este siempre abría a las ocho en punto, como todos los bancos.

Era una manera de ahorrar, argumentaba ella, ya que así sólo utilizaban un coche y la ciudad era un caos a primera hora, y más los lunes. Aparcaba su coche en la planta baja del mismo edificio que tenía su tienda y aprovechaba esa hora para desayunar en la acogedora granja que había justo en la esquina. No conocía a nadie, pero todas las caras siempre eran las mismas; debían de ser personas que trabajaban por los alrededores y, al igual que ella, antes de entrar, aprovechaban para tomar un café. A la única persona que solía saludar era a Laura, una preciosa joven de apenas una treintena de años que, desde hacía un par, regentaba aquel local y a la que, a veces, le había comentado que cogiera algún ayudante, porque a la hora punta de los cafés, no daba abasto para servir a la clientela. Alguna vez había visto a más de uno irse sin pagar entre el bullicio de la gente y el no dar abasto la pobre Laura detrás de la barra. Hoy le volvía a insistir.

—Laura, cuando puedas, un café con leche y alguna pasta, la que más rabia te dé —dijo gritando y moviendo los brazos desde detrás de una pareja que desayunaba pomposamente en la barra.

—Buenos días, Señora Sofía, marchando —dijo Laura mientras hacía varios cafés al mismo tiempo en la cafetera y preparaba los pequeños platos con un sobre de azúcar y una cucharilla.

—Hoy también está lleno esto, ¿eh? Cómo se nota que es lunes —le volvió a decir como dándole pie a iniciar una conversación.

—Pues sí, un poco, pero a mí ya me está bien —le dijo con una sonrisa.

Laura sirvió el café con leche a Sofía y le puso otro plato pequeño con dos donuts. Lo dejó todo sobre la barra justo entre dos personas que había apoyadas en la barra, dándose la espalda entre sí y dejando un pequeño hueco entre espalda y espalda por el que Sofía alcanzó a ponerse el azúcar, remover un poco con la cucharilla y, con mucho cuidado, llevarse la taza hasta la boca. Justo al devolver la taza a su posición inicial sobre el plato situado en la barra, uno de los dos hombre hizo un movimiento inesperado, rozando el brazo de Sofía, que derramó sobre la espalda del otro cliente parte del café con leche, al mismo tiempo que Sofía, previendo el altercado, hizo un gesto lastimoso con la cara. El hombre, al notar el calor del líquido derramado sobre parte de su espalda, se giró bruscamente.

—¡Perdón!, ¡perdón! —dijo Sofía—. Ha sido totalmente involuntario.

—¡Ostras, la americana! —dijo el hombre intentando mirarse la espalda.

—Lo siento muchísimo, el señor me ha tocado el brazo y no he podido evitarlo. Si quiere, nos acercamos a mi tienda, que está al lado mismo, y se la limpio.

—No se preocupe, tengo otra en mi despacho, estas cosas pasan —dijo amablemente el hombre.

—Por favor, insisto, vayamos a mi tienda y en cinco minutos le intento quitar la mancha. Laura —dijo dirigiéndose a la camarera que seguía haciendo cafés—, todo esto anótalo, que luego te lo pago.

continuará…

 

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Un mundo posible

A estas alturas solo trato de buscar un “mundo posible” para todos, donde haya pueblos y ciudades que nos incluyan, donde haya rincones que excluyan lo sórdido y lo feo. Ojalá pudiera deciros que he encontrado el lugar donde nacer y no haya que morir.

Mientras, me armaré con unas tijeras para cortar lo que nos impide la felicidad; colocaré una puerta para abrirla al amor; me pondré unas gafas para tener una mejor visión de la vida; regalaré sonrisas para que adornen vuestros rostros; pondré en vuestras casas espejos para que veáis la hermosura que hay en vosotras y vosotros; os cubriré con abrigos cuando sintáis el frío de la soledad y, al partir, os dejaré una cajita para que guardéis hasta la eternidad todo lo bueno… Y a fe que lo intentaré y, si no lo consigo, en el infierno habré de arder.

Una propuesta de guión de cortometraje convertida en cuento a cargo de Alfons Carrasco (Mollet del Vallès, Barcelona). Con música y los mejores deseos, siempre.

