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82 KILÓMETROS

Imagen con música

El viejo de la imprenta tenía una madre, como todos. De hecho, y aún los años transcurridos -que ni él mismo recuerda-, aún la tiene, aunque físicamente no está entre nosotros. Pero eso, por ley de vida, ya no importa.

Suele hablar de ella, pero no con pena. Simplemente habla de ella. De cómo le dejó, del sufrimiento lentísimo que fue consumiéndola. De sus cosas habla y también de sus gustos, de lo que amaba y no amaba, de lo que hacía, decía y sentía.

De ella hablamos, pero nunca con pena. Poco a poco, es tan suya, tan nuestra, que no hace falta ni que hablemos de ella para recordarla. Poco a poco se ha convertido en un gesto, una palabra, un gusto, una mirada que fluye sin decirlo ni pensarlo.

Siempre le escribe para que la muerte nunca tenga la última palabra. Y echa la carta al buzón sabiendo que le llegará. El hecho, por extraño que parezca, es que nunca le devuelven  ninguna carta. Llegué a barruntar que había sobornado al cartero. Pero, no. Un día hablé con él para aclarar el misterio y me negó rotundamente la cuestión. Quizá, el cartero tiene hilo directo con el cielo, algún código postal allá en el infinito azul, conjeturé.

El viejo nunca permitió que su madre -ni su padre- acabara en un asilo, aquel lugar adonde van las personas cuando la vida ha terminado con ellos antes de que ellos hayan terminado su vida.

Un día me hizo el honor de acompañarle al sagrado lugar donde vivía su madre, su hogar. En aquel sitio, tampoco le faltaba el humor. Presumía de que su madre, a sus noventa y pico, era la que mejor se conservaba del camposanto.

En el sitio no parecía haber nada de particular, pero sobre la lápida de la madre había una nubecilla gris y el aura del lugar hacía que pudieran suceder cosas extrañas o imaginadas. Percibí que el tiempo pasaba despacio cuando uno es joven, como el viejo, como yo. Había algo insólito en la quietud de las piedras.

– ¿ Qué edad tenía? -pregunté

– Disculpa, tiene. Unos noventa y pico… las buenas personas siempre mueren jóvenes – replicó.

– ¡Cierto! – sentencié.

Nos sentamos frente a la morada de su madre, y me hizo tomar papel y lápiz. Por favor, ¡escribe!, rogó el viejo. Ni eso le podía negar a mi querido viejo.

– Madre, nunca me cansaré de decirte que eres el ejemplo a seguir. Me has enseñado los valores de la vida, de cómo es y, sobre todo, de cómo hay que vivirla. Siempre regreso al pueblo que me vio nacer, me siento en el quicio de la vieja puerta de la vieja casa, y aún siento el placer de tus tortitas. ¡Recuerdas!, acababa con chocolate hasta en los ojos.

Sé que estás a mi lado, porque te siento cada vez más cerca de mí. ¿Recuerdas la trompeta que me regalaste?. Sí, esa de la que me decías, “no soples, que no hay agujero”. Y, yo, como era tontito, soplaba para hacer sonar esa canción que tanto te gusta: ¡sonrisas y lágrimas!…

Releímos las frases escritas y dichas con el alma y con el corazón, como no podía ser de otra manera. Reímos a propósito del chocolate y de la trompeta. Un día repetiríamos esas cómicas escenas, nos dijimos.

Luego, de nuevo en la serenidad, me pidió que prosiguiera con la carta. La propuesta fue como si me entregaran el premio Nobel. No dudé ni un instante.

Reinicié la carta dirigiéndome a ella como señora, por aquello de la buena educación. Pero lo taché. Al fin y al cabo, también la había hecho mía, y le llamé ¡madre!. El viejo aplaudió el gesto.

