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Que el futuro nos pille siendo niños

El viejo de la imprenta me explicó en una ocasión una curiosa historia de alguien que hacía 20 años que tenía quince años. Vendía bombillas. Parecía que cada vez que probaba una bombilla se iluminara la vida.

– ¿Tú crees que vendía bombillas? – preguntó, retórico el viejo-. En realidad lo que la gente iba a buscar eran ideas, ilusiones, -aclaró enfatizando sus palabras con un repiqueteo de su bastón sobre el desigual suelo de la imprenta-.

El viejo sabía como aquel eterno niño vendedor de bombillas que no todos soirven para darse cuenta de lo que tienen entre manos. Aquella tienda se convirtió en la escuela a la que nunca fuimos, a la que nunca iremos. Y la ciudad recibió el nombre de “la villa que nunca duerme”.

En los momentos más difíciles, cuando ni siquiera quedaban quinqués ni lámparas de aceite, ni siquiera velas ni linternas, encendían una bombilla y todo parecía más fácil, como un niño.

Es una verdadera pena que no recordemos cómo empezamos a andar. La sensación de los primeros pasos, tras el gateo, como tanteando el mundo por el que luego deambularemos años y años. Mezcla de preocupación y diversión. Nos desplazábamos por abismos que sólo existían en nuestra cabeza. Buscando lugares seguros, asideros sin precipicios, y la mirada de la madre, que nos animaba a soltarnos, a arriesgar. Y lo hacíamos, como diciendo “aquí estoy yo y me voy a comer el mundo”. Más tarde, te conformas con que el mundo no te coma a ti. Echas la vista atrás y llamas al niño que siempre está ahí, siempre estará ahí…

Que el futuro nos pille siendo niños, un bello relato de la periodista de Badalona Mercè Roura. Con música, desde El Café Romantic…

 

Cuando era niña las horas eran eternas. Sesenta minutos sentada ojeando un libro, fijándome en las comisuras de sus páginas, pasando los ojos por sus dibujos, siguiendo con las pupilas las letras… eludiendo pensamientos… eran una vida. Mis ojos lo escrutaban todo. Las formas caprichosas de las baldosas en el patio, la incandescencia de las bombillas, el reverso de las hojas de los árboles, los dibujos que formaban las nubes… todos los tenues quejidos que de noche se oían en casa. Lo pequeño era grande, enorme… digno de ser analizado hasta saciar la curiosidad. Y lo mejor, siempre parecía nuevo, sorprendente.

Cuando era niña notaba el calor del abrigo y el frío del helado. Los percibía intensamente con toda mi escasa materia, me calaban por dentro, me reseguían las esquinas… cada pequeña sensación era un tesoro, una experiencia capaz de transformar mi esencia, de mutarme, de hacerme más alta, más lista… más curiosa. Y siempre tenía espacio en mi dermis para una sensación más, un pedazo de vida nuevo… un camino distinto. Todo era gigante pero cabía en una caja diminuta.

Cuando era niña me bastaba con levantar la vista y buscar a mi madre y saber que era mi casa. Un par de besos eran una escuela, un palacio, un planeta. Mi cabeza sobrevolaba montañas y desiertos desde un sofá, mi pensamiento era de chicle, mis manos tenían magia para cambiar el mundo. Cuando era niña era de goma y de sueño, de pedazo de selva y de barco en el mar. Vivía en un castillo y era capaz de zamparme cualquier cosa que pudiera imaginar… y lo imaginaba todo y todo me cabía entre las manos.

Cuando eres niño todo es nuevo, eterno, intenso. Todo supone un pequeño reto, todo es asumible… todo se puede recortar y pegar. Y los esfuerzos tienen grandes recompensas…

Y maduramos o eso creemos. Aunque a veces, lo que hacemos es crecer por fuera; ponernos corbata o tacón alto, dejar el castillo, seguir un camino predeterminado. Nos ponemos rígidos como un palo y forzamos la sonrisa… porque no entendemos nada. El ejercicio de ser adultos debería suponer poder guardar esa capacidad de verlo todo cada día como si tu mirada fuera virgen… pero almacenar una conciencia sabia. Descubrir que no somos el ombligo del mundo y volver a mirar el reverso de las hojas…recuperar el juego.

