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Una esquina, un vaso y mi querido amigo Sebastián

En una ocasión, paseando junto al viejo de la imprenta por las románticas y canallas callejuelas de la vieja Barcelona, nos acercamos a un hombre que no era un hombre a los ojos del mundo; no era más que una sombra de alguien que un día fue alguien en ese mundo que nos condena y nos atropella hasta el hastío. Cabría decir que, incluso, había sido borrado de la humanidad. El viejo depositó unas monedas en su vaso, tan antiguo, quebrado y ajado como su rostro y sus ropas.

El hombre que era sombra se lo quedó mirando con unos ojos que parecía salirse de sus cuencas. Y el viejo le devolvió la mirada con unas palabras que nunca olvidaré:

– ¿Sabes, viejo lobo?. Eres el hombre más encantador de la tierra, pero soy el  único que lo sabe. Desde entonces, siempre que este mundo me lo ha permitido, he robado  tiempo al tiempo para cruzar mi mirada con el hombre que era sombra y regalarle unas monedas y unas palabras.

Siempre tuyo, querido viejo.

David Creus, de Mollet, nos propone “cuatro letras”, necesarias, acertadas y sinceras, para leer en este puente. Porque todos, alguna vez, hemos sido vagabundos, de una manera u otra. Hoy, con la música del Bolero de Ravel.

 

Me levanto temprano, me visto de tristeza y me propongo salir a comprar el periódico visitando a Sebastián, mi maravilloso vagabundo. Muy a muy pesar, no acepta más que mi compañía un ratito.

Recorro durante unos instantes el caminito alegre de mi propia alma, completamente desposeída de la lógica que la sociedad nos marca. Él no es consciente del servicio que me ofrece. Cuando salgo de nuestras gratuitas conversaciones de amistad, consigo ver en mí una triste mejor persona.

Recorremos juntos un trocito de alegre camino sentados en su esquina. En ese momento es cuando me invade la tristeza hacia la visión que me llega sobre el mundo en el que vivo. Observo sin querer hacerlo, la indiferencia del ser humano, incluso del que deja una moneda en el vaso de Sebastián.

En sus caras ves reflejada la prisa. Sus pensamientos están alejados de todo aquello que no sea lo que tienen que hacer próximamente. A algunos, incluso esa prisa les hacen fallar lo que podría ser el mejor tiro de sus vidas. Y la moneda queda en el suelo y no en el vaso. El tiempo ni tan solo les permite mirar a la cara a Sebastián, y no digamos ya recoger la moneda y dársela en mano, o acaso en el vaso.

Él, pausado y poseído por el frío que aún no ha desparecido de la noche, saca sus manos de los bolsillos y se las frota, acompañando el gesto de leves soplidos de calor, un calor que busca en su interior, quizás yermo.

Con ese automático movimiento, empieza a articular sus dedos. Le miro, y observo cómo recoge con una tristeza desgarradora ese tiro errado por aquel ser humano deshumanizado. Y ni tan solo, mirando sus ojos en ese instante, soy capaz de definir lo que siente Sebastián. Las palabras en este caso no me sirven.

Tal vez por eso debo comprender el porqué de mi amigo Sebastián, -nunca Sebas, que si no se enfada-, porque siempre, y pese a todo, será Sebastián. No acepta agradecimientos de nadie. Mientras el mundo se vista con la ropa de la indiferencia, la palabra agradecimiento la tiene borrada de su manual de vida.

Vive en una rutina de soledad espiritual en la que ningún bondadoso llamado dios, se atreve a llamar a su puerta. En su lucha, quiere reencontrarse con un perdón que lleva buscando desde el día que un llamado amigo se quedó con todo por lo que él había luchado. Simplemente por aceptar la palabra confianza como verdadera.

Flemático en movimientos y algo cansado por el mal dormir, mira una y otra vez a su compañero y salvador, su vaso de los deseos, donde los transeúntes tienen la opción de depositar sus monedas del desahogo emocional, para con ellas justificar la buena obra del día.

En ese momento es cuando recojo mi tristeza. Me levanto, le miro a los ojos, me acerco para abrazarles sin que desee ser abrazado, como si yo, hablara con mi conciencia. Pasados unos segundos, Sebastián me deja la frase que quiere transmitir a quien desee escucharlo, y yo la transmito a trabes de mi Facebook. Deseando ver cada día, más “me gusta”. En cada uno de ellos veo una moneda más en los vasos de los muchos Sebastián que hay repartidos por el mundo.

