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Historias de una pequeña gran historia

La idea de perder tanto control sobre la felicidad es insoportable. En las huellas de mi rostro, a veces marchito y ajado, más de las debidas, y sólo disimulado por la máscara de una juventud tardía, o de una madurez  apremiante, el viejo de la imprenta interpreta mi carga. Al igual que las alas tienen un peso, esa carga es un peso que noto sobre la espalda, sobre el alma. Trato de que esa misma carga me levante; la carga que me haga volar.

En el camino de la sierpe, el camino de siempre, como la vida misma, el viejo pisó mi sombra, proyección de mi oscuridad, mientras me armaba para desafiar a la adversidad y enfrentarme al enemigo sin temor. El enemigo era yo mismo.

– ¡ Henos aquí, mi joven amigo !, igual que en las pequeñas grandes historias, las que realmente importan, llenas de oscuridad y peligros constantes.

No sabía si quería conocer el final del capítulo, porque ¿cómo iba a acabar bien? ¿Cómo volvería el mundo a ser lo que era después del sufrimiento?

El viejo se detuvo y aplastó mi sombra, y con ello agrietó la oscuridad.

– Todo es pasajero. Como esta sombra, incluso la oscuridad se acaba, para dar paso a un nuevo día.

– ¡ Hoy como ayer, mañana como hoy ! – espeté.

Me hizo alzar la vista.

– ¿ Brilla el sol ? – preguntó.

– ¡ Más radiente que nunca ! – respondí, casi gritando.

– Esa es la historia, tu historia, la que llena el corazón. Son las que tienen sentido, aún cuando eres demasiado joven para entenderlas – dijo con lógica absurdidad -.

Me aparté a la izquierda para liberar mi sombra, que ahora se proyectaba sobre la del viejo.

– Creo que lo entiendo. Ahora lo entiendo, querido viejo. Somos los protagonistas de esas historias que se rendirían si quisieran. Pero no lo hacen, siguen adelante, porque debemos luchar por algo.

– Debes aprender amigo mío que las derrotas también tienen una dignidad que la victoria no conoce. Puede que no tengamos que ser felices, puede que la gratitud no tenga nada que ver con la alegría, puede que ser agradecido signifique estar contento con lo que tienes, apreciar las victorias, admirar la lucha que implica seguir viviendo. Quizás estamos agradecidos por lo que nos resulta familiar y puede que por las cosas que no sabremos nunca. Al final del día el simple hecho de tener el valor de no derrumbarnos, es suficiente motivo para celebrarlo.

Seguimos caminando… mi sombra me precedía, ¡ libre !.

El Café Romantic presenta un breve relato, un diálogo virtual e imaginario entre un servidor y el excelente escritor coruñés Luis Anguita Juega, a partir de los principales elementos de la trama de su novela “Donde está tu destino” y que nos habla de las historias que hay detrás de cada uno de nosotros, de los sueños, de la desazón y de la esperanza…

Imagen con música: May it be, Enya

Luis: Cada vida tiene una historia.

El Café Romantic (CR): Algunas historias abren la puerta para algo más.

Luis: Un joven sin pasado, un futuro sin destino.

CR: El destino no podía hallarle dos veces.

Luis: Un marinero solitario.

CR: Un marinero del mundo con ruta para todos los puertos.

Luis: Una amistad.

CR: Los amigos son un raro lujo en estos tiempos.

Luis: Una muchacha que no está dispuesta a renunciar a sus sueños.

CR: No hay certezas cuando se habla de sueños, algunos se logran, pero otros tantos chisporrotean y mueren. Cuando eso sucede es tentador preguntarse por qué uno ha soñado alguna vez en la vida.

Luis: Una mirada grabada en la mente.

CR: Siempre abierta de mente y corazón.

Luis: Un destino caprichoso que provoca un encuentro cuando ya no hay esperanza.

CR: Me pinto los ojos con las chiribitas de la ilusión y la esperanza para regalar encajadas cómplices y abrazos fraternales.