Saber que no todo va ser como deseamos… pero que quizá pueda ser mejor. Recordar que no todo se ve y se toca, que no todo se alcanza con la mano pero que está a tiro de pensamiento. Y que cuando toca lluvia, hay que mojarse.

Que el próximo minuto nos encuentre un poco vírgenes… que el futuro nos pille siendo niños.

 

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Hay corazones en prisión

A pesar de todo, pese a ese mundo que nos atropella y nos condena hasta el hastío, la vida no deja de sorprenderme gratamente, como un crepúsculo de Turner, donde se ha excluido lo sórdido y lo feo.

Es el sistema penitenciario, y lo digo con conocimiento de causa, el gran despreciado de las políticas públicas y el gran olvidado de la sociedad. Damos la espalda a las prisiones, pensando que nunca nos puede pasar a nosotros, como en muchas otras situaciones que nos rodean, hasta permitir que las cárceles sean sólo contenedores de desechos humanos a los que acabar de aniquilar.

Allá por el siglo XVIII, el italiano Cesare de Beccaria, gran precursor de los sistemas penitenciarios más humanos, proclamó la necesidad de que la humanidad y la compasión penetrasen las puertas de hierro. Y hoy, tres siglos después, es a la inversa; la humanidad salta los muros para darnos una lección de vida y decirnos que, quizás, entre rejas hay más bondad de la que se pueda imaginar.

Un grupo de reclusos de la prisión de Quatre Camins, en la Roca del Vallés (Barcelona), se ha constituido en un colectivo que promueve y apoya causas humanitarias y sociales. Y lo hacen desde el más absoluto desinterés, sabiendo que con ello no ganarán ningún beneficio penitenciario aunque sí un cielo que un día perdieron por sus fechorías.

Pese a su cautiverio, justo a los ojos de la ley, quizás injusto a los ojos del alma, siguen siendo persona pese a que, mayoritariamente, los vemos como animales. Y, mira por donde, tienen corazón y también alma, y lo saben porque les duele.

En primavera, estos presos, anónimos todos ellos, impulsaron una campaña de donación de sangre que fue un éxito. En junio, promovieron una campaña de recogida de firmas para salvar el Ártico. Hoy, sin ir más lejos, han contribuido a otra iniciativa de recogida de tapones de plástico para pagar el tratamiento que precisa Enrique.

Enrique, de 8 años, no es un niño como otro cualquier que pueda celebrar goles, darse un chapuzón en una piscina o en la playa, jugar con la Nintendo, pasear por la montaña o, ni siquiera, hacer los deberes. Sufre una grave encefalopatía a la que se suma la epilepsia y un severo retraso. Y Enrique tiene un precio: 10.000 euros, que son los que cuesta el tratamiento para intentar su curación.

Pese a todo, Enrique, según definición de su madre, Merche Vázquez, es un luchador, y lucha desde los nueve meses. Hace unos días, acudió con su madre a la prisión para dar las gracias a esos reclusos que se han sumado a la causa para recoger tapones y con ellos “fabricar” el dinero que necesita sino para curarse, sí para mejorar.

Ese día, explicó su madre, se encontraba bien. Sólo había sufrido dos crisis. Hay jornadas en las que puede llegar a padecer hasta dieciocho. Y Merche lo quiere tal y como es.

Con la ayuda de dos educadores del centro penitenciario, Amparo y Javier, comenzaron a colgar carteles de apoyo a la causa de Enrique por toda la prisión y esos mismos presos a los que muchas veces damos la espalda han logrado recoger montañas de tapones de plástico. Y no sólo eso; han recaudado 265 euros para que el niño se pueda curar, Fernando, un interno que hace de jardinero, le entregó un ramo de flores y recibió además una saca de cartas de reclusos en las que le expresaban sus mejores deseos.

“El coraje de tu madre demuestra como te quiere. No sabes el tesoro que tienes. Quiérela siempre como ella te quiere a ti”, decía una de las cartas. Merche Vázquez no pudo reprimir unas lágrimas, lágrima que emanan de su propia vida, una vida que duele al punto de las lágrimas.

