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EL LEGADO

Ayer durante la cena me hablaba el viejo de la imprenta de la existencia de un Reloj del Apocalipsis o Reloj del Juicio Final. Por lo visto, tras la II Guerra Mundial, y asustados por el alarmante auge del armamento nuclear, la junta directiva del Boletín de Científicos Atómicos de la Universidad de Chicago – siempre la Universidad de Chicago-, creó este reloj simbólico para representar el riesgo permanente de desaparición de la raza humana.

El viejo me contó que, según estos científicos, los humanos estamos siempre a minutos de la media noche, hora que utilizan para representar el apocalipsis. En 1947, año de nacimiento del reloj, colocaron sus manecillas en las 23:53 horas, es decir a siete minutos para el final.

Sin embargo, calculé mentalmente y caí en la cuenta de algo que me pareció injusto: mientras en Chicago, el fin llegaría a las 23:53 h. del 19 de agosto, aquí lo haría a las 06:53h., en Tokio, a las 13:53h. y en la Polinesia francesa ya sería incluso 21 de agosto.

No calculé la hora en Londres. Primero, porque no me importaba demasiado, aunque esa no es una razón de peso. Y, segundo, porque los británicos siempre van a la suya en cuestión de horarios, sentidos, direcciones…, lo cual detesto. Y aún detestó más su arrogancia de que son ellos los que poseen la verdad de lo correcto y nosotros, los equivocados.

En definitiva, el fin alcanzaría a unos cenando, a otros despertándonos, a otros comiendo y a los de más allá, poniéndose el pijama porque alguien, caprichoso, quiso que el ser humano nunca vaya a la misma hora.

El viejo, que a medida que pasan los minutos, las horas, los días, las semanas, los meses y los años ganan en curiosidad – quizás sea por eso que se mantiene viejo-, me explicó que, en cada número del Boletín de la dichosa Universidad de Chicago, y en función de los acontecimientos, las manecillas se actualizan, pudiendo atrasarse o avanzar hacia el fatídico final, como si el hombre tuviese una suerte de poder universal para decidir sobre su destino. ¡ Ilusos !, pensé. El viejo me dio la razón.

En un primer momento, el movimiento del reloj dependía del riesgo nuclear, pero con el tiempo se empezaron a tener en cuenta otras circunstancias como los avances tecnológicos, el cambio climático, los movimientos geopolíticos, etc.

– Dicen – detalló mi querido viejo- que el momento en el que hemos estado más cerca del Juicio Final fue en 1953, cuando EEUU y la Unión Soviética empezaron a realizar pruebas con su armamento nuclear. Nos quedamos a 2 minutos. Por el contrario, la vez que más lejos hemos estado fue precisamente cuando esas mismas potencias, en 1991, firmaron los tratados de desarme que daban por finalizada la Guerra Fría. Estuvimos a 17 minutos.

– Y, ¿ cuándo se actualizó por última vez ?

– El 11 de enero de 2012, que nos dejó a 5 minutos del fin de la Humanidad.

Entonces, ambos reflexionamos en voz alta: si los científicos atómicos de la Universidad de Chicago hubieran leído los periódicos de los últimos días, semanas, meses… hubieran tenido que sacar números especiales de su Boletín cada día, adelantando y retrasando varios minutos las agujas reloj acercándolo al fatídico momento.

Ayer, sin ir más lejos, porque si lo hacíamos el reloj podría volverse loco, conocíamos que Egipto, por enésima vez, está al borde de la guerra civil – si es que no lo está ya, al menos en la hora de la Polinesia francesa-; que nos acechan los “lobos solitarios”, los yihadistas que combatieron en Siria y que han regresado sin otra ambición que matar porque si no, son como chimeneas en verano; que un soldado americano se puede pasar la vida en prisión por revelar secretos – un nuevo ejemplo de la estúpida democracia estadounidense-; que el nieto del Rey de España, Pablo -no citamos aquí su apellido porque la criatura no tiene la culpa de tener el padre que tiene- aún está enfadado porque su primo, el indomable Froilán – ¡ vaya familia !- le intentó ensartar con un pincho moruno, y que, trescientos años después, España y Gran Bretaña aún andan a la greña por un peñasco – con nuestras disculpas y respetos a los gribaltareños-.

