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Un día inolvidable

 Me preguntó en cierta ocasión el viejo de la imprenta para qué sirve escribir.

– ¡Mi querido viejo – le respondí-; soy lo que escribo. Y lo que escribo dice qué y cómo pienso, qué y cómo sueño, qué y cómo vivo, qué y cómo siento, qué y cómo te veo, qué y cómo te imagino…

– ¡Pues escribe, escribe hasta la eternidad!, – me dijo el viejo de la imprenta que no acudió a ninguna universidad de postín, sólo a la universidad de la vida.

Alfons Carrasco, de Mollet del Vallés, siente, como yo, una irrefrenable necesidad de escribir. Y me escribió en día de lluvia, en que las gotas parecían llevarse los mensajes como si la historia arrastrara la vida de los hombres y mujeres sin más…, ¡pero no!. Siempre nos quedarán las palabras, las palabras escritas y se convertirán en un día inolvidable. Con música, por supuesto.

 

Me gusta escribir cuando llueve, eso le pasa a mucha gente, sin duda…, pero para mí, es como si las gotas de agua me llevaran poco a poco a un extraño camino que, cuando lo recorro y llego al final, muchas veces inesperado, siento que la historia ha sido forjada por la lluvia. Y aunque este largo camino aún no tiene dueño, sí veré un día la luz, y recordaré que ha sido creado en parte, por un día de lluvia.

 

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Seis correos; lágrimas, una vida…

En la mirada del viejo de la imprenta se reflejaban los mares que dormían en su memoria. Eran emociones abstractas, no verdades absolutas. Pequeñas historias en las que contaban todos los adornos. Poderosas, en cualquier caso. Les ponía orden, con cuidado, despacito. Algo así como lo que hacía su madre cuando decoraba la casa con sus recuerdos: en lugar de amontonarlos, los colocaba con gracia y arte.

A partir de seis breves correos electrónicos de Cylthia CG (México) a propósito de una historia de un profesor no cualquier, un trastero, azul, una amalgama de vivencias vividas expectante y anhelante de satisfacer deseos y ilusiones ansiadas, y amores que van y vienen tras recorrer 15.000 kilómetros, se han tejido estas palabras convertidas en mensajes sobre la vida, una vida como la nuestra que, ocasionalmente, puede doler al punto de las lágrimas, ora de alegría, ora de tristeza. Con la voz de Luz Casal, “entre mis recuerdos”.

Como cometa que arrastra un caudal, tanto cambia todo que puedes tejer nuevos días encima de viejas noches porque bendito el sueño que se teje de hilos del “no debí” y del “no debiste”. La vida me ha enseñado palabras sentidas que derrotan silencios que matan. Llama, ¡es la clave!.

 

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Nunca lo hubiera imaginado: sobre la muerte de John Lennon, su asesino y El guardián entre el centeno

¿ Qué hubiera ocurrido si John Lennon no hubiese muerto trágicamente aquel 8 de diciembre de 1980?. ¿Qué relación tiene el último disco del mítico Lennon, su asesino, Mark D. Chapman, y J.D. Salinger, el excéntrico y huraño autor de El guardián entre el centeno?. ¿Planeaban los Beatles regresar a los escenarios si no hubiera fallecido Lennon?. ¿Era el asesino del Beatle un majara, un iluminado o, quizá, un autómata dirigido por alguien a quien le interesaba el magnicidio?. ¿Era Yoko Ono un impedimento para el posible regreso de la banda de Liverpool?.

Aquel 8 de diciembre, Mark David Chapman decidió acabar con la vida de Lennon, “un auténtico elemento que se atrevía a compararse con Jesucristo, y que incluso no creía en Dios”. ¿Qué tuvo que ver Dios con el crimen del Beatle?.

Ese día, Chapman compartió habitación con una prostituta, a la que despachó tras darle una propina, sin consumar el acto sexual en ningún momento. Luego, de camino al edificio Dakota, en Nueva York, adquirió un nuevo ejemplar, el enésimo, de El guardián entre el centeno y en una tienda de Virgin compró una nueva copia, la enésima, del Doble Fantasy de los Lennon.

Por un momento, Chapman soñó… luego habló el plomo y el sueño terminó mientras miles de niños pequeños jugaban en un gran campo de centeno sin nadie que los cuidara ni vigilara, excepto un adulto, al borde de un profundo precipicio, sin otra misión que agarrar a todo niño que se acercara al abismo. ¡Una locura!

Juan Manuel Escrihuela (Barcelona, 1957), uno de los mayores expertos en España en el fenómeno beatle, desvela en “El sueño ha terminado” (Quarentena Ed.) algunas de las oscuras polémicas que han envuelto la muerte de Lennon: una crónica novelada de literatura, música y crueldad que unió al beatle, Salinger y Chapman.