Hoy, en Vilanova del Vallés (Barcelona), promovido por la Fundación Don Caballo, donde Enrique lleva a cabo terapia con caballos una vez por semana, se celebra un festival que lleva por nombre “Taps de l’esperança” (tapones de la esperanza), con el fin de recaudar aún más tapones que se conviertan en euros para darle al nño la oportunidad de ser niño mediante un costoso tratamiento que sus padres han encontrado en París y para el que precisan 50 toneladas de tapones ( de los que ya llevan recogidas 20) para sumar esos 10.000 euros, el precio de la vida de Enrique.

El Café Romantic se suma a la iniciativa por Enrique y aplaude el gesto de los presos de Quatre Camins, esos mismos a los que, muchas veces, ninguneamos.

Enviarles vuestro apoyo: solidaridadconenrique@gmail.com

Cartel con música: “Alegría”.

 

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De mayor quiero ser como tú

Salió a comerse el mundo y bastante tuvo con evitar que el mundo se lo comiera a él. Y regresó, como si hubiera regresado casi en el minuto exacto que marchó, y se lo encontró todo casi como lo dejó. Con los comercios, y sus huecos, en el orden en que los dejó. Y la gente, que daba la sensación de perseverar en su conformidad, dueña de idéntica calma y resignación.

Cruzados de brazos, los muchachos conversaban de no se sabe qué sueños lejanos. A veces, ni conversaban. Los viejos jugaban al dominó concentrados en otras cosas, mientras las señoras iban y venían con sus bolsas, pocas, de la compra. Vendedores ambulantes gritaban desde sus caravanas el nombre de clientes que nunca habían existido, o que no vivían allí o el de alguna mujer que había muerto, mientras Carmen y sus amigas se abanicaban con viejos diarios.

Y todos ellos reían, ¡vaya! si reían.

Comprobó cómo, en aquel lugar, el verbo esperar continuaba instalado en el centro de la vida, definiéndola y proporcionándole un extraño sentido, también feliz, a su manera.

A partir de una conversación con su sobrina de 10 años, Pilu Bijoux, de Lleida, nos regala este breve relato sobre los sueños, que nunca se deben perder, y cómo ser feliz con lo que se tiene en la vida. Con música y mucho amor.

-Y tú, ¿cómo te imaginabas tu vida de mayor, cuando eras como yo?

-¡Hum!, pues no sé. Casada, con familia numerosa, cinco hijos como nosotros, viviendo en una casa muy grande…

-¡Qué pena…! Tu vida real no se parece en nada a lo que pensabas. Ni tienes hijos, ni estás casada y tu casa no es muy grande…

-Ya, pero aún así me siento muy feliz porqué tengo otras muchas cosas, como sobrinos como tú. Y tu, ¿cómo te ves de mayor?

-Casada con un chico tan guapo como los de los anuncios de colonias, con dos hijos gemelos como los que salen en el anuncio de “La Caixa”, y en una casa que me es igual que sea un piso o una adosada. Y profesora de Educación Física.

-¡Que te vaya bien!

 

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Hoy me visto de pobre

A veces no hay palabras, no hay citas que puedan resumir lo que paso aquel día, a veces lo haces todo bien, lo haces perfectamente, y aun así sientes que has fallado, ¿Tenía que acabar así? ¿Podía haberse hecho algo para evitar la tragedia? Volverán a casa e intentarán recuperarse. Volverán con sus familias pero nunca volverá a ser aquellos niños y niñas, inocentes ellos. Suman centenares de vidas en un remoto lugar en el que creían que los monstruos no existían hasta que supieron que llevaban toda la vida conviviendo con uno. ¿Cuánto tiempo podrán seguir mirando hacia el abismo? ¿Cuándo se darán cuenta de que son incapaces de recuperar la alegría de vivir que les quita este mundo?… Como he dicho, a veces no hay palabras, ni citas que puedan resumir lo que paso aquel día. A veces el día, simplemente… termina.”

(Goyo Martínez)

Un profundo, provocador y desgarrador alegato contra el mundo que nos atropella y nos condena hasta el hastío de Mary Fernández, de Miami (EEUU), a través de la página de Guillermo Heskel (Buenos Aires). Con música, por supuesto.

