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El juego (VI – y último- capítulo) / Novelasxentregas

El juego, de Alfons Carrasco (Mollet del Vallès, Barcelona)

Del V capítulo

Sirvieron la comida a los dos comensales entre charlas banales de historias y relatos superfluos con algún que otro cotilleo sobre alguna persona de la compañía, algo conocido por todos y ningún secreto ni compromiso personal con nadie. Tras el segundo plato, y mientras degustaban un exquisito pastel de manzana, el gerente empezó con el tema principal de la reunión, como lo calificaba Sergio.

—Amigo Sergio, después de todos estos años, habrá visto que la compañía se está expandiendo, no sólo a nivel nacional, sino que estamos ahora dirigiendo algunos proyectos de expansión hacia otros países, e incluso continentes, ya que nuestro plan más ambicioso de proyecto es desembarcar en Suramérica.

—Sí, he oído algo sobre ello a nivel de pasillo y máquina de café —argumentó Sergio.

—Pues esos rumores son ciertos. Nuestra idea es hacernos más grandes, más globales y llegar donde la competencia no llega, o llegará tarde; en una palabra, ser más competitivos y eso entra por tomar decisiones. Suelo usar una frase que a mí siempre me ha gustado: “Donde hay una empresa de éxito, alguien tomó alguna vez una decisión valiente” —dijo el gerente con gran elocuencia y control de la situación, haciendo las pausas correctas y dándole el énfasis a cada palabra—. No recuerdo de quién es, pero búsquela un día en Internet, verá como lo encuentra.

—En una buena frase, ¿cuál es la decisión a tomar? —preguntó Sergio.

—Así me gusta, en los negocios hay que ser decidido y emprendedor. Nuestra compañía está muy satisfecha con su trabajo; en poco tiempo ha conseguido dar estabilidad al departamento, crear un muy buen ambiente de trabajo y, lo que es más importante, hemos visto reducir los costes de una manera significativa con una calidad impecable en las compras de la compañía, por lo que nuestra decisión de ponerle a usted al frente, en su día, fue acertada. Ahora le proponemos otro reto. Como sabrá, nuestros socios ingleses están apoyándonos en todas nuestras decisiones, así que me han propuesto que las compras estén centralizadas en un único lugar, un sitio estratégico y que a nivel mundial se realice un control exhaustivo no sólo de las compras nuestras, sino de las de todo el grupo. Por ello estamos planteando ubicar los departamentos de compras de cada una de las empresas que forman la compañía en Inglaterra.

—Entiendo —dijo Sergio, que no se esperaba una noticia como esta.

—Pero no sólo eso, sino que he propuesto que usted sea el corresponsable del departamento con ayuda de su homólogo en Inglaterra, Mr. Eric Connell, al que creo usted conoce.

Un relato con música

VI (y último) capítulo

Efectivamente, Sergio conocía a su homólogo en Inglaterra de algunas convenciones internacionales en las que habían coincidido, era un tipo afable, muy raro, como todos los ingleses y el ir a su terreno, no era un punto a favor de Sergio, sino más bien al contrario. La noticia era mala, muy mala para Sergio, pues seguro que tendría que irse a trabajar a Inglaterra si quería seguir en la compañía. Y entonces, le vino a la mente el juego. Era muy difícil estar en Inglaterra y poder asistir al juego cada viernes, por lo que la encrucijada que se le planteaba era muy grande. El Sr. Martí prosiguió su discurso de mejoras, se lo propuso como un ascenso más en su carrera, que posiblemente lo era, pero Sergio ya no pudo concentrarse en la conversación, ni en el resto de la comida, ni siquiera en los cafés que siguieron a esta. Estuvo todo el rato como ausente, el juego le rondaba en la cabeza y respondía las preguntas como un autómata, absorto por completo en sus pensamientos.

El gerente posiblemente se dio cuenta de eso, por lo que rápidamente se despidieron y quedaron en que le daría una respuesta la próxima semana y que, si no lo aceptaba, no lo tomase como una exclusión, pero que se le intentaría buscar otra ubicación en la compañía. Pero eso Sergio intuía que no sería así. La decisión era: o lo tomaba o lo dejaba, con todas sus consecuencias; en otras palabras, o la compañía o el juego, esa era realmente la decisión importante.

Pasaron los días de esa semana con toda la rutina del mundo para los cua tro jugadores, nadie había conocido a ninguna persona interesante y que cumpliera los requisitos del pasado viernes a la que invitar, salvo los contactos que hicieron el lunes. Cada uno de ellos se enfrascó en los problemas cotidianos y entre sus trabajos y la falta de motivaciones especiales, dejaron que el tiempo hiciera su trabajo. Todos ellos estuvieron pensando en el juego, cada uno a su manera y, desde su punto de vista, llevaban algunos años jugando cada viernes y durante ese tiempo nadie en su círculo de amigos o familiares sabía exactamente de qué se trataba; tampoco era nada malo, pensaban, pues mucha gente suele quedar con amigos un día a la semana para hacer deporte o charlar tomando una copa, y ellos no eran una excepción.

Por fin llegó el viernes, eran las ocho y media, hora en la que se reunían en casa de Sergio. Todos ellos tenían la llave, podían entrar a medida que fueran llegando; eso fue una propuesta de Sergio, pues cada vez que alguien llegaba, tenía que subir desde el garaje, donde se encontraba casi siempre esperando, o en la otra punta de la casa. En alguna ocasión alguno de los jugadores había llamado a través del móvil desde la misma puerta para que subieran a abrirle y, por ello, decidió en su día darles una copia de la llave a cada uno, la única condición fue que sólo la utilizaran los viernes, ya que no quería que, sobre todo Luis, utilizaran su casa como pi cadero con sus innumerables amigas y ligues de fin de semana.

Sergio estaba en el garaje, sentado alrededor de la gran mesa con las cartas perfectamente ordenadas en una punta y jugueteando con los dados. Miraba la pizarra que había colgada en la pared donde tenían anotado en tiza la puntuación de las partidas.

Sofía tenía cinco cruces, Luis y Sergio seis y Juanjo tres. Eran las puntuaciones de las partidas ganadas ese último año y, al final del mismo, los tres perdedores pagaban una cena en el restaurante que el ganador eligiera y toda la juerga que se pudiera permitir durante esa noche. El pasado año había ganado él y la broma a sus amigos les había salido por casi seis mil euros; con lo que daba que pensar, aunque el dinero para ellos era lo de menos. A los pocos minutos llegó Luis, bajó las escaleras y saludó a Sergio con un apretón de manos mientras colgaba la chaqueta en el colgador.

—¿Qué tal campeón? —dijo después de dar las buenas noches.

—Jodido —se limitó a responder Sergio.

—Hoy no ganaremos tampoco, ¿no?

—No, seguro que no. He estado a punto, pero no he podido, con lo que se jodió la partida.

—Pues yo, ni a punto. Esta misma tarde me reuní con un cliente nuevo.

Además cumplía los requisitos, con lo que después de hablar con él e intentar invitarle a una copa, me dijo que hoy le era imposible, ya que su pareja había quedado con alguien para una fiesta sorpresa y quería acompañarlo.

—¿Su pareja? —preguntó Sergio.

—Sí, son dos tíos que viven juntos. ¿Qué tiene de extraño?

—Joder, nada, pero, ¿y si se presentan los dos hoy?

—No jodas, eso sería la hostia —dijo con una amplia sonrisa.

—Sí, diría que imposible. En una ciudad de casi dos millones de personas, ¿cuántas parejas de gays habrá? —preguntó Sergio.

—Bufff, la tira, seguro.

En ese momento, se escuchó como la puerta de madera que daba al garaje se abría. Era Juanjo, saludó desde arriba y comenzó a descender por la escalera. Se le notaba cansado.

—Buenas noches, señores —dijo desde el primer escalón.

—Hola, capitán —le saludó coloquialmente Sergio desde la mesa con una cerveza en la mano—. Veo que vienes más solo que la una.

—Pues sí, esta semana fatal, casi contacto con un candidato, lo llamo esta tarde y el muy cabrón me da plantón, ni se ha presentado, ni me ha devuelto las llamadas.

—Si es que la gente es muy informal —dijo Luis.

—Encima que casi le he salvado la vida de una paliza que le estaban dando, el muy hijo de puta me da plantón. Hay que joderse. —Mientras cogía una cerveza de la nevera y se dirigía a ver las puntuaciones en la pizarra.

—Aún vas primero, pero estamos apretados, ¿eh? —dijo Sergio mientras seguía jugando con los dados entre las manos.

—Muy, muy ajustados, creo que nunca hemos estado así. Eso demuestra que somos buenos —dijo Juanjo girándose a sus interlocutores.

—Cierto. Se retrasa Sofía. Eso es buena señal, ¿no?

Los tres amigos se miraron entre sí. Normalmente a las ocho y media quienes no llevaban acompañante, solían llegar puntuales y, si por alguna causa se retrasaban, se llamaba por teléfono para indicar el motivo. Pero sise retrasaba sin avisar sólo indicaba que estaba acompañada por alguien.

Las dudas se disiparían rápidamente, pues desde el garaje se oyó como se cerraba la puerta de la entrada. De repente se miraron los tres, estaba a punto de entrar Sofía. El aire podía cortarse, era uno de los momentos más excitantes de la partida, la llegada del concursante acompañado por uno de los jugadores, sobre todo si era último, como en esta ocasión.

Poco a poco, vieron como giraba el pomo de la puerta de madera que accedía al garaje, hasta que al final esta se abrió y apareció la figura de un hombre. Era Jorge, el abogado que el pasado lunes había conocido Sofía, bajó la escalera seguido por Sofía que dio las buenas noches desde la escalera e hizo las presentaciones oportunas a los demás asistentes. Iba vestido impecablemente y además llevaba una de las americanas que Sofía le había comprado el pasado lunes.

—¿Así que vosotros sois los jugadores de la partida que echáis cada viernes?, me ha comentado Sofía —dijo con voz pausada y serena.

—Efectivamente, nosotros somos —contestó Sergio.

—Pero no entiendo, ¿a qué jugáis exactamente?

—Oh, es un juego muy sencillo, nos gusta conocer personas y así ampliamos nuestro círculo de amigos —dijo Luis, mientras lo invitaba a sentarse.

—Ya entiendo, es como una cita a ciegas —dijo Jorge.

—Sí, exactamente —exclamó Juanjo—. Nos gusta ampliar nuestro círculo de amigos. Tú eres gay, ¿no? —le preguntó.

—Bueno, digamos que me atraen las personas que son cultas, inteligentes, amables y que además no me importa de qué sexo sean. Aunque últimamente vivo en pareja con otro hombre. ¿Pero eso forma parte del juego?

—Oh, no, no, la verdad es que por aquí han pasado todo tipo de amigos, médicos, profesores, informáticos, prostitutas, banqueros, incluso sacerdotes —decía Luis, mientras barajaba las cartas de la mesa con sus manos.

—¿Prostitutas? —dijo Jorge mirando a Sofía.

—Oh, sí. Verás, no nos limitamos a ninguna persona. En nuestra sociedad hay de todo y hemos de saber cuidar nuestras amistades, por ello, no queremos discriminar a nadie para ser amigos —dijo Sofía mientras tomaba asiento.

—Lo de los tres mil euros, ¿cómo se ganan? —preguntó curiosamente Jorge.

—Oh, eso es sencillo. Hacemos una serie de preguntas antes de formar parte de nuestro círculo de amistades y, si se contestan correctamente, pues ganas el premio.

—Vaya, ¿es como un trivial? —dijo Jorge cada vez más animado.

—Podríamos decir que sí —dijo Juanjo.

—¿Y sois muchos amigos?

—Pues yo diría que más de cien, en todo este tiempo —dijo Sofía.

—Más, Sofía, más —intervino Juanjo—. Yo creo que llegarán a casi doscientos.

—Doscientos amigos. ¡Qué bueno! Y, ¿dónde están? —preguntó Jorge.

