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LA MALDITA LÍNEA (dos que antes fue uno)

– ¿ Dónde estamos? – le pregunté al viejo de la imprenta luego de una larga caminata por el puerto de mi paciencia. A veces navego a la deriva por ese puerto pero, por fortuna, el límite de mi paciencia está lejano y no lo he alcanzado nunca, ni espero hacerlo. Dicen que la paciencia es una virtud, que las cosas buenas les pasan a los que esperan. Por supuesto, también dicen que aquel que duda está perdido. Llegados a aquel punto, yo esperaba del viejo una buena historia que narrar. Y, por supuesto, poniendo a prueba una vez más mi paciencia, no me defraudó.

El viejo me había conducido hasta un pueblo que el destino quiso situar en la frontera entre dos regiones, dos naciones, dos maneras de ver la vida, dos maneras de pensar, dos maneras de sonreír, dos maneras de llorar, dos maneras de hablar… incluso dos maneras de cocina y dos maneras de enterrar a sus muertos.

– ¡ He aquí el porqué de las cosas ! – dijo sobre aquella incomprensible dualidad, al tiempo que señalaba con el dedo una línea de pintura blanca que ni siquiera el paso del tiempo había conseguido borrar.

Nos sentamos en lo alto de una elevación natural del terreno. A mí no me pareció más que una cima, pero para los de la parte derecha del pueblo era una colina y para los de la izquierda -según la división mental que tracé-, era una montaña. En todo caso, y lejos de las disputas vecinales, se divisaba el pueblo, o los pueblos (para no herir susceptibilidades).

– ¿ Qué debió ocurrir en aquel lugar?, que un día fue un pueblo y, ahora, eran dos – me pregunté, naturalmente con cara de interrogante que el viejo advirtió. Si no hubiera puesto esa cara, a buen seguro, mi querido viejo me hubiese tachado de tonto por no hacerlo. Pero he aprendido a preguntar, aún pareciendo un tonto unos minutos, que no preguntar y ser tonto por siempre.

Su historia no se hizo esperar, colmando mi impaciencia.

– Dicen que un día, hace mucho tiempo, tanto que sólo los más viejos del lugar lo recuerdan, llegó al pueblo un hombre de traje gris y encorbatado sin más equipaje que una maleta y un par de mudas. Dicho hombre, de cuyo nombre no se acuerdan, ni tampoco quieren acordarse, acudió al hostal del pueblo cuando era un sólo pueblo, pidió una habitación cuando el hostal era un sólo hostal, comió un plato cuando sólo se servía un plato y, sin hablar con nadie, se dirigió a un extremo del pueblo, seguido entre cuchicheos por todo el asombrado pueblo, cuando era un sólo pueblo y su asombro era único.

¿Quién era el hombre del traje gris y corbata?, se preguntaron los lugareños, cuando el lugar era sólo uno. Y, ¿ por qué había ido allí?, cuando allí aún era un tranquilo y pacífico singular…(Cabe detallar que aquellos lugareños apenas sí habían visto hasta entonces una corbata, prenda que asociaban con un lugar llamado ciudad donde, según tenían entendido, se dedicaban a la política y otras pamplinas similares)

Sin abrir la boca, la única que tenía, el hombre del traje gris y encorbatado se encontró con dos hombres con aspecto de trabajadores de un organismo al que llamaban ministerio y que iban dotados de una máquina de pintura, como aquellas que se emplean para marcar las líneas horizontales de las carreteras.

El hombre del traje gris y corbata, en nombre de las órdenes que había recibido de aquel lugar llamado ciudad, hizo unas comprobaciones métricas, analizó un plano, oteó el horizonte y ordenó a los dos operarios que iniciasen la marca de la línea…

Se pasaron toda la tarde trazando esa línea. Al final del día, aún en crepúsculo, observaron satisfechos el trabajo realizado. La línea había partido en el pueblo en dos. Era visible. Siempre lo sería. Partidos quedaron el ayuntamiento, la escuela, la iglesia, el cementerio, la calle mayor, el parque central, el campo de fútbol, la balsa que luego fue piscina, la pista de la petanca y hasta el banco de toda la vida donde dos simpáticos y corrosivos viejos, como aquellos de nuestros añorados Teleñecos, siempre se sentaban para mofarse de ellos mismos y de todos los demás…

– Y, ahora, mi querido y joven amigo, deberías preguntarme qué ocurrió a partir de entonces, – formuló el viejo mientras yo, para mis adentros, imaginaba ya el rocambolesco escenario que aquella (in)significante línea de pintura blanca había dibujado. ¿ Qué ocurrió, querido viejo?, pregunté, para su satisfacción, y también la mía.

