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Archivo de la etiqueta: novelas por entregas

Historia de un profesor -no cualquiera- / 4º capítulo (la pesadilla)

Una novela por entregas de Elizabeth Vargas, San Juan de Puerto Rico. Con música, “Jesu Joy of Man’s Desiring”

 

Uno de los días más tristes de su vida llegaba al final y con él se iban todas sus ilusiones, sus sueños y metas, allí había enterrado su gran amor.  Ni los títulos universitarios, los reconocimientos recibidos, ni siquiera el apoyo de sus más cercanos amigos y familiares podrían apaciguar el dolor de sus entrañas.  No tenía aliento, los latidos de su corazón se habían paralizado con el sonar de la caja que fue bajada lentamente en el pantión.  De momento, se cerró la foza, su cuerpo se extremeció y sus pensamientos levitaban.

La familia quería acompañarlo, pero pidió un espacio.  Esteban Barrientos, el hombre, el que tenía emociones y sentimientos, quería estar solo para poder pasar el trago amargo de perder a la que fue su mayor inspiración.  Decidió caminar y caminar en aquel parque donde tantas veces se sentó a conversar con Laura. ¡Era una pesadilla! Solamente quería despertar de aquel horrible sueño y tenerla nuevamente en sus brazos.

Cerró sus ojos y la contemplaba dando vueltas frente a él, riendo a carcajadas como solía hacerlo mientras paseaban.  Ni siquiera el cáncer terminal pudo arrancarle el deseo de vivir, la sonrisa de sus labios, eso era todo lo que le quedaba en ese momento, los bellos recuerdos.  Dormir le haría bien, pero no quería despertar, una parte de su alma se había desprendido, no sabía si podría regresar al apartamento.  El pensar que tendría que dormir en la cama donde, hacía dos días, el cuerpo frío de Laura yacía entre sus brazos le producía desesperación.

Esa noche, no quiso regresar, no tenía sueño, de todos modos lo que vivía era una pesadilla que no sabía manejar.

[Continuará…]

 

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Tras el muro / 3r capítulo

Una novela por entregas de Alfons Carrasco (Mollet del Vallès, Barcelona)

Tras el muro, 1r capítulo
Tras el muro, 2 capítulo

Con música de Angelo Badalamenti

 

Ismael, el tío que llevaba el bar, era una persona de mediana edad, estaba de vuelta de todo y llevaba unos enormes tatuajes en sus brazos que, según me había dicho en alguna ocasión, se hizo tras su paso por algunas prisiones por asuntos menores de trapicheo con drogas. Me senté en una de las pocas mesas libres que había en el rincón, desde ese lugar podía contemplar todo el local y me resultaba divertido ver las conversaciones de la gente aunque no las pudiera escuchar; el cómo gesticulaba la gente o el cómo reían daban vida a aquel lugar, pensaba yo.

No llevaba ni diez minutos y saboreaba la jarra de medio con cerveza que Ismael me había traído, cuando vi entrar en el bar a dos amigos o, mejor dicho, conocidos. Eran Rodolfo y Manuel, los conocí en la época en que compartimos celda en la trena durante dos semanas, hasta que a mí me absolvieron de un pequeño hurto por falta de pruebas y, en gran parte, gracias a mi amigo Ricardo, un abogado que como siempre digo, es mejor tener a tu lado que frente a ti.

Si yo era un buscavidas, ellos dos eran profesionales de este mundillo, ladrones de poca monta, según los tiene clasificados la policía, aunque con buenas ideas. Son el contrapunto el uno del otro, Rodolfo es alto, bastante fuerte y con cara de pocos amigos, aunque es un bonachón, y Manuel es bajito, no pasa del metro sesenta, siempre va bien vestido, tiene gusto por la ropa y es el cerebro del equipo, sólo que ese equipo nunca ha funcionado.

—Vaya, vaya —dijo Rodolfo—. Mira a qué ‘hijoputa’ tenemos aquí —dijo en tono burlón dirigiéndose a Manuel.

—Pero si es nuestro amigo Toni —dijo Manuel—, el que nos va a pagar un par de jarritas.

—¿Los conozco, caballeros? —dije en toco jocoso al tiempo que estrechaba la mano a Rodolfo.