—Para verlos hay que hacer un pequeño viaje, así los llegas a conocer a todos luego.

—¿Os reunís todos en un lugar en concreto? Jamás he oído nada semejante. ¿Y quién paga todo eso?

—Nosotros cuatro —dijo Juanjo, al tiempo que se levantaba de la mesa y daba vueltas sobre la mesa bajo la mirada de los tres jugadores.

—Pues vaya, debéis ser muy ricos entonces. Y, ¿adónde es el viaje exactamente?—preguntó Jorge.

—A la eternidad, imbécil —dijo Juanjo, al tiempo que disparaba dos tiros en la nuca de Jorge con su arma, a la que había incorporado el silenciador como hacían habitualmente; el cuerpo de Jorge, por los impactos, cayó hacia delante quedando apoyado encima de la mesa; la sangre brotaba por los dos orificios y poco a poco se expandía sobre la mesa.

Cuando la sangre llegó a la altura en que se encontraba Sofía, esta no pudo evitar tocarla con sus dedos y chuparse uno de ellos.

—Has estado genial —dijo Sofía a Juanjo.

—Tú también, cariño —le dijo.

—Otro punto para Sofía —dijo Sergio, mientras se levantaba y lo anotaba en la pizarra.

—¡Guau! —exclamó Sofía—. Estamos muy igualados todos; este año será muy ajustado —añadió mientras contemplada la pizarra.

—Las cartas están barajadas, señores —dijo Luis al tiempo que desplegaba doce cartas boca abajo sobre la mesa, sin que se mancharan por la sangre que brotaba aún de Jorge.

—¿Quién tira los dados? —preguntó Sergio.

—Yo, que he ganado —dijo Sofía.

Lanzó los dados y estos chocaron contra el cuerpo de Jorge, rebotando sobre la mesa. Los dos dados sumaban once puntos, un seis y un cinco. En ese momento, Luis empezó a contar tocando con sus dedos las cartas que había sobre la mesa en cada número hasta llegar al once. En ese momento le dio la vuelta a la carta. Era el as de copas y escrito en rotulador negro se podía leer “Empresario de éxito”.

—Las cartas han hablado. Para la próxima semana, este debe ser nuestro concursante. Suerte a todos —dijo Luis a los presentes.

Sergio lanzó una fina sonrisa, sin duda, tenía ventaja para el próximo viernes y tal vez no tenía que ir muy lejos de su oficina a buscar uno, justo hasta la octava planta de su compañía. Cada uno se dirigió a hacer, como de costumbre, la limpieza del garaje, mientras unos limpiaban la mesa y el suelo, los otros recogían el cuerpo de Jorge, llevándolo a rastras hasta la pequeña habitación.

Al día siguiente, Sergio, en su casa, haría una gran fogata y, como cada semana, enterraría las cenizas en el inmenso jardín que la rodeaba. Juanjo, en la comisaría, se encargaría de que el expediente del caso de desaparición tuviera un sinfín de pistas erróneas y dispersas, cayendo en el olvido de casos sin resolver, que la desaparición de esa persona pasara a engrosar la lista de estadísticas. Después, los cuatro amigos cenarían algo en el comedor tranquilamente y, si aún estaban excitados, subirían a la habitación donde el sexo y las fantasías los dejarían exhaustos hasta bien entrada la madrugada. Así eran las partidas que, cada viernes, cuatro buenos amigos realizaban desde hacía años; donde tenían una doble vida enmascarada y escondida en una sociedad en la que eran considerados, sencillamente, personas ejemplares.

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El juego (V capítulo) / Novelasxentregas

El Juego, de Alfons Carrasco (Mollet del Vallès, Barcelona)

Del IV capítulo

Bajaron hasta la planta baja Rosa y otros dos compañeros, uno de ellos un joven programador de páginas Web que no llevaba más de un año en la compañía y el otro, un analista al que conocían desde hacía bastantes años.

—Dicen que hay un nuevo cliente —preguntó el joven analista.

—Sí, pero aún no es cliente, he de verlo el jueves —le dijo Luis, mientras caminaban hacía el bar donde solían comer cada día.

—¿De qué es la empresa? —dijo el programador.

—Del ramo textil, diseñadores creo o algo así —le respondió Luis.

—No vendas humo, tío, que luego he de ir yo —le dijo el analista.

—Joder, no vendo humo, pero es difícil entrar a veces con los clientes y hay que decir a casi todo que sí.

—Ya, ya, pero luego nos comemos el marrón nosotros y tú nunca estás para dar la cara.

—Joder tío, no seas bronca —le increpó Rosa—. Cada uno ha de hacer su trabajo lo mejor que puede, además estamos fuera de la oficina, no os quiero oír hablar de curro.

—Sabias palabras —dijo el joven programador.

—¿Qué hacéis el próximo viernes por la noche? —preguntó Rosa.

—Dormir —respondió el analista.

—¿Por? —preguntó Luis.

—Porque mi hermano y su grupo tocan en el polideportivo, tengo entradas —respondió Rosa, mientras llegaban al bar y se sentaban en la mesa de siempre.

—Vaya, ¿es el famoso de la familia? —preguntó el analista.

—Podría decirse que sí. Hace años que ensayan y tocan juntos. Además tocan bien —dijo Rosa.

—Pues yo no puedo ir, los viernes tengo compromiso —dijo Luis.

—¿Ah sí? y, ¿con quién, si puede saberse?

—Cosas mías —le respondió.

—¿Y no puedes invitarme un viernes? —preguntó con tono irónico.

—Podría, pero mejor de jugadora, no de invitada —le dijo mirándole a los ojos.

—Bueno eso decídelo tú.

—Un día lo hablamos, ¿te parece?

—Eso es un no —dijo el joven analista.

—Si tú lo dices… —dijo Luis.

—Bueno, es igual, si un día me invitas ya me lo dirás —dijo Rosa con cierto desaire e intentando zanjar la conversación.

Un relato con música

V capítulo

Luis no podía ni quería que nadie de su círculo de amigos más cercano entrase en el juego. Era muy complicado, sólo era para ellos cuatro, los que lo fundaron hacía más de dos años y, la primera partida, recuerda que fue un shock emocional importante, estuvo varios días sin dormir y lleno de remordimientos, pero siguieron jugando y hasta el día de hoy. Luego es más llevadero, se entra en la rutina y, tal como le dijo Juanjo en su día, una vez lo pruebas, ya no quieres dejarlo. Y así era para los cuatro jugadores.

Sergio pasó la mañana con la reunión del consejero delegado, que era uno de los hijos del gerente, tal como le había indicado Rosa a primera hora; estuvo hablando de los gastos que tendrían el próximo trimestre y la recomendación de mesurar los gastos al máximo y obtener más proveedores para las compras del día a día y así intentar rebajar los costes de las mismas.

Eran casi las dos de la tarde, Sergio cogió el teléfono y llamó a la secretaría del director general. Según Rosa, su secretaria, tenía que comer a mediodía con él por una reunión de trabajo; era habitual que el director general aprovechara la hora de la comida para reunirse con algunos directivos de la compañía, solían ser noticias buenas o malas, pero siempre se hablaba en esa hora de la comida con la Gerencia de la empresa. De hecho el cargo de responsable de compras lo supo tras una comida igual que esta hacía dos años atrás.

—Ana María, soy Sergio Valldeoira, de Compras, me han informado que tenía una comida con el señor Martí y quisiera saber a qué hora podríamos vernos —dijo Sergio a su interlocutora.

—Hola Sergio —le respondió—, de aquí a cinco minutos puedes subir.

—De acuerdo, ¿sabes quién asistirá? —preguntó.

—Creo que estaréis los dos solos.

El Gerente de la empresa era un hombre de unos sesenta años, aunque aparentaba menos, estaba muy vinculado a los seguros desde hacía muchos años, desde que heredó de su padre una pequeña correduría de seguros, que se fusionó, con los años, con una empresa inglesa. Tenía, por ese tiempo, una importante cartera de seguros que se hizo poco a poco llegando a ir puerta a puerta por la ciudad para captar los primeros clientes, para luego empezar a expandirse por las provincias más importantes de todo el país. Lo de la fusión de la compañía inglesa fue fundamental para su crecimiento y consolidación en el mercado. Si bien los hijos del Sr. Martí ocupaban todos ellos cargos de responsabilidad en la compañía, él era el que seguía llevando el mando de la empresa junto a sus socios ingleses, pero con el tiempo esa responsabilidad recaería en sus descendientes si las cosas no cambiaban.

La compañía de seguros, ya no sólo era la encargada de gestionar miles de pólizas todos los meses, sino que había ido absorbiendo otras compañías más pequeñas como estrategia de mercado para ser mas fuerte frente a las empresas rivales o como táctica para hacerse con el control de competidoras; en definitiva, que después de casi sesenta años, se había convertido en una de las mayores aseguradoras del país con tentáculos y diversificación en innumerables negocios e inversiones. Sergio cogió el ascensor hacia la planta ocho, que era la planta de gerencia, allí estaba el centro operacional, las secretarias de dirección, algunas salas de reuniones y videoconferencia, así como dos salas privadas y un pequeño comedor particular. Una vez se abrieron las puertas del ascensor, Sergio vio el acceso a la planta, una gran sala con una moqueta azul en la que, al fondo, había una gran mesa ocupada por Ana María, la secretaria personal del Sr. Martí, hacia donde se dirigió.

Una vez la secretaria avisó al gerente, le indicó a Sergio que entrase en la tercera puerta, que era la que daba acceso al comedor privado, y esperase. Entró en la sala y vio una mesa rectangular puesta para dos comensales, el sitio de presidencia de la mesa sería para el gerente y, a la derecha de él, otro cubierto que estaba reservado para él, esa intuición rápidamente la tuvo, era como un protocolo. Esperó de pie, se acercó a algunos cuadros que estaban en la pared para ver quién los firmaba y estuvo visualizando la sala.

Había una luz tenue en la que no se notaban las sombras de los objetos, pero mantenía la habitación muy bien iluminada, el suelo, al igual que la entrada, era de la misma moqueta de color azulado, había varios cuadros con vistas de paisajes intemporales en las paredes y un pequeño fluorescente dorado justo encima de cada uno de ellos que le daban una luz directa, una televisión plana de la marca SONY apagada y ocho sillas que rodeaban la mesa; se fijó en que las paredes eran móviles con lo que la sala podría convertirse en más espaciosa si la ocasión lo requería. No había ventanas, por lo que tampoco veía el sol y la luz era totalmente artificial, algo que no le gustó personalmente para un sitio destinado, como ahora, a comer, aunque sus razones habría, pensó. En ese instante, se abrió la puerta tras él y apareció el Sr. Martí. Vestía impecablemente, una americana y pantalón a juego de color gris muy claro, con una camisa azulada y corbata a juego. Tenía el pelo blanco, pero un aire jovial y una amplia sonrisa.

—Buenas tardes, amigo Sergio, ¿cómo está usted? —le dijo, mientras se acercaba y le estrechaba la mano.

—Buenas tardes Sr. Martí, muy bien gracias, y ¿usted? —le respondió Sergio, devolviéndole el saludo.

—Pues aquí estamos, amigo mío, luchando como cada día. Siéntese por favor, gracias por aceptar mi invitación para comer —le dijo muy cortésmente el Sr. Martí.

—Por favor, es un honor compartir mi tiempo con usted —le respondió muy educadamente, una frase que leyó en algún libro de modales a los que Sergio era muy aficionado. También sabía que, al principio de los discursos, reuniones o conversaciones, se haría algún chiste fácil para captar la atención y romper el hielo y, a la mitad de los mismos, otro para distender el ambiente y volver a captar la atención de los presentes.

—¿Qué tal el fin de semana? —le preguntó el Sr. Martí.

—Bien, tranquilo, fui a la montaña intentando desconectar de la ciudad.

—Ah, usted sí que sabe. Es genial pasar el día en la montaña, en contacto con la naturaleza. Lo que más me gusta a mí es que todo es muy espacioso, y el tiempo parece que pase más despacio, ¿no cree?

