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UN MERCADO DE OCASIÓN Y MILES DE MUNDOS EN LA ENTREPIERNA DE UNA MUJER

Plaza de Catalunya, esquina Portal del Ángel. Barcelona (aunque podría haber ocurrido en cualquier punto de este sorprendente país).

El mundo al revés, o yo boca abajo. Se ha instalado un nuevo mercado de trastos y otras cosas de ocasión. Una parada promete zapatos para todos. Otra, ofrece mosaicos y vidrieras. Hay un vitral de la Virgen adorando al niño junto a otro más llamativo de Homer Simpson y su hijo Bart. La caseta contigua ofrece zuecos, de todos los colores y formas posibles, todos supuestamente artesanos. Los hay del Barça, del Madrid y del Milán; también descuellan unos zuecos con la imagen del Cristo de Dalí, otros con la Sagrada Familia totalmente construida… No sé si rezar, escupir, maldecir, enamorarme o comer un sándwich…  No sé, la cuestión es sentir algo en el estómago y en el alma que distraigan mi rabiosa mirada y mi colérico pensamiento.

Un universo de romanticismo industrial, hojalata, óxido, obras de diversa y dudosa factura y texturas de todo tipo se abre ante mí, de improviso. Sigo buscando entre miles de objetos, unos más que otros absurdos. Es una experiencia cuasi surrealista que no tenía anotada en mi agenda. Veo cosas nuevas y viejas, lindas y feas, horrorosamente feas. Una señora me ofrece una cartera, o unas gafas, o un juego de pañuelos, o unos calcetines, o unos calzoncillos… tiene de todo y lo que no tiene, promete conseguirlo en un pispás. 

Ahora que recuerdo, necesito un adaptador para enchufar el cargador de mi ordenador. Lo encuentro. Ojeo el producto. Parece original, nuevo. ¡Maldita sea!, “made in Taiwan”. El vendedor me atiende con un evidente ánimo comercial, no exento de un punto de ironía.

            – Este adaptador es universal, te va a funcionar con todo!.

Y le replico:- ¿Me adaptaré al mundo sólo con esto? El vendedor asiente. Creo que me convencería de que tiene un teléfono para hablar con Dios y lograría vendérmelo con tal de ganar unos euros. ¡Vaya con el pequeño trasto, lo que es capaz de lograr!, pienso. Pago entre sonrisas y sigo paseando por el bizarro mundo que allí se ha montado. 

En una parada, una mujer de personalidad y físico estirados, de unos cincuenta años,  emperifollada y emperejilada con sus mejores oropeles, como si fuera a misa de domingo, ojea una mano de cerámica azul para guardar sus anillos, luego un cenicero en forma de cangrejo para las colillas de los cigarrillos que, posiblemente, no fuma, y más tarde un espejo de estilo mejicano para peinar sus cabellos entre lilas y canosos. La vendedora, muy salerosa ella, le intenta colocar también una copa de cristal presuntamente de Bohemia y un vestido de noche con un toque de ola francesa de Cristiano Di-Or. También le podría ofrecer un sofá azul turquesa para sus siestas, una butaca aterciopelada para sus lecturas, una silla Emmanuelle para sus momentos más sensuales, una olla rota, quizás para que no cocine más sus recetas de compota y sirva de adorno en su alacena de su horriblemente decorado comedor de estilo modernista. De la parada también cuelga una cabeza de asno, quizás para alejar los espantos. 

A su lado, en otra parada de venta de camisetas xerografiadas, me llama la atención una joven de piel pálida mal disimulada con al menos siete capas de maquillaje, quizás para que no le queme el sol, pelo teñido hasta la confusión y etiópicamente anoréxica. Más que la chica lo que me llama la atención es su camiseta, de un amarillo limón con un lema en grandes letras negras que vende: “las putas insistimos que los políticos no son hijos nuestros”.

Le pregunto si tiene camisetas con lemas como «Yo odio a Belén Esteban» o «Yo también quiero ser el juez Garzón». No, no tiene. Me ofrece, en cambio, otras con mensajes más o menos originales, más o menos acertados, algunos grouchonianos, siempre reivindicativos: «La esclavitud no se abolió; se cambió a 8 horas diarias». «Vive de tus padres hasta que puedas vivir de tus hijos». «No te tomes la vida en serio; no saldrás vivo de ella». «El alcohol y la maría producen amnesia y otras cosas que no recuerdo». «Hay un mundo mejor, pero es carísimo». «Tengo el cerebro comunicado con el culo. Cada vez que pienso la cago». «Soy vegetariana por eso fumo marihuana». «Mi libertad es infinita y la libertad de los otros comienza donde acaba la mía».«Bienaventurados los borrachos, porque verán a Dios dos veces…». Las tiene en rojo con letras blancas, en blanco con letras rojas, en negro con letras anaranjadas, en naranja con letras negras y una A circulada… todas a diez euros la pieza.

Su causa –me cuenta-, la anarquía, total y absoluta. Me intenta colocar una de sus camisetas mientras tararea una canción que habla de un mundo donde hay caras extrañas, de una belleza un poco despojada, de pieles de ébano de padres indígenas y ojos esmeralda.

Con un acento salpicado de italiano, español y lenguaje 0kupa, me dice que todo es una porquería y que si compra una de sus camisetas, a diez euros la pieza, el mundo será menos puerco y estaré comprando un pedazo de anarquía.

Me marcho a la francesa. « ¡Otro día será, guapa!». «¡Vaffanculo!», murmura. « ¡Ya estoy jodido!», replico.

Encuentro por fin la parada que buscaba. El mundo al revés, o yo boca abajo. Vas tú o voy yo, le digo a mi sombra. ¡Uno de los dos podía ahorrárselo!, contesta. Una caterva de mujeres de distintos aspectos y edades atesta la parada. Están como locas revolviendo ropa. El desconcierto crece y adensa, como un carnaval de pasiones desatadas. Dos muchachitas quinceañeras se sonríen. Al parecer, han encontrado lo que buscaba. Una le muestra una sonrisa de conejo, mostrando tímidamente los incisivos. La otra le responde con una sonrisa de perro, poniendo al descubierto los caninos. Una tercera se las mira y patalea de una manera muy cómica al no encontrar lo que busca. Tras la parada, una mujer oronda y dicharachera pregona con berreos sus ofertas. «¡Reina!, es tela de la buena, del mismísimo Domínguez!», grita a una mujer con un top en las manos y que no acaba de decidirse. La potencial compradora le replica que va de farol. La vendedora le dice ¿quién, yo?. Se entabla entre ambas la misma conversación que tendrían un cangrejo y un alacrán. «¡Digo yo!.  ¡Digo sí!.  ¡Digo no!. Digo ¡Ah!». No acaban de ponerse de acuerdo. 

