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De aquí para allá

Es una pena que no recordemos cómo empezamos a andar. La sensación de los primeros pasos, tras el gateo, como tanteando el mundo por el que luego deambularemos y erraremos años y años. Mezcla de preocupación y diversión, desvelo y expansión. Íbamos de aquí para allá, desplazándonos por abismos que sólo existían en nuestra cabeza. Buscando siempre lugares seguros, asideros sin precipicios, y la mirada de la madre, que nos animaba a soltarnos, a arriesgar. Y lo hacíamos, como diciendo “aquí estoy yo y me voy a comer el mundo”. Más tarde, te conformas con que el mundo no te coma a ti. Ahora, estamos aquí para estar allá, y no es pasado ni futuro.

La Dama Se Esconde (Ruiz Mora), de Murcia, ha estado allá para volver aquí y decirnos qué ha visto y cómo lo ha visto, como si se tratara de un sueño infantil con el que es fácil empatizar. El viejo de la imprenta me habló una vez del hombre y de su primaria incapacidad para ver un poco más allá. Yo miré allá, incrédulo. Y el viejo me espetó, ¿es que no te enteras burro?. Con música, pues nunca deben faltar las palabras y los ritmos.

Nubes,
luz,
vaiven,
¡zas!.
Pensamientos, pensadores;
periódico, hoja;
hechizo, reflexión;
vuelta, revuelta en las almas;
tristeza, apaga.
Vamos, parada,
freno, incendio.
Te espero,
añoro,
mi cena,
tu espacio,
mis dedos.
Pintura,
camino,
la vuelta,
la nada.
¿Tristeza?,
¿abismo?,
¿el miedo?,
no, más bien nada.
Perdí mi sonrisa,
colgé la palabra.
Los que me han visto,
me dicen, ¿dónde te hayas?.
No sé,
no cuento, no digo nada.
 

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El Quiosco del Café / Sobre el miedo y la estupidez

Un muy siempre acertado artículo de Mercè Roura, la periodista de un lugar llamado mundo.

Tenemos miedo. De quedarnos a medias y de pasarnos. De pasar de largo y de esperar demasiado ese tren, lleve dónde lleve. Nos asusta qué dirán de nosotros y nos da pánico también que no digan nada. Nos aterra el silencio… y el ruido. Nos asusta perder y a veces nos asusta más ganar porque no nos han educado para manejar la victoria. Nos asusta querer pero también sentirnos atados por ese sentimiento. Nos provoca terror sucumbir y dejarnos llevar y fluir y sentir, soñar e ilusionarnos.

Nos espanta hablar y ser esclavizados por nuestras palabras. Nos asusta callar para siempre.

Le tenemos a menudo más miedo a la risa que al llanto, porque nos han enseñado a esperar lo peor. Nos asusta ser el que baila y el que se esconde en un rincón cuando suena la música.

Nos asusta el dolor pero nos provoca pánico estar sanos… por si la salud no dura.

Somos máquinas de generar temores, angustias… de levantar muros y derribar puentes. Nos paralizamos, nos encogemos, nos hacemos diminutos hasta que no nos pertenecemos a nosotros mismos… nos asustamos de ver nuestro rostro. Notamos una punzada en la espalda que nos avisa de que pisamos terreno desconocido… nos aterra arriesgar y cambiar lo cotidiano. Y el miedo nos hace estúpidos, aburridos, grises… Nos cansa, nos nubla, llena nuestro equipaje de rocas enormes y pesadas, nos desgasta las ganas, nos vacía y nos deja en un rincón…condenados a vivir sin pasión y con la cabeza gacha.

El miedo nos subsidia. Nos rebaja. El miedo es adictivo, narcótico… lo devora todo, lo invade todo… lo suprime todo hasta jibarizarnos, nos transforma en una versión ridícula de nosotros mismos… en nuestra caricatura, en un lastre para seguir.

Tenemos miedo a envejecer y miedo a no llegar nunca a hacerlo. Tenemos miedo a morir y a vivir. Y sobre todo, tenemos un miedo atroz a ser felices… por si dejamos de serlo.

 
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Publicado por en 08/07/2012 en el quiosco, la barra del café

 

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La bestia parda

¿Por qué escribo?, me preguntaron ayer. “Me gustaría decírtelo, pero no lo sé”, respondí ayer. Y no lo dije para no perder una virginidad que no tengo… Eso fue ayer.

En realidad, escribo para saber lo que me pasa, digo hoy. Me gustaría que me hablaras de ti para darte tu historia, no para apartarte de lo que no te quieras apartar.

Un relato de María del Pino, escritora de Córdoba.