Y, por si fuera poco, políticos, obispos y arzobispos no dejan de hablar de la vida de los demás, de cómo deben llevarla, de cómo deben vivirla, como si la suya fuera la única vida posible.

No queremos ser pájaros de mal agüero ni tampoco pretendemos dar la razón a los mayas, pero anoche nos pareció oír los cuartos – toc, toc, toc, toc…- que anuncian un nuevo fin. Sin embargo, hicimos una llamada a los científicos de la Universidad de Chicago, a eso de las 23:53h, para comunicarles que Alemania ha creado un “tercer sexo”, que han descubierto un astro extrasolar del tamaño de la tierra y cuyo año solo dura ocho horas y media, y que el Gobierno de España – ¡ canallas !- se gastará más de 214.000 euros para restaurar la fachada del Valle de los Caídos -sus caídos-, según un contrato que adjudicó el pasado 18 de julio, día del Alzamiento de los bastardos franquistas… Con noticias como éstas, era necesario retocar la hora del reloj, les dijimos a los científicos estadounidenses.

El Café Romantic presenta un breve relato de Luisjo Goméz, de Barcelona, extraído de su libro “El legado del Valle”, escrito a cuatro manos con Jordi Badía. La obra relata las investigaciones de Arnau Miró en torno a la muerte del único familiar vivo que le quedaba, su tía María. La mujer ha muerto en extrañas circunstancias en su casa de la Vall de Boí (Lleida) donde guardaba un objeto que podría cambiar la historia de Occidente para siempre. Las ansias por destruir este misterioso objeto, han provocado centenares de muertes a lo largo del último milenio, siempre con la pretensión de conseguir que la humanidad no llegue a conocer nunca lo que ellos llaman “Legado”.

Imagen con música: U2 – With Or Without You

“Me senté sobre los restos de muralla que, callada, parecía evocar grandiosas epopeyas. Por vez primera sentí cómo entre las juntas de sus piedras rebosaban aún sangre y leyenda: el eco de una lejana historia olvidada en el tiempo que llamaba con insistencia mi atención, para regresar de un silencio secular… Tanta sangre, tanta sangre…Demasiada religión en el mundo para que los hombre se maten entre sí; no la suficiente para que se amen…”

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Tras el muro / 3r capítulo

Una novela por entregas de Alfons Carrasco (Mollet del Vallès, Barcelona)

Tras el muro, 1r capítulo
Tras el muro, 2 capítulo

Con música de Angelo Badalamenti

 

Ismael, el tío que llevaba el bar, era una persona de mediana edad, estaba de vuelta de todo y llevaba unos enormes tatuajes en sus brazos que, según me había dicho en alguna ocasión, se hizo tras su paso por algunas prisiones por asuntos menores de trapicheo con drogas. Me senté en una de las pocas mesas libres que había en el rincón, desde ese lugar podía contemplar todo el local y me resultaba divertido ver las conversaciones de la gente aunque no las pudiera escuchar; el cómo gesticulaba la gente o el cómo reían daban vida a aquel lugar, pensaba yo.

No llevaba ni diez minutos y saboreaba la jarra de medio con cerveza que Ismael me había traído, cuando vi entrar en el bar a dos amigos o, mejor dicho, conocidos. Eran Rodolfo y Manuel, los conocí en la época en que compartimos celda en la trena durante dos semanas, hasta que a mí me absolvieron de un pequeño hurto por falta de pruebas y, en gran parte, gracias a mi amigo Ricardo, un abogado que como siempre digo, es mejor tener a tu lado que frente a ti.

Si yo era un buscavidas, ellos dos eran profesionales de este mundillo, ladrones de poca monta, según los tiene clasificados la policía, aunque con buenas ideas. Son el contrapunto el uno del otro, Rodolfo es alto, bastante fuerte y con cara de pocos amigos, aunque es un bonachón, y Manuel es bajito, no pasa del metro sesenta, siempre va bien vestido, tiene gusto por la ropa y es el cerebro del equipo, sólo que ese equipo nunca ha funcionado.