Todas las mujeres allí apostadas son como pequeñas hormigas de brea. Se mueven de arriba abajo, de izquierda a derecha como si fueran a ahogarse en una gota de agua. Nerviosas, con prisas, estorbándose las unas a las otras para llegar primero a ninguna parte. Hormigas obreras, una ínfima parte de la ínfima parte, que se creen parte entera. Sin rumbo y sin fin, perdiendo el sentido común de la existencia, abrazando el sentido individual de la disconformidad. Hormigas sin hormiguero, sin propósito cierto y sin reina.

Yo, solo con mi soledad, frente a ellas, locas de atas,  me siento como un extraño en un cuento de lobos, bandoleros y contrabandistas. Quizás deba comprar un manual de cómo encajar en la ciudad. Sospecho que me he vuelto cómodamente insensible, un año más, un año menos, a mitad de camino de casi todo, como un San Bernardo, que se lo traga todo mientras la estupidez se reproduce como las hormigas y un montón de chorizos, hijos e hijas de una sociedad chopped, pregonan ofertas de cantamañanas.

Entre sus locas e inquietas cabecitas emerge un cartel que, por lo visto, sólo llama mi atención. ¡Me siento un bicho raro!: «por la compra de tres bragas, regalamos un libro», reza el anuncio.

«¡Que caigan rayos, truenos y centellas!». Observo con el rostro cuarteado, la mente escindida, la palabra acartonada, el pensamiento coagulado. Azorín, Machado, Unamuno, Lorca, García Márquez, Cela, Gala, Marsé… ¡por Dios!, Borges, Neruda, Whitman, Dickens… por unas bragas. No puedo, ni quiero imaginar, en la entrepierna de una mujer todos los campos de Castilla, toda la crónica de una muerte anunciada, ni todas las putas tristes, ni toda la casa de Bernarda Alba, ni todo el manuscrito carmesí, ni los veinte poemas de amor y una canción desesperada, ni a Pascual Duarte y toda su familia, o a  Oliver Twist, a Pepe Carvalho, o al Pijoaparte… Miles de mundos en unas bragas».

Agoto todas las posibilidades de experimentar los cientos de estados de ánimo que podía manifestar y luego quiero romper a llorar. Solo parezco un hombre desesperado y el resto, un cuento chino. Siento que doy asco. Dios me desafía, me llama estúpido y debo responderle. Entrego la crónica y me voy a la francesa. Hoy como ayer, mañana, posiblemente, como hoy.

Fragmento de “La Biblia 2.0. Tomando un gin tonic con Dios”

Con música, con mucho gusto. Phill Collins – One More Night

 

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LOS SECRETOS DE LA TABLA PERIÓDICA ( PORQUÉ SÉ…)

El desorden sobre la vieja mesa de madera de la vieja biblioteca del viejo de la imprenta era monumental. Se apilaban libros sobre libros, notas sobre notas, dibujos sobre dibujos, extrañas fórmulas matemáticas sobre aún más extrañas fórmulas químicas. Sin lugar a dudas, seguía trabajando en su sueño. Ya no se trataba sólo de averiguar adónde van los besos que no damos, que nos quedamos. Era también una investigación sobre el amor que guardamos, la sonrisa que no exhibimos o el gesto amable que disimulamos.

Con mi genio en reposo -sólo así se podía afrontar la situación-, me senté frente a su vieja mesa mientras su vieja voz recitaba al señor Boyle. Algo me decía que el qúimico escéptico le había llevado al mayor descubrimiento de su historia. Quizás no era el más deslumbrante descubrimiento ni la mayor ni mejor historia jamás antes conocida o contada, pero era su historia y, creedme, vale la pena conocerla.

” Ciertos cuerpos primitivos y simples que no están formados por otros cuerpos, ni unos de otros, y que son los ingredientes de que se componen inmediatamente y en que se resuelven en último término todos los cuerpos perfectamente mixtos“, escribió en una ocasión el señor Boyle.

– ¿ Y, adónde quieres llegar ?, querido viejo – le pregunté luego de mis intentos por descodificar aquellas palabras que se manifestaban como un galimatías. Casi como la vida misma. Intuía que aquel mensaje tenía algo que ver con la eterna lucha humana por descubrirse y encontrarse. Lo que no podía advertir es la magnitud de su hallazgo.

– ¡ Ay, mi querido, joven e ingenuo amigo ! Los seres humanos siempre hemos estado tentados por encontrar una explicación a la complejidad de la materia que nos rodea. Al principio, pensamos que los elementos de toda materia se reducían al agua, la tierra, el fuego y el aire…

– ¿ Y no es así?

– ¡ En absoluto ! ¡ Si te oyesen los señores Döbereiner, Chancourtois, Newland, Meyer y Mendeleïev te abofetearían y luego pedirían tu cabeza!

Por momentos, temblé. Me imaginé reducido a un elemento en un tubo de ensayo a punto de convertirse en una partícula para dar vida al trabajo de un grupo de científicos con pinta de locos científicos.

– ¡ No somos sólo cloro, bromo, yodo o calcio…! – proclamó el viejo con el mismo estrépito que me sugirió el momento en que Moisés abrió las aguas del mar Rojo.

– ¡ Te equivocas… nuevamente ! – matizó, reduciendo la voz -. Un fuerte viento del este que sopló nocturno fue el causante del retroceso de las aguas del mar Rojo de la forma descrita por la Biblia y el Corán, y no Moisés… Aunque al sufrido Moisés también se le ha de reconocer su valentía y decisión bíblicas.

Luego del matiz, ciertamente esclarecedor, retomamos el asunto pendiente. Porque la vida con el viejo, afortunadamente, es un constante asunto pendiente, aunque ya no urgente. – Si no estamos rodeados sólo de agua, tierra, fuego o aire. Si no somos sólo cloro, bromo, yodo o calcio. ¿ Qué hay más ? ¿Qué somos? ¿ Qué más nos rodea ? ¿De qué estamos hechos?… El viejo interrumpió mi torrencial interrogatorio.