 

La oscuridad del túnel sólo es rota por el sonido que me ha despertado en mitad del traqueteo en el que me hallo. De repente, me percato de que un rugido gutural ha comenzado a sonar a la misma vez que salimos hacia la luz. El basto sonido que pretende engullirme el alma procede de mi espalda. Dudo si mirar o no. Me da miedo ver la cara, o las fauces, de la fiera que dormita tras de mí.

Suspiro, saco fuerzas y volteo lentamente la cabeza. Me sorprendo al contemplar a semejante bestia parda con su enorme boca abierta. No quiero mirar mucho, pero podría decir que la saliva cuelga de su boca como si no le importase mi mirada. Y la verdad es que dudo incluso que lo sepa…
A su lado se encuentra el cuerpo inerte e insonoro de una mujer, cuya cabeza no logro ver. Suspiro y vuelvo la vista al frente, imaginando que la fiera me succiona el cráneo.
Miro a mi lado y veo que mi amor tampoco logra conciliar el sueño. Ambos nos observamos a los ojos durante un buen rato mientras entrelazamos nuestros dedos con más fuerza. Entretanto, el estrepitoso y constante ronquido va en aumento…
«¡Dios mío! ¡Vaya señora! ¡Cómo ronca!», exclamo en mi fuero interno, indignado, en mitad de este autobús de camino a Madrid.
 

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La madre que no publicaba sus silencios

Hay un día trágico en la vida de un niño cuando descubre que los padres pueden morir. El pensamiento le rondó durante meses a la hora de dormir y hubo momentos en que, por no poder soportar la idea, lloró sin consuelo. Entonces los padres le prometieron algo que no estaba en sus manos, que no dependía de su voluntad: morirían de viejos, muy viejos, y le acompañarían casi durante toda su vida. En la mente del niño la idea maduró como maduran los dientes: todo tiene un final. Cerró los ojos y se vio niño, cuando sus padres le explicaron recuerdos de hacía 30 años. Dice el sabio refranero popular: Dios no podía estar en todas partes a la vez. Por eso creó a las madres.

Un relato, con música, de La Sociedad de los Poetas Muertos, en homenaje al genial Walt Whitman, desde Valparaíso (Chile)

 

Su madre lo guardaba todo. Cuando hubo que enterrarla y vaciar la casa, empezaron a salir de los armarios y cajones muchos objetos, actas notariales de lo vivido por el hijo: patucos azules de punto, el cirio del bautizo, algún diente de leche, el reloj de la primera comunión, una agenda con los teléfonos de los primeros amigos, y alguna amiga, un caleidoscopio, la cartilla de la mili y muchas fotos: con su tía misionera, con el amigo en la noria, en la playa, con su padre, el primer coche. También aparecieron los libros de texto garabateados y los primeros problemas: un tren sale de la estación… y otro lo hace, el inevitable principio de Arquímedes, los verbos irregulares, los poemas de Espronceda. No faltaban los primeros dibujos a tinta china, geométricos, las fotos con los de la clase, la primera chica que le gustó, que no era su novia, era su amiga. Y algunos paisajes: caminos de lápiz marrón, bosques de difuminados verdes, el mar, siempre azul. Nunca había nubes grises y sí casitas con chimeneas, pájaros y una mujer que le miraba con los ojos de una madre.

 

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Abatido pero no batido (¡buenos días corazón, he despertado!)

Abatido pero no batido, quiero soñar aquello que deseo ver en un sueño: un orificio de luz, aún tamizado por la realidad, aún poseído por la tan temida oscuridad de la vida, que me permita derribar los problemas cotidianos. Y lo veo, y lo cristalizo: sólo me hace falta levantarme cada mañana susurrando un “buenos días, corazón”.

“Estimado” mundo: camino por el sendero de la desesperación donde quieres ahogar mi grito, amordazándolo con nudos de silencio. Crisis, miedo, sufrimiento, mentiras, esas son tus armas. Yo, con tu permiso, lucho con las mías: amor, ternura, amistad,  sonrisa, sueños. Porque la vida también es sueño y los sueños, sueños son.

Un relato, con música, de David Creus y David Viñas, también conocidos como “Estamos locos, davids”, del Vallès Oriental (Barcelona). ¡Bendita locura de amor! la suya.

Buenos días corazón, por fin he despertado.

Buenos días corazón, late, no dejes de latir.

Buenos días corazón, por fin he despertado.

Despertado sí…, buenos días corazón.

Sueño sin permiso en cada nota que sale de tus latidos, al dulce ritmo del sonido de aquellos tambores que gritan dulcemente te quiero. 

