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El parque del viejo olmo

Mientras la ciudad aún duerme, analizo y observo que vivimos en una plétora de conflictos innecesarios que orillan la periferia. Como dijo G.B.Shaw, veo esas cosas y me pregunto ¿por qué? cuando, en realidad, busco cosas que aún no han sido y me quiero preguntar ¿por qué no?. ¿Por qué no? un mundo posible, un poco mejor, sólo un poco. Y me lo pregunto a la vera de un viejo árbol, moribundo pero aún intacto, aún en pie, en presencia agigantada por su propio tamaño y la duración sobrehumana de su vida.

Con la sensibilidad del Sur, la escritora María del Pino, de Córdoba, nos habla del desgarrador sentimiento de la pérdida de un árbol, como si le hubieran arrebatado una parte del alma. María tuvo una visión, un sueño. En este, caminaba por un parque sin árboles que cubriesen parte del cielo con sus sombras acogedoras. Lo único que veía, era pura edificación, un parque de asfalto, ventanas, bancos y piedras con cuatro palos maltrechos. Nos quitaban parte de su existencia y de ahí, escribió  estas palabras que ahora muestra. Esto no es otra cosa que una pequeña dedicatoria a las zonas verdes de nuestras ciudades. Algo que jamás debería ser mancillado y manchado por la urbanización y su contaminación.

Con música, y mucho amor; Dances With Wolves – The John Dunbar Theme

Lloran las hojas del suelo por su partida, tristes y deprimidas. Solloza la brisa en el vacío que sin querer nos ha dejado. Hoy he venido y él, sin avisar, se ha ido. Se ha marchado. O, más bien, se lo han llevado. No está donde debía, causando así mi melancolía. Siempre camino por el parque, alegre al verlo aun en la distancia. Empero, ahora ya no. En su lugar no hay nada. Sólo unas hojas caducas que enfatizan sus añoranzas, mostrándolas con desengaño, crujiendo esparcidas sin su amo. Ya no se encuentra ahí el árbol que me escuchaba en los días amargos, o en los soleados. Y, al ver la cavidad que nos ha dejado, comprendo que no volverá. ¡Lo han talado sin avisar! Y rompiendo su alma, destruyeron gran parte de la mía, dejando a su paso por el parque centenares de añicos formando cristales, pues desde pequeña vengo a jugar y, en sus raíces, mi cuerpo recostar. Hoy (repito) lo han talado y de mi vida lo han arrancado. Toco las betas de sus años viejos, ajados. Recorro su tronco mal cortado. Paso mi mano por su áspera corteza mientras las hojas siguen su rumbo, movidas por el viento que ahora el centenario ya no frena. Se alejan despacio, farfullando a los crueles hombres que pensaron que ahí, un árbol tan grande no armonizaba la estética de la ciudad. Ciudad sumergida en el mundo del bullicio y descontrol, del tiempo de las prisas…
Nos han despojado de la esencia del “parque del viejo Olmo”, pues, sin este anfitrión, ya no es nada más que una simple réplica de parque que aguarda a la nada con un puñado de bancos, cuatro arboluchos maltrechos y un montón de personas que ahora buscan y extrañan su cobijo. Lloro porque se lo han llevado… Lloro porque su historia nos han quitado…

 

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Una bonita historia de amor

Busco rostros humanos entre la multitud, calidez en la sonrisa, un gesto de solidaridad en el barullo de cuerpos que se cruzan y tropiezan, de gente que busca su tren con una expresión de desvalimiento en el rostro y la torpeza de la urgencia en el cuerpo. Vuelvo sobre mis pasos. Pasado y futuro parecen fundirse en un presente donde las emociones forman parte del pasado y quizás del futuro, pero hoy sólo son frustraciones, la mayor parte de las veces. ¿Cuál es la razón de mi existencia?. ¿El tren que perdí?. ¿El tren que vendrá?. En ocasiones pienso que la única razón de nuestra existencia es la piel de la planta de los pies, que no debemos descuidar nunca, siempre en difícil equilibrio, siempre temblando, como un eterno funámbulo sobre alambre demasiado y perpetuamente tenso.

No quiero ser la estación término sino un andén desde el cual emprender un nuevo viaje. Recuerdo que de la mano de mi abuelo, un sabio analfabeto siempre postrado en su sillita de mimbre tejiendo nidos de pájaros, conocí la primera estación. Cada tarde de verano, cuando el verano aún era verano, nos sentábamos en la sala de espera. Veíamos pasar los trenes locales y los que se detenían para cargar las sacas del correo o las encomiendas. El reloj de la sala siempre llamaba mi atención: una aguja larga, una corta y una delgada que no cesaba de andar. Aprendí el funcionamiento y volvía a casa con el nuevo conocimiento, como si fuera algo maravilloso. Para mí lo era. Ya no tenía que preguntar.