Es en ese momento cuando regreso al verdadero mundo de los mortales afortunados. Y colgada nuestra frase, espero que alguien se acuerde durante el día que una moneda más en el bolsillo o menos, no hace un paraíso. Pero repartidas entre todos, podemos llenar el mundo, de pequeños paraísos de paz.

Porque cada uno de nosotros, como me dice una y otra vez Sebastián, deberíamos ser capaces de cubrir nuestras necesidades básicas, con simplemente amar y poseer aquello que nos es estrictamente necesario. El resto de posesiones, tal vez nos serviría para cubrir lo necesario de los demás.

Llegan tiempos solidarios, tristemente solidarios. Grito, tristemente porque mucho me temo que solo en fechas como la que vivimos ahora, es cuando aquellos que fallaron el tiro en el vaso de Sebastián desean detenerse para aliviar sus culpas con algún acto solidario que les ofrezca el perdón.

Un perdón con el que podrán subsistir un año más con sus conciencias limpias. Ese acto bondadoso lo publicitaran a los cuatro vientos para que el resto de los mortales podamos saber lo buenas personas que son. Y en menor escala, serán nuestros vecinos en el barrio o en cualquier tertulia, los que nos harán saber su magnificas colaboraciones con los más desprotegidos.

Si eso lo hiciéramos durante el año, y escondidos de etiquetas morales que regalaran descansos emocionales, tal vez Sebastián dormiría caliente mas días al año. Solo cuando el dolor y la pena afecta a uno, somos capaces de ver lo débiles que somos ante la naturaleza, del simple hecho de vivir. Un hecho de por si maravilloso que en ocasiones hacemos exclusivo.

Como diría Sebastián ahora: querido David, algunos dicen que Dios creó al hombre y la mujer. Pero permíteme que yo, me quede con la teoría de Darwin sobre la evolución para creer en ese hombre y en esa mujer. Y mirando de entenderla un poquito, te diría, que en esa teoría lo peor es cuando el hombre se pone de pie y se da cuenta de que tiene cerebro. Porque, por muchos intentos que se han hecho a lo largo de la existencia humana por comprenderlo, el día en el que se enseñaba para qué sirve ese cerebro acudieron muy pocos alumnos.

Feliz puente a todos, y a ti sobre todo Sebastián, por favor cuídate estos días.

 

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Perdona, ¡es Navidad!

Cada vez, con mayor asiduidad, oigo voces que recelan de la Navidad, incluso hay quienes la detestan. Sin embargo, quiero creer, -creer es poder, poder es querer-, que estas fechas que se aproximan aún conservan la magia del tiempo, un tiempo casi olvidado, donde el silencio evoca pallozas de paja, estructuras con chimeneas humeantes, techos de pizarra; donde el silencio huele a leña mojada, y donde el silencio de las tardes suena a esquilas y cantos de grillos.

Es la Navidad, tal vez, como el cuento del lejano reino donde había, no uno, sino dos reyes: uno que no sabía lo que tenía, el otro condenado a recordar lo que había perdido. Y donde había un gigante intrépido y un duende al que le gustaba jugar a su sombra. Había incluso un encantador con su flauta y un mago que sabía cual era la mejor manera para amansar fieras salvajes. Y un bello principe y una bella princesa que no sabían que sus destinos estaban llamados a cruzarse. Y había también otros seres en aquel remoto reino semejante al lugar que conocimos de niños, donde se contaban y escribían cuentos y leyendas.

Es posible que, como la Navidad, nunca vuelva a pronunciarse el verdadero nombre de ese reino, y que la memoria y el tiempo casi lo hayan olvidado, puesto que todas sus encantadoras criaturas sólo lo llamaban hogar, y donde el brillo de la luna siempre iluminaba los ojos de sus habitantes.

Un relato de la sensible pluma de Antonio Vallejo, de Mollet del Vallès (Barcelona)

Navidad,

tiempo de encuentros deseados

y no de olvidos que te anulan.

Navidad,

tiempo de miradas amadas

y no de muros infranqueables.

Navidad,

tiempo de palabras que reconfortan

y no de silencios que te hieren.

Navidad,

tiempo de deseos que renacen

y no de sueños que se rompen.

Navidad,

tiempo de esperanzas que perviven

y no de ilusiones marchitas.

Navidad,

tiempo de comprensión

tiempo de perdón.

 

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Cuento de Navidad. El sueño de creer en la magia de nuestros corazones. IV capítulo

Por David Creus (Mollet del Vallès, Barcelona)

Relato, como siempre, con música. Clica sobre la imagen. ¡Heaven!

