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¿Para qué sirve un banco? ¿Para qué sirve un colchón?

Con gesto inquieto, aunque sin el pensamiento coagulado ni la voz cuarteada, en el terreno de la preocupación sin alcanzar una sensación de desplome absoluto, me explicaba ayer un buen amigo que posee unos ahorros en un banco que ahora todos debemos salvar con dinero público, un capital que, “gracias” a  “extrañas” coincidencias, parece salir de los no ya recortados sino maltrechos ámbitos públicos de la sanidad y la educación.

Al tiempo que mi amigo me hablaba de sus ahorros, el informativo del mediodía de la televisión –uno cualquiera-, informaba de que ese banco no puede hundirse pues recibe la consideración de sistémico que, dicho así, y en las actuales circunstancias, suena a enfermedad. El presentador de las noticias hablaba también de cifras mareantes, tanto como mareado está nuestro bolsillo por inanición salarial, y de gestores con indemnizaciones y jubilaciones con las que se podría costear el presupuesto de un pueblo de ciertas dimensiones durante uno o dos años, o se podrían salvar decenas de pupitres o de camas de hospital, por poner sólo un ejemplo.  

¿Traspasarás esos ahorros a otro banco?, le pregunté. No, me respondió con firmeza, sin desviar la mirada. ¿Invertirás en bolsa, acaso?. Tampoco. Me miró como si me hubiera vuelto loco. ¿Acaso comprarás un coche nuevo?. O, ¿irás de compras a Ikea?… No di ni una en la diana.

¿Qué se puede hacer con unos ahorros depositados en un banco de presente sombrío y futuro incierto?, por mucho que nos digan que es “enfermizamente” sistémico.

Le di unas cuantas vueltas al asunto de los ahorros de mi amigo mientras buscaba la solución removiendo el rissotto del menú de 10 euros que me había servido un novel, solícito y joven camarero, ávido sin duda por quedar bien con los jefes, en este caso unas estupendas personas.

De repente, y tras dar cuenta de una butifarra de Lleida, mi amigo, que sabe latín, mucho latín, me anunció sus planes para con esos ahorros: se compraría una caja fuerte y allí los depositaría para hacer uso de ellos cuando quisiera o conviniera.

Luego, entre la severidad que exige las circunstancias, y el buen humor que debe imperar para evitar el desplome total, sopesó en voz alta la posibilidad de recurrir a un viejo hábito: el colchón.

Yo, que a duras penas puedo alcanzar a comprender y cuadrar mi economía doméstica, me pregunté entonces, – porque sigo teniendo muchas preguntas y pocas respuestas y daría todo lo que sé por la mitad de lo que desconozco-, ¿para qué sirve un banco?. Y aún más, ¿para qué sirve un colchón?.

Inevitablemente, y con el rissotto ya frío, me invadió una sensación de desamparo. ¿De qué y quién viven los bancos?. No somos nosotros, con nuestras nóminas, transacciones, créditos, tarjetas, impuestos… quienes sustentamos un sistema que antes decía ser “amigo” nuestro.

Cierro los ojos para intentar ver. Es decir, y que alguien me corrija si lo entiendo mal: van a salvar un banco con un dinero público –mientras no digan lo contrario- rescatado de unos ámbitos que sustentan el estado del Bienestar para que luego ese mismo banco lo utilice para sanearse y comunique a sus clientes que no dispone de fondos para conceder créditos, ayudas, etc…, que permitan a empresas y/o familias salir adelante.

Es ese mismo banco que seguirá nutriéndose de nosotros, vosotros y ellos y que dentro de unos meses, y tiempo al tiempo, publicará su cuenta de resultados y anunciará beneficios.

Yo, a partir de ahora, y con vuestro permiso, confiaré más en mi colchón.

PD: le pregunté a mi amigo si no había pensado en otro viejo recurso para guardar sus ahorros: el calcetín. Desechó la propuesta porque, según me argumentó, algo ya huele muy mal en todo este asunto.

 

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¡Qué vergüenza! ¡Qué lástima!