Luis: Un viejo médico que se revela ante una injusticia.

CR: Emociones extremas y amores contrariados. Pobres y míseros. Arriba y abajo. Y más abajo aún. Injusticia. Desamor. Homosexualidad reprimida.

Luis: Un adolescente que ama la medicina.

CR: Los huesos se rompen, los órganos estallan, la carne se desgarra. Podemos coser la carne, reparar el daño, calmar el dolor. Pero cuando la vida se desmorona… Cuando nosotros nos desmoronamos… no hay ciencia, ni reglas exactas. Tan sólo tenemos que dejarnos sentir así. Y para un cirujano, no hay nada peor ni mejor que eso.

Luis: Una historia donde nadie está dispuesto a renunciar a sus sueños.

CR: Sólo al soñar tenemos libertad, siempre fue así; y siempre así será.

Ilustración de la novela de Luis Anguita, “Donde está tu destino”

 

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Memorias de una pulga, VSXXI. (3a parte)

Por Marbella Martínez (Monterrey, México)

De la segunda parte

— ¡Dios santo! ¡Me voy a venir! —exclamó el sacerdote al tiempo que con los labios entreabiertos y los ojos vidriosos lanzaba una última mirada a su inocente víctima. Después se estremeció profundamente y entre lamentos y entrecortados gritos histéricos, su potente miembro por efecto de la provocación de la jovencita, comenzó a expeler torrentes de espeso y viscoso fluido.

– ¡Madre santa! — Exclamó Bella tosiendo varias veces. Esto solo lo había visto en los videos para adultos; pero jamás me imaginé que yo iba a hacerlo.

Pasado un rato, el robusto sacerdote se incorporaba poniendo una de sus manos en el hombro de Bella mientras con la otra empuñaba su todavía excitado miembro con el que hacía libidinosas caricias en los desnudos senos de la jovencita, la cual con su acostumbrada sensualidad para hablar le susurró en voz baja palabras de invitación al dialogo, observando, al hacerlo el efecto que causaban en el respetable miembro del padre Ambrosio, que de nuevo adquiría la acostumbrada rigidez con la que empezó la contienda.

— ¡Padre!… ¡Padrecito!… ¿Puedo considerarme por fin perdonada?… ¿Estoy libre de castigos?… o… ¿hay alguna otra cosa que quiera que yo haga?

Un relato con música. Close to me.

 

Tercera parte (el Café Romantic advierte del alto contenido erótico de este relato, no apto para menores)

Era evidente lo mucho que la hermosura de la joven Bella, así como la inocencia e ingenuidad de su carácter excitaban al ya de por sí sensual sacerdote. Saberse triunfador de tener entre sus manos a esa tierna y sensual chiquilla, absolutamente impotente y temerosa, la delicadeza, sensualidad y refinamiento de la muchacha, todo ello conspiraba al máximo para despertar sus licenciosos instintos y sus degenerados deseos. Era suya, suya para gozarla a voluntad, suya para satisfacer cualquier capricho de su insensata lujuria Tras las acciones consumadas, esta vez la dulce chiquilla estaba lista para entregarse a los más desenfrenados actos de corrupción, que en su lujuriosa mente, el sacerdote había planeado paso a paso. Así que sujetándola con firmeza del hombro y deslizando esa caricia hacía el cuello con su enorme y caliente mano, le contesto:

— ¡Desde luego que no hija mía! — Exclamó Ambrosio, cuya lujuria, de nuevo encendida, volvía a asaltarle violentamente ante tal solicitud — El perdón total y absoluto que quieres, aún esta muy lejos en el horizonte, pero te aseguro que ya has dado el primer y más importante paso con el que sin duda lo alcanzarás. La penitencia de tu falta no puede terminar con tan solo esto mi dulce chiquilla, el siguiente paso que tendrás que dar dentro de esta penitencia que ya has empezado y para la cual ya no hay marcha atrás, será acoplarnos cuerpo a cuerpo para un apareamiento normal, acción que como ya sabes, consiste en la penetración de tu cuerpo por un miembro masculino y según sé por tus últimas confesiones, has estado buscando quien te inicie en ésta actividad. Por otra parte, siendo la primera vez que lo haces, y tomando en cuenta el tamaño de burro con el que te vas a acoplar, debo advertirte que sufrirás al grado del llanto en cuanto empecemos.