 

Hoy necesito vestirme de pobreza, pasar hambre, sentir frío; y no tener ni un centavo en el bolsillo del roto pantalón viejo, como el de Celestina, la pobre mendiga de la esquina que algún alma caritativa le donó un día en que por viejo decidio regalarlo, sin que le doliera hacerlo, porque a ella ya no le servía.

Hoy necesito sentir que me duele el cuerpo, porque duermo en el piso de piedra; y  que tengo que ir al río a limpiar mi piel curtida, sucia y reseca que destila el aroma que llevamos los pobres, la pestilencia de la peor enfermedad del mundo, el olor terrible de la pobreza extrema.

Hoy necesito beber de la copa de barro del pobre en la geografía injusta del desafortunado que en vez de nacer en cuna pudiente llegó al mundo como Jesús, el Hijo de Dios, para nacer en un humilde pesebre, y darnos al mundo el mensaje divino.

Hoy necesito gritarles a todos mi angustia y dolor, que somos nosotros los hombres los que inventamos la pobreza, que somos los egoistas los que permitimos el hambre, que somos los arrogantes los que ignoramos al necesitado, que somos los ciegos que no queremos ver la realidad del pobre, que hay millones de pequeños que se mueren de hambre, de frío, de enfermedades, de soledad, de abandono, de abuso, que no llegan…

… Que se pongan de moda las obras de caridad, que se ponga de moda hacer limpieza de cosas materiales, repartir los que tenemos de sobra y dárselo a quien de verdad no tiene nada.

Hoy necesito caminar descalza y que me quemen las plantas de los pies, extender mis manos al mundo, levantar mi voz furiosa, porque toco miles de puertas y son muy pocos los que saben abrirlas…

… ¿Es que no sienten acaso vergüenza de saber que sus hermanos usan zapatos viejos, sucios y rotos?. ¿Qué culpa tienen nuestros hermanos, los que viven en la Puna de haber nacido en el lugar equivocado?.

Hoy quiero convencer al mundo de que tenemos poco, mucho, demasiado, y de que, cuando hay abundancia, debemos compartirla con nuestros hermanos. Le pido a Dios que la gente avara sienta vergüenza en su escondida conciencia, que no tenga tanto apego al exceso de sus lujos, que no le duela regalar una de sus diez manzanas… es tan poco lo que necesita un pobre, casi nada faltándole todo.

Hoy quiero que los ricos hagan cola para comprar nada, que se ponga de moda los valores del alma, que sea elegante tener suficiente, que no exista el termino “morirse de hambre”, sentir frío, indiferencia, ignorancia.

… Que les llegue a todos la hora de comprender que DIOS no nos quiere pobres, ni tristes, ni enfermos, ni abandonados, ni en guerras; que lo tenemos todo en este mundo, todo, para que la pobreza sea erradicada del planeta…

… Fue el hombre el que inventó la moneda, las joyas, el precio de los diamantes y las esmeraldas, el precio del agua, de los terrenos, de las drogas.

Que cierren las cuentas de los bancos, que no haya vacaciones para nadie, que se expandan las pestes de este mundo y apliquen la vacuna contra la miseria…

… Que se pongan de moda los que piden, que todos quieran sentarse a la intemperie a disfrutar la ola de vacío, a gozar la enorme indiferencia,

¡que ser pobre se ponga de moda!

 

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Hoy me visto de pobre

A veces no hay palabras, no hay citas que puedan resumir lo que paso aquel día, a veces lo haces todo bien, lo haces perfectamente, y aun así sientes que has fallado, ¿Tenía que acabar así? ¿Podía haberse hecho algo para evitar la tragedia? Volverán a casa e intentarán recuperarse. Volverán con sus familias pero nunca volverá a ser aquellos niños y niñas, inocentes ellos. Suman centenares de vidas en un remoto lugar en el que creían que los monstruos no existían hasta que supieron que llevaban toda la vida conviviendo con uno. ¿Cuánto tiempo podrán seguir mirando hacia el abismo? ¿Cuándo se darán cuenta de que son incapaces de recuperar la alegría de vivir que les quita este mundo?… Como he dicho, a veces no hay palabras, ni citas que puedan resumir lo que paso aquel día. A veces el día, simplemente… termina.”