– ¡ Pues que ya nada fue igual en el pueblo que antes fue un sólo pueblo… !, – anunció con voz pausada, cada vez más apagada, como si también a él le hubieran partido en dos.

El descontento, como el desconcierto, adensaron. Algunos querían cruzar la línea, a la que muchos llamaron abismo y unos cuantos, el llano.

Algunos – prosiguió el viejo- quisieron cruzar esa línea a la que muchos llamaron abismo y unos cuantos, el llano. Pero, ¿ por qué querrían cruzar esa línea?, nos preguntamos el viejo y yo con la mirada, en un mundo donde casi nada sucedía por casualidades angelicales.

El entusiasmo una vez se trazó la línea no dio paso a una reflexión crítica sobre la peligrosa, por absurda, situación en la que se adentraban. “Démosle un voto de confianza”, se decían con rostros entre la esperanza y la palidez. “Sólo quiero llevar mi vida y ser feliz con mi familia”, respondían los que no quisieron traspasar nunca la línea y les importaba un carajo si estaba o no allí.

En la plaza que un día, en época de los tatarabuelos fue la de la iglesia y en época de los bisabuelos la mayor, unos se encontraban porque se citaban y otros no se citaban porque ya se encontraban. Era, popularmente, la plaza de la Liberación porque un día los jóvenes de ambos lados de la línea, en un acuerdo sin precedentes y, posiblemente, sin consiguientes, leyeron en Internet que todos los pueblos debían tener su plaza de la liberación. No obstante, para unos era la plaza de la Independencia, aunque en el callejero figuraba como la plaça del sis d’octubre. Para los otros, era la plaza de la Autonomía. Allí, todos mantenían acaloradas discusiones sobre el modelo de estado a construir; mejor dicho, a reconstruir. Era su forma de matar las horas ya muertas, pocas, pues necesitaban todas las horas de la jornada para ganarse el pan. Eran sólo destellos de filosofía política, barata, pero filosofía al fin y al cabo; política, al fin y al cabo. Los recelos eran inevitables. Las religiones, por fortuna, las llevaban en el corazón. Los de este lado de la línea se quejaban con la garganta. Los del otro lado, con el diafragma. Había quien, en el desespero, pataleaba de forma cómica para vencer el estrés de la situación. « ¿Y ahora a quién le suplicó?», se quejaba el párroco.

“,Y aún, hoy en día, es difícil entrever quién tiene el poder en sus manos”, le dijo un viejo al otro, sentados en el mismo banco de siempre, que ahora eran dos.

– ¿Recuerdas?… Vivimos en una esfera de extremos y rarezas. De hecho, ni siquiera es realmente una esfera, sino un planeta salvaje, jaspeado de volcanes activos, sacudido por terremotos mortales e inundado por diluvios desastrosos. Pero, ¿sabes cuál de estas catástrofes ha sido la más devastadora?… la línea.

Y hasta la Fiesta Mayor quedó partida en dos.

Este relato nace de la mente de algunos clientes del Café en un día en que nos pusimos a imaginar como sería la vida de un pueblo que el azar ha situado justo en la línea fronteriza entre dos países, dos naciones, dos gobiernos… en disputa. Con el deseo de cada uno, desde su libertad, pertenezca al pueblo que le vio nacer, crecer o al que desee pertenecer sin líneas que limiten su lengua, sus hábitos, sus costumbres, sus creencias…En el Café Romantic soñamos con  lugares sin fronteras donde dar largos paseos acompañados por el rumor de las olas y la brisa marina, como en una playa infinita. Lugares donde durante esos largos paseos sea posible vivir algún espejismo en sus llanuras de arena, sin líneas. Lugares perfectos donde pasear, olvidarse del mundo, soñar y conocer gentes sin que importe si son blancas, negras, judías o musulmanas. Nos basta con saber que son seres humanos. Imagen con música, ” I Have a Dream”.