Los capitostes de la economía europea, esos supuestos gurús de los asuntos dinerarios que nos deben sacar del atolladero en el que ellos mismos nos han embaucado, agrupados entorno a un ente llamado Banco Central Europeo (BCE), han traído a Barcelona su exclusivo circo, donde nunca crecen los enanos pues ya se encargan de aplastarlos sólo asomar.

Se da la paradoja de que el BCE tiene su sede central en Frankfurt (Alemania) pero de vez en cuando, como turistas de lujo, se reúnen en distintas ciudades europeas para decidir si deben tomar alguna decisión. No podían haber elegido peor momento y escenario.

Resulta que, para proteger a los 23 individuos citados en Barcelona, se han desplegado durante 3 días un total de 10.000 agentes de policía entre Mossos d’Esquadra, policías nacionales y guardias civiles, lo que supone, por ejemplo, un agente por cada 150 habitantes o 434 policías por cada capitoste reunido en la ciudad condal.

Hoy, en Protagonistas Catalunya de ABC Punto Radio, hemos llevado a cabo un ejercicio estadístico de lo que pudo ser y nunca será a partir del coste estimado de dicho despliegue policial, unos 23,5 millones de euros. La frialdad de los números esconde una hiriente afrenta social y civil.

Mientras quienes dirigen la economía, que suelen ser los mismos que dirigen la política, recortan hasta la herida, con ese dispendio, por poner sólo algunos ejemplos, se podrían haber repartido unos 2,3 millones de menús (a 10 euros cada uno, lo que no está ya al alcance de muchos).

También se podrían comprado 23 millones de barras de pan o de litros de leche, se podría haber hecho la compra semanal de 235.000 familias o se podrían haber comprado los libros escolares de 117.500 niños y niñas.

Con ese dinero, por ejemplo, se podría haber pagado el salario mínimo de unas 36.000 personas o se podrían haber repartido unos 25.000 euros entre todos y cada uno de los 941 municipios de Catalunya, sin importar el tamaño, el color político o la densidad de población.

Al principio del programa de radio, nos hemos preguntado ¿para qué sirve una reunión del BCE en Barcelona?. Es más, ¿para qué sirve el BCE?. Al final, y no por esperada, la noticia nos ha dado la razón pues esos individuos que nos deben sacar de la crisis han decidido mantener el precio del dinero como estaba. ¿Para qué han venido a Barcelona, pues?. Luego de tanta decisión, supongo que se han retirado a comer y a descansar en las lujosas habitaciones del hotel Arts, no y no en una pensión cualquiera.

¡Qué vergüenza!. ¡Qué lástima!

 

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¿Para qué sirve un elefante? (carta al Rey)

Majestad, le escribo sobre una silla de oficina de cuatro ruedecitas con forro desgastado casi hasta la vergüenza, sobre un ordenador pagado a plazos y una conexión de módem USB que funciona según sopla el viento. No seré yo quien le diga que debe abdicar pues triste y frustante debe ser para un monarca tomar tamaña decisión tras una etapa, herencia de un dictador, que se inició, y prosiguió, entre más sombras que luces, según se ha descubierto recientemente.

Con todos los respetos, y sin ánimo de ofender, su aventura africana ha resultado más que un accidente. Seguramente, y desde un punto de vista criminal, no hubo dolo (intencionalidad o vicio del acto voluntario) en su acción. Sin embargo, emerge el ánimo culposo. Y la culpa queda y mancha.

Le digo esto porque, quizás, usted y su equipo de asesores deberían plantearse un cambio de las estrategias de comunicación, y ya de paso de sus aficiones y entretenimientos, no para salvar la cabeza, que en época de Robespierre hubiera rodado, sino para rehacer, cuanto menos, la maltrecha imagen personal y, por extensión, de la Casa Real española.

Hemos conocido por la prensa -primer error-, que sufrió un accidente mientras practicaba la caza de elefantes en una país llamado Botswana, un estado del sur de África conformado por territorios cuyos nombres evocan historietas de Tintín.