—Sí, en cierto modo, así es, pero hoy en día también empieza a estar saturado de gente todo, incluida la montaña.

—Pues nada, entonces lo que tiene que hacer, amigo Sergio, es salir a las afueras de la montaña —le dijo el gerente gesticulando con la mano y unas sonoras carcajadas.

—Sí, puede que tenga razón —respondió Sergio devolviendo la sonrisa. El chiste fácil, pensó para sus adentros.

Sirvieron la comida a los dos comensales entre charlas banales de historias y relatos superfluos con algún que otro cotilleo sobre alguna persona de la compañía, algo conocido por todos y ningún secreto ni compromiso personal con nadie. Tras el segundo plato, y mientras degustaban un exquisito pastel de manzana, el gerente empezó con el tema principal de la reunión, como lo calificaba Sergio.

—Amigo Sergio, después de todos estos años, habrá visto que la compañía se está expandiendo, no sólo a nivel nacional, sino que estamos ahora dirigiendo algunos proyectos de expansión hacia otros países, e incluso continentes, ya que nuestro plan más ambicioso de proyecto es desembarcar en Suramérica.

—Sí, he oído algo sobre ello a nivel de pasillo y máquina de café —argumentó Sergio.

—Pues esos rumores son ciertos. Nuestra idea es hacernos más grandes, más globales y llegar donde la competencia no llega, o llegará tarde; en una palabra, ser más competitivos y eso entra por tomar decisiones. Suelo usar una frase que a mí siempre me ha gustado: “Donde hay una empresa de éxito, alguien tomó alguna vez una decisión valiente” —dijo el gerente con gran elocuencia y control de la situación, haciendo las pausas correctas y dándole el énfasis a cada palabra—. No recuerdo de quién es, pero búsquela un día en Internet, verá como lo encuentra.

—En una buena frase, ¿cuál es la decisión a tomar? —preguntó Sergio.

—Así me gusta, en los negocios hay que ser decidido y emprendedor. Nuestra compañía está muy satisfecha con su trabajo; en poco tiempo ha conseguido dar estabilidad al departamento, crear un muy buen ambiente de trabajo y, lo que es más importante, hemos visto reducir los costes de una manera significativa con una calidad impecable en las compras de la compañía, por lo que nuestra decisión de ponerle a usted al frente, en su día, fue acertada. Ahora le proponemos otro reto. Como sabrá, nuestros socios ingleses están apoyándonos en todas nuestras decisiones, así que me han propuesto que las compras estén centralizadas en un único lugar, un sitio estratégico y que a nivel mundial se realice un control exhaustivo no sólo de las compras nuestras, sino de las de todo el grupo. Por ello estamos planteando ubicar los departamentos de compras de cada una de las empresas que forman la compañía en Inglaterra.

—Entiendo —dijo Sergio, que no se esperaba una noticia como esta.

—Pero no sólo eso, sino que he propuesto que usted sea el corresponsable del departamento con ayuda de su homólogo en Inglaterra, Mr. Eric Connell, al que creo usted conoce.

 

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El juego (4t. capítulo) / Novelasxentregas

El Juego, una novela por entregas de Alfons Carrasco (Mollet del Vallès)

Del segundo capítulo

Ese lunes por la mañana, Sergio estaba cansado, había estado todo el sábado limpiando la casa y, por la tarde, quedó con una vieja amiga a la que tuvo que invitar a cenar y luego ir a tomar unas copas antes de poder llevársela a la cama, al menos así lo pensaba él. Al día siguiente, durante todo el domingo, se marchó a su segunda residencia, en la montaña, donde encontró la casa llena de agua por unas malditas goteras que, con la lluvia del sábado, habían anegado algunas habitaciones, por lo que el fin de semana había sido terriblemente cansado y prácticamente no había desconectado.

Para colmo, se tragó toda la caravana de coches de regreso hasta la ciudad. Ese lunes, Sergio estaba en el embudo de coches matutino que le llevaba a su oficina, aunque como responsable de compras, no tenía una hora de llegada por la que tenía que regirse; el llegar después de las nueve sin haber avisado anteriormente, hacía que su secretaria le llamase para saber dónde estaba, algo que le molestaba, ya que sin duda pensaba que era un control impuesto por la dirección.

Llevaba en la empresa más de quince años, había empezado como ayudante de un mando intermedio y su progresión había sido importante durante algún tiempo, pero sabía que ya había tocado techo, no esperaba mucho más en esa compañía, por lo que su trabajo había dejado de ser interesante y había pasado a ser pura rutina. Aparcó el coche en la planta baja, en su plaza reservada, como tenían todos los mandos intermedios de su empresa, y cogió el ascensor, pulsó sobre el número catorce y fue parando en cada planta en la que otros compañeros subían y bajaban del mismo a una velocidad vertiginosa; todo el mundo llevaba prisa.

Un relato con su música

Capítulo cuarto

Solía conocer a los viejos del lugar, a los que solía saludar, pero no conocía a ninguno de los nuevos becarios y personal externo, y no era raro, ya que en el edificio había más de setecientas personas. Siempre había pensado que era imposible conocer a todo el mundo, a veces enviaba mails y copias de mails a gente que ni siquiera había visto, cada vez miraba quién era el responsable del departamento y a ese le enviaba el correo electrónico.

Le parecía increíble que la empresa funcionara, pero así era. La multinacional para la que trabajaba, se dedicaba a los seguros, ese era su ramo principal, pero había otras sociedades dependientes en las que tenía diversificado su negocio, como por ejemplo, la contratación de personal para ofrecer a terceros, así como grandes talleres de automóviles a los cuales se mandaba peritar y, en su caso, reparar la cantidad de siniestros que se producían en todo el país.

Llegó por fin a la planta catorce, enfiló por el pasillo donde a la izquierda quedaban los despachos de los responsables y a la derecha los de la mayoría de los empleados de cada área. Era una planta diáfana, muy grande, donde cada uno de los puestos estaba dividido entre sí por medio de una mampara, la mitad de madera y la otra mitad de vidrio transparente y bien iluminado. Unas amplias ventanas daban claridad pero tenía una vista pésima, donde se veían los otros edificios colindantes.

Era claustrofóbico, según su parecer, pero no menos que su despacho de unos escasos doce metros cuadrados y además sin ventanas. Nada más llegar, encendió su ordenador y se quitó la americana, aún no la había colgado en el perchero cuando apareció Rosa, su secretaria y se sentó.

—Buenos días, Sergio —le dijo.

—Buenos días, preciosa, ¿qué tenemos para hoy?

—Si empiezo por lo que no tienes, acabo antes —le dijo en tono irónico.

—Genial, o sea, que tengo tiempo de hacer un tetris —respondió Sergio de manera irónica mientras se sentaba frente a Rosa.

—Pues como no hayas jugado ya, no vas a jugar hoy.

—Joder, empezamos bien el lunes.

—A ver, a primera hora, tienes una reunión con el consejero delegado, quiere que le presentes las compras del último mes y además ordenadas por importe y si hay alguna que se sale del presupuesto. Después, a eso de las once, vendrán los de la empresa de impresoras, quieren hablar del tema del renting.

—¿Del renting? —preguntó —. ¿Eso no lo lleva Fede?

—Creo que sí —le respondió Rosa.

—Pues que vaya él.

—Él también irá. Pero quieren hablar contigo —dijo con voz parsimoniosa.

—No me jodas, si delego en Fede, él se encarga, que se lo diga así. Otra cosa.

—Bien —dijo Rosa, apuntando las decisiones que le decía Sergio—. El gran jefe quiere que vayas a comer con él a eso de las dos. No tengo ni idea de que se trata, sólo me ha dicho que vayas. Supongo que quiere presentarte un nuevo proveedor.

El gran jefe, era el director general, el que decidía qué se hacía en la compañía, cuándo y cómo. Y por supuesto, si la cagaba en sus decisiones, la culpa siempre era del subordinado que le asesoraba mal. Lo sabía por experiencia.

—Ya me has jodido el día —dijo Sergio.

—Pues aún falta lo mejor —dijo Rosa.

—Dispara —dijo Sergio, mientras revisaba su correo en el ordenador.

—A las tres y media vendrá el Sr. Gómez, de Industrias Gómez, con su hijo.

—Bueno, conozco al Sr. Gómez hace años. Es el proveedor de cocina, ¿no?

—Sí, pero vendrá con su hijo. Y me han dicho que es gay.

Sergio miró a Rosa perplejo. Empezó a atar cabos rápidamente y pensó en el juego.

—¿Qué es gay? Y, ¿cómo lo sabes? —le preguntó.

—Porque vino el otro día para hablar con el cocinero y se le veía a la legua la manera de hablar, gesticular y tocar el hombro del cocinero. Además, está bueno y, ya sabes, las mujeres sabemos cuándo un tío es gay. Imagino que querrás que vaya Fede, ¿no?

—Sí, será mejor que se encargue Fede. En todo caso, a final de semana, que me llame su hijo si va a estar al frente del negocio, tendré que hablar con él.

—Se lo comentaré a Fede para que coja una tarjeta de su hijo.

—Bien —se limitó a decir Sergio.

—Bueno, pues eso es todo por hoy, baby —dijo Rosa, levantándose de la silla y con una sonrisa en la boca.

—Bien, hazme un favor, envíame un mail de las reuniones y sácame el listado que ha pedido el consejero.

—Ya lo he hecho; luego te envío los mails.

—Gracias Rosa, recuérdame que te suba el sueldo.

—Seguro —dijo saliendo del despacho.

Vaya, se quedó pensativo, las casualidades existen y, además, esta me la han puesto en bandeja. Quién me iba a decir el pasado viernes que dos días después iba a conocer a un gay y que, además, vendría a verme. Eso era lo que hacía interesante el juego, que se mezclaba con la vida rutinaria de cada uno de los participantes.

Sofía había salido a media mañana de su boutique en dirección a los grandes almacenes de la ciudad, no era la primera vez que se ausentaba y dejaba a su socia a cargo de la tienda, a veces había sido al revés y no pasaba nada, para eso eran socias, pensaba. A la americana de su nuevo amigo, a la que derramó el café con leche por la mañana, no le había conseguido quitar la mancha, por lo que decidió comprarle una nueva. Es más, no le iba a comprar una, sino dos. Era lo menos que podía hacer y, mientras, preparar el terreno para el viernes, que era su objetivo primordial.

Una de ellas la compraría lo más parecida a la original y la otra a su gusto, era una manera de darle una pequeña sorpresa por si se disgustaba. Sin embargo podía ser que esa americana hubiera sido un regalo y, en ese caso, ni con todo el oro del mundo podría reemplazarla, pero tenía que arriesgarse, no le quedaba otra alternativa. Llegó a los grandes almacenes, subió por las escaleras mecánicas hasta la octava planta y se dirigió a la sección de caballeros, pasó al lado de las corbatas y los calcetines, y llegó hasta la zona de pantalones y americanas. Algunos maniquís llevaban bonitos conjuntos y se acercó a uno de ellos; realmente el maniquí estaba vestido muy elegantemente, la camisa y la corbata a juego con un azul claro y la americana combinada con el pantalón con un color muy oscuro, sin llegar a ser negro.

Miró el precio y, aunque le pareció caro, no le importaba lo más mínimo, el dinero nunca había sido un problema, ni lo iba a ser ahora. El gran dilema que tenía Sofía era intentar encontrar una americana lo más parecida posible a la que tenía en su tienda. Era de color crema, muy clara, con unos botones totalmente planos de color marrón, muy claros, que casi pasaban desapercibidos. Incluso había llegado a pensar que los botones se los podría coser ella misma a mano, quitándoselos a la original. Total, diciéndole a Jorge que la mancha no la había logrado quitar y la tuvo que tirar, solucionaría el problema, pero luego pensó que, aunque le ayudara su socia a coserlos, se notaría y, además, no tenía tiempo para ello, por lo que había decidido comprar la americana y entregársela tal cual.