– ¡ El secreto está aquí, amigo mío ! – aseveró entre la exclamación y la emoción, apuntando con el dedo a la tabla periódica como si todos fuéramos fruto de siglos de ensayos reducidos a una secuencia alfanumérica de elementos químicos, átomos, lantánidos y actínidos.

No me sorprendí. Era la misma tabla periódica que, de pequeño, me había causado múltiples dolores de cabeza en la etapa en que sólo soñaba con palabras.

– ¡ La tabla periódica no es sólo la tabla periódica ! – vociferó, gesticulando como un poseso como si hubiera de vender su trabajo porque su vida dependía de ello. Pensé por momentos que había descubierto el elemento 121 de la tabla. Pensé caprichosamente en el 121 porque desconocía a ciencia cierta si la tabla ya contaba con 120 o, como señalaban otras fuentes, quizás ya nos encontrábamos en el 125.

El viejo me arrastró hasta una vieja pizarra en la que se acumulaban sin un aparente orden papelitos con fórmulas, números, letras, flechas… Me sugirió la pared de un criminólogo enloquecido, y momentáneamente derrotado, por una conspiración criminal en la que todo estaba por descifrar, del primero al último asesinato.

De súbito, el viejo reorganizó aquel fantástico caos. Lo hizo como un autómata, como el mismísimo Houdini. Pensé incluso que sacaría una paloma blanca de donde no era posible esconder al animal. Ordenó los elementos 75, 31, 57, 92, 7, 4, 16 y 8. En un principio, yo sólo vi renio, galio, lantano, uranio, nitrógeno, berilio, azufre y oxígeno. El viejo pataleó.

– ¡ Debes verlo !

– ¿ El qué?

– Las palabras y los números encierran un mensaje… De eso, en el fondo, es de lo que estamos hechos.

Repasé con suma atención la secuencia, situando cifras y letras a derecha y a izquierda, de arriba a abajo…  Sumé, resté. Incluso, dividí y multipliqué. El viejo se desesperaba. Yo sudaba. A punto estuve de reconocer la derrota cuando vi un beso en aquella extraña serie. ¡ Un beso ! ¿Cómo era posible ?

El renio, el galio y el lantano escondían el verbo regalar; el uranio y el nitrógeno, el primero de los números naturales, y el berilio, el azufre y el oxígeno, una de las más bonitas palabras que conozco: beso. Sólo se trataba de combinar adecuadamente las sílabas de cada elemento, con sus números y letras.

– ¡ Eso es! ¡ Regala un beso ! Acerté. Me sentí del mismo modo de que se sentía el viejo, profundamente ufanos, como si hubiéramos llevado a cabo el mayor de los descubrimientos de la humanidad.

Saltamos. Bailamos. Gritamos como locos de alegría… Luego, nos relajamos y nos aplicamos a nuevos descubrimientos en la otrora anodida tabla periódica.  Y dimos con otro revelador secreto: la combinación de (li)tio, (be)rilio, (ra)dio y (te)luro es una suerte de liberación. ¡ Libérate !

El Café Romantic presenta esta noche, y por deferencia de Mila Miguélez, una nueva voz: Elen AranFouérè, una autota chilena cuyo interés va más allá de la ficción de la novela y que se mueve con ganas y soltura en otros ámbitos: astronomía, ciencias, filosofía, arte en general…, y poesía por supuesto. Y en ella hemos hallado una poderosa química entre los elementos y el amor. 

Introducción inspirada en la inquietud, sabiduría y sensibilidad de Pau Glez. Imagen con música: Sarah Brightman & Andrea Bocelli – Time To Say Goodbye (Con Te Partiro)

Porqué sé…
que mueres de ganas, por verme
que sientes tanto susto, como placer
que te estremece suponerme cerca
que no se puede engañar el alma
que estás agotado de tanto deber
Porqué sé…
que han temblado tus respuestas
que el silencio es un escudo para tu piel
que mientras menos quieres pensarme,
más me piensas y no sabes que es
que cada noche me tienes en tu piel
Porqué sé…

 

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SIN PRISAS; ¿ ADÓNDE VAS CON TANTA PRISA ?

Iba yo un día con prisa, a grandes zancadas. Tenía mucha prisa. Por pensar, por escribir, por hacer… por volver a pensar. Sólo oía mi voz en el silencio de la eternidad. Iba tan acelerado que convertí la virtud de la rapidez en el vicio de la prisa. Era tanta la prisa que tenía que incluso se tropezaba con sus propios pies. Ni siquiera me paré a pensar para qué tenía tanta prisa.

– ¿ Adónde vas con tanta prisa ? –  preguntó el viejo de la imprenta con un ritmo que parecía no acabar nunca. Cuando aún yo pensaba la respuesta, todavía resonaba la pregunta.

– ¡Buena pregunta! – respondí. No tenía otra respuesta, al menos en ese momento.

– ¡ Fíjate en él…! – dijo, señalando con el dedo a un cielo que se manifestaba en absoluto reposo. – ¿ En quién? – pregunté, ingenuo. Ingenuo por simple más que por inocente.

– Él, que según dicen ha creado todo y está en todo, existe; pero no tiene ninguna prisa en hacerlo saber.

– Pero él no vive aquí. No se le acaba el tiempo…

– El tiempo lo creó él, pero el hombre inventó la prisa.

– Yo creo que él fue demasiado lento… Yo, en su lugar, hubiese hecho el mundo en cuatro días.

– Pues yo opino lo contrario, como el señor Vicent. Lo hizo en sólo seis días, y aún se notan las prisas.  ¿ A qué venía tanta prisa ? Si disponía de todo el tiempo del mundo,  por qué no se tomó…, pongamos 666 días en hacerlo.

– Usted, siempre tan maquiavélico…

– ¡Ay! mi querido e ingenuo amigo, ¿ quién te ha dicho a ti que esta obra en la que vivimos no fue escrita a cuatro manos, por él y por el otro ?

– ¿ El otro ?

– Sí, por su opuesto.

– ¿ Existe ?

– ¡ Por supuesto !

– Y, ¿tenía tanta prisa ?