Era la figura de José la que me llamaba. No pude más y pregunté a Montse si ella también oía la voz. ”No”, respondió, por supuesto. Como hipnotizado, me acerque al pesebre. José me pidió que soñara, que escuchara su voz, solo yo lo escucharía.

Por un instante olvidé dónde estaba y le pedí una prueba de que no estaba loco. Su respuesta me dejó aún más perplejo. No se le ocurrió otra cosa que lo cogiera y lo pusiera sobre la mesa de los viejos sabios del rincón del bar.

Lo hice ante las miradas incrédulas de los asistentes, sobretodo de los viejos sabios, Juan y José. Me rogó que les preguntara sobre la magia de la Navidad. Así lo hice.

– Patrañas,-  respondieron los dos sin dejar de mirar con asombro la figura de José.

Entonces, José me preguntó si yo creía en la magia de la Navidad.

– Con tal de ver sonreír a un niño, vale la pena la Navidad,- le respondí.

Todos, sin excepció, contemplaron cómo hablaba sólo. No solo eso, hacía cosas extrañas. Entre el runruneó de los viejos sabios, convencidos de mi locura, Montse me indicó el camino de la cocina del bar, como si quisiera llamarme al orden. ¡Loco!. ¿Loco, yo?.

A todo esto, José le suplicó que le devolviera al pesebre, junto a María. También le dijo que no me preocupara: los sabios también experimentarían la magia de la Navidad aquel año.

Montse me pidió que me comportara de manera racional. Incluso, me ofreció ayuda. Yo traté de convercerla de que podía hablar con José, aquella figura del pesebre que, en apariencia, me volvía loco. Montse insistió. ¡Loco!. Entendí su reacción. Traté de bajar a la tierra y aposentar mi imaginación.

Salí del bar asustado, maldiciendo la dichosa Navidad.

Aquella noche, las pastillas me ayudaron a dormir; cerrar los ojos me asustaba mucho, aunque aún me espantó más la mañana siguiente.

Volví a la “cantonada”, el bar. Entré decidido, con paso firme y la cabeza gacha. Ni siquiera miré el pesebre. Al poco, entraron los viejos sabios.

¡Sorpresa!, entraron cantando un villancico. Como dos niños, cogidos de la manos de sus nietos. La escena me pareció, sencillamente, irreal. Entonces, puse la mirada sobre José tratando de buscar una explicación; él, me guió un ojo. Posiblemente, una visita al psicólogo no estaría de más, pensé.

Pregunté a los sabios que les ocurría. Ambos, para mayor sorpresa si cabía, me explicaron que su corazón rebosaba felicidad. ¿Habría sido José el que obró el milagro?.

José volvió a pronunciar mi nombre. Me acerqué y, sin quererlo pero tampoco sin evitarlo, me vi conversando de nuevo con aquella figura del pesebre.

– Me pediste una prueba,- me dijo. La prueba era los viejos sabios-. Descuida -añadió-, sus nietos, sus hijos, sus mujeres… todos aquellos que se acerquen a ellos gozarán de la misma magia.

José me puso a prueba, de nuevo. Debía sujetarlo y, a escondidas, colocarlo en un bolsillo de la chaqueta de Montse. ¿Sentiría la misma magia?.

Así lo hice, con disimulo, para evitar más comentarios, carcajadas y sarcasmos sobre “mi locura”…

La sorpresa en el bar crecía, como la haría una partitura “in crescendo” en su punto álgido, allí en el punto del desenlace, cuando algo cómico o trágico ha de suceder. Los sabios ordenaban las figuras del pesebre. “Pronto llegará la fecha del niño Jesús”, se dijeron, al tiempo que señalaban el tránsito de la estrella hasta llegar a Belén.

No sólo hablaba José, también lo hizo María. La locura pareció desbocarse. María me habló con voz dulce y aterciopelada. Y me dijo…

(continuará)

 

 

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Cuento de Navidad. El sueño de creer en la magia de nuestros corazones. III capítulo.

Un cuento de David Creus. Relato con música. Clica sobre la imagen.

 

… Salí del bar pensando que debía mentener en silencio mi locura. Posiblemente, sería motivo de risa, de sarcasmo, si hacía algún comentario. Quién podía creer que José, el carpintero, me guiñaba el ojo, o se movía por el pesebre.

Recuerdo que aquel día me fije en todos los San José de los pesebres que me encontraba, mientras paseaba por mi pueblo, observando los belenes que encontraba en el camino. Ninguno me hizo sentir nada como el José del bar de Montse.