(Goyo Martínez)

Un profundo, provocador y desgarrador alegato contra el mundo que nos atropella y nos condena hasta el hastío de Mary Fernández, de Miami (EEUU), a través de la página de Guillermo Heskel (Buenos Aires). Con música, por supuesto.

Foto: Hoy necesito vestirme de pobreza<br />
pasar hambre<br />
sentir frio<br />
y no tener ni un centavo en el bolsillo<br />
del roto pantalon viejo como el de Celestina<br />
la pobre mendiga de la esquina<br />
que algun alma caritativa le dono<br />
un dia en que por viejo decidio regalarlo,<br />
sin que le doliera hacerlo,<br />
porque a ella ya no le servia. </p>
<p>Hoy necesito sentir que me duele el cuerpo<br />
porque duermo en el piso de piedra<br />
y que tengo que ir al rio<br />
a limpiar mi piel curtida, sucia y reseca<br />
que destila el aroma que llevamos los pobres,<br />
la pestilencia de la peor enfermedad del mundo,<br />
el olor terrible de la pobreza extrema. </p>
<p>Hoy necesito beber de la copa de barro del pobre<br />
en la geografía injusta del desafortunado<br />
que en vez de nacer en cuna pudiente<br />
llego al mundo como Jesus el Hijo de Dios<br />
para nacer en un humilde pesebre,<br />
y darnos al mundo el mensaje divino. </p>
<p>Hoy necesito gritarles a todos mi angustia y dolor<br />
que somos nosotros los hombres los que inventamos la pobreza,<br />
que somos los egoistas los que permitimos el hambre,<br />
que somos los arrogantes los que ignoramos al necesitado,<br />
que somos los ciegos que no queremos ver la realidad del pobre,<br />
que hay millones de pequenos que se mueren de hambre,<br />
de frio, de enfermedades, de soledad, de abandono, de abuso,<br />
que no llegan </p>
<p>Que se pongan de moda las obras de caridad<br />
que se ponga de moda hacer limpieza de cosas materiales<br />
repartir los que tenemos de sobra<br />
y darselo a quien de verdad no tiene nada </p>
<p>Hoy necesito caminar descalza<br />
y que me quemen las plantas de los pies<br />
extender mis manos al mundo<br />
levantar mi voz furiosa<br />
porque toco miles de puertas<br />
y son muy pocos los que saben abrirlas </p>
<p>Es que no sienten acaso verguenza<br />
de saber que sus hermanos<br />
usan zapatos viejos, sucios y rotos<br />
que culpa tienen nuestros hermanos<br />
los que viven en la Puna<br />
de haber nacido en el lugar equivocado </p>
<p>Hoy quiero convencer al mundo<br />
de que tenemos poco,  mucho,  demasiado<br />
y de que cuando hay abundancia debemos compartirla<br />
con nuestros hermanos<br />
le pido a Dios que la gente avara sienta verguenza<br />
en su escondida conciencia<br />
que no tenga tanto apego al exceso de sus lujos<br />
que no le duela regalar una de sus diez manzanas<br />
es tan poco lo que necesita un pobre,<br />
casi nada faltandole todo.   </p>
<p>Hoy quiero que los ricos hagan cola para comprar nada<br />
que se ponga de moda los valores del alma<br />
que sea elegante tener suficiente<br />
que no exista el termino "morirse de hambre"<br />
sentir frio, indiferencia, ignorancia, </p>
<p>Que les llegue a todos la hora<br />
de comprender que DIOS no nos quiere pobres,<br />
ni tristes, ni enfermos, ni abandonados, ni en guerras,<br />
que lo tenemos todo en este mundo, todo,<br />
para que la pobreza sea erradicada del planeta<br />
Fue el hombre el que invento la moneda<br />
las joyas, el precio de los diamantes y las esmeraldas,<br />
el precio del agua, de los terrenos, de las drogas. </p>
<p>Que cierren las cuentas de los bancos<br />
que no haya vacaciones para nadie<br />
que se expandan las pestes de este mundo<br />
y apliquen la vacuna contra la miseria<br />
que se pongan de moda los que piden<br />
que todos quieran sentarse a la intemperie<br />
a disfrutar la ola de vacío<br />
a gozar la enorme indiferencia<br />
que ser pobre se ponga de moda

Hoy necesito vestirme de pobreza, pasar hambre, sentir frío; y no tener ni un centavo en el bolsillo del roto pantalón viejo, como el de Celestina, la pobre mendiga de la esquina que algún alma caritativa le donó un día en que por viejo decidio regalarlo, sin que le doliera hacerlo, porque a ella ya no le servía.