¡Madre!, al final, que es un principio, como muy bien sabes, la vida es eso. Te escribo para que la muerte no tenga la última palabra. Nunca permitiré que la muerte esté tan segura de su victoria. Te fuiste, para volver siempre, una tarde de primavera en que no había una sola nube en el cielo, y lo hiciste con los ojos cerrados y el corazón abierto…

… Limpié la casa, cerré la puerta y dije ¡hasta luego!. Y comencé a representar el papel que se me había otorgado en esta obra trágica y cómica que es la vida,con miedo, sí, unas veces a disgusto y otras con la esperanza de recuperar algo que no sabía ni a que olía, cómo era cuando empecé, ni lo que me impulsaba a seguir adelante ni porqué. ¿Dónde está, madre, lo que me sujeta a ser feliz? ¿Qué alegría pequeña viene a llenar los minutos de hoy?…

… A veces, madre, me quedo esperando a la vida , como si la vida fuera otra cosa, sin saber que ese tiempo del futuro, no es más que este, que este tiempo es lo único que tengo, rebelde a los límites y las barreras, que soy mi piel y mi rostro, con las huellas de los años  repetidos, sin miedo a estrellarme, al error, siempre con subidas y bajadas, con buenos y dulces momentos, inundados de oportunidades, de esperanza, descubriendo quién es cada uno en cada paso, dejándome sorprender por lo inesperado, sin dejarme asustar por el cambio, por la imprevisible vida que abre las ventanas como el viento y lo cambia todo, agarrado a lo único que tengo: los minutos, las horas, los días… el proyecto de vivir, la posibilidad de cambiar y seguir caminando, agarrado a la vida con hambre de más, siempre.

Y la muerte; la muerte, ese accidente es lo de menos. ¡Madre!, si no sé adónde voy, no iré a ninguna parte. A ti te lo debo”.

El viejo aplaudió la carta. Derramó alguna lágrima, algo insólito en él. Hasta aquel día, era poco dado a expresar abiertamente sus sentimientos, incluso ante mí. Nos abrazamos. Creo que aquella fue la primera vez que lo hicimos.

Luego, nos propusimos caminar hasta reventar. Por nosotros, por ella. Fueron ocho kilómetros pero parecieron 82. No importaba. Lo logramos. Y los dedicamos, nos los dedicamos.

Muchas veces, en conferencias, sobre todo ante estudiantes, me preguntan qué hace falta para escribir, cómo se escribe, por qué escribo. Y yo, suelo responder, tomando las palabras de Pascual Serrano, que para escribir hace falta valor y, para tener valor, hace falta tener valores porque, sin valores, más vale callar. Y escribo para los demás porque si lo hiciera para mí, moriría conmigo. Escribir me mantiene cuerdo en este loco plano de la vida.

Y siempre digo y repito que lo hago, digo y escribo lo hago con el corazón pues no quiero, ni sé, hacerlo de otra manera. Y también acostumbro a decir que los recuerdos son uno de los legales más importantes del ser humano. Recordar y ser recordado es tan importante como la vida misma. Hoy persona, mañana recuerdo. Hoy recuerdo, ayer persona.

Este relato está inspirado y dedicado a Empar Baños, una de esas personas que es paradigma, un ejemplo a seguir. A sus 26 años, Empar despidió el viernes a su madre, tras una nueve años de lucha contra un cruel enfermedad. No fue un adiós, nunca lo será, como yo me dije hace más de tres años con mi padre.

Veinticuatro horas después, Empar se subía a una bicicleta y logró el reto que se había propuesto, por ella, por su madre. Ayer sábado, 27 de abril de 2103, logró completar los 82 kilómetros de una durísima carrera, como la vida misma, por el desierto de Los Monegros. Hace unas horas, Empar, a través de su teléfono móvil, nos decía en su Facebook:

“Repte aconseguit!!! Hem acabat els 82km (al final han sortit més…) al desert dels Monegros 🙂 Ja sabeu com era d’important per a mi. Mamá va por ti! Gracias x pedalear conmigo!”

Desde aquí, Empar, simplemente, un aplauso y con eso te lo quiero decir todo. Por ti, por tu madre.

