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DESNUDÁNDONOS

La luna fue indulgente y permitió que nos deleitáramos con la lluvia de las Perseidas. No hicieron falta sofisticados equipos telescópicos ni tampoco ascender a la montaña más alta del mundo para contemplar las lágrimas de San Lorenzo. Teníamos lo necesario: nuestros ojos y nuestro corazón abiertos de par en par; nuestro espíritu, en paz; nuestros deseos, entre la locura y el equilibrio, y también un cielo despejado. ¡Gracias San Lorenzo!.

– ¡ Qué bonito el verbo deleitarse ! – observé.

– ¡Cierto!, mi querido y joven amigo. ¡Ay! si el mundo supiera de su existencia… –  registró el viejo de la imprenta, capaz de deleitarse con el primer café de la mañana, y el último té de la tarde, o con un buen libro, o dando las gracias, o regalando buenos días, tardes o noches, o comiendo un simple muslo de pollo, o mirando al cielo, o… con todo lo que hace, dice, piensa, siente, mira o sueña.

– Disculpa, querido viejo. Creo que se me ha metido una perseida en el ojo.

– Pues, debo advertirte de que, posiblemente, estás enamorado.

– ¿ Enamorado ?

– ¡Sí ! ¿ Acaso no has oído hablar del amor ?  Ese sentimiento que es una bendita condena.

– Pero…, en realidad, ¿ qué es el amor ?

– Creo que necesitaríamos una eterna lluvia de perseidas para describirlo… Lástima que ni siquiera en el amor el hombre se ha puesto totalmente de acuerdo.

– ¡ Debería ser sencillo definirlo !

– Te prometo que hablaré de ello con los académicos de la lengua y de la vida. ¿ Sabes que existen hasta catorce acepciones y otras veintiuna locuciones y expresiones verbales, adverbiales, coloquiales, en uso, poco usadas y desusadas para describir un sentimiento de cuatro letras ? … Hasta el hortelano, el almorejo, el arbolito de las malváceas, el agua, Dios, los girasoles, lo gratuito, la voluntad, un conjunto de mil unidades, las bulerías, el derroche, la burla, la cuarentena, la lejanía, las madres, la libertad o la lumbre tienen su propio amor… Incluso los hay que confunden el amor con un fenómeno sobrenatural, la complejidad, la experimentación, los cuestionarios, las probetas y… las máquinas tragaperras.

– Debo confesarte que yo, de mayor, sin dejar de ser yo quiero ser como tú…

– ¿ Viejo ?

– Viejo, y romántico.

– Vigila no te quemen en una hoguera por ser romántico, por amor… como a San Lorenzo.

– Pues que quemen en una hoguera. De hecho, creo que el hombre que no es romántico no es hombre. ¡ Ya sabes !, más vale haber amado y perdido que nunca haber amado…

– Yo, de mayor, siendo yo también quiero ser como tú.

– ¿ Joven e inocente ?

– Joven, inocente y romántico… Qué equivocados están aquellos que piensan que el romanticismo es algo anticuado o cosa de mujeres.

– ¡Cierto!, querido viejo. Sin embargo, hay una cosa que me preocupa. Pienso y vuelvo a pensar y siempre encuentro algo que relaciona el amor con lo feo o lo sórdido. Sin ir más lejos, los que matan por amor…

– ¿ Te refieres a los del género “la mate porque era mía…” ?

– ¡ Por ejemplo…!

– Esos no son amantes, son (im)perfectos canallas. Nunca han sabido qué es el amor y nunca lo sabrán, más allá de ellos mismos. ¡ Los odio!

– ¡ Yo, también ! ¡ A la hoguera con ellos!

– Sabes mi querido joven, inocente y romántico amigo. Sólo se me ocurre una cosa perfecta en el mundo…

– ¿ El chocolate ?

– ¡ La mujer !

– Pero, las mujeres también son imperfectas.

– Cierto, pero sus imperfecciones las hacen perfectas, aún en el dolor más abismal por el abandono. En nosotros, las imperfecciones nos hacen cada vez más estúpidos.

– ¿ Y si Dios fuera mujer ?

– Quizás las cosas irían mejor…

 …

-¡ Se lo diré!

– ¿ Qué le dirás ?

No sé tú, pero creo que esto está llegando a un punto al que jamás había llegado. Me tiemblan las manos, se me secan los labios, se me acelera el corazón. Dime, ¿qué me has hecho? Necesito una explicación. Sé que es posible que no haya explicación lógica pero inténtalo, dime que estoy loco, que un virus ronda por mi cuerpo, pero por favor no me digas que estoy enamorado de ti. Le diré que la quiero cuando tiene frío estando a veintiún grados; que la quiero cuando tarda una hora en pedir el primer plato; que la quiero con esa arruga que se le forma aquí cuando me mira como si estuviera loco; que la quiero cuando, después de pasar el día con ella, mi ropa huele a su perfume y quiero que sea la última persona con la que hable antes de dormirme por las noches…

– ¡Díselo! y deléitate, deléitala, deleitaos juntos.

El Café Romantic presenta un romántico relato de La Dama se Esconde, desde Murcia, una polifacética artista que, en su vida, lo arriesga todo y se desnuda… por amor, porque no sabe hacerlo y decirlo de otra manera. Hasta cuando fríe un huevo – cosa que no es tan sencilla como parece- derrocha amor.

Imagen con música: Peter Gabriel & Kate Bush – Don’t Give Up

Me he desnudado de todo
de lo viejo,
de lo incierto
de palabras,
silencios
recuerdos,
Me desnudo de ti
de tu vida entre mis sábanas.
Me he desnudado de todo
del presente,
de la cal blanca de tus manos
del aceite verde oliva de tu vientre,
de besos sabor a limón
o canela.
Me he desnudado de tus llamadas
de tu frente arrugada por los años
de tus huellas impresas en las mías
De tu sabor a menta, tomillo, o
silencios.
Me desnudo
en la tarde de verano
con la siesta acurrucada
entre mis penas
Y tristezas…
Mi futuro… de él no sé nada
Si será vestido de encaje y primavera
o un otoño tranquilo
preñado del zumo de la uva,
del canto de un mirlo
de colores en mi paleta.
Un vestido me coso con el presente
sin zurcidos del pasado
con el hilo plata
de un futuro
donde las runas dibujan
el contorno del mapa
de mis noches y mis días. 

 

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DECÁLOGO DE PENSAMIENTOS CASI ÚTILES PARA MALOS MOMENTOS

En una ocasión, para mi fortuna, el viejo de la imprenta me sorprendió intentando gritar ante un espejo. Quería gritar y no podía. Maldije a aquel que se manifestaba en el espejo. Me pareció ver la silueta de alguien que se insinuaba más que enseñaba, perdido en su búsqueda de un territorio propio.

Era la silueta de alguien que se ahogaba de sed, que agotaba todas las posibilidades de experimentar los cientos de estados de ánimo que podía  manifestar y luego rompía a llorar. Me vi el espejo y me dije: solo soy un hombre de barba rala y ojos tristes y el resto, un cuento chino, cuando no una tragedia griega. Sentí miedo, un miedo indefinido, infinito. Sospeché que comenzaba a metamorfomearme.

– Disculpa, querido viejo, ¿ son iguales todos los espejos ?

Como si el asunto no fuera con él, como si la cosa fuera la más sencilla del mundo, el viejo me invitó a mirarme otra vez en el espejo. El pánico adensó. Por momentos, sentí que hablaba a mi sombra, al negativo de mi mismo. O peor aún, a un fantasma. El viejo acercó una vela encendida y espetó, ¿ qué ves ?

En ese momento callé. Aún con el cuerpo empapado de temor, reuní el coraje suficiente y estudié mi propio rostro frente al espejo que parecía romperse, como si fuera otra persona. Por fin, observé trazos de lo que no quería ser, visos que difuminaban la figura que sólo se atrevía a insinuarse.

El viejo apagó la vela. ¿ Qué ves ? Dime si es una persona o un monstruo.