—¿Cómo estás cabroncete? —preguntó Manuel.

—Pues ya ves, como siempre. Y vosotros, ¿aún sois novios? —dije con sarcasmo evidente.

—Sí, somos novios, nos seguimos tirando los dos a la misma tía —dijo inteligentemente Manuel.

—¿Qué es de tu vida, cabrón? —me preguntó Rodolfo.

—Pues trapicheando, durmiendo de día y corriendo de noche. Viviendo, que se suele decir —dije.

—Eso está bien, amigo, eso está bien. Estamos preparando un trabajillo, y buscamos a alguien, ¿no conocerás a nadie por ahí? —dijo Manuel sabiendo que ese alguien se refería a mí.

—Depende del trabajillo, podría encontrar a un amigo de confianza, pero ya sabéis la filosofía de mi amigo: poco curro, bien pagado y sin riesgo —dije mirando a ambos con una sonrisa.

—Vaya, en ese caso le tendrías que decir a tu amigo que jugase a la primitiva —dijo Rodolfo mientras daba un sorbo a la jarra de cerveza.

—Eso hace de momento, pero no tiene mucha suerte últimamente —dije—. Pero, si queréis, os doy mi punto de vista sobre el trabajo.

—Hace algún tiempo que estamos siguiendo a un tipo. Un banquero de la ciudad al que le sale el dinero por las orejas al ‘hijoputa’ —dijo Manuel hablando en voz baja, por motivos obvios.

—¿Y queréis montar un secuestro? Estáis locos o peor de lo que creía —dije rápidamente.

—No, no capullo. No vamos a secuestrar a nadie —dijo Manuel rápidamente.

—Ya sabéis que mi amigo pasa de violencia y delitos de sangre, eso son marrones muy grandes para él —dije reclinándome sobre el respaldo de mi silla.

—Escúchanos, no vamos a secuestrar a nadie ni hacer daño a nadie —dijo Manuel, mientras me invitaba a acercarme a la mesa—. Este tío trabaja como director de una sucursal y, paralelamente, está metido hasta el cuello con Los Colombis, es el encargado de blanquear el dinero de la droga y el contrabando.

—¿Con Los Colombis? —dije asombrado. Era una banda muy conocida en la ciudad por su brutalidad y sus numerosos asesinatos. Una organización dedicada al mundo de la droga a gran escala, trata de blancas, asesinatos por encargo y todo tipo de trabajos sucios.

—Esos os van a pegar cuatro tiros y después preguntarán quién coño erais. —sentencié

—No, no. Lo que vamos a hacer es muy simple, amigo mío, muy simple —dijo Manuel, tomando la voz cantante—. Mira, sabemos que ese tipo está deseando salir de esa organización y sabemos que ni él ni nadie conoce realmente al jefe de la organización en nuestro país. El plan es sencillo, nos presentaremos en su casa, nos hacemos pasar por el jefe de esa organización y, a cambio de dinero, le diremos que ya está fuera y que se vaya de la ciudad para que no volvamos a verlo. ¿Qué te parece?

—Complicado, ¿cómo os vais a hacer pasar por el jefe de la organización? —el plan era bueno, muy bueno me pareció, pero no podía decírsel abiertamente, además había puntos que no veía claros.

—Porque yo me haré pasar por el jefe y vosotros dos seréis mis dos guardaespaldas —dijo Rodolfo.

—Entiendo y le decimos que ya está fuera del club y le rompéis el carné de socio de la organización, así de fácil, ¿no? —dije con una sonrisa —Piensa un poco, capullo —me dijo Manuel—. Él no sabe quién es el jefe, ¿por qué no va a creerse que es Rodolfo?

—¿Y eso cómo lo sabéis? —pregunté.

—Porque cuando estuvimos los dos años en el trullo, que coincidimos contigo, estuvimos con dos componentes de la banda y uno era su lugarteniente. Se llama Cobos y, tal como nos dijo, él siempre suplantaba a su jefe, que se llama Jacob; nadie prácticamente conoce al jefe de esa banda —dijo nuevamente Manuel, que llevaba la voz cantante.

