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Archivo de la etiqueta: novela negra

Tras el muro / 3r capítulo

Una novela por entregas de Alfons Carrasco (Mollet del Vallès, Barcelona)

Tras el muro, 1r capítulo
Tras el muro, 2 capítulo

Con música de Angelo Badalamenti

 

Ismael, el tío que llevaba el bar, era una persona de mediana edad, estaba de vuelta de todo y llevaba unos enormes tatuajes en sus brazos que, según me había dicho en alguna ocasión, se hizo tras su paso por algunas prisiones por asuntos menores de trapicheo con drogas. Me senté en una de las pocas mesas libres que había en el rincón, desde ese lugar podía contemplar todo el local y me resultaba divertido ver las conversaciones de la gente aunque no las pudiera escuchar; el cómo gesticulaba la gente o el cómo reían daban vida a aquel lugar, pensaba yo.

No llevaba ni diez minutos y saboreaba la jarra de medio con cerveza que Ismael me había traído, cuando vi entrar en el bar a dos amigos o, mejor dicho, conocidos. Eran Rodolfo y Manuel, los conocí en la época en que compartimos celda en la trena durante dos semanas, hasta que a mí me absolvieron de un pequeño hurto por falta de pruebas y, en gran parte, gracias a mi amigo Ricardo, un abogado que como siempre digo, es mejor tener a tu lado que frente a ti.

Si yo era un buscavidas, ellos dos eran profesionales de este mundillo, ladrones de poca monta, según los tiene clasificados la policía, aunque con buenas ideas. Son el contrapunto el uno del otro, Rodolfo es alto, bastante fuerte y con cara de pocos amigos, aunque es un bonachón, y Manuel es bajito, no pasa del metro sesenta, siempre va bien vestido, tiene gusto por la ropa y es el cerebro del equipo, sólo que ese equipo nunca ha funcionado.

—Vaya, vaya —dijo Rodolfo—. Mira a qué ‘hijoputa’ tenemos aquí —dijo en tono burlón dirigiéndose a Manuel.

—Pero si es nuestro amigo Toni —dijo Manuel—, el que nos va a pagar un par de jarritas.

—¿Los conozco, caballeros? —dije en toco jocoso al tiempo que estrechaba la mano a Rodolfo.

—¿Cómo estás cabroncete? —preguntó Manuel.

—Pues ya ves, como siempre. Y vosotros, ¿aún sois novios? —dije con sarcasmo evidente.

—Sí, somos novios, nos seguimos tirando los dos a la misma tía —dijo inteligentemente Manuel.

—¿Qué es de tu vida, cabrón? —me preguntó Rodolfo.

—Pues trapicheando, durmiendo de día y corriendo de noche. Viviendo, que se suele decir —dije.

—Eso está bien, amigo, eso está bien. Estamos preparando un trabajillo, y buscamos a alguien, ¿no conocerás a nadie por ahí? —dijo Manuel sabiendo que ese alguien se refería a mí.

—Depende del trabajillo, podría encontrar a un amigo de confianza, pero ya sabéis la filosofía de mi amigo: poco curro, bien pagado y sin riesgo —dije mirando a ambos con una sonrisa.

—Vaya, en ese caso le tendrías que decir a tu amigo que jugase a la primitiva —dijo Rodolfo mientras daba un sorbo a la jarra de cerveza.

—Eso hace de momento, pero no tiene mucha suerte últimamente —dije—. Pero, si queréis, os doy mi punto de vista sobre el trabajo.

—Hace algún tiempo que estamos siguiendo a un tipo. Un banquero de la ciudad al que le sale el dinero por las orejas al ‘hijoputa’ —dijo Manuel hablando en voz baja, por motivos obvios.

—¿Y queréis montar un secuestro? Estáis locos o peor de lo que creía —dije rápidamente.

—No, no capullo. No vamos a secuestrar a nadie —dijo Manuel rápidamente.