– Persona -, susurré.

– ¿ Sólo una apocada persona que susurra o una persona que le grita a la vida, y la celebra ?

– ¡ Una persona ! – exclamé, casi vaciándome.

– Dime si es alguien sincero o toda una mentira.

Medité la respuesta. El viejo encendió de nuevo la vela. Vi a alguien que no era sincero incluso cuando decía que no lo era. Alguien que no podía ser lo que era, alguien que, incluso, no podía decir que estuviese en desacuerdo con el otro… Nuevamente, apagó la vela. ¿ Dime qué ves ? ¡ Lo vi !.

– Alguien que quiere dejar su huella con profunda sinceridad, que quiere cruzar barreras y le recuerde así la humanidad. Alguien que promete sinceridad, aunque no imparcialidad.

A continuación, el viejo encendió todas las luces posibles de la casa. Iba como un loco de aquí para allá, encendiéndolas y apagándolas. Dime, ¿ lleva una sonrisa en la cara o una simple curva ? Miré al del espejo para ver qué hacía y comprobé que llevaba una sonrisa, como el escocés que descubrió que una sonrisa es más barata que la electricidad y da más luz.

Luego, ya en calma, con la casa a oscuras y la vela humeante, el viejo me presentó a la figura del espejo que parecía cobrar vida para saltar de él y gritarle al mundo su presencia.

– ¡ Hola !, mi querido joven. Soy tú, y estoy encantado de conocerte, – dijo la figura a modo de jovial saludo. Llevaba puesta una sonrisa de gigante. No era una sonrisa pintada ni retocada con uno de esos mentirosos programas informáticos. Era, simple y genuinamente, sincera. Tampoco era un rostro pactado ni había impostura en su postura. Le estreché la mano y me respondió: ” el agua para hervir necesita vapor y yo, para vivir, te necesito a ti…”

El Café Romantic presenta un original decálogo de la rica y profusa imaginación de Mercè Roura, la periodista de Badalona. Imagen con música: Un nuevo día brillará, Luz Casal.

Todo se hunde, pero es sólo en tu cabeza. Allí habitan los grandes peligros y las grandes ocasiones para todo. Tú mandas, tú diriges tus pensamientos… Tú escoges si vas a ser la protagonista o a mirar tu vida desde la platea. Eres lo que piensas que eres. Piensa bien.

-Te pongas como te pongas, mañana vas a tener que levantarte y plantar cara, mejor que esa cara esté en buenas condiciones. Mejor que te vean radiante. Que sepan que te recompones cada día. Que eres resistente. Cuanto mayor sea la tragedia, mayor la sonrisa. Hazlo por ellos pero, sobre todo, hazlo por ti. Estás mal ahora, pero no estás sólo

-No te avergüences. Acabas de pegar un grito horrible, pero no eres esa persona con cara de caimán en la que te has convertido mientras te enfurecías. Ni tampoco esa que todo lo traga después de una tarde plácida. No eres una hiena, has tenido un mal momento. Si quieres, puedes poner el contador a cero desde ahora. No vivas del pasado más que para aprender de él, no dejes que te atormente. No te obsesiones con el futuro. Vive el presente. Tú vida empieza ahora… Después del grito… Y la próxima vez que vayas a transformarte, si puedes, avisa.

-Equivocarse es maravilloso. Tu imperfección te hace perfecto para cometer errores. Estás diseñado para ello porque es necesario y básico para vivir. Fastidiarla es la única manera de saber escoger entre el grano y la paja. No hay fórmulas de éxito, no hay caminos correctos. Equivócate sin complejos, no dejes de hacer nada por miedo, vergüenza o sentido del ridículo.

-Porque… ¿Crees que has hecho el ridículo? ¿ante quién? ¿te esconderías en los confines del mundo? ¿te sientes feo, absurdo, desgraciada, cansada, revuelta, indigno? No lo piensa nadie más que tú y si lo hacen es su problema. La ridiculez está en tu mente, has aprendido a creer en ella… Haz el ridículo. Hazlo cada día hasta que se te olvide si lo haces o no y pierdas el sentido… Hasta que no sepas donde está la cordura o la sensatez. Hazlo como ejercicio, no importa cuanto tiempo dure el experimento mientras te seas siempre fiel.

-Ilusionarse es una droga. Tenla en vena siempre. Sé adicto a las ganas y al entusiasmo. Es el material para fabricarlo todo. Tal vez hoy has visto cosas que te han puesto los pelos de punta y has tragado injusticia y desidia, por eso vas a necesitar una ración extra de pasión para mañana. Para llegar más lejos, para mejorar esta versión de ti que aún tiene miedos, pero que busca justicia. Muévete, haz, no te quedes quieto que te oxidas. A medida que andes, el camino se irá dibujando ante ti.

Vas a tener que correr riesgos. El mayor de ellos pero el más necesario ser tu mismo. Y eso encandilará a muchos y levantará ampollas en otros. Sigue, eres lo más auténtico que tienes para vender. Lo único. Asegúrate de que sabes quién eres y qué quieres. Busca lo que te hace distinto. Y lánzate.

Sé honesto. No vendas humo. Vende tus ganas, tu talento. Que no te pillen intentando ser quién no eres, ni soñando con cabeza ajena. Si no te gusta tu circunstancia cámbiala. Si de momento, no puedes, píntale las paredes de colores vivos a la celda, que parezca un campo de oportunidades.

Aférrate a los tesoros que posees. Agarra lo bueno de la vida y siéntete afortunado. ¿Amas? ¡Menuda suerte! Eso es lo más grande. Hazlo con toda la intensidad de que seas capaz, pero siéntete libre. El amor es libertad y al mismo tiempo entrega. Recuerda, tú no mendigas amor. Nunca. No te quedas con las migajas, te comes el pastel porque te lo mereces todo. Y lo das todo. Quiérete mucho.

Perdónales, pobrecillos. No saben, no pueden porque no quieren. A menudo no llegan porque su rencor es una barrera. Merecen más compasión que desprecio. Tú si puedes, olvida. Lo más seguro si quieren fastidiarte es que vivan pendientes de ti… Libérales ignorando sus miradas.

 

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LA MALDITA LÍNEA (dos que antes fue uno)

– ¿ Dónde estamos? – le pregunté al viejo de la imprenta luego de una larga caminata por el puerto de mi paciencia. A veces navego a la deriva por ese puerto pero, por fortuna, el límite de mi paciencia está lejano y no lo he alcanzado nunca, ni espero hacerlo. Dicen que la paciencia es una virtud, que las cosas buenas les pasan a los que esperan. Por supuesto, también dicen que aquel que duda está perdido. Llegados a aquel punto, yo esperaba del viejo una buena historia que narrar. Y, por supuesto, poniendo a prueba una vez más mi paciencia, no me defraudó.

El viejo me había conducido hasta un pueblo que el destino quiso situar en la frontera entre dos regiones, dos naciones, dos maneras de ver la vida, dos maneras de pensar, dos maneras de sonreír, dos maneras de llorar, dos maneras de hablar… incluso dos maneras de cocina y dos maneras de enterrar a sus muertos.

– ¡ He aquí el porqué de las cosas ! – dijo sobre aquella incomprensible dualidad, al tiempo que señalaba con el dedo una línea de pintura blanca que ni siquiera el paso del tiempo había conseguido borrar.

Nos sentamos en lo alto de una elevación natural del terreno. A mí no me pareció más que una cima, pero para los de la parte derecha del pueblo era una colina y para los de la izquierda -según la división mental que tracé-, era una montaña. En todo caso, y lejos de las disputas vecinales, se divisaba el pueblo, o los pueblos (para no herir susceptibilidades).

– ¿ Qué debió ocurrir en aquel lugar?, que un día fue un pueblo y, ahora, eran dos – me pregunté, naturalmente con cara de interrogante que el viejo advirtió. Si no hubiera puesto esa cara, a buen seguro, mi querido viejo me hubiese tachado de tonto por no hacerlo. Pero he aprendido a preguntar, aún pareciendo un tonto unos minutos, que no preguntar y ser tonto por siempre.