Majestad, para su conocimiento, debe saber que hay miles de personas, millones, que no son capaces de enfocar su futuro más allá del pasillo de su casa y, si acaso, de la calle del barrio donde residen, y cuya mayor aspiración radica en acabar el día y poder ofrecer a los suyos un plato y una cama, aunque también los hay que no tienen otra solución que dormir con el cielo como techo, buscando soluciones a sus males y déficits en alguna estrella o en el fondo de alguna botella.

Usted, rey de todos los habitantes de este país, es el primer interesado -o debiera serlo- en predicar con ejemplos que sirvan para dar ejemplos. Gracias a su accidentada aventura africana, ahora muchos ya saben dónde este recóndito lugar llamado Botswana pero de nada sirve semejante acontecimiento para salvar la trastabillada economía doméstica de miles, millones de ciudadanos.

Esta reflexión me conduce a otra, quizás más baladí dada la actual coyuntura económico-financiera del país, aunque no menos preocupante, tanto para su imagen como para el alicaído ánimo de millones de españoles. Le hablo del asunto de la caza. Usted, Majestad, tiene todo el derecho a emplear su tiempo libre como más le plazca, aunque debería explicar, por una cuestión de imagen, pues público es su cargo y pública es su figura, cómo se ha costeado el viaje.

Sin embargo, permítame indicarle que la práctica de la caza, en este caso de animales feroces, quizás en peligro de extinción, no es el entretenimiento más indicado, nunca, a mi parecer, y mucho menos en épocas de crisis. El elefante que, “graciosamente”, abatió sugiere signos de feudalismo, en este caso trasnochado y extemporáneo. Y se lo digo yo, que únicamente practico la caza – y aún así pido perdón por ello- de algún que otro “mosquito” que chupa mi sangre y altera “mi sueño”.

Fíjese, Majestad, para qué ha servido un elefante, en este caso muerto. Una figura de su renombre y proyección debería percibir la mofa, y también el escarnio (aún culposo) que su aventura ha levantado, en una nueva “bufonada”, según el parecer de muchos, de la Casa Real. Sepa que proliferan fotografías suyas, unas más logradas que otras, cazando toda suerte de animales salvajes, e incluso “disparando”, accidentalmente, por supuesto, al “niño Froilán”.

Le repito que no seré yo quien le diga si debe abdicar, pero no estaría de más una sincera y pública disculpa a todos aquellos ciudadanos que han sentido su aventura africana, desvelada por accidente, como una auténtica afrenta.

Y en estos días de obligado reposo le recomiendo que disfrute usted de una fantástica película, a mi parecer: ¿para qué sirve un oso?. Hágalo, por favor, sentado cómodamente en el sofá de su Palacio, lejos de cualquier arma -ya se sabe que las armas las carga el diablo pero las dispara el hombre- y, si es posible, haga que le sirvan la cinta legalmente. No la descargue ilegalmente por Internet, no vaya a ser que, en los próximos días, discutamos sobre ¿para qué sirve un oso después de haber matado un elefante en una accidentada aventura africana?.

Atentamente.

 

 

 

 

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Descartes no era tonto (de cuando alquilar era de idiotas)

Como Descartes, sigo con mi viaje tratando de encontrarme a mí mismo. Hacia 1623, Cartesius vendió todo lo que poseía, enfrentándose a su padre y al mundo. En un principio, no sabía qué hacer con tanto dinero y decidió acudir a un banco de la época y abrió una cuenta corriente. También buscó un fondo de inversión pero no encontró ninguno de su agrado. Y finalmente decidió gastar parte del dinero que había conseguido en un largo viaje a Italia. Pudo comprar otras fincas, pero no.

En 1950, en España, más del 50% de la población vivía de alquiler. Y en esas que, a finales de esa década, apareció un ministro, cuyo nombre no importa aquí pues da lo mismo la época, el régimen e incluso la religión cuando uno ostenta un cargo ministerial, y proclamó que el país debía ser de propietarios, no de proletarios.

La frase marcó un progresivo y sostenido cambio de mentalidad hasta que alquilar una vivienda devino una opción perdedora. Sólo un tonto alquilaba cuando comprar un piso era más barato.