Aquella noche sí que me costo dormir. Deseaba que el reloj avanzase veloz para regresar al bar de Montse. Me levanté más temprano de lo habitual, me apresuré a vestirme y corrí hacia el bar.

Montse, al comprobar mi excitación, me preguntó si me ocurría algo. “Nada”, le dije. Los viejos sabios reían de mí, entre dientes y con falso disimulo. Pensé que tenían razón, y volví apresurado a mi esquina, a mi rutina, a saborear mi cortado, perdiéndome en la lectura del periódico. Al pasar unos minutos, mi presencia volvería a pasar desapercibida y podría volver a dirigir mi mirada al pesebre, pensé.

José no se encontraba donde lo deje. María permanecía en su sitio, así como todas las figuras del pesebre; a José lo encontré fuera del poblado, como si observara la llegada de los Reyes Magos. Pensé, de nuevo, que aquello me estaba afectando mucho.

No me atreví a tocar su figura y, sin darme cuenta, le había dado vida en mi cabeza, sintiendo un miedo atroz a que fuera obsesivo.

Era del todo imposible que una figura de pesebre se moviera, y aún menos posible era que José se encontrara al cuidado del poblado para tener todo preparado una vez llegado el día esperado.

Solo era un sueño. Quise desconectar del pesebre sin buscar ninguna lógica a lo que mi cabeza me transmitía, haciéndome sentir una magia que tal vez aquel año necesitaba.

La situación empezaba a ser obsesiva, afectaba a mi cordura. Volví a mi periódico saboreando mi cortado, anhelando la normalidad.

De repente, oí una voz gruesa que pronunciaba mi nombre; no fui capaz de asociar la voz a ninguno de los amigos del ríncón que nos encontrábamos en el bar. No hice excesivo caso. De nuevo, escuché mi nombre. Aumentó mi preocupación. ¡Locura!. Inconscientemente, dirigí la mirada al pesebre; fue entonces cuando descubrí que mi locura era ya absoluta.

Era la figura de José la que me llamaba. No pude más y pregunté a Montse si ella también oía la voz. “No”, respondió, por supuesto. Como hipnotizado, me acerque al pesebre. José me pidió que soñara, que escuchara su voz, solo yo lo escucharía.

Por un instante olvidé dónde estaba y le pedí una prueba de que no estaba loco. Su respuesta me dejó aún más perplejo. No se le ocurrió otra cosa que lo cogiera y lo pusiera sobre la mesa de los viejos sabios del rincón del bar…

 

 

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Cuento de Navidad. El sueño de creer en la magia de nuestros corazones. II capítulo

Segundo capítulo del cuento de Navidad, El sueño de creer en la magia de nuestros corazones, por David Creus (Mollet del Vallès, Barcelona)

 

Para mí, la Navidad hacía años que no era alegría; no conseguía ver en ella más que tristeza, unida a la soledad que toda separación matrimonial obliga por unos hijos que echamos mucho de menos.

Cierto era que todo era luz y color. Pasaras por donde pasaras, miraba la cara de los niños y su ilusión se podía tocar con las manos. Entendía que, solo por eso, la Navidad valía la pena. Aunque me costara arrancar, ese año la deseaba celebrar de forma distinta.

Me acosté feliz. El motivo de la Navidad no era tan importante como para que yo pudiera entender que ese ambiente, en los niños, provocaba alegrías. Recorrí con la mente el rostro de aquellos niños para los cuales la Navidad no era más que una fecha, aunque sus corazones, silenciosamente, esperaran a su Papa Noel o a sus Reyes, conscientes de que a ellos no les vendrían.

En su interior lloraban mientras pensaban que se habían portado mal. Eso también existe en la Navidad.

A la mañana siguiente, al entrar en el bar percibí algo distinto. Me percaté de que Montse había colocado debajo de la estrella un pesebre con su nacimiento, sus reyes, todo tipo de animales, pastores, ángeles… No faltaba tampoco el “caganer” con su pertinente “barretina” catalana.

Ante aquel ataque de Navidad de Montse, mi sorpresa fue mayúscula. Pensé que era una lucha contra nuestros sabios y sus creencias navideñas, las cuales, y eso lo digo yo, estaban provocadas por el desgaste que sufriría su cartera como abuelos que eran.

Antes de sentarme en mi rincón, desde el cual divisaba todo el bar y me permitía esconderme en días donde necesitaba silencio, me detuve ante el pesebre. La figura de José pronto me llamó la atención: yacía caída boca abajo, posiblemente por la curiosidad de algún niño que, deseoso de tocar a sus héroes navideños, la derribó sin percatarse.