Buenos días corazón, por fin he despertado.

Sueño, sueño corazón, por fin he despertado y sigo soñando.

Amor, ternura, felicidad, sensibilidad… vivo.

Escucho al pianista tocando las melodías de mi propio sueño, protegido por la banda de latidos que tú le enviaste para que gozara de tan maravilloso concierto, el de la vida. Buenos días corazón, por fin he despertado.

No nos resignemos a no vivir, paremos nuestros relojes, borremos a aquellos que nos miran con una sonrisa de desprecio, amemos lo único que nadie nos robará nunca, nuestra vida, sonriámosle una vez al día. ¡Jodidos sí, vencidos no!.

Por fin he despertado, amor.

 

 

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(1+1)= todo; (2-1)=nada

“Amor mío, estas son las cosas que recuerdo de mi amor: tus cálidas manos, tu cálido aliento, tu cálida boca, tus brazos a mi alrededor. Recuerdo sentirme seguro siempre, como una sóla persona, los dos en silencio, en paz, entrelazados. Recuerdo lo que sentí la primera vez que te besé, fue como… el gran salto. ¿Qué recuerdas tú?. Los caminos se bifurcan, cada uno toma una dirección pensando que al final los caminos se volverán a unir…”

Un problema matemático de amor planteado en tres tiempos por Acero Rojo, desde Barranquilla (Colombia). Porque, en la aritmética del amor, uno más uno es igual a todo, y dos menos uno es igual a nada. Un relato con música.

 

(1+1). Siempre he sabido que mis labios están hechos para los tuyos.

(1*1). Algunos días tenía miedo de decirte te amo. Otros no podía parar. Tu silencio siempre fue cruel.

(1-1). Cada vez que te veía se me aceleraba el corazón. Pero no de amor, si no de miedo… miedo a que me partieras el corazón.

 

 

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Serás la mirada que fluye sin esfuerzo

Decía Stefan Zweig: “no basta con pensar en la muerte, sino que se debe tenerla siempre presente. Es entonces cuando la vida se hace más solemne, más importante, más fecunda y alegre”. Y, en esta misma línea, André Malraux acertó a decir: “la muerte sólo tiene importancia en la medida en que nos hace reflexionar sobre el valor de la vida”. Y es difícil medir el valor de la vida de una persona. Para unos se mide por los seres que deja atrás. Para otros, se mide por la fe. Para otros, por el amor. Para otros, la vida es un mero tránsito, y carece de significado alguno.

Sin embargo, y como quiera que la muerte es algo inevitable porque forma parte de la vida, y mientras no se encuentre el secreto de esa vida, prefiero aferrarme a la idea de que la muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. La vida sí que nos los roba muchas veces y de manera definitiva.

Hace dos años, falleció el hermano de un buen amigo, Xavier Gálvez, tras superar un cáncer y generar otro. Fue, me cuenta Xavier, una persona lúcida, íntegra y digna hasta el último momento, una de esas personas que supieron darle un valor a la vida, incluso en el mismo momento de atravesar la puerta solitaria.

El último mensaje que le dedicó a Xavier sabedor de que la muerte vencía fue:

– “Xavier, tens por?…així m’agrada. Tú pots, fés-ho”.

Un relato con música y a cuatro manos de Xavier Gálvez (Barcelona) y Goyo Martínez (Mollet del Vallès, Barcelona). En recuerdo de aquellos que se fueron pero que nunca nos dejarán, porque la distancia nunca hará el olvido y no muere lo que desaparece sino lo que se olvida.

 

Parlem de tu, però no pas amb pena. Senzillament parlem de tu. De com ens has deixat, del sofriment lentíssim que va anar marfonent-te. De les teves coses parlem i també dels teus gustos, del que estimaves i del que no estimaves, del que feies, deies i senties; de tu parlem però no pas amb pena. I, a poc a poc, esdevindràs tant nostre que no caldrà ni que parlem de tu per recordar-te. Poc a poc seràs un gest, un mot, un gust, una mirada que flueix sense dir-lo ni pensar-lo.

Hablamos de ti, pero no con pena. Sencillamente hablamos de ti. De cómo nos has dejado, del sufrimiento lentísimo que te consumió. Hablamos de tus cosas, y también de tus gustos, de lo que querías y de lo que no querías, de lo que hacías, decías y sentías; de ti hablamos pero no con pena. Y, poco a poco, te harás tanto nuestro que no será necesario que hablemos de ti para recordarte. Poco a poco serás un gesto, una palabra, un gusto, una mirada que fluye sin decirlo ni pensarlo.

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La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos.
Antonio Machado, (1875-1939)
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