—Vaya, vaya —dijo Rodolfo—. Mira a qué ‘hijoputa’ tenemos aquí —dijo en tono burlón dirigiéndose a Manuel.

—Pero si es nuestro amigo Toni —dijo Manuel—, el que nos va a pagar un par de jarritas.

—¿Los conozco, caballeros? —dije en toco jocoso al tiempo que estrechaba la mano a Rodolfo.

—¿Cómo estás cabroncete? —preguntó Manuel.

—Pues ya ves, como siempre. Y vosotros, ¿aún sois novios? —dije con sarcasmo evidente.

—Sí, somos novios, nos seguimos tirando los dos a la misma tía —dijo inteligentemente Manuel.

—¿Qué es de tu vida, cabrón? —me preguntó Rodolfo.

—Pues trapicheando, durmiendo de día y corriendo de noche. Viviendo, que se suele decir —dije.

—Eso está bien, amigo, eso está bien. Estamos preparando un trabajillo, y buscamos a alguien, ¿no conocerás a nadie por ahí? —dijo Manuel sabiendo que ese alguien se refería a mí.

—Depende del trabajillo, podría encontrar a un amigo de confianza, pero ya sabéis la filosofía de mi amigo: poco curro, bien pagado y sin riesgo —dije mirando a ambos con una sonrisa.

—Vaya, en ese caso le tendrías que decir a tu amigo que jugase a la primitiva —dijo Rodolfo mientras daba un sorbo a la jarra de cerveza.

—Eso hace de momento, pero no tiene mucha suerte últimamente —dije—. Pero, si queréis, os doy mi punto de vista sobre el trabajo.

—Hace algún tiempo que estamos siguiendo a un tipo. Un banquero de la ciudad al que le sale el dinero por las orejas al ‘hijoputa’ —dijo Manuel hablando en voz baja, por motivos obvios.

—¿Y queréis montar un secuestro? Estáis locos o peor de lo que creía —dije rápidamente.

—No, no capullo. No vamos a secuestrar a nadie —dijo Manuel rápidamente.

—Ya sabéis que mi amigo pasa de violencia y delitos de sangre, eso son marrones muy grandes para él —dije reclinándome sobre el respaldo de mi silla.

—Escúchanos, no vamos a secuestrar a nadie ni hacer daño a nadie —dijo Manuel, mientras me invitaba a acercarme a la mesa—. Este tío trabaja como director de una sucursal y, paralelamente, está metido hasta el cuello con Los Colombis, es el encargado de blanquear el dinero de la droga y el contrabando.

—¿Con Los Colombis? —dije asombrado. Era una banda muy conocida en la ciudad por su brutalidad y sus numerosos asesinatos. Una organización dedicada al mundo de la droga a gran escala, trata de blancas, asesinatos por encargo y todo tipo de trabajos sucios.

—Esos os van a pegar cuatro tiros y después preguntarán quién coño erais. —sentencié

—No, no. Lo que vamos a hacer es muy simple, amigo mío, muy simple —dijo Manuel, tomando la voz cantante—. Mira, sabemos que ese tipo está deseando salir de esa organización y sabemos que ni él ni nadie conoce realmente al jefe de la organización en nuestro país. El plan es sencillo, nos presentaremos en su casa, nos hacemos pasar por el jefe de esa organización y, a cambio de dinero, le diremos que ya está fuera y que se vaya de la ciudad para que no volvamos a verlo. ¿Qué te parece?

—Complicado, ¿cómo os vais a hacer pasar por el jefe de la organización? —el plan era bueno, muy bueno me pareció, pero no podía decírsel abiertamente, además había puntos que no veía claros.

—Porque yo me haré pasar por el jefe y vosotros dos seréis mis dos guardaespaldas —dijo Rodolfo.

—Entiendo y le decimos que ya está fuera del club y le rompéis el carné de socio de la organización, así de fácil, ¿no? —dije con una sonrisa —Piensa un poco, capullo —me dijo Manuel—. Él no sabe quién es el jefe, ¿por qué no va a creerse que es Rodolfo?

—¿Y eso cómo lo sabéis? —pregunté.