Se adentró en el pasillo en la que todas las americanas estaban clasificadas por marcas, aunque no se le había ocurrido mirar  de qué marca era la que había manchado, prefería buscar una igual en color y calidad, más que decantarse por una marca. Después de mirar y remirar muchísimas americanas, llegó a tener en la mano tres que eran muy similares; una de ellas, el color no era tan claro, pero los botones eran casi idénticos; las otras comprobó que la calidad dejaba mucho que desear, ya que el forro interior parecía que estaba cosido con muchas prisas y se notaban algunos puntos sin coger.

Al final se decidió por la primera, siempre había pensado que la mayoría de veces la primera prenda que coges es la que te llevas, si no, es de la que más te acuerdas, igual que con los novios. Y ella podía dar fe de eso último. Al fin tenía una de las que buscaba, se la colgó sobre el brazo y continuó la búsqueda de la segunda. Como la elegiría según sus gustos, pensó que sería rápido, sin embargo no sabía nada de Jorge, ni qué gustos tenía ni qué manías, ni si le gustaba llevar americana o sólo la utilizaba para su trabajo. Entonces se detuvo un momento, Jorge le había dicho que era abogado, con lo que la última idea la descartaba, siempre llevaba americana, al menos todos los abogados que conocía siempre la llevaban.

Era abril, así que rápidamente decidió que compraría una americana de sport de cara al verano. Se acercó a una dependienta y preguntó por la ropa de verano; una vez le indicó la sección, se dirigió con paso decidido y esta vez, sin mucho titubeo, cogió una americana, ahora sí, de marca. Una Massimo Dutti, al contrario que la otra más oscura y con unos botones a juego, a esta el color le daba una apariencia y sobriedad que le encantó.

Aunque Sofía en su boutique sólo tenía prendas de mujer, sabía ver la elegancia en cualquiera, ya fueran hombres o mujeres. Pagó en caja con su Visa Oro y se dirigió nuevamente a su tienda. Faltaba un cuarto de hora para la una de la tarde y una vez llegó, tuvo tiempo de atender algunas clientas que esperaban turno, no sin antes saludar nuevamente a su socia que le puso cara de pocos amigos por el trabajo acumulado desde su ausencia.

Ahora sólo le quedaba esperar a que llegara Jorge. Su socia se marchó, pasaba media hora de la una de la tarde y Sofía se quedó esperando. Mientras recogía y ordenaba las cosas tras el mostrador, por fin apareció Jorge.

—Buenas tardes, Sofía —dijo abriendo la puerta y en mangas de camisa y corbata.

—Hola, Jorge. Me alegro de verte.

—¿Pudiste arreglar la americana?

—Pues no, lamentablemente no. Lo siento muchísimo, la mancha no hubo manera de quitarla.

—Vaya, una lástima. Bueno, no te preocupes, esas cosas pasan —dijo Jorge con cara de resignación.

—Pero he hecho una cosa mejor. Te he comprado un par —dijo Sofía mostrándole la bolsa en la que estaban las nuevas americanas.

—Por Dios, no era necesario…

—¿Cómo que no era necesario? —le interrumpió—. Encima que te estropeo una americana, ¿no voy a hacer nada por resarcirlo? —Mientras sacaba de la bolsa las dos americanas y las extendía encima del mostrador— . Espero que te gusten.

—Oh, sí, pero… ¿por qué dos? No lo entiendo, y además son de muy buena calidad.

—Una es la más parecida que he encontrado a la tuya y la otra la he elegido a mi gusto. Si no te agradan, se pueden cambiar.

—No, no, es genial, tienes muy buen gusto —respondió Jorge con la cara iluminada y una sonrisa—. Ahora estoy yo en deuda contigo. ¿Quieres que comamos juntos?

—Vaya, hoy me va fatal, he quedado con mi marido, pero ¿qué te parece el viernes? O mejor aún, ¿quieres venir el próximo viernes a un juego que celebramos desde hace muchos años con unos amigos?

—¿Un juego? —preguntó Jorge.

—Sí, sé que suena muy precipitado, pero me has caído genial y además quisiera compensarte. Después podríamos ir a cenar.

—¿Y qué clase de juego es? —preguntó curiosamente.

—Oh, verás. Un amigo nuestro es muy, muy rico, tiene muchísimo dinero, y los viernes suele organizar un juego con personas de confianza, eso sí, y con mucha discreción.

—Pues no, la verdad, no suelo jugar. ¿Es una timba de póker?

—No, no, ni muchos menos, es un juego de preguntas y respuestas, pero los jugadores no arriesgan nada, sólo ganan.

—¿Y qué ganan? —preguntó cada vez más curioso.

—Mira, de entrada, seguro, tres mil euros por participar. —Sabía que el dinero acababa convenciendo a todo el mundo—. Pero claro, si no quieres, lo comprenderé, nos acabamos de conocer —dijo con aire de contrariedad muy disimulada.

—Vaya, pues es un juego interesante —dijo riendo Jorge—, ¿pero por qué me lo dices a mí?

—Mira, porque una de las condiciones del juego es conocer a una persona nueva para la próxima partida. Habrá sido el destino, ¿no crees?

—Sí, puede ser el destino. Lo de los tres mil euros es en serio, ¿no? — preguntó nuevamente mientras Sofía le respondía afirmativamente—. Pues no te prometo nada, pero, si no me surge ningún contratiempo, podemos vernos, luego te pago yo la cena y estaremos en paz. Lo anoto en mi agenda.

—Me parece perfecto —dijo Sofía con una sonrisa en sus labios—. Te dejo mi móvil. ¿Quedamos aquí a eso de las ocho el viernes?

—De acuerdo. —Mientras tecleaba el número en su móvil.

Tras recoger Jorge sus dos nuevas americanas y dándole las gracias muy cortésmente, salieron de la boutique y se despidieron en la puerta, tomando cada uno de ellos direcciones opuestas y con el comentario de encontrarse ahí mismo el próximo viernes. La cara de Sofía reflejaba una alegría inmensa que se vislumbraba en una dulce risa, sólo le había bastado un lunes para encontrar a su jugador. Otra partida ganada, pensaba ella, convencida de que la suerte le había sonreído.

A esa hora Juanjo solía buscar un lugar para comer; había pasado la mañana en la zona sur de la ciudad, donde estaba todo lleno de polígonos industriales e infinidad de camiones de gran tonelaje desfilaban por las anchas calles, que todas ellas se conocían por números en vez de por nombres.

La mañana no había sido complicada, ningún aviso grave; todo se resumía en un par de multas de coches mal aparcados, una llamada a la grúa para que retirara un vehículo averiado y dar apoyo logístico a los bomberos que se habían desplazado hasta una fábrica de las inmediaciones en la que había habido un conato de incendio, aunque cuando llegó sólo había visto humo, ni una sola llama.

Su nuevo compañero le caía bien, en sólo una mañana Juanjo sabía perfectamente qué futuro podían tener los novatos en una comisaría, tal vez por su experiencia en el cuerpo policial o por su intuición de ver cómo se desenvolvían en las tareas más triviales del día a día. Otra cosa es si sería un héroe, eso estaba aún por demostrar.

—Vamos a comer aquí, aparca donde puedas —dijo Juanjo sentado en el asiento del copiloto.

—¿Conoces el sitio? —le preguntó el novato.

—En veinte años de patearme la ciudad, ¿crees que no iba a conocer el sitio? Donde veas muchos camiones aparcados y un restaurante, siempre será un buen sitio. Recuérdalo.

—Lo tendré en cuenta —le dijo el novato, mirándole a la cara.

Aparcaron el coche casi en la puerta, en doble fila, paralelo a un coche rojo que parecía estar abandonado por el polvo que se acumulaba en él. La calle era muy ancha, por lo que no entorpecería el tráfico; además, ¿quién iba a multar un coche de policía?

—Aquí se come muy bien, es barato y el servicio es bueno, te gustará —dijo Juanjo.

—Perfecto —dijo el novato, entrando en el bar y quitándose la gorra.

Entraron en el restaurante, tenía una larga barra a mano izquierda y el local era una gran sala totalmente diáfana. Realmente era una nave industrial, pero que al principio de la construcción del polígono industrial de la ciudad, su dueño, Manuel, la compró, la restauró y empezó el negocio del restaurante, de eso hacía ya unos ocho años. Tenía cinco empleados sin contar a su hijo, que estaba normalmente tras la barra, y su esposa que, con una ayudante, era la encargada de cocinar diariamente los menús, tenía muy buena mano para la cocina y no sabía que haría sin ella en la cocina, pues encontrar un buen cocinero era tarea difícil.

La decoración de la sala era exigua, por no decir inexistente, ya que se limitaba a unas paredes casi desnudas, con una gran foto del polígono tomada hacía años desde un helicóptero y dos televisores planos muy grandes colgados en lugares estratégicos para que todos los comensales se entretuvieran mirando la programación, que para más desencanto no tenían dado el volumen, con lo que parecía que se mirase una ventana virtual en vez de televisores.

A esa hora, aún no había mucha gente, por eso Juanjo la elegía, era la hora en que todo estaba preparado y las colas y la aglomeración de gente no habían llegado; además, los platos del día estaban aún por empezar. Se sentaron en una de las mesas del fondo, para dos comensales. Manuel se acercó a ellos para tomar nota, siempre lo hacía personalmente con Juanjo, aunque el hijo de Manuel también estaba al frente del restaurante, existía ya una amistad de años entre Manuel y Juanjo.

—Buenas tardes, campeón —dijo Manuel —, ¿acabando la jornada?

—Sí, por hoy ya hemos cumplido, aunque aún nos falta la hora tonta. ¿Qué nos recomiendas?

—Hoy hay sopa de pescado de primero y chuletón al horno de segundo. Yo he comido eso, no te arrepentirás.

—Venga pues, uno para mí —dijo Juanjo.

—Yo también, lo mismo —dijo el novato.

Después de algunos comentarios y anécdotas entre Juanjo y Manuel, este se dirigió a la barra gritando en voz alta el pedido y dirigiéndose nuevamente a la mesa donde les sirvió una cerveza y agua para beber. El novato, y más su primer día de trabajo, llevaba a rajatabla lo de no beber mientras se está de servicio, algo que no gustó a Juanjo, pero lo comprendía, de hecho en su primer día de trabajo hizo lo mismo, pero no así ya el segundo. Estuvo unos momentos en silencio mirando la pantalla del televisor, pensando en el chico de la mañana, del que tenía el teléfono; posiblemente el viernes lo llamaría, pues era día de partida nuevamente.

Después de tantos años, el juego se había convertido en casi una obsesión, era, a veces, enfermizo y le daba vueltas durante toda la semana. La partida podía durar tanto horas como minutos, pero todo lo que conlleva el juego durante la semana era la verdadera adrenalina que generaba cada vez que cualquiera de los componentes lo pensaba. Al principio, recuerda que eran las típicas timbas de póker y cartas, e incluso Sergio los sorprendió un día con una ruleta que compró a través de Internet, pero las apuestas de dinero llegaron a cansar, por lo que decidieron dar un paso más y en eso estaban en la actualidad; fue un paso arriesgado, consensuado entre todos y aunque pareció una locura ya no tenía vuelta atrás para ninguno de los cuatro.

Luis había pasado la mañana contactando con el nuevo cliente y haciendo el seguimiento de otros proyectos, como el de la nueva Web de una importante entidad financiera, que era el más ambicioso que había asumido desde que entró a trabajar en esa compañía, no sólo por la envergadura y el prestigio que le podía dar, sino por la importante comisión que podía generar, así como el reconocimiento dentro de la compañía.