– Creo que fue más listo. Convirtió las desventajas de las prisas de su opuesto en ventajas propias…

Se hizo un necesario silencio entre ambos. Fue un momento en gerundio, como un presente en desarrollo, como estar entre el cielo y el infierno, donde el tiempo discurre pero no avanza, según las sospechas…

– Por cierto, ¿ adónde ibas con tanta prisa ? – reiteró el interrogativo viejo.

Entonces, me ví viviendo aún más deprisa y muriendo joven. ¿ Qué habría hecho ? ¿ Qué habría quedado ?, pensé inquieto para mis adentros, sabiendo que el viejo sabía lo que estaba pensando. ¡ Sólo un bonito cadáver !

A mi mente vino en cascada el tiempo que se fue, veloz.  El lugar de mi descanso, el sitio de mi inocencia. Era cuando subía rápidamente escaleras y no esperaba en el rellano. El tiempo quemaba hasta convertirse en cenizas. ¿ Es vivir un asunto urgente ? ¿ Es la prisa un animal legendario dispuesto a asesinar en cualquier momento ?, abrumando los contornos de la vida con una fina niebla que todo lo vuelve a un tiempo impreciso y misterioso, magnficándolo hasta la confusión. En las preguntas hallé las respuestas: ¿ Qué sentido tiene correr cuando estamos en la carrera equivocada y no lo descubrimos hasta que cae la bandera ? ¿ Si viviera mi vida otra vez, cometería los mismos errores, sólo que más deprisa ? ¿ Tengo prisa por qué no sé adónde voy ? ¿ Adónde va la humanidad; entonces por qué va tan deprisa ?…

– ¿ Y tu prisa ? – incidió el viejo.

– No tengo tiempo para tanta prisa – resolví yo.

  • El Café Romantic propone hoy un excelente relato de la siempre excelente pluma de Mercè Roura sobre la prisa, ese animal que nos hace olvidar la única cosa de que las demás no son sino una parte: vivir. ¡ Al diablo con las prisas !

  • Imagen con música: 10 beautiful soundtracks from 10 beautiful movie.

Tienes prisa para todo. Necesitas que el mundo gire, que acelere su marcha porque hay mucho por hacer y cuando lo terminas, enseguida se te ocurre algo nuevo por lo que batallar. Vives de esa emoción que surge en ti cuando buscas y encuentras.

Cuando te sientas en la silla, tus piernas se balancean como las piernas de los niños que no tocan el suelo cuando están sentados… Quieres levantarte… Necesitas pasar a la acción y caminar. Necesitas estar en eterno movimiento. Lo haces con los pies y con la cabeza. Que nunca para. Siempre inventa. Genera posibilidades. Busca oportunidades y, cuando el día está complicado y no las encuentra, las inventa.

Eres de esas que miran un vertedero y ve el paraíso que podría montarse allí si todos tuviéramos tus ganas y tu energía.

Te ilusionas. Eres adrenalina pura, viento, fuego. Estás hecha de un material irrompible, incorruptible, poroso… Lo quieres todo ahora.

Tanto vivir al borde del sueño y con los pies colgando de una silla enorme te ha acelerado. Necesitas parar y suplicarle a la peonza que deje de girar un minuto. Para saborear el instante que vives darte cuenta de lo que tienes alrededor.

Detenerte cinco minutos no hará que pierdas el tren, sobre todo porque la mayoría de trenes a los que subes te los has inventado tú, los has generado en esa máquina potente y preciosa que es tu mente.

La vida es una mezcla entre hacer que las cosas que quieres sucedan y dejar espacio y tiempo para que otras, que ni imaginas y también son buenas, puedan pasar.

Tu impaciencia ha puesto al máximo de revoluciones a la máquina que genera realidades nuevas y has forzado las cosas. Todo tiene su ritmo… Todo tiene su tiempo. Hay cosas que necesitan un empujón y otras que tienen que funcionar por inercia. Para poder escuchar, observar, sentir, notar.

Un día, no hace mucho, una mujer muy sabia que me dijo “si dominas tu impaciencia, dominarás el tiempo”.

¿Dominar el tiempo? pensé yo… Nadie domina el tiempo…

El tiempo del que ella me hablaba era el del devenir de las cosas, el que necesita todo lo que se mueve para ponerse en marcha y funcionar. El engranaje hace que la vida siga su curso. El tiempo que se genera entre dos miradas que se cruzan. El de asustarse, el de enamorarse, el de derramar una lágrima y el de sonreír. El recorrido interior que te lleva a superar una decepción o ese trayecto dulce entre que cierras los ojos y alcanzas el sueño.

Lo he entendido, al final. Puedo pedalear más rápido mi bicicleta para llegar a la meta antes, pero jamás podré acelerar el ciclo lunar. Porque nadie le dice a la luna que se apresure.

Hay cosas por cambiar y cosas por aceptar… Situaciones a las que podemos darles la vuelta y situaciones que nos hacen dar la vuelta a nosotros y modificar nuestro rumbo. A veces, no se puede ir en linea recta, aunque sea el camino más corto. Hay ocasiones en las que tendrás que correr y otras en las que tendrás que quedarte quieta.

No será fácil, pero si eres paciente, tal vez recogerás los frutos de tu espera. Aprenderás a dominar el tiempo. Conseguirás ese complicado equilibrio entre coger y soltar, entre caminar y saber cuando parar… Entre existir y soñar.

 

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CANDY CRUSH O QUÉ TUITEARÍA UN TEMPLARIO

Dicen que las pistolas las carga el Diablo y las dispara el hombre. De un modo muy parecido piensa el viejo de la imprenta sobre las nuevas tecnologías. ¡Curioso!, este apelativo. ¿Siempre serán tecnologías nuevas aunque sean viejas?

El otro día, sin ir más lejos, porque ir más lejos con el viejo supone retroceder a la era de la formación de la tierra, mirábamos juntos el mundo y nos sorprendía la extraordinaria velocidad con la que todo circula: la información, la comida, la charla, la brevedad, el aforismo… ¿ Qué fue del café largo, del tentempié pausado, del queso curado y del vino de reserva ?

Hoy, la gente se da un plazo de 95 tuits, tres cafés y un gintonic para cambiar sus vidas, virtualmente claro, maldijo el viejo.

