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Gato Félix

Apoyado en la almohada, con la tele encendida, el niño pregunta a la madre cosas muy raras:

– ¿Mami, por qué hay estrellas? ¿Cómo puedo ver a Dios?

Y ella, madrísima, librepensadora, con la palma de la mano apoyada en su pecho, como queriendo taponar futuras heridas, le contestó:

– Mi niño, en la escuela te dirán que hay un Dios y te explicarán el porqué de las estrellas. Pero, cuando seas mayor, tu alma y tu corazón te irán diciendo si existe alguien ahí arriba y sabrás por qué y para qué nos han dado las estrellas.

Y el niño entró en duermevela soñando que las estrellas eran una de las grandes obras de Dios, de su dios.

No hay certezas cuando se habla de sueños. Algunos se logran, pero otros tantos chisporrotean y mueren. Cuando eso sucede es tentador preguntarse por qué uno ha soñado alguna vez en la vida. Y en el recuento de su vida, aquel niño supo que podía existir la magia sólo si había fe. Y murió colgado de una estrella, con los ojos cerrados y el corazón ensanchado, como el árbol, enraizado en un lugar y con las ramas abiertas al mundo.

De la fabulosa pluma de Guillermo Háskel (Buenos Aires, Argentina) un original poema que habla de uno de los héroes de su infancia, que lo sigue siendo, el Gato Félix, siempre adorable. Dice Guillermo que el Gato Félix ha sido y es el compañero de ruta que todos quisiéramos tener, sobre todo, en un viaje interestelar.

Este “poemita”, explica el poeta argentino, se escribió sobre el recuerdo de interminables siestas pueblerinas a las afueras de Buenos Aires, hace ya 50 años, cuando aquel niño – y otros- esperan con ansias las revistas mexicanas de Félix, la Pequeña Lulú, la Zorra y el Cuervo (que incluía a La Jauría y la Liebre, Tuco y Tico — las urracas parlanchinas — y al maravilloso Tito y su Burrrito, que siempre decía, “ji jau”), Superman, el Súper Ratón, Archie y algunas más.

En una de ellas, el Gato Félix sube hasta las estrellas haciendo equilibrio sobre su haz de luz. Luego se hace a sí mismo una pregunta mental, genera en el globito de diálogo un signo de interrogación, lo toma y con ese gancho va descolgándose entre ellas. si eso no es magia, ¿qué es?. En el poema, Háskel dejo claro su anhelo – que también es el mío- de poder poder hacer lo mismo que el héroe gatuno. (Con música, entre mis recuerdos)

¡Quién pudiera

Gato Félix

pasearse

igual que vos

por las estrellas

columpiándose

de signos

de preguntas

o funámbulo

sobre haces

de luces

de linternas!

 

 

 

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Donde el tiempo se detuvo

Conocí un camino, el camino de la sierpe, que me recordaba que algo reptaba entre el follaje y que en un tiempo pasado, cuando niños, vivimos algo indefinible que ahora nos es tan imprescindible como imposible de evocar. Y, como picoteados al azar, en el gran cesto de la memoria, se nos antojaba los recuerdos que le brindaba.

Tan sólo en un puñado de palabras, Aida Glez., desde Zaragoza, nos sumerge en una edad casi olvidada, donde el tiempo se detuvo. Es la magia del recuerdo y de la tranquilidad en estado puro, cuando el abuelo, con su rostro que siempre nos parecía anclado en el pasado, nos narraba cuentos de lobos y románticos bandoleros. Con música, por supuesto.

 

Detuvo el tiempo donde el silencio olía a leña mojada y las tardes sonaban a esquilas y cantos de grillos. Podía oír y tocar lo que nadie oía y sentía. Podía recibir mensajes de los pájaros, del viento, de los árboles, de un perro o de una gallina.