Os lo recomiendo porque no deja indiferente, tanto si eres o no beatlemaniaco

 

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¿Para qué sirve un banco? ¿Para qué sirve un colchón?

Con gesto inquieto, aunque sin el pensamiento coagulado ni la voz cuarteada, en el terreno de la preocupación sin alcanzar una sensación de desplome absoluto, me explicaba ayer un buen amigo que posee unos ahorros en un banco que ahora todos debemos salvar con dinero público, un capital que, “gracias” a  “extrañas” coincidencias, parece salir de los no ya recortados sino maltrechos ámbitos públicos de la sanidad y la educación.

Al tiempo que mi amigo me hablaba de sus ahorros, el informativo del mediodía de la televisión –uno cualquiera-, informaba de que ese banco no puede hundirse pues recibe la consideración de sistémico que, dicho así, y en las actuales circunstancias, suena a enfermedad. El presentador de las noticias hablaba también de cifras mareantes, tanto como mareado está nuestro bolsillo por inanición salarial, y de gestores con indemnizaciones y jubilaciones con las que se podría costear el presupuesto de un pueblo de ciertas dimensiones durante uno o dos años, o se podrían salvar decenas de pupitres o de camas de hospital, por poner sólo un ejemplo.  

¿Traspasarás esos ahorros a otro banco?, le pregunté. No, me respondió con firmeza, sin desviar la mirada. ¿Invertirás en bolsa, acaso?. Tampoco. Me miró como si me hubiera vuelto loco. ¿Acaso comprarás un coche nuevo?. O, ¿irás de compras a Ikea?… No di ni una en la diana.

¿Qué se puede hacer con unos ahorros depositados en un banco de presente sombrío y futuro incierto?, por mucho que nos digan que es “enfermizamente” sistémico.

Le di unas cuantas vueltas al asunto de los ahorros de mi amigo mientras buscaba la solución removiendo el rissotto del menú de 10 euros que me había servido un novel, solícito y joven camarero, ávido sin duda por quedar bien con los jefes, en este caso unas estupendas personas.

De repente, y tras dar cuenta de una butifarra de Lleida, mi amigo, que sabe latín, mucho latín, me anunció sus planes para con esos ahorros: se compraría una caja fuerte y allí los depositaría para hacer uso de ellos cuando quisiera o conviniera.

Luego, entre la severidad que exige las circunstancias, y el buen humor que debe imperar para evitar el desplome total, sopesó en voz alta la posibilidad de recurrir a un viejo hábito: el colchón.

Yo, que a duras penas puedo alcanzar a comprender y cuadrar mi economía doméstica, me pregunté entonces, – porque sigo teniendo muchas preguntas y pocas respuestas y daría todo lo que sé por la mitad de lo que desconozco-, ¿para qué sirve un banco?. Y aún más, ¿para qué sirve un colchón?.

Inevitablemente, y con el rissotto ya frío, me invadió una sensación de desamparo. ¿De qué y quién viven los bancos?. No somos nosotros, con nuestras nóminas, transacciones, créditos, tarjetas, impuestos… quienes sustentamos un sistema que antes decía ser “amigo” nuestro.

Cierro los ojos para intentar ver. Es decir, y que alguien me corrija si lo entiendo mal: van a salvar un banco con un dinero público –mientras no digan lo contrario- rescatado de unos ámbitos que sustentan el estado del Bienestar para que luego ese mismo banco lo utilice para sanearse y comunique a sus clientes que no dispone de fondos para conceder créditos, ayudas, etc…, que permitan a empresas y/o familias salir adelante.

Es ese mismo banco que seguirá nutriéndose de nosotros, vosotros y ellos y que dentro de unos meses, y tiempo al tiempo, publicará su cuenta de resultados y anunciará beneficios.

Yo, a partir de ahora, y con vuestro permiso, confiaré más en mi colchón.

PD: le pregunté a mi amigo si no había pensado en otro viejo recurso para guardar sus ahorros: el calcetín. Desechó la propuesta porque, según me argumentó, algo ya huele muy mal en todo este asunto.

 

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Las palabras curan (en el quiosco del CR9)

Conocí en una ocasión a un profesional de la medicina que se relacionaba con los pacientes como personas, les dejaba hablar, les dejaba contar lo que les pasaba aunque no les pasara nada en particular. Creía que las palabras podían curar tanto como las medicinas. No se hacía amigo de ningún paciente para no sufrir en exceso pero tampoco permitía que le trataran como el doctor del chiste: “doctor, doctor, nadie me hace caso” y el doctor respondía: “el siguiente”. A cada paciente que regresaba del quirófano le saludaba con un beso, con una palabra adecuada, con una frase ocurrente: “ya tardabas”.