—Joder tíos, que las cosas no son tan fáciles —dije intentando buscar alguna contradicción al plan.

—Supongamos que nos presentamos en su casa —dije —, y el tío conoce al gran jefe de Los Colombis. Entonces ¿qué hacemos, improvisamos, le decimos que nos hemos equivocado de dirección? —dije con rostro serio.

—Que no lo conoce joder, nadie lo conoce. ¡Hazme caso! —dijo Manuel—. Estuvimos dos años con aquellos tipos en la trena, al final parecíamos sus confesores y Cobos nos aseguró que él solía hacer las visitas y lo supervisaba todo en nombre del gran jefe. Incluso nos habló de este banquero en la cárcel, un tío que quería hacer dinero rápidamente sin importarle el cómo, y de ahí surgió nuestra idea. Suplantar la identidad de Jacob, cobrarle una pasta al banquero de los cojones y largarnos tal como habíamos venido. Sin un tiro, sin un rasguño, todo limpio.

—Vamos hombre, es seguro y será el ultimo golpe —dijo Rodolfo—. Luego nos largamos con la pasta y aquí paz y después gloria.

Continuará…

 

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Historia de un profesor -no cualquiera- / 3r capítulo (el brillo de sus ojos)

Por Elizabeth Vargas, San Juan de Puerto Rico

Amante de la literatura, 1a parte
Cada letra en sus sueños, 2a parte

 

Las semanas fueron eternas, pero ya estaba de vuelta.

¿Habría leído el poema? ¿Le habrá conmovido? ¿Sentiría lo que le quería transmitir?

Xiomara navegaba entre un mar de preguntas sin respuestas, mientras aguardaba la llegada del profesor Barrientos. Su ausencia esos días todavía era un misterio.  Faltaban 10 minutos para iniciar la clase, su mentor debía estar por llegar y ella no podía esperar un segundo más para verlo y confirmar que estaba bien.  Como una niña enamorada sabía que la magia de escucharlo en clases volvería a su corazón.

Sin embargo, ese día no fue como los demás.  El profesor Barrientos llegó callado, con la mirada pérdida en el horizonte, no tenía el brillo de sus ojos. Hizo su mayor esfuerzo por impartir el curso y cumplir con su responsabilidad, pero le faltaba la pasión que le caracterizaba.

Cada estudiante tuvo la oportunidad de ir al frente y leer su poema.  Barrientos hizo un pequeño análisis de las inspiraciones de sus alumnos y permitió que los demás también compartieran sus impresiones. Xiomara estaba ansiosa porque llegara su turno. Lo que dijeran sus compañeros no le preocupaba, solamente quería ver la reacción del profesor al escuchar su poesía. Una fuerte emoción la invadía y a la vez sentía una tristeza muy profunda.  Era como si su alma se hubiera conectado a la de Barrientos y estuviera sintiendo el dolor que reflejaba en su mirada.

-Xiomara es su turno – dijo el profesor mientras miraba el reloj.

Mi poema se llama: Sólo sueño

“…Ya no quiero despertar

Si a tu lado no voy a estar

Prefiero delirar

No me niegues la oportunidad

Déjame soñar”.

El tono de la lectura se volvió más intenso, al finalizar su poema Xiomara había transmitido toda la pasión que experimentó al escribir esas letras. El profesor Barrientos se paralizó, respiró profundo y se dirigió a la clase.

-Terminamos por hoy, en la próxima clase evaluamos el poema de Xiomara.

Todos estaban sorpendidos, los ojos del profesor estaban llenos de lágrimas. Los estudiantes salieron aún conmovidos por la escena. El salón se vació. En medio del silencio Barrientos se desplomó, comenzó a sollozar, un grito desgarrador se podía escuchar en los pasillos de la Universidad. Xiomara permanecía fuera justo al lado de la puerta. Estaba consternada por lo que sus oidos escuchaban y su alma se deshizo con el llanto de su amor platónico.