Su historia no se hizo esperar, colmando mi impaciencia.

– Dicen que un día, hace mucho tiempo, tanto que sólo los más viejos del lugar lo recuerdan, llegó al pueblo un hombre de traje gris y encorbatado sin más equipaje que una maleta y un par de mudas. Dicho hombre, de cuyo nombre no se acuerdan, ni tampoco quieren acordarse, acudió al hostal del pueblo cuando era un sólo pueblo, pidió una habitación cuando el hostal era un sólo hostal, comió un plato cuando sólo se servía un plato y, sin hablar con nadie, se dirigió a un extremo del pueblo, seguido entre cuchicheos por todo el asombrado pueblo, cuando era un sólo pueblo y su asombro era único.

¿Quién era el hombre del traje gris y corbata?, se preguntaron los lugareños, cuando el lugar era sólo uno. Y, ¿ por qué había ido allí?, cuando allí aún era un tranquilo y pacífico singular…(Cabe detallar que aquellos lugareños apenas sí habían visto hasta entonces una corbata, prenda que asociaban con un lugar llamado ciudad donde, según tenían entendido, se dedicaban a la política y otras pamplinas similares)

Sin abrir la boca, la única que tenía, el hombre del traje gris y encorbatado se encontró con dos hombres con aspecto de trabajadores de un organismo al que llamaban ministerio y que iban dotados de una máquina de pintura, como aquellas que se emplean para marcar las líneas horizontales de las carreteras.

El hombre del traje gris y corbata, en nombre de las órdenes que había recibido de aquel lugar llamado ciudad, hizo unas comprobaciones métricas, analizó un plano, oteó el horizonte y ordenó a los dos operarios que iniciasen la marca de la línea…

Se pasaron toda la tarde trazando esa línea. Al final del día, aún en crepúsculo, observaron satisfechos el trabajo realizado. La línea había partido en el pueblo en dos. Era visible. Siempre lo sería. Partidos quedaron el ayuntamiento, la escuela, la iglesia, el cementerio, la calle mayor, el parque central, el campo de fútbol, la balsa que luego fue piscina, la pista de la petanca y hasta el banco de toda la vida donde dos simpáticos y corrosivos viejos, como aquellos de nuestros añorados Teleñecos, siempre se sentaban para mofarse de ellos mismos y de todos los demás…

– Y, ahora, mi querido y joven amigo, deberías preguntarme qué ocurrió a partir de entonces, – formuló el viejo mientras yo, para mis adentros, imaginaba ya el rocambolesco escenario que aquella (in)significante línea de pintura blanca había dibujado. ¿ Qué ocurrió, querido viejo?, pregunté, para su satisfacción, y también la mía.

– ¡ Pues que ya nada fue igual en el pueblo que antes fue un sólo pueblo… !, – anunció con voz pausada, cada vez más apagada, como si también a él le hubieran partido en dos.

El descontento, como el desconcierto, adensaron. Algunos querían cruzar la línea, a la que muchos llamaron abismo y unos cuantos, el llano.

Algunos – prosiguió el viejo- quisieron cruzar esa línea a la que muchos llamaron abismo y unos cuantos, el llano. Pero, ¿ por qué querrían cruzar esa línea?, nos preguntamos el viejo y yo con la mirada, en un mundo donde casi nada sucedía por casualidades angelicales.

El entusiasmo una vez se trazó la línea no dio paso a una reflexión crítica sobre la peligrosa, por absurda, situación en la que se adentraban. “Démosle un voto de confianza”, se decían con rostros entre la esperanza y la palidez. “Sólo quiero llevar mi vida y ser feliz con mi familia”, respondían los que no quisieron traspasar nunca la línea y les importaba un carajo si estaba o no allí.

En la plaza que un día, en época de los tatarabuelos fue la de la iglesia y en época de los bisabuelos la mayor, unos se encontraban porque se citaban y otros no se citaban porque ya se encontraban. Era, popularmente, la plaza de la Liberación porque un día los jóvenes de ambos lados de la línea, en un acuerdo sin precedentes y, posiblemente, sin consiguientes, leyeron en Internet que todos los pueblos debían tener su plaza de la liberación. No obstante, para unos era la plaza de la Independencia, aunque en el callejero figuraba como la plaça del sis d’octubre. Para los otros, era la plaza de la Autonomía. Allí, todos mantenían acaloradas discusiones sobre el modelo de estado a construir; mejor dicho, a reconstruir. Era su forma de matar las horas ya muertas, pocas, pues necesitaban todas las horas de la jornada para ganarse el pan. Eran sólo destellos de filosofía política, barata, pero filosofía al fin y al cabo; política, al fin y al cabo. Los recelos eran inevitables. Las religiones, por fortuna, las llevaban en el corazón. Los de este lado de la línea se quejaban con la garganta. Los del otro lado, con el diafragma. Había quien, en el desespero, pataleaba de forma cómica para vencer el estrés de la situación. « ¿Y ahora a quién le suplicó?», se quejaba el párroco.

“,Y aún, hoy en día, es difícil entrever quién tiene el poder en sus manos”, le dijo un viejo al otro, sentados en el mismo banco de siempre, que ahora eran dos.

– ¿Recuerdas?… Vivimos en una esfera de extremos y rarezas. De hecho, ni siquiera es realmente una esfera, sino un planeta salvaje, jaspeado de volcanes activos, sacudido por terremotos mortales e inundado por diluvios desastrosos. Pero, ¿sabes cuál de estas catástrofes ha sido la más devastadora?… la línea.

Y hasta la Fiesta Mayor quedó partida en dos.

Este relato nace de la mente de algunos clientes del Café en un día en que nos pusimos a imaginar como sería la vida de un pueblo que el azar ha situado justo en la línea fronteriza entre dos países, dos naciones, dos gobiernos… en disputa. Con el deseo de cada uno, desde su libertad, pertenezca al pueblo que le vio nacer, crecer o al que desee pertenecer sin líneas que limiten su lengua, sus hábitos, sus costumbres, sus creencias…En el Café Romantic soñamos con  lugares sin fronteras donde dar largos paseos acompañados por el rumor de las olas y la brisa marina, como en una playa infinita. Lugares donde durante esos largos paseos sea posible vivir algún espejismo en sus llanuras de arena, sin líneas. Lugares perfectos donde pasear, olvidarse del mundo, soñar y conocer gentes sin que importe si son blancas, negras, judías o musulmanas. Nos basta con saber que son seres humanos. Imagen con música, ” I Have a Dream”.

 

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” ESCRIVIVIR “

 

– ¿Adónde vas tan intranquilo?, mi querido y joven amigo.

– ¡ Al gramático !

– ¿ Y, eso… ?

– ¡ Me duele la vida… no encuentro palabras !

– ¡ Pero… !

– No hay peros que valgan; ¿ no vas tú al médico cuando te duele algo?

– ¡ No siempre !… Tú deberías ser tu propio gramático.

– ¿ Alguna idea ?

– ¿ Para qué escribes ?

– Para mantenerme cuerdo en el fino alambre de la vida;  para que la muerte no tenga la última palabra, y mantener vivos a los muertos; para descubrir que no me he convertido en la persona equivocada; para saber si estoy hecho de palabras; para expresar que, a veces, no hay palabras; para vivir la vida de las palabras tras darles vida; para apagar el fuego del odio y avivar el afecto del mundo; para curar, tanto como la medicina; para endulzar los momentos, como el azucarillo; para repetirme a mí mismo, como si a través de algún conjuro, las palabras, a la vez tan cargadas y tan extrañas, pudieran revelarse a sí mismas; para congraciarme con la vida, como chocolate que seduce, goloso, dulce, antidepresivo…

– ¡ Ya brotan ! –

– ¿ El qué ?

– Las ideas. ¡ Ya fluye !

– ¿Qué fluye ?

– ¡La inspiración !

– ¡ Piensa !