 

Un hombre, sentado en su trineo, cruza la pequeña montaña donde la nieve cubre con su manto blanco el áspero y duro terreno. Al fondo, una pequeña caravana con tres hombres cabalgan en sus grandes camellos siguiendo la estela de una luz imaginaria en forma de estrella…

…desde lo alto de la montaña, el hombre les saluda con el brazo extendido, y éstos les devuelven el saludo…

…la magia de la navidad inunda esos instantes…

…y todos buscan un único deseo: llevarte la felicidad a ti y a los tuyos…

…Posiblemente esos hombres sean Papá Noel, y los Reyes Magos, pero posiblemente sean hombres como tú y como yo…

…que tan sólo luchan por buscar un mundo mejor para todos…  

 

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Nervios en la parada

La cosa fue, más o menos, de la siguiente manera: sábado por la mañana. Era el sábado, 10 de diciembre, pero podría haber sido cualquier sábado, cualquier día porque la imaginación tiene la bendita virtud de no conocer de fechas, ni calendarios, ni estaciones. Frente al ordenador, ordené unas cuantas ideas. De repente, porque la imaginación es capricho, me vino a la cabeza cuatro formas de parar el mundo: besa despacio, ríe alto, más allá incluso, ama intensamente y perdona rápido, aún más. A ello, se sumó aquello que dijo Sócrates y que aderezo con un giro hacia la profundidad: “habla, y escribe, para que yo te vea”. A través de Facebook, recibí un mensaje. Lo más importante no era lo qué decía sino quién lo decía y desde dónde lo decía: Córdoba. ¿ Qué tiene Córdoba que no tenga otra ciudad”, me pregunté. Sólo un alma cordobesa de excelsa pluma lo puede transmitir, me dije.

De ahí surgió esta breve narración, a modo de imaginación, dedicada a la Córdoba de María del Pino. Cabe señalar que me ayudo los compases inigualables de Paco de Lucía y su “entre dos aguas” que, aún sin ser cordobés, es universal y en sus manos y sus cuerdas atesora un profundo sentimiento, “jonda” alegría con la que (casi) pude sobrevolar el cielo corbobés, el cielo de Andalucía.

 Debe ser difícil alejarse hoy en día del mundo. O, quizás, sea posible quedarse donde uno está para alejarse de todo, en una ciudad que me incluya, donde los caprichos son maravillosos pretextos para soñar otros mundos posibles, donde el amor ya no es la agonía de la ausencia sino el deseo de la compañía para calentar las ho…ras de soledad y eliminar la sensación de quietud excesiva, ligado a una hora del día, la que quieras, y a una estación, la que imagines. Estoy en Córdoba, no sobre Córdoba.

Veinticuatro horas después, porque la imaginación tiene esa bendita virtud de transcurrir y discurrir, María del Pino, desde Córdoba, me escribía un precioso relato -dedicatoria incluida-, que daba un extraordinario sentido a dos cosas aparentemente inconexas hasta crear un algo especial. Recordáis aquello de que “quien tiene un amigo, tiene un tesoro”, frase legendaria que, últimamente, dicha de esta manera, apenas se emplea.

Y es que el tiempo es así de extraño, a cambio de todo lo que nos arrebata nos concede algo: a veces es un amigo, a veces es un mejor entendimiento de nosotros mismos, a veces sólo es un día perfecto. En veinticuatro horas se dieron las tres beatitudes.

Clica sobre la imagen de María para sentir la melodía: mar antiguo  

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De María del Pino para Goyo Martínez (gracias María). De su blog personal, http://maria-009m.blogspot.com/

“Nervios en la parada”

 Para ti, Goyo:

          Un día, se encontraba sentada leyendo su libro favorito, en la parada del autobús, una muchacha de larga melena morena, ojos verdes y tez clara. Mientras redactaba en el móvil un mensaje para su amiga, se le acercó un hombre de aspecto amable, le dio los buenos días y se sentó a su lado.
          Ella comenzó a temblar, olvidándose así de la amiga, del mensaje, de su nombre y de media vida. ¡Lo conocía! Por gracia del destino, era su escritor favorito. Lo seguía con ahínco desde su Blog. «¿Cómo podía haber ocurrido semejante milagro?», se preguntó. Guardó el móvil y metió la mano en el bolso para buscar la novela que siempre llevaba consigo. Sin embargo, no encontraba el dichoso y preciado libro. Se puso aún más nerviosa, quizás, más que eso… ¡ATACADA!.
         Durante diez minutos se estuvo preguntando una y mil veces en si hablarle o no… pues no tener el libro la cohibía demasiado.
         –¿Hace mucho que pasó el último? –preguntó él mirando el reloj.
        Con la mirada al frente, la jovencita tan sólo zarandeó la cabeza hacia los lados, negando.
        Transcurrieron diez minutos más y, habiendo pasado ya dos autobuses, él la volvió a mirar con gracia y alegría.
        –¿Paran muchos más números aquí?
        Ésta simplemente pudo negar con la cabeza a la vez que su cuerpo se heló ante la tensión. Tal era el respeto que le tenía, que ni se atrevió a hablar. ¿Qué podría pensar de ella si lo asaltaba por las buenas? ¿Que era una niña estúpida que tartamudeaba? ¿Una alocada fan? O peor… ¿alguien que le quería sacar los cuartos?… ¿Los traseros y los delanteros? No, no le hablaría, pues con lo nerviosa que estaba, se decía a si misma que era capaz de decir alguna burrada.
        A los cinco minutos, le comenzaron a sudar las manos. Tan notable era su intranquilidad, que él comenzó a mirarla mientras escribía una nota en su cuaderno de cuero negro.
        –Perdona, ¿te encuentras bien? –indagó el escritor con amabilidad al ver el nerviosismo en la muchacha.
       Con un movimiento seco de cabeza dijo que sí, haciendo que él virase su vista al frente tras una risilla. Justo en ese instante aparece, a los lejos, su autobús. Es el último número y el último que pasaba en el día. Dio un respingo y se le cayó de las piernas el libro de “El Espía de Madrid” al suelo. Él lo miró, se lo recogió y sonrió afablemente, como esperando a que ese momento llegara.
        –¡Anda! ¡Pero si estaba ahí! –exclamó la joven inquieta al ver su tremendo despiste–. ¿Sería tan amable de firmármelo, por favor? Es que… soy admiradora. ¡Me encanta!
         Goyo Martínez, al fin, agarró el libro entre sus manos esbozando una agradable y amplia sonrisa. Escribió lo más rápido que pudo, se lo entregó y se despidió con dos besos. Acto seguido, ella se montó en el bus justo en el último aviso del impaciente conductor.
         Una vez dentro, abrió el libro y apreció que junto a la típica firma especial que siempre hacía con el corazón, se encontraba la nota que momentos antes él escribía.
        Esta decía:
       “Llevo un rato mirándote leer mi libro y me he acercado curiosamente cuando paraste y cogiste el móvil. Me gustaría, sino es mucho pedir, saber tu opinión de éste cuando lo acabes. Por favor, búscame en Facebook.
                                              Siempre tuyo, tuyo siempre. Goyo Martínez”.

 

 

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Al final del camino

Siento fascinación por las tumbas, una fascinación onírica y a la vez aterradora. Obsesión, quizás. Hace un tiempo un amigo me llevó de la mano a ver la tumba de Cortázar en el cementerio de Montparnasse. En el sitio no parecía haber nada de particular, pero sobre la lápida había una nubecilla gris y el aura del lugar hacía que pudieran suceder cosas extrañas o imaginadas. ¿Qué quieren?. Era París, años 20, pero podría ser cualquier lugar de la tierra. El tiempo pasa despacio cuando sé es joven. Hay algo insólito en la quietud de las piedras.

Sirva esta introducción para presentar un relato breve que nos conduce al fascinante mundo de nuestro interior, donde buscamos lo que el ser humano lleva siglos buscando. Quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos y, quizás, qué hemos hecho para merecer esto.

Un relato tranquilamente sobrecogedor de Empar  Baños, periodista, creativa, soñadora, escritora… de Sabadell (Barcelona). Un relato con música, palabras y melodías que nacen del secreto del corazón de una mujer.

Había pasado miles de veces por aquel lugar, por aquel camino que veía llegar a su fin. Cada paso que daba se transformaba en angustia, una angustia que crecía a medida que me aproximaba a la figura contorneada que se perfilaba en el horizonte de aquel camino sinfín.

