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Tras el muro (1a parte)

Por Alfons Carrasco (Mollet del Vallès, Barcelona) de su libro “Cuentos Cortos I”. Con música, sobre la imagen; Dire Straits, “Brothers in arms”

 

Esta es mi historia. Todo el mundo tiene una historia que contar y, si no la tiene, es que aun no la ha vivido. Pero yo soy de la opinión de que todo el mundo tiene cosas buenas que explicar y, por qué no decirlo, también cosas malas, algunas se pueden contar y otras es mejor no contarlas.

Alguien espléndido en su época dijo: “todo lo que se ignora se desprecia”. Yo voy a contar una historia que tal vez podría callarme, tal vez podría silenciarla, pero prefiero decir que, si esta es una de las historias que puedo contar, imaginad las que no puedo contar y que, por ende, será mejor despreciar.

Yo nunca he trabajado hasta la fecha, nunca he tenido un sitio donde ir cada día ni ninguna obligación más que la de contentar a mi estómago y a mi alma, soy lo que se suele decir un buscavidas. Aún hoy en día, todo el mundo me dice que tuve una infancia difícil y eso, quieras o no, te marca para siempre, aunque no es la excusa para contar mi historia, ni mucho menos.

Como buscavidas que soy, mi mejor escuela siempre ha sido la calle, aquí tengo a mis mejores amigos y también, por qué no decirlo, a mis mejores enemigos. Todos compartimos el mismo cielo, las mismas estrellas y vemos el mismo sol cada día.

No sé cómo empezó todo, pero sí sé cuándo fue la primera vez que me ocurrió. Aún hoy se me ponen los pelos de punta y un escalofrío recorre mi cuerpo; lo que se me antojaba como un don especial es hoy mi terrible destino al que me enfrento cada día.

Recuerdo que salí del portal de mi casa a última hora de la tarde, era una época en la que solía dormir de día y deambulaba por la noche, sobre todo en esa época del año, verano. Por eso intentaba que el sol no me calentara la cabeza, me produce jaqueca y me pone de un humor de perros.

Recuerdo como tomé la estrecha calle del casco antiguo de mi ciudad, la cual con una suave pendiente desemboca en la plaza, mi plaza, como yo la llamo; es el primer sitio que me encuentro para rebuscar en los contenedores de basuras algún manjar que llevarme a la boca o, en el peor de los casos, pedir en el restaurante las sobras del día anterior, que últimamente era lo más habitual. Todo el mundo en el barrio me conocía, no era amigo de nadie, sólo conocido de todo el mundo, incluso de la policía, pero esa era otra historia.

Seguí caminando ese atardecer calle arriba en dirección a las ramblas de la ciudad, allí el bullicio de la gente, sobre todo turistas, se notaba incluso a varias callejuelas antes de llegar, ya que la música y los entretenimientos llenaban el ambiente de melodías inconexas y sin sentido que parecían transportarte a otro mundo dentro de la gran ciudad.

Desemboqué justo en medio de la rambla, frente a la tienda de animales donde se arremolinaban los turistas ávidos por observar a los pájaros que con su cantar atraían a toda clase y curiosos. Un grupo de jóvenes contemplaba ensimismados las jaulas de loros, cacatúas y otros animales ‘exóticos’ según rezaba el cartel y en ese instante pude ver mi primer objetivo. Un bolso entreabierto de una de las jóvenes que, absorta por la curiosidad, tenía toda su atención puesta en reír las gracias de un loro al que intentaba entender qué palabras emitía su garganta.

Me acerqué con sigilo, sin llamar la atención y casi sin respirar, deteniéndome justo detrás de ella, deslicé mi hábil brazo por el interior del bolso, y ¡bingo! Palpé algo parecido a un monedero grande con suave tacto y bastante peso; tiré de él intentando no hacer ningún movimiento brusco y una vez fuera, lo introduje rápidamente en la entrepierna de mi pantalón. De repente una mano me agarró fuertemente del hombro, gritando unas palabras ininteligibles para mí:

—¡Fuck! ¡Son of a bitch! —me gritó casi al oído un tipo joven y alto.

—Suéltame, cabrón —me limité a decir efectuando un brusco movimiento.

—¡Thief! !Stop thief! —volvió a gritar, al mismo tiempo que todos salieron de su nube y clavaron sus miradas en mí.