— ¡Padre!… es que… no lo sé, no vengo preparada para eso — Inquirió Bella.

Por lo que el buen padre tranquilizándola, le dijo:

— No debes temer, hija mía, se bien cual es tu preocupación. En cuanto a la protección anticonceptiva que ya te aclaré que está prohibida por la iglesia, te diré que de acuerdo a tus confesiones conozco bien tus ciclos menstruales los cuales son perfectamente regulares y en este momento estas disponible para no incurrir en riesgo alguno para el acto que estamos por realizar, el cual será la cópula natural practicada por los matrimonios con fines reproductivos. De no haber sido así, tendríamos que continuar con otro acto todavía más doloroso, el cual no dudes que tendré que practicártelo más adelante, aunque haciendo honor a la verdad, debo decirte que una vez acoplados, te haré disfrutar como no tienes una idea, si crees que la masturbación que te practiqué fue placentera para tu cuerpo, ésta palidecerá cuando conozcas el orgasmo copular, que solo se logra a través de estos actos con los que vas a expiar tu culpa.

Excitada por la seductora explicación, y sabedora de que para ella no había otra salida que acceder a las peticiones del buen sacerdote, Bella aceptó de inmediato.

— ¡Está bien padrecito!… ¡Lo soportaré todo! — Replicó Bella — ¡Tiene usted razón!, deseo experimentar esa dicha que he estado buscando y que estoy ansiosa por conocer.

— ¡Pues desnúdate Bella! — Ordenó el padre Ambrosio — Quítate todo lo que pueda entorpecer o trabar nuestros movimientos, que te aseguro serán en extremo violentos.

Cumpliendo la orden, Bella se despojó rápidamente de sus vestidos y buscando complacer a su confesor con la plena exhibición de sus encantos a fin de que su miembro se alargara en proporción a lo que ella mostrara de sus desnudeces, se despojó de hasta la más mínima prenda interior, para quedar tal como vino al mundo.

El padre Ambrosio quedó atónito ante la contemplación de los encantos que se ofrecían a su vista. La amplitud de esas caderas, los capullos de sus senos, la nívea blancura de su piel, suave como el satín, la redondez de sus nalgas y lo rotundo de sus muslos, el blanco y plano vientre con su adorable monte y por sobre todo, la encantadora hendidura rosada que destacaba debajo del mismo, asomándose tímidamente entre los muslos, hicieron que él buen padre se lanzara sobre la joven con un rugido de león hambriento.

Ambrosio atrapó a su víctima entre sus brazos. Oprimió su cuerpo suave y deslumbrante contra el suyo. La cubrió de besos lúbricos, y dando rienda suelta a su licenciosa labia, prometió a la jovencita todos los goces del paraíso mediante la introducción de su gran aparato en el interior de su vulva.

Bella acogió estas palabras con un gritito de placer y cuando su excitado estuprador la acostó sobre sus espaldas sentía ya la anchurosa y tumefacta cabeza del gigantesco pene presionando los calientes y húmedos labios de su virginal orificio. El santo varón comenzó a empujar hacia adentro con todas sus fuerzas, hasta que la gran nuez de la punta se llenó de humedad secretada por la sensible vaina.