—Porque cuando estuvimos los dos años en el trullo, que coincidimos contigo, estuvimos con dos componentes de la banda y uno era su lugarteniente. Se llama Cobos y, tal como nos dijo, él siempre suplantaba a su jefe, que se llama Jacob; nadie prácticamente conoce al jefe de esa banda —dijo nuevamente Manuel, que llevaba la voz cantante.

—Joder tíos, que las cosas no son tan fáciles —dije intentando buscar alguna contradicción al plan.

—Supongamos que nos presentamos en su casa —dije —, y el tío conoce al gran jefe de Los Colombis. Entonces ¿qué hacemos, improvisamos, le decimos que nos hemos equivocado de dirección? —dije con rostro serio.

—Que no lo conoce joder, nadie lo conoce. ¡Hazme caso! —dijo Manuel—. Estuvimos dos años con aquellos tipos en la trena, al final parecíamos sus confesores y Cobos nos aseguró que él solía hacer las visitas y lo supervisaba todo en nombre del gran jefe. Incluso nos habló de este banquero en la cárcel, un tío que quería hacer dinero rápidamente sin importarle el cómo, y de ahí surgió nuestra idea. Suplantar la identidad de Jacob, cobrarle una pasta al banquero de los cojones y largarnos tal como habíamos venido. Sin un tiro, sin un rasguño, todo limpio.

—Vamos hombre, es seguro y será el ultimo golpe —dijo Rodolfo—. Luego nos largamos con la pasta y aquí paz y después gloria.

Continuará…

 

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Tras el muro / 2º capítulo

Tras el muro, de Alfons Carrasco, 2º capítulo

1r capítulo

Fui a dar a una habitación contigua, cayendo sobre una tullida cama que había pegada a la pared. Quedé un momento aturdido, no sabía qué había pasado ni cómo había pasado, pero lo cierto es que ya no estaba en el tugurio de antes, estaba en otro lugar; ni rastro de mis perseguidores ni del local atestado de gente en el que acababa de entrar. Me eché las manos a la cara, intenté pensar un momento:

—¿Qué coño me ha pasado, he atravesado la pared? Pero, ¿dónde cojones estoy? —me dije a mí mismo con una cara de incredulidad que, imagino, tenía en esos momentos.

No tenía tiempo para pararme a pensar, por lo que me levanté de aquella extraña cama y me acerqué hacia la puerta de la habitación. No se veía ni escuchaba ningún sonido, por lo que pensé que no había nadie en aquella casa; anduve a través de un pequeño pasillo, atravesando algunas habitaciones que había a ambos lados y llegué a un pequeño comedor. Por suerte, aquella casa estaba vacía en esos momentos, así que me dirigí rápidamente hacia la puerta de la calle e intenté abrir, pero, como imaginaba, estaba cerrada. Deduje que sus moradores habían salido y, como es lógico, la puerta estaba cerrada con la llave. Miré una de las ventanas que daban a la calle, pero al ser una planta baja, a pie de calle, había una reja que impedía mi salida. El nerviosismo empezaba a apoderarse de mí, notaba que el sudor me invadía nuevamente y se me aceleraba el pulso. Tenía que pensar; miré a mi alrededor y vi una escalera que subía al piso superior, entonces deduje que allí cualquier ventana o balcón me serían útiles para salir.

Me dirigí a una de las habitaciones, en ella había una gran cama de matrimonio flanqueada por dos mesitas de noche y un gran armario, me dirigí hacia la ventana y la abrí tras retirar unas pequeñas cortinas; miré hacia el exterior, daba a otra calle menos concurrida que la anterior, pero no veía ningún elemento al que agarrarme y por el que iniciar el descenso, pese a ello y sin pensármelo dos veces, me descolgué por la ventana y sujetándome con una mano me dejé caer hasta el suelo. Caí de pie contra el duro suelo embaldosado y un tremendo dolor me subió por la pierna, hizo que perdiera el equilibrio y caí rodando por la acera; me detuve en seco golpeándome con una de las farolas que a lado y lado iluminan la calle a esas horas en las que ya anochecía. Sin moverme empecé a notar un dolor en las plantas de los pies debido al fuerte impacto. A los pocos segundos todo empezaba a volver a la normalidad y el dolor de la pierna y la planta de los pies empezó a menguar significativamente. Miré hacia arriba y vi que la altura no era tanta, vista desde el suelo, pero lo que era cierto es que ya no tenía edad para esas cosas.