 

 

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AMAPOLAS PARA QUE ME QUIERAS

Entre atardeceres de verdes, ocres, dorados y malvas que salpican las colinas, de  belleza primigenia, una joven pasaba veloz por la vida, casi sin mirar. No le hacía falta. Eran los mismos pétalos de rosa que contaba el viejo los que le hacían soñar. Eran atardeceres constantes que nunca le abandonarían, en los que el sol declinaba y las tardes se presentaban con un esplendor insultante. Tenía un destino mágico en algún lugar de la imaginación. Lo sabía. Y aguardaría.

Una nueva poseía sobre el amor de Virginia “Metalerita”, desde Sudamérica. Porque, ¿qué sería de nosotros sin el amor?, ora dulce, ora amargo. Ya lo dijo Tennyson, “es mejor haber amado y perdido que no haber amado nunca”.

Con música, “… lo eres todo para mí. Mi principio y mi fin. Mi norte y mi guía, mi perdición, mi acierto y mi suerte, mi equivocación, eres mi muerte y mi resurrección,
eres mi aliento y mi agonía, de noche y de día,
te lo pido por favor, que me des tu compañía
de noche y de día… lo eres todo”.

 

En la madrugada que me inventaste,

y que rompiste con una rima,

-y dos versos-

ando callejeando en los filos de tus memorias,

en tus arquitecturas excéntricas

en tus luces y misericordias.

No tengo una ciudad civilizada que ofrecerte,

ni una regresión a tus infancias,

ni siquiera un jardín de amapolas.

Solo te pretendo a vos,

sin caretas que te liberen

Y como te quiero así, tanto,

hasta me iría a un campo de piedras y asfalto,

a una estación deshabitada y triste,

a una mansión con chimeneas y espíritus.

Carezco de catedrales en las que confesarte,

de religiones absurdas con las que redimirte,

no tengo una tarifa exacta para darte,

ni un precio irrevocable.

Y como te quiero así, tanto,

cuando nadie me ve te extraño

y te lloro.

Cuando nadie me ve me retuerzo con pudor,

y padezco la indiferencia de las amapolas

que te regalé un día,

esperando que me quieras.

 

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Seis correos; lágrimas, una vida…

En la mirada del viejo de la imprenta se reflejaban los mares que dormían en su memoria. Eran emociones abstractas, no verdades absolutas. Pequeñas historias en las que contaban todos los adornos. Poderosas, en cualquier caso. Les ponía orden, con cuidado, despacito. Algo así como lo que hacía su madre cuando decoraba la casa con sus recuerdos: en lugar de amontonarlos, los colocaba con gracia y arte.

A partir de seis breves correos electrónicos de Cylthia CG (México) a propósito de una historia de un profesor no cualquier, un trastero, azul, una amalgama de vivencias vividas expectante y anhelante de satisfacer deseos y ilusiones ansiadas, y amores que van y vienen tras recorrer 15.000 kilómetros, se han tejido estas palabras convertidas en mensajes sobre la vida, una vida como la nuestra que, ocasionalmente, puede doler al punto de las lágrimas, ora de alegría, ora de tristeza. Con la voz de Luz Casal, “entre mis recuerdos”.

Como cometa que arrastra un caudal, tanto cambia todo que puedes tejer nuevos días encima de viejas noches porque bendito el sueño que se teje de hilos del “no debí” y del “no debiste”. La vida me ha enseñado palabras sentidas que derrotan silencios que matan. Llama, ¡es la clave!.

 

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(El mal de) la sílaba central

Dice el cuento que me han contado para que os lo cuente, que hasta la choza de un viejo maestro llegaron los ancianos del Consejo de un antiguo pueblo. Según me cuentan, iban, azarosos, a consultar al sabio sobre un problema que amenazaba a todos los que habitaban la vieja ciudadela junto al río. Contó el cuentista que desde hacía muchos años, y pese a todos los esfuerzos del Consejo, los habitantes de ese lugar discutían, polemizaban, disputaban, rivalizaban… hasta el daño. Tanto era así que educaban a sus hijos en el odio perpetuo al vecino, y al hijo del vecino, y a los hijos de éstos.