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Geometría no euclidiana en Bilbao

Decidimos no planear con antelación nuestra visita, aún a riesgo de la frustración, y no compramos las entradas “on line” para evitar colas. ¿ Qué fue del arte de hacer cola para entrar en el cine, en el estadio, acaso en un museo? Somos del mismo parecer: la vida es aburguesamiento en forma de molicie, que afecta al pensamiento, la charla pausada, la paciencia y el movimiento hasta el punto de aniquilar ese deseo irrefrenable de descubrir cosas, la pasión.

Partimos deliberadamente en coche desde Vitoria. Esta vez el paisaje variaría respecto de nuestra llegada al norte. Ya no eran absolutamente verdes los colores predominantes. En una suerte pictórica de la mano de Dios, se mezclaban con ocres y marrones de vestidas montañas, camino del “umbral vasco” donde los Pirineos descienden para formar sin riña otra cordillera, la cantábrica, en la que las planicies están algo inclinadas. Bajábamos cuando subíamos, y viceversa, como caminar cuesta abajo por la cuesta de la vida

Esta vez el paisaje variará, ya no serán totalmente verdes los colores predominantes, estos se mezclarán con ocres y marrones de las montañas, piensa que estás viajando hacia el llamado umbral vasco, adonde los Pirineos descienden a formar la Cordillera Cantábrica, por lo cual las “planicies estarán algo inclinadas” pero siempre cubiertas por sembrados.

Apenas hablábamos. Apenas sí unas exclamaciones e interjecciones de asombro. Mirábamos el horizonte y todo lo que nos envolvía sin que nuestros ojos viesen. El corazón parecía sentir sin palpitar. ¡Suspiros cortos!, momentos que sugerían una conciencia de eternidad en cada cuesta. La fantasía había derramado su fuego espiritual sobre la naturaleza exterior agrandando las cosas pequeñas, aquellas a las que apenas prestamos importancia y que hacen de nosotros seres, sino imprescindibles, sí importantes.

De repente, entre dos cadenas montañosas que parecen pugnar por el título de reina protectora del lugar se mostró la ciudad que fundó “El Intruso”, otrora comercial, mercantil, industrial, ahora reinventada.

Frente a nosotros, allí donde la ría deja de ser río, se alzaba caprichoso y singular un edificio que se manifiestar como un barco que rinde homenaje a la ciudad portuaria que siempre y que siempre será. Sus paneles brillantes de titanio sugerían escamas de pez, recordándonos, tal vez, influencias de formas orgánicas inertes pero vivas, armónicas pero disonantes, desordenadamente ordenadas, desorganizadamente estructuradas y ordenadas, como la vida misma.

Nuestras inquietas cabezas jugaron a las imágenes mentales: fragmentación no lineal en una suerte de manipulación de ideas aparentemente estructuradas cuyos postulados y propiedades difieren en algunos puntos de aquellos que Euclides estableció en sus Elementos. Formas no rectilíneas que distorsionaban y dislocaban algunos de los principios elementales de la arquitectura de la arquitectura y de la vida, como di nos quisiera decir que en el mundo en el que vivimos está gobernado por algún ente, alguna ley trascendental, como la mano de Dios, que gobierna el destino de los hombres y las decisiones que creemos tomar libremente tan solo son hechos predestinados.

Dicen, sin embargo que, a vista de pájaro, aquel caos controlado de titanio y piedra caliza, en que cubiertas y fachadas juegan amistosamente entre sí, posee la forma de una flor. Tal vez, nos dijimos, el arquitecto de las tendencias orgánicas nos quiso decir con ello que no hay más que una vida; acaso no hay Dios, ni reglas, ni juicios más que los que nosotros aceptemos y creemos para nosotros mismos, y cuando se acaba, se acaba, y dormimos por toda la eternidad.

Nos movimos de un lado para otro buscando ángulos, perspectivas quizás imposibles; acaso tretas de lo que estábamos viendo no existía pero lo veíamos, y  descubrimos, pues de ello se trataba cuando partimos de Vitoria, que el edificio domina las vistas de la zona donde debe dominarlas pero desde el río se reivindica modesto, como nosotros, como las gentes, inmortalmente mortales. Fuimos felices mientras estuvimos allí.