Magullado y con algo de dolor en las piernas, me puse en pie y comencé a caminar calle arriba, no había ni rastro de mis perseguidores que, imagino, aún estarían con la boca abierta y no era para menos. Aún notaba el paquete en mi entrepierna, era una suerte que con todas las carreras no se me hubiera caído. Lo abrí mientras andaba por la calle, era un monedero de color verdoso bastante grande, con varios compartimentos. Únicamente me interesaba el dinero, lo demás, como solía hacer habitualmente, lo tiraba en un cubo de basura o sencillamente lo dejaba en cualquier lugar en el suelo, para que, si alguien lo encontraba, pudiera devolverlo si quería a su dueño, aunque esto último me preocupaba poco. Estaba de suerte, en el interior había algo más de trescientos pavos, con lo que tenía asegurada la cena durante algunos días.

De nuevo me vino a la mente la pared que había atravesado aquel atardecer, aún no sabía qué es lo que había ocurrido, pero lo que recuerdo es que había atravesado la pared, pero ¿cómo? Lo más lógico era pensar que algún tipo de malformación de la pared había facilitado mi paso a la otra habitación, aunque hice una prueba; me acerqué a la pared de la calle por la que subía en dirección a la zona de bares de la ciudad y con mucho cuidado, puse la mano en ella. Nada, la pared estaba fría; noté el rugoso tacto de los tochos de obra vista de la pared sobre mi mano; sin duda no podía traspasarla, ni mucho menos.

Me dirigí al bar Scorpions, allí solía pasar las horas y, a veces, las noches enteras charlando con amigos y conocidos que, como yo, vivían la vida sin más preocupaciones; aunque esa era una noche especial, tenía algo de dinero en el bolsillo. El bar se encontraba en la primera esquina justo al dejar la gran plaza central; era un lugar divertido en el que la gente se dejaba caer de tanto en tanto y tomaba unas copas dejando las preocupaciones en la puerta, al menos eso parecía a juzgar por el ambiente que siempre reinaba.

Continuará…

 

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Historia de un profesor (no cualquiera) / 1a parte (Amante de la literatura)

Por Elizabeth Vargas, San Juan de Puerto Rico.

Amante de la literatura (1a parte)

(con música)

El salón aún estaba vacío y algo frío.  Llegó temprano, como de costumbre, para poder sentarse en primera fila.  Necesitaba estar en un asiento privilegiado para aprender de literatura, pero más todavía para disfrutar de cada palabra que pronunciaba el profesor Esteban Barrientos. Ese hombre alto, serio con una mirada profunda y muy atractivo, que tenía unos 37 años de edad. Su pasión por la literatura lo llevó a hacer un doctorado en Letras, que obtuvo en la Universidad de Murcia.

A ella le llamaba la atención que era bien profesional, mantenía distancia y respeto con sus estudiantes.  Además, transmitía gran pasión por la materia que enseñaba. Sin embargo, su vida personal era todo un misterio.

El curso del profesor Barrientos siempre estaba lleno, se había convertido en un reto para muchos estudiantes de filosofía y letras.  Aunque sus padres hubiesen querido que fuera médico o abogado, el amor y la pasión por la palabra escrita pudieron más que toda la presión familiar y allí estaba en la Universidad de Salamanca, impartiendo el pan de la enseñanza.

Xiomara González tenía 18 años, era una joven común con gustos concernientes a su edad por lo que jamás imaginó que un curso de literatura fuera tan importante en su vida. Cada clase se había transformado en el alimento que llenaba su alma.  Ahora sus días tenían un significado distinto, especial y estaban colmados de mucha ilusión.  No podía creer que relatos como los discutidos en clase la llevaran a soñar.

Ya en el salón, se acomodó en aquella silla que tenía parecía tener su nombre, ese espacio donde su alma podía transportarse a los espacios más lejanos del universo.  Sus pensamientos comenzaban a volar, pensaba que tenía a su mentor de frente y lo escuchaba leer los cuentos y las novelas con una pasión indescriptible. Xiomara hizo su asignación y estaba lista para desbordar todo lo que le inspiraba ese último texto que les había encomendado leer.  Ella era una excelente estudiante, pero en esa clase participaba con algo de timidez.