Los ancianos del Consejo expusieron al sabio:

– Siempre hubo algunas personas que se apartaban de la senda, pero hace unos diez años comenzó a agravarse la situación y, desde entonces, ha empeorado mes tras mes.

El sabio les pregunto:

– ¿Qué pasó hace diez años?

Ellos respondieron sin advertir.

– Nada significativo. Por lo menos nada malo. Hace diez años terminamos de construir entre todos el puente sobre el río. Pero eso sólo trajo bienestar y progreso al pueblo.

El sabio asintió con la cabeza y sentándose en un raído sillón junto a la ventana empezó a barruntar:

– Por supuesto que no hay nada de malo en el bienestar….Y mucho menos en el progreso. Sin embargo…

Los ancianos del consejo callaron y se acercaron un poco más para escuchar las palabras del sabio.

– El mal no está en el bienestar sino en comparar mi bienestar con el vecino. El mal no está en el progreso, pero sí en querer ser el que más ha progresado. No hay nada de malo en las cosas buenas para todos, pero sí en competir por ellas. Vuestro pueblo padece el mal de la sílaba central- sentenció el anciano.

– ¿La sílaba central?, ¿Cuál es ese devastador mal? ¿Cómo podríamos curarlo?

– Debéis ocuparos de enseñar a cada uno de los habitantes del pueblo que el verbo competir es un verbo que enferma, intoxica y mata. La solución es que todos aprendan a hacer un cambio de sílaba. Enseñarles que sólo con reemplazar en la palabra “competir” la sílaba central “per”, por la más que significativa sílaba “par”, crearemos una nueva palabra: “compartir”. Una vez que todos hayan aprendido el significado de este verbo, la competencia no tendrá sentido y, sin ella, el odio y el deseo de dañar a otros quedarán sepultados para siempre.

Dice el cuento que me han contado para que os lo cuente que todos deberíamos esforzarnos por cambiar la palabra “competir” por la palabra “compartir”. Es sólo una sílaba. Un cambio de sílaba para un cambio de vida.

Un nuevo relato breve del Café Romantic. Pequeñas palabras, casi musitadas, pequeños gestos, casi imperceptibles, para sumar, nunca restar. Con música para compartir.

Dice la canción que en septiembre del 77, en Port  Elizabeth, aún el buen tiempo, no había nada nuevo bajo el sol. En la habitación 619 de la policía, yacía muerto Biko, ¿por qué Biko? Siempre biko.

Trataba de dormir Biko y sólo podía soñar en rojo el mundo exterior que era blanco y negro. Biko apagó una vela pero no pudo sofocar el incendio cuando comenzó a propagarse.

-¿Com(pi)tes?

-No, com(par)to

-¿Dis(pu)tas?

-No, dis(fru)to.

-¿Pro(hi)bes?

-No, pro(di)go.

-¿Pre(sio)nas?

-No, pre(ven)go.

-¿Im(po)nes?

-No, im(par)to.

-¿De(mo)ras?

-No, de(ba)to.

Sin demora, comparto sin competir, disfruto sin disputar, prodigo sin prohibir, prevengo sin presionar, imparto sin imponer y debato sin demorar.  
 

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Calor (a García Lorca)

Siempre me gustó ir al sur, es como caminar cuesta abajo por la cuesta de la vida, la cuesta que me lleva a tu morada. El tiempo me arrastra hacia la sierra, ¡hogar!. Ahora sopla el viento y en los vértices del tiempo, anidan estos sentimientos. Ni una página en blanco más en el libro de la vida, una vida que duele al punto de las lágrimas, lágrimas que manan de la propia vida.

Hoy, a esta hora, hace 76 años, la sangre de García Lorca se mezclaba con la seca tierra en una fosa común de intolerancia, odio, ignorancia cavada por intolerantes e ignorantes, aquellos cuya alargada sombra aún planea sobre nosotros. Imagen con vídeo en tributo a quienes dieron su vida por la libertad frente al odio, la ira y la intolerancia que supuso el Alzamiento de 1936 y el franquismo que se impusieron por la (sin)razón de las armas.