A Dios pongo por testigo que he intentado en infinidad de ocasiones hacerle ver las bondades, utilidades y favores de esas que llaman nuevas tecnologías, en especial la red social. Pero, no hay manera. Mientras para  millones de seres la vida es aquello que pasa mientras se conectan a Internet, para él la vida sigue siendo aquello que le sucede mientras se empeña en hacer otros planes.

– Sabes que el planeta es hoy como un inmenso queso atravesado por redes, faxes, teléfonos, módems, Internet… -, expuso el viejo, rezongando-. Sabes que tu vida ya no te pertenece. Es propiedad de la red-, agregó refunfuñando aún más.

– ¡ Por Dios !,- exclamé imaginando un descomunal queso que se deshace poco a poco como los relojes de Dalí, de origen japonés, americano, coreano, tailandés o vaya usted a saber, fabricado con leche de una vaca que ni siquiera es una vaca, y bits, tuits, archivos y redes mezclados a modo de cuajo y triturados. ¿ Qué ha sido de la vaca de mi abuelo?, lamenté casi llorando.

Aún así, le intenté explicar que Internet permite conectar al instante a un chino – cuando se lo permiten- y a un americano – siempre bajo la atenta mirada de doscientos pares de ojos-, mientras un noruego hace un negocio sin moverse de la silla con un australiano, y un grupo de españoles se conciertan para llevar a cabo una cacerolada contra la crisis.

– ¡ Zarandajas !,- gruñó. Luego, suspiró y habló, como lo hace él, torrencial y contundente.

– Así parece ser la vida, hoy. En efecto, eso de Internet permite encontrar con rapidez la información. Pero, ¿ qué hay de cierto en ello ? Puedes obtener un consejo médico a través de esos malditos trastos y no sabes si viene de un Premio Nobel, de un médico, de un mecánico o de un carnicero.

¡ Por Dios!, exclamé de nuevo imaginando a mi mecánico tiznado de mugre tratando de explicarme cómo poner remedio a mi dolor de estómago luego de un buen plato de callos mientras cambia el aceite del coche, que pierde líquidos por todas sus juntas.

Y aún así, lo seguí intentando. Pero, todo fue en vano.

– La comunicación triunfa, – grité.

– La incomprensión, también, – gritó aún más el viejo.

– ¡ Internet nos une, nos conecta !

– ¡ Internet nos abduce, nos posee… Nos seduce, fornica, yace y se va !

– ¡ Internet es el primer gran invento de la humanidad !

– ¡ Internet es la primera cosa que la humanidad ha construido y que la humanidad no entiende !

– ¡ Internet es libertad !

– ¡ Internet es una infinita e indefinida cárcel virtual en la que cualquier pendejo electrónico puede construir un mundo en el que te pueden reducir la cabeza como a un jíbaro !…

Cuando ya no hubo más argumentos y otras tonterías que gritar, callamos. El silencio nos vino bien. En realidad, el silencio siempre va bien cuando lo que se va a decir no es más bonito que el propio silencio. Y el bonito silencio se rompió sólo durante un instante, el que necesitó el viejo, mi querido viejo, para inquietar aún más mi inquieta cabeza:

– ¿ Para qué se habría usado Twitter en la antigüedad ?… ¿ Que tuitearía un templario ? ¿ Y un romano ? ¿ O   Atila, Da Vinci, Colón, Napoleón o nuestro querido señor Marx (Groucho, por supuesto?.

El Café Romantic presenta hoy un curioso y breve relato dialogado de Rafael Rodríguez Torres, de Barcelona, que invita a una necesaria reflexión de quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos en la frenética, e incluso enajenada, era que vivimos.

Imagen con música: My Immortal – Evanescence

– ¿ Tienes twitter?
– No.
– ¿ Y Facebook?
– No.
– ¿ Cuenta en youtube?
– No
– ¿ En H5?
– No.
– ¿ Y en tuenti?
– Tampoco.
– Pero, ¿ tú pero que tienes?
– ¡ Una vida!…

… ¡ Pues mándamela para el Candy Crush* !

* Según Wikipedia, Candy Crush Saga es un videojuego para teléfonos inteligentes y Facebook en que cada jugador tiene un número predeterminado de cinco vidas, cada vida es restaurada después de una media hora. Si el jugador no cumple con el objetivo del nivel o el jugador no cumple con la puntuación mínima, se le resta una vida. El jugador tiene la opción de pedir a los amigos más vidas por Facebook, comprar un artículo de restauración de vida o la compra de un artículo especial que amplía el número de vidas que el jugador tiene por defecto, o adelantar la fecha en su dispositivo para obtener al instante más.

 

 

 

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EL LEGADO

Ayer durante la cena me hablaba el viejo de la imprenta de la existencia de un Reloj del Apocalipsis o Reloj del Juicio Final. Por lo visto, tras la II Guerra Mundial, y asustados por el alarmante auge del armamento nuclear, la junta directiva del Boletín de Científicos Atómicos de la Universidad de Chicago – siempre la Universidad de Chicago-, creó este reloj simbólico para representar el riesgo permanente de desaparición de la raza humana.

El viejo me contó que, según estos científicos, los humanos estamos siempre a minutos de la media noche, hora que utilizan para representar el apocalipsis. En 1947, año de nacimiento del reloj, colocaron sus manecillas en las 23:53 horas, es decir a siete minutos para el final.

Sin embargo, calculé mentalmente y caí en la cuenta de algo que me pareció injusto: mientras en Chicago, el fin llegaría a las 23:53 h. del 19 de agosto, aquí lo haría a las 06:53h., en Tokio, a las 13:53h. y en la Polinesia francesa ya sería incluso 21 de agosto.

No calculé la hora en Londres. Primero, porque no me importaba demasiado, aunque esa no es una razón de peso. Y, segundo, porque los británicos siempre van a la suya en cuestión de horarios, sentidos, direcciones…, lo cual detesto. Y aún detestó más su arrogancia de que son ellos los que poseen la verdad de lo correcto y nosotros, los equivocados.

En definitiva, el fin alcanzaría a unos cenando, a otros despertándonos, a otros comiendo y a los de más allá, poniéndose el pijama porque alguien, caprichoso, quiso que el ser humano nunca vaya a la misma hora.