Hoy necesito sentir que me duele el cuerpo, porque duermo en el piso de piedra; y  que tengo que ir al río a limpiar mi piel curtida, sucia y reseca que destila el aroma que llevamos los pobres, la pestilencia de la peor enfermedad del mundo, el olor terrible de la pobreza extrema.

Hoy necesito beber de la copa de barro del pobre en la geografía injusta del desafortunado que en vez de nacer en cuna pudiente llegó al mundo como Jesús, el Hijo de Dios, para nacer en un humilde pesebre, y darnos al mundo el mensaje divino.

Hoy necesito gritarles a todos mi angustia y dolor, que somos nosotros los hombres los que inventamos la pobreza, que somos los egoistas los que permitimos el hambre, que somos los arrogantes los que ignoramos al necesitado, que somos los ciegos que no queremos ver la realidad del pobre, que hay millones de pequeños que se mueren de hambre, de frío, de enfermedades, de soledad, de abandono, de abuso, que no llegan…

… Que se pongan de moda las obras de caridad, que se ponga de moda hacer limpieza de cosas materiales, repartir los que tenemos de sobra y dárselo a quien de verdad no tiene nada.

Hoy necesito caminar descalza y que me quemen las plantas de los pies, extender mis manos al mundo, levantar mi voz furiosa, porque toco miles de puertas y son muy pocos los que saben abrirlas…

… ¿Es que no sienten acaso vergüenza de saber que sus hermanos usan zapatos viejos, sucios y rotos?. ¿Qué culpa tienen nuestros hermanos, los que viven en la Puna de haber nacido en el lugar equivocado?.

Hoy quiero convencer al mundo de que tenemos poco, mucho, demasiado, y de que, cuando hay abundancia, debemos compartirla con nuestros hermanos. Le pido a Dios que la gente avara sienta vergüenza en su escondida conciencia, que no tenga tanto apego al exceso de sus lujos, que no le duela regalar una de sus diez manzanas… es tan poco lo que necesita un pobre, casi nada faltándole todo.

Hoy quiero que los ricos hagan cola para comprar nada, que se ponga de moda los valores del alma, que sea elegante tener suficiente, que no exista el termino “morirse de hambre”, sentir frío, indiferencia, ignorancia.

… Que les llegue a todos la hora de comprender que DIOS no nos quiere pobres, ni tristes, ni enfermos, ni abandonados, ni en guerras; que lo tenemos todo en este mundo, todo, para que la pobreza sea erradicada del planeta…

… Fue el hombre el que inventó la moneda, las joyas, el precio de los diamantes y las esmeraldas, el precio del agua, de los terrenos, de las drogas.

Que cierren las cuentas de los bancos, que no haya vacaciones para nadie, que se expandan las pestes de este mundo y apliquen la vacuna contra la miseria…

… Que se pongan de moda los que piden, que todos quieran sentarse a la intemperie a disfrutar la ola de vacío, a gozar la enorme indiferencia,

¡que ser pobre se ponga de moda!

 

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Un genio de 6 años

Un hombre ha enfermado. Tendido sobre una cama de un hospital ve que la vida se le acaba. Por la ventana entra la luz del sol. O quizá, no. Quizá llueve. Quizá hace sol… pero han bajado la persiana para que tamice la luz y la proyecte fileteada en la pared de enfrente. Quizás ese hombre nunca vio el mar. Quizás sí lo vio pero no lo hizo suyo. Quizás quien bajo esa persiana, tampoco.

Un breve relato de Chelo Romero, de Barcelona, que nos dice que amanece y anochecerá, y el resto está por escribir. Y nos dice también que en los pequeños gestos, en los momentos que devienen eternos, cuando menos lo esperamos, radica la esencia de la vida. Y eso es lo que nos llevaremos al final de una vida que, muchas veces, nos atropella hasta el hastío. ¡Carpe Diem!. Con música, con mucho gusto.