– ¿ En qué ?

– ¡ En nada !

– ¡ Cierra los ojos !

– ¿ Para qué ?

– ¡ Para ver !… ¿ Qué ves ?

– ¡ Sueños !

– ¿ Y qué sueñas ?

– ¡ Palabras, palabras que vuelan !

– ¿ Adónde vas ?

– A escribir para vivir: escrivivir.

¿ Y el gramático ?

– ¿ Qué gramático ?…

Como dice el señor Millás: “Estamos hechos, sobre todo, de palabras. Cuando nacemos, alguien toma en sus brazos ese trozo de carne fresca y comienza a amasarlo con palabras. Somos niños o niñas, altos o bajos, feos o guapos, porque nos cuecen en una salsa de adjetivos, pronombres, verbos, adverbios y preposiciones. Un hombre hecho, incluso a medio hacer, es el hijo de, el novio de, el padre de, el amigo de, del mismo modo que es ingeniero o médico o mendigo, además de español, inglés o lituano. Por eso, conviene conocer el funcionamiento de las palabras con la precisión con la que conocemos el de los pulmones”

El Café Romantic os ofrece un breve relato por obra e inspiración de Juan M. Molina Blázquez, de Totana (Murcia), que sabe que el que no sabe, y no sabe que no sabe, es un idiota, un ignorante o un distraído, y también sabe que el que sabe, y sabe que sabe y lo emplea con sabiduría, es el inteligente. Imagen con música.

 

 

 

 

 

 

 

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9 DE AGOSTO… Y OTROS 364 DÍAS

He recibido una postal del viejo de la imprenta con decenas de firmas que me felicitan por mi aniversario: Carlos Enrique, Joan, otro Joan, y también un Juan; Cristina, José María y Josep Maria; Manel y don Andrés; Estrella, Mar y Marta;  Anna y Ana y doblemente Ana; Menchu, Luis, el escritor, y Luis, el jurista; Mercè y Mercedes; Alfons y Alfonso; Pau, y Pablo; Carmen, Mary y María; Cati y Mila, y más juanes…

Lo confieso: me embarga la emoción. El cuerpo se me ha aflojado como si en alguna parte estallara una válvula capaz de liberar dos toneladas de aire. Estaba en pie y he vuelto a mi silla, frente al ordenador, con las piernas blandas como gelatina y un pensamiento en la mente, al tiempo reconfortante e inquieto: ¿ un año más, o un año menos ?

La postal lleva varias fechas de un mismo 9 de agosto: 1173, 1483, 1892, 1936… y también apuntes de otras fechas para olvidar: 1939, 1945, 2002…

“Fíjate – me dice el viejo en la postal- a donde hemos llegado desde que se alzó la torre de Pisa, se abrió la Capilla Sixtina, el señor Edison patentó el telégrafo y el señor Owens, negro con el tizón, dejó a los nazis con cara de bobos con sus cuatro oros en Berlín. Fíjate a donde hemos llegado desde que Franco y su caterva de desalmados formaron el segundo gobierno del horror, los americanos lanzaron su segunda bomba atómica y, por fin, dieron descanso eterno en el lugar que merecía a la señora Baartman tras una vida de escarnio circense para regocijo de racistas ingleses y franceses de años de oprobio racista. Era una esclava pero siempre será una señora. Un inciso, y a los guionistas americanos me dirijo: quién les ha concedido la licencia para etiquetar a su presidente de turno como el “líder del mundo libre” en todas sus películas y series de televisión. Me río yo del presidente de turno americano y de su mundo libre.

Mi querido y joven amigo, en este 9 de agosto ¿quién decide cuando acaba lo viejo y empieza lo nuevo ? No es un día del calendario, ni un cumpleaños, ni un año nuevo. No es hoy, únicamente. Lo fue ayer, lo será mañana. Lo es un acontecimiento, grande o pequeño. Algo que nos cambia, que nos da esperanzas. Una nueva forma de vivir y de contemplar el mundo. Lo importante, querido mío, es saber que siempre se puede volver a empezar. Aunque también es importante recordar que, entre todo lo malo del pasado, un pasado que nunca estará lo suficientemente lejos como para olvidar, siempre hay cosas a las que merece la pena aferrarse.

Hoy, el señor Gaarder (Jostein) me ha presentado al señor Andersen, un serio noruego serio, – y también un serio noruego -, de unos cuarenta años, estatura media y pelo rubio, como la mayoría de escandinavos. No obstante, un par de rasgos dirían que no es de esta tierra: ojos marrones y un semblante decaído, abatido diría yo. Me he tomado el tiempo de pensar que el tal señor Andersen quizás pertenecen a esa rara categoría de seres humanos que arrastran una triste existencia terrenal por la brevedad de la vida y la falta de espíritu.

La conjetura ha cobrado realidad cuando me he enterado de que es biólogo evolutivo. Si uno, como el señor Andersen, tiene cierta predisposición a la tristeza y otros catorce sinónimos que se me ocurren, una ciencia como la biología evolutiva tiene que ser poco recofortante; jodida, diría yo.

Lo sé, mi querido amigo. Quizás ha sido un error. Quizás no deberíamos haber llegado hasta aquí… Pero henos aquí, partícipes de una gran historia, de aquellas que realmente importan, llenas de oscuridad y de constantes riesgos y peligros. Ésas de las que no quieres saber el final, porque ¿ quien nos garantiza que va a acabar bien ?

Pero al final, todo es pasajero. Como una sombra, incluso la oscuridad se acaba para dar paso a un nuevo día. Y cuando el sol brilla, brilla aún más radiante si cabe. La tuya, como la de Carmen, Luis, José María, Ana… -en cualquiera de las lenguas que por fortuna viven-, son historias que llenan el corazón, porque tienen mucho sentido aún cuando con tus 146 años eres demasiado pequeño para entenderlas. Te aseguro que los protagonistas de estas historias se rendirían si quisieran. Pero no lo hacen: siguen adelante, porque todos luchan por algo. Incluso, el abatido señor Andersen…

Felicidades, querido amigo”

Desde el Café Romantic, y con el corazón -porque no sé hacerlo ni decirlo de otra manera-, gracias a todas y todos. Imagen con música. ¿ Bailamos ?

 

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VEN A MÍ

Ahora que el viejo de la imprenta no me escucha -eso espero-, os contaré que en algunas ocasiones abordamos el tema sin ambages: ¿ Sexo o amor ? ¿ Sexo con o sin amor ? ¿Es posible el amor sin sexo ?

– ¿ Por qué me haces una pregunta de los años setenta ? – me contestó el viejo la primera vez que se me ocurrió plantearle la cuestión. Aún no imagino al viejo, ni ahora ni antes, entrelazando su cuerpo con el de una mujer, ambos sudorosos, con las extremidades en tensión, buscando él las partes más íntimas de ella, y ella abandonada al placer más extremo mientras con sus manos retuerce las sábanas hasta convertirlas en jirones de azul.

– ¡ En efecto !, mi querido y joven amigo, busqué y hallé sus partes más íntimas y hasta nuestros cuerpos acabaron en un jirón azul – respondió, aclarando mi duda mental, para mi sonrojo. Me tranquilizó: pensarlo y hacerlo no es pecaminoso. Y me ilustró:

– Ptolomeo sucumbió al sexo de su hermana; Ovidio probó el arte de amar, y Apuleyo se convirtió en Asno de oro; Bocaccio narró las hazañas de monjes seduciendo monjas en los conventos, mal le pese a la Iglesia… ¿ O acaso crees que Vatsiaiana escribió el Kamasutra inspirado en un gallo y una gallina copulando ?

– Pero, Vatsiaiana fue un religioso, y se supone que… 

– Y también pasó su infancia en un prostíbulo, junto a su tía favorita, según dicen.