[Continuará…]

 

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Tras el muro / 2º capítulo

Tras el muro, de Alfons Carrasco, 2º capítulo

1r capítulo

Fui a dar a una habitación contigua, cayendo sobre una tullida cama que había pegada a la pared. Quedé un momento aturdido, no sabía qué había pasado ni cómo había pasado, pero lo cierto es que ya no estaba en el tugurio de antes, estaba en otro lugar; ni rastro de mis perseguidores ni del local atestado de gente en el que acababa de entrar. Me eché las manos a la cara, intenté pensar un momento:

—¿Qué coño me ha pasado, he atravesado la pared? Pero, ¿dónde cojones estoy? —me dije a mí mismo con una cara de incredulidad que, imagino, tenía en esos momentos.

No tenía tiempo para pararme a pensar, por lo que me levanté de aquella extraña cama y me acerqué hacia la puerta de la habitación. No se veía ni escuchaba ningún sonido, por lo que pensé que no había nadie en aquella casa; anduve a través de un pequeño pasillo, atravesando algunas habitaciones que había a ambos lados y llegué a un pequeño comedor. Por suerte, aquella casa estaba vacía en esos momentos, así que me dirigí rápidamente hacia la puerta de la calle e intenté abrir, pero, como imaginaba, estaba cerrada. Deduje que sus moradores habían salido y, como es lógico, la puerta estaba cerrada con la llave. Miré una de las ventanas que daban a la calle, pero al ser una planta baja, a pie de calle, había una reja que impedía mi salida. El nerviosismo empezaba a apoderarse de mí, notaba que el sudor me invadía nuevamente y se me aceleraba el pulso. Tenía que pensar; miré a mi alrededor y vi una escalera que subía al piso superior, entonces deduje que allí cualquier ventana o balcón me serían útiles para salir.

Me dirigí a una de las habitaciones, en ella había una gran cama de matrimonio flanqueada por dos mesitas de noche y un gran armario, me dirigí hacia la ventana y la abrí tras retirar unas pequeñas cortinas; miré hacia el exterior, daba a otra calle menos concurrida que la anterior, pero no veía ningún elemento al que agarrarme y por el que iniciar el descenso, pese a ello y sin pensármelo dos veces, me descolgué por la ventana y sujetándome con una mano me dejé caer hasta el suelo. Caí de pie contra el duro suelo embaldosado y un tremendo dolor me subió por la pierna, hizo que perdiera el equilibrio y caí rodando por la acera; me detuve en seco golpeándome con una de las farolas que a lado y lado iluminan la calle a esas horas en las que ya anochecía. Sin moverme empecé a notar un dolor en las plantas de los pies debido al fuerte impacto. A los pocos segundos todo empezaba a volver a la normalidad y el dolor de la pierna y la planta de los pies empezó a menguar significativamente. Miré hacia arriba y vi que la altura no era tanta, vista desde el suelo, pero lo que era cierto es que ya no tenía edad para esas cosas.

Magullado y con algo de dolor en las piernas, me puse en pie y comencé a caminar calle arriba, no había ni rastro de mis perseguidores que, imagino, aún estarían con la boca abierta y no era para menos. Aún notaba el paquete en mi entrepierna, era una suerte que con todas las carreras no se me hubiera caído. Lo abrí mientras andaba por la calle, era un monedero de color verdoso bastante grande, con varios compartimentos. Únicamente me interesaba el dinero, lo demás, como solía hacer habitualmente, lo tiraba en un cubo de basura o sencillamente lo dejaba en cualquier lugar en el suelo, para que, si alguien lo encontraba, pudiera devolverlo si quería a su dueño, aunque esto último me preocupaba poco. Estaba de suerte, en el interior había algo más de trescientos pavos, con lo que tenía asegurada la cena durante algunos días.

De nuevo me vino a la mente la pared que había atravesado aquel atardecer, aún no sabía qué es lo que había ocurrido, pero lo que recuerdo es que había atravesado la pared, pero ¿cómo? Lo más lógico era pensar que algún tipo de malformación de la pared había facilitado mi paso a la otra habitación, aunque hice una prueba; me acerqué a la pared de la calle por la que subía en dirección a la zona de bares de la ciudad y con mucho cuidado, puse la mano en ella. Nada, la pared estaba fría; noté el rugoso tacto de los tochos de obra vista de la pared sobre mi mano; sin duda no podía traspasarla, ni mucho menos.