Hoy, conocí a un genio en el tren. No tendría más de 6 años. Se sentó a mi lado y, mientras el tren avanzaba a lo largo de la costa, llegamos hasta el océano. Entonces él me miró y dijo, ¡ ¿no es hermoso? !. Fue la primera vez que me percaté de ello.

 

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El niño raro (Ir capítulo)

Decía Marie Curie, que no era diferente sino especial: “en la vida no hay cosas que temer, sólo hay cosas que comprender”. Y esas cosas comienzan en uno mismo. Abre bien los ojos. Haz trabajar la cabeza, Controla el corazón. No cierres nunca la boca. Gritan bien fuerte, cuando sea necesario. Da todo de ti mismo.

Un cuento por entregas de Rocío Sánchez Rivas, de Sevilla, que nos habla del camino que todos debemos emprender para comprender y realizar. Un relato con música, por supuesto; come away with me lyrics.

En un pueblo llamado Esmeralda, habitado por un centenar de habitantes, vivía Carlos, un niño solitario y callado que apenas había pronunciado más de diez palabras a lo largo de sus pocos años de vida. Su único entretenimiento, y a quien dedicaba toda su atención, era Rufo, un San Bernardo que le habían regalado por su noveno cumpleaños.

En Esmeralda todos los vecinos lo conocían por “el niño raro”, apodo que  gustaba a los padres de Carlos, aunque ellos también pensaran que lo era. Pero un buen día, Carlos sorprendió a todo el pueblo con un acontecimiento inesperado. Al anochecer, el “niño raro” salió de casa para dar de comer a Rufo y observó un destello de luz que provenía de un olmo situado a quinientos metros de su casa.

La curiosidad pudo con él y se acercó al árbol para ver qué era esa luz brillante. El perro le siguió y, juntos, se adentraron en el bosque hacia el viejo olmo. A medida que se acercaba escuchaba susurros dulces y melódicos cómo una canción de un idioma no conocido. La luz era cegadora y no pudo ver nada. De momento, notó que alguien o algo tiraba de él, pero sin ser agarrado. Era como una fuerza incalculable que lo adentró en una ceguera total. Se desvaneció un minuto, quizás una semana, o un año, no lo sabía con exactitud, estaba aturdido.

En su ceguera blanca vio una sombra tenue que transmitía esa melodía pacificadora. Carlos estaba aterrado y fascinado a la vez, brotó de su garganta una palabra:

-¡Ayúdame!.

La voz le contestó en el idioma de la música que eso era precisamente lo que quería hacer, venía para ayudarlo.

Se acercó a él. Carlos pudo ver el rostro y la silueta borrosa de lo que parecía un boceto de mujer con rasgos extraños. Tenía ojos de gato, la nariz minúscula, la boca grande, el cabello largo y blanquecino a la altura de los tobillos. Entre las telas que cubrían su cuerpo se apreciaba su delgadez y fragilidad, como el tallo de una flor.

Carlos se preguntaba, ¿quién será esta mujer de extraña belleza? ¿Es realidad lo que estoy viviendo, o sólo es un sueño? Ha dicho que quiere ayudarme, que para eso ha venido, pero, ¿qué puede hacer ella por mí?

La mujer acercó la mano y le mostró una semilla luminosa, parecida a una luciérnaga, y le susurró al oído:

-Toma este fruto de la vida, la verdad y la justicia, siémbralo donde otras personas no puedan dañarlo hasta que crezca. Cuando dé su fruto, cómelo y de ti emanará una gran sabiduría.

El niño respondió.

-Soy un niño raro, eso dicen todos de mí. No creo que sea posible poder cambiar eso.

Hubo replica.

-Carlos, a veces es bueno ser “raro” o diferente para poder ser sabio. Tu destino está escrito.

El niño se quedó pensativo. Sin decir nada más guardó la semilla y se arrodilló ante la mujer diciéndole, “gracias, lo haré”.

Ella con una dulce sonrisa se alejó de él al ritmo de la música en cada uno de sus movimientos.

 

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