Lo cierto, y en eso coincidimos ambos, es que creemos que hay mucha gente que se ve empujada, – aunque nadie ni nada palmario la empuja -, a tener sexo por el sexo. ” Sienten que es lo que deben hacer”, opino yo; “en realidad quieren otra cosa”, sentencia él. Creo que seguimos teniendo un problema muy importante con el sexo, con la sexualidad. Aún hay mucha gente que niega en público que necesita sexo con amor porque cree que es algo cursi.

– Y, entonces, ¿ de qué estamos hablando ? – pregunté, pues la cuestión seguía sin ser pacífica, como muchas otras cosas en la vida.

– Hablamos de sexualidad.

Eché mano del diccionario.

– Entonces, hablamos del conjunto de prácticas, comportamientos, juegos… relacionados con la búsqueda del placer sexual y la reproducción, fruto del apetito sexual y de la propensión al placer carnal.

– ¿ Afirmas o preguntas ?

– Leo… en el diccionario.

– Creo que la Real Academia de la Lengua debería incorporar a Arsan, Bataille, Nabokov, Nin o Genet para actualizarse y disfrutar un poco más de la lengua… – apuntó el viejo, picarón. La sexualidad, mi querido e inocente amigo, debe ser medio para la búsqueda de comunicación, placer, afecto, ternura e intimidad. Es más que puro placer.

– ¡ Pero…! -exclamé. Siempre hay un pero en todo.

– El pero somos nosotros – anunció el viejo – Hasta en el placer somos conflictivos. Y en este asunto el conflicto radica entre lo que parece que hay que hacer y lo que, en realidad, muchos quieren hacer.

– Es decir, si no te he interpretado mal, el conflicto estriba entre tener sexo con cierta frecuencia, aunque sea sexo sin, y lo que realmente quieren todas y todos, sexo con amor, aunque no lo digan por miedo a ser tachados de cursis. 

Reflexioné para mis adentros sobre el dichoso asunto mientras el viejo fumaba con su habitual parsimonia de su vieja pipa; exhalaba hábilmente circulitos de humo que pinchaba con su dedo índice, quizás tramando una nueva noche de jirones de azul. El silencio se prolongó por espacio de unos tres o cuatro minutos. Tiempo excesivo entre ambos, pensé. El viejo guardaba cosas por añadir y, por supuesto, habló.

– ¿ Conoces la teoría de la tormenta química perfecta ? – preguntó, pues de preguntas iba el asunto. Sólo alcancé a intuir una extraña y enmarañada relación entre un factor climático, una ciencia y una acción con el sexo, con o sin.

Un día, una mujer, a la que llamaban cazadora de cuerpos, acudió a un restaurante y solicitó el menú. Un camarero, que hablaban con palabras que encendían y miraba con ojos que enrojecían, advirtió en la mujer cierto hastío de una ajetreada vida sexual en la que no había dejado espacio para el afecto. 

Hoy, señora, el menú es variado, anunció el camarero ante la sorpresa de la cazadora, habituada a un plato: sexo por el sexo. Disponemos de sexo con amor, sexo durante el enamoramiento, sexo con algo de afecto, sexo sin nada de nada…

Ante las dudas de la mujer, el camarero le sugirió un plato de la carta: sexo más allá de la pulsión. Se trataba de un plato al punto de testosterona y de lo mejor de las fases del ciclo sexual. La carta anunciaba que se trataba de un guiso que tenía ciertas propiedades de enamoramiento.

La mujer aceptó la sugerencia y, a medio plato, sintió un extraño pero fascinante placer de sentidos por efecto de una incontrolable cascada de hormonas y neuronas largo tiempo prisioneras y desprendidas por sus cautivos sistemas nerviosos.

Una vez dio cuenta del plato, la mujer solicitó el postre. Nunca lo pedía. Ojeó la carta y clavó sus ojos en un dulce que conjugaba ingredientes divinos y terrenales. “Tormenta química perfecta”. Así se denominaba el postre, una suerte de sexo con enamoramiento.

– Y, ahora, mi querido y joven amigo, pregúntate que te llevarías a una isla desierta, aparte de un libro, que no sea electrónico, por favor. ¿Alguien con quien tener sexo sin amor o alguien con quien tener amor sin sexo ?

Valgan estas líneas del viejo de la imprenta como introducción a un excelente relato de la biblioteca erótica de la escritora cordobesa María del Pino, que aborda el asunto con exquisita excelencia literaria. Y para la ocasión, una exclusiva pieza musical a piano de Yiruma.

 

Ven a mí, acércame a tus labios, sedúceme con tu tímida mirada enamorada, sensual, de caramelo… Abrázame con tus brazos de terciopelo y déjate rodear lentamente por los míos. Regálame unas gotas, ¡solo pido unas gotas!, de tu perfume embriagador para enloquecer cuando esté a solas, sin tu requerida presencia. O, mejor dicho, amor mío, no te vayas nunca de mi lado.

Ven, acércate y rompe esta maldita distancia que nos arrebata la respiración. Recréate en mi pelo enredando tus dedos por él, que yo lo haré sobre tu piel. La besaré como nadie la ha besado y la llenaré de caricias hasta que el calor aumente entre los dos.

Mi cuerpo vibra ante tu lejana-cercanía. ¿No lo notas? Sé que tú también tiemblas al conocer, a través de mi mirada, lo que pienso, lo que, con tu cuerpo y el mío, me gustaría hacer.

     

Nuestras bocas segregan saliva. Saliva que desea mezclarse para formar una sola. Parecemos, cariño mío, dos hambrientos que no solo pretenden danzar sexualmente, sino que arden por fundirse en un acto de amor. Acto que haga temblar al mundo en el que vivimos. Sé que estás sintiendo lo mismo que yo… Por eso, permite que me derrita al inhalar tu cálido aliento sobre mis labios y al llenarte a ti del mío. Abre las puertas de tu corazón y de tu alma para dejarme entrar. Te prometo que no me iré. Me quedaré, ahí, para ofrecerte mi eterno amor en bandeja de oro con aroma a azahar.

     

Ven a mí, sigue aproximándote para que pueda olerte. O, tal vez, morderte. Ya no lo sé. He enloquecido a causa de la distancia que aún nos separa. Y aunque comprendo que solo son unos metros, como sigues sin venir, esta embravecida sensación va in crescendo en mi fuero interno hasta hacerme perder el poco juicio que aún mantengo.

     

El deseo de poseerte, de guardarte para mí, de hacerte mía, gradualmente ha ido completando mi ser hasta rebosarlo. Quiero entregarme a la lujuria de tu paraíso. Así que, por favor, avanza sin miedo y autoriza a mis desesperadas manos que puedan llevar mis pensamientos a cabo. No son malos. Te lo prometo. Te aseguro que no te arrepentirás. Simplemente anhelo despojarte de las ataduras que encierran la belleza de tu desnudez para rozarte con la yema de mis dedos y pasar mi lengua con delicadeza por los rincones más hermosos de tu cuerpo.

     

¡Oh, por favor!, créeme si te digo que te haré feliz. Es lo que más deseo en este instante en el que lo prohibido, e imposible, se muestra ante nosotros dos.

 

Ven a mí…

Un poco más cerca…

Ya casi estás a mi lado…

Bien…


Ahora que te hallas a mi vera, te garantizo que sabrás lo que es arder de pasión, ilusión y arrebato. Surcaremos el mar de nubes montados en un lecho de amor, entre el huracán carnoso de tus labios y la fusión de nuestros cuerpos… Todo, por alcanzar la felicidad del delirio onírico que nos engulle hasta la saciedad.

 

Sigue besándome de esa desenfrenada y alocada manera. Sigue moviéndote con suavidad, que yo marcaré el ritmo y las pausas. ¿ Notas la presión? ¿Notas mis manos? Déjate llevar porque, juntos, vamos a tocar el cielo…

     

Ven a mí cada noche, amor mío. Entrégate a mí cada día…

 

 

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LA MÁQUINA DE FABRICAR EXCUSAS

” Mi querido y joven amigo;

Camino de mi encuentro con el señor Gaarder, he recibido con alborozo tu última carta en la que formulas algunas preguntas. Que bonito el verbo preguntar en todas sus formas y conjugaciones. Yo, en particular, me quedo con el gerundio que es un presente en desarrollo, como estar siempre, el tiempo discurre pero no avanza: preguntando.