Por Mercè Roura, periodista de Badalona (Barcelona)

A nuestro mundo le hace falta una cura de palabras. Es urgente. Tenemos que buscar entre todos palabras sabias para tapar heridas y sustituir palos, machetes, puños y uñas. Corre prisa. Vivimos un momento de histeria colectiva, de susceptibilidad máxima. Incluso los mansos y los cautos han empezado a lanzar saliva contra los que siempre buscan brega… ajenos al zarpazo que les espera. Lo hacen porque no lo soportan más. Asco por asco, piensan, mejor vivir en el desahogo de haberle plantado cara al chulo del lugar. Cada día hay más chulo, aunque tal vez sea yo, que presa de un alto nivel de desconcierto social, me creo que son chulos cuando lo único que hacen es defenderse o auto-reafirmarse.

Cada día hay más malentendidos y roces y quejas. Quejarse de forma constructiva es bueno, pero hace falta actuar para cambiar porque si no la queja se vuelve hábito y pasa a formar parte del carácter.

Se nota al cruzar la calle. Algunos ponen cara perruna, asustan. Otros tienen las facciones mutadas por el miedo, se les ve paralizados por la angustia, tienen escrita en el rostro una noche haciendo cuentas para pagar recibos.

Los recibos crecen, los sueldos encogen. Escasea en algunos lugares y momentos el “buenos días”, el “hasta pronto”, el “suerte mañana”, el “gracias por todo”… el “estoy contigo pase lo que pase”.

Estamos siempre alerta para clavar colmillo hasta la encía, pensando en negro, repitiendo en un mantra la palabra crisis hasta que se esculpe a fuego en el día a día y nos invade.

Tal vez parezca frívolo en un momento en el que pasamos escasez y muchos pierden su hogar y sus sueños… pero las formas importan. Importan porque se dirigen a personas. Importan porque evitan trifulcas y peleas y generan diálogos.

Y sobre todo, importan las palabras porque con ellas se construyen puentes, generan empatías. Importan porque convierten a la víctima en el dueño de su destino, porque generan oportunidades.

Necesitamos palabras, muchas. Todas las que encontremos van a ser pocas porque tenemos que cambiar esta inercia de malhumor y caras agrias, porque nos merecemos otro presente y otro futuro.

Cuando la intención las acompaña, las palabras curan.

 

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Encontrarás cuervos (ayer, hoy, mañana)

Por Goyo Martínez, de su próximo libro “Encontrarás Cuervos” (título provisional), la segunda parte de “El Espía de Madrid”.

Y clavaré en la puerta de la Iglesia mis ideas, mis sueños, mis pensamientos.

Y que me busque el cura. Le saludaré y le pediré que hable con Dios a propósito de mí, de nosotros.

Y le diré que necesitamos un cura que introduzca en la liturgia la lengua del pueblo.

Y si acaso pone tierra de por medio, horadando una estrecha fractura de cemento por la que deambular, replicaré sus palabras: cómo puede invocar a Dios quién promueve un desastre moral en nombre de un credo que entona como una sordida letanía la vieja cantinela de la ética y las exigencias de la moral.

Y marcharé, dejando mis ideas, mis sueños y mis pensamientos clavados con firmeza en su puerta.

Y a Dios no tendré otro remedio que decirle que le declaro la guerra mientras quienes deben llorar, no lloren y sus lágrimas de sincera y cristiana contrición no se purguen y no laven la mancha inferida.

 

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¿ Para qué sirve un cisne ?

Quiero ser ave de plumaje transparente y costumbres sencillas, afables. Quiero vestir siempre de blanco nuclear, quiero conservar ese pico ora dulce ora crítico, quiero arquear las alas para defender al amor, a la justicia, a la tolerancia, a la libertad. Entonaré un canto fuerte y agudo cuando mi alma esté plena y se tornará grave cuando la desdicha se apodere de mí. Quiero ser puro, casi perfecto, prudente, valiente y decidido, noble y elegante, bello y, otra vez, puro.  

Un relato de Alma Ballesteros, de Murcia, que nos señala uno de los caminos donde radica el amor, cuando se quiere amar y ser amado. Con música, por supuesto.

[cisne]

 

Y amanecerá sin ser estrella. Tampoco sol, ni luna, ni planeta ni un mísero satélite. En tu vida sólo seré ¡lo que tú quieras!.

Búscame, búscame y seremos un viaje en el invierno, una aventura sin fin y un relato de besos.

Y descansaré en tu alma mis tristezas y buscaré el mar de tus sonrisas cada día para poder ser un cisne lleno de paz y armonía.

 

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