Rápidamente empecé a correr ramblas arriba entre un tumulto de gente que, ajenos a los acontecimientos, miraban atónitos el espectáculo mientras me abrían paso, a duras penas, por mis empujones. Tras de mí, pude ver cómo varios de los jóvenes empezaban a correr gritando todo tipo de insultos que no lograba entender. Crucé una de las calles que descendían hacia el puerto y a esa hora de la tarde, por suerte, los atascos habituales del tráfico hicieron que pudiese pasar sin dificultad entre la marea de coches que se hallaban detenidos a escasos centímetros los unos de otros como si fueran en peregrinación.

Me introduje en uno de los callejones que salpican las ramblas a cada lado, sin fijarme en cuál de ellos, cegado por la tensión del momento y el sudor, junto con el afán de escapar de los jóvenes que cada vez tenía más cerca de mis talones. Ahí maldije la hora en que empecé a fumar y noté cómo me estaba cansando rápidamente, empezándome a faltar el aliento.

Giré a la derecha por la primera bocacalle que encontré y fui a dar con unos containers de basura que desparramaron su contenido en el suelo tras mi violento choque contra ellos, me levanté y a duras penas recorrí varios metros hasta llegar a un pequeño bar que en realidad era un tugurio de mala muerte; entré en él y corrí en paralelo a la pequeña barra hasta el fondo, donde me detuve en seco mirando hacia la puerta.

En unos segundos vi pasar corriendo a mis perseguidores a través de la cristalera de la puerta del bar; mientras recuperaba el aliento, observé las miradas de los allí presentes que se clavaron en mi, justo cuando iba a abrir la boca, la puerta del establecimiento volvió a abrirse; allí estaban los tres perseguidores, jadeando también, cara a cara conmigo y yo enjaulado en una especie de ratonera en la que se había convertido aquel sucio local y sin salida a la vista.

Echaron a correr los tres en mi dirección. En ese momento, el sudor frío empezó a resbalar por mi frente, el corazón inició una veloz carrera consigo mismo y la adrenalina empezó a fluir en mi torrente sanguíneo, mientras mi espalda se pegaba literalmente a la sucia pared. Mi mente deseaba poder traspasar aquella pared con todas mis fuerzas, cuando de repente y para mi asombro me colé literalmente a través de ella, fue como si la pared me hubiera absorbido; durante unos segundos mis ojos no percibieron ningún tipo de luz y se hizo un silencio a mi alrededor, pero esa sensación tan sólo duró unos segundos.

Continuará…

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Donde los libros huelen a libros

Perviven lugares, para nuestra fortuna, donde las cosas se llaman por su nombre. Quizás sea el bar de la esquina cercana a nuestra casa, donde los mismos viejos de siempre, unos más veteranos que otros, hablan de todo y de nada, o juegan a los mismos juegos de siempre. Algunos, incluso discuten consigo mismo aunque la cosa no va a mayores. Y donde también se detienen, con urgencia en el cuerpo, trabajadores, unos más jóvenes que otros, para tomar el primer café de la mañana, pensando ya en la comida y en la hora, la bendita hora, de plegar.

Quizás es la frutería y verdulería situada a dos calles, donde la fruta es fruta y la verdura, también. Escuchas allí las mismas voces, conocidas y amables. La esposa que riñe al marido porque no todas las hortalizas están con las hortalizas y una mano desinterasada que escoje por ti una sandía.

Es tal vez la panadería que siempre frecuentas y esperas frecuentar, donde sabes que el pan es eso, pan. O la peluquería, donde Rosita va todos los viernes a arreglarse un cabello ya arreglado. Nunca dejará de asombrarme este mundo en que la información viaja interestelar y, sin embargo, hay cosas que, afortunadamente, no cambian y prometen no cambiar. Donde las palabras viajan de boca en boca sin necesidad de claves para descifrarlas.

Son esos lugares, negocios de sacrificados vecinos, unos más conocidos que otros, donde te obsequian con una sonrisa, una sorpresa, un simple “buenos días”, o “buenas tardes”, y donde no hay que buscar el sentido de las palabras, de los gestos y de las cosas de siempre porque, como decía Saramago, si aún hay que buscar el sentido a una rosa, a una palabra, a un libro, al pan o a la fruta, es que no aún no hemos entendido nada.