 

 

 

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Ahora, casi un milagro

Bryan Tracy dijo un día, “tienes dentro de ti, ahora, todo lo necesario para hacer frente a lo que el mundo te envíe”. Es bonito, e incluso necesario, recordar el pasado. Nos dice de dónde venimos, quiénes somos, adónde vamos. Pero centrémonos en el presente para poder tener recuerdos en el futuro. Y prefiero aferrarme al presente porque, pese a todo, es un regalo. ¡ Mañana, ya veremos !.

Un relato de Jordi Planes Rovira, de Vilassar de Mar (Barcelona). Pensamientos de su libro “Crea tu vida”, siempre escuchando, pensando, hablando…

 

Si vives plenamente en el “ahora”, verás en cada detalle un milagro, y en cada milagro una señal. La vida está llena de magia, incluso en los “malos” momentos podemos encontrar “casualidades” afortunadas.

Namaste.

 

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Vestidos de zombies. I Capítulo

Por María del Pino (Córdoba)

Relato con música. Clica sobre la imagen de María… hay un claro de luna.

Cuando Pedro llegó a casa de Jaime, todos sus colegas estaban fascinados. «El mejor disfraz, tío. El más realista», le dijeron. Éstos habían estado la semana antes preparando sus trajes. Sin embargo, Pedro solamente tuvo un día por fallo al no leer los mensajes de las redes sociales.

Todos habían maquinado sus vestimentas por separado, pero con la misma temática. La idea surgió después de ver la película “28 días después”, y Lucas fue quién lo propuso: «¡Hay que ir de Zombies!».

Llegaron las once de la noche y salieron de la casa los cinco zombies: Jaime, el zombie granjero –con gorro, vaqueros y camisa de cuadros rojos y azules–; Lucas, el zombie futbolista –con la equipación de Argentina–; Antonio, el zombie de estar por casa –con zapatillas de lona, pijama y bata–; Manolo, el zombie callejero –ropa normal y quilos
de maquillaje mal puesto–
; y Pedro, el zombie recién salido del ataúd –traje de chaqueta y, para él, un extraño ungüento que su hermana le adosó a la cara y con el que daba realmente la sensación de putrefacción por algunas zonas. Daba tanto asco que a penas se miró un par de segundos al espejo–.

Habían decidido ir por las las calles del centro asustando a la gente hasta que llegasen las 00:00: noche de brujas en otros países, día de los difuntos para los españoles.

Ese día no sabían dónde ir exactamente. Si a una discoteca, de pubs, o al polígono, donde Jaime creyó oír que habían hecho algo taco “guapo”. Aun así, lo que sí tenían claro era una cosa: no iban a ligar.

No por las ricas y exquisitas “demonias” y vampiresas que habría por ahí
sueltas, sino porque con las caras que llevaban… No ligarían ni con un orco.

Continuará…

 

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Cuento de Navidad. El sueño de creer en la magia de nuestros corazones. V capítulo.

Por David Creus (Mollet del Vallès, Barcelona)

Relato con música. Clica sobre la imagen: “lubally…”

… La sorpresa en el bar crecía, como la haría una partitura “in crescendo” en su punto álgido, allí en el punto del desenlace, cuando algo cómico o trágico ha de suceder. Los sabios ordenaban las figuras del pesebre. “Pronto llegará la fecha del niño Jesús”, se dijeron, al tiempo que señalaban el tránsito de la estrella hasta llegar a Belén.

No sólo hablaba José, también lo hizo María. La locura pareció desbocarse. María me habló con voz dulce y aterciopelada. Y me dijo:

“la magia, querido David, sale del corazón. Los adultos no lo solemos decir, aunque por fortuna, los niños nos lo suelen transmitir” 

Hacia el mediodía del día siguiente llegué al bar de Montse quien me indicó el camino de la cocina, como si me llamara a capítulo. Montse no llevaba puesta la chaqueta que lucía el día anterior. ¿ Dónde estaba la figura de María?. Solo existía en mi preocupada mente aquella figura. Montse, por su parte, solo tenía pensamientos para su hija, quien la llamó con el deseo urgente de encontrarse.