Querido Federico, puedo oír y tocar lo que nadie oye ni siente; recibo mensajes de pájaros, del viento, de los árboles, de un perro o de una gallina. Y, al llegar, soy un hombre del sur y no quiero saber nada del tiempo que transcurrió al cruzarse nuestros caminos, en el silencio, el silencio de la cuesta, la cuesta de la vida, cuesta abajo, vida arriba.

En la cuesta, polvo, sol, fatiga y hambre. Solo soy un pobre hombre, con la casa a cuestas. He dormido en cualquier esquina. A veces, clandestinamente, en un zaguán. Todo lo que tengo lo llevo conmigo: unas hojas de papel y un lápiz. Tu espíritu me arrastra; horizonte.

Miro el horizonte sin que mis ojos vean; mi corazón siente y no palpita. ¡Suspiro corto!, eternidad que me sume en un éxtasis perpetuo. Luego de la cuesta, cuesta que me lleva a tu morada, la sierra del sur, hogar, tallo deseos en una noche de verano que suena a canción otoñal.

Bajo la piel reseca, ríos sólidos de sangre, tu sangre, mi sangre, empapan mi espíritu. Te siento. Y contra el cielo impasible, soy firme roca que parte el agua del embravecido río de la vida.

Ya escucho tu alma a través del tiempo. Te siento sin prisas. Encuentro la calma. Me rindo sin miedo. La cuesta me ha llevado hacia ti, abajo. Es un fin; ¡punto de partida!. Una hoja en blanco donde puedo escribir lo que quiero.

Querido Federico: siento el retraso en escribirte, pero he estado fuera los últimos cuarenta años, por voluntad propia. Me han reconfortado tus últimas palabras en las que me hablabas de tus impresiones y paisajes. Detecto que la fantasía ha derramado su fuego espiritual sobre la naturaleza exterior agrandando las cosas pequeñas, aquellas a las que apenas prestamos importancia y que hacen de nosotros seres, sino imprescindibles, sí importantes.

No te puedes imaginar, amigo Federico, cómo están las cosas por aquí. ¡Si Dios no lo remedia! La desazón me envuelve hasta el embargo y se diría que me he vuelto cómodamente insensible. Por lo que se refiere a los hombres cabría decir que aún viven, o mejor dicho, sobreviven, pero también cabría puntualizar que se les ha borrado de la humanidad. A la memoria acuden, como una plañidera letanía, las palabras del amigo Antonio, ¿recuerdas?: “los buenos momentos terminan enseguida; los malos se prolongan hasta la eternidad”.

Abundan los días de jondura de silencio y la pena, con mayor frecuencia de la debida, tizna cada vez más cuando estalla. ¡Ay!, querido Federico si estuvieses aquí. Seguimos teniendo un problema con Dios.

He recibido con inmensa alegría tus últimas palabras en las que me invitas a sentirme abatido pero nunca batido. Cuesta abajo, vida empinada, veo cómo pasan cosas, cosas casi siempre interpretadas con tristeza y retratadas con amargura, e intento sobreponerme a las adversidades de la vida, una realidad compleja, dramática, repleta de baches y curvas imprevistas que altera nuestro guión de sopetón.

Observo en mi alma, y en la tuya, algo que sobrepuja a todo lo existente. Un algo que, en la mayor parte de las horas, está dormido. Sin embargo, cuando recordamos o sufrimos, como es el caso, una amable lejanía despierta.

Quiero seguir tu camino y ver poesía en todas las cosas, en lo hermoso y en lo feo, en lo repugnante y en lo deleitable. Me cuesta, sin embargo, descubrirla. Ya me advertiste de que era difícil alcanzar ese descubrimiento pero intento no desfallecer.