Yo, vivo cerca, muy cerca de uno de estos lugares. Un lugar donde no corro el riesgo, cada vez más extendido, de haberme convertido en la persona equivocada, en el sitio equivocado y la época equivocada. Donde frases tan maravillosas, y cada vez más desuso, como “érase una vez…” ha sido, es y seguirá siendo “una vez”.

Es un lugar donde un libro huele a libro. ¡Ah!, esa placentera sensación que el gran mundo desconoce de tomarlo en las manos, olerlo, ojearlo y sentir que vive en tus manos. Sentir que alguien ha escrito para hablarte, de ti, de él, de nosotros, de todos.

Rosa, la librera de la librería que lleva su nombre, – así de simple, así de bonito-, me ha recibido como cada mañana, con una sonrisa y unos “buenos días”. ¡Ay! la amistad, las buenas relaciones de vecindad, la cortesía, o simplemente la correcta educación, qué grandes valores y que escasos en nuestros días.

Hace unos días, tantos que ni yo mismo lo recordaba, en sus atestadas estanterías de libros, libros de ocasión, porque un libro es un libro y aquí nada se desecha, busqué un ejemplar de “Wilt”, de Tom Sharpe. No lo encontré. Tampoco era fácil hallarlo entre tanto desorden tiernamente ordenado.

Pero Rosa, que siempre que archiva algo en la memoria recuerda dónde lo alojó, sí. Lo encontró allí arriba, en una estantería a tocar del techo, como si se insinuara un camino, aún más arriba, y donde viven ejemplares que siempre vivirán, algunos de ediciones con más de doscientos años de antigüedad.

Y he tomado el libro en mis manos, sinceramente como quien recibe un regalo de Reyes, o de cumpleaños. Y lo he olido. Y olía a libro. Y al tiempo que lo olía, lo he ojeado y sus hojas parecían hablarme, veintinueve años después de llegar a la primera librería, a las primeras manos.

Permitidme la licencia. Es la librería de Rosa uno de aquellos lugares al que iremos unos minutos con la misma urgencia con la que transitamos por la vida pero un lugar al cual siempre querremos regresar, y del cual nuestro espíritu nunca se irá.

Es esta librería un mercado de ocasión del libro donde los libros huelen a libros. Y si no lo tiene, Rosa, la librera, te lo buscará y te lo venderá a cinquenta céntimos, si es necesario, con tal de arrancarte una sonrisa y un agradecimiento.

Gracias, Rosa.

Librería Rosa está en la calle Sant Roc, 25-27 de Mollet del Vallès (Barcelona), muy cerca de todo y de todos.

Goyo Martínez, periodista y escritor (con 23 minutos de música a tan sólo un clic, sobre la imagen) 

 

 

 

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Canción de amor

Es difícil medir el valor de la vida de una persona. Para unos cuantos, la vida no tiene significado alguno, pero para quien ha vivido, para quien vive y para quien ha decidido vivir, – porque el hecho de estar despierto no significa estar vivo-, la vida se mide por la fe, por el amor y por los seres que deja atrás, los que encuentra y los que hallará.

Una canción de amor de María del Pino, de Córdoba, de su tercera novela “Don Fernando, la eterna unión”.

Una canción de amor

es lo que te voy a cantar

sin prejuicios ni dolor

para que me puedas, al fin, amar.

Así que ven y no me des más palabras de oro

que es por ti a quien Dios imploro.

De tus finos labios no pido más versos

sino, con creces, infinidad de besos.

Ámame con la suavidad de la noche

Y vivimos juntos un pasional derroche.

 

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Nunca lo hubiera imaginado: sobre la muerte de John Lennon, su asesino y El guardián entre el centeno

¿ Qué hubiera ocurrido si John Lennon no hubiese muerto trágicamente aquel 8 de diciembre de 1980?. ¿Qué relación tiene el último disco del mítico Lennon, su asesino, Mark D. Chapman, y J.D. Salinger, el excéntrico y huraño autor de El guardián entre el centeno?. ¿Planeaban los Beatles regresar a los escenarios si no hubiera fallecido Lennon?. ¿Era el asesino del Beatle un majara, un iluminado o, quizá, un autómata dirigido por alguien a quien le interesaba el magnicidio?. ¿Era Yoko Ono un impedimento para el posible regreso de la banda de Liverpool?.