—Ya sabéis que mi amigo pasa de violencia y delitos de sangre, eso son marrones muy grandes para él —dije reclinándome sobre el respaldo de mi silla.

—Escúchanos, no vamos a secuestrar a nadie ni hacer daño a nadie —dijo Manuel, mientras me invitaba a acercarme a la mesa—. Este tío trabaja como director de una sucursal y, paralelamente, está metido hasta el cuello con Los Colombis, es el encargado de blanquear el dinero de la droga y el contrabando.

—¿Con Los Colombis? —dije asombrado. Era una banda muy conocida en la ciudad por su brutalidad y sus numerosos asesinatos. Una organización dedicada al mundo de la droga a gran escala, trata de blancas, asesinatos por encargo y todo tipo de trabajos sucios.

—Esos os van a pegar cuatro tiros y después preguntarán quién coño erais. —sentencié

—No, no. Lo que vamos a hacer es muy simple, amigo mío, muy simple —dijo Manuel, tomando la voz cantante—. Mira, sabemos que ese tipo está deseando salir de esa organización y sabemos que ni él ni nadie conoce realmente al jefe de la organización en nuestro país. El plan es sencillo, nos presentaremos en su casa, nos hacemos pasar por el jefe de esa organización y, a cambio de dinero, le diremos que ya está fuera y que se vaya de la ciudad para que no volvamos a verlo. ¿Qué te parece?

—Complicado, ¿cómo os vais a hacer pasar por el jefe de la organización? —el plan era bueno, muy bueno me pareció, pero no podía decírsel abiertamente, además había puntos que no veía claros.

—Porque yo me haré pasar por el jefe y vosotros dos seréis mis dos guardaespaldas —dijo Rodolfo.

—Entiendo y le decimos que ya está fuera del club y le rompéis el carné de socio de la organización, así de fácil, ¿no? —dije con una sonrisa —Piensa un poco, capullo —me dijo Manuel—. Él no sabe quién es el jefe, ¿por qué no va a creerse que es Rodolfo?

—¿Y eso cómo lo sabéis? —pregunté.

—Porque cuando estuvimos los dos años en el trullo, que coincidimos contigo, estuvimos con dos componentes de la banda y uno era su lugarteniente. Se llama Cobos y, tal como nos dijo, él siempre suplantaba a su jefe, que se llama Jacob; nadie prácticamente conoce al jefe de esa banda —dijo nuevamente Manuel, que llevaba la voz cantante.

—Joder tíos, que las cosas no son tan fáciles —dije intentando buscar alguna contradicción al plan.

—Supongamos que nos presentamos en su casa —dije —, y el tío conoce al gran jefe de Los Colombis. Entonces ¿qué hacemos, improvisamos, le decimos que nos hemos equivocado de dirección? —dije con rostro serio.

—Que no lo conoce joder, nadie lo conoce. ¡Hazme caso! —dijo Manuel—. Estuvimos dos años con aquellos tipos en la trena, al final parecíamos sus confesores y Cobos nos aseguró que él solía hacer las visitas y lo supervisaba todo en nombre del gran jefe. Incluso nos habló de este banquero en la cárcel, un tío que quería hacer dinero rápidamente sin importarle el cómo, y de ahí surgió nuestra idea. Suplantar la identidad de Jacob, cobrarle una pasta al banquero de los cojones y largarnos tal como habíamos venido. Sin un tiro, sin un rasguño, todo limpio.

—Vamos hombre, es seguro y será el ultimo golpe —dijo Rodolfo—. Luego nos largamos con la pasta y aquí paz y después gloria.

Continuará…

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Tras el muro / 2º capítulo

Tras el muro, de Alfons Carrasco, 2º capítulo

1r capítulo

Fui a dar a una habitación contigua, cayendo sobre una tullida cama que había pegada a la pared. Quedé un momento aturdido, no sabía qué había pasado ni cómo había pasado, pero lo cierto es que ya no estaba en el tugurio de antes, estaba en otro lugar; ni rastro de mis perseguidores ni del local atestado de gente en el que acababa de entrar. Me eché las manos a la cara, intenté pensar un momento:

—¿Qué coño me ha pasado, he atravesado la pared? Pero, ¿dónde cojones estoy? —me dije a mí mismo con una cara de incredulidad que, imagino, tenía en esos momentos.