Preguntar, como decir, gritar, opinar, disidir, manifestar y otros muchos verbos que tienen que ver con la declaración de ideas, pensamientos y sentimientos deberían ser derechos divinos. Y deberíamos aplicar la justicia retributiva a aquellos que coartan estos derechos hasta el punto de cortales la lengua, lavarles el cerebro, amputar sus dedos o desterrarlos a una isla en la que sólo habiten dictadores y otros déspotas para que se exterminen entre ellos.

Aunque es válido el dicho “calla si lo que vas a decir no es más bonito que el silencio”, también lo es “más vale preguntar que callar y parecer un idiota”. Como decía el señor Pascal (Blas), que nunca quiso ganar el mundo por el riesgo de perder su alma, “vale más saber alguna cosa de todo, que saberlo todo de una sola cosa”.

¿ Qué hacer con las circunstancias ?, preguntas. Crecer con ellas, te aconsejo. ¿ Quieres saber por qué has saltado ? La respuesta eres tú. ¿Es cierto que también podemos disfrutar del pánico que nos provoca tener la vida por     delante ? ¡Cierto! Pienso que quien teme a la vida, no es digno de la muerte, y viceversa.

¿ Es cierto que si no sabemos en todo momento a dónde vamos, puede resultar útil saber de dónde venimos para ser más que un mono desnudo ? Al respecto, te diría, casi sin pensar, que debes dejar que tu pasado forme parte de tu presente aunque no debes permitir que condicione tu futuro. No dejes que el pasado sea el dueño de tu vida y, como diría el señor Wadsworth, “que el pasado muerto entierre a sus muertos” y que el resto siga viviendo.

En cuanto al curioso asunto del mono desnudo, me pregunto yo, ¿ qué es el hombre dentro de la naturaleza ? Teniendo en cuenta la posición del mono, creo que no somos nada respecto del infinito y lo somos todo respecto de la nada, es decir, un intermedio entre la nada y el todo, como el mono desnudo.  Y, ahora, con tu permiso, sigo mi camino y como diría el viejo del viejo, “quien quiere llegar busca caminos, quien no quiere llegar busca excusas”.

Tuyo, con afecto, el viejo”

El Café Romantic presenta un nuevo relato de la excelente pluma, sentido y sensibilidad de Mercè Roura, la periodista de Badalona.

Funciona a pleno rendimiento. De día y de noche. Fabrica excusas para todo. Sólo hay que concentrarse un poco y no dejar nunca la mente en blanco, pensar precipitadamente y desear con todas tus fuerzas sacarte un problema de encima. Repetir incansablemente la palabra problema, sin parar, hasta que no haya nada más que supere su rotundidad y existencia, siquiera la tuya. Sentir como se te estrecha la garganta y pensar más en el conflicto que se abre ante ti que en una posible solución. No asumirlo, sentir un miedo atroz y no querer remediarlo para sentarse en una esquina de cualquier habitación, a poder ser poco ventilada, a ver como crece. Como se hace grande, enorme, como el problema se desborda y como invade tu espacio vital y ocupa tus pensamientos. Sopesar empezar a correr, pero preferir quedarse sentado, mirar a otro lado, sentirse agredido, ser parte acusadora.

Entonces, la máquina de fabricar excusas se pone en marcha. Es rápida, en esos momentos no se le pide calidad sino cantidad. Y la máquina empieza a soltar. Fabrica excusas para no querer, para no ayudar, para no dar ni darse, para no dejar de sufrir, para no bailar. Excusas para no poder y para no saludar. Excusas para no parar de comer, para no parar de caminar, para vivir sin vivir. Excusas para no decepcionar y para que parezca que algo te importa aunque no te importe. Para no quedarse corto, para no pasarse. Excusas para inventar nuevas formas de decir no, sin decirlo y de que parezca que dices sí, pero sin comprometerse. La máquina, de hecho, es experta en crear promesas sin compromiso. Fabrica sin cesar y cuando termina, se reinicia y vuelve a empezar.

Para adquirir esta máquina es necesario previamente asumir que estamos cediendo un alto porcentaje de nuestra libertad de elección. Para ponerla en marcha no hace falta estar en grave conflicto, de hecho, todos la hacemos funcionar en algunas ocasiones en la vida, dependiendo del grado de necesidad y madurez. Cuando funciona a pleno rendimiento es cuando empezamos a considerarnos una víctima. La asunción de este papel, a veces con razones de peso o otras no, es difícil y ardua, pero una vez asimilado, todo es más fácil. Es un combustible para ella, hace que funcione más ajustada, que no pare ni en invierno ni en verano, que se le saque todo el partido posible.

Si no se desea asumir este papel es más recomendable optar por algunas otras máquinas del mercado, más eficaces y rentables. La máquina de fabricar oportunidades, la de fabricar frases de ánimo y aliento en situaciones adversas, la de fabricar ganas para levantarse pronto cada mañana o la de sacar tiempo de donde no hay. Hay modelos antiguos que aún están en la brecha como la máquina de subir cuestas con equipajes pesados, la de sobreponerse a decepciones y entrevistas de trabajo o la de empezar diálogos positivos en lugares incómodos. En el stock acumulado de máquinas hay algunas otras no suficientemente valoradas como la de estimular el ingenio, la máquina de achicar complejos absurdos y estupideces, la de fabricar momentos para pasar en familia cuando el trabajo no lo permite o la máquina de potenciar talentos ocultos para tirar del carro de la vida. Ésta tuvo gran éxito y mucha demanda hace unos meses, los tiempos son duros y muchos lo pasan mal y quieren salir del agujero.

Y no quiero dejar de citar una nueva en el catálogo, la máquina de fabricar soluciones. Es un modelo compacto, no hace falta tener mucho espacio ni hacerla trabajar muchas horas cada día para sacarle rendimiento. Para adquirirla y sacarle provecho es imprescindible una actitud abierta y a poder ser haber tenido en casa antes la máquina de fabricar pensamientos positivos.

 

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¿ Para qué sirven los años ?

¿ Existo como soy, y con eso basta ? ¿ Será cierto que me tomo a mí mismo demasiado en serio ? Dicen que el tiempo lo cura todo; si es así, ¿ deberían vender frascos de tiempo en las farmacias ? Me pregunto cuál es el día más importante de nuestra vida; ¿ será cierto que es aquél en que uno nace y averigua para qué ? ¿Cómo se mide la vida ? ¿ por las veces que respiramos, autómatas, o por los momentos que nos dejan sin aliento, vivos?… ¿Se puede estar en el mundo sin pensar en nada? o ¿ Pensar en ello quiere decir que no esté pensado en ello, o al hacerlo estoy pensando en todo a la vez o, quizás, en nada ?

 

Aquí me tienes, mi querido y joven amigo, camino de las siete montañas que abren las puertas a las angostas entradas donde las aguas se acumulan, compactan y recristilizan para purificarse de las impurezas de los hombres. Allí, desde unas de las colinas de la ciudad de la lluvia, preguntándose por qué llueve sobre mojado, aguarda el amigo Gaarder (Jostein), cincuenta preguntas en mano. Yo, le llevo otras cincuenta.

He recibido tu carta en la que me cuestionas cómo un viejo como yo llega a viejo. Y, yo te respondo con otra pregunta: ¿ quién te ha dicho que soy viejo ? Crees que debe ser muy jodido hacerse mayor sin querer. Crees que luchar para no ser viejo tiene que ser una putada porque es inevitable. Pero, ¿ y quién te ha dicho que he luchado para no ser viejo?, y siendo viejo, soy jodidamente joven. 

Te contaré una breve historia, tan breve que por siempre perdura en la memoria de quien la escucha y la hace suya porque, no lo olvides nunca, la fugacidad de un instante siempre genera una conciencia de eternidad. Y, a Dios pongo por testigo, que hace una eternidad de ello, y fue ayer mismo.

