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EL LEGADO

Ayer durante la cena me hablaba el viejo de la imprenta de la existencia de un Reloj del Apocalipsis o Reloj del Juicio Final. Por lo visto, tras la II Guerra Mundial, y asustados por el alarmante auge del armamento nuclear, la junta directiva del Boletín de Científicos Atómicos de la Universidad de Chicago – siempre la Universidad de Chicago-, creó este reloj simbólico para representar el riesgo permanente de desaparición de la raza humana.

El viejo me contó que, según estos científicos, los humanos estamos siempre a minutos de la media noche, hora que utilizan para representar el apocalipsis. En 1947, año de nacimiento del reloj, colocaron sus manecillas en las 23:53 horas, es decir a siete minutos para el final.

Sin embargo, calculé mentalmente y caí en la cuenta de algo que me pareció injusto: mientras en Chicago, el fin llegaría a las 23:53 h. del 19 de agosto, aquí lo haría a las 06:53h., en Tokio, a las 13:53h. y en la Polinesia francesa ya sería incluso 21 de agosto.

No calculé la hora en Londres. Primero, porque no me importaba demasiado, aunque esa no es una razón de peso. Y, segundo, porque los británicos siempre van a la suya en cuestión de horarios, sentidos, direcciones…, lo cual detesto. Y aún detestó más su arrogancia de que son ellos los que poseen la verdad de lo correcto y nosotros, los equivocados.

En definitiva, el fin alcanzaría a unos cenando, a otros despertándonos, a otros comiendo y a los de más allá, poniéndose el pijama porque alguien, caprichoso, quiso que el ser humano nunca vaya a la misma hora.

El viejo, que a medida que pasan los minutos, las horas, los días, las semanas, los meses y los años ganan en curiosidad – quizás sea por eso que se mantiene viejo-, me explicó que, en cada número del Boletín de la dichosa Universidad de Chicago, y en función de los acontecimientos, las manecillas se actualizan, pudiendo atrasarse o avanzar hacia el fatídico final, como si el hombre tuviese una suerte de poder universal para decidir sobre su destino. ¡ Ilusos !, pensé. El viejo me dio la razón.

En un primer momento, el movimiento del reloj dependía del riesgo nuclear, pero con el tiempo se empezaron a tener en cuenta otras circunstancias como los avances tecnológicos, el cambio climático, los movimientos geopolíticos, etc.

– Dicen – detalló mi querido viejo- que el momento en el que hemos estado más cerca del Juicio Final fue en 1953, cuando EEUU y la Unión Soviética empezaron a realizar pruebas con su armamento nuclear. Nos quedamos a 2 minutos. Por el contrario, la vez que más lejos hemos estado fue precisamente cuando esas mismas potencias, en 1991, firmaron los tratados de desarme que daban por finalizada la Guerra Fría. Estuvimos a 17 minutos.

– Y, ¿ cuándo se actualizó por última vez ?

– El 11 de enero de 2012, que nos dejó a 5 minutos del fin de la Humanidad.

Entonces, ambos reflexionamos en voz alta: si los científicos atómicos de la Universidad de Chicago hubieran leído los periódicos de los últimos días, semanas, meses… hubieran tenido que sacar números especiales de su Boletín cada día, adelantando y retrasando varios minutos las agujas reloj acercándolo al fatídico momento.

Ayer, sin ir más lejos, porque si lo hacíamos el reloj podría volverse loco, conocíamos que Egipto, por enésima vez, está al borde de la guerra civil – si es que no lo está ya, al menos en la hora de la Polinesia francesa-; que nos acechan los “lobos solitarios”, los yihadistas que combatieron en Siria y que han regresado sin otra ambición que matar porque si no, son como chimeneas en verano; que un soldado americano se puede pasar la vida en prisión por revelar secretos – un nuevo ejemplo de la estúpida democracia estadounidense-; que el nieto del Rey de España, Pablo -no citamos aquí su apellido porque la criatura no tiene la culpa de tener el padre que tiene- aún está enfadado porque su primo, el indomable Froilán – ¡ vaya familia !- le intentó ensartar con un pincho moruno, y que, trescientos años después, España y Gran Bretaña aún andan a la greña por un peñasco – con nuestras disculpas y respetos a los gribaltareños-.

Y, por si fuera poco, políticos, obispos y arzobispos no dejan de hablar de la vida de los demás, de cómo deben llevarla, de cómo deben vivirla, como si la suya fuera la única vida posible.