No tenía tiempo para pararme a pensar, por lo que me levanté de aquella extraña cama y me acerqué hacia la puerta de la habitación. No se veía ni escuchaba ningún sonido, por lo que pensé que no había nadie en aquella casa; anduve a través de un pequeño pasillo, atravesando algunas habitaciones que había a ambos lados y llegué a un pequeño comedor. Por suerte, aquella casa estaba vacía en esos momentos, así que me dirigí rápidamente hacia la puerta de la calle e intenté abrir, pero, como imaginaba, estaba cerrada. Deduje que sus moradores habían salido y, como es lógico, la puerta estaba cerrada con la llave. Miré una de las ventanas que daban a la calle, pero al ser una planta baja, a pie de calle, había una reja que impedía mi salida. El nerviosismo empezaba a apoderarse de mí, notaba que el sudor me invadía nuevamente y se me aceleraba el pulso. Tenía que pensar; miré a mi alrededor y vi una escalera que subía al piso superior, entonces deduje que allí cualquier ventana o balcón me serían útiles para salir.

Me dirigí a una de las habitaciones, en ella había una gran cama de matrimonio flanqueada por dos mesitas de noche y un gran armario, me dirigí hacia la ventana y la abrí tras retirar unas pequeñas cortinas; miré hacia el exterior, daba a otra calle menos concurrida que la anterior, pero no veía ningún elemento al que agarrarme y por el que iniciar el descenso, pese a ello y sin pensármelo dos veces, me descolgué por la ventana y sujetándome con una mano me dejé caer hasta el suelo. Caí de pie contra el duro suelo embaldosado y un tremendo dolor me subió por la pierna, hizo que perdiera el equilibrio y caí rodando por la acera; me detuve en seco golpeándome con una de las farolas que a lado y lado iluminan la calle a esas horas en las que ya anochecía. Sin moverme empecé a notar un dolor en las plantas de los pies debido al fuerte impacto. A los pocos segundos todo empezaba a volver a la normalidad y el dolor de la pierna y la planta de los pies empezó a menguar significativamente. Miré hacia arriba y vi que la altura no era tanta, vista desde el suelo, pero lo que era cierto es que ya no tenía edad para esas cosas.

Magullado y con algo de dolor en las piernas, me puse en pie y comencé a caminar calle arriba, no había ni rastro de mis perseguidores que, imagino, aún estarían con la boca abierta y no era para menos. Aún notaba el paquete en mi entrepierna, era una suerte que con todas las carreras no se me hubiera caído. Lo abrí mientras andaba por la calle, era un monedero de color verdoso bastante grande, con varios compartimentos. Únicamente me interesaba el dinero, lo demás, como solía hacer habitualmente, lo tiraba en un cubo de basura o sencillamente lo dejaba en cualquier lugar en el suelo, para que, si alguien lo encontraba, pudiera devolverlo si quería a su dueño, aunque esto último me preocupaba poco. Estaba de suerte, en el interior había algo más de trescientos pavos, con lo que tenía asegurada la cena durante algunos días.

De nuevo me vino a la mente la pared que había atravesado aquel atardecer, aún no sabía qué es lo que había ocurrido, pero lo que recuerdo es que había atravesado la pared, pero ¿cómo? Lo más lógico era pensar que algún tipo de malformación de la pared había facilitado mi paso a la otra habitación, aunque hice una prueba; me acerqué a la pared de la calle por la que subía en dirección a la zona de bares de la ciudad y con mucho cuidado, puse la mano en ella. Nada, la pared estaba fría; noté el rugoso tacto de los tochos de obra vista de la pared sobre mi mano; sin duda no podía traspasarla, ni mucho menos.

