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Un genio de 6 años

Un hombre ha enfermado. Tendido sobre una cama de un hospital ve que la vida se le acaba. Por la ventana entra la luz del sol. O quizá, no. Quizá llueve. Quizá hace sol… pero han bajado la persiana para que tamice la luz y la proyecte fileteada en la pared de enfrente. Quizás ese hombre nunca vio el mar. Quizás sí lo vio pero no lo hizo suyo. Quizás quien bajo esa persiana, tampoco.

Un breve relato de Chelo Romero, de Barcelona, que nos dice que amanece y anochecerá, y el resto está por escribir. Y nos dice también que en los pequeños gestos, en los momentos que devienen eternos, cuando menos lo esperamos, radica la esencia de la vida. Y eso es lo que nos llevaremos al final de una vida que, muchas veces, nos atropella hasta el hastío. ¡Carpe Diem!. Con música, con mucho gusto.

Hoy, conocí a un genio en el tren. No tendría más de 6 años. Se sentó a mi lado y, mientras el tren avanzaba a lo largo de la costa, llegamos hasta el océano. Entonces él me miró y dijo, ¡ ¿no es hermoso? !. Fue la primera vez que me percaté de ello.

 

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La bestia parda

¿Por qué escribo?, me preguntaron ayer. “Me gustaría decírtelo, pero no lo sé”, respondí ayer. Y no lo dije para no perder una virginidad que no tengo… Eso fue ayer.

En realidad, escribo para saber lo que me pasa, digo hoy. Me gustaría que me hablaras de ti para darte tu historia, no para apartarte de lo que no te quieras apartar.

Un relato de María del Pino, escritora de Córdoba.

 

La oscuridad del túnel sólo es rota por el sonido que me ha despertado en mitad del traqueteo en el que me hallo. De repente, me percato de que un rugido gutural ha comenzado a sonar a la misma vez que salimos hacia la luz. El basto sonido que pretende engullirme el alma procede de mi espalda. Dudo si mirar o no. Me da miedo ver la cara, o las fauces, de la fiera que dormita tras de mí.

Suspiro, saco fuerzas y volteo lentamente la cabeza. Me sorprendo al contemplar a semejante bestia parda con su enorme boca abierta. No quiero mirar mucho, pero podría decir que la saliva cuelga de su boca como si no le importase mi mirada. Y la verdad es que dudo incluso que lo sepa…
A su lado se encuentra el cuerpo inerte e insonoro de una mujer, cuya cabeza no logro ver. Suspiro y vuelvo la vista al frente, imaginando que la fiera me succiona el cráneo.
Miro a mi lado y veo que mi amor tampoco logra conciliar el sueño. Ambos nos observamos a los ojos durante un buen rato mientras entrelazamos nuestros dedos con más fuerza. Entretanto, el estrepitoso y constante ronquido va en aumento…
«¡Dios mío! ¡Vaya señora! ¡Cómo ronca!», exclamo en mi fuero interno, indignado, en mitad de este autobús de camino a Madrid.
 

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