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Billete de ida (fragmento)

Había en su sonrisa la calidez de quien ha hallado un rostro humano entre la multitud, un gesto de solidaridad en el barullo de cuerpos que se cruzan y tropiezan, de gente que busca su tren con una expresión de desvalimiento en el rostro y la torpeza de la urgencia en el cuerpo.

¿Qué nos deparará la vida?. El brillante músico inglés Alan Parsons dejó escrito en su genial “Sagrada Familia”, pieza que abre el no menos maravilloso LP “Gaudí”:

¿Quién sabe dónde el camino puede conducirnos?, sólo un idiota diría;

¿Quién sabe si nos encontraremos a lo largo del camino?;

Sigue la estrella más brillante, como el valiente que se atreve;

¿Qué vamos a encontrar cuando lleguemos allí?

¿Quién sabe dónde los vientos nos harán volar?, sólo un idiota diría;

¿Quién sabe si alguna vez alcanzaremos la orilla?;

Sigue un sol naciente con los ojos que sólo pueden mirar fijamente;

¿Qué tipo de fuego nos quemará allí?, sólo un idiota diría.

¿Quién sabe donde el mundo puede llevarnos?, sólo un tonto diría;

¿Quién sabe lo que el destino pueden tener en la tienda?;

Sigue la luz de verdad por lo que nuestros ojos pueden ver;

¿Cómo deberíamos saber dónde puede ser? ¿Cómo deberíamos saber?…

Estas líneas son un fragmento del cuento “Billete de ida” del escritor y guionista Alfons Carrasco, de Mollet del Vallès (Barcelona) que forman parte de su nuevo libro “Cuentos Cortos II”, de próxima aparición y que tengo el placer y el honor de prologar. Con música, como siempre.

 

Llovía cuando llegué a la boca del metro, por lo que me apresuré a bajar las escaleras con cuidado para no resbalar y dar con mis huesos en el suelo. Algunas personas, como yo, seguíamos la misma dirección hacia las taquillas por el pasillo enlosado iluminado con una tenue luz. Era una situación casi mágica; podía escuchar la música de las pisadas que desprendían los zapatos y era devuelta como una suave canción acompasada con ritmo y me atrevería a decir que con melodía propia por el eco. Al llegar a la pequeña taquilla me surgió la gran duda, ¿valía la pena sacar billete?. Estuve durante unos segundos meditándolo, tanto es así que la taquillera me puso cara de pocos amigos y me miró de arriba a abajo con el billete recién cortado en su mano…

 

 

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Vestidos de zombies. I Capítulo

Por María del Pino (Córdoba)

Relato con música. Clica sobre la imagen de María… hay un claro de luna.

Cuando Pedro llegó a casa de Jaime, todos sus colegas estaban fascinados. «El mejor disfraz, tío. El más realista», le dijeron. Éstos habían estado la semana antes preparando sus trajes. Sin embargo, Pedro solamente tuvo un día por fallo al no leer los mensajes de las redes sociales.

Todos habían maquinado sus vestimentas por separado, pero con la misma temática. La idea surgió después de ver la película “28 días después”, y Lucas fue quién lo propuso: «¡Hay que ir de Zombies!».

Llegaron las once de la noche y salieron de la casa los cinco zombies: Jaime, el zombie granjero –con gorro, vaqueros y camisa de cuadros rojos y azules–; Lucas, el zombie futbolista –con la equipación de Argentina–; Antonio, el zombie de estar por casa –con zapatillas de lona, pijama y bata–; Manolo, el zombie callejero –ropa normal y quilos
de maquillaje mal puesto–
; y Pedro, el zombie recién salido del ataúd –traje de chaqueta y, para él, un extraño ungüento que su hermana le adosó a la cara y con el que daba realmente la sensación de putrefacción por algunas zonas. Daba tanto asco que a penas se miró un par de segundos al espejo–.

Habían decidido ir por las las calles del centro asustando a la gente hasta que llegasen las 00:00: noche de brujas en otros países, día de los difuntos para los españoles.