Me dirigí al bar Scorpions, allí solía pasar las horas y, a veces, las noches enteras charlando con amigos y conocidos que, como yo, vivían la vida sin más preocupaciones; aunque esa era una noche especial, tenía algo de dinero en el bolsillo. El bar se encontraba en la primera esquina justo al dejar la gran plaza central; era un lugar divertido en el que la gente se dejaba caer de tanto en tanto y tomaba unas copas dejando las preocupaciones en la puerta, al menos eso parecía a juzgar por el ambiente que siempre reinaba.

Continuará…

 

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Cada letra en sus sueños (Historia de un profesor no cualquiera) -2a parte-

Segunda parte del cuento Historia de un profesor no cualquiera, de Elizabeth Vargas (San Juan de Puerto Rico). Con música en la imagen.

libreta-de-poema

 

Mil ideas cruzaban por la mente de Xiomara.

¿Qué pasaría con el profesor? ¿Estaría bien?

De momento, sus pensamientos volaron y se imaginaba terminando la clase y compartiendo con el profesor Barriento una de sus inspiraciones.

– Jóvenes – interrumpió uno de los funcionarios de la Universidad – el profesor Barrientos tuvo una situación personal que no le permitirá asistir a clases esta semana.  Nos indicó que le envíen por correo electrónico el resumen de la novela y que trabajen un poema de su autoría para la próxima clase.

La angustia se apoderó de Xiomara al no saber lo que realmente le pasaba a su mentor.  Esa tarde le dejó un sabor agridulce.  Por un lado pensaba en mil y una opciones de lo que le había sucedido al profesor. Pero también, imaginaba la próxima clase en la que su sueño se haría realidad. Podría entregar uno de sus poemas y que Barrientos le diera su crítica; mas en lo profundo lo que quería era transmitirle lo que sentía cada vez que pensaba en él.

Buscó rápidamente su libreta de poemas y evalúo cada uno de los escritos para encontrar el apropiado.

– ¡Este es, lo encontré! – gritó su corazón y en su mente pronunciaba cada palabra que plasmaba un sentimiento extraño que aún no podía descifrar:

Solo sueño

Déjame soñar

Que tus manos me acarician

Que tus labios me besan

Que tu cuerpo me entregas

Déjame soñar.

Porque en sueños puedo amarte

Sin miedos ni reproches

Desvestir el cuerpo y el alma

Una y mil noches.

Déjame soñar

Hasta que la pasión me consuma

Y la luna que desnuda

El rincón de nuestro encuentro

Penetre en  tu corazón y se produzca la entrega.

Déjame soñar

Porque solo así puedo conquistar

Cada espacio de tu ser

Amarte hasta saciar

Y apaciguar esta sed.

Déjame soñar

Ya no quiero despertar

Si a tu lado no voy a estar

Prefiero delirar

No me niegues la oportunidad

Déjame soñar.

Xiomara tendría que aguantar con la incertidumbre una semana. El tiempo se detuvo para ella. Sus emociones se confundían dentro de sí, su alma divagaba en medio de la eternidad, salió a pasear y no tenía pasaje de regreso, había que aguardar la llegada del hombre que sentía amar en sus sueños.

Continuará…

 

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Tras el muro (1a parte)

Por Alfons Carrasco (Mollet del Vallès, Barcelona) de su libro “Cuentos Cortos I”. Con música, sobre la imagen; Dire Straits, “Brothers in arms”

 

Esta es mi historia. Todo el mundo tiene una historia que contar y, si no la tiene, es que aun no la ha vivido. Pero yo soy de la opinión de que todo el mundo tiene cosas buenas que explicar y, por qué no decirlo, también cosas malas, algunas se pueden contar y otras es mejor no contarlas.

Alguien espléndido en su época dijo: “todo lo que se ignora se desprecia”. Yo voy a contar una historia que tal vez podría callarme, tal vez podría silenciarla, pero prefiero decir que, si esta es una de las historias que puedo contar, imaginad las que no puedo contar y que, por ende, será mejor despreciar.