Los bancos abrieron la caja y mediante métodos persuasivos convencieron a la gente de la calle que comprar era casi obligatorio. Los banqueros se presentaban como los hombres de los sueños y ponían en tu mano una ingente cantidad de dinero y te decían que no habría problema, que el piso subiría de precio, que nunca perdería su valor. Para entonces, Descartes ya viajaba por Italia tras marchar a la francesa de su país. Luego, Cartesius, como yo, hizo un largo viaje de 10 años por medio mundo en busca de una verdad que nunca encontró, aunque ya le daba lo mismo. Vivía de alquiler.

Hoy, tres siglos y unos cuantos años después, la verdad sigue oculta y los mismos actores, con otras caras, han llevado a miles de familias a la bancarrota en un proceso de pérdida de la vivienda, deshaucios y deudas de por vida. O todo a la vez. Y de ahí, a la depresión pues la línea entre un cierto bienestar, pues no se trata de rodearse de lujos innecesarios, y la pobreza y la angustia se ha evidenciado delgada, muy delgada. Ya casi no hay línea.

Como Descartes, durante su largo viaje, encontramos ahora que la gente ha tomado conciencia del problema, pero el problema es que en su mayoría no sabe cómo reaccionar. Del cabreo generalizado se ha pasado a una depresión que adensa.

No fue casualidad que la ciudadanía se lanzara voraz a la compra de viviendas, alimentando mitos que se convirtieron en monstruos que acabaron por engullirse a quienes les había dado el sustento y el hombro donde apoyarse. Hoy, aquella frase de aquel ministro cuyo nombre sigue sin importar es un mensaje lapidario en torno al cual asistimos plañideros.

Ya no se trata de si queremos un país de propietarios o proletarios. El asunto es más grave y los banqueros parece que no están ni se les espera. Hoy, la sociedad se mira en el espejo y debe tolerar, -pues no hay otro remedio-, el desalojo de viviendas en las que viven niños, o ancianos.

Descartes también vivió en los Países Bajos y cambió constantemente de vivienda. Y quizás no lo hizo, como apunta la historia, para ocultar su paredero. E incluso muerto, cambió de “residencia” en varias ocasiones.

 

 

 

 
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Publicado por en 05/04/2012 en la barra del café

 

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Nunca subestimes a una rata (El quiosco)

A propósito de cómo, por qué, quién y dónde se gestó la actual crisis que no sólo es económica sino también de valores, sociales, culturales, de fe. Por la periodista badalonina Mercè Roura, que siempre da en el clavo.

 

Ahora ya poco importa, pero debemos saber que la crisis se inventó en un despacho lujoso, con buenas vistas. La crearon tres mentes brillantes y poderosas cuyos nombres no sabemos ni sabremos nunca. No salen en los periódicos, no tienen cuenta en twitter ni forman parte de ningún gobierno. Fueron tres hombres con corbata y móvil caro.El que llevaba la voz cantante dijo : “Tenemos que controlar el mundo, se nos escapa de las manos, es demasiado libre. Tenemos que crear miedo.”

El primero de los hombres poderosos propuso crear un virus letal. El de la voz cantante le miró con un destello de asco en el gesto y dijo que aquello ya lo habían intentado antes y no funcionaba porque siempre encontraban la manera de sobrevivir, “son como ratas, recuerda”.El segundo propuso impulsar una nueva religión a través de las redes sociales y captar adeptos que propaguen el mensaje de pánico hasta generalizarlo. “No servirá” dijo el más poderoso, “el hombre se ha convertido en un dios y ya no le teme. Lo que hay que hacer es generar una crisis económica.” Los dos primeros hombres poderosos se asustaron, una muestra inequívoca de que la propuesta era buena. Uno de los dos le advirtió de que una crisis económica es incontrolable y que nunca podrían llegar a saber de sus consecuencias hasta que todo hubiera terminado.