Es la breve historia de una mujer que hacía centenares de años que tenía veinticinco años -cien veces cinco veces cinco, decía ella-, que siempre estaba lista para dar lo mejor de sí en la aventura del mañana. Había decidido platearse algo nuevo cada día y no se contentaba con ello pues lo intentaba, aún siendo posiblemente imposible

– ¿ Y por qué lo intentas si es imposible ? – le pregunté yo.

– Para tener dulces sueños imaginando cómo lo lograré – respondió, soñando ya el sueño.

Maritza -así se llamaba la mujer-, había entrado en años con la fija idea en la cabeza de no volverse vieja. De eso, hace ya una eternidad. Mientras, yo, en aquella época, siendo ya viejo, me resistía a volverme viejo. Ella, había aceptado su edad. Yo, aún no.

– ¿ Qué significa aceptar la edad ? -cuestioné, curioso.

– ¡ No volverse viejo ! – sentenció Maritza, satisfaciendo mi curiosidad.

Hacía cien veces cinco veces cinco que la mujer no se quejaba de lo penoso de la vida terrenal. ¿ Para qué sirve una queja ?, me preguntaba yo para mis adentros.

– ¡ Para volverse viejo ! – contestó ella, leyendo mi pensamiento. ¿ Cómo demonios podía leer las entrañas de mi mente ? ¿ Cómo demonios puedo leer tu mente ?, mi querido y joven amigo.

Llegué a pensar que Maritza no era de este mundo, al menos el mundo que nosotros conocemos o nos han hecho conocer.

– Ser joven, mi querido viejo, no es sólo una etapa en el ciclo de vida de las personas…

– ¿ Quién eres? – le pregunté a aquella ingrávida mujer.

– Soy una postura libre de tiempos y edades… Soy joven y vieja, entrada en años hace una eternidad, ayer mismo.

En aquel momento comprendí que ser joven o mayor no es lo decisivo. Lo que realmente cuenta es lo que hacemos con nuestra vida. ¿Vivimos como pensamos o pensamos como vivimos ? O, ¿será cierto que nos tomamos demasiado en serio a nosotros mismos ? Se lo preguntaré a nuestro querido señor Gaarder quien, por cierto, un día le preguntó a un niño si  alguna vez dejaba de llover en la ciudad de la lluvia y el niño, que tenía pinta de viejo, le respondió: ¡ no lo sé, aún tengo doce años!

Maritza esperaba mi última pregunta, incluso antes de que yo la formulará en mi mente.

– ¿ Y la muerte ?

– La muerte, mi querido viejo, es algo que me sienta fatal y procuro evitarla… – replicó, sabia y savia.

¡ Cierto, querida Maritza!, pensé para mis adentros: mientras nosotros somos la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros ya no somos… al menos, de esta vida terrenal. Quizás, sí de otra forma de existencia que, a su vez, significa vida.

¡ Cierto, querido viejo ! El Café Romantic presenta un relato inspirado en los pensamientos de Maritza Rivas, cuya vida imagino como el flamenco que siempre demanda elegancia en los brazos, tronío en los tacones y pasión en el alma. Seguiriyas y alegrías, cantes agónicos y jaraneros que, como la vida, se anuncian en bautizos, se prolongan en primeras comuniones, se fermentan en bodas de cuatro lunas, se asientan en fiestas sin motivo aparente, y no se apagan ni siquiera con el funeral del viejo.

 

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ENTRE LA TIERRA Y EL CIELO… (EL ÁRBOL DE LA FIEBRE)

La emocionada carta apenas sí delata su posición exacta. De eso hace ya unos días. Lleva fecha de julio de 1721. ¿ Ha enloquecido ? ¡Pobre viejo ! Me cuenta que se halla en un lugar donde habita lo último de lo que la vida nos puede sustraer. ¿Dónde te encuentras ? ¿ Y que eso último que se resiste a la sustracción de la vida ?

Descifro que se halla en un lugar en el que viven negros que se saben negros porque han conocido al único blanco que les ha visitado cuasi desde 1880. Dicen los textos que el último blanco que habitó aquella tierra fue Livingstone, o alguno de sus misioneros. Sin duda, se trata de una isla de entre una docena de islas sin salida al mar que trato de ubicar en el Valle del Rift, esa monumental fractura geológica que no sólo se extiende de Yibuti a Mozambique sino que, ambicioso, sin más permiso que el propio, tomó el mar Rojo y el río Jordán.

Lo imagino rodeado de elefantes, rinocerontes, jirafas, cebras, primates y antílopes en una tierra en la que dicen que no hay nada pero está todo, que aún se mueve con leña de carbón y que aún lucha contra el limo depositado en lechos de ríos y corrientes. Por las coordenadas lingüísticas que disemina por su carta lo sitúo en el sureste africano, posiblemente entre el lago Niassa y el Gran Río Limpopo, apenas unos pocos miles de kilómetros que se pueden recorrer en treinta segundos, si uno quiere.

Parafrasea a nuestro querido James (William), de quien hemos heredado el libre albedrío, para decirme que el humanista – y él lo es- es perfactamente consistente al mover cielo y tierra para ganar un prosélito, si su naturaleza es lo suficientemente entusiasta para intentarlo. Es condición sine qua non.

Pero, – y me pregunto yo-,  ¿ cómo se puede puede ser entusiasta de una visión de las cosas que uno sabe que ha hecho en parte él mismo, y que podrían alterarse dentro de un momento? ¿ Cómo puede haber alguna devoción heroica al ideal de la verdad en condiciones tan mezquinas? El viejo es la pregunta y la respuesta.

” Mi querido y joven amigo; Imagino que, en estos precisos instantes, te estarás haciendo algunas preguntas. Es precioso aún hacerse preguntas, cuando todo se diluye a nuestro alrededor. Yo, aún tengo muchas preguntas y tan pocas respuestas frente a esa modernidad líquida que vislumbró nuestro querido Bauman y que corre el riesgo de convertirse -si no es que ya lo ha hecho-, en un torrente que todo lo arrastra y en el que apenas sí queda nada sólido a lo que agarrarse. ¡ Ay !, mi querido amigo, ya no somos sólidos. Ni siquiera líquidas. Somos gaseosos, materia cada vez más etérea.

Sin embargo, aún tenemos a lo que aferrarnos en ese caótico tránsito hacia un destino claro que aún no tenemos. Aún nos queda el señor Ledger, y el señor Kipling, de cuya mano he encontrado lo que buscaba y que sólo el entusiasta humanista podía hallar: el árbol de la fiebre.

Pensarás que he enloquecido, pero hoy, por estos días, me encuentro en el camino de los incas, es 1721 y estoy con el gran Charles Ledger en el preciso momento en que, por encargo de la condesa de Chinchón, entrega a los holandeses las semillas perfectas para su más gran empresa: “la conquista de los gustos”.

Y te preguntarás que es aquello último que se resiste a la sustracción de la vida. Ledger, al despedirse, me ha revelado lo que precisamente fue así, lo que precisamente así será y que nunca nos sustraerán: la capacidad de soñar, y de lograr. Y así, arrastrado por esta dulce fiebre, aquí me encuentro, a cobijo de una enorme acacia, tan grande como tú yo, unos veinte metros de altura, y cuyo corteza acaricio, suave, amarilla, polvo. De vez en cuando, las fuertes espinas blancas de los nodos pinchan para recordarme quién soy, de dónde vengo, adónde voy…, en mi traviesa intención de hallar su milagro. ¿ Sabías que es uno de los pocos árboles en que la fotosíntesis tiene lugar en la corteza ?

¡ Un momento !, creo haber divisado al señor Kipling. ¡ Es él !. Ojalá estuvieras aquí, conmigo, en este estado de inflorescencias esféricas de color crema perfumado y cuya vida tiene algo que ver con los elefantes, las capas freáticas, la falla Albertina y una suerte de senescencia síncrona.