Yo nunca he trabajado hasta la fecha, nunca he tenido un sitio donde ir cada día ni ninguna obligación más que la de contentar a mi estómago y a mi alma, soy lo que se suele decir un buscavidas. Aún hoy en día, todo el mundo me dice que tuve una infancia difícil y eso, quieras o no, te marca para siempre, aunque no es la excusa para contar mi historia, ni mucho menos.

Como buscavidas que soy, mi mejor escuela siempre ha sido la calle, aquí tengo a mis mejores amigos y también, por qué no decirlo, a mis mejores enemigos. Todos compartimos el mismo cielo, las mismas estrellas y vemos el mismo sol cada día.

No sé cómo empezó todo, pero sí sé cuándo fue la primera vez que me ocurrió. Aún hoy se me ponen los pelos de punta y un escalofrío recorre mi cuerpo; lo que se me antojaba como un don especial es hoy mi terrible destino al que me enfrento cada día.

Recuerdo que salí del portal de mi casa a última hora de la tarde, era una época en la que solía dormir de día y deambulaba por la noche, sobre todo en esa época del año, verano. Por eso intentaba que el sol no me calentara la cabeza, me produce jaqueca y me pone de un humor de perros.

Recuerdo como tomé la estrecha calle del casco antiguo de mi ciudad, la cual con una suave pendiente desemboca en la plaza, mi plaza, como yo la llamo; es el primer sitio que me encuentro para rebuscar en los contenedores de basuras algún manjar que llevarme a la boca o, en el peor de los casos, pedir en el restaurante las sobras del día anterior, que últimamente era lo más habitual. Todo el mundo en el barrio me conocía, no era amigo de nadie, sólo conocido de todo el mundo, incluso de la policía, pero esa era otra historia.

Seguí caminando ese atardecer calle arriba en dirección a las ramblas de la ciudad, allí el bullicio de la gente, sobre todo turistas, se notaba incluso a varias callejuelas antes de llegar, ya que la música y los entretenimientos llenaban el ambiente de melodías inconexas y sin sentido que parecían transportarte a otro mundo dentro de la gran ciudad.

Desemboqué justo en medio de la rambla, frente a la tienda de animales donde se arremolinaban los turistas ávidos por observar a los pájaros que con su cantar atraían a toda clase y curiosos. Un grupo de jóvenes contemplaba ensimismados las jaulas de loros, cacatúas y otros animales ‘exóticos’ según rezaba el cartel y en ese instante pude ver mi primer objetivo. Un bolso entreabierto de una de las jóvenes que, absorta por la curiosidad, tenía toda su atención puesta en reír las gracias de un loro al que intentaba entender qué palabras emitía su garganta.

Me acerqué con sigilo, sin llamar la atención y casi sin respirar, deteniéndome justo detrás de ella, deslicé mi hábil brazo por el interior del bolso, y ¡bingo! Palpé algo parecido a un monedero grande con suave tacto y bastante peso; tiré de él intentando no hacer ningún movimiento brusco y una vez fuera, lo introduje rápidamente en la entrepierna de mi pantalón. De repente una mano me agarró fuertemente del hombro, gritando unas palabras ininteligibles para mí:

—¡Fuck! ¡Son of a bitch! —me gritó casi al oído un tipo joven y alto.

—Suéltame, cabrón —me limité a decir efectuando un brusco movimiento.

—¡Thief! !Stop thief! —volvió a gritar, al mismo tiempo que todos salieron de su nube y clavaron sus miradas en mí.

Rápidamente empecé a correr ramblas arriba entre un tumulto de gente que, ajenos a los acontecimientos, miraban atónitos el espectáculo mientras me abrían paso, a duras penas, por mis empujones. Tras de mí, pude ver cómo varios de los jóvenes empezaban a correr gritando todo tipo de insultos que no lograba entender. Crucé una de las calles que descendían hacia el puerto y a esa hora de la tarde, por suerte, los atascos habituales del tráfico hicieron que pudiese pasar sin dificultad entre la marea de coches que se hallaban detenidos a escasos centímetros los unos de otros como si fueran en peregrinación.

Me introduje en uno de los callejones que salpican las ramblas a cada lado, sin fijarme en cuál de ellos, cegado por la tensión del momento y el sudor, junto con el afán de escapar de los jóvenes que cada vez tenía más cerca de mis talones. Ahí maldije la hora en que empecé a fumar y noté cómo me estaba cansando rápidamente, empezándome a faltar el aliento.