Él sabía que en el mundo del software lo importante era el resultado en la implementación de un programa, independientemente de cómo se llegase a él. También sabía que, en la actualidad, el sector estaba de capa caída porque no se valoraba el esfuerzo y el trabajo de algo virtual como es el software, aunque nadie podía vivir sin él, por ello decidió apostar más por consolidarse como consultor tecnológico que no como desarrollador. Después de varias llamadas a la compañía francesa, por fin, a última hora de la mañana había podido hablar con el responsable y había quedado para el próximo viernes por la tarde para conocerse, hacer una presentación de su compañía y ver los proyectos en los que podían colaborar.

En ese momento, sonó el teléfono, eran casi la una y media y Rosa le llamó para decirle si se apuntaba a comer. Normalmente bajaban a esa hora a uno de los bares que había en las proximidades de la zona de oficinas, pues si algo sobraba eran bares. Solían comer desde esa hora hasta las tres de la tarde aproximadamente. Aunque Luis vivía con sus padres y su hermano a unos quince kilómetros de casa, raramente comía en su casa, además llevaba tickets restaurante que la compañía les daba mensualmente, con lo que era una tontería desperdiciarlo.

Bajaron hasta la planta baja Rosa y otros dos compañeros, uno de ellos un joven programador de páginas Web que no llevaba más de un año en la compañía y el otro, un analista al que conocían desde hacía bastantes años.

—Dicen que hay un nuevo cliente —preguntó el joven analista.

—Sí, pero aún no es cliente, he de verlo el jueves —le dijo Luis, mientras caminaban hacía el bar donde solían comer cada día.

—¿De qué es la empresa? —dijo el programador.

—Del ramo textil, diseñadores creo o algo así —le respondió Luis.

—No vendas humo, tío, que luego he de ir yo —le dijo el analista.

—Joder, no vendo humo, pero es difícil entrar a veces con los clientes y hay que decir a casi todo que sí.

—Ya, ya, pero luego nos comemos el marrón nosotros y tú nunca estás para dar la cara.

—Joder tío, no seas bronca —le increpó Rosa—. Cada uno ha de hacer su trabajo lo mejor que puede, además estamos fuera de la oficina, no os quiero oír hablar de curro.

—Sabias palabras —dijo el joven programador.

—¿Qué hacéis el próximo viernes por la noche? —preguntó Rosa.

—Dormir —respondió el analista.

—¿Por? —preguntó Luis.

—Porque mi hermano y su grupo tocan en el polideportivo, tengo entradas —respondió Rosa, mientras llegaban al bar y se sentaban en la mesa de siempre.

—Vaya, ¿es el famoso de la familia? —preguntó el analista.

—Podría decirse que sí. Hace años que ensayan y tocan juntos. Además tocan bien —dijo Rosa.

—Pues yo no puedo ir, los viernes tengo compromiso —dijo Luis.

—¿Ah sí? y, ¿con quién, si puede saberse?

—Cosas mías —le respondió.

—¿Y no puedes invitarme un viernes? —preguntó con tono irónico.

—Podría, pero mejor de jugadora, no de invitada —le dijo mirándole a los ojos.

—Bueno eso decídelo tú.

—Un día lo hablamos, ¿te parece?

—Eso es un no —dijo el joven analista.

—Si tú lo dices… —dijo Luis.

—Bueno, es igual, si un día me invitas ya me lo dirás —dijo Rosa con cierto desaire e intentando zanjar la conversación.

Continuará…

 

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El juego (3r. capítulo) / Novelasxentregas

El Juego, una novela por entregas de Alfonso Carrasco (Mollet del Vallès, Barcelona)

Del capítulo II

Llegaron en menos de un minuto al lugar del altercado. Era un pequeño bar donde varias personas estaban en el exterior, alrededor de dos jóvenes que estaban enzarzados en una pelea en el suelo. Uno de ellos llevaba una especie de puño americano e intentaba darle golpes al que estaba tirado en el suelo, con sangre, que escupía lastimosamente e intentaba devolver los golpes a su adversario, pero todos ellos se perdían en el aire. Detuvieron el coche en la puerta, en mitad de la calle, y bajaron los dos del coche. El novato seguía a Juanjo y le dejó actuar.

—¡A ver!, ¿qué pasa aquí? —gritó Juanjo a la multitud, que les abrió paso instintivamente hasta que vio a los dos jóvenes en el suelo.

—Se están matando entre ellos —dijo uno de los improvisados mirones mientras los dos jóvenes seguían golpeándose.

—¡Sepáralos! —indicó Juanjo al novato, que de inmediato agarró por los hombros al joven que estaba encima del otro y lo levantó medio metro del suelo sin apenas esfuerzo.

—¿Qué coño pasa aquí? —preguntó Juanjo al joven que quedaba en el suelo.

—Nada, joder. ¡Ese hijo de puta me quería robar! —gritó el joven, mientras escupía sangre de la boca.

—¡Es un jodido maricón! ¡Un pervertido! —gritó el otro joven.

—¡Venga poneos los dos contra la pared! —gritó Juanjo mientras ayudaba a incorporarse al joven. Al mismo tiempo, el novato le quitó el puño de hierro al otro joven, lo llevó hacia la pared con el brazo retorcido y empezó a registrarlo.

Una novela con música

Capítulo III

Después de que ambos fueran cacheados, Juanjo les pidió la documentación y mientras el agente novato se quedaba con ellos, Juanjo se dirigió al coche y llamó a su central para pedir información sobre los dos jóvenes. No estaban fichados, por lo que no había ninguna orden de detención contra ellos ni ningún antecedente. Había sido una simple pelea, posiblemente por robo o cualquier otra tontería, como decía uno de ellos, por lo que Juanjo no iba a perder más el tiempo. Se dirigió a ellos y al que llevaba el puño americano le dijo que se largara cagando hostias, como así hizo. Al otro joven, le pidió el número de teléfono por rutina y este se lo facilitó sin ninguna objeción, después le dijo que se fuera por el otro camino.

—Vamos a tomar un café —dijo Juanjo al novato.

—Voy a cerrar el coche —respondió el novato.

—Por Dios, es un coche de la policía, ¿crees que alguien lo va a robar?

Sin mediar más palabras, ambos entraron en el bar. Aunque eran más de las nueve y media de la mañana, el bar estaba casi desierto. Un par de clientes en la barra y el camarero, que estaba tras la barra. La tele estaba encendida y las noticias se iban narrando una a una con la monotonía insulsa de un presentador de continuidad.

—Buenos días. Dos cafés solos —dijo Juanjo.

—Marchando —respondió el camarero dándose media vuelta de cara a la cafetera.

—¿Conocías a esos dos? —preguntó Juanjo al camarero.

—A uno de ellos sí, es un afeminado del barrio, el otro no sé quién es, pero por la pinta que llevaba, algún sinvergüenza en busca de bronca.

—¿Estaban aquí dentro cuando empezó la pelea? —preguntó el joven novato.

—No —se limitó a responder el camarero mirándole a la cara.

Terminaron las preguntas y los cafés, pagó Juanjo, pese a la insistencia del novato en pagar él, y se dirigieron al coche aparcado en doble fila.

—Has estado bien —le dijo Juanjo.

—Gracias, era una pelea de juventud simplemente.

—Sí, supongo que sí.

—¿Por qué le ha pedido el teléfono al joven? —preguntó el novato. La pregunta incomodó a Juanjo, por lo que improvisó.

—Por si la cosa se complica, y dentro de unos días ves alguna noticia en el periódico, tenemos el móvil de la presunta víctima.

—Claro, aunque al pedir la información a central con la documentación quedan grabados los datos.

Vaya, ese punto se le escapó a Juanjo, pensó rápidamente y volvió a improvisar nuevamente.

—Eso es la teoría muchacho, en el mundo real las cosas son diferentes, ya lo verás con el tiempo.

—Claro —se limitó a contestar el novato poniendo la vista en la carretera nuevamente.

En la otra punta de la ciudad, donde se aglutinan los mayores edificios de oficinas, Luis llegaba a la puerta del edificio donde trabajaba, era el típico edificio donde todas las plantas eran oficinas de distintas empresas, grandes multinacionales, bufetes de abogados de prestigio, consultoras de negocios, oficinas de servicios y, como su empresa, consultoras tecnológicas.

Siempre había pensado que poner un pequeño bar en la esquina sería un negocio interesante y no entendía que, con los años que allí llevaba aquel edificio, no se le hubiera ocurrido a alguien. Normalmente, los lunes había reunión de trabajo para planificar la semana, y, como cada lunes, a los ocho de la mañana, el sueño hacía mella en su estado anímico, por lo que empezaba normalmente cabreado.

Antes de entrar, apuraba el cigarrillo en la puerta mientras observaba a todo el mundo con las prisas por la hora y el atasco monumental que había unos metros justo delante de él, en la amplia avenida que atravesaba la ciudad; tenía ocho carriles, cuatro en cada sentido, pero llena hasta los topes.

Siempre había pensado que no había solución para el tema del tráfico, aunque hubiera diez carriles en cada sentido, siempre irían llenos. Por suerte, él casi nunca cogía su coche para ir al trabajo, prefería levantarse antes e ir en metro y, si por cualquier motivo tenía que desplazarse a casa de algún cliente, cogía el coche de la empresa, por lo menos no le dolía el bolsillo.

Entró en el hall principal camino de los ascensores y el rutinario buenos días al conserje le salía sin esfuerzo, como a un autómata; a veces había pensado que para qué se necesitaba un conserje, si todo el mundo entraba y salía sin reparar en él y, con tanta gente, dudaba que el conserje preguntará a alguien adónde se dirigía o de dónde venía. Además, el nombre de todas las empresas y su ubicación exacta estaba en un inmenso tablero a la entrada, justo antes de llegar a los ascensores.

Llegó a la planta nueve, donde estaba su empresa, y entró camino de su despacho. En la entrada saludó a la secretaria, la telefonista que se encargaba prácticamente de todo lo relacionado con la oficina; hoy la encontró preciosa y la saludó con un visible guiño de ojo y un ‘cariño’ seguido al ‘buenos días’. Era una rubia escultural a la que en más de una ocasión se había llevado a su piso con la excusa de adelantar algún trabajo, pero que, en realidad, se lo había retrasado.

Su relación fue de interés mutuo, al principio Silvia, que así se llama en realidad, al enterarse de que Luis era modelo, le sedujo para que la introdujera en el mundillo de las pasarelas, pero tras un par de fracasos Silvia perdió el interés y su relación hacía tiempo que se había enfriado después de varios polvos, como decía Luis, sin compromiso.

Llegó a su despacho y, tras saludar a un par de compañeros recordándoles que se reunían en media hora, cerró la puerta, encendió su portátil y, mientras esperaba que arrancara su lento Windows, se fue a la máquina del café. De regreso, una vez introdujo su password y el sistema le permitió acceder a su correo, vio los mails que tenía. Tras borrar los correos spam, que ni abrió, leyó uno de su jefe directo que le indicaba una dirección Web para que la mirase, ya que era un posible cliente que visitaría esa misma semana.

Se trataba de una empresa textil y el proyecto era desarrollar una conexión con los módulos de fabricación que dicha empresa tenía en París. Después de acabarse el café y mirar todo su correo, revisó un par de carpetas con proyectos abiertos para ver su situación y abrió otra carpeta con el nombre del nuevo cliente, ya que seguro saldría en la reunión; con todo el material bajo el brazo se dirigió hacia la sala de reuniones, allí había otras cuatro personas.

Tras los saludos típicos y alguna que otra broma, llegó Santiago, el gerente de la empresa. Era un tipo de estatura media y mediana edad, algo gordo y con gafas, había montado la empresa junto a su cuñado, pero tras unos años se habían separado y ahora él era el máximo responsable; era un empresario nato, avispado para los negocios y con muchos contactos, llegaba el primero a la empresa y se iba el último, un trabajador incansable.

Empezaron revisando los proyectos que se iban a abordar durante la semana y si el cumplimento de cada uno de ellos era el adecuado o había alguna desviación digna de mención. Ante cualquier adversidad, quien tenía la última palabra era Santiago, aunque intentaba consensuar con cada responsable la mejor solución al problema.