No queremos ser pájaros de mal agüero ni tampoco pretendemos dar la razón a los mayas, pero anoche nos pareció oír los cuartos – toc, toc, toc, toc…- que anuncian un nuevo fin. Sin embargo, hicimos una llamada a los científicos de la Universidad de Chicago, a eso de las 23:53h, para comunicarles que Alemania ha creado un “tercer sexo”, que han descubierto un astro extrasolar del tamaño de la tierra y cuyo año solo dura ocho horas y media, y que el Gobierno de España – ¡ canallas !- se gastará más de 214.000 euros para restaurar la fachada del Valle de los Caídos -sus caídos-, según un contrato que adjudicó el pasado 18 de julio, día del Alzamiento de los bastardos franquistas… Con noticias como éstas, era necesario retocar la hora del reloj, les dijimos a los científicos estadounidenses.

El Café Romantic presenta un breve relato de Luisjo Goméz, de Barcelona, extraído de su libro “El legado del Valle”, escrito a cuatro manos con Jordi Badía. La obra relata las investigaciones de Arnau Miró en torno a la muerte del único familiar vivo que le quedaba, su tía María. La mujer ha muerto en extrañas circunstancias en su casa de la Vall de Boí (Lleida) donde guardaba un objeto que podría cambiar la historia de Occidente para siempre. Las ansias por destruir este misterioso objeto, han provocado centenares de muertes a lo largo del último milenio, siempre con la pretensión de conseguir que la humanidad no llegue a conocer nunca lo que ellos llaman “Legado”.

Imagen con música: U2 – With Or Without You

“Me senté sobre los restos de muralla que, callada, parecía evocar grandiosas epopeyas. Por vez primera sentí cómo entre las juntas de sus piedras rebosaban aún sangre y leyenda: el eco de una lejana historia olvidada en el tiempo que llamaba con insistencia mi atención, para regresar de un silencio secular… Tanta sangre, tanta sangre…Demasiada religión en el mundo para que los hombre se maten entre sí; no la suficiente para que se amen…”

 

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15.000 kilómetros, ¡amor!.

El viejo de la imprenta, el que siempre me habla, posee la fuerza y el amor a la vida de quien conoce la fragilidad humana y sabe que, en cualquier momento, todo lo que se ama y toda normalidad (hablar, pensar, comer, beber, cantar, amar, incluso berrear…) que se da por supuesta, puede desaparecer de forma imprevista, súbita, cruel.

-¿En qué piensas? -me pregunta el viejo de la imprenta.

-Le escribiré una carta.

-¿Y qué le dirás?

-Le diré todo lo que no le dije.

-¿Y cuáles son las cosas que nunca le dijiste?

-Estas son las cosas que nunca le dije: siempre te quise. Mi amor sigue vivo aún cuando te has ido. No te diría nunca adiós.

Este relato, en forma de poema libre, es un canto a la vida y al amor compuesto con retales de los pensamientos, momentos, emociones y sensaciones de La Dama Se Esconde Ruiz Mora (Murcia), Andrés Ruiz Fernández (Córdoba), Maite Arbonés (Lleida), Elizabeth Vargas (San Juan de Puerto Rico) -autora del fragmento ¿A qué llamas amor?-, Jordi Planes (Vilassar de Mar), Mila Miguélez (A Coruña) y María del Pino (Córdoba) -autora del fragmento del poema un beso en la mejilla, y es que sin quererlo…-. A todos ellos y ellas gracias por escribir, crear y compartir por y para nosotros y nosotras, pues sin ellos y ellas moriríamos un poco más. Y gracias a ellos y a ellas, el amor vuelve a correr por mis venas.

El título responde a la suma de distancias que existe entre Mollet del Vallès (Barcelona), Vilassar de Mar (Barcelona), Lleida, Murcia, Córdoba, A Coruña y San Juan de Puerto Rico, en un viaje de ida y vuelta, envolvente.

Hoy, con la música del Love Theme from Romeo and Juliet, extraordinariamente versionado por André Rieu.

 

Canto una canción sin llamar, sin llorar, sin saber;

una plaza gris, una nube, no sé.

Para el amor más olvidado cantaré.

Hoy siento profundamente que el amor de mi corazón vive y late dentro de tu corazón,

hoy siendo profundamente que la luz de tu alma vive y brilla dentro de mi alma. 

Quiero vivir con el corazón,

quiero vivir el ahora,

quiero poder sentir

y saber discernir lo que me hace feliz.

¡Mágica vida!

Insignificante me siento ante lo grandioso del amor,

ante la mágica atmósfera que lo recubre,

que me hace entregarle hasta los suspiros,

los anhelos de mi corazón incandescente.