Después de horas, la propuesta de la crisis se dio por acertada. Se aflojaron las corbatas y empezaron a tomar medidas. Al final de la reunión, cuando el hombre de la voz cantante apagaba la luz al salir, “vamos a entrar en recesión pronto, hay que ser precavidos” comentó mientras sonreía, el primero le preguntó :¿No crees que sobresestimas el miedo?

“Amigo, le contestó el hombre más poderoso, cuando alguien tiene miedo se aferra a lo básico para sobrevivir y acepta que le des sólo migajas para salvar a los suyos. Un hombre asustado es un hombre sin sueños, sin más motivación que su supervivencia, sin ilusión. Créeme, una rata con sueños es capaz de todo, de crear un imperio, de cambiar el mundo. No subestimes a una rata nunca motivada que se levanta cada día a las seis de la mañana con una idea en la cabeza … Lo sé porque yo un día hace mucho fui rata. “

 
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Publicado por en 05/04/2012 en el quiosco, la barra del café

 

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Hobbits, Hogwarts y un bol de arroz (desde la barra del café)

Alabado sea el Señor. Estos días, en las redes sociales, por doquier, han surgido ingentes cantidades de profesores y catedráticos de Economía y, quién sabe si un futuro Premio Nobel en la materia. ¡Salvamos estamos!.

Yo, lo confieso, no sé nada más de economía que aquello que leo en la prensa y que escucho en televisión o en radio. A duras penas, entiendo la economía local y la de mi casa y, aún así, tengo una grave percepción de andar como los  Hobbits camino de Mordor, junto a un engendro que, constantemente, me quiere engañar; ora zanahoria, ora palo.

Ha habido estos días políticos y políticas, que hasta hace poco bebían de las fuentes del poder y de la gobernabilidad, que, ante los ataques “fantasmas” que sufren las economías del sur de Europa, y en especial la nuestra, ahora  proclaman que la política debe tomar las riendas. La pregunta es, pues, inevitable: ¿qué han hecho hasta ahora los políticos?, con independencia de su ideología.

Y es más, llaman a que la política democrática debe recuperar su lugar por encima, y no por debajo (no dicen por detrás) de los mercados, arguyendo, entre otras cosas, que la semana pasada ese ingenio tan llamativo como temible llamado “Tea-Party” se ha impuesto. La pregunta vuelve a ser inevitable: ¿ qué ha hecho hasta ahora la política democrática?.

Insisto en que no entiendo de este monumental lío en que se ha convertido la política y la economía pero, cuando quien escribe alza la voz reclamando que dejemos de mirar al otrora ombligo del mundo que era Estados Unidos y nos dediquemos a lo nuestro, y recibe “palos” de esos “nuevos profesores y catedráticos de la economía”, no puedo sino proclamar mi más absoluta perplejidad.

(Un inciso: bien estarían esas opiniones si quedaran en el terreno de lo que son, opiniones, pero hay quien las lleva al terreno de la descalificación con giros y expresiones que denotan menosprecio, lo cual las deslegitiman por completo).

La pregunta, tercera e inevitable que se plantea, en mi modesto modo de ver, es ¿acaso EEUU vendrá a salvarnos?. ¿Acaso lo hará Alemania?. ¿Es que no tenemos bastante con nuestros problemas?. Viendo el panorama, asomó la cabeza al mundo y no sé enfocar el horizonte y quiero y deseo imaginar una vida que fluya ajena a ese maldito mundo que no nos permite disfrutar de las pequeñas cosas, las nuestras: el primer café de la mañana; el vino del mediodía; una buena comida;
una buena compañía; un atardecer solo o con quien amamos…

La situación nos aboca a un purgatorio en que las almas parecen haber renunciado a la evolución tal vez porque, atisbando el futuro, prefiero el pasado: ¿será la peseta ese futuro que pasó?; recordáis: un café, 20 duros; ahora, un café, 1’20 euros. No hace falta traducirlo. Algunos de esos “nuevos profesores y catedráticos de economía” de les redes sociales dirán que la vida ha  evolucionado y los precios han subido. De acuerdo, pero una objeción: ¡en tan solo diez años!.