Ese día no sabían dónde ir exactamente. Si a una discoteca, de pubs, o al polígono, donde Jaime creyó oír que habían hecho algo taco “guapo”. Aun así, lo que sí tenían claro era una cosa: no iban a ligar.

No por las ricas y exquisitas “demonias” y vampiresas que habría por ahí
sueltas, sino porque con las caras que llevaban… No ligarían ni con un orco.

Continuará…

 

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Cuento de Navidad. El sueño de creer en la magia de nuestros corazones. V capítulo.

Por David Creus (Mollet del Vallès, Barcelona)

Relato con música. Clica sobre la imagen: “lubally…”

… La sorpresa en el bar crecía, como la haría una partitura “in crescendo” en su punto álgido, allí en el punto del desenlace, cuando algo cómico o trágico ha de suceder. Los sabios ordenaban las figuras del pesebre. “Pronto llegará la fecha del niño Jesús”, se dijeron, al tiempo que señalaban el tránsito de la estrella hasta llegar a Belén.

No sólo hablaba José, también lo hizo María. La locura pareció desbocarse. María me habló con voz dulce y aterciopelada. Y me dijo:

“la magia, querido David, sale del corazón. Los adultos no lo solemos decir, aunque por fortuna, los niños nos lo suelen transmitir” 

Hacia el mediodía del día siguiente llegué al bar de Montse quien me indicó el camino de la cocina, como si me llamara a capítulo. Montse no llevaba puesta la chaqueta que lucía el día anterior. ¿ Dónde estaba la figura de María?. Solo existía en mi preocupada mente aquella figura. Montse, por su parte, solo tenía pensamientos para su hija, quien la llamó con el deseo urgente de encontrarse.

Montse y su hija mantenían una relación que, como poco, podíamos catalogar de  olvido absoluto, situación que no permitía a Montse pacificar su corazón.

Esa mañana, los viejos sabios adornaron lo que faltaba del bar, su entrada.

Mi asombro al verlos era absoluto. Era como si hubieran recobrado años perdidos, muchos años, recuperando un espíritu, días antes totalmente perdido. Entonaban villancicos ante el asombro de los presentes mientras colgabas adornos sin parar, como posesos por esa extraña magia que lo había inundado todo.

En ese momento, entró por la puerta ya adornada la hija de Montse. Bastaron unas pocas palabras en el reencuentro:

– ¡Lo siento!,- dijeron al unísono. Luego, un abrazo, sincero, cómplice, casi mágico.

José guiñó de nuevo el ojo. En el gesto, me dijo que Montse y los suyos disfrutarían de aquella Navidad. Sus corazones vencieron a su tozudez y arrogancia.

Volvió a mi mente la figura de la virgen María. Debía yo romper la magia de aquel momento entre madre e hija. No hizo falta. María había vuelto al pesebre.

Me sentí tranquilo, feliz. Al abrazar a su hija, las lágrimas adornaron las mejillas de Montse, ora de añoranza, ora de alegría, por el tiempo perdido, por el tiempo recuperado.

José puso la mirada en mí, de nuevo. Lo sujeté. Lo coloqué entre el diario y el café manchado con leche. Sin embargo, cerré el periódico completamente absorbido por su magia. No pude reprimir tampoco el llanto lamentando que Xapi se perdiera este momento. ¡Despreciable!, me dije, por querer buscar de un modo egoísta un pedazo de esa magia para mí.

José percibió mi tristeza. De inmediato, oí su voz. ¿Qué?. ¿Quieres que mire la estrella?, le pregunté. Al anclar la vista en ella, vi a Xapi. Montaba sobre la estrella  como si fuera el jinete de los sueños que en aquel bar ocurrían.

– ¡Es el momento!, me indicó.

– ¿El momento?, ¿el momento de qué?, repliqué. No hicieron falta más palabras.

Era el momento de descubrir aquella magia por la que me habían tildado de loco. Debía ser yo, con mis ilusiones y decepciones, el portador de la magia.

En tan solo tres días, las personas, incrédulas, habían aprendido a escuchar a sus corazones. También José me invitó a cabalgar sobre la estrella, junto a Xapi, hasta llegar al Nacimiento. Allí, según mi impresión, entendería cuál era la verdadera magia, mi verdadera magia.