Cuan admirable es el espíritu que recibe una emoción y la interpreta de muchas maneras, todas distintas y contrarias y ninguna contrapuesta. Pasamos por el mundo y, cuando llegue a la puerta de la ruta solitaria, espero poder copar todas las emociones existentes: virtud, pecado, pureza, negrura.

Querido Federico, es, sin embargo esa realidad de la que te hablo, lo que trastoca los planes personales e impide ese descubrimiento a través del incógnito a la par que maravilloso viaje a las profundidades de nuestro interior.

Camino cuesta abajo. Qué razón tienes, amigo Federico; debemos interpretar las cosas siempre escanciando nuestra alma sobre ellas, buscando un algo espiritual donde no existe, proporcionando a las formas el encanto de nuestros sentimientos y ser uno y ser mil para sentir las cosas en todos sus matices. Ahora soy capaz de verlo, abajo de la cuesta que me ha llevado a tu alta morada: veo lagos donde hay charcas y charcos donde hay pantanos; veo montañas donde hay colinas y cerros donde hay montañas cuando la vista no es capaz de alcanzar el horizonte… y almas antiguas que pasaron por plazas solitarias.

Tus últimas palabras son acicate para el alma y el corazón: hay que ser religiosos y profanos. Reunir el misticismo de una severa catedral gótica con la maravilla de la Grecia o la Roma pagana. Verlo todo, y sentirlo todo. En la eternidad, ya gozaremos del premio de no haber tenido horizontes.

Busco en tus palabras la humildad y la sinceridad para ponerlas en práctica en un mundo que nos es hostil. Quiero desplegar amor y misericordia para todos y recibir en pago tan solo un respeto. Ciertamente, poco más nos queda que soñar. ¡Desdichado del que no sueñe, pues nunca verá la luz!.

Nos hallamos ante un momento de la historia en que se presenta como un friso continuo de ventanas que se abren y se cierran y en el que aparecen paisajes y personajes, en una suerte de trampantojo creada, quizás por Dios y el diablo al unísono. ¿ Habrán generado una amistad desconocida para nosotros?.

¿ En qué creer?, querido Federico. Las ilusiones forman parte del pasado y, quizás, del futuro pero hoy solo son frustraciones. Si este es nuestro futuro, quizás prefiera un pasado.

La política, amigo mío, ha dejado de ser un noble arte. Recuerdas a Rimbaud: “Regresaré, con miembros de hierro, la piel ensombrecida, la mirada furiosa: por mi máscara, me juzgarán de una raza fuerte. Tendré oro: seré ocioso y brutal. Las mujeres cuidarán a esos feroces lisiados reflujo de las tierras cálidas. Intervendré en política. ¡Salvado!.”

Querido Federico, cada día muero un poco más contigo y ¡vivo!. El hombre que viste camisa vieja, maldito bastardo, ha llamado al viajero para que venga a buscarte. En esta noche de verano que suena a canción otoñal, tu muerte, hostia de la comunión de unos que se decían españoles y que dieron vida a una cruzada de plomo, sangre e ira, me da vida.

Se oye el sonido de un alfiler cayendo en la medianoche de la nada, y en la nada encuentro todo. Las palabras han descargado las armas; muerte y luego, más muerte. La jondura del silencio se ha hecho pero inquietas voces acuden a mí. Escucho el sonido de tu silencio, nuestro silencio. Grito en carne viva frente al rostro del demonio.

Demonio de corte fascista / fascista llaga / llaga en el gesto / gesto adusto / adusta garantía / garantía de eficacia / maldita eficacia / eficacia amargada / amargada dolencia / dolencia intestinal / intestino severo / severo en el alma / el alma torcida / torcida en el espíritu.

Mueres; muero un poco más contigo y vuelvo a vivir. El silencio estalla de tanto callar. El obispo reparte maldiciones al paso del cortejo fúnebre que nada lleva. Y en la nada, todo. Los huesos para la tierra, tu alma fértil para nosotros. Lo que veo no existe y, sin embargo, lo estoy viendo.