Quería huir, dar media vuelta y echar a correr. Dicen que, en sueños, las piernas jamás responden a la orden de salir corriendo. Es exactamente así. Y lo sé porque lo revivo cada noche. Hasta aquella mañana.

Recuerdo que era invierno. El frío, de manera inexorable, se colaba por el abrigo y abrazaba perverso mis huesos. Había pasado mala noche, pensando demasiado en lugar de dormir. ¿Quién puede dormir cuando no puede dormir y le da por pensar como un inevitable golpe de fiebre?.

Me calcé las botas y empecé a caminar por el bosque situado junto a la residencia de estudiantes. Caminé y caminé, creyendo hacer camino. El tiempo discurría, no transcurría. Cuando quise darme cuenta, ni siquiera sabía dónde estaba en el camino, infinito.

Al levantar la vista, helada me quedé. Estaba frente al camino de mis pesadillas, aquél que no me dejaba huir. Todo era exactamente igual, como un postal que me enviaran día tras día, sin remitente, con idéntica imagen infinita, sin mensaje aparente.

Sentí pavor, el mismo horror de aquella noche, de todas las noches. Un detalle, el detalle, se repetía escalofriante en aquella escena onírica: aquella figura aterradora que durante años me venía a buscar en sueños y que jamás había dejado de esperarme al final del camino, que jamás dejaría de esperarme.

 

 

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Cuento de Navidad. El sueño de creer en la magia de nuestros corazones. IV capítulo

Por David Creus (Mollet del Vallès, Barcelona)

Relato, como siempre, con música. Clica sobre la imagen. ¡Heaven!

Era la figura de José la que me llamaba. No pude más y pregunté a Montse si ella también oía la voz. ”No”, respondió, por supuesto. Como hipnotizado, me acerque al pesebre. José me pidió que soñara, que escuchara su voz, solo yo lo escucharía.

Por un instante olvidé dónde estaba y le pedí una prueba de que no estaba loco. Su respuesta me dejó aún más perplejo. No se le ocurrió otra cosa que lo cogiera y lo pusiera sobre la mesa de los viejos sabios del rincón del bar.

Lo hice ante las miradas incrédulas de los asistentes, sobretodo de los viejos sabios, Juan y José. Me rogó que les preguntara sobre la magia de la Navidad. Así lo hice.

– Patrañas,-  respondieron los dos sin dejar de mirar con asombro la figura de José.

Entonces, José me preguntó si yo creía en la magia de la Navidad.

– Con tal de ver sonreír a un niño, vale la pena la Navidad,- le respondí.

Todos, sin excepció, contemplaron cómo hablaba sólo. No solo eso, hacía cosas extrañas. Entre el runruneó de los viejos sabios, convencidos de mi locura, Montse me indicó el camino de la cocina del bar, como si quisiera llamarme al orden. ¡Loco!. ¿Loco, yo?.

A todo esto, José le suplicó que le devolviera al pesebre, junto a María. También le dijo que no me preocupara: los sabios también experimentarían la magia de la Navidad aquel año.

Montse me pidió que me comportara de manera racional. Incluso, me ofreció ayuda. Yo traté de convercerla de que podía hablar con José, aquella figura del pesebre que, en apariencia, me volvía loco. Montse insistió. ¡Loco!. Entendí su reacción. Traté de bajar a la tierra y aposentar mi imaginación.

Salí del bar asustado, maldiciendo la dichosa Navidad.

Aquella noche, las pastillas me ayudaron a dormir; cerrar los ojos me asustaba mucho, aunque aún me espantó más la mañana siguiente.

Volví a la “cantonada”, el bar. Entré decidido, con paso firme y la cabeza gacha. Ni siquiera miré el pesebre. Al poco, entraron los viejos sabios.

¡Sorpresa!, entraron cantando un villancico. Como dos niños, cogidos de la manos de sus nietos. La escena me pareció, sencillamente, irreal. Entonces, puse la mirada sobre José tratando de buscar una explicación; él, me guió un ojo. Posiblemente, una visita al psicólogo no estaría de más, pensé.

Pregunté a los sabios que les ocurría. Ambos, para mayor sorpresa si cabía, me explicaron que su corazón rebosaba felicidad. ¿Habría sido José el que obró el milagro?.

José volvió a pronunciar mi nombre. Me acerqué y, sin quererlo pero tampoco sin evitarlo, me vi conversando de nuevo con aquella figura del pesebre.