Aquel 8 de diciembre, Mark David Chapman decidió acabar con la vida de Lennon, “un auténtico elemento que se atrevía a compararse con Jesucristo, y que incluso no creía en Dios”. ¿Qué tuvo que ver Dios con el crimen del Beatle?.

Ese día, Chapman compartió habitación con una prostituta, a la que despachó tras darle una propina, sin consumar el acto sexual en ningún momento. Luego, de camino al edificio Dakota, en Nueva York, adquirió un nuevo ejemplar, el enésimo, de El guardián entre el centeno y en una tienda de Virgin compró una nueva copia, la enésima, del Doble Fantasy de los Lennon.

Por un momento, Chapman soñó… luego habló el plomo y el sueño terminó mientras miles de niños pequeños jugaban en un gran campo de centeno sin nadie que los cuidara ni vigilara, excepto un adulto, al borde de un profundo precipicio, sin otra misión que agarrar a todo niño que se acercara al abismo. ¡Una locura!

Juan Manuel Escrihuela (Barcelona, 1957), uno de los mayores expertos en España en el fenómeno beatle, desvela en “El sueño ha terminado” (Quarentena Ed.) algunas de las oscuras polémicas que han envuelto la muerte de Lennon: una crónica novelada de literatura, música y crueldad que unió al beatle, Salinger y Chapman.

Os lo recomiendo porque no deja indiferente, tanto si eres o no beatlemaniaco

 

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El meu gos (mi perro)

Os hablaré de mi perro, aquel que nunca pedía nada más a cambio que una sincera caricia, aquel que siempre estaba a mi lado, aquel fiel compañero que hubiera dado su vida por mí, aquel que veía la vida desde otro lado, aquel me hablaba, aquel que movía el rabo a su antojo, aquel que quería a los niños y a las gentes de buena voluntad, aquel que sufría cuando yo padecía. Así era mi perro…

Publicado por Oriol López en el bloc Des de la Mediterrània (versió original en català).

El fragmento siguiente está extraído del cuento La revuelta de la azotea, que forma parte de los 31 cuentos que reúne Crónicas de la verdad oculta (1979), de Pere Calders (1912-1994). Este perro tendrá un papel fundamental como desencadenante de La revuelta de la azotea. Aprovecho para recomendar este libro que he releído varias veces, ya cada nueva lectura he podido apreciar interesantes detalles que me habían pasado desapercibidos en lecturas anteriores. Unas historias que insertan elementos fantásticos y sorprendentes dentro de situaciones aparentemente cotidianas, con una genial análisis de la psicología de los personajes y un particular sentido del humor.

El fragment següent està extret del conte La revolta del terrat, que forma part dels 31 contes que aplega Cròniques de la veritat oculta (1979), de Pere Calders (1912-1994). Aquest gos tindrà un paper fonamental com a desencadenant de La revolta del terrat. Aprofito per recomanar aquest llibre, que he rellegit diversos cops, i a cada nova lectura hi he pogut apreciar interessants detalls que m’havien passat desapercebuts en lectures anteriors. Unes històries que insereixen elements fantàstics i sorprenents dins de situacions aparentment quotidianes, amb una genial anàlisi de la psicologia dels personatges i un particular sentit de l’humor.

Imagen con música

 

Era un gos notable per moltes circumstàncies, d’un intel·lecte que, tard o d’hora, tothom que feia la seva coneixença acabava per envejar-li. Era serè, mesurat, no formava mai cap judici sense sospesar les coses des de punts de vista oposats i quan prenia un determini el guiava sempre la justícia. Mai no m’havia suggerit res que suposés obrar torçadament o que m’induís a error. Però, difícil com és trobar cap cosa sense tara, el meu gos tenia una salut delicada, patia del pit i era precís tenir-ne cura. L’habitació que ens va correspondre estava bé. A mi m’agradava, però el gos s’hi va entusiasmar resoltament. Em va donar a entendre que en un estatge d’aquesta mena s’inclinaria a prendre’s la vida amb més calma i a dedicar-se conscientment a les coses que perduren.