El viejo, que a medida que pasan los minutos, las horas, los días, las semanas, los meses y los años ganan en curiosidad – quizás sea por eso que se mantiene viejo-, me explicó que, en cada número del Boletín de la dichosa Universidad de Chicago, y en función de los acontecimientos, las manecillas se actualizan, pudiendo atrasarse o avanzar hacia el fatídico final, como si el hombre tuviese una suerte de poder universal para decidir sobre su destino. ¡ Ilusos !, pensé. El viejo me dio la razón.

En un primer momento, el movimiento del reloj dependía del riesgo nuclear, pero con el tiempo se empezaron a tener en cuenta otras circunstancias como los avances tecnológicos, el cambio climático, los movimientos geopolíticos, etc.

– Dicen – detalló mi querido viejo- que el momento en el que hemos estado más cerca del Juicio Final fue en 1953, cuando EEUU y la Unión Soviética empezaron a realizar pruebas con su armamento nuclear. Nos quedamos a 2 minutos. Por el contrario, la vez que más lejos hemos estado fue precisamente cuando esas mismas potencias, en 1991, firmaron los tratados de desarme que daban por finalizada la Guerra Fría. Estuvimos a 17 minutos.

– Y, ¿ cuándo se actualizó por última vez ?

– El 11 de enero de 2012, que nos dejó a 5 minutos del fin de la Humanidad.

Entonces, ambos reflexionamos en voz alta: si los científicos atómicos de la Universidad de Chicago hubieran leído los periódicos de los últimos días, semanas, meses… hubieran tenido que sacar números especiales de su Boletín cada día, adelantando y retrasando varios minutos las agujas reloj acercándolo al fatídico momento.

Ayer, sin ir más lejos, porque si lo hacíamos el reloj podría volverse loco, conocíamos que Egipto, por enésima vez, está al borde de la guerra civil – si es que no lo está ya, al menos en la hora de la Polinesia francesa-; que nos acechan los “lobos solitarios”, los yihadistas que combatieron en Siria y que han regresado sin otra ambición que matar porque si no, son como chimeneas en verano; que un soldado americano se puede pasar la vida en prisión por revelar secretos – un nuevo ejemplo de la estúpida democracia estadounidense-; que el nieto del Rey de España, Pablo -no citamos aquí su apellido porque la criatura no tiene la culpa de tener el padre que tiene- aún está enfadado porque su primo, el indomable Froilán – ¡ vaya familia !- le intentó ensartar con un pincho moruno, y que, trescientos años después, España y Gran Bretaña aún andan a la greña por un peñasco – con nuestras disculpas y respetos a los gribaltareños-.

Y, por si fuera poco, políticos, obispos y arzobispos no dejan de hablar de la vida de los demás, de cómo deben llevarla, de cómo deben vivirla, como si la suya fuera la única vida posible.

No queremos ser pájaros de mal agüero ni tampoco pretendemos dar la razón a los mayas, pero anoche nos pareció oír los cuartos – toc, toc, toc, toc…- que anuncian un nuevo fin. Sin embargo, hicimos una llamada a los científicos de la Universidad de Chicago, a eso de las 23:53h, para comunicarles que Alemania ha creado un “tercer sexo”, que han descubierto un astro extrasolar del tamaño de la tierra y cuyo año solo dura ocho horas y media, y que el Gobierno de España – ¡ canallas !- se gastará más de 214.000 euros para restaurar la fachada del Valle de los Caídos -sus caídos-, según un contrato que adjudicó el pasado 18 de julio, día del Alzamiento de los bastardos franquistas… Con noticias como éstas, era necesario retocar la hora del reloj, les dijimos a los científicos estadounidenses.

El Café Romantic presenta un breve relato de Luisjo Goméz, de Barcelona, extraído de su libro “El legado del Valle”, escrito a cuatro manos con Jordi Badía. La obra relata las investigaciones de Arnau Miró en torno a la muerte del único familiar vivo que le quedaba, su tía María. La mujer ha muerto en extrañas circunstancias en su casa de la Vall de Boí (Lleida) donde guardaba un objeto que podría cambiar la historia de Occidente para siempre. Las ansias por destruir este misterioso objeto, han provocado centenares de muertes a lo largo del último milenio, siempre con la pretensión de conseguir que la humanidad no llegue a conocer nunca lo que ellos llaman “Legado”.

Imagen con música: U2 – With Or Without You

“Me senté sobre los restos de muralla que, callada, parecía evocar grandiosas epopeyas. Por vez primera sentí cómo entre las juntas de sus piedras rebosaban aún sangre y leyenda: el eco de una lejana historia olvidada en el tiempo que llamaba con insistencia mi atención, para regresar de un silencio secular… Tanta sangre, tanta sangre…Demasiada religión en el mundo para que los hombre se maten entre sí; no la suficiente para que se amen…”

 

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ENTRE LA TIERRA Y EL CIELO… (EL ÁRBOL DE LA FIEBRE)

La emocionada carta apenas sí delata su posición exacta. De eso hace ya unos días. Lleva fecha de julio de 1721. ¿ Ha enloquecido ? ¡Pobre viejo ! Me cuenta que se halla en un lugar donde habita lo último de lo que la vida nos puede sustraer. ¿Dónde te encuentras ? ¿ Y que eso último que se resiste a la sustracción de la vida ?

Descifro que se halla en un lugar en el que viven negros que se saben negros porque han conocido al único blanco que les ha visitado cuasi desde 1880. Dicen los textos que el último blanco que habitó aquella tierra fue Livingstone, o alguno de sus misioneros. Sin duda, se trata de una isla de entre una docena de islas sin salida al mar que trato de ubicar en el Valle del Rift, esa monumental fractura geológica que no sólo se extiende de Yibuti a Mozambique sino que, ambicioso, sin más permiso que el propio, tomó el mar Rojo y el río Jordán.

Lo imagino rodeado de elefantes, rinocerontes, jirafas, cebras, primates y antílopes en una tierra en la que dicen que no hay nada pero está todo, que aún se mueve con leña de carbón y que aún lucha contra el limo depositado en lechos de ríos y corrientes. Por las coordenadas lingüísticas que disemina por su carta lo sitúo en el sureste africano, posiblemente entre el lago Niassa y el Gran Río Limpopo, apenas unos pocos miles de kilómetros que se pueden recorrer en treinta segundos, si uno quiere.