La pasión enfervorizaba a Bella. Los esfuerzos del padre Ambrosio por alojar la cabeza de su miembro entre los húmedos labios de su rendija en lugar de disuadiría la espoleaban hasta la locura y finalmente, profiriendo un débil grito, la chica se inclinó hacia adelante expulsando el delicioso tributo de su lascivo temperamento. Esto era exactamente lo que el desvergonzado sacerdote esperaba. En cuanto la dulce y caliente emisión de su bella penitente humedeció la tremendamente endurecida punta de su miembro, empujó resueltamente

— ¡Ohuu!… Padrecito… esto duele… ¡Uff!… ¡Oh Dios!… No se si puedo. — Se quejaba Bella clocando sus manos en los musculosos brazos del sacerdote, pero el primer avance de la penetración ya se había producido presionando con fuerza el elástico sello de virginidad que amenazaba con romperse en cualquier momento.

— Iremos despacio preciosa, muy pero muy despacio. — Aclaró Ambrosio cuya ansiosa excitación era más que evidente tanto por la expresión de su rostro como por su agitada respiración. — Extiende tus piernas y coloca tus manos en este tronco para que lo sujetes, así, eso es, como si tu te lo estuvieras clavando.

Bella había tomado el tronco de esa enorme verga con ambas manos colocando un puño encima del otro para evitar la penetración completa como le había indicado el sacerdote. Un empujón más y otro avance se produjo en la introducción, ahora Bella lanzaba el grito de dolor que anunciaba la perdida irreparable de su virginidad, un par de avances más se produjeron y de un solo golpe Ambrosio introdujo el resto de su voluminoso apéndice en el interior de la hermosa muchacha teniendo como límite las empuñadas y pequeñas manos de Bella que seguían crispadas a esa monumental erección.

— ¡Ohuuu!… ¡No!… ¡Pare!, ¡Pare por favor padrecito! — Suplicaba Bella al sentir el decidido avance que aplastaba sus manos mientras sus piernas extendidas a ambos lados del sacerdote temblaban de dolor sin aportar ningún movimiento de defensa.

Pero el marrullero sacerdote que sabía bien que a esas alturas del juego esta víctima ya era suya, empujó resueltamente mientras la sujetaba de las piernas con ambas manos sin preocuparse de los esfuerzos que la chica hacía por seguir poniendo un límite a la inevitable entrada, la cual tuvo que permitir poco a poco, cediéndole terreno al ansioso sacerdote, hasta que tuvo que soltar por completo ese respetable miembro para colocar sus manos en el velludo pecho del sacerdote, como si quisiera con esa acción seguir limitando el brutal ataque al que estaba siendo sometida.

Sin embargo, una vez que Bella se sintió empalada por la entrada de la mitad de ese terrible miembro en el interior de su tierno cuerpo, perdió el poco control que conservaba, y olvidándose del dolor que sufría rodeó con sus piernas las espaldas del sacerdote y alentó a su enorme invasor a no guardarle consideraciones.

— Mi tierna y dulce chiquilla —murmuró el lascivo sacerdote—. Mis brazos te rodean, mi arma está hundida a medias en tu vientre. Pronto serán para ti los goces del paraíso.

Las partes de Bella se relajaron un poco y Ambrosio pudo penetrar unos centímetros más. Su palpitante miembro húmedo y desnudo, había recorrido la mitad del camino hacia el interior de la jovencita. El placer del sacerdote era intenso y la cabeza de su instrumento estaba deliciosamente comprimida por la vaina de Bella.

— ¡Adelante, padrecito! Estoy segura que puedo con todo. — Exclamó Bella.

El confesor no necesitaba de este aliento para inducirlo a poner en acción todos sus tremendos poderes copulatorios. Empujó frenéticamente hacia adelante, y con cada nuevo esfuerzo sumió su cálido pene más adentro, hasta que, por fin, con un golpe poderoso lo enterró hasta los testículos en el interior de la vulva de Bella. Esta furiosa introducción por parte del brutal sacerdote fue más de lo que su frágil víctima, animada por sus propios deseos pudo soportar. Con un desmayado grito de angustia física, Bella anunció que su estuprador había vencido toda la resistencia que su juvenil carne había opuesto a la entrada de ese miembro y la tortura de la forzada introducción de aquella masa borro la sensación de placer con que en un principio había soportado el ataque. Enseguida Ambrosio lanzó un rugido de alegría al contemplar la hermosa presa que su serpiente había mordido. Gozaba con la víctima que tenía empalada con su enorme ariete, sentía el enloquecedor contacto con inexpresable placer mientras veía a la hermosa muchacha estremecerse por la angustia de su violación. Su natural impetuoso había despertado por entero. Pasare lo que pasare, disfrutaría hasta el máximo. Así pues, estrechó entre sus brazos el cuerpo de Bella y la agasajó con toda la extensión de su inmenso miembro.