Cada visita a la estación era una fiesta. Los horarios de los trenes me cautivaron. ¿Cómo sabían que debían llegar, quién les avisaba?  Los veía con vida propia. También aprendí que no era así. Que había muchas señales, muchas personas, muchos contratiempos. La sala amarilla, como la llamábamos, servía de aula. Y recuerdo también que el abuelo llegaba algunas tardes con la merienda caliente. La casa no estaba cerca de la estación, pero él, con su asma a cuestas, llegaba con su mejor sonrisa y una pequeña canasta con el termo, algunas galletitas y casi siempre con un buen trozo de pastel de manzanas, tibio. Siempre me prometí que le llevaría un poco de luz al abuelo para sus ratos en la sillita de mimbre. Alguna vez, solo alguna vez, lo cumplí. Ahora me arrepiento.

Los trenes indiferentes a mis inquietudes pasaban siempre con el mismo rumbo. Hacia la derecha, al interior del país. Hacia la izquierda, a la capital. Arriba, abajo, delante, atrás, la hora, los horarios, invierno, verano, luz y sombra. Ya estaba al tanto de todo. Crecí y ya entonces ya pude ir solo a ver los trenes. Fue cuando la sonrisa y los ojos claros dieron la bienvenida al mundo de los adultos. Tenía nueve años y toda la energía del mundo, creo. El abuelo se fue cinco años después. El andén me esperaba todas las mañanas. Subía al tren, y luego de ocho o nueve horas, otro tren me dejaba en el mismo lugar. Me quedaba en la sala de espera, sin esperar a nadie. Estar allí era recuperar un pedazo de mi infancia, un pedazo de mi familia.

Subo al tren. El tiempo se detiene y no importa porque se ha desarticulado; porque todo, presente,pasado y futuro, está ocurriendo o siendo a la vez. Puedo rozar incluso la textura del tiempo. La locomotora diésel arrastra cuatro vagones de época. El traqueteo de las viejas máquinas deviene un ameno acontecimiento que me devuelve nostalgia, sensaciones y perspectivas de tiempos lejanos. Anclo en la memoria un trayecto inolvidable y unos paisajes espléndidos. Es un lugar donde donde las aguas turquesas no han sido pintadas ni el cielo ha sido saturado de color… nada ha sido objeto del Photoshop. Los lagos agitan las aguas de la memoria. Hasta las piedras lloran. Toscamente talladas, vierten lágrimas acumuladas por la lluvia y la humedad ambiental.

Existe un recorrido nostálgico que te transporta en el tiempo y que resulta imprescindible para los amantes del ferrocarril y de la naturaleza en su estado más atractivo y excepcional. Se trata de un viaje inolvidable por las tierras de Lleida hasta llegar a los lagos del Pirineo. saliendo del Segriá, atravesando La Noguera y el Montsec y llegando al Pallars Jussá.

El tren regresa a hábitat natural con ocasión de la Semana Santa y vuelve a recorrer los viejos caminos de hierro. De abril a septiembre, de Lleida al Pallars Jussà, pasando por la Noguera y el Montsec, el convoy torna a sus orígenes cifrados en febrero de 1924.

La vía transcurre por la derecha del río Segre desde Lleida hasta Balaguer. Lo realiza por vía única en un itinerario llano hasta llegar a las primeras murallas montañosas de Sant Llorenç de Montgai y Camarassa, donde el tren ya forma parte de la cuenca del río Noguera Pallaresa que le acompañará, en medio de embalses y cordilleras montañosas como el Montsec, hasta la Pobla de Segur, donde habrá completado un total de 41 túneles y 31 puentes.

Más información, http://www.trendelsllacs.cat/

 

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El ruido también afecta a los árboles (el quiosco)

Un reportaje de BBC Mundo (en cada fotografía, una música)

Ya se sabía que el ruido afecta el canto de las aves, pero también tiene un impacto negativo en las plantas, según un nuevo estudio.

Científicos en Estados Unidos encontraron que los ruidos asociados a actividades industriales perturban el comportamiento de animales que tienen un rol clave en la polinización y la dispersión de semillas.

El aumento de decibeles debido a la acción humana podría estar modificando lentamente algunos ecosistemas y afectando especialmente a los árboles.

Los científicos, del Centro Nacional de Síntesis Evolutiva en Carolina del Norte, NEScent por sus siglas en inglés, investigaron el impacto del ruido en un hábitat conocido como Rattlesnake Canyon Habitat Management Area (RCHMA), en el estado de Nuevo Mexico.

El sitio es ideal para evaluar los efectos del ruido en la fauna, ya que se trata un área con cobertura de bosque y al mismo tiempo con pozos de explotación de gas natural.

Las características del lugar permiten aislar el impacto del ruido de otros posibles factores negativos como las luces artificiales.

Pino piñonero

El ruido afecta la dispersión de semillas de los pinos piñoneros.