Era un perro notable por muchas circunstancias, de un intelecto que, tarde o temprano, todo el mundo que lo conocía acababa por envidiarle. Era sereno, medido, no formaba nunca ningún juicio sin sopesar las cosas desde puntos de vista opuestos y cuando tomaba una decisión lo guiaba siempre la justicia. Nunca me había sugerido nada que supusiera obrar torcidamente o que me indujera a error. Pero, difícil como es encontrar nada sin defecto, mi perro tenía una salud delicada, sufría del pecho y era preciso su atento cuidado. La habitación que nos correspondió estaba bien. A mí me gustaba, pero el perro se entusiasmó de manera decidida. Me dio a entender que en una morada de este tipo se inclinaría a tomarse la vida con más calma y a dedicarse conscientemente a las cosas que perduran.

Autor: Pere Calders.

 

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La madre que no publicaba sus silencios

Hay un día trágico en la vida de un niño cuando descubre que los padres pueden morir. El pensamiento le rondó durante meses a la hora de dormir y hubo momentos en que, por no poder soportar la idea, lloró sin consuelo. Entonces los padres le prometieron algo que no estaba en sus manos, que no dependía de su voluntad: morirían de viejos, muy viejos, y le acompañarían casi durante toda su vida. En la mente del niño la idea maduró como maduran los dientes: todo tiene un final. Cerró los ojos y se vio niño, cuando sus padres le explicaron recuerdos de hacía 30 años. Dice el sabio refranero popular: Dios no podía estar en todas partes a la vez. Por eso creó a las madres.

Un relato, con música, de La Sociedad de los Poetas Muertos, en homenaje al genial Walt Whitman, desde Valparaíso (Chile)

 

Su madre lo guardaba todo. Cuando hubo que enterrarla y vaciar la casa, empezaron a salir de los armarios y cajones muchos objetos, actas notariales de lo vivido por el hijo: patucos azules de punto, el cirio del bautizo, algún diente de leche, el reloj de la primera comunión, una agenda con los teléfonos de los primeros amigos, y alguna amiga, un caleidoscopio, la cartilla de la mili y muchas fotos: con su tía misionera, con el amigo en la noria, en la playa, con su padre, el primer coche. También aparecieron los libros de texto garabateados y los primeros problemas: un tren sale de la estación… y otro lo hace, el inevitable principio de Arquímedes, los verbos irregulares, los poemas de Espronceda. No faltaban los primeros dibujos a tinta china, geométricos, las fotos con los de la clase, la primera chica que le gustó, que no era su novia, era su amiga. Y algunos paisajes: caminos de lápiz marrón, bosques de difuminados verdes, el mar, siempre azul. Nunca había nubes grises y sí casitas con chimeneas, pájaros y una mujer que le miraba con los ojos de una madre.

 

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Artemis

Introducción de Goyo Martínez. Relato de María del Pino, de su libro Artemis, el origen del mal.

Qué fue de cuando cantó el ruiseñor por la mañana. De cuando nos perdíamos en valles vírgenes. Dios, que fue de aquel niño que nació con la sonrisa puesta, que la conservó hasta la adolescencia y que, a medida que fue creciendo a marchas forzadas por las circunstancias, la fue perdiendo hasta apagarse. Qué fueron de aquellas sonrisas inocentes, con unos cuantos dientes, jugando con un palo que no era un palo más sino la espada y una muñeca de trapo que no era una muñeca más, sino una princesa. Hoy, solo son sonrisas de conejo, mostrando tímidamente los incisivos, todo lo más. El resto, en la piel de cebolla que se derrama, son sonrisas de perro, caninos al descubierto; sonrisas de sumisión, interés, codicia,  traición y, alguna vez, de gratitud. ¡Maldito seas!, desperté de ser niño. No quiero saber lo que pasa.

Un relato con música.

–Artemis, Artemis, Artemis… –dijo y lo miré–. Siento decirte que me temo que volverás a mí…

–¿Por qué lo dices? –fruncí el ceño mientras lo observaba sentarse.

–Porque el que es como nosotros, amigo mío, no puede pretender a la buena vida. Y aunque no me guste decírtelo, el que lleva escrita tu tragedia, tu origen, no puede cambiar –sentenció mirando las uvas que había en la mesa–. Eres como este racimo –lo cogió–. Todas las uvas están en el mismo tallo, tienen el mismo sabor…- tras decirlo, me miró. Por más que intentes ir de una uva a otra, siempre acabarás llegando a la misma raíz.

 

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