Tras una hora larga de repasos le tocó el turno el Luis, expuso brevemente en qué trabajos estaba metido y su avance, después Santiago le expuso el nuevo proyecto y la mejor manera de encararlo, pidiendo la máxima colaboración con Luis, pues era el encargado de vender la idea y la forma de trabajar de la compañía al cliente y, lo más importante, los plazos de entrega del mismo.

—¿Te has mirado el mail que te he enviado? —le preguntó Santiago.

—Sí, no hay problema, he estado viendo también la Web.

—Como habrás visto, es un cliente que puede generar mucho negocio, el primer contacto es importante.

—Lo sé, creo que no habrá problema. Veremos qué es lo que quiere y, sobre todo, qué es lo que tiene instalado; a partir de ahí el abanico de posibilidades puede abrirse o cerrarse, según nos convenga.

—Perfecto, luego te acercas a mi despacho y te pasaré los datos de la persona de contacto, queda con ella esta misma semana sin falta.

—Ok —se limitó a decir, tras tomar algunas notas.

Luis era una persona que no sólo caía bien, sino que sabía de lo que hablaba en las reuniones. Antes había estado trabajando en la universidad en infinidad de proyectos informáticos, pero un día se aburrió de programar y dejó eso para otros. Su verdadero campo de trabajo, que le fascinaba aún más, era el de consultor. Aunque él más bien lo veía como vendedor de ideas. Tuvo que hacer varios cursos fuera, en Estados Unidos, pero fue la excusa perfecta para perfeccionar su inglés.

Tras acabar la reunión era ya casi mediodía, con lo que volvió a su despacho e intentó concentrarse en recabar información del nuevo cliente. Buscó en Google, en algún que otro buscador de Internet y, por último, se introdujo en una compañía de información financiera donde su consultora tenía una cuenta para buscar información de otras empresas.

En el inmenso listado de datos que le envió la compañía de información financiera, pudo ver las personas que formaban parte del consejo de administración, los proveedores más importantes, su facturación, los principales clientes y si tenía algún impago, ese último dato era muy importante para él. Luis era muy bueno buscando información con su portátil, sabía cómo buscar, dónde buscar y lo más importante, qué buscar, así cuando veía al cliente, tenía información privilegiada y era mucho mejor a la hora de entablar una negociación.

Después de imprimir alguna información interesante, según su punto de vista, lo guardó todo en una nueva carpeta y salió en dirección al despacho de Santiago; tras llamar a la puerta entró y, aunque su jefe estaba hablando por teléfono, le hizo gestos con la mano para que entrara y se sentara.

Esperó unos momentos a que acabase de hablar, mientras, se puso a contemplar el despacho: era sobrio y funcional, una gran ventana daba a la parte delantera del edificio donde se podía ver el trasiego de los automóviles que circulaban por el nudo de autopistas que entraban y salían de la gran urbe; contempló los títulos que tenía colgados en un lugar privilegiado, uno de ellos de la Academia Microsoft de Estados Unidos, algunas fotos de su mujer y sus hijos, y un eslogan que había en un lugar preferente: “Todo lo que no tiene solución no se soluciona, y lo que la tiene tampoco.”; le pareció patética, no obstante daba que pensar. El gerente dejó de hablar por teléfono y observó que Luis miraba la cita.

—¿Sabes de quién es esa cita? —le preguntó.

—No tengo ni idea y además me parece patética —dijo lo que pensaba, como casi siempre.

—Jajá, muy buena, la respuesta. Busca la frase en Internet, verás de quién es y te sorprenderá —le dijo.

—Lo haré, seguro. ¿Tienes el contacto de la nueva empresa? —le preguntó, mientras anotaba la frase en un folio.

—Sí, lo tengo por aquí, déjame mirar —respondió Santiago, mientras miraba los mails en su ordenador—. Aquí está, te reenvío el mail, allí vienen todos los datos. Mírate el contacto con cariño y, a la vez, con cautela; es una oportunidad para entrar en una empresa que tiene su sede central en París y podría ser interesante tener presencia en otro país.

—Es del ramo textil; por lo que he visto en la Web tiene muchísimas franquicias a nivel mundial y una treintena en nuestro país. Imagino que tendrán alguna fábrica aquí también.

—Creo que aquí se dedican al diseño de ropa y todo se fabrica en China y Taiwán, pero verifica ese dato. Aunque lo que sé es que el centro de decisión está en París.

—Perfecto, luego te llamo, te mantendré informado.

—Bien. Otra cosa Luis, te querría comentar un tema importante. Como sabrás hace ya años que colaboras aquí y, como habrás venido observando, por suerte, cada vez el negocio se va ampliando y llega un momento en que yo estoy trabajando muchísimo y empiezo a estar desbordado —dijo Santiago, mientras se ponía en pie.

—Sí, veo que trabajas mucho cada día —se limitó a decir Luis, esperando la continuación del discurso de Santiago.

—Durante algunos años, tuve la ayuda de mi cuñado Víctor —continuó relatando Santiago—, pero después de que se marchara, el peso de la compañía recayó en mí y le estoy dando vueltas a la idea de que necesitaría una persona que me ayudase a expandirme y quitarme de encima el día a día, para poder concentrarme en nuevos objetivos. ¿Me sigues?

—Más o menos. —Luis lo seguía sin duda.

—Pues bien, de todas las personas que he visto en la compañía, creo que tendrías cabida en este proyecto junto a mí y he pensado que tú podrías ser esa persona. Por supuesto, la parte económica, como es lógico, estaría acorde con la dedicación y al desempeño del nuevo cargo.

—Es interesante la propuesta, deja que la estudie unos días y la semana que viene lo volvemos a hablar, si te parece.

—Por supuesto, no me corre prisa por el momento, sólo quería que lo supieras y te lo pensaras.

—Bien —se limitó a decir levantándose de la silla.

Luis salió del despacho alucinando por lo que había oído; un lunes por la mañana y no le habían pasado un marrón como de costumbre, sino todo un ascenso. Empezaba bien la semana, pensó. Y no era sólo un ascenso, por lo que intuía, había la posibilidad de ser casi un socio. Se fue directo a la máquina de café, y mientras lo saboreaba, le daba vueltas a la conversación; él sabía que había gente bastante buena en la oficina para ese cargo y, posiblemente, Santiago había pensado en él porque el resto había rechazado la propuesta, pero también admitía la posibilidad de que él era el único con cualidades para el puesto. Esa duda, la despejaría con el tiempo, pensó.

De repente le sobrevino otra gran duda, si desempeñaba el cargo, eso quería decir más trabajo, más responsabilidad y, por lo tanto, más horas en la oficina, y entonces qué pasaría con los viernes. Ni quería ni podía dejar el juego a estas alturas, estaba comprometido y era parte del mismo, además no era decir, chicos mañana no vengo, buscad a otro, pues el juego era sólo de los cuatro, de nadie más, y estaba tan implicado como el que más. Por ello la decisión la tomaría en base a que los viernes debía plegar a una hora decente, como lo solía llamar él.

Ese lunes por la mañana, Sergio estaba cansado, había estado todo el sábado limpiando la casa y, por la tarde, quedó con una vieja amiga a la que tuvo que invitar a cenar y luego ir a tomar unas copas antes de poder llevársela a la cama, al menos así lo pensaba él. Al día siguiente, durante todo el domingo, se marchó a su segunda residencia, en la montaña, donde encontró la casa llena de agua por unas malditas goteras que, con la lluvia del sábado, habían anegado algunas habitaciones, por lo que el fin de semana había sido terriblemente cansado y prácticamente no había desconectado.

Para colmo, se tragó toda la caravana de coches de regreso hasta la ciudad. Ese lunes, Sergio estaba en el embudo de coches matutino que le llevaba a su oficina, aunque como responsable de compras, no tenía una hora de llegada por la que tenía que regirse; el llegar después de las nueve sin haber avisado anteriormente, hacía que su secretaria le llamase para saber dónde estaba, algo que le molestaba, ya que sin duda pensaba que era un control impuesto por la dirección.

Llevaba en la empresa más de quince años, había empezado como ayudante de un mando intermedio y su progresión había sido importante durante algún tiempo, pero sabía que ya había tocado techo, no esperaba mucho más en esa compañía, por lo que su trabajo había dejado de ser interesante y había pasado a ser pura rutina. Aparcó el coche en la planta baja, en su plaza reservada, como tenían todos los mandos intermedios de su empresa, y cogió el ascensor, pulsó sobre el número catorce y fue parando en cada planta en la que otros compañeros subían y bajaban del mismo a una velocidad vertiginosa; todo el mundo llevaba prisa.

Continuará…

 

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El juego (2n. capítulo) / Novelasxentregas

El Juego, una novela por entregas de Alfonso Carrasco (Mollet del Vallès, Barcelona)

Del primer capítulo

Laura sirvió el café con leche a Sofía y le puso otro plato pequeño con dos donuts. Lo dejó todo sobre la barra justo entre dos personas que había apoyadas en la barra, dándose la espalda entre sí y dejando un pequeño hueco entre espalda y espalda por el que Sofía alcanzó a ponerse el azúcar, remover un poco con la cucharilla y, con mucho cuidado, llevarse la taza hasta la boca. Justo al devolver la taza a su posición inicial sobre el plato situado en la barra, uno de los dos hombre hizo un movimiento inesperado, rozando el brazo de Sofía, que derramó sobre la espalda del otro cliente parte del café con leche, al mismo tiempo que Sofía, previendo el altercado, hizo un gesto lastimoso con la cara. El hombre, al notar el calor del líquido derramado sobre parte de su espalda, se giró bruscamente.

—¡Perdón!, ¡perdón! —dijo Sofía—. Ha sido totalmente involuntario.

—¡Ostras, la americana! —dijo el hombre intentando mirarse la espalda.

—Lo siento muchísimo, el señor me ha tocado el brazo y no he podido evitarlo. Si quiere, nos acercamos a mi tienda, que está al lado mismo, y se la limpio.

—No se preocupe, tengo otra en mi despacho, estas cosas pasan —dijo amablemente el hombre.

—Por favor, insisto, vayamos a mi tienda y en cinco minutos le intento quitar la mancha. Laura —dijo dirigiéndose a la camarera que seguía haciendo cafés—, todo esto anótalo, que luego te lo pago.

Un relato con música. La bella María de mi amor.

 

Segundo capítulo

Ante la insistencia de Sofía y las miradas de parte de la clientela de la pequeña granja, el hombre se limitó a seguirla con la americana sobre su brazo y a paso ligero, en camisa y corbata, se dirigieron hacia la boutique. Los escasos cincuenta metros que separaban la granja de la boutique fueron un continuo lamento por lo sucedido por parte de Sofía, con un sinfín de disculpas por su parte.

Una vez subió la persiana automática, entraron en la tienda y se dirigieron al almacén que había en la parte posterior del local, Sofía le pidió la americana y la puso en una especie de tabla que se solía usar para el planchado.

—Le pondré este quitamanchas que es infalible y no se preocupe, si no se llega a quitar la mancha y quedar como nueva, le compraré otra igual —dijo Sofía con un tono de culpabilidad que rozaba el sufrimiento.

—No se preocupe, es sólo una mancha —respondió el hombre.

—Sí, me preocupo, yo he sido la causante de esto y he de repararlo. Mejor aún, si lo desea, cómprese otra igual, donde usted quiera y yo se la pagaré

— No, por favor, no es para tanto, de verdad. Es muy amable por su parte. Mi compañero estaría encantado con usted, él es diseñador de ropa y por lo que veo usted también debe serlo —dijo.

—¡Vaya casualidad! Por cierto, me llamo Sofía —le dijo extendiéndole la mano.

—Yo soy Jorge, abogado. Tengo un despacho en la planta veintitrés.

Jorge era delgado, moreno, con el pelo rizado y una estatura normal, ni muy alto ni muy bajo. Tenía unos ojos marrones y una mirada penetrante. Parecía inteligente y extrovertido. Pero normalmente Sofía, debido a su experiencia en la vida, nunca se fiaba de las primeras impresiones y apariencias, aunque digan que es lo más importante al conocer a alguien.