Ya cuestionaba la locura. Todo aquel que atravesara bajo la puerta del bar de Montse, adornada como maravillosos posesos por los viejos sabios otrora incrédulos, encontraría la verdadera esencia de las fechas.

Me acerque lentamente a la estrella. Sobre ella, Xapi me tendió su mano. ¡Acompáñame!, pareció decirme. Sabedor de que en el local todos observaban mis movimientos, dirigí la mirada a Montse, a los sabios, al panadero, Sergi, al amigo David. Todos, o al menos así lo interpreté, me rogaban que alargara la mano. Por momentos, creí entender ese espíritu del que había oído hablar, el de la Navidad.
Todos lo poseían, todos sin excepción. Sus miradas ya no reflejaban locura, me transmitían ilusión.

Fue entonces cuando el rey Gaspar, un punto harto de la tardanza de mi decisión, soltó una elocuente frase:

“si no crees en lo que siente tu corazón, nosotros no podremos existir”… 

(Continuará)

 

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El almuerzo diario

Tienen identidad. Y tienen alma. Y lo saben porque sufren y sienten. Sobre cosas, discuten. Sobre emociones, dialogan. Buscan en el interior de sí mismos, sin miedo a encontrar monstruos que tratarán de enterrar profundamente para que no afloren de nuevo. Porque saben que los fantasmas mal reprimidos siempre acaban por revivir. Y saben reír. Y también saben llorar, porque forma parte de su forma de ser.

¿Quién ha dicho que el hombre que llora es un cobarde?.

Y te sentarás con ellos en la terraza de un bar, en la desigual noche de octubre, y te hablarán de sus frustraciones y sus deseos, de sus inquitudes y sus esperanzas… y te sentirás bien. Y compartirás con ellos una cerveza en la certeza de saberte en un escenario amigo, de palabras y gestos cómplices, de sonrisas y lamentos, porque también forman parte de la vida.

Son David Viñas y David Creus, de Mollet del Vallès (Barcelona) y se hacen llamar “Estamos locos“. Nos dicen que son las palabras que quieren escuchar cada mañana… de alegría, de amor, de felicidad… para encarar la cuesta arriba del día y luego, cuesta abajo, en el crespúsculo, dar las gracias por haber tenido otro día.

Estamos Locos, no miramos de comprender las actitudes de la gente;, Estamos Locos, no miramos de comprender las palabras de nadie; Estamos Locos, no miramos de ser lo que no deseamos ser, ni de decir lo que no queremos decir; simplemente Estamos Locos. Somos lo que somos. Dos locos maravillosos. Clica sobre su imagen, contigo maravillosas locuras.

A alguien en el mundo: tus palabras, palabras que no se lleva el viento, nos recuerdan que el mundo gira sin detenerse, constante el giro. Tus palabras, palabras que devuelve el viento, nos dicen si nuestro día, pan nuestro, estará presidido por la felicidad, bendita felicidad, o por la desesperación, maldita desesperación.  

Como el viejo hombre del rincón del bar dijo: en algún momento todos tenemos algo que debemos hacer, el engranaje gira, constante el giro. A veces un giro te lleva a donde quieres, querer es poder; a veces te lleva incluso más lejos; a mundos que están aquí, que están en ti. 

Queremos gente que nos dé los buenos días, pan nuestro; que hable de felicidad, feliz quien ama; ama la belleza; bella ternura, tierna alegría.

El viento trae tus palabras: nuestro almuerzo diario.

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Nota de Goyo Martínez: quiero aprovechar la ocasión para aplaudir una iniciativa de este grupo. Suelen reunirse la noche de los jueves en el pub Transit, Mollet del Vallès, (gobernado por Adolfo Eizaguirre) para compartir tertulia en lo que llaman “Cheers Transit”. Cuentan cuentos, relatos y, en una preciosa idea, despliegan una sábana donde dejar una firma, una reflexión, una idea, una poseía… para la posteridad.

 

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