Me dirigí al bar Scorpions, allí solía pasar las horas y, a veces, las noches enteras charlando con amigos y conocidos que, como yo, vivían la vida sin más preocupaciones; aunque esa era una noche especial, tenía algo de dinero en el bolsillo. El bar se encontraba en la primera esquina justo al dejar la gran plaza central; era un lugar divertido en el que la gente se dejaba caer de tanto en tanto y tomaba unas copas dejando las preocupaciones en la puerta, al menos eso parecía a juzgar por el ambiente que siempre reinaba.

Continuará…

 

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Tras el muro (1a parte)

Por Alfons Carrasco (Mollet del Vallès, Barcelona) de su libro “Cuentos Cortos I”. Con música, sobre la imagen; Dire Straits, “Brothers in arms”

 

Esta es mi historia. Todo el mundo tiene una historia que contar y, si no la tiene, es que aun no la ha vivido. Pero yo soy de la opinión de que todo el mundo tiene cosas buenas que explicar y, por qué no decirlo, también cosas malas, algunas se pueden contar y otras es mejor no contarlas.

Alguien espléndido en su época dijo: “todo lo que se ignora se desprecia”. Yo voy a contar una historia que tal vez podría callarme, tal vez podría silenciarla, pero prefiero decir que, si esta es una de las historias que puedo contar, imaginad las que no puedo contar y que, por ende, será mejor despreciar.

Yo nunca he trabajado hasta la fecha, nunca he tenido un sitio donde ir cada día ni ninguna obligación más que la de contentar a mi estómago y a mi alma, soy lo que se suele decir un buscavidas. Aún hoy en día, todo el mundo me dice que tuve una infancia difícil y eso, quieras o no, te marca para siempre, aunque no es la excusa para contar mi historia, ni mucho menos.

Como buscavidas que soy, mi mejor escuela siempre ha sido la calle, aquí tengo a mis mejores amigos y también, por qué no decirlo, a mis mejores enemigos. Todos compartimos el mismo cielo, las mismas estrellas y vemos el mismo sol cada día.

No sé cómo empezó todo, pero sí sé cuándo fue la primera vez que me ocurrió. Aún hoy se me ponen los pelos de punta y un escalofrío recorre mi cuerpo; lo que se me antojaba como un don especial es hoy mi terrible destino al que me enfrento cada día.

Recuerdo que salí del portal de mi casa a última hora de la tarde, era una época en la que solía dormir de día y deambulaba por la noche, sobre todo en esa época del año, verano. Por eso intentaba que el sol no me calentara la cabeza, me produce jaqueca y me pone de un humor de perros.

Recuerdo como tomé la estrecha calle del casco antiguo de mi ciudad, la cual con una suave pendiente desemboca en la plaza, mi plaza, como yo la llamo; es el primer sitio que me encuentro para rebuscar en los contenedores de basuras algún manjar que llevarme a la boca o, en el peor de los casos, pedir en el restaurante las sobras del día anterior, que últimamente era lo más habitual. Todo el mundo en el barrio me conocía, no era amigo de nadie, sólo conocido de todo el mundo, incluso de la policía, pero esa era otra historia.

Seguí caminando ese atardecer calle arriba en dirección a las ramblas de la ciudad, allí el bullicio de la gente, sobre todo turistas, se notaba incluso a varias callejuelas antes de llegar, ya que la música y los entretenimientos llenaban el ambiente de melodías inconexas y sin sentido que parecían transportarte a otro mundo dentro de la gran ciudad.

Desemboqué justo en medio de la rambla, frente a la tienda de animales donde se arremolinaban los turistas ávidos por observar a los pájaros que con su cantar atraían a toda clase y curiosos. Un grupo de jóvenes contemplaba ensimismados las jaulas de loros, cacatúas y otros animales ‘exóticos’ según rezaba el cartel y en ese instante pude ver mi primer objetivo. Un bolso entreabierto de una de las jóvenes que, absorta por la curiosidad, tenía toda su atención puesta en reír las gracias de un loro al que intentaba entender qué palabras emitía su garganta.