Era jueves, laborable, pero había cola para entrar al singular y caprichoso edificio. No importaba. Un eterno momento pausado para hablar de todo y de nada nos acompañó en el tránsito administrativo de una ensoñación a otra. Le preguntamos a un guía qué podíamos ver. Sonrío. Tenía el aspecto de un joven delideradamente envejecido para la ocasión y nos respondió, filosofando, muy propio en el controlado caos del escenario:

– Suele decirse que la gente ve lo que quiere ver. Hay personas que pueden dar un paso atrás y descubrir que les faltaba ver las cosas con más perspectiva. Otras personas se dan cuenta de que la vida les está pasando factura. Otras pueden ver lo que estaba ahí desde el principio… Y luego estan esas personas, aquellas que huyen lo más lejos posible para no tener que verse a sí mismos.

En cuanto a nosotros, puedo decir que lo vimos todo más claro.

Empujados, casi arrastrados, por insospechadas manos, quizás las de aquel insólito guía, acabamos en la sala de la exposición “El arte en guerra”, donde artistas como Picasso  o Dubuffet y los surrealistsa de la época nos ilustraban sobre la crudeza de un tiempo no tan lejano y de las miserias de la humanidad.

Nos hablaban de un tiempo en que, atrincherados en su estudio, creaban para resistir, indicándonos nuestra parte más oscura, nuestras miserias. Eran voces que hablaban cuando ellos no tenían libertad para hacerlo. Emociones largo tiempo prisioneras y ahora liberadas.

Vimos tras un “dictador” a un ser acomplejado, reprimido, inseguro y desequilibrado y frente a él, aquellos que hicieron del arte un arma de guerra contra el enemigo; encerrados en su estudio, en un sótano, también en un campo de concentración, su obra dio sentido a sus vidas, y a las nuestras.

El alsaciano Joseph Steib tomó vida en su óleo. Nos habló de que, por buenas que sean las ideas, por acertadas que sean las intenciones, si los actos conllevan agresividad, rigidez y estrechez de miras, el resultado será siempre catastrófico.

Al salir de la ensoñación, aquel guía jovemente envejecido nos despidió con una sonrisa, la misma sonrisa del artista liberado, agridulce, mezcla de optimismo y melancolía:

“caballeros la responsabilidad es suya. La libertad no puede ser concebida sino conquistada”.

Un cuento de Jordi Planes y Goyo Martínez a propósito de un viaje que el excelente coach y escritor de Vilassar de Mar llevó a cabo al País Vasco para presentar sus últimos libros y durante el cual tuvo la feliz idea de visitar el Museo Guggenheim de Bilbao, donde se expone “El arte en guerra. Francia, 1938-1947, de Picasso a Dubuffet”, una muestra que reúne más de 500 obras de un centenar de artistas, incluyendo documentos, fotografías y películas inéditas, que evidencian la forma en la que estos creadores resistieron y reaccionaron, “haciendo la guerra a la guerra” con formas y materiales casuales impuestos por la penuria, incluso en los lugares más hostiles a toda expresión de libertad. Y para la ocasión, una excelente composición musical de la banda sonora de La Lista de Schindler.

El conquistador

 

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(El mal de) la sílaba central

Dice el cuento que me han contado para que os lo cuente, que hasta la choza de un viejo maestro llegaron los ancianos del Consejo de un antiguo pueblo. Según me cuentan, iban, azarosos, a consultar al sabio sobre un problema que amenazaba a todos los que habitaban la vieja ciudadela junto al río. Contó el cuentista que desde hacía muchos años, y pese a todos los esfuerzos del Consejo, los habitantes de ese lugar discutían, polemizaban, disputaban, rivalizaban… hasta el daño. Tanto era así que educaban a sus hijos en el odio perpetuo al vecino, y al hijo del vecino, y a los hijos de éstos.

Los ancianos del Consejo expusieron al sabio:

– Siempre hubo algunas personas que se apartaban de la senda, pero hace unos diez años comenzó a agravarse la situación y, desde entonces, ha empeorado mes tras mes.

El sabio les pregunto:

– ¿Qué pasó hace diez años?

Ellos respondieron sin advertir.

– Nada significativo. Por lo menos nada malo. Hace diez años terminamos de construir entre todos el puente sobre el río. Pero eso sólo trajo bienestar y progreso al pueblo.