Picaflores

Estudios anteriores ya habían determinado que el ruido en los centros urbanos lleva a las aves a cantar a una frecuencia más alta para que sus llamados puedan ser oidos por otras aves.

El experimento de NEScent se realizó en dos fases. En una primera instancia, los investigadores estudiaron los efectos en las aves, “que son especialmente sensibles a la contaminación acústica ya que dependen de una comunicación eficiente para sobrevivir”, señala el estudio.

Los científicos colocaron flores artificiales con tubos de néctar en áreas ruidosas y en áreas tranquilas, para medir exactamente la cantidad de líquido consumido por picaflores o colibríes.

El ruido industrial causó un aumento en la actividad de las aves. Una especie en particular (Archilochus alexandri) visitó cinco veces más flores en sitios ruidosos que en áreas más silenciosas.

Clinton Francis, autor principal del estudio, cree que los picaflores prefieren los lugares ruidosos porque otras aves que atacan sus nidos, como los arrendajos azules, tienden a evitar esos lugares.

Sitio en Rattlesnake Canyon, en Nuevo Mexico donde se realizó el estudio

El sitio del experimento es ideal porque combina al mismo tiempo bosque y actividad industrial.

Pinos y ratones

En una segunda fase del experimento, los investigadores evaluaron el impacto del ruido en uno de los árboles más comunes del lugar, una especie de pino piñonero denominado Pinus edulis.

Los científicos esparcieron conos debajo de 120 árboles en áreas ruidosas y tranquilas y utilizaron una cámara sensible al movimiento para registrar los animales que buscaban semillas.

Varios animales visitaron el lugar durante tres días, incluyendo ratones, ardillas, aves y conejos.

Los ratones prefirieron los sitios más ruidosos, pero los arrendajos azules o urracas azules (Cyanocitta cristata) ni siquiera se acercaron a ellos. Esto es muy preocupante, según los científicos.

Las semillas ingeridas por los ratones no sobreviven al pasaje por el aparato digestivo del animal, de forma que un aumento en la población de ratones se traducirá en una menor germinación de semillas.

Los arrendajos azules cumplen un papel fundamental en la dispersión de semillas de árboles. Un ave puede recoger cientos o incluso miles de semillas y enterrarlas para comer posteriormente. Algunas de esas semillas eventualmente logran germinar.

“El estudio demuestra que es preciso evaluar las consecuencias ecológicas de los cambios que los seres humanos están introduciendo en hábitats en todo el mundo

Arrendajo azul o urraca azul (Cyanocitta cristata) Foto SPL

Los arrendajos azules recogen y entierran cientos de semillas de árboles, pero no se acercan a sitios ruidosos.

 

En el caso del experimento, el número de arbolitos fue cuatro veces menor en las áreas ruidosas que en las más tranquilas.

“Esto significa que podrá reducirse el numero de árboles en áreas más ruidosas, pero esto podría haber pasado desapercibido durante muchos años porque los piñones crecen muy lentamente”, explicó Francis.

“Y si hay menos piñones el hábitat dejará de ser favorable para los cientos de especies que dependen de estos árboles para sobrevivir”.

Los científicos señalan que “la contaminación acústica es cada vez mayor y la investigación demuestra que es preciso evaluar las consecuencias ecológicas de los cambios que los seres humanos están introduciendo en hábitats en todo el mundo”.

El estudio fue publicado en la revista de la Academia de Ciencias Británica, Proceedings of the Royal Society Biology.

 
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Publicado por en 23/03/2012 en el quiosco, la barra del café

 

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¿ Para qué sirve un pájaro?

Pocos, muy pocos, prestamos atención a las cosas extraordinarias que nos ofrece la vida y que consideramos rutinarias, repetitivas, incluso triviales. Hoy en día, en la vorágine de la cotidianidad que nos arrastra hasta convertirnos en seres cómodamente insesibles, ni siquiera recordamos que los pájaros cantan. Es casi un lujo para los sentidos.

Este relato nace en Facebook a partir de una reflexión que hoy nos puede parecer una tontería pero que merece una atención especial porque nos interroga sobre quiénes somos, qué queremos, adónde vamos y cómo es hacerse viejos.

Raquel Escriña Carrasco escuchó a un pájaro cantar y le buscó un significado. Y a fe que lo encontró, con el apoyo de comentarios de Marisol Marichalar, María Beltrán y Goyo Martínez.

Relato con música. Yo también hago pájaros de barro y los echo a volar (Manolo García)

 

Un pájaro no canta porque tenga una respuesta; canta porque tiene una canción /  Y yo canto a la vida, y le doy un beso / Y si un pájaro te dice que estás loco debes estarlo, pues los pájaros no hablan. ¡Bendita locura”, pues que hermoso es tener una canción. Hago pájaros de barro y los echo a volar, y escuchó su canción.

 

 

 

 

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