— Hermosa mía, realmente eres incitante. Tú también tienes que disfrutar… Vamos a jugar un poco con todos estos encantos que tan bien desarrollados tienes a tu corta edad. Ahora preciosa regálale unos besitos a tu confesor, que luego yo probare con mis labios y dientes la dureza de tus encendidos senos, que según veo están que revientan por la excitación.

Bella obedeció aplicando con la punta de sus labios pequeños besos de niña al picante rostro del excitado sacerdote mientras este le extendía los brazos para sujetarle las muñecas de ambas manos a unas cintillas de amarre previamente colocadas para ese fin y una vez que la penitente estuvo atada y con sus brazos extendidos, dejó caer su cabeza hacia atrás para casi de inmediato sentir como caía sobre ella un verdadero diluvio de besos que la hacían retorcerse de placer y tironear con fuerza los amarres de sus manos.

— ¡Ohu!… Padrecito… ¡Por favor!… ¡Por favor!… Siento como que me muero… ¡Me muero!

Era la primera vez que Bella era agasajada por un hombre, pero este no era un agasajo de novios, pues tratándose de nuestro buen padre Ambrosio este era uno de los más bestiales y abusivos agasajos. Sin ningún miramiento pudor o delicadeza el buen padre saciaba por completo el ansioso deseo que las hermosas formas de ese juvenil cuerpo despertaban en él.

Firmemente empotrado en aquella apretada vaina y saboreando profundamente los deliciosos encantos de esa flor, Ambrosio no era hombre que fuera a detenerse ante falsos conceptos de piedad, inmediatamente empezó a moverse, mientras lo hacía podía sentir la suma estrechez de los cálidos pliegues de carne en los que estaba encajado y empujó clavándose fuertemente con cada impulso de entrada sin preocuparse por el dolor que su miembro provocaba a su victima, sólo predominaba en él su ansioso deseo de procurarse el máximo deleite posible haciendo pausas solo para rociar de besos los abiertos y temblorosos labios de la pobre Bella.

Por espacio de unos minutos no se oyó otra cosa que los jadeos y sacudidas con los que el lascivo sacerdote se entregaba a darse satisfacción y el glu–glu de su inmenso pene cuando entraba y salía del sexo de la bella penitente.

Pero la naturaleza hacía valer sus derechos también en la persona de la joven Bella. El dolor de la dilatación se vio bien pronto atenuado por la intensa sensación de placer provocada por la vigorosa arma del santo varón y no tardaron los quejidos y lamentos de la linda chiquilla en entremezclarse con sonidos medio sofocados que desde lo más hondo de su ser expresaban el extremo deleite que esos vigorosos movimientos le provocaban.

— ¡Padre! ¡Padrecito, mi querido y generoso padrecito!.. . ¡Oh!… ¿qué es lo que siento?

El lujurioso sacerdote veía con una amplia y maliciosa sonrisa el efecto que le provocaba a la linda chiquilla con el desahogo de su propio placer mientras continuaba moviéndose furiosamente hacia adelante y hacia atrás, penetrando a Bella en cada nueva embestida con todo el largo de su miembro, el cual hundía hasta los rizados pelos del tronco raíz de su enorme verga.