El sabio asintió con la cabeza y sentándose en un raído sillón junto a la ventana empezó a barruntar:

– Por supuesto que no hay nada de malo en el bienestar….Y mucho menos en el progreso. Sin embargo…

Los ancianos del consejo callaron y se acercaron un poco más para escuchar las palabras del sabio.

– El mal no está en el bienestar sino en comparar mi bienestar con el vecino. El mal no está en el progreso, pero sí en querer ser el que más ha progresado. No hay nada de malo en las cosas buenas para todos, pero sí en competir por ellas. Vuestro pueblo padece el mal de la sílaba central- sentenció el anciano.

– ¿La sílaba central?, ¿Cuál es ese devastador mal? ¿Cómo podríamos curarlo?

– Debéis ocuparos de enseñar a cada uno de los habitantes del pueblo que el verbo competir es un verbo que enferma, intoxica y mata. La solución es que todos aprendan a hacer un cambio de sílaba. Enseñarles que sólo con reemplazar en la palabra “competir” la sílaba central “per”, por la más que significativa sílaba “par”, crearemos una nueva palabra: “compartir”. Una vez que todos hayan aprendido el significado de este verbo, la competencia no tendrá sentido y, sin ella, el odio y el deseo de dañar a otros quedarán sepultados para siempre.

Dice el cuento que me han contado para que os lo cuente que todos deberíamos esforzarnos por cambiar la palabra “competir” por la palabra “compartir”. Es sólo una sílaba. Un cambio de sílaba para un cambio de vida.

Un nuevo relato breve del Café Romantic. Pequeñas palabras, casi musitadas, pequeños gestos, casi imperceptibles, para sumar, nunca restar. Con música para compartir.

Dice la canción que en septiembre del 77, en Port  Elizabeth, aún el buen tiempo, no había nada nuevo bajo el sol. En la habitación 619 de la policía, yacía muerto Biko, ¿por qué Biko? Siempre biko.

Trataba de dormir Biko y sólo podía soñar en rojo el mundo exterior que era blanco y negro. Biko apagó una vela pero no pudo sofocar el incendio cuando comenzó a propagarse.

-¿Com(pi)tes?

-No, com(par)to

-¿Dis(pu)tas?

-No, dis(fru)to.

-¿Pro(hi)bes?

-No, pro(di)go.

-¿Pre(sio)nas?

-No, pre(ven)go.

-¿Im(po)nes?

-No, im(par)to.

-¿De(mo)ras?

-No, de(ba)to.

Sin demora, comparto sin competir, disfruto sin disputar, prodigo sin prohibir, prevengo sin presionar, imparto sin imponer y debato sin demorar.  
 

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Fue(casi)sinquerer -un sueño-

Olvidad por un momento cómo es el mundo real. Olvidad lo que sabéis que sabéis. A veces, hay que creer en lo que no está exactamente ahí: un sueño de días y noches  mejores, una fantasía de cuento donde la vida es ordenada y coherente y los cuentos son cada vez más emocionantes y terminan siempre bien, sin complicaciones. Tuve un sueño que no fue del todo un sueño.

Hoy, hace 49 años, un hombre tuvo un sueño, un sueño con el que aún soñamos, y debemos soñar, porque medio siglo no nos ha hecho mejores, todo lo que cabía esperar. Aún no somos libres, ¡al fin!. El 28 de agosto de 1963, Martin Luther King soñó que los valles fuesen cumbres, y las colinas y montañas, llanos; los sitios más escarpados, nivelados, y los torcidos, enderezados. Aún lo sueño.

Del particular tocadiscos del Cafe Romantic, ¡dreams!.

 

Estabais donde no teníais que estar. Y yo pasé, pasé (casi ) sin querer pasar.

Busco un rostro humano entre la multitud, un gesto de solidaridad en un barullo de cuerpos que se cruzan y tropiezan, de gente que busca su tren con una expresión de desvalimiento en el rostro y la torpeza de la urgencia en el cuerpo. Y casi sin querer lo encuentro. Y bebo de su sonrisa / sonrisa cálida / calidez en el alma / el alma repleta.

Vengo del insomnio y camino por la oscuridad de la vida, abigarrada parodia de vida. Y en la noche, avanzo por el pasillo hasta la oscuridad total, entre objetos solo contorneados. Sin embargo, estoy tranquilo de saberme en la íntima y serena certeza de sentirme en el hogar.