Somos -me dice el señor Kipling- de una materia quebrada en su génesis y que se expande como procesos tectónicos en bordes divergentes que, finalmente, colisionan. Habitamos en largas zanjas con laderas de gran pendiente para fragmentarnos de nuevo y crear otras grietas de las que emergemos verticales, generando grandes escalones donde pretendemos establecernos como sólidos bloques que parten la corriente del agua, a la cual también pertenecemos, y que intentan combatir al graben de la vida para evitar que se hunda poco a poco por efecto de las fuerzas internas.

El señor Kipling me ha entregado un mensaje. Reza, lacónico, “precisamente fue así… ¿ Cómo empezó el miedo ? “. Le veo alejarse mientras averigua cómo el dromedario obtuvo su joroba, quién pintó las manchas al leopardo, por qué el rinoceronte tiene arrugas en la piel, cuál fue el principio del armadillo y por qué el gato va a su aire. Me grita que piensa llegar hasta el mar para averiguar por qué la ballena tiene la garganta pequeña  y los cangrejos juegan con la marea y, más allá, le preguntará al canguro por su cantinela.

¡ Sigo sus pasos ! Me ha prometido un encuentro con nuestro querido Gaarder (Jostein). Tengo cincuenta preguntas para él… Ya te contaré”

El Café Romantic presenta un breve relato del poeta José Pejó Vernis, que lo dice todo, absolutamente todo, de la maravillosa aventura del ser humano que despliega todas las gestiones imaginables e inimaginables para el logro de las cosas. 

 

 

Remuevo cielo y tierra, descubrir
la arena, el agua el barro, el humo, el fuego,
conspirar con la tinta en el papel
y sembrar, más allá del cuerpo en vilo,
el fruto irreprimible de mi imaginación,
es lo mío, lo que hago,

 

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¿ PARA QUÉ SIRVE UNA PLANTA ?

He recibido carta del viejo, mi querido viejo. Es una carta manuscrita. El ordenador, Internet y esas cosas que llaman nuevas tecnologías son, para él, armas que carga el diablo, como las pistolas. No le falta razón, pienso yo muchas veces. Estos días anda enfrascado en la búsqueda del llamado “árbol de la fiebre”.

El viejo es un tipo que no deja que el día termine sin haber crecido un poco, sin haber sido feliz, ni que sea por unos instantes, sin haber aumentado sus sueños, ni que sean efímeros. No se deja vencer por el desaliento. No permite que nadie le quite el derecho a expresarse, que es casi un deber. Y, por supuesto, no abandona nunca las ansias de hacer de su vida algo extraordinario.

Tampoco deja de creer que las palabras, – de su puño y letra, por supuesto-, sí pueden cambiar el mundo, al menos el mundo que él y yo conocemos. Juramos en una ocasión – y a Dios pusimos por testigo- que pasara lo que pasara, nuestra esencia siempre permanecería intacta. Somos seres llenos de pasión y la vida es desierto y oasis que nos derriba, nos lastima, nos enseña… nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia.

A propósito de los sueños: he alcanzado la convicción de que no hay certezas cuando se habla de ellos; algunos se logran, pero otros tantos chisporrotean y mueren. Cuando eso sucede es tentador preguntarse por qué uno ha soñado alguna vez en la vida.

El viejo ha hecho un alto en el camino de la ruta Kipling para contarme que ve las pequeñas cosas de la vida, un momento, un sentimiento, un instante… Y me hace ver que son esas cosas las que dan la felicidad. Una felicidad que ambos queremos atrapar en un instante para crear una conciencia de eternidad que sugiere la fugacidad de aquel instante.

En su carta, me habla de una pequeña historia de imágenes que hacen aflorar palabras, palabras que son momentos, momentos que nacen de sentimientos, sentimientos que son instantes, instantes que hacen nuestra historia. Le llama la historia de la verdolaga.

“Un día, mi querido y joven amigo, me fascinó ver leer a una joven junto a una verdolaga. Mirar era como desear que el tiempo no pasara. ¿ Cómo perpetuar el instante ? Había que apresurarse porque no se escapara todo, como un sueño al despertar. En la vida todo es breve, como en una obra de Azorín, como los sueños de Calderón, como una copla de Manrique:

Recuerda el alma dormida,

aviva el seso y despierta,

contemplando

cómo se pasa la vida,

cómo se viene la muerte

tan callando…

Deslumbrado por la imagen, saqué la foto en la verde penumbra de la tarde calurosa. Para situarnos, la verdolaga es una planta anual suculenta que da imagen de inocencia, de crecimiento lento. Tiene tallos lisos, rojizos, mayormente postrados, y hojas alternas en conjuntos en el tallo y en su extremo. Florece a finales de primavera, y continúa hasta medios de otoño. En el centro del manojo de hojas, abren solas flores amarillas que se muestran como tímidas unas pocas horas en mañanas soleadas. Las semillas son pequeñas vainas, que se abren cuando la simiente está lista. Es lo más parecido que he encontrado en la naturaleza a nosotros: seres que toleran suelo pobre, compactado, e incluso sequía.

Como te iba diciendo, dicha planta posee el arte de decir las cosas en la forma más insólita: sus flores se enredan como citas recordadas. Presentan el mismo colorido que las flores que Platero acaricia suavemente con su hocico, “rozándolas, apenas”, cuando va al prado: rosas, rojas, granas… Es una planta siempreviva, que ve la vida desde la impasibilidad, con una resistencia casi total a la sequedad. “Tiene acero. Acero y plata de luna al mismo tiempo”, como Platero.

Antes de pasar a otras cosas, debo decirte que, como tú y yo, es sensible a las heladas, y acostumbra a rebrotar, después. Ciertamente, amigo mío, dicha planta es muy bonita en lugares desplomados y le gusta que el sol se concentre en sus decorativas flores y que la luz las bese. Cada planta conoce los secretos del corazón. Puesto que la vida es huidiza y todo corre en ella vertiginosamente, cada año se escogen ramas largas y se les pone tutor. Si no pierden la guía, al verlas dar flor se siente una atracción que hace que el tiempo pase sin que lo sintamos.

En el tiempo recobrado leíamos que la belleza de una cosa está en otra cosa. Todo está conectado: la verdolaga, el libro de Juan Ramón, el libro que leía la joven, las palabras, las pequeñas cosas. Una múltiple imagen en la fugacidad de la vida. La imposibilidad de atrapar el instante. ¿ Niña que luego fuiste mujer, por qué, cuando te miro, no acepto el paso del tiempo? Sigo viendo aquella tarde ardiente, infinita, que se prolongó más allá de sí misma, contagiada de la eternidad del libro.

Pasa la vida sin darnos cuenta, pero el sentido de las cosas queda. Y queda muchas veces a través de las palabras. Dicen que con las palabras no se puede decir todo, pero se puede escribir todo aquello que no se puede decir con palabras. Como las flores de la verdolaga, las palabras son la identidad de las personas que las inventaron, usaron y vivieron, pero muchas se van para no volver. Los diccionarios son los que las desentierran pero no son dioses que les puedan infundir nueva vida. Nos tenemos que acostumbrar a perderlas porque, como nos recuerda Heráclito de Efeso, “todo cambia, nada permanece”.

Las palabras desahuciadas, incluso muertas, nos producen nostalgia. Pienso ahora cómo se sentiría Cervantes, Machado, Miguel Hernández, Withman y tantos otros si estuvieran en una cafetería, en una oficina, en una escuela y sintiera las palabras con las cuales, en la actualidad, solemos comunicarnos. Pensarían que estamos en otro siglo. Quizás, en otro planeta. Quizás, pensarían que no somos de este mundo.

La mayoría de los seres humanos estamos sobre el mundo… pero hoy, esta tarde, aquí, estoy en el mundo. Son las pequeñas cosas como las palabras y las flores de la verdolaga que nos hacen ser lo que somos. No muere aquello que desaparece sino aquello que se olvida. No olvidemos nunca.

Tuyo, el viejo, siguiendo los pasos de Kipling y del señor Ledger”.

 

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