Me acerqué con sigilo, sin llamar la atención y casi sin respirar, deteniéndome justo detrás de ella, deslicé mi hábil brazo por el interior del bolso, y ¡bingo! Palpé algo parecido a un monedero grande con suave tacto y bastante peso; tiré de él intentando no hacer ningún movimiento brusco y una vez fuera, lo introduje rápidamente en la entrepierna de mi pantalón. De repente una mano me agarró fuertemente del hombro, gritando unas palabras ininteligibles para mí:

—¡Fuck! ¡Son of a bitch! —me gritó casi al oído un tipo joven y alto.

—Suéltame, cabrón —me limité a decir efectuando un brusco movimiento.

—¡Thief! !Stop thief! —volvió a gritar, al mismo tiempo que todos salieron de su nube y clavaron sus miradas en mí.

Rápidamente empecé a correr ramblas arriba entre un tumulto de gente que, ajenos a los acontecimientos, miraban atónitos el espectáculo mientras me abrían paso, a duras penas, por mis empujones. Tras de mí, pude ver cómo varios de los jóvenes empezaban a correr gritando todo tipo de insultos que no lograba entender. Crucé una de las calles que descendían hacia el puerto y a esa hora de la tarde, por suerte, los atascos habituales del tráfico hicieron que pudiese pasar sin dificultad entre la marea de coches que se hallaban detenidos a escasos centímetros los unos de otros como si fueran en peregrinación.

Me introduje en uno de los callejones que salpican las ramblas a cada lado, sin fijarme en cuál de ellos, cegado por la tensión del momento y el sudor, junto con el afán de escapar de los jóvenes que cada vez tenía más cerca de mis talones. Ahí maldije la hora en que empecé a fumar y noté cómo me estaba cansando rápidamente, empezándome a faltar el aliento.

Giré a la derecha por la primera bocacalle que encontré y fui a dar con unos containers de basura que desparramaron su contenido en el suelo tras mi violento choque contra ellos, me levanté y a duras penas recorrí varios metros hasta llegar a un pequeño bar que en realidad era un tugurio de mala muerte; entré en él y corrí en paralelo a la pequeña barra hasta el fondo, donde me detuve en seco mirando hacia la puerta.

En unos segundos vi pasar corriendo a mis perseguidores a través de la cristalera de la puerta del bar; mientras recuperaba el aliento, observé las miradas de los allí presentes que se clavaron en mi, justo cuando iba a abrir la boca, la puerta del establecimiento volvió a abrirse; allí estaban los tres perseguidores, jadeando también, cara a cara conmigo y yo enjaulado en una especie de ratonera en la que se había convertido aquel sucio local y sin salida a la vista.

Echaron a correr los tres en mi dirección. En ese momento, el sudor frío empezó a resbalar por mi frente, el corazón inició una veloz carrera consigo mismo y la adrenalina empezó a fluir en mi torrente sanguíneo, mientras mi espalda se pegaba literalmente a la sucia pared. Mi mente deseaba poder traspasar aquella pared con todas mis fuerzas, cuando de repente y para mi asombro me colé literalmente a través de ella, fue como si la pared me hubiera absorbido; durante unos segundos mis ojos no percibieron ningún tipo de luz y se hizo un silencio a mi alrededor, pero esa sensación tan sólo duró unos segundos.

Continuará…

 

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Nunca lo hubiera imaginado: sobre la muerte de John Lennon, su asesino y El guardián entre el centeno

¿ Qué hubiera ocurrido si John Lennon no hubiese muerto trágicamente aquel 8 de diciembre de 1980?. ¿Qué relación tiene el último disco del mítico Lennon, su asesino, Mark D. Chapman, y J.D. Salinger, el excéntrico y huraño autor de El guardián entre el centeno?. ¿Planeaban los Beatles regresar a los escenarios si no hubiera fallecido Lennon?. ¿Era el asesino del Beatle un majara, un iluminado o, quizá, un autómata dirigido por alguien a quien le interesaba el magnicidio?. ¿Era Yoko Ono un impedimento para el posible regreso de la banda de Liverpool?.