Erguí la figura de José, dejándola en la correspondiente esquina del Nacimiento, para que pudiera recibir a todo aquel que se acercara a dar ofrendas al Niño, como manda la tradición. Al hacerlo, noté como José me guiñaba un ojo en forma de agradecimiento; pensé que necesitaba mi cortado urgentemente, y me refugié en mi esquina del bar.

Pronto empezaron a llegar clientes. Todos se detenían ante el pesebre, haciendo algún que otro comentario a Montse. Aquellas palabras llevaban mi mirada de forma constante al belén, en concreto a la figura de José.

Sentí algo extraño: José, en cada mirada mía, se encontraba en un lugar distinto, sin duda fruto del movimiento de los curiosos; nuestro José recorrió el pesebre dialogando con sus pastores, con su mujer, observando a sus animales… finalizando su cotidiano día acunando a Jesús con una ternura extrema, para aislarle del frio que la noche traería.

Deducí que, aquel año, el espíritu navideño penetraba en mí con más intensidad de la previsible, más allá de lo racional. Posiblemente, la muerte de mi amigo Xapi me llenaba de una melancolía impropia de lo que estaba viendo, junto al deseo de abrazar a mi hija Idá y a mi amigo David Viñas, al que había recuperado después de algún tiempo de ausencia de su corazón.

Salí del bar pensando que debía mantener en silencio mi locura, que sería motivo de risa, de sarcasmo incluso, si hacía algún comentario al respecto…

 

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Cuento de Navidad. El sueño de creer en la magia de nuestros corazones. I capítulo

Los cuentos no conocen de estaciones, ni de épocas ni de horas. Tanto da que sea verano o invierno, que sea día o noche, las tres de la tarde o las tres de la madrugada. Así con los cuento: un maravilloso refugio de pasiones y emociones, de deseos y esperanzas, de almas y corazones. He aquí un cuento de Navidad, “El sueño de creer en la magia de nuestros corazones”, de David Creus (Mollet del Vallès). ¿ Por qué no soñar con la Navidad en el paso del verano al otoño?.

Cuento con música. Moonlight Sonata. Clica sobre la imagen del autor.

 

 

 

 

 

 

 

 

EL SUEÑO DE CREER EN LA MAGIA DE NUESTRO CORAZONES

Preámbulo

Era Navidad, fechas entrañables, donde las emociones toman protagonismo, para bien o para mal. Días de reencuentros familiares, de regalos, de esfuerzos económicos y luchas sin cuartel para comprender a los seres humanos más oscuros y miedosos. En algunos casos no se olvida la tristeza por los recuerdos de quien echas de menos por su pérdida o por su lejanía.

El cuento

Entre en el bar de Montse como cada mañana. Pronto noté en su interior la Navidad: sus paredes verdes tomaban el colorido de luces parpadeantes, rodeándose de una gran estrella rodeada por la inseparable bandera catalana que identificaba a Montse entre su clientela, como una enamorada de su lengua y su tierra, aunque sin fanatismos ni ideologías separatistas algunas.

Aquella mañana, el tema de conversación no podía ser otro que la Navidad, año tras año, en estas fechas, solo parecía existir el mismo asunto.

En una mesa, a la izquierda del bar, se encontraba la mesa de sabios, como yo les llamaba. Siempre sentados en las mismas sillas, casi en las mismas posiciones, mientras arreglaban el mundo: el señor Juan y el señor José; entre los dos
sumaban mas de un siglo de vida y vivencias de las cuales disfrutábamos los
clientes.

Indignados, comentaban el lado consumista de las Navidades. Sus nietos eran diana de sus críticas, culpando de ello a padres, profesores y a la sociedad de los valores que estaban insertando en sus mentes.

Montse, con su deseo de ser contradictoria con el mundo, defendia una Navidad que nacía de las emociones y el corazón, entendiendo el consumismo como una forma social esencial para sobrevivir en este mundo llamado avanzado.

Yo, convencido de que no se les convencería, repasé con la mirada la decoración del bar y anclé la mirada en la estrella, silenciado mi parecer sobre la Navidad.

Entendía aquella conversación como generacional, y de difícil acuerdo entre unos y otros. Aquella mañana, no me sentía con fuerzas para dialogar con nadie. Sólo deseaba escucharme a mí mismo, quizás leer el periódico, y terminar así el día.

Para mí, la Navidad hacía años que no era alegría; no conseguía ver en ella más que tristeza, unida a la soledad que toda separación matrimonial obliga por unos hijos que echamos mucho de menos.

 

 

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