Parafrasea a nuestro querido James (William), de quien hemos heredado el libre albedrío, para decirme que el humanista – y él lo es- es perfactamente consistente al mover cielo y tierra para ganar un prosélito, si su naturaleza es lo suficientemente entusiasta para intentarlo. Es condición sine qua non.

Pero, – y me pregunto yo-,  ¿ cómo se puede puede ser entusiasta de una visión de las cosas que uno sabe que ha hecho en parte él mismo, y que podrían alterarse dentro de un momento? ¿ Cómo puede haber alguna devoción heroica al ideal de la verdad en condiciones tan mezquinas? El viejo es la pregunta y la respuesta.

” Mi querido y joven amigo; Imagino que, en estos precisos instantes, te estarás haciendo algunas preguntas. Es precioso aún hacerse preguntas, cuando todo se diluye a nuestro alrededor. Yo, aún tengo muchas preguntas y tan pocas respuestas frente a esa modernidad líquida que vislumbró nuestro querido Bauman y que corre el riesgo de convertirse -si no es que ya lo ha hecho-, en un torrente que todo lo arrastra y en el que apenas sí queda nada sólido a lo que agarrarse. ¡ Ay !, mi querido amigo, ya no somos sólidos. Ni siquiera líquidas. Somos gaseosos, materia cada vez más etérea.

Sin embargo, aún tenemos a lo que aferrarnos en ese caótico tránsito hacia un destino claro que aún no tenemos. Aún nos queda el señor Ledger, y el señor Kipling, de cuya mano he encontrado lo que buscaba y que sólo el entusiasta humanista podía hallar: el árbol de la fiebre.

Pensarás que he enloquecido, pero hoy, por estos días, me encuentro en el camino de los incas, es 1721 y estoy con el gran Charles Ledger en el preciso momento en que, por encargo de la condesa de Chinchón, entrega a los holandeses las semillas perfectas para su más gran empresa: “la conquista de los gustos”.

Y te preguntarás que es aquello último que se resiste a la sustracción de la vida. Ledger, al despedirse, me ha revelado lo que precisamente fue así, lo que precisamente así será y que nunca nos sustraerán: la capacidad de soñar, y de lograr. Y así, arrastrado por esta dulce fiebre, aquí me encuentro, a cobijo de una enorme acacia, tan grande como tú yo, unos veinte metros de altura, y cuyo corteza acaricio, suave, amarilla, polvo. De vez en cuando, las fuertes espinas blancas de los nodos pinchan para recordarme quién soy, de dónde vengo, adónde voy…, en mi traviesa intención de hallar su milagro. ¿ Sabías que es uno de los pocos árboles en que la fotosíntesis tiene lugar en la corteza ?

¡ Un momento !, creo haber divisado al señor Kipling. ¡ Es él !. Ojalá estuvieras aquí, conmigo, en este estado de inflorescencias esféricas de color crema perfumado y cuya vida tiene algo que ver con los elefantes, las capas freáticas, la falla Albertina y una suerte de senescencia síncrona.

Somos -me dice el señor Kipling- de una materia quebrada en su génesis y que se expande como procesos tectónicos en bordes divergentes que, finalmente, colisionan. Habitamos en largas zanjas con laderas de gran pendiente para fragmentarnos de nuevo y crear otras grietas de las que emergemos verticales, generando grandes escalones donde pretendemos establecernos como sólidos bloques que parten la corriente del agua, a la cual también pertenecemos, y que intentan combatir al graben de la vida para evitar que se hunda poco a poco por efecto de las fuerzas internas.

El señor Kipling me ha entregado un mensaje. Reza, lacónico, “precisamente fue así… ¿ Cómo empezó el miedo ? “. Le veo alejarse mientras averigua cómo el dromedario obtuvo su joroba, quién pintó las manchas al leopardo, por qué el rinoceronte tiene arrugas en la piel, cuál fue el principio del armadillo y por qué el gato va a su aire. Me grita que piensa llegar hasta el mar para averiguar por qué la ballena tiene la garganta pequeña  y los cangrejos juegan con la marea y, más allá, le preguntará al canguro por su cantinela.

¡ Sigo sus pasos ! Me ha prometido un encuentro con nuestro querido Gaarder (Jostein). Tengo cincuenta preguntas para él… Ya te contaré”

El Café Romantic presenta un breve relato del poeta José Pejó Vernis, que lo dice todo, absolutamente todo, de la maravillosa aventura del ser humano que despliega todas las gestiones imaginables e inimaginables para el logro de las cosas. 

 

 

Remuevo cielo y tierra, descubrir
la arena, el agua el barro, el humo, el fuego,
conspirar con la tinta en el papel
y sembrar, más allá del cuerpo en vilo,
el fruto irreprimible de mi imaginación,
es lo mío, lo que hago,

 

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EL PUENTE MENAI

– Cuenta la leyenda que a principios del siglo XIX, cuando la humanidad era aún humanidad, o lo prentendía ser, un chico y una chica que vivían en lados opuestos del río pensaron construir un puente… – me contó el viejo de la imprenta a su regreso de su viaje al pueblo de “La iglesia de Santa María en el hueco del avellano blanco cerca de un torbellino rápido y la iglesia de San Tisilo cerca de la gruta roja”. El viejo lo deletreó en su original galés: “Hlan-vair-puhl-güin-guihl-go-gue-ra-juern-drob-uhl-hlan-ti-si-lio-go-go-goj“. Y luego, en inglés: “Llan-vire-pooll-guin-gill-go-ger-u-queern-drob-ooll-llandus-ilio-gogo-goch”, no sin antes explicarme que el nombre fue decidido en 1860 por el consejo del pueblo con el obsesivo, aunque maravilloso, privilegio de tener el nombre más largo de una estación ferroviaria de Gran Bretaña. Incluso detalló que el toponimo original del sitio es Llanfair Pwllgwyngyll, que representa 16 letras en el alfabeto galés y 19, en inglés.

– ¿ Y lograron construir el puente ? – pregunté, sin estar seguro de querer saber el final, temeroso de que lo que parecía el inicio de una bella historia de amor acabase en una tragedia sin comedia ni romance alguno. Detesto los tristes finales. Nunca debió decirle Rick a Ilsa que siempre nos quedaría París.