Estabais donde no teníais que estar. Y yo pasé, pasé (casi) sin querer pasar.

Un hogar de tierra no ingrata / muera el ingrato; de lumbre continua / eterna paz; de mentes siempre tranquilas / tranquilas las almas; de sobradas fuerzas / salud; de prudencia, sencilla / sencillez humilde / humildad anónima; de amigos / todos iguales; de noches libres de tristeza; de miradas cómplices y sonrisas amigas de hombres y mujeres; de sueños que acorten la fría noche.

Y aquí, en este hogar, refugio del alma, me contentaré con mi suerte, sin temer ni anhelar el postrer día pues encontraré gestos y miradas apasionadas. Oiré pasos, sombras que vienen hacia mí. ¡Vete diablo!. Y escucharé voces conocidas, amigas.

Estabais donde no teníais que estar. Y yo pasé, pasé (casi) sin querer pasar.

Y por azar, descubro un mundo, un mundo posible; está aquí y en vosotros. Quizás no sea el mejor de los mundos, pero es y será el hogar, donde viven y sobreviven seres únicos, irrepetibles.

El tiempo es así de extraño, extraño el azar,  ¡azar bendito! A cambio de todo lo que nos arrebata nos concede algo: a veces es un amigo, a veces sólo es un día perfecto. Casi sin querer, bajo la mirada estimulante de un sol más alto, portador de renovada luz y de días hermosos, hallo otra alegría de vivir, otra manera de sentir.

Estabais donde no teníais que estar. Y yo pasé, pasé (casi) sin querer pasar.

Luminosos fragmentos de cielo se cuelan en los edificios a través de patios, balcones, terrazas, huertos sencillos o jardines urbanos. Pequeños paréntesis / paréntesis deliciosos / delicioso destino. El tiempo se detiene, la vida desconecta por un instante de la terca rutina, y un manto de luz dorada y de bullicio lo cubre todo, invitando a una saludable desgana en las horas de ocio.

Y ahora que el horizonte anuncia la llegada de un tiempo mejor ya no quiero escapar lejos para vivir otros momentos, otrora especiales. Estáis ahí, a la vuelta de la esquina. Atrás queda el recuerdo vago y desenfocado de una zona de sombras que  asombraba y que se asomaba al lado oscuro de la vida, el enigma del azar. Pasaba un tren y debía cogerlo. El destino no podía hallarme dos veces.

Estabais donde no teníais que estar. Y yo pasé, pasé (casi) sin querer pasar.

Y recuerdo que había una vez, en un lejano reino, no uno, sino dos amigos. Uno que sabía lo que tenía. El otro, que tenía y lo que tenía lo retenía a base amor y fe. Y había gigantes intrépidos y duendes a los que les gustaba jugar a su sombra. Había incluso un mago que sabía cuál era la mejor manera de amansar fieras salvajes. Y un bello príncipe y una bella princesa que no sabían que sus destinos estaban llamados a cruzarse. Y había también otros en aquel remoto lugar semejante al que conocimos de  niños, donde se contaban y escribían cuentos y leyendas.

Y es posible que nunca vuelva a pronunciarse el verdadero nombre de ese reino y que la memoria y el tiempo casi lo olviden, puesto que todas sus encantadoras criaturas sólo lo llamaban hogar… Y tocaré el cielo con mis manos, casi sin querer, caprichoso azar.  

Estabais donde no teníais que estar. Y yo pasé, pasé (casi) sin querer pasar.  

- ¿Un sueño?
- Un sueño por el que luchar.
- ¿Un proyecto?
- Un proyecto que realizar.
- ¿Un lugar?
- Un lugar adonde ir.
- ¿Alguien?
- Alguien a quien amar. 
Que nunca te falte un sueño por el que luchar, 
un proyecto que realizar, 
un lugar adonde ir 
y alguien a quien amar. 
 

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Porque un día dejé de serlo, vuelvo a ser

En un plácido atardecer de agosto, en el protegido retiro de su playa, agotando el último de los primeros días de su vida antes de arremangarse para los ensayos de su nueva vida, ella conversa animadamente con ella. Resguardada ya del sol, los pensamientos fluyen al compás de la naturaleza. La brisa, caprichosa, envuelve el momento. Hay palabras, ideas que brotan sosegadamente. No hay prisa.