Y, es que, sin quererlo, ni beberlo,

sin pensarlo, o tan siquiera hablarlo,

tus ojos escrutaron mi cuerpo con delicadeza,

hasta hacer que, por ti, perdiera la cabeza.

¿A qué llamas amor?.

A un intento fugaz desesperado de pura pasión. A una promesa que te lleva a soñar.

A una noche frente al mar bañados por el reflejo de la luna.

A la entrega del alma, cuerpo y corazón sin condiciones.

A un romance con alguien extraño que tal vez no se vuelva a cruzar en tu camino.

A las mariposas que revolotean en tu estómago,

con cada palabra que escuchas, cada caricia, abrazo y cada beso que recibes.

A un poema que encierra las emociones más profundas.

Y, por fin, colgaré mis sandalias a la puerta,

la puerta de la vida.

Y llamaré,

y me abrirá el futuro vestido de sonrisa. 

 

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Porque un día dejé de serlo, vuelvo a ser

En un plácido atardecer de agosto, en el protegido retiro de su playa, agotando el último de los primeros días de su vida antes de arremangarse para los ensayos de su nueva vida, ella conversa animadamente con ella. Resguardada ya del sol, los pensamientos fluyen al compás de la naturaleza. La brisa, caprichosa, envuelve el momento. Hay palabras, ideas que brotan sosegadamente. No hay prisa.

De repente, mira al cielo y descubre el vuelo de la gaviota. Saborea la libertad del animal como si fuera la propia. Todo es consecuencia de la constancia y de la profundidad con que se vive en cada momento. Lo traduce. Lo hace suyo. En un acto de continuidad, ella regresa a su conversación con ella mientras el ave, eterno pasajero circunstancial, desaparece en el alto azul llevando al viento un alma transparente, un carácter fluido.

Porque existen cosas que sólo puede hacer uno mismo, un breve relato que surge de la inspiración y del profundo pensamiento de Maite Arbonés (Lleida), en un estilo muy personal en que los ojos clavan las frases dichas y escritas como alfileres, dulces alfileres. Con música y mucho amor, porque la vida es como una caja de bombones…

– ¿Duermes?

– No sin un sueño.

– ¿Te levantas?

– No sin un motivo.

– ¿Vives?

– No por nadie que no esté dispuesto a vivir por mí.

– ¿Y tu ayer, y tu mañana?

– Ningún día se parece a otro.

– ¿Parece que…?

– Nadie se parece a mí.

– ¿Quién te hará feliz?

– Sólo hay una persona capaz de hacerme feliz para toda la vida.

– ¿Quién es?.

– Yo mismo, yo misma.

Porque un día dejé de serlo, vuelvo a ser.

 

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De mayor quiero ser como tú

Salió a comerse el mundo y bastante tuvo con evitar que el mundo se lo comiera a él. Y regresó, como si hubiera regresado casi en el minuto exacto que marchó, y se lo encontró todo casi como lo dejó. Con los comercios, y sus huecos, en el orden en que los dejó. Y la gente, que daba la sensación de perseverar en su conformidad, dueña de idéntica calma y resignación.

Cruzados de brazos, los muchachos conversaban de no se sabe qué sueños lejanos. A veces, ni conversaban. Los viejos jugaban al dominó concentrados en otras cosas, mientras las señoras iban y venían con sus bolsas, pocas, de la compra. Vendedores ambulantes gritaban desde sus caravanas el nombre de clientes que nunca habían existido, o que no vivían allí o el de alguna mujer que había muerto, mientras Carmen y sus amigas se abanicaban con viejos diarios.

Y todos ellos reían, ¡vaya! si reían.

Comprobó cómo, en aquel lugar, el verbo esperar continuaba instalado en el centro de la vida, definiéndola y proporcionándole un extraño sentido, también feliz, a su manera.

A partir de una conversación con su sobrina de 10 años, Pilu Bijoux, de Lleida, nos regala este breve relato sobre los sueños, que nunca se deben perder, y cómo ser feliz con lo que se tiene en la vida. Con música y mucho amor.

-Y tú, ¿cómo te imaginabas tu vida de mayor, cuando eras como yo?

-¡Hum!, pues no sé. Casada, con familia numerosa, cinco hijos como nosotros, viviendo en una casa muy grande…

-¡Qué pena…! Tu vida real no se parece en nada a lo que pensabas. Ni tienes hijos, ni estás casada y tu casa no es muy grande…

-Ya, pero aún así me siento muy feliz porqué tengo otras muchas cosas, como sobrinos como tú. Y tu, ¿cómo te ves de mayor?