—Vaya, pues no me suena haberte visto nunca por aquí. Espero que no vayas a demandarme —dijo Sofía lanzando una fina sonrisa.

—No, por Dios, ni mucho menos, seguramente perdería yo el juicio —dijo Jorge devolviéndole la sonrisa y contagiando la misma a Sofía.

—¿Así que tu compañero es diseñador también? —volvió a preguntar Sofía intentando mantener una conversación mientras frotaba fuertemente con el quitamanchas la americana de su nuevo interlocutor.

—Sí, vivimos juntos desde hace unos tres años y nos conocimos en uno de los juicios en el que mi cliente era su demandante.

—¡Vaya casualidad! —dijo, casi gritando.

Sofía estaba alucinando, nunca se había fumado un porro, pero supuso que aquello era lo que debía pasar. Había conocido el mismo lunes a un gay, algo que para su juego le daba ventaja, pues tenía toda la semana para conocerlo e intentar que le acompañara el próximo viernes a su partida.

—¿Casualidad? —preguntó Jorge desconcertado.

—Oh, sí, sí, quiero decir… —Intentó pensar algo y rápido—. Que mira que conocer a alguien en un juicio y luego ser tu pareja —dijo casi instintivamente e intentando disimular el nerviosismo y la excitación en la que se encontraba en aquellos momentos con una forzada sonrisa.

—Pues sí, debe ser casualidad. ¿Tú estás casada? —preguntó Jorge.

—Sí, estoy felizmente casada, dede hace muchos años, demasiados creo yo.

—Aha, yo también lo estuve, pero luego me di cuenta.

—¿Te diste cuenta?

—Bueno, quiero decir, que mi mujer ya no me atraía.

—Ya. Entiendo. Y, ¿buscaste una aventura?

—No, entonces conocí a Toni, mi actual pareja.

—Ah, claro, ya entiendo. Oh, no pasa nada, yo también tengo amigos como tú. —Sofía mintió, pero estaba improvisando.

—¿Como yo? ¿A qué te refieres? —preguntó Jorge.

—Oh, quiero decir… —Se dio cuenta de su metedura de pata—. Pues eso, que tengo amigos a los que también les gustan los hombres y no pasa nada, soy una mujer de mente abierta, del siglo XXI. —Forzó una sonrisa.

Tras estar unos minutos frotando la americana, la mancha se había diluido un poco, pero ni muchos menos había desaparecido.

—Se me empieza a hacer un poco tarde —dijo Jorge mirando su reloj—. Tendría que irme hacia el despacho.

—Sí, sí, claro. Voy a hacer una cosa, a mediodía, si te va bien, pásate por aquí, tendré solventado lo de tu americana, te lo aseguro.

—De acuerdo, pero no te apures, no pasa nada.

—Por favor, y acepta mis disculpas nuevamente.

—Bueno, me marcho. No te olvides de pagar el café —dijo con otra sonrisa.

—Claro, claro, no hay problema, no me olvidaré.

Jorge salió de la tienda y se marchó por donde había venido. Sofía se quedó pensativa, en su vida lo había visto, ni siquiera le sonaba su cara, pero ahí estaba lo que buscaba y lo tenía encima de su cabeza, justo en la planta veintitrés.

Juanjo había empezado el lunes muy temprano, tenía turno de mañana y, para colmo, se había incorporado un nuevo agente, con lo que le tocaba como compañero a él, ya que era el encargado de dar formación a los recién llegados. El nuevo agente era un joven atlético y musculado, pelo rubio y de enorme altura, debía medir casi dos metros.

Las pruebas de acceso cada vez eran más duras, por los muchos aspirantes, por lo que los nuevos que llegaban al cuerpo cada vez tenían más capacidad e intelecto, aunque había excepciones algunas veces. Después de tomar un café amargo en la cafetería de la comisaría, su nuevo compañero y él se dirigieron hacia el parking, cogieron el coche asignado y salieron hacia la zona sur de la ciudad; hoy darían una vuelta por el extrarradio de la ciudad.

Dejó conducir al novato, era la táctica que se solía hacer para que los muchachos se aprendieran los entresijos de las calles, ya que como copilotos se distraían con cualquier tontería que veían y luego no recordaban las rutas.

—¿Por qué te hiciste policía? Un tipo listo como tú y con una carrera recién acabada… —le preguntó para romper el monótono silencio.

—Por tradición, señor. Mi padre fue durante muchos años capitán de policía hasta que murió.

—Vaya, así que desde que naciste, ya sabías que ibas a ser policía —dijo sin aparatar la vista de la carretera.

—Más o menos, señor —le respondió el joven.

—¿Pues sabes?, no vale la pena, muchacho.

—¿No vale la pena?, ¿por qué señor? —le inquirió.

—Porque cuando llegas aquí, al mundo real, y sales de la academia, ves que lo que has aprendido no vale para nada.

—Disculpe, pero no le entiendo, señor.

Había iniciado un sin fin de conversaciones así con todos los nuevos y las respuestas eran idénticas. Más que una conversación intrascendente, era como un rutinario examen a los nuevos.

—Mira, te vas a jugar la vida en cada intervención y cuando por fin logres meter a un desalmado en la cárcel, antes de que acabes tu jornada, habrá salido por la puerta, eso si no te pega un tiro ‘accidentalmente’ y te manda al otro barrio.

—Bueno, pero ese no es un problema mío, será de los jueces en todo caso que aplican la ley y…

—Déjate de gilipolleces —le dijo cortándole la conversación—. Los jueces están en su casa durmiendo, mientras tú ahora mismo, a las siete de la mañana, te estás jugando la vida, y ese sí es un problema tuyo. Hazme caso, chaval, no vale la pena.

—Lo tendré en cuenta señor.

—Y otra cosa, chaval.

—Dígame, señor.

—¡Deja de llamarme ‘señor’ en cada frase, es más, no me digas nunca más señor! —le dijo mirándole a los ojos.

—De acuerdo.

El coche circulaba por la avenida hacia el sur de la ciudad y, por suerte, en dirección norte es donde se aglutinaba todo el tráfico de entrada hacia el centro, con lo que la caravana de coches se hacía interminable y ellos, aunque con alguna que otra parada por los semáforos, avanzaban a buen ritmo. El nuevo agente era escrupuloso con las normas de circulación, aminoraba la marcha en exceso en todos los cedas y stops, y si el semáforo se ponía en ámbar, detenía el vehículo; incluso circulaba por el carril derecho, sin adelantar a ningún otro coche, con lo que poco a poco Juanjo se iba poniendo nervioso, algo que el silencio en el que viajaban ayudaba a aumentarlo.

De pronto la radio del coche les informaba de que había una pequeña pelea dos calles más abajo, por lo que Juanjo contestó que se aproximaban hacía allí. Puso la sirena y las luces exteriores empezaron a funcionar iluminando todo a su paso.

—Vamos a ver cómo conduces —le dijo al novato.

—De acuerdo… señor. —Fue instintivo y se dio cuenta, el muchacho, mirando a Juanjo.

—No te pongas nervioso y déjame actuar a mí —dijo Juanjo mientras se ajustaba la gorra y cogía la porra reglamentaria introduciéndosela en el cinturón.

Llegaron en menos de un minuto al lugar del altercado. Era un pequeño bar donde varias personas estaban en el exterior, alrededor de dos jóvenes que estaban enzarzados en una pelea en el suelo. Uno de ellos llevaba una especie de puño americano e intentaba darle golpes al que estaba tirado en el suelo, con sangre, que escupía lastimosamente e intentaba devolver los golpes a su adversario, pero todos ellos se perdían en el aire. Detuvieron el coche en la puerta, en mitad de la calle, y bajaron los dos del coche. El novato seguía a Juanjo y le dejó actuar.

—¡A ver!, ¿qué pasa aquí? —gritó Juanjo a la multitud, que les abrió paso instintivamente hasta que vio a los dos jóvenes en el suelo.

—Se están matando entre ellos —dijo uno de los improvisados mirones mientras los dos jóvenes seguían golpeándose.

—¡Sepáralos! —indicó Juanjo al novato, que de inmediato agarró por los hombros al joven que estaba encima del otro y lo levantó medio metro del suelo sin apenas esfuerzo.

—¿Qué coño pasa aquí? —preguntó Juanjo al joven que quedaba en el suelo.

—Nada, joder. ¡Ese hijo de puta me quería robar! —gritó el joven, mientras escupía sangre de la boca.

—¡Es un jodido maricón! ¡Un pervertido! —gritó el otro joven.

—¡Venga poneos los dos contra la pared! —gritó Juanjo mientras ayudaba a incorporarse al joven. Al mismo tiempo, el novato le quitó el puño de hierro al otro joven, lo llevó hacia la pared con el brazo retorcido y empezó a registrarlo.

Continuará…

 

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El juego (1r. capítulo) / Novelasxentregas

Una novela por entregas de Alfonso Carrasco (Mollet del Vallès, Barcelona) . Un relato con música. After Ventus

Sergio cerraba la puerta de la pequeña habitación que había en el interior de la sala en la que estaban reunidos, como cada viernes, los cuatro amigos participantes del juego. La sala, que en realidad era el garaje de su casa, no había sido elegida por casualidad, sino porque Sergio estaba separado, no tenía hijos ni novia fija, sólo amigas de fin de semana, por lo que la casa estaba siempre sola, sin alboroto de niños ni de ninguna persona que pudiera interrumpirlos en mitad de la partida. Por eso los viernes se reunían los cuatro amigos para jugar y distraerse de las tensiones de la semana; lo llevaban haciendo desde hacía varios años y nunca, bajo ninguna circunstancia, ninguno de ellos había faltado a la cita, y así esperaban seguir haciéndolo.

Cada uno de ellos tenía una vida, una familia, incluso distintos amigos, pero la noche de los viernes era suya, de los cuatro. Se reunían alrededor de la mesa y, si el juego había sido bueno, la diversión y las horas de conversación se hacían fascinantes y, además, se planificaba la jugada para la próxima semana, todo ello sin olvidar sus quehaceres diarios a lo largo de ella.

Tal vez para Sofía, eso era lo más interesante de todo, no sólo la reunión semanal y el propio juego, sino el preparativo en sí; ella trabajaba en una boutique de ropa, de alta costura, como le gustaba decir pomposamente, aunque en realidad era una franquicia de ropa de marca en el centro de la ciudad que regentaba desde hacía varios años con su socia. Estaba felizmente casada con un hombre, mayor que ella, banquero de profesión, y, aunque no tenía hijos, tampoco los echaba de menos; el futuro para ella era simplemente vivir el presente, todo lo demás ya vendría.

Realmente vestía siempre muy elegante, era atractiva y su larga melena de pelo oscuro junto a su cuerpo estilizado resaltaba una figura atrayente a la mayoría de hombres y, aunque los años no perdonan, mantenía el glamour que de joven sin duda había tenido. Sofía era una persona culta, hablaba varios idiomas con soltura y con su marido había recorrido medio mundo en cruceros de lujo, algo que acabó aborreciendo y, como algunas veces había insinuado, su boutique era un entretenimiento más que una necesidad, un punto de encuentro donde podía conocer mucha gente, y eso para el juego era muy interesante y la hacía una jugadora aventajada.

Sergio era un tipo alto, medía casi dos metros y en su juventud había aprovechado su envergadura para jugar a básquet en algunos equipos de la universidad donde estudió Económicas, trabajaba en una multinacional de alimentación como responsable del área de compras; un trabajo desquiciante según sus propias palabras, por lo que muchas veces se le notaba muy cansado y en alguna ocasión había dado una cabezadita en mitad de la partida, algo que sus compañeros de mesa le habían reprochado.