Al cabo, Bella no pudo resistir más y obsequió al excitado violador una cálida emisión que humedeció todo su rígido miembro. Resulta imposible describir el frenesí de lujuria que en aquellos momentos se apoderó de la joven y encantadora Bella que se aferró con desesperación al fornido cuerpo del sacerdote enlazándolo con sus piernas en un abrazo con el que parecía querer clavarlo en su cuerpo todavía más de lo que ya estaba. El enardecido sacerdote agasajaba el voluptuoso y angelical cuerpo de Bella con toda la fuerza y poderío de sus viriles estocadas jaloneando con furia la estrecha y virginal entrada.

El padre Ambrosio hundió hasta la raíz su miembro de semental en la vulva de Bella, para anunciar entre suspiros que al fin llegaban los fluidos, la excitada muchacha se abrió de piernas todo lo que pudo y en medio de gritos de placer recibió la descarga del buen padre en sus órganos vitales.

Así permaneció el buen padre por espacio de varios segundos, clavado en las entrañas de su victima, ejecutando el reflejo de adentrarse cuanto podía, eyaculando una tras otra sus descargas de semen, cada una de las cuales era recibida por Bella con profundas manifestaciones de placer traducidas en gritos y contorsiones. Tras las violentas emociones la jovencita sentía que había quedado completamente lechada y quedó como muerta, con la cabeza caída hacía atrás y el cuerpo en actitud de total abandono, el impacto emocional de esa extraña y novedosa sensación la había dejado postrada, completamente inerte y a merced de los abusivos agasajos que el lujurioso sacerdote seguía dándole a su tembloroso cuerpo. Bella por fin había conocido el Orgasmo y como bien le dijo su confesor, esa sensación hacía palidecer por completo todas las anteriores excitaciones que había experimentado en su cuerpo. No obstante el hecho de haber terminado, el buen sacerdote no tenía en absoluto intenciones de desmontar a la recién desflorada chica, cabe mencionar que su capacidad para repetir estos actos copulares en forma natural ya de por si era notable en el buen padre, pero en esta ocasión en la que se había preparado en forma tan especial debido a que había tomado fármacos para prolongar la erección antes de la cita con Bella, los poderes copulatorios de este sacerdote apenas empezaban a desatarse y ahora Bella tendría que gozar tantas veces como el sacerdote necesitara para mitigar esa espantosa lujuria.

(continuará)

 

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Vestidos de zombies. I Capítulo

Por María del Pino (Córdoba)

Relato con música. Clica sobre la imagen de María… hay un claro de luna.

Cuando Pedro llegó a casa de Jaime, todos sus colegas estaban fascinados. «El mejor disfraz, tío. El más realista», le dijeron. Éstos habían estado la semana antes preparando sus trajes. Sin embargo, Pedro solamente tuvo un día por fallo al no leer los mensajes de las redes sociales.

Todos habían maquinado sus vestimentas por separado, pero con la misma temática. La idea surgió después de ver la película “28 días después”, y Lucas fue quién lo propuso: «¡Hay que ir de Zombies!».

Llegaron las once de la noche y salieron de la casa los cinco zombies: Jaime, el zombie granjero –con gorro, vaqueros y camisa de cuadros rojos y azules–; Lucas, el zombie futbolista –con la equipación de Argentina–; Antonio, el zombie de estar por casa –con zapatillas de lona, pijama y bata–; Manolo, el zombie callejero –ropa normal y quilos
de maquillaje mal puesto–
; y Pedro, el zombie recién salido del ataúd –traje de chaqueta y, para él, un extraño ungüento que su hermana le adosó a la cara y con el que daba realmente la sensación de putrefacción por algunas zonas. Daba tanto asco que a penas se miró un par de segundos al espejo–.

Habían decidido ir por las las calles del centro asustando a la gente hasta que llegasen las 00:00: noche de brujas en otros países, día de los difuntos para los españoles.

Ese día no sabían dónde ir exactamente. Si a una discoteca, de pubs, o al polígono, donde Jaime creyó oír que habían hecho algo taco “guapo”. Aun así, lo que sí tenían claro era una cosa: no iban a ligar.

No por las ricas y exquisitas “demonias” y vampiresas que habría por ahí
sueltas, sino porque con las caras que llevaban… No ligarían ni con un orco.