Montse y su hija mantenían una relación que, como poco, podíamos catalogar de  olvido absoluto, situación que no permitía a Montse pacificar su corazón.

Esa mañana, los viejos sabios adornaron lo que faltaba del bar, su entrada.

Mi asombro al verlos era absoluto. Era como si hubieran recobrado años perdidos, muchos años, recuperando un espíritu, días antes totalmente perdido. Entonaban villancicos ante el asombro de los presentes mientras colgabas adornos sin parar, como posesos por esa extraña magia que lo había inundado todo.

En ese momento, entró por la puerta ya adornada la hija de Montse. Bastaron unas pocas palabras en el reencuentro:

– ¡Lo siento!,- dijeron al unísono. Luego, un abrazo, sincero, cómplice, casi mágico.

José guiñó de nuevo el ojo. En el gesto, me dijo que Montse y los suyos disfrutarían de aquella Navidad. Sus corazones vencieron a su tozudez y arrogancia.

Volvió a mi mente la figura de la virgen María. Debía yo romper la magia de aquel momento entre madre e hija. No hizo falta. María había vuelto al pesebre.

Me sentí tranquilo, feliz. Al abrazar a su hija, las lágrimas adornaron las mejillas de Montse, ora de añoranza, ora de alegría, por el tiempo perdido, por el tiempo recuperado.

José puso la mirada en mí, de nuevo. Lo sujeté. Lo coloqué entre el diario y el café manchado con leche. Sin embargo, cerré el periódico completamente absorbido por su magia. No pude reprimir tampoco el llanto lamentando que Xapi se perdiera este momento. ¡Despreciable!, me dije, por querer buscar de un modo egoísta un pedazo de esa magia para mí.

José percibió mi tristeza. De inmediato, oí su voz. ¿Qué?. ¿Quieres que mire la estrella?, le pregunté. Al anclar la vista en ella, vi a Xapi. Montaba sobre la estrella  como si fuera el jinete de los sueños que en aquel bar ocurrían.

– ¡Es el momento!, me indicó.

– ¿El momento?, ¿el momento de qué?, repliqué. No hicieron falta más palabras.

Era el momento de descubrir aquella magia por la que me habían tildado de loco. Debía ser yo, con mis ilusiones y decepciones, el portador de la magia.

En tan solo tres días, las personas, incrédulas, habían aprendido a escuchar a sus corazones. También José me invitó a cabalgar sobre la estrella, junto a Xapi, hasta llegar al Nacimiento. Allí, según mi impresión, entendería cuál era la verdadera magia, mi verdadera magia.

Ya cuestionaba la locura. Todo aquel que atravesara bajo la puerta del bar de Montse, adornada como maravillosos posesos por los viejos sabios otrora incrédulos, encontraría la verdadera esencia de las fechas.

Me acerque lentamente a la estrella. Sobre ella, Xapi me tendió su mano. ¡Acompáñame!, pareció decirme. Sabedor de que en el local todos observaban mis movimientos, dirigí la mirada a Montse, a los sabios, al panadero, Sergi, al amigo David. Todos, o al menos así lo interpreté, me rogaban que alargara la mano. Por momentos, creí entender ese espíritu del que había oído hablar, el de la Navidad.
Todos lo poseían, todos sin excepción. Sus miradas ya no reflejaban locura, me transmitían ilusión.

Fue entonces cuando el rey Gaspar, un punto harto de la tardanza de mi decisión, soltó una elocuente frase:

“si no crees en lo que siente tu corazón, nosotros no podremos existir”… 

(Continuará)

 

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Cuento de Navidad. El sueño de creer en la magia de nuestros corazones. IV capítulo

Por David Creus (Mollet del Vallès, Barcelona)

Relato, como siempre, con música. Clica sobre la imagen. ¡Heaven!