– Escrito estaba – sentenció el viejo, interrumpiendo mi pensamiento, leyendo nuevamente mi mente- Ella tenía que marchar y él debía ayudarla a huir con su marido. Pero siempre les quedaría París, siempre les quedaría el amor…

– ¿ Y qué fue del chico y la chica que vivían a ambos lados del río ? ¿ Y qué fue del puente ?

El viejo decidió jugar con mi impaciencia. Jugó a conciencia, pero sin malicia.

– Mi querido y joven amigo, sabías que entramos en el mundo solos y nos marchamos solos.

Le seguí el juego.

– ¿Y todo lo que ocurre entre medias?

Movió su ficha, hábilmente, como siempre, con sus palabras.

– Nos debemos a nosotros mismos encontrar algo de compañía. Necesitamos ayuda, necesitamos apoyo. Si no, estamos solos. Desconocidos, incomunicados de los demás. Y olvidamos lo conectados que estamos. Así que en vez de eso, elegimos el amor. Elegimos la vida, y por un momento nos sentimos un poco menos solos.

La breve disertación, que sugería siglos de pensamiento, merecía una reflexión detenida y metódica. Entre nosotros habló el silencio. El viejo sabía perfectamente que en mi cabeza daban vueltas Rick, Ilsa, París, el puente proyectado en la imaginación del chico y la chica que vivían a ambos lados del río,  e incluso nuestro buen amigo Alfred (Tennyson), quien, pese a todo, pese a Rosa Baring y su rechazo, decidió que era mejor haber amado y perdido que jamás haber amado.

– Posiblemente te preguntes qué ocurrió con el chico y la chica que vivían a ambos lados del río y que proyectaron en su mente el puente, mientras Ilsa sube al avión mientras Rick piensa en París y Alfred, quien sabe que es mejor haber amado y perdido que jamás haber amado, conoce a Emily y escribe su princesa.

¡ Demonios de viejo ! Por mucho que lo intento, me resulta imposible tener secretos con él. ¿ Cómo diablos logra vivir en mi mente ?

– Y haces bien en hacerte esa pregunta, seguro como estoy de tu temor a un triste final… ¡pero, no temas!

Suspiré, aunque no las tenía todas conmigo.

– Cuenta la leyenda que el chico y la chica que vivían en lados opuestos del río se enamoraron y construyeron el puente para poder quedar en el medio y así compartir el que sería su primer beso. Desde ese día fue conocido como “el puente del beso”.

El cuerpo se me aflojó como si en alguna parte hubiera estallado una válvula capaz de liberar dos toneladas de aire. Pero ahí no acababa todo. Había más. Con el viejo, siempre había algo más. Le rogué que no destrozara ese delicioso final.

– ¿ Y ahora me pedirás que no maltrate este final feliz ?

– ¡En efecto!

– Te lo contaré durante el viaje.

– ¿Qué viaje? ¿Adónde vamos?

– A Formentera.

– ¿ Y qué hay en Formentera?

– He oído decir que allí la luna se ve de otra manera…

Subí al avión mientras mi imaginación aún caminaba por el puente, en la noche, distraído con el brillo de cúpulas doradas que no existían pero que aparecían por doquier, como si mis ojos fueran los ojos de Haddock que me transportaban a través de espejos donde, cerrando los ojos, mi oído podía discernir el golpe de unos postigos al cerrarse, el ruido de unos tacones subiendo o bajando las escaleras de piedra del puente, fragmentos de una conversación susurrada, el repiqueteo de la lluvia sobre unos toldos de lona, y siempre, siempre, el sonido romántico y felizmente triste de unas campanas.

– Disculpa, querido viejo: ¿ me llevarás alguna vez a ese puente?

– ¡ Ya estás sobre él !

 

El Café Romantic presenta un breve, intenso y excelente fragmento de amor del libro “Lo que la luna esconde”, del escritor, coach y creador de vidas imaginarias e imaginadas Jordi Planes Rovira, de Vilassar de Mar (Barcelona), y del que he tenido el inmenso placer de ser su coordinador editorial. La pieza musical escogido en esta ocasión, como siempre de la particular discoteca del café, es digna de todos los sentidos: Born to die, Lana del Rey.

foto la luna

“Pensé en mis relaciones, en las amistades y en los vínculos que había podido generar a lo largo de mi vida. Miré el móvil, como si intuyera una llamada. Quizás presentía las ondas que más tarde recibiría, quizás mi agudeza se estaba desarrollando de la misma manera que la desarrollan los animales para captar cosas que nosotros o reaccionar antes de lo que nosotros lo hacemos. Quizás nuestra visión cartesiana y nuestra medida del espacio y del tiempo nos han distorsionado la realidad y somos incapaces de comprender la diversidad de causas que confluyen en cada acto…

… Sonó el teléfono. Era Chantal, una amiga con quien compartí momentos especiales y experiencias que quedaron en mi memoria como queda el recuerdo de un amor. Llevaba mucho tiempo sin saber de ella, demasiado…

… Chantal besó el teléfono y su beso recorrió el espacio para estrellarse en mis labios con todo su ardor, estremeciendo mi ser y liberando mi imaginación hacia los deseos más íntimos. El recuerdo de unas vacaciones que compartimos en Formentera, días sin preocupaciones ni limitaciones, donde la práctica del tantra nos dio la oportunidad de fundirnos en la intimidad y en el conocimiento personal, trajeron a mi memoria anécdotas y una cascada de experiencias que me ayudaron a ser más yo mismo…

…Estacioné el coche unos metros antes, en un reservado del hotel y nada más apagar el motor, vi el reflejo de su rostro en el cristal. Chantal aguardaba en el exterior y toda su calidez esperaba mi abrazo. Baje del coche y cruzamos nuestra mirada, sus ojos verdes, enormes y arropados por unas pestañas preciosas, parecían adentrarse en mi sin remedio ni medida. Sus labios esbozaron una preciosa sonrisa y fue esa sonrisa, saludo y preludio de un abrazo intenso que volvió a unir nuestros cuerpos. No importó que estuviésemos vestidos. Me transmitió un calor que hacía tiempo había olvidado y que despertó mis más íntimos deseos.

Un afectuoso hola acompañó su mirada y sus  finos labios, cálidos y brillantes, buscaron los míos. No los evité. Acaricié su cara, con suavidad, con delicadeza, sin prisas, observándola, mimándola con la mirada. En ese instante, habló el silencio…

 

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