Escuchaba el otro día una parodia harto elocuente de la situación a propósito del incremento del precio de la  gasolina: hasta ahora, las gasolineras eran eso, gasolineras; sin embargo llevan camino de convertirse en exclusivas áreas de servicio donde podremos escuchar una charla entre dos amigas del tipo:

–      ¡Jo, qué chachi esta gasolinera-gabbana”.

–      ¡Es una mole, María Isabel!. No sé que regalarle a mi novio: estoy entre un Rolex o llenarle el depósito del “buga”!.

Me siento abatido, aunque no batido. ¿En manos de quienes estamos?, dado que parecer ser que Dios, de quien nos hemos olvidado según la Curia eclesiástica española y vaticana, ha hecho las maletas. Dicen que estamos en manos de una cuadrilla de especuladores que “juegan” a gobernar y se agrupan en inventos llamados agencias de calificación, que son algo así como el castillo de Hogwarts de magia y hechicería, donde lo que se ve no existe y, sin embargo, se está viendo. Pero mucho me temo que, como aquel que ya sabéis y cuyo nombre no se puede pronunciar, la política está detrás de esas agencias.

A día de hoy, en el zulo en que se ha convertido España y nuestro entorno, hay quienes han sabido nadar y guardar la ropa. Como hormiguitas, China, Alemania, India, Brasil y unos pocos más que se pueden contar con los dedos de una mano están en crisis, pero no en abismo. Han ahorrado; quizás, aquí radique su secreto. Han mirado por ellos mismos y ahora no son tan permeables a las opiniones y
fluctuaciones globales. Quizás, también sea otro de los secretos.

Estaremos de acuerdo en que China o India, y en especial el primero, no son ejemplo dedemocracia, esa política democrática que, al parecer, ni está ni se le espera.  Pero, en cuestión económica, según mi modesto modo de entender, a falta de un saber más profundo, constituyen un ejemplo de cómo llevar las riendas en materia de política económica. ¿ Nos vendrán a salvar los chinos, mal nos pese?. Quizás. ¿Los americanos?, lo dudo.

Somos nosotros mismos nuestros propios salvadores. Con decisión y firmeza, lo que ha faltado hasta ahora en la clase política catalana y española, se debe dar el puñetazo en la mesa para hacernos el hueco que tanto costó encontrar y que
ahora perdemos a marchas forzadas. Razones y recursos no nos faltan: somos una extraordinaria área de exportación de ricos productos; no nos falta industria (aunque la mayoría esté en manos de capitales extranjeros, aunque no debemos olvidar que el suelo es nuestro); tenemos un excelente sector turístico; cultura; arte; buenas comunicaciones; puertos; gente emprendedora, pese a todo…

¿Por qué no comenzamos por potenciar lo nuestro para evitar que, al final, lo nuestro sea lo de otros?. No hay varitas mágicas, se trata de una cuestión de fe.

Solo de ese modo, creo yo, podremos asomar la cabeza por el ventanuco al que han reducido (y lo hemos permitido) nuestra casa para plantar cara a los mercados financieros, al menos los más próximos, dominados, a la vista de los acontecimientos, por meros especuladores que rayan en la prevaricación, el fraude y la estafa.

Mientras nosotros derrochábamos, en China o la India, se bastaban con un bol de arroz… Y reitero, – porque sé que se alzaran voces por la mención china-: estoy absolutamente en desacuerdo, hasta el punto del odio, con su sistema político,criminal y dictatorial. Pero también debemos recordar a aquellos que siguen mirando a los Estados Unidos que, por poner algún ejemplo, existen estados donde rige la pena de muerte y donde la homosexualidad aún es considerada una enfermedad.