-Casada con un chico tan guapo como los de los anuncios de colonias, con dos hijos gemelos como los que salen en el anuncio de “La Caixa”, y en una casa que me es igual que sea un piso o una adosada. Y profesora de Educación Física.

-¡Que te vaya bien!

 

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Lo que la luna esconde (fragmento)

El sol declinaba y la tarde se presentaba con un esplendor insultante. Aquellos atardeceres eran una constante que ya no les abandonarían nunca. De belleza primigenia, verdes, ocres, dorados y malvas salpicaban las colinas. Vistas sublimes. Allí, parecía que las gentes vivían en el fondo de un cuadro de Constable. ¿Sabían algo que nosotros desconocíamos?. Quizás, sabían que todos tienen un destino mágico, incluso místico, en algún lugar de la imaginación. Una idea bullía en sus cabezas y lo que les salvó de sucumbir a la muerte fue su negativa a lamentarse de lo que había salido mal y su confianza en sí mismos.

El Café Romantic presenta, en exclusiva, un fragmento de “Lo que la luna esconde”, el primer libro sobre crecimiento personal novelado, obra de Jordi Planes Rovira (Vilassar de Mar, Barcelona) y prólogo de Maite Arbonés (Lleida), que estará en las librerías la próxima navidad. Con música, como no podía ser de otra manera, porque, de alguna manera, somos hijos de la luna.

 

Decidí poner fin a ese constante devaneo emocional, al flirteo con la locura sentimental y bajarme de la montaña rusa en la que vivía instalado desde hacía varios años.

Me levanté de la cama. Ella estaba profundamente dormida, su aspecto era angelical (nadie relacionaría su aspecto con su carácter). El fino camisón de seda dejaba entrever el diseño de su intimidad y alentaba a revivir el reencuentro con la pasión. Lo pensé, incluso estuve tentado a acariciar su cuerpo y buscar sus labios, unos labios carnosos y brillantes que enaltecían el rostro y le conferían una belleza singular.

No podía volver a caer. Ella era consciente de la atracción y del poder que ejercía sobre mí y lo utilizaba como estrategia para lograr sus objetivos, así que decidí evitar cualquier tentación. Tomé una ducha refrescante y salí de casa. La escalera estaba en silencio; aún quedaban horas para ver asomar el sol.

Casi instintivamente tomé las llaves del coche, me ajusté el cinturón y accioné el botón de arranque. Los primeros instantes fueron de conexión entre el coche y yo; la suavidad de su dirección, la respuesta de su motor y la agradable sensación de conducir me permitieron evadirme de la crispación del momento.

Me deje llevar por las sensaciones, busqué el camino más corto, el paisaje más bello, el rincón más solitario. El entorno acompañaba mis pensamientos y las lágrimas asomaban en mi rostro acompañando mi huida hacia ningún lugar.

Jordi Planes es autor de “Escuchar, pensar y hablar” y “Crea tu vida”.

 

 

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Una bonita historia de amor

Busco rostros humanos entre la multitud, calidez en la sonrisa, un gesto de solidaridad en el barullo de cuerpos que se cruzan y tropiezan, de gente que busca su tren con una expresión de desvalimiento en el rostro y la torpeza de la urgencia en el cuerpo. Vuelvo sobre mis pasos. Pasado y futuro parecen fundirse en un presente donde las emociones forman parte del pasado y quizás del futuro, pero hoy sólo son frustraciones, la mayor parte de las veces. ¿Cuál es la razón de mi existencia?. ¿El tren que perdí?. ¿El tren que vendrá?. En ocasiones pienso que la única razón de nuestra existencia es la piel de la planta de los pies, que no debemos descuidar nunca, siempre en difícil equilibrio, siempre temblando, como un eterno funámbulo sobre alambre demasiado y perpetuamente tenso.

No quiero ser la estación término sino un andén desde el cual emprender un nuevo viaje. Recuerdo que de la mano de mi abuelo, un sabio analfabeto siempre postrado en su sillita de mimbre tejiendo nidos de pájaros, conocí la primera estación. Cada tarde de verano, cuando el verano aún era verano, nos sentábamos en la sala de espera. Veíamos pasar los trenes locales y los que se detenían para cargar las sacas del correo o las encomiendas. El reloj de la sala siempre llamaba mi atención: una aguja larga, una corta y una delgada que no cesaba de andar. Aprendí el funcionamiento y volvía a casa con el nuevo conocimiento, como si fuera algo maravilloso. Para mí lo era. Ya no tenía que preguntar.