Aquel 8 de diciembre, Mark David Chapman decidió acabar con la vida de Lennon, “un auténtico elemento que se atrevía a compararse con Jesucristo, y que incluso no creía en Dios”. ¿Qué tuvo que ver Dios con el crimen del Beatle?.

Ese día, Chapman compartió habitación con una prostituta, a la que despachó tras darle una propina, sin consumar el acto sexual en ningún momento. Luego, de camino al edificio Dakota, en Nueva York, adquirió un nuevo ejemplar, el enésimo, de El guardián entre el centeno y en una tienda de Virgin compró una nueva copia, la enésima, del Doble Fantasy de los Lennon.

Por un momento, Chapman soñó… luego habló el plomo y el sueño terminó mientras miles de niños pequeños jugaban en un gran campo de centeno sin nadie que los cuidara ni vigilara, excepto un adulto, al borde de un profundo precipicio, sin otra misión que agarrar a todo niño que se acercara al abismo. ¡Una locura!

Juan Manuel Escrihuela (Barcelona, 1957), uno de los mayores expertos en España en el fenómeno beatle, desvela en “El sueño ha terminado” (Quarentena Ed.) algunas de las oscuras polémicas que han envuelto la muerte de Lennon: una crónica novelada de literatura, música y crueldad que unió al beatle, Salinger y Chapman.

Os lo recomiendo porque no deja indiferente, tanto si eres o no beatlemaniaco

 

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La bestia parda

¿Por qué escribo?, me preguntaron ayer. “Me gustaría decírtelo, pero no lo sé”, respondí ayer. Y no lo dije para no perder una virginidad que no tengo… Eso fue ayer.

En realidad, escribo para saber lo que me pasa, digo hoy. Me gustaría que me hablaras de ti para darte tu historia, no para apartarte de lo que no te quieras apartar.

Un relato de María del Pino, escritora de Córdoba.

 

La oscuridad del túnel sólo es rota por el sonido que me ha despertado en mitad del traqueteo en el que me hallo. De repente, me percato de que un rugido gutural ha comenzado a sonar a la misma vez que salimos hacia la luz. El basto sonido que pretende engullirme el alma procede de mi espalda. Dudo si mirar o no. Me da miedo ver la cara, o las fauces, de la fiera que dormita tras de mí.

Suspiro, saco fuerzas y volteo lentamente la cabeza. Me sorprendo al contemplar a semejante bestia parda con su enorme boca abierta. No quiero mirar mucho, pero podría decir que la saliva cuelga de su boca como si no le importase mi mirada. Y la verdad es que dudo incluso que lo sepa…
A su lado se encuentra el cuerpo inerte e insonoro de una mujer, cuya cabeza no logro ver. Suspiro y vuelvo la vista al frente, imaginando que la fiera me succiona el cráneo.
Miro a mi lado y veo que mi amor tampoco logra conciliar el sueño. Ambos nos observamos a los ojos durante un buen rato mientras entrelazamos nuestros dedos con más fuerza. Entretanto, el estrepitoso y constante ronquido va en aumento…
«¡Dios mío! ¡Vaya señora! ¡Cómo ronca!», exclamo en mi fuero interno, indignado, en mitad de este autobús de camino a Madrid.
 

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Encontrarás cuervos (ayer, hoy, mañana)

Por Goyo Martínez, de su próximo libro “Encontrarás Cuervos” (título provisional), la segunda parte de “El Espía de Madrid”.

Y clavaré en la puerta de la Iglesia mis ideas, mis sueños, mis pensamientos.

Y que me busque el cura. Le saludaré y le pediré que hable con Dios a propósito de mí, de nosotros.