Continuará…

 

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Cuento de Navidad. El sueño de creer en la magia de nuestros corazones. V capítulo.

Por David Creus (Mollet del Vallès, Barcelona)

Relato con música. Clica sobre la imagen: “lubally…”

… La sorpresa en el bar crecía, como la haría una partitura “in crescendo” en su punto álgido, allí en el punto del desenlace, cuando algo cómico o trágico ha de suceder. Los sabios ordenaban las figuras del pesebre. “Pronto llegará la fecha del niño Jesús”, se dijeron, al tiempo que señalaban el tránsito de la estrella hasta llegar a Belén.

No sólo hablaba José, también lo hizo María. La locura pareció desbocarse. María me habló con voz dulce y aterciopelada. Y me dijo:

“la magia, querido David, sale del corazón. Los adultos no lo solemos decir, aunque por fortuna, los niños nos lo suelen transmitir” 

Hacia el mediodía del día siguiente llegué al bar de Montse quien me indicó el camino de la cocina, como si me llamara a capítulo. Montse no llevaba puesta la chaqueta que lucía el día anterior. ¿ Dónde estaba la figura de María?. Solo existía en mi preocupada mente aquella figura. Montse, por su parte, solo tenía pensamientos para su hija, quien la llamó con el deseo urgente de encontrarse.

Montse y su hija mantenían una relación que, como poco, podíamos catalogar de  olvido absoluto, situación que no permitía a Montse pacificar su corazón.

Esa mañana, los viejos sabios adornaron lo que faltaba del bar, su entrada.

Mi asombro al verlos era absoluto. Era como si hubieran recobrado años perdidos, muchos años, recuperando un espíritu, días antes totalmente perdido. Entonaban villancicos ante el asombro de los presentes mientras colgabas adornos sin parar, como posesos por esa extraña magia que lo había inundado todo.

En ese momento, entró por la puerta ya adornada la hija de Montse. Bastaron unas pocas palabras en el reencuentro:

– ¡Lo siento!,- dijeron al unísono. Luego, un abrazo, sincero, cómplice, casi mágico.

José guiñó de nuevo el ojo. En el gesto, me dijo que Montse y los suyos disfrutarían de aquella Navidad. Sus corazones vencieron a su tozudez y arrogancia.

Volvió a mi mente la figura de la virgen María. Debía yo romper la magia de aquel momento entre madre e hija. No hizo falta. María había vuelto al pesebre.

Me sentí tranquilo, feliz. Al abrazar a su hija, las lágrimas adornaron las mejillas de Montse, ora de añoranza, ora de alegría, por el tiempo perdido, por el tiempo recuperado.

José puso la mirada en mí, de nuevo. Lo sujeté. Lo coloqué entre el diario y el café manchado con leche. Sin embargo, cerré el periódico completamente absorbido por su magia. No pude reprimir tampoco el llanto lamentando que Xapi se perdiera este momento. ¡Despreciable!, me dije, por querer buscar de un modo egoísta un pedazo de esa magia para mí.

José percibió mi tristeza. De inmediato, oí su voz. ¿Qué?. ¿Quieres que mire la estrella?, le pregunté. Al anclar la vista en ella, vi a Xapi. Montaba sobre la estrella  como si fuera el jinete de los sueños que en aquel bar ocurrían.

– ¡Es el momento!, me indicó.

– ¿El momento?, ¿el momento de qué?, repliqué. No hicieron falta más palabras.

Era el momento de descubrir aquella magia por la que me habían tildado de loco. Debía ser yo, con mis ilusiones y decepciones, el portador de la magia.

En tan solo tres días, las personas, incrédulas, habían aprendido a escuchar a sus corazones. También José me invitó a cabalgar sobre la estrella, junto a Xapi, hasta llegar al Nacimiento. Allí, según mi impresión, entendería cuál era la verdadera magia, mi verdadera magia.