El tercer jugador se llamaba Luis, un joven de apenas treinta años, muy atractivo y con innumerables novias, tantas que en más de una ocasión había confundido el nombre y le había puesto en serios aprietos. Vestía siempre de manera informal con sus tejanos y camisas de marca y, en alguna ocasión, por motivos de trabajo estaba obligado a llevar corbata, algo que no le disgustaba, pero sí le incomodaba, sobre todo en verano; tenía una curiosa teoría sobre las corbatas y es que la mayoría de gente se las pone, no porque forme parte de su atuendo, sino simplemente porque su interlocutor también las lleva. Entró a jugar por pura casualidad, ya que era amigo y a la vez cliente de Sofía, o tal vez algo más, aunque eso nunca se ha podido probar, pero el resto de jugadores así lo pensaba. Trabajaba como agente comercial de una empresa de servicios informáticos desde hacía un par de años, justo cuando acabó la carrera, aunque sabía que ese no sería su trabajo definitivo.

Acabó la carrera de ingeniería tarde, muy tarde, ya que estuvo durante algunos años trabajando como modelo para una marca muy conocida de ropa internacional, pero cuando superó cierta edad, prescindieron de él y retomó sus estudios.

Por último, está Juanjo; en realidad se llamaba Juan José, pero ese nombre siempre le había parecido muy largo y prefería que sus amigos le llamaran simplemente Juanjo. Era policía local en la ciudad y en alguna ocasión había recibido llamadas en medio de la partida por culpa de alguna emergencia, aunque siempre se lo había montado para no tener servicio los viernes por la noche, incluso llegando a pagar las guardias a alguno de sus compañeros.

Rozaba los cincuenta años y, desde que entró como policía local, había visto de todo, desde suicidios, asesinatos, robos, engaños, y un largo etcétera de sucesos más o menos desagradables, lo típico, según comentaba él, en una ciudad como esta. Llevaba casado un montón de años, tenía dos hijos y su hijo mayor también era policía, pero por incompatibilidades estaba como policía nacional fuera de la región.

—¿Nos vamos? —preguntó Sofía dirigiéndose a Sergio.

—Sí, es un poco tarde y hoy la partida se ha alargado más de lo previsto

—le respondió mientras limpiaba el suelo con una escoba.

—¿Te ayudamos a limpiar esto? —preguntó Juanjo.

—No, no, mañana por la mañana lo acabo de limpiar todo, no os preocupéis —respondió Sergio.

—Vaya, ¿no tendrás amiguita mañana en casa? Porque, si es así, vengo a ayudarte —le dijo Luis en tono irónico, lo que dio pie a que se oyera un murmullo de risas en la sala.

—Habrá amiguita, pero será por la tarde y, tranquilo, no necesito ningún semental. Aprovecharé la mañana para limpiar el resto de lo que hemos dejado aquí, no os preocupéis —le respondió Sergio en tono burlón.

—Pues nada, que pases una buena noche —dijo Sofía haciéndolo extensivo a cada uno de los presentes.

Se dirigieron hacia la escalera que comunicaba el resto de la casa con el garaje y, justo antes de subir, Sergio les habló desde abajo:

—Recordad el juego, para la semana que viene nuestro personaje invitado ha de ser un gay, y que cojee —dijo con una amplia sonrisa, como recordándoles el reto.

—Sí, no te preocupes —le dijo Luis desde la escalera—. Cuídate muchacho.

Subieron la estrecha escalera que los condujo hasta el comedor de la casa y, uno tras otro, se pusieron sus respectivas chaquetas y salieron a la calle. No había ni un alma, pues ya eran casi las dos de la madrugada y cada uno de ellos se dirigió hacia donde tenía aparcado su coche, caminando calle abajo.

—El de la semana que viene no lo ganaré yo, seguro —dijo Sofía con resignación.

—Eso nunca se sabe, mujer. En el sitio menos esperado, surge la sorpresa.

—Intentaba consolarla Luis, pero en el fondo sabía que lo tenía difícil—. Además, estás en racha, ¿cuántos puntos llevas ya?

—Creo que con el de hoy ocho, ¿y vosotros? —preguntó deteniéndose a la altura de su nuevo coche.

—Yo llevo seis puntos —dijo orgulloso Luis.

—Pues vaya mierda, yo sólo llevo tres puntos —apuntó Juanjo—. Tengo que espabilarme, si no me quedaré muy descolgado y me volverá a tocar pagar la cena de fin de año, joder.

—Mira que tú lo tienes bien, cariño —le dijo Sofía coloquialmente—. Con tu trabajo no te resulta difícil encontrar invitados.

—El problema es que siempre voy acompañado —dijo mirándola.

—Entiendo —dijo Sofía, al tiempo que le daba al mando a distancia y las luces de los intermitentes parpadearon, dándole la bienvenida su flamante 4×4 Pathfinder de color negro.

—Vaya carro, nena —dijo Luis echándole un vistazo al coche—. ¿Te lo ha regalado tu marido?

—Sí, tiene una semana —dijo orgullosa.

—Los asientos traseros deben de ser muy cómodos —le espetó Luis con una sonrisa cómplice y un guiño de ojo dirigido a Juanjo.

—Sí, imagino que lo son; y los delanteros se pueden echar hacia atrás hasta una posición increíble —dijo Sofía subiendo al coche.

—Toma nota Luis —dijo Juanjo en tono paternal.

—Oye, si un día de te separas de tu marido, dile que yo lo quiero mucho—dijo Luis provocando unas sonrisas entre sus dos amigos.

—Venga, buenas noches y cuidaos mucho. Nos vemos la semana que viene —dijo Sofía antes de cerrar la puerta y, tras poner el coche en marcha, salió del aparcamiento en dirección a la ciudad.

Luis y Juanjo se quedaron solos en medio de la acera y empezó a llover; era la típica lluvia fina que parece que no te moja, pero que al rato se te han empapado hasta los calcetines de pisar charcos inoportunos. Se dirigían calle abajo hacia sus coches, echando un vistazo al negro cielo del que las nubes no dejaban ver ni una sola estrella.

—Va a hacer una noche de perros —dijo Luis.

—Sí, eso parece, y encima mañana tengo que trabajar —le espetó Juanjo.

—Yo dormiré hasta las diez, por lo menos. Luego me iré al gimnasio.

—Cojonudo chaval, aprovéchalo mientras puedas. Hace ya años que no piso un gimnasio.

Llegaron cada uno a su coche y, tras algunos comentarios sin sentido y algunas risas, se despidieron cordialmente; para ellos la noche del viernes ya había acabado y, hasta la próxima semana, la rutina y sus quehaceres dia rios volverían a ser la tónica de sus vidas y, muy posiblemente, ni se verían durante toda esa semana. Aunque los cuatro amigos residían en la misma ciudad, sus horarios, lugares de trabajo y ocio no coincidían casi nunca.

Pasó todo el fin de semana y, sin darse cuenta, todos empezaron a vivir el lunes con la rutina habitual; además no había ningún festivo en la semana con lo que les tocaría trabajar los cinco días. Sofía llegó a su boutique pasadas las ocho de la mañana; aunque no abría hasta las nueve, siempre llegaba la primera, pues acompañaba a su marido en el coche hasta la oficina del banco y este siempre abría a las ocho en punto, como todos los bancos.

Era una manera de ahorrar, argumentaba ella, ya que así sólo utilizaban un coche y la ciudad era un caos a primera hora, y más los lunes. Aparcaba su coche en la planta baja del mismo edificio que tenía su tienda y aprovechaba esa hora para desayunar en la acogedora granja que había justo en la esquina. No conocía a nadie, pero todas las caras siempre eran las mismas; debían de ser personas que trabajaban por los alrededores y, al igual que ella, antes de entrar, aprovechaban para tomar un café. A la única persona que solía saludar era a Laura, una preciosa joven de apenas una treintena de años que, desde hacía un par, regentaba aquel local y a la que, a veces, le había comentado que cogiera algún ayudante, porque a la hora punta de los cafés, no daba abasto para servir a la clientela. Alguna vez había visto a más de uno irse sin pagar entre el bullicio de la gente y el no dar abasto la pobre Laura detrás de la barra. Hoy le volvía a insistir.

—Laura, cuando puedas, un café con leche y alguna pasta, la que más rabia te dé —dijo gritando y moviendo los brazos desde detrás de una pareja que desayunaba pomposamente en la barra.

—Buenos días, Señora Sofía, marchando —dijo Laura mientras hacía varios cafés al mismo tiempo en la cafetera y preparaba los pequeños platos con un sobre de azúcar y una cucharilla.

—Hoy también está lleno esto, ¿eh? Cómo se nota que es lunes —le volvió a decir como dándole pie a iniciar una conversación.

—Pues sí, un poco, pero a mí ya me está bien —le dijo con una sonrisa.

Laura sirvió el café con leche a Sofía y le puso otro plato pequeño con dos donuts. Lo dejó todo sobre la barra justo entre dos personas que había apoyadas en la barra, dándose la espalda entre sí y dejando un pequeño hueco entre espalda y espalda por el que Sofía alcanzó a ponerse el azúcar, remover un poco con la cucharilla y, con mucho cuidado, llevarse la taza hasta la boca. Justo al devolver la taza a su posición inicial sobre el plato situado en la barra, uno de los dos hombre hizo un movimiento inesperado, rozando el brazo de Sofía, que derramó sobre la espalda del otro cliente parte del café con leche, al mismo tiempo que Sofía, previendo el altercado, hizo un gesto lastimoso con la cara. El hombre, al notar el calor del líquido derramado sobre parte de su espalda, se giró bruscamente.

—¡Perdón!, ¡perdón! —dijo Sofía—. Ha sido totalmente involuntario.

—¡Ostras, la americana! —dijo el hombre intentando mirarse la espalda.

—Lo siento muchísimo, el señor me ha tocado el brazo y no he podido evitarlo. Si quiere, nos acercamos a mi tienda, que está al lado mismo, y se la limpio.

—No se preocupe, tengo otra en mi despacho, estas cosas pasan —dijo amablemente el hombre.

—Por favor, insisto, vayamos a mi tienda y en cinco minutos le intento quitar la mancha. Laura —dijo dirigiéndose a la camarera que seguía haciendo cafés—, todo esto anótalo, que luego te lo pago.

continuará…

 

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Vestidos de zombies. I Capítulo

Por María del Pino (Córdoba)

Relato con música. Clica sobre la imagen de María… hay un claro de luna.

Cuando Pedro llegó a casa de Jaime, todos sus colegas estaban fascinados. «El mejor disfraz, tío. El más realista», le dijeron. Éstos habían estado la semana antes preparando sus trajes. Sin embargo, Pedro solamente tuvo un día por fallo al no leer los mensajes de las redes sociales.

Todos habían maquinado sus vestimentas por separado, pero con la misma temática. La idea surgió después de ver la película “28 días después”, y Lucas fue quién lo propuso: «¡Hay que ir de Zombies!».

Llegaron las once de la noche y salieron de la casa los cinco zombies: Jaime, el zombie granjero –con gorro, vaqueros y camisa de cuadros rojos y azules–; Lucas, el zombie futbolista –con la equipación de Argentina–; Antonio, el zombie de estar por casa –con zapatillas de lona, pijama y bata–; Manolo, el zombie callejero –ropa normal y quilos
de maquillaje mal puesto–
; y Pedro, el zombie recién salido del ataúd –traje de chaqueta y, para él, un extraño ungüento que su hermana le adosó a la cara y con el que daba realmente la sensación de putrefacción por algunas zonas. Daba tanto asco que a penas se miró un par de segundos al espejo–.

Habían decidido ir por las las calles del centro asustando a la gente hasta que llegasen las 00:00: noche de brujas en otros países, día de los difuntos para los españoles.

Ese día no sabían dónde ir exactamente. Si a una discoteca, de pubs, o al polígono, donde Jaime creyó oír que habían hecho algo taco “guapo”. Aun así, lo que sí tenían claro era una cosa: no iban a ligar.

No por las ricas y exquisitas “demonias” y vampiresas que habría por ahí
sueltas, sino porque con las caras que llevaban… No ligarían ni con un orco.

Continuará…

 

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