Giré a la derecha por la primera bocacalle que encontré y fui a dar con unos containers de basura que desparramaron su contenido en el suelo tras mi violento choque contra ellos, me levanté y a duras penas recorrí varios metros hasta llegar a un pequeño bar que en realidad era un tugurio de mala muerte; entré en él y corrí en paralelo a la pequeña barra hasta el fondo, donde me detuve en seco mirando hacia la puerta.

En unos segundos vi pasar corriendo a mis perseguidores a través de la cristalera de la puerta del bar; mientras recuperaba el aliento, observé las miradas de los allí presentes que se clavaron en mi, justo cuando iba a abrir la boca, la puerta del establecimiento volvió a abrirse; allí estaban los tres perseguidores, jadeando también, cara a cara conmigo y yo enjaulado en una especie de ratonera en la que se había convertido aquel sucio local y sin salida a la vista.

Echaron a correr los tres en mi dirección. En ese momento, el sudor frío empezó a resbalar por mi frente, el corazón inició una veloz carrera consigo mismo y la adrenalina empezó a fluir en mi torrente sanguíneo, mientras mi espalda se pegaba literalmente a la sucia pared. Mi mente deseaba poder traspasar aquella pared con todas mis fuerzas, cuando de repente y para mi asombro me colé literalmente a través de ella, fue como si la pared me hubiera absorbido; durante unos segundos mis ojos no percibieron ningún tipo de luz y se hizo un silencio a mi alrededor, pero esa sensación tan sólo duró unos segundos.

Continuará…

 

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Historia de un profesor (no cualquiera) / 1a parte (Amante de la literatura)

Por Elizabeth Vargas, San Juan de Puerto Rico.

Amante de la literatura (1a parte)

(con música)

El salón aún estaba vacío y algo frío.  Llegó temprano, como de costumbre, para poder sentarse en primera fila.  Necesitaba estar en un asiento privilegiado para aprender de literatura, pero más todavía para disfrutar de cada palabra que pronunciaba el profesor Esteban Barrientos. Ese hombre alto, serio con una mirada profunda y muy atractivo, que tenía unos 37 años de edad. Su pasión por la literatura lo llevó a hacer un doctorado en Letras, que obtuvo en la Universidad de Murcia.

A ella le llamaba la atención que era bien profesional, mantenía distancia y respeto con sus estudiantes.  Además, transmitía gran pasión por la materia que enseñaba. Sin embargo, su vida personal era todo un misterio.

El curso del profesor Barrientos siempre estaba lleno, se había convertido en un reto para muchos estudiantes de filosofía y letras.  Aunque sus padres hubiesen querido que fuera médico o abogado, el amor y la pasión por la palabra escrita pudieron más que toda la presión familiar y allí estaba en la Universidad de Salamanca, impartiendo el pan de la enseñanza.

Xiomara González tenía 18 años, era una joven común con gustos concernientes a su edad por lo que jamás imaginó que un curso de literatura fuera tan importante en su vida. Cada clase se había transformado en el alimento que llenaba su alma.  Ahora sus días tenían un significado distinto, especial y estaban colmados de mucha ilusión.  No podía creer que relatos como los discutidos en clase la llevaran a soñar.

Ya en el salón, se acomodó en aquella silla que tenía parecía tener su nombre, ese espacio donde su alma podía transportarse a los espacios más lejanos del universo.  Sus pensamientos comenzaban a volar, pensaba que tenía a su mentor de frente y lo escuchaba leer los cuentos y las novelas con una pasión indescriptible. Xiomara hizo su asignación y estaba lista para desbordar todo lo que le inspiraba ese último texto que les había encomendado leer.  Ella era una excelente estudiante, pero en esa clase participaba con algo de timidez.

De momento, entraron los alumnos.  Miró su reloj con ojos de tristeza, los minutos pasaban muy lentamente y el profesor no llegaba.  Él era puntual y muy responsable con su clase, por lo que una angustia se apoderó de su ser.  No era posible que ese día le faltara el nutriente a su corazón.

Continuará…

 
 

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