De momento, entraron los alumnos.  Miró su reloj con ojos de tristeza, los minutos pasaban muy lentamente y el profesor no llegaba.  Él era puntual y muy responsable con su clase, por lo que una angustia se apoderó de su ser.  No era posible que ese día le faltara el nutriente a su corazón.

Continuará…

 
 

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Nunca lo hubiera imaginado: sobre la muerte de John Lennon, su asesino y El guardián entre el centeno

¿ Qué hubiera ocurrido si John Lennon no hubiese muerto trágicamente aquel 8 de diciembre de 1980?. ¿Qué relación tiene el último disco del mítico Lennon, su asesino, Mark D. Chapman, y J.D. Salinger, el excéntrico y huraño autor de El guardián entre el centeno?. ¿Planeaban los Beatles regresar a los escenarios si no hubiera fallecido Lennon?. ¿Era el asesino del Beatle un majara, un iluminado o, quizá, un autómata dirigido por alguien a quien le interesaba el magnicidio?. ¿Era Yoko Ono un impedimento para el posible regreso de la banda de Liverpool?.

Aquel 8 de diciembre, Mark David Chapman decidió acabar con la vida de Lennon, “un auténtico elemento que se atrevía a compararse con Jesucristo, y que incluso no creía en Dios”. ¿Qué tuvo que ver Dios con el crimen del Beatle?.

Ese día, Chapman compartió habitación con una prostituta, a la que despachó tras darle una propina, sin consumar el acto sexual en ningún momento. Luego, de camino al edificio Dakota, en Nueva York, adquirió un nuevo ejemplar, el enésimo, de El guardián entre el centeno y en una tienda de Virgin compró una nueva copia, la enésima, del Doble Fantasy de los Lennon.

Por un momento, Chapman soñó… luego habló el plomo y el sueño terminó mientras miles de niños pequeños jugaban en un gran campo de centeno sin nadie que los cuidara ni vigilara, excepto un adulto, al borde de un profundo precipicio, sin otra misión que agarrar a todo niño que se acercara al abismo. ¡Una locura!

Juan Manuel Escrihuela (Barcelona, 1957), uno de los mayores expertos en España en el fenómeno beatle, desvela en “El sueño ha terminado” (Quarentena Ed.) algunas de las oscuras polémicas que han envuelto la muerte de Lennon: una crónica novelada de literatura, música y crueldad que unió al beatle, Salinger y Chapman.

Os lo recomiendo porque no deja indiferente, tanto si eres o no beatlemaniaco

 

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Encontrarás cuervos (ayer, hoy, mañana)

Por Goyo Martínez, de su próximo libro “Encontrarás Cuervos” (título provisional), la segunda parte de “El Espía de Madrid”.

Y clavaré en la puerta de la Iglesia mis ideas, mis sueños, mis pensamientos.

Y que me busque el cura. Le saludaré y le pediré que hable con Dios a propósito de mí, de nosotros.

Y le diré que necesitamos un cura que introduzca en la liturgia la lengua del pueblo.

Y si acaso pone tierra de por medio, horadando una estrecha fractura de cemento por la que deambular, replicaré sus palabras: cómo puede invocar a Dios quién promueve un desastre moral en nombre de un credo que entona como una sordida letanía la vieja cantinela de la ética y las exigencias de la moral.

Y marcharé, dejando mis ideas, mis sueños y mis pensamientos clavados con firmeza en su puerta.

Y a Dios no tendré otro remedio que decirle que le declaro la guerra mientras quienes deben llorar, no lloren y sus lágrimas de sincera y cristiana contrición no se purguen y no laven la mancha inferida.

 

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El quiosco / No es país para emprendedores

Mi amigo Xavier Cruzado, director, entre otros, de excelentes cortometrajes como “Ficción Real”, para el cual se prestaron desinteresadamente actores de la talla de Roger Pera, Mariam Aguilera y Xavier Serrat (y en cuyo proyecto, – original de Alfonso Carrasco, que fue primer premio del Concurso de Guiones de La Vanguardia-, tuve la oportunidad de participar), ha proyectado otro corto, “El límite”.