– Me pediste una prueba,- me dijo. La prueba era los viejos sabios-. Descuida -añadió-, sus nietos, sus hijos, sus mujeres… todos aquellos que se acerquen a ellos gozarán de la misma magia.

José me puso a prueba, de nuevo. Debía sujetarlo y, a escondidas, colocarlo en un bolsillo de la chaqueta de Montse. ¿Sentiría la misma magia?.

Así lo hice, con disimulo, para evitar más comentarios, carcajadas y sarcasmos sobre “mi locura”…

La sorpresa en el bar crecía, como la haría una partitura “in crescendo” en su punto álgido, allí en el punto del desenlace, cuando algo cómico o trágico ha de suceder. Los sabios ordenaban las figuras del pesebre. “Pronto llegará la fecha del niño Jesús”, se dijeron, al tiempo que señalaban el tránsito de la estrella hasta llegar a Belén.

No sólo hablaba José, también lo hizo María. La locura pareció desbocarse. María me habló con voz dulce y aterciopelada. Y me dijo…

(continuará)

 

 

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Cuento de Navidad. El sueño de creer en la magia de nuestros corazones. III capítulo.

Un cuento de David Creus. Relato con música. Clica sobre la imagen.

 

… Salí del bar pensando que debía mentener en silencio mi locura. Posiblemente, sería motivo de risa, de sarcasmo, si hacía algún comentario. Quién podía creer que José, el carpintero, me guiñaba el ojo, o se movía por el pesebre.

Recuerdo que aquel día me fije en todos los San José de los pesebres que me encontraba, mientras paseaba por mi pueblo, observando los belenes que encontraba en el camino. Ninguno me hizo sentir nada como el José del bar de Montse.

Aquella noche sí que me costo dormir. Deseaba que el reloj avanzase veloz para regresar al bar de Montse. Me levanté más temprano de lo habitual, me apresuré a vestirme y corrí hacia el bar.

Montse, al comprobar mi excitación, me preguntó si me ocurría algo. “Nada”, le dije. Los viejos sabios reían de mí, entre dientes y con falso disimulo. Pensé que tenían razón, y volví apresurado a mi esquina, a mi rutina, a saborear mi cortado, perdiéndome en la lectura del periódico. Al pasar unos minutos, mi presencia volvería a pasar desapercibida y podría volver a dirigir mi mirada al pesebre, pensé.

José no se encontraba donde lo deje. María permanecía en su sitio, así como todas las figuras del pesebre; a José lo encontré fuera del poblado, como si observara la llegada de los Reyes Magos. Pensé, de nuevo, que aquello me estaba afectando mucho.

No me atreví a tocar su figura y, sin darme cuenta, le había dado vida en mi cabeza, sintiendo un miedo atroz a que fuera obsesivo.

Era del todo imposible que una figura de pesebre se moviera, y aún menos posible era que José se encontrara al cuidado del poblado para tener todo preparado una vez llegado el día esperado.

Solo era un sueño. Quise desconectar del pesebre sin buscar ninguna lógica a lo que mi cabeza me transmitía, haciéndome sentir una magia que tal vez aquel año necesitaba.

La situación empezaba a ser obsesiva, afectaba a mi cordura. Volví a mi periódico saboreando mi cortado, anhelando la normalidad.

De repente, oí una voz gruesa que pronunciaba mi nombre; no fui capaz de asociar la voz a ninguno de los amigos del ríncón que nos encontrábamos en el bar. No hice excesivo caso. De nuevo, escuché mi nombre. Aumentó mi preocupación. ¡Locura!. Inconscientemente, dirigí la mirada al pesebre; fue entonces cuando descubrí que mi locura era ya absoluta.

Era la figura de José la que me llamaba. No pude más y pregunté a Montse si ella también oía la voz. “No”, respondió, por supuesto. Como hipnotizado, me acerque al pesebre. José me pidió que soñara, que escuchara su voz, solo yo lo escucharía.

Por un instante olvidé dónde estaba y le pedí una prueba de que no estaba loco. Su respuesta me dejó aún más perplejo. No se le ocurrió otra cosa que lo cogiera y lo pusiera sobre la mesa de los viejos sabios del rincón del bar…

 

 

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