Ya cuestionaba la locura. Todo aquel que atravesara bajo la puerta del bar de Montse, adornada como maravillosos posesos por los viejos sabios otrora incrédulos, encontraría la verdadera esencia de las fechas.

Me acerque lentamente a la estrella. Sobre ella, Xapi me tendió su mano. ¡Acompáñame!, pareció decirme. Sabedor de que en el local todos observaban mis movimientos, dirigí la mirada a Montse, a los sabios, al panadero, Sergi, al amigo David. Todos, o al menos así lo interpreté, me rogaban que alargara la mano. Por momentos, creí entender ese espíritu del que había oído hablar, el de la Navidad.
Todos lo poseían, todos sin excepción. Sus miradas ya no reflejaban locura, me transmitían ilusión.

Fue entonces cuando el rey Gaspar, un punto harto de la tardanza de mi decisión, soltó una elocuente frase:

“si no crees en lo que siente tu corazón, nosotros no podremos existir”… 

(Continuará)

 

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Pensadores anónimos, II capítulo

Por Joan Salvador Vergés

Relato con música, la música de JSV: In a sentimental mood, Duke Ellington and John Coltrane 

-Sí, sí, ¡aleluya!–gritan todos, esta vez con un firme tono de aprobación.

-Debes entender, Juan –interviene el mediador- que estás en la primera fase. Todos aquí sabemos que es difícil, porque hemos pasado por lo mismo. Por ello debes aceptar, no, debes asimilar que las cosas pasan porque tienen que pasar, así está escrito, y no tenemos derecho a interrumpir el flujo de los acontecimientos.

-Sí, lo sé –reconozco, cabizbajo, avergonzado.

-Bien, bien –se deja oír un murmullo en la sala.

-Hola, soy Mónica y quiero compartir hoy con el grupo una técnica que me está dando buenos resultado, creo –empieza a decir la chica que está a mi derecha.

-Sigue, Mónica –la anima el conductor.

-Es que no sé si es coherente…

-No estamos aquí para juzgarte –insiste el mediador-, sino para ayudarte.

-De acuerdo. A mí me pasa como a Juan –me señala con un gesto de la mano-. Por mucho que lo intento, siempre hay algún pensamiento que se cuela en mi cabeza…

-¿Ya lees el libro?

-¡Es que me aburre!

Veo en la sala algunos gestos de horror.

-Así que lo he intentado de otra manera: he empezado a imaginar.

Conmoción en la sala…

 

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Pensadores anónimos, I capítulo

Por Joan Salvador Vergés, escritor y editor

-Hola. Me llamo Juan y suelo pensar.

Así es como empiezo siempre mi intervención ante el grupo de Pensadores Anónimos de mi parroquia… Aunque, ahora que lo pienso, menudo anonimato es este si te obligan a decir tu nombre y a contar tu historia, ¿no?

Vaya, lo estoy volviendo a hacer, maldita sea: estoy pensando.

-¡Hola, Juan! –me responde el grupo en un coro sin atisbo de emoción y, casi, sin reconocimiento.

-Llevo seis semanas sin comunicar mis pensamientos a nadie…

-¡Bien, Juan! ¡Enhorabuena!

-Aunque aún no soy capaz de impedir que las ideas fluyan por mi cabeza… y eso que me esfuerzo.

-¡Te apoyamos, Juan, no desfallezcas!

-Ayer, por ejemplo, mientras iba en el autobús urbano camino del trabajo vi que unos obreros trataban de levantar una pesada losa de concreto que tapaba una zanja, en la calle…

… Y pensé: si utilizara una palanca un solo obrero la levantaría, y a punto estuve de decírselo a mi compañero de asiento. Pero recordé lo que habíamos hablado aquí, me llevé la mano al bolsillo de la chaqueta y saqué el Libro.

(Continuará)

 

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Regala flores, IV capítulo (novelas por entregas)

Regala flores es una novela corta de Alfonso Carrasco (Clica sobre el botón para escuchar la música elegida para este relato)

 

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