Y la pena también tizna cuando estalla. Y estalla el silencio cuando mueres para que yo viva. Y hablo. Y me enfrento a vientos en varias direcciones y tormentas de diferente intensidad. Reinvento sobre tu recuerdo el entorno, a cada paso; me hundo y me levanto. Bienaventurados los que están en el fondo del pozo porque ya no caerán más abajo.

Abismo y luego más abismo. Asesino al fantasma, el fantasma de cicatriz fascista. Y regreso, regreso junto a ti. Me disfrazo, nos disfrazamos de cordialidad. Soy católico, comunista, anarquista, libertario, tradicionalista… Solo un hombre del sur, ora maldito, ora maduro, que busca el sentido de la vida, cuesta abajo, en el filo de la vida, vida que me da tu muerte.

Trago rancio. Los fusileros, risueños, ingenuos ellos de su destino, marchan. Vaciado el cargador, vacías las almas. Almas de plomo, plomo de Dios y Lucifer. En el macadán queda por siempre tu espíritu, abajo de la cuesta.

Y en el carrusel de la vida, en tu nombre, requiebros de amor, amor de trato risueño y encantador, de distinta belleza, una belleza imperfecta, ¡perfección!.

El cielo pide paciencia. Me apunto otra derrota. La tierra de tus huesos medita por mí, tierra del sur. Y tu muerte me recuerda lo resistente que es mi espíritu (humano) cuando quiere serlo. Azucarillo y aguardiente para endulzarme el momento, momento eterno.

Y las cosas que el diablo fascista intentó enterrar encontraron la forma de aflorar. No recuerdo si pasó de verdad o imagino que pasó. ¿Has muerto?; sólo herido. Vives, y yo contigo. Una estampita. Un Cristo. ¡Agua!. Agua del sur. He bajado la cuesta para subir por la vida.

Tuyo, en la herida, Goyo Martínez.

 

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Ahora, casi un milagro

Bryan Tracy dijo un día, “tienes dentro de ti, ahora, todo lo necesario para hacer frente a lo que el mundo te envíe”. Es bonito, e incluso necesario, recordar el pasado. Nos dice de dónde venimos, quiénes somos, adónde vamos. Pero centrémonos en el presente para poder tener recuerdos en el futuro. Y prefiero aferrarme al presente porque, pese a todo, es un regalo. ¡ Mañana, ya veremos !.

Un relato de Jordi Planes Rovira, de Vilassar de Mar (Barcelona). Pensamientos de su libro “Crea tu vida”, siempre escuchando, pensando, hablando…

 

Si vives plenamente en el “ahora”, verás en cada detalle un milagro, y en cada milagro una señal. La vida está llena de magia, incluso en los “malos” momentos podemos encontrar “casualidades” afortunadas.

Namaste.

 

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Un genio de 6 años

Un hombre ha enfermado. Tendido sobre una cama de un hospital ve que la vida se le acaba. Por la ventana entra la luz del sol. O quizá, no. Quizá llueve. Quizá hace sol… pero han bajado la persiana para que tamice la luz y la proyecte fileteada en la pared de enfrente. Quizás ese hombre nunca vio el mar. Quizás sí lo vio pero no lo hizo suyo. Quizás quien bajo esa persiana, tampoco.

Un breve relato de Chelo Romero, de Barcelona, que nos dice que amanece y anochecerá, y el resto está por escribir. Y nos dice también que en los pequeños gestos, en los momentos que devienen eternos, cuando menos lo esperamos, radica la esencia de la vida. Y eso es lo que nos llevaremos al final de una vida que, muchas veces, nos atropella hasta el hastío. ¡Carpe Diem!. Con música, con mucho gusto.

Hoy, conocí a un genio en el tren. No tendría más de 6 años. Se sentó a mi lado y, mientras el tren avanzaba a lo largo de la costa, llegamos hasta el océano. Entonces él me miró y dijo, ¡ ¿no es hermoso? !. Fue la primera vez que me percaté de ello.

 

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