Era la figura de José la que me llamaba. No pude más y pregunté a Montse si ella también oía la voz. ”No”, respondió, por supuesto. Como hipnotizado, me acerque al pesebre. José me pidió que soñara, que escuchara su voz, solo yo lo escucharía.

Por un instante olvidé dónde estaba y le pedí una prueba de que no estaba loco. Su respuesta me dejó aún más perplejo. No se le ocurrió otra cosa que lo cogiera y lo pusiera sobre la mesa de los viejos sabios del rincón del bar.

Lo hice ante las miradas incrédulas de los asistentes, sobretodo de los viejos sabios, Juan y José. Me rogó que les preguntara sobre la magia de la Navidad. Así lo hice.

– Patrañas,-  respondieron los dos sin dejar de mirar con asombro la figura de José.

Entonces, José me preguntó si yo creía en la magia de la Navidad.

– Con tal de ver sonreír a un niño, vale la pena la Navidad,- le respondí.

Todos, sin excepció, contemplaron cómo hablaba sólo. No solo eso, hacía cosas extrañas. Entre el runruneó de los viejos sabios, convencidos de mi locura, Montse me indicó el camino de la cocina del bar, como si quisiera llamarme al orden. ¡Loco!. ¿Loco, yo?.

A todo esto, José le suplicó que le devolviera al pesebre, junto a María. También le dijo que no me preocupara: los sabios también experimentarían la magia de la Navidad aquel año.

Montse me pidió que me comportara de manera racional. Incluso, me ofreció ayuda. Yo traté de convercerla de que podía hablar con José, aquella figura del pesebre que, en apariencia, me volvía loco. Montse insistió. ¡Loco!. Entendí su reacción. Traté de bajar a la tierra y aposentar mi imaginación.

Salí del bar asustado, maldiciendo la dichosa Navidad.

Aquella noche, las pastillas me ayudaron a dormir; cerrar los ojos me asustaba mucho, aunque aún me espantó más la mañana siguiente.

Volví a la “cantonada”, el bar. Entré decidido, con paso firme y la cabeza gacha. Ni siquiera miré el pesebre. Al poco, entraron los viejos sabios.

¡Sorpresa!, entraron cantando un villancico. Como dos niños, cogidos de la manos de sus nietos. La escena me pareció, sencillamente, irreal. Entonces, puse la mirada sobre José tratando de buscar una explicación; él, me guió un ojo. Posiblemente, una visita al psicólogo no estaría de más, pensé.

Pregunté a los sabios que les ocurría. Ambos, para mayor sorpresa si cabía, me explicaron que su corazón rebosaba felicidad. ¿Habría sido José el que obró el milagro?.

José volvió a pronunciar mi nombre. Me acerqué y, sin quererlo pero tampoco sin evitarlo, me vi conversando de nuevo con aquella figura del pesebre.

– Me pediste una prueba,- me dijo. La prueba era los viejos sabios-. Descuida -añadió-, sus nietos, sus hijos, sus mujeres… todos aquellos que se acerquen a ellos gozarán de la misma magia.

José me puso a prueba, de nuevo. Debía sujetarlo y, a escondidas, colocarlo en un bolsillo de la chaqueta de Montse. ¿Sentiría la misma magia?.

Así lo hice, con disimulo, para evitar más comentarios, carcajadas y sarcasmos sobre “mi locura”…

La sorpresa en el bar crecía, como la haría una partitura “in crescendo” en su punto álgido, allí en el punto del desenlace, cuando algo cómico o trágico ha de suceder. Los sabios ordenaban las figuras del pesebre. “Pronto llegará la fecha del niño Jesús”, se dijeron, al tiempo que señalaban el tránsito de la estrella hasta llegar a Belén.

No sólo hablaba José, también lo hizo María. La locura pareció desbocarse. María me habló con voz dulce y aterciopelada. Y me dijo…

(continuará)

 

 

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