Y le diré que necesitamos un cura que introduzca en la liturgia la lengua del pueblo.

Y si acaso pone tierra de por medio, horadando una estrecha fractura de cemento por la que deambular, replicaré sus palabras: cómo puede invocar a Dios quién promueve un desastre moral en nombre de un credo que entona como una sordida letanía la vieja cantinela de la ética y las exigencias de la moral.

Y marcharé, dejando mis ideas, mis sueños y mis pensamientos clavados con firmeza en su puerta.

Y a Dios no tendré otro remedio que decirle que le declaro la guerra mientras quienes deben llorar, no lloren y sus lágrimas de sincera y cristiana contrición no se purguen y no laven la mancha inferida.

 

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Vestidos de zombies. III capítulo

Por María del Pino (Córdoba)

(Del segundo capítulo)

El taxista arrugó la nariz, extrañado, y comentó que no había habido ninguna llamada de por allí ni a nadie que él hubiese llevado desde hacía horas. También dijo que no había oído nada de eso. De todos modos, accedió a llevarlos sin decir más, pues una buena pasta se iba a llevar por estar tan lejos de donde se hallaban. Sobre todo siendo de noche y festivo.

Aunque hacía frío, el taxista abrió la ventanilla. Olía demasiado al látex de la cara de Pedro. No obstante, cuando se aproximaron, las cerró con rapidez. Todo estaba demasiado oscuro y olía a podrido.

Al bajar, le pagaron con veinte euros y no esperaron el cambio. Ni ellos, ni el taxista. Su cara era de espanto desde que entraron al polígono…

Relato con música. Jesu Joy of Man’s Desiring.

Tercer capítulo

Fueron a la discoteca, la cual aún estaba un poco más alejada, y vieron la puerta abierta.

–¡Ésta era la sorpresa! ¡Es gratis! –exclamó Manolo muy vivaracho.

Cuando entraron, solamente había dos personas tiradas junto a una botella de cacique, por lo que pensaron que la fiesta se acabó demasiado pronto.

–¿Ya está? –gruñó indignado Manolo.

–Son a penas las doce y media… No creo… Ha debido pasar algo –alegó Pedro pensando más fríamente.

De pronto, se escuchó un estruendoso ruido seguido de un grito demasiado alterado. Los cinco amigos se sobresaltaron y miraron hacia el escenario. El tosco y basto sonido les pareció un fuerte impacto escaleras abajo. Antonio anduvo hacia delante junto a Manolo para mirar mientras Pedro se aproximaba más a la puerta, pensando en las películas de miedo Americanas y que no haría como ellos, por lo que si aparecía un loco con un machete, saldría por patas y por la puerta.

Mientras éste pensaba en ella, por otra que había por el decorado, apareció una joven chica corriendo, con la cabeza ensangrentada. Al verlos, se llevó un buen susto, pero al escuchar que éstos mismos gritaron al verla, se le tiró en brazos a Antonio, apartándolo y empujándolo un poco hacia atrás.

–¿El zombie de estar por casa es el que se la lleva?, –pregunta Manolo con cierta socarronería.

–Sacadme de aquí… –susurró la joven un poco trastornada.

Ésta apenas podía articular palabra. Se encontraba en un shock muy grande debido a algo que rondaba en su cabeza. Mientras la miraban absortos, pues era una morena muy vistosa a pesar de la sangre que le recorría parte del rostro y lo bien cubierta que iba incluso con cuello vuelto, un murmullo les sacó del lugar en el que la mente de cada uno se hallase para ver el quejido de ultratumba que lanzaban los dos cuerpos que había en el suelo.

–¿De qué van estos? –preguntó Manolo al ver la manera tan patosa en la que se incorporaban.

La chica, que al fin se apreció que iba de científica loca seguramente, corrió hacia Pedro gritándoles que corrieran. Éste la detuvo para que no saliese por la puerta.