De repente, mira al cielo y descubre el vuelo de la gaviota. Saborea la libertad del animal como si fuera la propia. Todo es consecuencia de la constancia y de la profundidad con que se vive en cada momento. Lo traduce. Lo hace suyo. En un acto de continuidad, ella regresa a su conversación con ella mientras el ave, eterno pasajero circunstancial, desaparece en el alto azul llevando al viento un alma transparente, un carácter fluido.

Porque existen cosas que sólo puede hacer uno mismo, un breve relato que surge de la inspiración y del profundo pensamiento de Maite Arbonés (Lleida), en un estilo muy personal en que los ojos clavan las frases dichas y escritas como alfileres, dulces alfileres. Con música y mucho amor, porque la vida es como una caja de bombones…

– ¿Duermes?

– No sin un sueño.

– ¿Te levantas?

– No sin un motivo.

– ¿Vives?

– No por nadie que no esté dispuesto a vivir por mí.

– ¿Y tu ayer, y tu mañana?

– Ningún día se parece a otro.

– ¿Parece que…?

– Nadie se parece a mí.

– ¿Quién te hará feliz?

– Sólo hay una persona capaz de hacerme feliz para toda la vida.

– ¿Quién es?.

– Yo mismo, yo misma.

Porque un día dejé de serlo, vuelvo a ser.

 

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¡ Imagina !

Albert Einstein dijo una vez: “la imaginación es más importante que el conocimiento. El conocimiento es limitado, la imaginación rodea al mundo”. Muchos ven cosas y se preguntan ¿por qué?. Yo busco cosas que aún no han sido y me pregunto ¿por qué no?. ¿Por qué no? un mundo posible, un poco mejor, sólo un poco.

Martona VF, de Celrà (Girona), escribió estas tres líneas hace unos días. Las pudo escribir hace 500 años, o dentro de 500 años, pero siempre mantendrán su vigencia porque sigue siendo un derecho del ser humano imaginar, soñar, aspirar, anhelar… libertad, en definitiva. Con música y mucho gusto.

Obre el teu pot dels desitjos i deixal’s volar lliures.

Imagina per un moment que tant sols un és fes realitat…

Obre’ t a l’imaginació.

Abre tu frasco de los deseos y déjalos volar libres.

Imagina por un momento que tan sólo uno se hiciera realidad…

Ábrete a la imaginación.

 

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Se vende una niña (soñadora)

Pongamos que te vendes. Pongamos que tomas tus riesgos. Pongamos que si ganas, serás feliz, y si pierdes habrás aprendido. Pongamos hay un camino seguro para llegar a todo corazón. Pongamos que ese camino es el amor. Pongamos que todo lo que haces y dices lo haces y dices desde el corazón pues no sabes hacerlo ni decirlo de otra manera. Pongamos que sólo una cosa vuelve el sueño imposible. Pongamos que esa cosa es el miedo a fracasar. Pongamos que tienes miedo pero que eres valiente. Pongamos que sólo los valientes, como tú y como yo, triunfamos. Pongamos que te vendes para que el mundo sepa quién eres.

Laia Martínez Pous, de 13 años y de Mollet del Vallès, ha afrontado ese reto. Sin estrategias de comunicación y publicidad premeditadas. Desde el corazón, en un ejercicio espiritual y literario romántico. Imagen con música: One Direction – What Makes You Beautiful

Laia Martínez Pous. Trece años. De estatura mediana y de cabellos morenos claros y largos. Lleva gafas azules, luce unos ojos marrones, ni muy grandes ni muy pequeños, como la nariz, y unos labios gruesos que acompañan una bonita sonrisa.

Laia es ordenada, lista, justa y lucha por lo que quiere. Te puede ayudar mucho, y en muchas y variadas cosas.

Le gusta la pizza, salir con las amigas, pasear, ir al cine, comprar ropa o disfrutar de unos días en la montaña.

No le gusta la gente mimada, ni el tomate ni el vinagre. Bastante vinagre nos da la vida, ya, opina.

Le gustaría viajar a Londres y visitar a su grupo favorito, One Direction.

¿El futuro?. Profesora. O relaciones públicas, quizás.

Laia, trabajadora y soñadora.

 

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