Conclusión: señores políticos, señoras políticas, es la hora de la gente que, aún anónima, en las páginas del libro de la vida deja su impronta de un carácter único, a veces genial; como decía mi amigo Groucho  “jamas aceptaría pertenecer a un club que me admitiera como socio (con música, os lo digo)

 

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Querido Federico (IV)

En Barcelona, a 6 de agosto de 2011

Querido Federico;

Con anhelo te escribo para comunicarte que son días de renacimientos, reconquistas y  amaneceres nocturnos. Se ha instalado en nuestra sociedad el espíritu de un movimiento al que llaman 15-M. Protestan por casi todo por lo que se puede protestar. Veo en ellos un afán de mejorar las cosas, pues las cosas de las que siempre hablamos, aquellas que nos deben interesar, no van bien.

Hubo un momento en que, según mi parecer, perdieron el rumbo. Una violencia exógena se apoderó de su alma y dio al traste con la legitimidad y bondad con la que habían surgido. Ahora, han resurgido, al amparo de los vaivenes desbocados de la economía local y mundial.

Razones no les falta para echarse a la calle y reclamar que salga el sol, de noche. Incluso andan sobrados de razones. Hoy, cunde la sensación de que es preferible ser león un día que oveja cien días. Parecen abatidos, pero no batidos. Y asistimos entre estupefactos, temerosos pero ilusionados a este milagroso despertar de las conciencias.

En su génesis podríamos considerarlos como apartidistas, que no apolíticos, asindicales y pacíficos. Han nacido casi ayer porque ni se sienten representados ni escuchados por los actuales políticos que nos gobiernan, nos han gobernado y, posiblemente, nos gobernarán, porque España es así; en materia política, la misma letra con distinta melodía, algunas caras diferentes para los mismos gestos y mensajes y algún brindis al sol, todo lo más.

Los hay jóvenes y algunos mayores, hombres y mujeres, altos y bajos, de Madrid o Barcelona, Sevilla, Valencia… de todos los rincones del país, pero a todos ellos les une, a mi juicio, el castigo en sus diferentes modalidades sociales, económicas y culturales: paro, precariedad, desahucio e inestabilidad social que conduce a la inestabilidad emocional.

De esta manera, querido Federico es prácticamente imposible amar; amar a las cosas a las que debemos amar: un amanecer en paz con uno mismo y con el mundo; un café pausado; un vino de reserva; una tarde de charla y juegos. No hay tiempo. No nos permiten gozar de ese tiempo y tenemos prisa, prisa necesaria, inevitable y justificada, diría yo, por arreglar las cosas que nos importan. ¿ Existió en algún tiempo que me es desconocido alguna forma de democracia real ?.

Recuerdas: el tiempo es oro, cuando no se tiene oro.

Ahora cabe esperar de ellos ( y de nosotros) que, una vez habido el renacimiento, la reconquista y el esperado sol nocturno, se anclen con la misma firmeza de la roca que parte el agua del río bravío. Manifestándose con la misma alegría y corrección de estos días; acampando allá donde se pueda acampar y, sobre todo, no permitiendo la intromisión ilegítima de elementos, hijos del perro del Hortelano, que ni hacen ni dejan hacer pues han hecho de la violencia gratuita su “modus vivendi”. No deben (ni debemos) permitir que tomen partido esta clase de individuos, que son una minoría a la que no cabe calificar de indignados, pues indignación producen; más vale una democracia imperfecta, como lo es la nuestra, que un estado de caos, la única pretensión de los violentos.

Salud y paz, querido Federico; como siempre, te envío una melodía con el deseo de que sea de tu agrado.

Tuyo, Goyo Martínez

PD: una de esas caras inamovibles de la política de las que te hablo, el señor Pérez Rubalcaba, uno de los elementos importantes del Gobierno teórica y tristemente socialista que mal-rige los destinos del país, y que está llamado a acudir a su propio “entierro político” en la cita con las urnas de otoño, ha dicho de los llamados “indignados” que doscientas personas no pueden poner patas arriba una ciudad. Lo dijo para justificar la dura, a mi entender, carga policial contra un grupo que pretendía reconquistar la querida Plaza del Sol. Señor Rubalcaba, podrían haber sido diez, veinte, treinta o solo uno, pero debe recordar que llevaban tras de sí el espíritu de miles de personas a las que les une una inquietud: la indignación, una indignación que quizás ni usted ni muchos otros políticos siente y padece.

 

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