Los hombres iban disfrazados de vampiro y frankenstein, pero ambos con las vísceras fuera y los cuellos con carne abierta y chorreando borbotones rojo oscuro.

–¡Joder, Pedro! ¡Estos tíos te han dado una paliza con el látex y la imaginación! –rió Manolo y todos le corearon.

–¡Corred! ¡Ya empiezan a despertar! –gritó la chica en brazos del zombie más elegante.

–Tíos, me estáis empezando a dar miedo. Dejaros de tonterías… –el más alegre, revoltoso y peor vestido comenzó a retroceder a la par que los otros se acercaban a él con dificultad al andar y un murmullo cortado.

–Manu, colega, mira el pie del vampiro… –dijo Antonio retrocediendo con cierto pavor.

No solamente él le observó el pié, sino que todos pudieron ver que estaba partido y en unas condiciones nada normales. Iba totalmente doblado y andando, o mejor dicho, cojeando, sobre la propia articulación mientras que la planta iba totalmente girada hacia el lado.

El frankenstein puso su mano encima de Manolo. Éste se la quitó y le dio un puñetazo. Lo tiró al suelo y fanfarroneó, alegando que se lo tenía merecido por la bromita de los
zombies. Sin embargo, el vampiro se le lanzó en lo alto y forcejearon. Incluso intervino Lucas para apartárselo con la ayuda de Antonio. Justamente cuando lo lograban, Manolo exclamó:

–¡Ah! ¡Ah! ¡El jodío me ha mordido!

–¡Son reales! ¡Son reales! –alcanzó a exclamar ella.

–¿Cómo? –corearon al unísono Jaime y Lucas.

Sin pensar si era una broma pesada o no, si había cámaras o no, los cinco junto a la chica corrieron hacia la puerta. Allí, para su sorpresa, había otro, pero Pedro lo apartó de un sillazo en toda la cara.

Salieron fuera y miraron hacia todas las direcciones habidas y por haber. A lo lejos, siluetas medio arrastras o con paso desgarbado se aproximaban a ellos mientras los de dentro salían.

Pedro no soltaba su improvisada arma que había encontrado cerca de la puerta, donde se ponen los porteros. Ésta, al ser como un taburete, pero alargada y de hierro, le parecía fácil de coger por las patas.

–¿Qué coña es ésta? –preguntó Jaime.

–¡Vayamos al tanatorio! –dijo ella.

–Sí, claro… –Manolo enarcó una ceja mirándose el antebrazo mordido.

–Yo no voy de científica loca, lo soy y allí están mis colegas –argumentó.

–Hay más locos de estos por allí… –señaló Lucas.

–Nos huelen, estamos en plena intemperie, y encima, dos heridos… –expuso ella.

–¡Me cago en…! ¡Vayamos ya! –exclamó Pedro, atizándole al del suelo, que parecía no redimirse a los golpes.

Todos corrieron salteando algún que otro muerto viviente que había por ahí desperdigado.

Por el camino, ella les contó que, Alexander Petrov, dueño de una importante clínica farmacéutica Rusa, había descubierto un nuevo eslabón en la genética de ADN humano. Uno que se encontraba como si fuese una fisura en la cadena. Ellos sabían que algo de eso estudiaron en biología, pero ninguno se acordaba de otra cosa que no fuese un dibujo de dos tiras enrollándose con palitos en medio.

La cuestión era que si rellenaban esa fisura, conseguirían la inmortalidad en los vivos y la resurrección en los muertos, devolviéndoles ya no la vida, sino la eternidad si no los mataban destrozándoles el cuerpo. Lo malo es que por un descuido, dos de esas bombonas de gas, donde tenían la fuente de la vida eterna, mutaron.

Cuando iban corriendo a mitad de camino, vieron que cada vez había más, por lo que se acercaron a una gran nave y apreciaron que se encontraba cerrada.

–Si está cerrada quiere decir que no hay nadie dentro, ni zombies –dijo Lucas.

Continuará…

 

 

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