Cada visita a la estación era una fiesta. Los horarios de los trenes me cautivaron. ¿Cómo sabían que debían llegar, quién les avisaba?  Los veía con vida propia. También aprendí que no era así. Que había muchas señales, muchas personas, muchos contratiempos. La sala amarilla, como la llamábamos, servía de aula. Y recuerdo también que el abuelo llegaba algunas tardes con la merienda caliente. La casa no estaba cerca de la estación, pero él, con su asma a cuestas, llegaba con su mejor sonrisa y una pequeña canasta con el termo, algunas galletitas y casi siempre con un buen trozo de pastel de manzanas, tibio. Siempre me prometí que le llevaría un poco de luz al abuelo para sus ratos en la sillita de mimbre. Alguna vez, solo alguna vez, lo cumplí. Ahora me arrepiento.

Los trenes indiferentes a mis inquietudes pasaban siempre con el mismo rumbo. Hacia la derecha, al interior del país. Hacia la izquierda, a la capital. Arriba, abajo, delante, atrás, la hora, los horarios, invierno, verano, luz y sombra. Ya estaba al tanto de todo. Crecí y ya entonces ya pude ir solo a ver los trenes. Fue cuando la sonrisa y los ojos claros dieron la bienvenida al mundo de los adultos. Tenía nueve años y toda la energía del mundo, creo. El abuelo se fue cinco años después. El andén me esperaba todas las mañanas. Subía al tren, y luego de ocho o nueve horas, otro tren me dejaba en el mismo lugar. Me quedaba en la sala de espera, sin esperar a nadie. Estar allí era recuperar un pedazo de mi infancia, un pedazo de mi familia.

Subo al tren. El tiempo se detiene y no importa porque se ha desarticulado; porque todo, presente,pasado y futuro, está ocurriendo o siendo a la vez. Puedo rozar incluso la textura del tiempo. La locomotora diésel arrastra cuatro vagones de época. El traqueteo de las viejas máquinas deviene un ameno acontecimiento que me devuelve nostalgia, sensaciones y perspectivas de tiempos lejanos. Anclo en la memoria un trayecto inolvidable y unos paisajes espléndidos. Es un lugar donde donde las aguas turquesas no han sido pintadas ni el cielo ha sido saturado de color… nada ha sido objeto del Photoshop. Los lagos agitan las aguas de la memoria. Hasta las piedras lloran. Toscamente talladas, vierten lágrimas acumuladas por la lluvia y la humedad ambiental.

Existe un recorrido nostálgico que te transporta en el tiempo y que resulta imprescindible para los amantes del ferrocarril y de la naturaleza en su estado más atractivo y excepcional. Se trata de un viaje inolvidable por las tierras de Lleida hasta llegar a los lagos del Pirineo. saliendo del Segriá, atravesando La Noguera y el Montsec y llegando al Pallars Jussá.

El tren regresa a hábitat natural con ocasión de la Semana Santa y vuelve a recorrer los viejos caminos de hierro. De abril a septiembre, de Lleida al Pallars Jussà, pasando por la Noguera y el Montsec, el convoy torna a sus orígenes cifrados en febrero de 1924.

La vía transcurre por la derecha del río Segre desde Lleida hasta Balaguer. Lo realiza por vía única en un itinerario llano hasta llegar a las primeras murallas montañosas de Sant Llorenç de Montgai y Camarassa, donde el tren ya forma parte de la cuenca del río Noguera Pallaresa que le acompañará, en medio de embalses y cordilleras montañosas como el Montsec, hasta la Pobla de Segur, donde habrá completado un total de 41 túneles y 31 puentes.

Más información, http://www.trendelsllacs.cat/

 

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Cuestión de física cuántica

Realmente no es nada fácil. Todo es un camino, un aprendizaje. Pero él está dentro de ti…, así como la energía que lo mueve todo. Es la ley que nos rige, la física cuántica. Hay leyes que esclavizan a los hombres y otras que dan  libertad.. Todo principio comienza por uno mismo. Y ahí es donde reside, en la vibracion del Amor.

Un dulce relato de Maite Arbones, de Lleida, que nos indica el camino de la vida auténtica, una vida que está dentro de cada uno de nosotros, con cada decisión, con cada experiencia… es la belleza de lo simple, es la belleza del amor. Es la belleza de la dulzura, dulce como ella misma.

Relato con música. Island.

 

Recuerdo tu ilusión, tu fuerza, tu esperanza. Nuestro amor, nuestra búsqueda, y también nuestra espera, sabiendo que somos el uno para el otro, y reconociendo todo aquello vivido en algún tiempo pasado. Soñando con nuestro reencuentro,  sabiéndonos con nuestra presencia. Completos.

 

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