Para ello, solicitó el permiso de Renfe pues había escenas que se desarrollaban en la red de cercanías. Es una historia de ficción cuyo guión no pretende situar a la compañía en el ojo de la crítica. Tampoco su final significa (en la ficción) el final de Renfe. Sin embargo, la compañía que día sí, día también, nos desespera contínuamente, le ha denegado el permiso con argumentos que podríamos calificar de “peregrinos”. Le respondieron:

“Lamento comunicarte que una vez observado con detalle el guión no podemos tramitar esta autorización. Por motivos de seguridad vincular el servicio de Renfe con acciones que insinúen, sugieran o se asocien con infracciones o incumplimientos hacia el servicio no es oportuno, a pesar que tal y como sucede en tu guión, finalmente no se produzca. Un saludo”.

Xavier Cruzado no es (tampoco le hace falta serlo) Almodóvar, ni Amenábar, Ni Bardem, ni Bigas Lunas… (con todos mis respetos hacia ellos). Xavier Cruzado sólo quiere crear. Crear arte. Contar historias, ficciones tan reales como la vida misma. Pero, he aquí que España, una potencia mundial en “contradicciones” (que no en economía, cultura…), no es país para emprendedores porque, muchas veces, demasiadas, las ideas de quienes pretenden fomentar la cultura, en este caso a través del cine, y en las que radica la sabiduría popular, la más rica, no encajan en las mentes unidireccionales de quienes detectan el poder.

Desde aquí mi apoyo incondicional a Xavier Cruzado y a todos aquellos que crean, que imaginan, que sueñan, que tienen algo que contar y que sólo encuentran piedras en el camino del tamaño de la estupidez humana.

Reproduzco aquí la respuesta de X. Cruzado a la negativa de Renfe a su petición. Y no hacen falta más palabras. La obviedad es tan obvia que por ser tan obvia, obviamente olvidamos.

Apreciada srta…

Atendiendo su respuesta sobre la denegación de autorización para el rodaje del cortometraje “El Límite” en sus instalaciones, lamentamos profundamente su resolución, pues como bien ha indicado, la historia (no basada en hechos reales), aunque “juega” con la insinuación e intenciones de su protagonista, nunca lleva las lleva a término y como bien acaba, se entrega a la policia para dar cuenta de sus acciones.

No obstante, cabe recordar que no hace mucho tiempo, se llevó a rodaje la historia del atentado terrorista más sangriento que ha sufrido la sociedad española, perpetrado por islamistas radicales afincados en España. Fué precisamente la red de ferrocarril de cercanías, en una de las estaciones más concurridas de la capital, donde se llevó a cabo esta acción tan brutal, con el triste resultado ya conocido.

En mi humilde opinión como persona y profesional, creo que una TV movie tan conocida como el “11 M”, y vista por millones de ciudadanos, siempre quedará en la imagen y recuerdos de todos nosotros, y no por ello dejaremos de usar las redes públicas de transporte para seguir con nuestras vidas. En cambio, un humilde cortometraje de muy bajo presupuesto y que con un poco de suerte podrá verse en algunos festivales nacionales e internacionales, me permite mostrar una duda razonable en cuanto al impacto visual e imaginario que puede crear en sus espectadores.

Es por ello, que desde el total respeto y acato de su resolución, creo injusto que mientras se dé permiso a una gran productora para el rodaje de un episodio tan sangriento como un atentado terrorista en la red de cercanías (con los traumas y recelos que ello conlleva), por otra parte y alegando que pueda sugerir o se asocie con infracciones o incumplimientos hacia el servicio, considerando que no es oportuno, se deniegue el permiso a un humilde equipo de rodaje para filmar un cortometraje de bajo presupuesto. Ello conlleva a lamentar que por una parte se apoye a las grandes productoras y cadenas de televisión y por otra no se apoye al ya maltratado cine independiente que intentamos llevar a cabo muchos profesionales del sector.

No obstante, le agradezco su gestión y espero tener oportunidad de encontrar otras formas de colaboración en un futuro.

Atentamente, Xavier Cruzado

Productor & Director de “El Límite

 

 

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